Assassin's Creed

LECTURAS | Assassin’s Creed, de Oliver Bowden

Assassin’s Creed es una de las franquicias de videojuegos más jugados en todo el mundo, con más de 90 millones de copias vendidas.

Ciudad de México, 1 de diciembre (MaremotoM).- La ciudad de Roma, que una vez fue poderosa capital de un esplendoroso imperio, está ahora en ruinas y devastada por el sufrimiento que inflige la tiranía de los Borgia. Solo el maestro asesino, Ezio Auditore podrá liberar al pueblo del yugo de los Borgia.No lo tendrá fácil, pues Cesare Borgia amenaza con conquistar Italia.Ezio se adentrará en una época traicionera, donde la conspiración está en todas partes, incluso dentro de la Hermandad.

Assassin’s Creed es una de las franquicias de videojuegos más jugados en todo el mundo, con más de 90 millones de copias vendidas.

Assasin's Creed
Assasin’s Creed. Foto: Cortesía

Fragmento de Assansin’s Creed, de Oliver Bowden, con autorización de Minotauro/Planeta

Ezio permaneció de pie un momento, aturdido y desorientado. ¿Dónde estaba? ¿Qué era aquel lugar?

Conforme recuperaba sus sentidos lentamente, vio cómo su tío Mario se separaba del grupo de sus compañeros Assassins para acercarse a él y cogerlo del brazo.

—Ezio, ¿estás bien?

—Hu… hu… hubo una pelea… Con el Papa, con Rodrigo Borgia. Lo he dado por muerto.

Ezio tembló con violencia. Era incapaz de controlarse. ¿Sería verdad? Unos minutos antes, aunque parecía que hubiese ocurrido cientos de años atrás, había participado en una lucha a vida o muerte con el hombre que más odiaba y al que más temía, el líder de los Templarios, la sanguinaria organización empeñada en la destrucción del mundo que Ezio y sus amigos de la Hermandad de los Assassins se habían esforzado tanto por proteger.

Pero los había derrotado. Había usado los grandes poderes del misterioso artefacto, la Manzana, el sagrado Fruto del Edén que los antiguos dioses le habían concedido para asegurar que su inversión en la humanidad no desaparecía en el derramamiento de sangre y la iniquidad. Y había surgido triunfante.

¿O no?

¿Qué había dicho? “Lo he dado por muerto”. Y lo cierto es que Rodrigo Borgia, el vil anciano que no había reparado en medios para llegar hasta la cima de la Iglesia y convertirse en Papa, sí que parecía estar muriéndose. Había tomado veneno.

Pero ahora una duda espantosa asaltaba a Ezio. Al mostrar piedad, la piedad que era el alma del Credo de los Assassins y que debía, por lo que él sabía, concederse a todos salvo a aquellos cuyas vidas pusieran en peligro al resto de la humanidad, ¿había sido débil?

Si así era, nunca permitiría que sus dudas se manifestasen, ni siquiera le diría nada a su tío Mario, el líder de la Hermandad. Se puso derecho. Había dejado que aquel anciano se quitara la vida. Le había dejado tiempo para rezar. No le había atravesado el corazón para asegurarse de que estaba muerto.

Una fría mano se cerró alrededor de su corazón al tiempo que escu- chaba una voz clara en su mente decirle: “Deberías haberlo matado”.

Se sacudió para deshacerse de sus demonios del mismo modo en que un perro se seca el agua después de un baño. Aun así, seguía pensando en su desconcertante experiencia en la extraña cripta bajo la Capilla Sixtina del Vaticano romano, el edificio del que acababa de salir para adentrarse en la intermitente y desconocida luz del sol. Todo a su alrededor le parecía extrañamente normal y en calma. Los edificios del Vaticano estaban como siempre, resplandecientes bajo aquella luz brillante. El recuerdo de lo que acababa de pasar en la cripta volvió a su memoria, y una gran oleada de imágenes lo abrumó. Había tenido una visión, un encuentro con una extraña diosa —puesto que no había otro modo de describir a aquel ser—, que ahora sabía que era Minerva, la diosa romana de la sabiduría. Le había enseñado tanto el pasado distante como el futuro lejano de tal manera que le había hecho detestar la responsabilidad que aquel conocimiento colocaba sobre sus espaldas.

