Fernando Aramburu

LECTURAS | Autorretrato sin mí, de Fernando Aramburu

Si te emocionaste con Patria, descubre al autor tras el fenómeno. El libro más personal, y tal vez más hermoso, de Fernando Aramburu

Ciudad de México, 11 de agosto (MaremotoM).- El nuevo libro de Fernando Aramburu, tras Patria, no es una novela y tampoco un ensayo: es tal vez el texto más personal y el más comprometido del autor, tal vez el más arriesgado. De lo que no cabe ninguna duda es de que es el más bello. En Autorretrato sin mí el lector sospecha que Aramburu habla de sí mismo, pero enseguida sentirá que habla de todos nosotros.

Sin brizna alguna de exhibicionismo, tan omnipresente en muchas obras, estas prosas conforman el relato de la vida de un hombre en el que todos podemos reconocer al autor y reconocernos.

Sus páginas plasman en escenas inolvidables las relaciones familiares, el padre, la madre, el amor, los hijos, los gozos y las angustias con que está hecha la biografía de todos nosotros. Por eso es un libro que debe leerse a sorbos lentos, por eso es un libro que difícilmente va a olvidarse.

Autorretrato sin mí
Autorretrato sin mí, de Fernando Aramburu. Foto: Cortesía

Fragmento de Autorretrato sin mí, de Fernando Aramburu, con autorización de Tusquets.

PAISAJE CON ABEDULES

Mi ventana da a un herbazal que confina con una hilera de abedules. Aquellos árboles acercan la raya del horizonte hasta una distancia no superior a los cien metros. Más mundo no se abarca desde mi ventana.

Los árboles son jóvenes, espigados. Ha transcurrido una docena de años desde que nacieron de un desparramamiento de semillas allá por la época en que vine a vivir a estas latitudes, procedente de un país que hoy queda para mí muy al sur y cuyos habitantes acostumbran considerarse norteños.

La madre de los abedules es aquel árbol viejo, de tronco inclinado, ennegrecido a trechos por costras de liquen. Se yergue un poco aparte, en la linde del campo raso. Alguien desbrozó la parcela por los días de mi venida, ignoro con qué fin. Después la naturaleza se expandió a sus anchas, aprovechando que el hombre se abstuvo de intervenir en la tierra.

Hace cosa de un mes, sin esperar la primera acometida del frío invernal, las aves pasajeras emprendieron el rumbo de cada otoño. Los abedules se conoce que las sintieron marcharse y tomaron precauciones, pues casi a la misma hora comenzaron a despojarse de su follaje amarillo. Se ven, no obstante, aquí y allá unas cuantas hojas secas que persisten en su sitio aguantando las inclemencias del tiempo.

En las ramas peladas se posan de vez en cuando los pájaros del invierno. Los pájaros del invierno son por lo general negros. A mí me da que tienen vocación de solitarios. Siempre van sueltos, silenciosos, sin más entretenimiento, a lo que parece, que no morir de frío. Yo observo cómo avanzan con vuelos cortos o a saltitos, buscando no se sabe qué que por lo visto no encuentran, pues a los pocos segundos de haberse detenido alzan de nuevo el vuelo con una celeridad propia del que se aleja disgustado.

El cielo de Centroeuropa es, por esta época, de una tristeza aplastante y mi ventana da a ese cielo. Impera el gris sobre las copas mondas de los árboles y sobre unos tejados borrosos que hay a la derecha, con chimeneas humeantes. Un gris apagado, uniforme en su apariencia de suciedad. Un gris sin grandeza, sin altura ni contrastes. Se dijera que le han puesto una tapa al día.

Mi ventana da a la nieve que cae en mansos copos sobre la hierba marchita. Va para una semana que la nevada le arrebató al campo su última brizna de color. El paisaje aparece desde entonces recubierto por una capa de pureza desolada, aquietado en sus cristales gélidos. No hay para el residente de tan inhóspita belleza otro consuelo que el ajetreo en el refugio caldeado. El hombre nórdico, tan pronto como asoma el invierno con sus garras, está condenado al recogimiento en la penumbra, al trabajo perseverante del que sueña, como los pájaros negros que se afanan en los abedules sin hojas, con el regreso de la primavera.

Mi ventana y mi vida dan al norte.

EL VIEJO

Sucedió mientras bajaba una escalera que ahora es triste. Al llegar al recodo entre el piso primero y el bajo, en el descansillo junto a la ventana, me detuve. El hombre estaba a corta distancia, en la calle, con su vejez apoyada en un bastón. Había allí un banco descolorido adosado al muro, a pocos metros delante del portal. También el banco, como el muro, como la escalera, son ahora un decorado personal por el que la tristeza reparte sus arreos.

