Antiterapias

LECTURAS | Antiterapias, de Jacques Fux

Con oraciones cortas de no solo una palabra, el libro despierta en el lector imágenes, sensaciones y preguntas, y promueve una discusión sobre el problema del plagio literario. Edita Textofilia. Este es un adelanto.

Ciudad de México, 19 de septiembre (MaremotoM).- Las antiterapias son ante todo un diálogo con la literatura. El personaje central mezcla sus historias de vida con referencias literarias ocultas incorporadas al hablar sobre sí mismo, sus recuerdos. Desde el contexto judío, desde la frase de Borgian de que la historia había copiado la historia ya era lo suficientemente sorprendente, que la historia copiada de la literatura era inconcebible y siempre acompañada por el libro de Philip Roth, Portnoy Complex, el texto discute la inserción de cualquier extranjero en una comunidad.

Con oraciones cortas de no solo una palabra, el libro despierta en el lector imágenes, sensaciones y preguntas, y promueve una discusión sobre el problema del plagio literario.

El testimonio, la memoria, la masturbación, la ficción, la historia, la Cabalá, la Biblia y la literatura revuelven e impregnan la biografía de un joven judío en busca de su lugar frente a la diáspora y el gueto en los tiempos contemporáneos. Perseguido por el dibouk (demonio) y en busca de su esposa, el personaje relata su vida, encuentros y desajustes llenos de ironía, iconoclasta, citas y plagio literario desde la primera infancia hasta los treinta y tres años. En un tono a menudo poético y profético y a veces vulgar y ligero, el autor describe momentos vividos y dogmas enfrentados en la escuela, en las relaciones familiares, sentimentales y sociales.

A través de sus recuerdos e inventos, el personaje busca insertarse en la literatura, ya sea histórica o fantástica. Escrito en primera persona, el libro también puede leerse como una sesión de psicoanálisis en la que el personaje principal trata de desenredarse de los lazos y máscaras judías. Critica la religiosidad como la única forma de ser judío. En un diálogo contradictorio con la voz del narrador, construye otra historia dentro de la historia que sugiere la persecución de uno de los nazis fugitivos más crueles de la Segunda Guerra Mundial, Martin Bormann.

Antiterapias
Antiterapias, el libro que próximamente editará Textofilia. Foto: Cortesía

Primer capítulo de Antiterapias, de Jacques Fux, con autorización de Textofilia

Malditos nazis. Eichmann. Bormann. Argentina. Brasil. Ahora todo tiene sentido. Todo encaja. Yo era un niño normal. Normal, con todas las peculiaridades de un niño judío que vivía en los guetos modernos. Tenía mi madre y mi padre judíos, mis amigos judíos, mis parientes judíos, mi escuela judía, el club judío y, en aquella época, hasta pensaba que el Show de Xuxa era un programa kasher. Había muchos úteros protegiéndome. El primero de ellos conseguí romperlo –como todo el mundo–, a duras penas. Siento que después de salir de aquel lugar calentito, húmedo, cómodo y seguro –todavía lo busco siempre–, me dieron mi primera patada en el culo. En realidad, años después, veo que sólo fue un azote en el culo al estilo de Miguel Ángel, ya que yo era una ópera-prima que debería parlare. Mamá después me dio cariño, afecto, protección y mucha leche. No necesitaba ni llorar. Tenía todo. Así, no sufrí tanto con ese primer puntapié. Una semana después cortaron mi prepucio. Brit-milá, mi pacto con el pueblo escogido y mi inmunidad en relación a la malvada Lilith. Si es que Dios y Lilith existen. ¿O será que la circuncisión se realiza para que se tenga la certeza de estar siempre incompleto? Aquí la incompletud ya es física, no hay nada más que hacer. Nunca oí hablar de implante de prepucio. Y nunca oí hablar de nadie que lo desease. La verdad es que debe haber dolido mucho. Debo haberme asustado mucho con aquel montón de gente comiendo y bebiendo gratis –donde hay comida y bebida gratis y dolor ajeno, hay judíos de sobra, principalmente aquellos parientes que sólo aparecieron en mi brit-milá y en mi bar-mitzvá–. Me observaban a mí y a mi pito original. Tan pequeñitos nosotros dos… por lo menos uno de ellos creció –y no fue mucho–. E incluso me mojaron el pico con vino para engañarme. In vino veritas. Justo después, literalmente, me castraron. La castración, plagiando por anticipación las teorías freudianas, era de hecho la verdad. Algunos sicoanalistas extremistas consideran el rito del brit-milá como automutilación del pueblo judío y sería ésa una de las explicaciones para el antisemitismo. Yo no sé nada, pero desconfío de muchas cosas. No recuerdo nada. Aquí me insertaba en la Historia. En la Historia de Abraham y su pacto con Dios. En la literatura medieval judaica, con la invención de Lilith y de los dibouks. Mi propia historia comenzaba a copiar la literatura. Podía encontrar en mí los primeros síntomas de El lamento de Portnoy. Fascinante. Que la historia hubiese copiado la historia ya era suficientemente asombroso; que la historia copiase la literatura era inconcebible. Pero, incluso así, mi historia continuaba.

