Ángeles Mastretta

LECTURAS | Arráncame la vida, de Ángeles Mastretta, en el 35 aniversario

Ambición, matrimonio, adulterio, sacrificio y venganza: la historia amorosa de la temperamental y apasionada Catalina Asencio.

Ciudad de México, 6 de enero (MaremotoM).-El 35 aniversario de Arráncame la vida, la clásica obra que consagró a Ángeles Mastretta como una de las voces más originales y potentes de la literatura hispanoamericana.

“Una tarde fui a ver a la gitana que vivía por el barrio de La Luz y tenía fama de experta en amores. Había una fila de gente esperando turno. Cuando por fin me tocó pasar, ella se sentó frente a mí y me preguntó qué quería saber. Le dije muy seria: —Quiero sentir”.

Ángeles Mastretta
Arráncame la vida, de Ángeles Mastretta. Foto: Cortesía

Ángeles Mastretta: Nacida en Puebla en 1949, se graduó en periodismo por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. En 1985 publicó su primera novela, Arráncame la vida (Seix Barral, 1992), que obtuvo el Premio Mazatlán en México y se convirtió en un verdadero fenómeno editorial, tanto en el mundo de habla hispana como en sucesivas traducciones a quince idiomas. Ha publicado también los libros de relatos Mujeres de ojos grandes (1990; Seix Barral, 1991) y Maridos (Seix Barral, 2007), tres volúmenes que reúnen relatos cortos y textos periodísticos o autobiográficos: Puerto libre (1994), El mundo iluminado (1998) y El cielo de los leones (Seix Barral, 2004), y la novela corta Ninguna eternidad como la mía (1999). En 1997, su novela Mal de amores (1995) obtuvo el prestigioso Premio Rómulo Gallegos, concedido por primera vez a una mujer. Su libro más reciente es Yo misma, una antología con las mejores frases de su obra.

Capítulo 1 de Arráncame la vida, de Ángeles Mastretta, con autorización de Seix Barral

Ese año pasaron muchas cosas en este país. Entre otras, Andrés y yo nos casamos.

Lo conocí en un café de los portales. En qué otra parte iba a ser si en Puebla todo pasaba en los portales: desde los noviazgos hasta los asesinatos, como si no hubiera otro lugar.

Entonces él tenía más de treinta años y yo menos de quince. Estaba con mis hermanas y sus novios cuando lo vimos acercarse. Dijo su nombre y se sentó a conversar entre nosotros. Me gustó. Tenía las manos grandes y unos labios que apretados daban miedo y, riéndose, confianza.

Como si tuviera dos bocas. El pelo después de un rato de hablar se le alborotaba y le caía sobre la frente con la misma insistencia con que él lo empujaba hacia atrás en un hábito

de toda la vida. No era lo que se dice un hombre guapo.

Tenía los ojos demasiado chicos y la nariz demasiado grande, pero yo nunca había visto unos ojos tan vivos y no conocía a nadie con su expresión de certidumbre.

De repente me puso una mano en el hombro y preguntó:

—¿Verdad que son unos pendejos? Miré alrededor sin saber qué decir.

—¿Quiénes? —pregunté.

—Usted diga que sí, que en la cara se le nota que está de acuerdo —pidió riéndose.

Dije que sí y volví a preguntar quiénes.

Entonces él, que tenía los ojos verdes, dijo cerrando

uno:

—Los poblanos, chula. ¿Quiénes si no?

Claro que estaba yo de acuerdo. Para mí los poblanos eran esos que caminaban y vivían como si tuvieran la ciudad escriturada a su nombre desde hacía siglos. No nosotras, las hijas de un campesino que dejó de ordeñar vacas porque aprendió a hacer quesos; no él, Andrés Ascencio, convertido en general gracias a todas las casualidades y todas las astucias menos la de haber heredado un apellido con escudo.

Quiso acompañarnos hasta la casa y desde ese día empezó a visitarla con frecuencia, a dilapidar sus coqueterías conmigo y con toda la familia, incluyendo a mis papás, que

estaban tan divertidos y halagados como yo.