De camino a la ciudad, bajaba la escalera y sorprendí al hombre en el arduo lance de tomar asiento. A los ochenta y ocho años, acciones sencillas para cualquiera, para él entrañaban ostensible dificultad, por no decir peligro. Durante los últimos meses se había caído en varias ocasiones. Él, que fue; él, que amontonó; él, que subía y bajaba, que manejó herramientas, que respiraba con potencia, se movía últimamente con cautela temblorosa.

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Vi que la claridad lo envolvía con respeto, como si lo sujetara tratando de ayudarlo. El día, ancho de cielo azul, populoso de ruidos urbanos, cesó un instante de fluir para cederle al viejo un hueco en su superficie matinal.

Una fecha más había sido agregada a su nombre; un trecho breve, a su pasado ya tan largo y tan cansado, y a su chaqueta débil, unas migas de esperanza con que valerse hasta el siguiente amanecer.

Auxiliado por la luz de la mañana y el bastón, logró sentarse. Mirándolo sin que advirtiese mi presencia tras la ventana, presentí que el cupo de sus días estaba próximo a su cifra postrera. No era nuevo en mí aquel aciago pensamiento. Hacía tiempo que sonaban en su voz, de día en día más pequeña, los susurros de la muerte. Al observarlo desde arriba, entreví en sus ojos hundidos, en sus huesos pronunciados, al difunto que ya no tardaría en salir de él.

Antes de perderlo para siempre, quise hurtarle a su destino inevitable, que es el destino de todo el que ha nacido, una imagen suya de aquel momento. Entonces, desde la escalera hoy tan triste, sin que se diera cuenta, le hice una fotografía. Semanas más tarde falleció. Veo ahora a mi padre sentado en aquel banco con la calva encendida por la luz de la mañana.

POLVO DE HOMBRE

A veces, cuando menos lo espero, me viene una vieja urgencia de salir a la calle a congraciarme con mi especie. Procuro meter en los bolsillos unas tiras de sosiego para que no suceda que, puesto un pie en la acera, me eche a llorar a carcajada limpia, me parta de risa bañado en lágrimas.

No soy en tales ocasiones sino sólo un hombre. Un hombre ni más ni menos que dobla la esquina seguido de dos sombras, la que siempre fue con él, la que nunca lo abandona. Un hombre que habla con sus sombras en confianza y de corazón, como hablan los amigos.

Al fin, sentado en un banco, en un pretil, en la terraza de una cafetería, me dedico a observar a los que pasan. Como la ciudad es populosa, pasa de costumbre mucha gente y, mientras miro a los extraños de uno en uno, me pregunto qué hacemos todos aquí, si fue un azar afortunado, si fue una broma atroz, que nos abandonaran en la vida, tan jovencitos e indefensos, cuando no podíamos protestar ni menos resistirnos.

Sentado entre mi sombra triste y mi sombra alborozada, les pido a las dos seriamente que no discutan, que guarden la compostura, que se calmen. Celebremos, les digo, que haya, después de todo, sitio en el día para el muchacho que pasa corriendo con una larga cinta por delante y sitio también, cómo no, para el viejo renqueante, despacioso, que arrastra una larga cinta por detrás.

Para el que se apresura en dirección a una esperanza y vuelve, al cabo de una hora, sonriente, cargado de manzanas.

Para la mujer en cuyo rostro la naturaleza hizo una obra de arte.

Para el que tropieza y cae, es socorrido y se levanta avergonzado, disimulando su dolor.

Para el que va derecho a comerse el mundo e ignora que le falta media espalda.

Para el que es mi hermano por el mero hecho de mirarme.

Para el que es mi hermano por no mirarme siquiera.

Para el que morirá mañana y va silbando. Para el que ha muerto tantas veces y, no obstante, acude puntual a su trabajo.

Para el que tiene un enorme agujero en el pecho y ama.

Polvoriento de humanidad, abrazo cortésmente a un transeúnte. Le pido después perdón, le doy explicaciones, no vaya a sentirse ofendido. Me sacudo por último las manchas y poco a poco vuelvo a casa agarrado a mis dos sombras, con las manos, como siempre, vacías de respuestas.

Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) está ya considerado como uno de los narradores más destacados en lengua española. De entre sus obras destacan Los peces de la amargura (2006, XI Premio Mario Vargas Llosa NH, IV Premio Dulce Chacón y Premio Real Academia Española 2008), Los ojos vacíos (2000, Premio Euskadi), Años lentos (2012, VII Premio Tusquets Editores de Novela y Premio de los Libreros de Madrid) y Ávidas pretensiones (Premio Biblioteca Breve 2014). Pero ha sido su novela Patria, de apabullante éxito entre los lectores y merecedora de unánime reconocimiento (Premio Nacional de Narrativa, Premio de la Crítica, Premio Euskadi, Premio Francisco Umbral, Premio Dulce Chacón, Premio Arcebispo Juan de San Clemente…), la que lo ha situado como un escritor llamado a marcar época.

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