¿Con quién podría compartirlo? ¿Cómo iba a explicarlo? Todo parecía tan irreal…

Lo único de lo que estaba seguro después de aquella experiencia —o más bien calvario— era de que la pelea no había terminado. Tal vez llegaría un día en el que volvería a su ciudad natal, Florencia, y se sentaría con sus libros, bebería con sus amigos en invierno y cazaría con ellos en otoño, perseguiría a las chicas en primavera y supervisaría las cosechas de sus tierras en verano.

Pero todavía no había llegado el momento.

En el fondo sabía que no había derrotado a los Templarios y todo el mal que representaban. Se enfrentaba contra un monstruo con más cabezas que Hidra y, al igual que aquella bestia, que ningún otro hombre salvo Hércules había logrado matar, era inmortal.

—¡Ezio!

La voz de su tío era fuerte, y sirvió para despertarle del ensueño que se había apoderado de él. Tenía que recuperar el control y pensar con claridad.

Un fuego ardía con furia en la cabeza de Ezio. Pronunció su nombre para sus adentros como si le tranquilizara: “Soy Ezio Auditore da Firenze. Fuerte, un maestro de las tradiciones de los Assassins”.

Volvió a repasarlo todo: no sabía si lo había soñado. Las enseñanzas y revelaciones de la extraña diosa en la cripta habían debilitado por completo sus creencias y suposiciones. Era como si el tiempo se hubiese puesto del revés. Al salir de la Capilla Sixtina —donde había dejado al malvado Papa, Alejandro VI, según parecía, agonizante—, volvió a entrecerrar los ojos por la fuerte luz del sol. Sus compañeros Assassins estaban reunidos a su alrededor, con rostros serios y acompañados de una sombría determinación.

Todavía lo perseguía aquel pensamiento: ¿tenía que haber matado a Rodrigo, haberse asegurado de que estaba muerto? Había elegido no hacerlo. El hombre parecía empeñado en quitarse la vida tras no haber conseguido su objetivo principal.

No obstante, aquella voz clara continuaba sonando en la mente de Ezio.

Y había más: una fuerza desconcertante parecía arrastrarlo de vuelta hacia la capilla. Sentía que aún quedaba algo por hacer.

No estaba relacionado con Rodrigo. No era solo Rodrigo. Aunque pensaba acabar con él. Se trataba de algo más.

—¿Qué pasa? —preguntó Mario.

—Debo volver —respondió Ezio, al darse cuenta de nuevo, con un vuelco en el corazón, de que el juego no había terminado y de que aún no debía desprenderse de la Manzana. Cuando aquella idea le vino a la cabeza, de pronto se apoderó de él una insoportable sensación de apremio. Se liberó de los brazos protectores de su tío y regresó a la oscuridad. Mario lo siguió pero les pidió a los demás que se quedaran donde estaban para vigilar.

Ezio llegó en seguida al sitio donde había dejado al moribundo Rodrigo Borgia, pero ¡el hombre no estaba allí! En el suelo había una capa papal damasco, muy decorada, salpicada de sangre, pero su dueño había desaparecido. Una vez más aquella mano, cubierta con un guante de acero helado, se cerró alrededor del corazón de Ezio y pareció aplastarlo.

La puerta oculta a la cripta, a efectos prácticos, estaba cerrada y era casi invisible, pero cuando Ezio se acercó al punto donde recordaba que estaba, se abrió suavemente al empujarla. Se volvió hacia su tío y se sorprendió al ver que el rostro de Mario reflejaba miedo.

—¿Qué hay ahí dentro? —preguntó el hombre mayor, que se esforzaba por mantener la voz firme.

—El Misterio —respondió Ezio.

Dejó a Mario en el umbral de la puerta y avanzó por el pasadizo poco iluminado, con la esperanza de que no fuera demasiado tarde y Minerva, al prever aquello, hubiera mostrado clemencia. Lo más seguro era que a Rodrigo no le hubieran permitido entrar allí. Sin embargo, Ezio preparó su hoja oculta, la espada que su padre le había legado.

En la cripta, las grandes figuras humanas, y al mismo tiempo sobrenaturales —¿eran estatuas?— sujetaban el Báculo.

Uno de los Fragmentos del Edén.

El Báculo estaba aparentemente soldado a la figura que lo sostenía y, mientras Ezio intentaba hacer palanca para soltarlo, la figura pareció asirlo con más fuerza mientras brillaba como las inscripciones rúnicas de las paredes de la cripta.

Ezio recordó que ninguna mano humana debía tocar la Manzana sin protección. Entonces, las figuras se dieron la vuelta, se hundieron en el suelo y dejaron la cripta vacía, salvo por el gran sarcófago y las estatuas que lo rodeaban.