Andrés les contaba historias en las que siempre resultaba triunfante. No hubo batalla que él no ganara, ni muerto que no matara por haber traicionado a la Revolución o al Jefe Máximo o a quien se ofreciera.

Se nos metió de golpe a todos. Hasta mis hermanas mayores, Teresa, que empezó calificándolo de viejo concupiscente, y Bárbara, que le tenía un miedo atroz, acabaron

divirtiéndose con él casi tanto como Pía, la más chica. A mis hermanos los compró para siempre llevándolos a dar una vuelta en su coche.

A veces traía flores para mí y chicles americanos para ellos. Las flores nunca me emocionaron, pero me sentía importante arreglándolas mientras él fumaba un puro y

conversaba con mi padre sobre la laboriosidad campesina o los principales jefes de la Revolución y los favores que cada uno le debía.

Después me sentaba a oírlos y a dar opiniones con toda la contundencia que me facilitaban la cercanía de mi padre y mi absoluta ignorancia.

Cuando se iba yo lo acompañaba a la puerta y me dejaba besar un segundo, como si alguien nos espiara. Luego salía corriendo tras mis hermanos.

Nos empezaron a llegar rumores: Andrés Ascencio tenía muchas mujeres, una en Zacatlán y otra en Cholula, una en el barrio de La Luz y otras en México. Engañaba a las jovencitas, era un criminal, estaba loco, nos íbamos a arrepentir.

Nos arrepentimos, pero años después. Entonces mi papá hacía bromas sobre mis ojeras y yo me ponía a darle besos.

Me gustaba besar a mi papá y sentir que tenía ocho años, un agujero en el calcetín, zapatos rojos y un moño en cada trenza los domingos. Me gustaba pensar que era domingo y que aún era posible subirse en el burro que ese día no cargaba leche, caminar hasta el campo sembrado de alfalfa para quedar bien escondida y desde ahí gritar: «A que

no me encuentras, papá». Oír sus pasos cerca y su voz:

«¿Dónde estará esta niña? ¿Dónde estará esta niña?», hasta fingir que se tropezaba conmigo, aquí está la niña, y tirarse cerca de mí, abrazarme las piernas y reírse:

—Ya no se puede ir la niña, la tiene atrapada un sapo que quiere que le dé un beso.

Y de veras me atrapó un sapo. Tenía quince años y muchas ganas de que me pasaran cosas. Por eso acepté cuando Andrés me propuso que fuera con él unos días a Tecolutla.

Yo no conocía el mar, él me contó que se ponía negro en las noches y transparente al mediodía. Quise ir a verlo.

Nada más dejé un recado diciendo: «Queridos papás, no, se preocupen, fui a conocer el mar».

En realidad fui a pegarme la espantada de mi vida. Yo había visto caballos y toros irse sobre yeguas y vacas, pero el pito parado de un señor era otra cosa. Me dejé tocar sin

meter las manos, sin abrir la boca, tiesa como muñeca de cartón, hasta que Andrés me preguntó de qué tenía miedo.

—De nada —dije.

—Entonces ¿por qué me ves así?

—Es que no estoy segura de que eso me quepa —le contesté.

—Pero cómo no, muchacha, nomás póngase flojita — dijo y me dio una nalgada—. Ya ve cómo está tiesa. Así claro que no se puede. Pero aflójese. Nadie se la va a comer si

usted no quiere.

Volvió a tocarme por todas partes como si se hubiera acabado la prisa. Me gustó.

—Ya ve cómo no muerdo —dijo hablándome de usted como si fuera yo una diosa. Fíjese, ya está mojada —comentó con el mismo tono de voz que mi madre usaba para hablar complacida de sus guisos. Luego se metió, se movió, resopló y gritó como si yo no estuviera abajo otra vez tiesa, bien tiesa.

—No sientes, ¿por qué no sientes? —preguntó después.

