Marta San Miguel

LECTURAS | Antes del salto, de Marta San Miguel

¿En qué nos convertimos cuando olvidamos lo que fuimos, lo que nos llenaba, lo que proyectábamos ser? Antes del salto es la historia de una reconstrucción: la de una identidad diluida por el tiempo y la rutina.

Ciudad de México, 9 de septiembre (MaremotoM).- Una mujer se muda a Lisboa con su familia y en el vuelo que los lleva a la ciudad donde van a vivir un año, se da cuenta de que ha olvidado una foto: la del caballo que montaba cuando era niña. Lo que en principio parece un descuido intrascendente, provoca en ella la inquietud de que en realidad se ha dejado algo más. En una ciudad que intenta reconocerse a sí misma entre turistas y andamios, con un portátil al que le falta una tecla y una mesa de Ikea, la protagonista recupera los recuerdos que esa fotografía le ha despertado.

¿En qué nos convertimos cuando olvidamos lo que fuimos, lo que nos llenaba, lo que proyectábamos ser? Antes del salto es la historia de una reconstrucción: la de una identidad diluida por el tiempo y la rutina.

Marta San Miguel debuta en la novela con una historia íntima y honesta que nos invita a reflexionar sobre la importancia de los apegos, la maternidad o las renuncias. Una emotiva narración que explora lo que dejamos atrás y reivindica la memoria como el único espacio donde aún existimos realmente.

Marta San Miguel
Editó Libros del Asteroide. Foto: Cortesía

Fragmento de Antes del salto, de Marta San Miguel, con autorización de Libros del Asteroide

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 ¿Qué podemos llevar?, me pregunta Pequeño el día que consigo un par de maletas grandes para empezar la mudanza. Mayor lo tiene claro, y aparece con la consola, los mandos y unas botas de fútbol con las que acaba de aprender a atarse los cordones.

Faltan unos días para que salga nuestro vuelo y sobre la cama hay camisetas, bañadores, calcetines, jerséis que dibujan un skyline de tejidos y volúmenes. Además de ropa, también hay medicinas, juguetes, el enchufe del repelente para los mosquitos, libros, un pelador, una linterna que proyecta dinosaurios.

El trabajo de investigación que le han concedido a Marido en Lisboa es para estudiar el agua del Tajo, así que cuando les explicamos a los niños que tenemos que mudarnos en apenas dos semanas y nos preguntan por qué, la razón que les damos es esa: por el río.

Marido nos ha mandado varias fotos de la casa que ha alquilado. Es pequeña, dice, trae solo lo necesario. Y sin saber qué es lo necesario, de repente pienso en que debería llevarme una foto de Quessant.

Compruebo los billetes de avión, la fecha y el horario del vuelo. Vamos a vivir casi un año en Lisboa, la ciudad que atrae al año casi un millón de turistas, la ciudad de Pessoa y de la luz. Todo suena perfecto, y sin embargo cuando despeguemos y estemos volando a doce mil pies de altura, caeré en la cuenta de que no he cogido la foto de Quessant. Y como si hubiera olvidado en realidad algo más, empezaré a notar la extrañeza que provoca leer mi nombre en las tarjetas de embarque, una inquietud nueva de no saber quién es esa mujer que viaja con dos niños. 38 años. Miss. No fumador.

Hay quien teme a los caballos. Hay quien ha montado una vez y confunde ir al trote con el galope. Hay quien cuenta que un día un caballo le tiró porque era un mal bicho y se puso a correr y lo lanzó sobre un charco. Hay quien ha visto un caballo desde el coche, o en chabolas de la periferia o en los veranos en el pueblo, incluso los ven en la ciudad, montados por policías de uniforme. Quien está ante un caballo, lo recuerda. Porque aunque no sepas diferenciar un hannoveriano de un potro criado para carne o no hayas tocado nunca unas crines, hay algo en el ritmo de su cuerpo, en su presencia e incluso en su silencio, que activa nuestra memoria nómada cuando los vemos.

