LECTURAS | Casas vacías, de Brenda Navarro

“Inteligentísima, deslumbrante y profundamente humana. Así es la literatura de Brenda Navarro, la última gran noticia de las letras mexicanas. Casas vacías está destinada a convertirse en la obra fundamental sobre la realidad que se esconde bajo la idea que tenemos de la maternidad”, ha dicho el escritor Emiliano Monge.

Ciudad de México, 23 de octubre (MaremotoM).- La maternidad, que casi siempre asociamos con la felicidad, también puede ser una pesadilla: la de una mujer cuyo hijo desaparece en el parque donde estaba jugando y la de aquella otra mujer que se lo lleva para criarlo como propio.

Ubicada en un contexto de profunda precariedad física y emocional, la historia de estas dos mujeres, madres del mismo niño –un niño que primero se llama Daniel y que después será rebautizado como Leonel– y madres, además, de un mismo vacío, nos confronta con las ideas preconcebidas que tenemos de la intimidad, las violencias familiares, la desigualdad social, la soledad, el acompañamiento, el cuidado, la culpa y el amor.

Brenda Navarro ha conseguido un prodigio: caminar siempre, sin caerse nunca, sobre la delgada línea que separa –pero también une– el olvido y la memoria, la esperanza y la depresión, la vida privada y la vida pública, la pérdida y el encuentro, los cuerpos de las mujeres y el acto político. Casas vacías (Sexto Piso) estremece de forma tan devastadora como ilumina: brillante y extrañamente esperanzadora.

Fragmento de Casas vacías, de Brenda Navarro, con autorización de Sexto Piso.

Daniel desapareció tres meses, dos días, ocho horas después de su cumpleaños. Tenía tres años. Era mi hijo. La última vez que lo vi estaba entre el subibaja y la resbaladilla del parque al que lo llevaba por las tardes. No recuerdo más. O sí: estaba triste porque Vladimir me avisaba que se iba porque no quería abaratar todo. Abaratar todo, como cuando algo que vale mucho se vende por dos pesos. Ésa era yo cuando perdí a mi hijo, la que de vez en cuando, entre un conjunto de semanas y otro, se despedía de un amante esquivo que le ofrecía gangas sexuales como si fueran regalos porque él necesitaba aligerar su marcha. La compradora estafada. La estafa de madre. La que no vio.

Vi poco. ¿Qué vi? Busco entre la urdimbre de recuerdos visuales cada detalle de los hilos conductores que me lleven, al menos un segundo, a saber en qué momento. ¿En qué momento, cuál, no volví a ver a Daniel? ¿En qué momento, en qué instante, entre qué gritito de un cuerpo de tres años contenido, él se fue? ¿Qué fue lo que pasó? Vi poco. Y aunque caminé entre la gente gritando su nombre repetidas veces, el oído se me volvió sordo. ¿Pasaron carros?, ¿había más gente?, ¿cuál?, ¿quién? No volví a ver a mi hijo de tres años.

Nagore salía hasta las dos de la tarde pero no la recogí. Nunca le pregunté cómo es que ese día volvió a casa. De hecho, nunca hablamos de si alguien ese día volvió o es que acaso en los catorce kilos de mi hijo nos fuimos todos y nunca más volvimos. No hay fotografía mental que, a la fecha, me dé respuesta.

Después, la espera: yo recostada en una sucia silla del ministerio público de la que Fran me recogió después. Ambos esperamos, aún seguimos esperando en esa silla, aunque estemos físicamente en otro lado.

No pocas veces deseé que estuvieran muertos. Me miraba en el espejo del baño e imaginaba que me veía llorándoles. Pero no lloraba, me contenía las lágrimas y volvía a ponerme ecuánime por si no lo había hecho bien la primera vez. Así que me acomodaba de nuevo frente al espejo y preguntaba: ¿Que se ha muerto? ¿Pero cómo que se ha muerto? ¿Quién se ha muerto? ¿Los dos al mismo tiempo? ¿Estaban juntos? ¿Se han muerto, muerto o es esto una fantasía para llorar? ¿Quién eres tú que me avisa que se han muerto? ¿Quién, cuál de los dos? Y era yo la única respuesta frente al espejo repitiendo: ¿Quién murió? ¡Que alguien haya muerto por favor para no sentir este vacío! Y ante el eco silente, me contestaba que los dos: Daniel y Vladimir. Los perdí al mismo tiempo y los dos, en algún lugar del mundo, sin mí, seguían vivos.