Ezio retrocedió, miró a su alrededor durante un instante y vaciló antes de despedirse instintivamente por última vez de aquel lugar. ¿Qué esperaba? ¿Acaso Minerva iba a manifestarse por segunda vez ante él? ¿No había dicho ya todo lo que tenía que decirle? O ¿al menos todo lo que podía contarle sin que resultara peligroso? Le habían concedido la Manzana. Los otros Fragmentos del Edén en combinación con ella hubieran otorgado a Rodrigo la supremacía que anhelaba, y Ezio comprendió al final que la unión de tal poder era demasiado peligrosa para las manos del Hombre.

—¿Estás bien? —dijo Mario, que seguía inusualmente nervioso, al acercarse a él.

—No pasa nada —contestó Ezio mientras volvía hacia la luz con una curiosa renuencia.

En cuanto se reunió con su tío, Ezio le mostró la Manzana sin decir una palabra.

—¿Y el Báculo?

Ezio negó con la cabeza.

—Está mejor en manos de la Tierra que no del Hombre —dijo

Mario, que lo entendió al instante—. Pero no tienes por qué contár- melo. Vamos, no deberíamos entretenernos.

—¿Por qué tienes tanta prisa?

—Por todo. ¿Crees que Rodrigo se quedará sentado y nos dejará salir de aquí tan tranquilos?

—Lo di por muerto.

—No es lo mismo que dejarlo bien muerto, ¿no? ¡Vamos! Salieron de la cripta, tan rápido como pudieron, y un viento frío pareció seguirles.

—¿Adónde han ido los demás? —le preguntó Ezio a Mario, con la cabeza aún dándole vueltas a causa de sus recientes experiencias, mientras volvían a la gran nave de la Capilla Sixtina. Los Assassins que estaban reunidos allí se habían marchado.

—Les dije que se marcharan. Paola ha vuelto a Florencia; Teodora y Antonio, a Venecia. Tenemos que ocultarnos por toda Italia. Los Templarios están divididos pero no hemos acabado con ellos. Se reagruparán si nuestra Hermandad de Assassins no está alerta. Alerta de manera constante. El resto de nuestra compañía ha seguido ade- lante y nos esperará en nuestro cuartel general de Monteriggioni.

—Estaban vigilando.

—Sí, pero sabían cuándo habían terminado con su deber. Ezio, no hay tiempo que perder. Todos lo sabemos.

Mario estaba serio.

—Tendría que haberme asegurado de que Rodrigo Borgia estaba muerto.

—¿Te hirió durante la batalla?

—Me protegió la armadura.

Mario le dio a su sobrino unas palmaditas en la espalda. —Antes me he precipitado. Creo que hiciste bien en no matarle si no había necesidad. Siempre aconsejo moderación. Creíste que se había quitado él mismo la vida. ¿Quién sabe? Tal vez fingía o tal vez se equivocó en la dosis de veneno. Sea como sea, tenemos que encargarnos de la situación tal como está y no malgastar energía considerando lo que podría haber sido. De todos modos, te enviamos a ti, un solo hombre, contra un ejército entero de Templarios. Has cumplido más que de sobra con tu parte. Y yo sigo siendo tu tío, por lo que he estado preocupado por ti. Vamos, Ezio. Tenemos que salir de aquí. Tenemos trabajo que hacer y lo último que necesitamos es que nos acorralen los guardias de los Borgia.

—No creerías las cosas que he visto, tío.

—Tan solo asegúrate de mantenerte con vida. Luego puede que me lo cuentes. Escucha: he dejado algunos caballos más allá de San Pedro, fuera de los límites del Vaticano. En cuanto lleguemos allí, podremos salir sanos y salvos.

—Supongo que los Borgia intentarán detenernos.
Mario esbozó una amplia sonrisa.

—¡Por supuesto! Y yo espero que los Borgia lloren la pérdida demuchas vidas esta noche.

En la capilla, Ezio y su tío se sorprendieron al encontrarse con unos cuantos sacerdotes. Estos habían regresado para terminar la misa que la confrontación de Ezio con el Papa había interrumpido, cuando Rodrigo y él habían luchado por el control de los Fragmentos del Edén que habían descubierto.

Los curas, enfadados, se encararon con ellos, los rodearon y les gritaron:

—Che cosa fate ‘qui? ¿Qué hacéis aquí? —chillaron—. ¡Habéis profanado la santidad de este Lugar Sagrado! Assassini! ¡Dios se encargará de que paguéis por vuestros crímenes!