En algún momento de la historia domesticamos al animal, pero hay una parte propia que aún les pertenece. Los convertimos en máquina de labranza, los utilizamos como medio de transporte y también como instrumento para la guerra, los usamos para arrastrar árboles y piedras y construir puentes y casas; eran la fuerza que nos faltaba, la resistencia, la lealtad. Pero tanto entonces como ahora, que hemos limitado esas cualidades a una afición un tanto snob, hay algo que nos recuerda que el control absoluto es imposible: domesticamos al animal, pero si ves a un caballo correr, sabes que ese control es efímero, algo prestado.

Quessant llegó a la cuadra donde aprendí a montar cuando lo retiraron del circuito profesional, baqueteado por la edad y el exceso de jinetes. Había sido un buen caballo de salto, ahora no servía para ganar. Y aunque en su retiro iba a saltar, como mucho, la altura a la que él calentaba en sus buenos tiempos, cuidar de un caballo viejo tenía más que ver con lo que sucedía pie a tierra y no tanto sobre la montura.

«Yo me quiero jubilar como Quessant», decía mi madre cuando abría una bolsa de un kilo de zanahorias mientras yo le ponía ungüentos en los tendones o le daba manteca de cerdo en las heridas de los codos donde ya no le crecía el pelo.

Cada vez que terminábamos de montar, salíamos de la pista a pasear por el prado y se le enfriaba el cuerpo y el sudor caminando a la sombra de los olmos. En verano, bajábamos al río que bordeaba la finca por una cuesta de arena que el cauce acumulaba justo en ese meandro y nos quedábamos un buen rato mirando el agua irse mientras la corriente le masajeaba las patas por detrás. Ahora, cuando vuelvo a un río, también me coloco en medio del cauce, con la mirada puesta en el agua alejándose de mí. Pero ya no pasa nada.

Los días que hacía calor, le bañaba con jabón. Le gustaba el agua, salvo en la cara y cuando intentaba mojársela, subía tanto la cabeza que tenía que apretar la manguera de goma para hacer que el agua saliera disparada en un chorro curvo hasta darle en la frente. Le frotaba el cuerpo y sacaba burbujas marrones de mugre y pelo mientras él encogía las caderas y hacía un ruido largo como un eructo. Y entre tanto, le dábamos más zanahorias, manzanas, peras que masticaba mientras le chorreaba el cuerpo.

Ahora hay picaderos que tienen secadores térmicos, máquinas que parecen un solárium gigante, pero entonces lo máximo que había en la cuadra de aquel pueblo donde montaba era un utensilio alargado de metal, que cogías con las dos manos y lo pasabas por el cuerpo en el mismo sentido del pelo para escurrir el exceso de agua. Después, lo soltábamos en el prado, donde echaba una carrera, daba unas cuantas patadas al aire, y después de revolcarse en el suelo, se ponía a pastar hasta que caía la noche y volvía a la cuadra.

Así cada día, cada fin de semana. Hasta que llegaba una competición. Entonces lo metía en un camión que se dedicaba a transportar vacas y nos íbamos a pueblos donde los prados se convertían en pistas improvisadas, con gradas y obstáculos y banderines de plástico y megafonía por cables de dudosa seguridad. Tenía algo de circo, al menos de esa manera nos miraban, con el asombro disimulado ante el más difícil todavía, el más alto todavía, aunque para nosotros fuera lo normal.El frasco de valerianas olía igual que las ortigas podridas tras la siega y las tomaba antes de competir como parte de una liturgia que tenía el mismo efecto que cruzar los dedos o santiguarse. Yo lo llamaba estar nerviosa, pero lo que tenía era miedo: un miedo vivificador e insensato que buscaba conscientemente y que se manifestaba cuan- do me ponía los guantes y el corazón me sonaba dentro del casco como un martillo percutor.