Te imaginas todo menos que un día vas a despertar con la pesadez de un desaparecido. ¿Qué es un desaparecido? Es un fantasma que te persigue como si fuera parte de una esquizofrenia.

Aunque no pretendía ser una de esas mujeres que la gente mira por la calle con lástima, muchas veces regresé al parque, casi todos los días de todos los días para ser exacta. Me sentaba en la misma banca y rememoraba mis movimientos: teléfono en la mano, cabellos sobre la cara, dos o tres mosquitos persiguiéndome para picarme. Daniel con uno, dos, tres pasos y su risa boba. Dos, tres, cuatro pasos. Bajé la vista. Dos, tres, cuatro, cinco pasos. Ahí. Alcé la vista hacia él. Lo veo y vuelvo al teléfono. Dos, tres, cinco, siete. Ninguno. Se cae. Se levanta. Yo con Vladimir en el estómago. Dos, tres, cinco, siete, ocho, nueve pasos. Y yo detrás de cada pisada todos los días: dos, tres, cuatro… Y sólo cuando Nagore me clavaba su vista avergonzada porque ya estaba yo, entre el subibaja y la resbaladilla, entorpeciendo el paso de los niños, es que yo entendía todo: era de esas mujeres que la gente mira por la calle con lástima y miedo.

Otras veces, lo buscaba en silencio sentada desde la banca y Nagore, a mi lado, cruzaba sus piernitas y se quedaba muda, como si su voz fuera culpable de algo, como si supiera de antemano que la odiaba. Nagore era el espejo de mi fealdad.

¿Por qué no desapareciste tú?, le dije aquella vez a Nagore, cuando me llamó desde la regadera para pedirme que le alcanzara la toalla que no bajó del estante del baño. Ella me miró con sus ojos azules, muy sorprendida de que se lo hubiera dicho a la cara. La abracé casi inmediatamente y la besé repetidas veces. Le toqué el cabello mojado que me mojaba la cara y los brazos y la tapé con la toalla y la estrujé contra mi cuerpo y nos pusimos a llorar. ¿Por qué no desapareció ella? ¿Por qué es que fue sacrificada y no dio recompensa a cambio?

Debí ser yo, me dijo tiempo después cuando fui a dejarla a la escuela y la vi alejarse entre sus compañeritos de clase y no quise volver a verla. Sí debió ser ella, pero no lo fue. Todos los días de su niñez, regresó a mi casa.

No siempre se es la misma tristeza. No todas las veces despertaba con la gastritis como estado de ánimo, pero bastaba que pasara algo para que por instinto tragara saliva y fuera consciente de que tenía que respirar ante los hechos. Respirar no es un acto mecánico, es una acción de estabilidad; cuando se pierde la gracia es que se sabe que para mantener el equilibrio hay que respirar. Vivir se vive, pero respirar se aprende. Entonces me obligaba a dar los pasos. Báñate. Péinate. Come. Báñate, péinate, come. Sonríe. No, sonreír no. No sonrías. Respira, respira, respira. No llores, no grites, ¿qué haces, qué haces? Respira. Respira, respira. Tal vez mañana seas capaz de levantarte del sillón. Pero el mañana siempre es otro día y yo, sin embargo, vivía perpetuamente el mismo, pues no hubo sillón del que tuviera que levantarme.

Algunas veces, Fran me llamaba por teléfono para recordarme que teníamos otra hija. No, Nagore no era mi hija. No. Pero la cuidamos, pero le ofrecimos un hogar, me decía. Nagore no es mi hija. Nagore no es mi hija. (Respira. Prepara comida, tienen que comer). Daniel es mi único hijo y cuando yo preparaba la comida, él jugaba en el piso con soldaditos y yo le llevaba zanahorias con limón y sal. (Tenía ciento cuarenta y cinco soldados, todos verdes, todos de plástico). Yo le preguntaba a qué jugaba y él con sus fonemas ininteligibles me decía que a los soldados y ambos escuchábamos los pasos que los llevaban a la gran marcha. (El aceite arde, la pasta se quema. El agua no está en la licuadora). Nagore no es mi hija. Daniel ya no juega a los soldados. ¡Viva la guerra! Entonces, muchas veces me llamaban de la escuela de Nagore y me recordaban que ella me esperaba y que tenían que cerrar la escuela. Lo siento, les decía, aunque el es que Nagore no es mi hija se me quedaba en la lengua, y colgaba ofendida de que me reclamaran la maternidad no pedida y en un llanto que no aparecía pero que se manifestaba en un sofoco abierto yo imploraba que quería ser Daniel y perderme con él, pero lo que en realidad sucedía era que se me iba la tarde hasta que Fran volvía a llamar para recordarme que tenía que atender a Nagore porque también era mi hija.