El otro útero que siempre me protegió –este sí, omnisciente, omnipresente y omnipotente– eran Mamá y Papá, las personas más inolvidables que conocí en la vida. Debían ser un útero hecho de aquel material del cual sólo la caja negra de los aviones está fabricada. Todo sabían, todo podían, todo pensaban y creo que eran capaces hasta de adivinar mis pensamientos, los más íntimos, incluso sin conocimiento de la Cábala y su debida manipulación de las letras sagradas. ¿Serían mis padres seguidores de Tzinacan y conocerían la Escritura de Dios? ¿Serían personajes literarios? ¿Fantasía? ¿Realidad? ¿Realismo mágico?

Incluso otro útero me protegía. O debería protegerme. Era mucho más grande, más amedrentador y compartido con muchas otras personas: la escuela judaica. Todos los alumnos eran judíos y parcialmente gemelos, ya que tenían creaciones semejantes. Yo vivía en una protección siempre exagerada y tenía ese sentimiento de ser el escogido y el especial. ¿Seremos todos así cuando somos niños o solo los jóvenes judíos? Las relaciones de Stephen Dedalus y su colegio eran justamente lo opuesto de mi relación con mi colegio. Pero ambos nos convertiríamos en artistas –tal vez–. Mi escuela era inmensa con sus treinta y cinco alumnos. Era la extensión de mi hogar. Las profesoras y los directores eran versiones de mamá. Se preocupaban por todos nosotros. En mi clase había poco más de cuatro alumnos y, entre ellos, una niña. Una dulce niña. Linda. Un ser extraño para mí. Que despertaba mi interés. Curiosidad. ¿Amor por el diferente? Y a pesar de la enorme protección y cariño que el colegio nos ofrecía yo necesitaba más. Mi padrón de comparación era lo maternal. Que era inmenso. Entonces debía buscar todavía más conforto sentimental. Más protección, seguridad, cariño y afecto. Así los descubrí en mis amigos judíos que se volvieron mis hermanos para toda la vida. Compañeros de una larga y fructífera jornada.