—Sí siento, pero el final no lo entendí.

—Pues el final es lo que importa —dijo hablando con el cielo—. ¡Ay estas viejas! ¿Cuándo aprenderán?

Y se quedó dormido.

Yo me pasé toda la noche despierta, como encendida. Anduve caminando. Por las piernas me corría un líquido, lo toqué. No era mío, él me lo había echado. Al amanecer me fui a dormir con mis cavilaciones. Cuando él me sintió entrar en la cama nomás estiró un brazo y me lo puso encima. Despertamos con los cuerpos trenzados.

—¿Por qué no me enseñas? —le dije.

—¿A qué?

—Pues a sentir.

—Eso no se enseña, se aprende —contestó.

Entonces me propuse aprender. Por lo pronto me dediqué a estar flojita, tanto que a veces parecía lela. Andrés hablaba y hablaba mientras caminábamos por la playa; yo

columpiaba los brazos, abría la boca como si se me cayera la mandíbula, metía y sacaba la barriga, apretaba y aflojaba las nalgas.

¿De qué tanto hablaba el general? Ya no me acuerdo exactamente, pero siempre era de sus proyectos políticos, y hablaba conmigo como con las paredes, sin esperar que

le contestara, sin pedir mi opinión, urgido solo de audiencia. Por esas épocas andaba planeando cómo ganarle al general Pallares la gubernatura del estado de Puebla. No

lo bajaba de pendejo, pero se ocupaba de él como si no lo fuera.

—No ha de ser tan pendejo donde te preocupa —le dije una tarde. Estábamos viendo la puesta del sol.

—Claro que es un pendejo. Y tú qué te metes, ¿quién te pidió tu opinión?

—Hace cuatro días que hablas de lo mismo, ya me dio tiempo de tener una opinión.

—Vaya con la señorita. No sabe ni cómo se hacen los niños y ya quiere dirigir generales. Me está gustando —dijo.

Cuando acabó la semana me devolvió a mi casa con la misma frescura con que me había sacado y desapareció como un mes. Mis padres me recibieron de regreso sin preguntas ni comentarios. No estaban muy seguros de su futuro y tenían seis hijos, así que se dedicaron a festejar que el mar fuera tan hermoso y el general tan amable que se

molestó en llevarme a verlo.

—¿Por qué no vendrá don Andrés? —empezó a preguntar mi papá como a los quince días de ausencia.

—Anda en eso de ganarle al general Pallares —dije yo, que más que pensar en él me había quedado obsesionada con sentir.

Ya no iba a la escuela, casi ninguna mujer iba a la escuela después de la primaria, pero yo fui unos años más porque las monjas salesianas me dieron una beca en su colegio clandestino. Estaba prohibido que enseñaran, así que ni título ni nada tuve, pero la pasé bien. Todo se agradecía.

Aprendí los nombres de las tribus de Israel, los nombres de los jefes y descendientes de cada tribu y los nombres de todas las ciudades y todos los hombres y mujeres que cruzaban por la Historia Sagrada. Aprendí que Benito Juárez era masón y había vuelto del otro mundo a jalarle la sotana a un cura para que ya no se molestara en decir misas por él,

que estaba en el infierno desde hacía un rato.

Total, terminé la escuela con una mediana caligrafía, algunos conocimientos de gramática, poquísimos de aritmética, ninguno de historia y varios manteles de punto de cruz.

Cuando tuve que permanecer encerrada todo el día, mi madre puso su empeño en que fuera una excelente ama de casa, pero siempre me negué a remendar calcetines y a sacarles la basurita a los frijoles. Me quedaba mucho tiempo para pensar y empecé a desesperarme.

Una tarde fui a ver a la gitana que vivía por el barrio de La Luz y tenía fama de experta en amores. Había una fila de gente esperando turno. Cuando por fin me tocó pasar,

ella se sentó frente a mí y me preguntó qué quería saber. Le dije muy seria:

—Quiero sentir —se me quedó mirando, yo también la miré, era una mujer gorda y suelta; por el escote de la blusa le salía la mitad de unos pechos blancos, usaba pulseras de

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colores en los dos brazos y unas arracadas de oro que se columpiaban de sus oídos rozándole las mejillas.