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Vladimir regresó una vez, sólo una vez. Es probable que por lástima, por compromiso, por morbo. Me preguntó qué quería hacer. Lo besé. Me cuidó una tarde, como si yo le importara. Me tocaba retraído, como con miedo, como con la fragilidad del que no sabe si es correcto ensuciar el vidrio recién enjuagado de detergente. Lo llevé al cuarto de Daniel e hicimos el amor. Yo quería decirle pégame, pégame para gritar. Pero Vladimir sólo preguntaba si estaba bien y si necesitaba algo. Si me sentía cómoda. Si quería parar. Necesito que me pegues, necesito que me des mi merecido por perder a Daniel, pégame, pégame, pégame. No se lo dije. Luego me salió con la culpígena propuesta no hecha de que debimos habernos casado. Que él… Nada. Que él no me hubiera hecho un hijo, le respondí ante su vergüenza, su miedo a decir algo que lo comprometiera. Que él no me hubiera llevado a ningún parque con nuestro hijo. No. Ningún hijo. Que él me hubiera dado una vida sin sufrimiento maternal. Sí, es posible que sea eso, me contestó cuando se lo insinué y después, liviano como era, se fue y volvió a dejarme sola.

Ese día Fran llegó y acostó a Nagore y yo quería que se acercara a mí y supiera que mi vagina olía a sexo. Y que me pegara. Pero Fran no se percató. Hacía mucho tiempo que ya no nos tocábamos, ni siquiera un roce.

Fran tocaba la guitarra para Nagore en las noches antes de dormir. Yo lo odiaba, no le perdonaba que se atreviera a tener una vida. Iba a trabajar, pagaba las cuentas, se hacía el bueno. Pero ¿qué clase de bondad hay en un hombre que no sufre todos los días la pérdida de su hijo?

Nagore iba a darme un beso de buenas noches cada que el reloj daba las diez y diez y yo me escondía entre las almohadas y le palmeaba la espalda como respuesta. ¿Qué clase de bondad hay en quien exige amor dando amor? Ninguna.

Nagore perdió el acento español apenas llegó a México. Se mimetizó conmigo. Era una especie de insecto que hibernaba para salir con las alas puestas para que la miráramos volar. Estalló en colores, como si el capullo tejido en las manos de sus padres sólo la hubiera preparado para la vida. Superaba la tristeza, le ganaba la niñez. Le corté las alas después de que Daniel desapareció. No iba a permitir que algo brillara más que él y su recuerdo. Seríamos la fotografía familiar intacta que no se rompe a pesar de caer al suelo por el triste aletear de un insecto.

Fran era el tío de Nagore, su hermana la parió en Barcelona. Fran y su hermana eran de Utrera. Ambos se desperdigaron por el mundo antes de querer prolongarse en una familia.

La hermana murió a manos de su marido, por eso Fran nos impuso el cuidado de Nagore. Yo me volví madre de una niña de seis años mientras engendraba a Daniel en mi vientre. Luego no fui madre y ése fue el problema. El problema es que seguí viva por mucho tiempo.

Hubo momentos en que quise ser de esas madres que, con los pies pesados, surcan caminos. Salir a pegar papeletas con el rostro de Daniel, todos los días, todas las horas, con todas las palabras. También, muy pocas veces, quise ser la madre de Nagore, peinarla, darle de desayunar, sonreírle. Pero me quedé suspendida, aletargada, a veces despierta por instinto. Otras muchas veces deseaba ser Amara, la hermana de Fran, y dejarle la responsabili- dad de velar por dos vidas ajenas. Ser yo la malnacida, la malvivida, la mal asesinada. No parir. No engendrar, no dar pie a las células que crean la existencia. No ser vida, no ser fuente, no dejar que el mito de la maternidad se prolongara en mí. Truncar las posibilidades de Daniel mientras seguía en mi vientre, encerrar a Nagore hasta que dejara de respirar. Ser la almohada que la ahogaba mientras dormía. Recontraer las contracciones por las que ellos dos nacieron. No parir. (Respira, respira, res- pira). No parir, porque después de que nacen, la maternidad es para siempre.