Mientras Mario y Ezio se abrían camino a través de la furiosa multitud, las campanas de San Pedro empezaron a dar la alarma.

—Condenan lo que no entienden —le dijo Ezio a un sacerdote que intentaba cortarles el paso. Le repelía lo blando que tenía el cuerpo y lo empujó hacia un lado con la mayor delicadeza posible.

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—Debemos marcharnos, Ezio —dijo Mario con tono apremiante—. ¡Ahora!

—¡Es la voz del Diablo! —resonó la voz de otro cura. —Apártate de ellos —dijo otro.

Ezio y Mario se abrieron camino entre la muchedumbre y salieron al gran patio de la iglesia, donde se encontraron con miles de túnicas rojas. Parecía que el Colegio Cardenalicio al completo se había reunido, confundido pero todavía bajo el dominio del papa Alejandro VI, Rodrigo Borgia, capitán de la Asociación de los Templarios.

—Porque no luchamos contra la carne y la sangre —rezaban los cardenales—, sino contra los principados, contra el poder, contra los gobernantes de la oscuridad de este mundo, contra la maldad espiritual en las altas esferas. Porque os ofrecemos la armadura de Dios, y el escudo de la Fe, para que sofoquéis los ardientes dardos de los malvados.

—¿Qué les pasa? —preguntó Ezio.

—Están confundidos. Buscan a alguien que les guíe —contestó Mario en tono grave—. Vamos. Debemos salir de aquí antes de que los guardias de los Borgia adviertan nuestra presencia.

Se volvió hacia el Vaticano y vio el resplandor de una armadura bajo la luz del sol.

—Demasiado tarde. Ya vienen. ¡Date prisa!

Las vestiduras ondulantes de los cardenales formaban un mar rojo que se separó cuando cuatro guardias de los Borgia se abrieron camino para perseguir a Ezio y Mario. El pánico se apoderó de la multitud cuando los cardenales empezaron a gritar con miedo y alarma, y Ezio y su tío se encontraron rodeados de una marabunta. Los cardenales, al no saber hacia dónde ir, habían formado una barrera sin darse cuenta; puede que inconscientemente su valor se hubiera reafirmado ante la llegada de los guardias armados, con los petos relucientes bajo la luz del sol. Los cuatro soldados Borgia habían desenvainado sus espadas y entrado en el cerco que habían dejado los cardenales para enfrentarse con Ezio y Mario, que también sacaron sus espadas.

—Soltad vuestras armas y rendíos, Assassins. ¡Estáis rodeados y os superamos en número! —gritó el soldado al mando, que dio un paso al frente.

Antes de que pudiera pronunciar otra palabra, Ezio pasó a la acción, al tiempo que la energía regresaba a sus miembros cansados. El guardia al mando no tuvo tiempo de reaccionar, pues no esperaba que su oponente se atreviera a hacer tal cosa ante sus pocas probabilidades de vencer. Con el brazo que sujetaba la espada, Ezio dibujó un círculo y la hoja silbó al cortar el aire. El guardia intentó en vano alzar su espada para detener el golpe, pero el movimiento de Ezio fue demasiado rápido. La espada del Assassin dio en el blanco con resuelta precisión, cortó el cuello descubierto del soldado y un chorro de sangre siguió al impacto. Los tres guardias restantes se quedaron inmóviles, asombrados ante la velocidad del Assassin y con cara de tontos al ver a un enemigo tan hábil. No tardarían en morir. La espada de Ezio apenas había acabado de dibujar su primer arco letal cuando levantó la mano izquierda y el mecanismo de la hoja oculta se accionó y la punta mortífera apareció por su manga. Atravesó al guardia entre los ojos antes de que pudiera mover un músculo para defenderse.

Entretanto, Mario, que había pasado desapercibido, se había desplazado dos pasos para cerrar el ángulo de ataque de los dos guardias que quedaban, cuya atención seguía centrada en el impactante espectáculo de violencia que se desarrollaba ante ellos. Con dos pasos más, se acercó y empujó la espada debajo del peto del guardia más cercano, al tiempo que la punta se alzaba de forma escalofriante hacia el torso del hombre. La cara del guardia se contrajo con una agonía confusa. Tan solo quedaba un soldado. Con los ojos llenos de terror, se dio la vuelta como si quisiera huir, pero era demasiado tarde. La hoja de Ezio le alcanzó el costado derecho mientras Mario le cortaba el muslo con la espada. El hombre cayó de rodillas con un gruñido y Mario lo tiró de una patada.