—Nadie viene aquí a eso —me dijo—. No sea que después tu madre me quiera echar pleito.

—¿Usted tampoco siente? —pregunté.

Por toda respuesta empezó a desvestirse. En un segundo se desamarró la falda, se quitó la blusa y quedó desnuda, porque no usaba calzones ni fondos ni sostenes.

—Aquí tenemos una cosita —dijo metiéndose la mano entre las piernas—. Con esa se siente. Se llama el timbre y ha de tener otros nombres. Cuando estés con alguien piensa que en ese lugar queda el centro de tu cuerpo, que de ahí vienen todas las cosas buenas, piensa que con eso piensas, oyes y miras; olvídate de que tienes cabeza y brazos, ponte

toda ahí. Vas a ver si no sientes.

Luego se vistió en otro segundo y me empujó a la puerta.

—Ya vete. No te cobro porque yo solo cobro por decir mentiras y lo que te dije es la verdad, por esta —y besó la cruz que hacía con dos dedos.

Volví a casa segura de que sabía un secreto que era imposible compartir. Esperé hasta que se apagaron todas las luces y hasta que Teresa y Bárbara parecían dormidas sin

regreso. Me puse la mano en el timbre y la moví. Todo lo importante estaba ahí, por ahí se miraba, por ahí se oía, por ahí se pensaba. Yo no tenía cabeza, ni brazos, ni pies, ni

ombligo. Las piernas se me pusieron tiesas como si quisieran desprenderse. Y sí, ahí estaba todo.

—¿Qué te pasa, Cati? ¿Por qué soplas? —preguntó Teresa despabilándose. Al día siguiente amaneció contándole a todo el mundo que yo la había despertado con unos

ruidos raros, como si me ahogara. A mi madre le entró preocupación y hasta quiso llevarme al doctor. Así le había empezado la tuberculosis a la dama de las camelias.

A veces todavía tengo nostalgia de una boda en la iglesia.

Me hubiera gustado desfilar por un pasillo rojo del brazo de mi padre hasta el altar, con el órgano tocando la marcha nupcial y todos mirándome.

Siempre me río en las bodas. Sé que tanta faramalla acabará en el cansancio de todos los días durmiendo y amaneciendo con la misma barriga junto. Pero la música y el desfile señoreados por la novia todavía me dan más envidia que risa.

Yo no tuve una boda así. Me hubieran gustado mis hermanas de damas color de rosa, bobas y sentimentales, con los cuerpos forrados de organza y encaje. Mi papá de negro

y mi madre de largo. Me hubiera gustado un vestido con las mangas amplias y el cuello alto, con la cola extendida por todos los escalones hasta el altar.

Eso no me hubiera cambiado la vida, pero podría jugar con el recuerdo como juegan otras. Podría evocarme caminando el pasillo de regreso apoyada en Andrés y saludando

desde la altura de mi nobleza recién adquirida, desde la alcurnia que todos otorgan a una novia cuando vuelve del altar.

Yo me hubiera casado en Catedral para que el pasillo fuera aún más largo. Pero no me casé. Andrés me convenció de que todo eso eran puras pendejadas y de que él no

podía arruinar su carrera política. Había participado en la guerra anticristera de Jiménez, le debía lealtad al Jefe Máximo, ni de chiste se iba a casar por la iglesia. Por lo civil sí,

la ley civil había que respetarla, aunque lo mejor, decía, hubiera sido un rito de casamiento militar.

Lo estaba diciendo y lo estaba inventando, porque nosotros nos casamos como soldados.

Un día pasó en la mañana.

—¿Están tus papás? —preguntó.

Sí estaban, era domingo. ¿Dónde podrían estar sino metidos en la casa como todos los domingos?