Si es que alguna vez fui niña y si es que merecía rememorarlo, eran los violines los que me llevaban a esos instantes de plenitud que yo no supe transmitirle a Nagore. Violines. Violines en casa de mis padres mientras el sol entraba por la ventana que alumbraba la sala de estar en la que yo jugaba. Violines, la música de los juegos. Un día desperté con la convicción de que Nagore tenía que aprender a tocar un violín. Investigué sobre profesores particulares, fuimos a caminar al centro a ver precios y modelos. Preguntamos diferencias, escuchamos sin entender pero fingíamos que sí. Nagore me tomaba de la mano ilusionada, sonreía y se le reflejaba la infancia. Sí, violines, y Fran con el entrecejo fruncido dijo que sí, incluso acordó las clases en casa. Me dio una hoja con el horario y con el teléfono al que se tenía que confirmar la primera cita. La pegué en el refrigerador. Nunca hubo violines en casa.

¿Y si nos vamos a Utrera, a la casa blanca de los abuelos? preguntó Nagore. ¿Irse a Utrera con mi hijo perdido? Le di una bofetada. Lo negué. Yo era incapaz de golpear a una niña.

Daniel nació un veintiséis de febrero. Es Piscis, pensé. Fran no le dio importancia. Los Piscis son difíciles, sufren mucho, dramatizan más. Debió ser Aries. Siempre quise un hijo independiente. Daniel pesó dos kilos con novecientos gramos, buenos pulmones 8/8 de Apgar. (Respira, respira, respira…). Daniel era Piscis y tenía la piel blanca, casi transparente… (Respira, respira, ¡respira!). Daniel era Piscis, pesó dos kilos, casi tres, piel blan- ca, transparente, pero Piscis, ser Piscis no es bueno… (Respira, respira, ¡respira!, respira). Daniel era Piscis, era mi hijo, Daniel era mi, mi hijo. Es mi hijo… (Respira, resp… no, no, no quiero respirar). Daniel es mi hijo y quiero saber dónde está.

No merezco respirar. Respiro. Mi condena es respirar.

Fran, tan poco que sobrevive de lo nuestro, apenas migajas de pan que se caen de la boca por querer engullirlas todas a la vez y que caen al suelo. Fran, tan poco que sé de él y él de mí. ¿Cómo nos atrevimos a ser padres?, ¿por qué?

Fran, tan poco que vivimos juntos y tan grande nuestra desdicha. Fran, el estoico, el fuerte, el duro, el relojito exacto, el conmensurable. El conmensurable. El imbécil. Hay personas, como yo y como Fran, que deberíamos morir en cuanto se demuestra que no sabemos ser padres.

Por selección natural.

Cuando Nagore se fue, supe que la quería, antes no.

Fran no deseaba hijos. O sí, pero no pronto. ¿Para qué? Por eso eyaculaba en mis piernas. Me gustaba cuan- do lo hacía. Su semen blanco iluminaba mi piel morena. Vladimir usaba condón. ¡Qué delgada capa elástica nos separaba, qué contundente su rechazo a lo fértil! Qué ganas de poner una barrera entre mi piel y su piel. Por eso que Fran me tocara con su glande húmedo me hacía sentir que me amaba. Y el amor, tan engañoso, tan febril, que hace que el semen pase de las piernas al útero y del útero a la desgracia. Hay quienes nacemos para no ser buenas madres y, a nosotras, Dios debió esterilizarnos desde antes de nacer.

Me hice los análisis para saber si estaba embarazada. Cuando se lo dije a Fran, me abrazó como si eso fuera lo que tuviera que hacer. ¿Lo quieres, quieres que tengamos este bebé?, pregunté. Sí, dijo que sí. (Respira, respira…). ¿Lo quieres cuidar, me vas a cuidar? Sí, dijo que sí. No importa qué pase, ¿vamos a estar bien, no? Sí, dijo que sí. Dijo (respira) que sí. (Respira, ¡respira, respira, respira!). Dijo que sí. ¿No importa qué pase, vamos a estar bien, no? Sí. No importa qué pase, ¿vamos a estar bien,

BRENDA NAVARRO (Ciudad de México,1982) es socióloga y economista feminista por la Universidad Nacional Autónoma de México. Realizó un máster en Estudios de Género, Mujeres y Ciudadanía en la Universidad de Barcelona. Ha sido redactora, guionista, reportera y editora. Ha trabajado en diversas ONGs relacionadas con derechos humanos. Es fundadora del #EnjambreLiterario, un proyecto editorial enfocado en publicar obras escritas por mujeres. Casas vacías es su primera novela.

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