Los dos Assassins miraron a su alrededor. La sangre de los guardias estaba esparcida por todo el pavimento y empapaba el dobladillo escarlata de las vestiduras de los cardinales.

—Marchémonos antes de que vengan más hombres de los Borgia.

Blandieron sus espadas ante los ahora aterrorizados cardenales, que en seguida huyeron de los Assassins y dejaron el camino libre para alejarse del Vaticano. Oyeron unos caballos que se acercaban —sin duda más soldados—, mientras corrían a toda velocidad hacia el sureste, a través de la extensión de la plaza, lejos del Vaticano, en dirección al Tíber. Los caballos que Mario había preparado para su huida estaban atados justo en las inmediaciones de la Santa Sede. Pero antes tenían que enfrentarse a los miembros de la Guardia Papal que les habían seguido a caballo y que cada vez estaban más cerca a juzgar por los cascos atronadores que retumbaban sobre los adoquines. Con las espadas se las apañaron para esquivar las alabardas que los guardias les lanzaban.

Mario impidió que un guardia apuñalara a Ezio por la espalda con su lanza.

—No está mal para un anciano —gritó Ezio, agradecido.

—Espero que me devuelvas el favor —le dijo su tío—. Y ¡no soy tan anciano!

—No he olvidado todo lo que me enseñaste.

—Eso espero. ¡Cuidado!

Ezio se volvió justo a tiempo para cortarle las patas a un caballo que montaba un guardia con una maza de aspecto atroz.

—Buona questa! —gritó Mario—. ¡Muy buena!

Ezio saltó de lado para evitar a otros dos perseguidores más y se las arregló para derribarles de sus caballos mientras galopaban a toda velocidad, atraídos por su propio ímpetu. Mario, más viejo y pesado, prefirió quedarse donde estaba y atacar a sus enemigos antes de que se alejaran de su alcance. Pero en cuanto llegaron a los límites de la amplia plaza que se encontraba enfrente de la iglesia de San Pedro, los dos Assassins se encaramaron de manera apresurada a la seguri- dad de los tejados, escalaron las paredes de una casa que se desmoro- naba con la agilidad de una lagartija, corretearon, y saltaron por los huecos donde las calles formaban cañones. No resultaba fácil, y en un momento dado Mario estuvo a punto de caerse, pues intentó aferrarse a las canaletas sin éxito. Jadeando, Ezio volvió sobre sus pasos para tirar de él y consiguió levantarlo justo cuando las flechas de las ballestas de los hombres que los perseguían silbaron al pasar por delante de ellos hacia el cielo.

Pero iban mucho más rápido que los guardias, que al llevar unas armaduras más pesadas y no tener las habilidades de los Assassins, intentaban en vano alcanzarlos, corriendo por los caminos debajo de ellos hasta que poco a poco quedaron atrás.

Mario y Ezio se detuvieron en seco en un tejado que daba a una pequeña plaza en los límites de Trastevere. Dos caballos grandes y fuertes, de color castaño, vigilados por un jorobado bizco con un bi gote espeso, estaban ensillados y preparados fuera de una humilde posada, en cuyo estropeado cartel se leía “El Zorro Durmiente”.

—¡Gianni! —dijo Mario entre dientes.

El hombre alzó la mirada y en seguida desató las riendas con las que los caballos estaban atados a un gran aro de hierro sujeto a la pared de la posada. Mario saltó del tejado al instante, aterrizó en cuclillas y de allí saltó a la silla del caballo que se encontraba más cerca y era más grande. El animal relinchó y pisó la tierra, nervioso, presintiendo lo que iba a suceder.

—Shh, Campione —le dijo Mario al caballo, y entonces levantó la vista hacia el lugar del parapeto donde Ezio se encontraba y gritó—: ¡Vamos! ¿A qué esperas?

—Un momento, zio —dijo Ezio y se volvió para mirar a dos guardias Borgia que se las habían arreglado para subir al tejado y se enfrentaban a él (para su asombro) con unas pistolas amartilladas que no había visto antes. ¿De dónde demonios las habían sacado? No era el momento de hacer preguntas, así que dio una vuelta en el aire, lanzó su hoja oculta y les cortó de forma limpia la yugular antes de que tuvieran tiempo de dispararle.

—Impresionante —dijo Mario mientras frenaba a su impaciente caball

—. ¡Ahora date prisa! Cosa diavolo aspetti?