Cuando eres un niño típicamente normal, todos esperan de ti un futuro simplemente brillante. El más brillante de todos. Fácil, básico y genial. Tenía que decidir todavía muy joven lo que haría para volverme un hombre de éxito, inteligente, rico y aclamado a los dieciocho años. Sí, para un niño de cuatro o cinco años, imaginarse con dieciocho años es imaginarse adulto, completo, feliz, resuelto, con familia, dinero, coches, poses, títulos, premios, hijos, libros, cultura, ocio, viajes. Ufff. Lo elemental, nada más. Por tanto, bien joven, tomé la decisión de mi vida. Aquélla que casi no cambiaría con el pasar de los años. Una decisión banal, directa y fácil de alcanzar: sería astrofísico y ganaría rápidamente el premio Nobel. Lógicamente no adelantaría mucho sólo con estudiar las matemáticas más complejas aplicadas a los conocimientos físicos más distantes, abstractos e imaginativos. Tenía que recibir el premio institucional para eso. Nada de Jabuti, de Pulitzer y ese tipo de basuras. Era el Nobel de regalo para mamá, papá y todos aquellos que habían contribuido para que yo alcanzase ese objetivo ya planeado. La vista sigue los caminos que le fueron preparados en la obra. Ensayé varias veces mi discurso de recibimiento del Nobel. Mis agradecimientos. Mi dedicatoria. Mi humildad para conseguir tamaña proeza. Ya estaba todo listo. Sólo faltaban algunos pormenores. Así, mi historia y la de mi familia se asemejaban a la literatura y a las muchas historias judaicas. Tenía que ser genial como Alexander Portnoy, estaba lejos de ser un genio. Pero era una persona de muchas cualidades. Un hombre con cualidades simples y con mucha sensibilidad. Mi vida y mi familia, a pesar de especiales, no eran únicas. Otras vidas y otras literaturas fatalmente habían sido como la mía. ¿Será por eso que hablo y falseo aquí mi vida y mi literatura? ¿Soy o no soy especial? ¿Somos todos escogidos? ¿Escogemos nuestros caminos? Je m’en fou. Sigo viviendo, escribiendo, rememorando e inventando. Y siendo normal.

La elección de la profesión no fue mera casualidad. Fue fríamente calculada, planeada, estudiada y bien fundamentada –todo con cinco años de edad–. Todos, en los guetos modernos, escuchaban las grandes conquistas y descubrimientos de los judíos. La ciencia, sobre todo las matemáticas y la física, eran veneradas y mistificadas. Además de eso, la Relatividad y la Teoría Cuántica eran consideradas la Física de los judíos, de los judíos brillantes. Decidí entonces seguir el camino de otros genios brillantes que me habían antecedido. Yo sería uno más de ellos. Resolví trillar el mismo camino y tener la misma genialidad de un físico alemán judío: Albert Einstein.

Proyecto trivial. Incluso pensé que mi camino sería más fácil que el de Einstein. Oía historias que decían que, hasta los siete años, Einstein era incapaz de hablar, o que, hasta los dos, presentaba cierto atraso en relación a otros niños. Por tanto, me había decidido por un camino todavía más fácil. Como yo era un niño que no había tenido ningún atraso, hablaba perfectamente e incluso sacaba buenas notas en alfabetización, ganar el premio Nobel sería más rápido de lo que todos esperaban. Einstein, con toda su dificultad infantil, tuvo su idea genial a los dieciséis años. Ganó el premio con cuarenta y dos. Yo debía, por tanto, estar preparado para mi insight, mi epifanía genial, mi encuentro con el ciego mascando chicles, a los once años. La idea del Nobel era la visión que me desestabilizaría emocionalmente, como una dulce náusea, incluso bastante joven. Debía tener todo listo para recibir mi premio a los treinta y tres años. Pero la vida está llena de obstáculos. Malditos nazis. ¿Por qué entonces conmigo? ¿Por qué yo? No estaba preparado para ninguno de ellos. No había sido criado para tropiezos, fracasos y dificultades. No era como Don Quijote, enfrentando batallas, inventando mis propias epopeyas. No. Yo huía del combate. No tenía ninguna honra y virtud delante de la dificultad. Más tarde descubrí que las historias no eran así de simples. Einstein, de hecho, no había tenido todos esos problemas infantiles, las cosas, incluso para una mente privilegiada como la suya, no habían sido tan simples. La Física y las Matemáticas eran verdaderamente difíciles, complicadas, complejas e intangibles. Nuestras historias, muchas veces, son falaces, modeladas por el tiempo, por la mente, por el deseo y por las frustraciones. Pero puedo, a partir de la literatura, fantasear con mi vida. Puedo recontarla como Don Quijote o como Forrest Gump. Y, remodelando mi memoria, remodelaba mi pasado.