—Diles que vengo por ustedes para que nos vayamos a casar.

—¿Quiénes? —pregunté.

—Yo y tú —dijo—. Pero hay que llevar a los demás.

—Ni siquiera me has preguntado si me quiero casar contigo —dije—. ¿Quién te crees?

—¿Cómo que quién me creo? Pues me creo yo, Andrés Ascencio. No proteste y súbase al coche.

Entró en la casa, cruzó tres palabras con mi papá y salió con toda la familia detrás.

Mi mamá lloraba. Me dio gusto porque le imponía algo de rito a la situación. Las mamás siempre lloran cuando se casan sus hijas.

—¿Por qué lloras, mamá?

—Porque presiento, hija.

Mi mamá se la pasaba presintiendo.

Llegamos al registro civil. Ahí estaban esperando unos árabes amigos de Andrés, Rodolfo el compadre del alma, con Sofía su esposa, que me miró con desprecio. Pensé que le darían rabia mis piernas y mis ojos, porque ella era de pierna flaca y ojo chico. Aunque su marido fuera subsecretario de Guerra.

El juez era un chaparrito, calvo y solemne.

—Buenas, Cabañas —dijo Andrés.

—Buenos días, general, qué gusto nos da tenerlo por aquí.

Ya está todo listo.

Sacó una libreta enorme y se puso detrás de un escritorio. Yo insistía en consolar a mi mamá cuando Andrés me jaló hasta colocarme junto a él, frente al juez. Recuerdo la

cara del juez Cabañas, roja y chipotuda como la de un alcohólico; tenía los labios gruesos y hablaba como si tuviera un puño de cacahuetes en la boca.

—Estamos aquí reunidos para celebrar el matrimonio del señor general Andrés Ascencio con la señorita Catalina Guzmán. En mi calidad de representante de la ley, de la única ley que debe cumplirse para fundar una familia, le pregunto: Catalina, ¿acepta por esposo al general Andrés Ascencio aquí presente?

—Bueno —dije.

—Tiene que decir sí —dijo el juez.

—Sí—dije.

—General Andrés Ascencio, ¿acepta usted por esposa a la señorita Catalina Guzmán?

—Sí —dijo Andrés—. La acepto, prometo las deferencias que el fuerte debe al débil y todas esas cosas, así que puedes ahorrarte la lectura. ¿Dónde te firmamos? Toma la

pluma, Catalina.

Yo no tenía firma, nunca había tenido que firmar, por eso nada más puse mi nombre con la letra de piquitos que me enseñaron las monjas: Catalina Guzmán.

—De Ascencio, póngale ahí, señora —dijo Andrés, que leía tras mi espalda.

Después él hizo un garabato breve que con el tiempo me acostumbré a reconocer y hasta hubiera podido imitar.

—¿Tú pusiste de Guzmán? —pregunté.

—No m’ija, porque así no es la cosa. Yo te protejo a ti, no tú a mí. Tú pasas a ser de mi familia, pasas a ser mía—dijo.

—¿Tuya?

—A ver los testigos —llamó Andrés, que ya le había quitado el mando a Cabañas—. Tú, Yúñez, fírmale. Y tú, Rodolfo. ¿Para qué los traje entonces?

Cuando estaban firmando mis papás, le pregunté a Andrés dónde estaban los suyos. Hasta entonces se me ocurrió que él también debía tener padres.

—Nada más vive mi madre, pero está enferma —dijo con una voz que le oí esa mañana por primera vez y que pasaba por su garganta solamente cuando hablaba de ella—.

Pero para eso vinieron Rodolfo y Sofía, mis compadres.

Para que no faltara la familia.

—Si firma Rodolfo, también que firmen mis hermanos—dije yo.

—Estás loca, si son puros escuincles.

—Pero yo quiero que firmen. Si Rodolfo firma, yo quiero que ellos firmen. Ellos son los que juegan conmigo

—dije.

—Que firmen, pues. Cabañas, que firmen también los niños —dijo Andrés.