Ezio saltó del tejado y aterrizó cerca del segundo caballo, que el jorobado tenía sujeto con firmeza; luego se impulsó desde el suelo y saltó a la silla del animal. Este se alzó sobre dos patas al notar su peso pero lo controló de inmediato y le hizo dar la vuelta para seguir a su tío, que galopaba hacia el Tíber. En ese preciso instante Gianni desapareció en la posada y un destacamento de caballería Borgia dobló la esquina hacia la plaza. Ezio clavó los talones en los costados del caballo y corrió a toda velocidad detrás de su tío mientras avanzaban como alma que lleva el diablo a través de las deterioradas calles de Roma hacia el sucio río de aguas mansas. A sus espaldas oían los gritos de los guardias Borgia a caballo, insultando a su presa, mientras Mario y Ezio galopaban por el laberinto de calles antiguas, alejándose cada vez un poco más.

Al llegar a la isla Tiberina, cruzaron el río por un puente destartalado que temblaba bajo los cascos de sus caballos, luego volvieron sobre sus pasos, giraron hacia el norte y subieron por la calle principal que llevaba a las afueras de la miserable ciudad que una vez había sido la capital de un mundo civilizado. No pararon hasta que estuvieron en el campo y se aseguraron de que se encontraban fuera del alcance de los guardias.

Cerca de la población de Settebagni, a la sombra de un enorme olmo que había junto a un camino polvoriento, detuvieron sus caballos y se tomaron un tiempo para respirar.

—Hemos estado cerca, tío.

El viejo se encogió de hombros y sonrió con un poco de dolor. Mario sacó de una alforja una bota de fuerte vino tinto y se la ofreció a su sobrino.

—Ten —dijo mientras recuperaba poco a poco el aliento—. Te irá bien.

Ezio bebió y luego hizo una mueca.

—¿De dónde has sacado esto?

—Es lo mejor que tienen en El Zorro Durmiente —contestó

Mario y sonrió de oreja a oreja—. Pero en cuanto lleguemos a Mon- teriggioni conseguiremos algo mejor.

Ezio sonrió y le devolvió la bota a su tío, pero entonces pareció preocupado.

—¿Qué pasa? —preguntó Mario en un tono más dulce.

Ezio sacó despacio la Manzana de la bolsa en la que la guardaba.

—Esto. ¿Qué voy a hacer con esto?

Mario se puso serio.

—Es una responsabilidad muy grande. Pero tienes que cargar con ella tú solo.

—¿Cómo voy a hacerlo?

—¿Qué te dice tu corazón?

—Mi corazón me dice que me deshaga de ella. Pero mi cerebro…

—Te la concedió a ti… aquella fuerza extraña que encontraste

en la cripta —dijo Mario con seriedad—. No se la habrían devuelto a los mortales si no hubiera un propósito.

—Es demasiado peligrosa. Si cae en manos equivocadas de nuevo…

Ezio miró alarmado hacia el indolente río que fluía junto a ellos. Su tío lo observó, expectante.

Alzó la Manzana con su mano derecha enguantada. Pero continuaba dudando. Sabía que no podía tirar un tesoro como aquel y las palabras de su tío le habían influido. Seguramente Minerva no le hubiera permitido coger la Manzana si no hubiera habido una razón.

—Solo tú debes tomar la decisión —dijo Mario—. Pero si no estás contento con esta custodia, dámela a mí para que la ponga a buen recaudo. La recuperarás más adelante, cuando tu mente esté más calmada.

Ezio todavía dudaba, pero entonces ambos oyeron a lo lejos el sonido de unos cascos atronadores y el aullido de unos perros.

—Esos cabrones no se dan por vencidos con facilidad —dijo Mario con los dientes apretados—. Vamos, dámela.

Ezio suspiró pero volvió a guardar la Manzana en la bolsa de piel y se la lanzó a Mario, que en seguida la metió en su alforja.

—Y ahora —dijo Mario—, debemos llevar a estos jamelgos al río y cruzar con ellos a nado. Eso hará que los perros no puedan se- guir nuestro rastro y, si son tan listos como para vadear el río, les perderemos en el bosque que hay por ahí. Vamos. Quiero estar en Monteriggioni mañana a esta hora.

—¿A qué velocidad esperas cabalgar?

Mario hundió los talones en los costados de su montura, la bestia se encabritó y echó espuma por las comisuras de la boca.

—Muy rápido —respondió—, porque a partir de ahora no tenemos solo que competir con Rodrigo. Ahora también están con él sus hijos, César y Lucrecia.

—¿Y ellos son…?

—Las personas más peligrosas que jamás has conocido.

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