La mejor foto que tengo de esas competiciones está tomada en un pueblo del País Vasco. Nos hicieron muchas fotos esa semana, luego las revelaron en una hoja de contactos con unos códigos debajo para escoger. En todas nos retratan saltando, salvo una en la que estamos entrando a la pista: Quessant solo tiene un pie en el suelo, el resto de él está en el aire con los músculos abultados por el galope, los ollares inflados, el cuello contraído, y yo encima, agarrada a las riendas, con la boca torcida como la de un boxeador que espera un golpe.

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Mi madre escogió varias de aquel muestrario, pero decidió ampliar una de ellas a tamaño póster. Cuando usó esa palabra le pedí que la imprimiera como el resto. Entonces los pósters eran las páginas centrales de la revista Súper Pop que mi hermana mayor pegaba en las paredes de nuestra habitación, con la marca de la grapa en medio. Ahí estaban Luke Perry, Jason Priestley o Rob Lowe, mirándome por la noche con una intensidad inexplicable.

Pero es la foto de tu mejor salto, respondía ella con un tono que no sabía si me culpaba de algo o se disculpaba. Unas semanas más tarde, un mensajero de seur llamó al telefonillo. Asomada a la ventana, vi su furgoneta de reparto mal aparcada en la acera, con los intermitentes puestos. Entonces los mensajeros eran seres extraordinarios que solo aparecían en Semana Santa para traer la palma y la mona de Pascua que me enviaban mis padrinos catalanes. Nos entregó un cilindro de cartón, alguien tuvo que firmar un papel y después nos sentamos en el salón para abrir lo que parecía una cápsula del tiempo. Salieron todas las fotos a buen gramaje, con su referencia escrita a lápiz por detrás, y por último, la grande, más grande que los pósters de Dylan y Brandon. Nuestras extremidades estaban tan ampliadas que la rodilla del caballo tenía el diámetro de una ciruela. Fue directamente a la tienda de enmarcar antes de que pudiera identificar más desproporciones entre la realidad y lo que proyectaba esa imagen.

Muchas de aquellas fotos hoy amarillean en el salón familiar, como las de la comunión, las de la infancia sin dientes o las de familiares a los que no conocimos. En todas las casas hay restos de uno mismo que pretenden ser memoria y son justo lo contrario; la materialización del olvido. El póster, en cambio, cuelga en mi propia casa, en la pared de una habitación donde está mi ordenador y también el tendal.

La fotografía está tomada de perfil con un teleobjetivo. Quessant está en pleno despegue y solo roza el suelo con la punta de los pies; una milésima de segundo más tarde y el fotógrafo habría captado la imagen en pleno vuelo, con su media tonelada sostenida en el aire como si flotara. En ese instante parece que estuviera de puntillas sobre el obstáculo, y aunque las herraduras levantan granos de arena de la pista como diminutos meteoros, algo mantiene atado permanentemente al suelo la leve- dad de esos granos.

El obstáculo es un fondo, un salto construido por dos barras paralelas que se ven por debajo del cuerpo extendido de Quessant. Sus manos recogidas pasan muy por encima de ellas, sin posibilidad de derribarlas. Parece abrazar con toda su envergadura el salto. Yo estoy encima, de puntillas sobre los estribos, acompañando su movimiento con la postura hacia delante, en equilibrio sobre su cruz; las manos a los lados de su cuello apretando las riendas, mi cuello sobre su cuello, mirando al mismo lugar que él con las piernas flexionadas y el culo en punta, la chaqueta volando ligeramente sobre la espalda, como sus crines y la cola. Todo el movimiento está retenido como si aguantara la respiración, hasta el mechón de pelo que se me escapa bajo el casco está paralizado en el aire de la fotografía. Y sin embargo, cada vez que la miro, durante un instante nos movemos, a punto de saltar.

Sentada ante el director del periódico en el que trabajo desde el día en que me licencié, firmo un papel que anula temporalmente mi contrato, sin creer que es del todo cierto lo que está pasando, que salgo de su cobijo.

¿Te merece la pena dejarlo todo solo por unos meses?, me dice como si supiera algo que yo aún desconozco.