Nunca se me olvidarán mis hermanos pasando a firmar.

Hacía tan poco que habíamos llegado de Tonanzintla que no se les quitaba lo ranchero todavía. Bárbara estaba segura de que yo había enloquecido y abría sus ojos asustados.

Teresa no quiso jugar. Marcos y Daniel firmaron muy serios, con los pelos engomados por delante y despeinados por atrás. Ellos se peinaban como si les fueran a tomar una

foto de frente, lo demás no importaba.

A Pía le habíamos puesto en la cabeza un moño casi de su tamaño. Los ojos le llegaban a la altura del escritorio y  de ahí para arriba todo era un enorme listón rojo con puntos blancos. —Después no digas que en tu familia no se pusieron

sus moños —dijo Andrés pellizcándome la cintura, y para que lo oyera mi papá. Entonces no me di cuenta de que era para eso, hoy tengo la certidumbre de que lo dijo para mi

papá. Con los años aprendí que Andrés no decía nada por decir. Y que le hubiera gustado tener que amenazar a mi padre. La tarde anterior había hablado con él. Le había dicho que se quería casar conmigo, que si no le parecía tenía modo de convencerlo, por las buenas o por las malas.

—Por las buenas, general, será un honor —había dicho mi padre, incapaz de oponerse.

Años después, cuando su hija Lilia se andaba queriendo casar, Andrés me dijo:

—¿Piensas que yo voy a ser con mis hijas como tu papá contigo? Ni madres. A mis hijas no se las lleva cualquier cabrón de la noche a la mañana. A mis hijas me las vienen a pedir con tiempo para que yo investigue al cretino que se las quiere coger. Yo no regalo a mis crías. El que las quiera que me ruegue y se ponga con lo que tenga. Si hay negocio lo hacemos; si no, se me va luego a la chingada. Y se me casan por la iglesia, que ya se jodió Jiménez en su pleito con los curas.

Pía no supo firmar y pintó una bolita con dos ojos. El juez le dio una palmada en el moño y respiró profundo para que no se le notara que iba perdiendo la paciencia. Por suerte, ahí terminó todo. Rodolfo y Chofi firmaron rápido, se morían de hambre el par de gordos.

Nos fuimos a desayunar a los portales. Andrés pidió café para todos, chocolate para todos, tamales para todos.

—Yo quiero jugo de naranja —dije.

—Usted se toma su café y su chocolate como todo el

mundo. No meta el desorden —regañó Andrés.

—Pero es que yo no puedo desayunar sin jugo.

—Usted lo que necesita es una guerra. Orita mismo aprende a desayunar sin jugo. ¿De dónde saca que siempre va a tener jugo?

—Papá, dile que yo tomo jugo en las mañanas —pedí.

—Tráigale un jugo de naranja a la niña —dijo mi papá con tal tono de desafío que el mesero salió corriendo.

—Está bien. Tómate tu jugo, pareces gringa. ¿Qué campesino amanece con jugo en este país? Ni creas que vas a tener siempre todo lo que quieras. La vida con un militar no es fácil. De una vez velo sabiendo. Y usted, don Marcos, acuérdese que ella ya no es una niña y que en esta mesa mando yo.

Hubo un silencio largo durante el cual solo se oyó a Chofi morder una campechana recién dorada.

—¿Y qué? —dijo Andrés—. ¿Por qué tan callados si estamos de fiesta? Se casó su hermana, niños, ¿ni una porra le van a echar?

—¿Aquí? —dijo Teresa, que tenía un sentido del ridículo profundamente arraigado—. Usted está loco.

—¿Qué dijiste? —preguntó Andrés.

—¡Mucha suerte, muchas felicidades! —gritó Bárbara echándonos arroz en la cabeza—. Mucha suerte, Cati —decía y metía el arroz por mi pelo, y me lo sobaba en la cabeza acariciándome—. Mucha suerte —seguía diciendo mientras me abrazaba y me daba besos hasta que las dos empezamos a llorar.

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