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Recuerdo el día en que decidí contar al mundo mi profesión. La profesión que había escogido. La profesión de las profesiones. Recuerdo perfectamente que estábamos sentados en un círculo, todos los alumnos de mi clase. La Doda pasaba preguntando sobre qué queríamos ser cuando creciésemos. Tendría sí que crecer –mierda– y eso implicaba muchas cosas nuevas. Todos respondían médico, abogado o jugador de fútbol –ingenuos, no sabían que Pelé no era judío, que no había ningún judío ganador del premio Nobel de fútbol y, entonces, no había motivo para ser jugador de fútbol. Mujeres, dinero, fama, coches, cultura, todo y mucho más tenían los astrofísicos–. Entonces, estufé mi pecho y respiré hondo. Me tragué toda mi vergüenza, mi timidez, y dije, en voz alta: seré astrofísico. Declarar a los cinco años que se quiere ser astrofísico implica, en primer lugar, un suicidio social. Todos los presentes en ese ilustre y solemne momento tenían como deber cívico y moral mofarse, fustigar y ridiculizar los momentos venideros de ese ser que no escogió medicina, ingeniería o derecho. –Si yo hubiese escogido, por ejemplo, ser un hidalgo caballero andante a los cinco años les chocaría menos a todos–. Debí tener mucho valor, y ser muy estúpido, para hacer tal declaración. Además, implica un estado de extrañamiento del otro y de sí mismo, de las unheimlich. El extraño idiota. Sería eternamente víctima del bullying –término contemporáneo y educado para las relaciones humanas y literarias tan antiguas como el origen del mundo–. Así, volviendo a mi declaración inusitada, ni la profesora era capaz de saber lo que yo había dicho. Las profesoras, reinas del saber en esa época, desconocían el término. Sabían muy bien declarar infamias. Eran personajes importantes de la historia universal de la infamia. Decían, por ejemplo, que la Amazonia es el pulmón del mundo, que dormir con una planta al lado de la cama es casi un suicidio –ya que libera gas carbónico– y que la Teoría de la Relatividad es bien simple: todo es relativo. Así, enfrenté las burlas de mis colegas y la estupidez de mi profesora en pro de la ciencia y del premio Nobel. Yo, que fui muchas veces mísero, muchas veces vil y muchas veces débil, desconfiaba de las infamias ajenas. Era el escogido para trillar un noble camino –como todos allí–. No podía concebir el hecho de que no supiesen lo que era un astrofísico. Nadie sabía muy bien lo que era eso. Y, honestamente, yo tampoco lo sabía. Pero, incluso así, declaré orgullosamente mi futura profesión.

Todas mis grandes declaraciones, todas las grandes conquistas, todos los grandes sueños, premios, deseos, aspiraciones, son –¿eran?– motivados solamente por dos factores: agradar a mamá y, en la época, agradar a Silviña. –Años más tarde, las grandes conquistas tendrían también la finalidad de agradar a mamá y, lógicamente, enrollarme con alguien–. La única niña de mi clase. Silviña. Rubita. Una monada. Mi noviecita. Novia a lo grande: nunca le puse una mano encima. Nunca conseguí intercambiar una palabra. Sólo sabía que me gustaba tanto por mi falta de aire, mi sudoración y mi palpitación acelerada cuando me sentaba a su lado. La protegía en el recreo. Aquí yo era un caballero cuya batalla era proteger a mi Dulcinea con honra. Ella, con sus amigas, confeccionaba lindos pasteles de arena. Obras de arte infantiles. Con tanto esmero, amor y cariño, admiraba sus primeras obras. Yo ya poseía el alma sensible para el arte, por lo menos para el arte de gustar. Y por eso intentaba proteger a las niñas y sus pasteles del más cruel y terrible destino impuesto por los niños, por los dibouks infantiles: la destrucción total de esos pequeños monumentos a través de patadas y empujones. Intentaba inútilmente protegerlas. Practicaba mi tikkum olam. Había sido criado por mamá para ser un niño virtuoso, bondadoso, generoso. Un verdadero tzadik. Imaginaba que mamá también era perfecta. Que ella era virgen. Y ella me imaginaba como un dios. ¡Qué relación sublime! Tan sublime como la historia de Jesús. Que era de hecho judío, y dijeron que su madre era virgen. Y yo tenía, por tanto, la obligación moral, social, profética, de ser perfecto. Me sentía el protector de las niñas. O por lo menos imaginaba serlo. Ellas eran lindas. Y yo soñaba con Silviña. No recuerdo mis sueños, pero no tenían ningún cuño sexual. Vivre sans volupté c’est vivre sous la terre. No imaginaba y no tenía ni idea de que el hecho de yo tener pito y Silviña no tenerlo podía resultar en grandes placeres. Y seguía amando. ¿Qué puede hacer una criatura si no, entre criaturas, amar? ¿Amar y olvidar, amar y malamar, amar, desamar y amar? Y, a pesar de nunca declarar públicamente mi amor, mis ojos no lo escondían. Ah, pero si ella lo adivinase, si pudiese oír la mirada, y si una mirada le bastase para saber que la están amando… Así, seguía amando a mamá y protegiendo a Silviña.