Pero le sonrío y le doy la mano con la esperanza de que me espere a la vuelta.

¿Qué sé yo?, pienso. Tengo la impresión de estar sobre el último caballo que montó Montaigne, y me pregunto qué habría pasado si el escritor francés no se hubiera caído aquella tarde, si en vez de salir a cabalgar, como cuenta en sus Ensayos, se hubiese quedado en su despacho de magistrado.

Quessant era torpe, muy alto y hacía un ruido al galopar como si tuviera asma. El último salto que di con él fue un vertical, un nombre paradójico para un obstáculo que consiste en una barra horizontal sujeta sobre dos reparos. La barra tenía trozos de pintura levantada y le faltaban astillas, como a todas las que se usan para los entrenamientos, que son más cortas y finas, más feas.

No había nadie más en la pista porque los últimos días eran así, solos él y yo, como si nadie quisiera ver galopar a un caballo viejo.

Esos últimos días los pasamos en un picadero que tenía la pista cubierta con una bóveda de metal. Cuando llovía, el agua sonaba como un bafle acoplado y apenas se escuchaba el ritmo acompasado del galope sobre la arena, patapám, patapám, patapám, la percusión sanguínea.

Aquella tarde el agua caía a rachas. Cuando cesaba la tromba, se quedaba en la pista un eco húmedo que se mezclaba con el sudor, el olor y el polvo que levantaban los cascos en aquel picadero cubierto. Ya habíamos saltado varias veces y tras descansar un rato, Quessant volvió a galopar y enfilamos el vertical. Se acercó a él con la cabeza arriba, las orejas tiesas, respirando como si se tragara todo el aire de la pista en cada bocanada hasta soltar el último gemido al coger impulso. Boom. Despegue. Los trozos de arena suspendidos en el aire. El cuerpo estirado y moviéndose. Flotar en el aire. Silencio. Tocamos el suelo al otro lado y el equilibrio habitual se volvió un estado catatónico, como si pisáramos barro o esa textura que tienen los sueños cuando quieres moverte. Nos movíamos, claro, pero algo nos ralentizaba. Al respirar, Quessant abría y cerraba mis piernas, pero su galope parecía un acto reflejo. Su cuerpo ya no estaba allí: ese último salto me había arrojado a un vórtice distinto y nos veía desde fuera, como a través de un espejo. Doce años sobre la misma montura, con el nacimiento rojizo de sus crines ante mi pelvis, el mismo calor en los muslos, su paso torpe memorizado en mi peso y, en un segundo, la más absoluta extrañeza.

Miré de nuevo el salto al que íbamos a volver. Miré la barra, ese horizonte desconchado y solo. Nos habíamos quedado quietos. Le acaricié las venas gruesas que le atravesaban el cuello como lombrices y solté las riendas.

Un año después de aquella tarde, Quessant murió.

A veces me asalta su imagen y durante unos segundos se queda ahí, deambulando como cuando intentas recordar una palabra y no está en la punta de la lengua sino que es una impresión que se evapora justo al pensarla. Aparece cuando estoy conduciendo, mientras hago las camas, cuando me hablan de algo que no me interesa, cuando soporto el pitido de una resonancia magnética. Aparece de forma involuntaria, pero cuando se desvanece, sé que su visita tiene un porqué que no comprendo. Pienso en esa barra solitaria, atravesada en mitad de la pista, y en el sentido que tiene la palabra saltar si vuelves al mismo sitio una y otra vez.

Marta San Miguel (Santander, 1981) es escritora y periodista. Ha publicado los poemarios Meridiano (2010), que recibió el XXIX Premio José Hierro de Poesía y El tiempo vertical (2015). Posteriormente debutó en la narrativa de no ficción con Una forma de permanencia (Libros del K.O., 2019). Además, fue finalista del XIII Premio Cosecha Eñe de Relato en 2018. Antes del salto (Libros del Asteroide, 2022) es su primera novela. Licenciada en Periodismo por la Universidad de Navarra, trabaja en El Diario Montañés.

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