Creo que Silviña nunca adivinó mi mirada. Mi encanto. Mi amor. Pero, desafortunadamente, otro pequeño dibouk lo adivinó. El dibouk es capaz de leer el alma de cualquiera. Él tenía el nombre de un profeta. Era, sin embargo, un profeta opuesto. Y este dibouk me persiguió durante años. Durante vidas. Sólo más tarde conseguí engañarlo, burlarlo. Los místicos medievales judíos ya habían impuesto varias reglas y ritos para espantarlo. Yo tuve, a duras penas, que inventar las mías. Así, para acabar con mi gran amor infantil, el profeta opuesto susurró al oído de Silviña todo mi amor. Expuso todos mis sentimientos más nobles. Debe haber inventado muchas otras cosas también, ya que inventar forma parte de la ficción. Aquí inventamos invenciones y recuerdos. Y fue penoso ser descubierto. Imagino y rememoro ese momento. Debe haber sido un momento súper importante por mi relevancia frente al mundo. Tan importante como el susurro de Dios, o de uno de sus ángeles, al oído de Abraham y Sara sobre la llegada de Isaac –da carcajadas–. La carcajada aquí fue del dibouk, que estaba seguro de que acabaría con todas las posibilidades de boda judía entre Silviña y yo. Y la carcajada fue también de Silviña, de felicidad o de nerviosismo. El hecho es que, a partir de ese momento, nunca más pude mirar a los ojos a Silviña. Tuve que negar mi gran amor. Ella me preguntó si aquello era verdad. Lo negué. Lo niego. Lo negaré. Mi amor era sólo mío. No era y no podía ser compartido todavía. Era demasiado joven para exponerme. Revelarme. Descubrirme. El amor es la exposición a lo que tú mismo juzgas ridículo. Como todas las cartas de amor. Yo no estaba preparado. No estoy preparado. ¿Estaré? Y todavía me acuerdo de nuestra despedida. Sí. Y de su perfume. Sí. Quiero. Silviña hizo aliá, subió a Israel. Su fiesta fue tranquila. Jugamos al pilla pilla en su casa. Y yo, astrofísico declarado, amor usurpado, idiota uterino, acomplejado y personaje literario, fui a su encuentro para guardar el último y único toque. Toque que todavía recuerdo, tan bello y falseado.

Jacques Fux (Belo Horizonte, 1977) tiene una licenciatura en matemáticas, una maestría en informática, un doctorado y un postdoctorado en literatura. Debutó en la literatura con Antiterapias (2012), que ganó el Premio São Paulo 2013. La novela Meshugá (2016) reinventa la vida y obra de nombres como la filósofa Sarah Kofman y el cineasta Woody Allen para explorar temas como la locura, Identidad judía y los límites de la ficción. Fue investigador visitante en la Universidad de Harvard y también publica ensayos, entre ellos Literatura y Matemáticas (2016), finalista del Premio APCA.

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