Kristen Roupenian

LECTURAS | “Chico malo”, del libro Lo estás deseando, de Kristen Roupenian

Un libro deslumbrante con doce cuentos sobre los roles de género y los misterios del deseo. Un debut arrollador.

Ciudad de México, 10 de agosto (MaremotoM).-En diciembre de 2017 Kristen Roupenian publicó en el New Yorker el relato “Cat Person”. De inmediato se hizo viral y se convirtió en uno de los más comentados y que más revuelo han generado entre los publicados por la revista, junto con los ya clásicos “La lotería”, de Shirley Jackson y “Brokeback Mountain”, de Annie Proulx.

El cuento de Roupenian narra la historia de Margot, de veinte años, y Robert, de treinta y cuatro, que se conocen por internet, se citan en persona y mantienen un encuentro sexual que acaba de un modo tóxico y desastroso. La autora explicó que se inspiró “en un breve y desagradable encuentro que tuve con una persona a la que conocí online. En pleno escándalo Harvey Weinstein y emergencia del movimiento #MeToo, “Cat Person” se hizo viral. Y es que el cuento de Roupenian tiene la prodigiosa capacidad de plasmar de forma muy fidedigna la actual confusión en las relaciones entre sexos y la dificultad de las mujeres para romper con la asunción del papel de mero objeto de deseo y decir no.

El relato está incluido, junto con otros once, en este volumen, en el que otra pieza, “The Good Boy”, actúa en cierto modo como contrapunto, dando voz a un personaje masculino víctima de las perplejidades propias de su género en el siglo XXI. Roupenian despliega un registro vigoroso y cambiante, que va del realismo más crudo al toque sobrenatural, pasando por el humor perversamente negro, y nos ofrece historias como la de una pareja que incorpora a su vida sexual a una tercera persona como morboso testigo –primero para que los oiga hacer el amor, después para que los vea– hasta que el triángulo va adquiriendo derivas sadomasoquistas; la de una niña que el día de su cumpleaños formula un deseo de consecuencias terroríficas; la de una mujer que encuentra en una biblioteca un libro de conjuros y trata de hacer realidad su pretensión de que aparezca ante ella un hombre desnudo…

Un libro cautivador sobre los roles de género, los misterios del deseo y el desconcierto de los seres humanos contemporáneos. Un debut arrollador.

Lo estás deseando
Un debut arrollador. Foto: Cortesía

Fragmento de Lo estás deseando, de Kristen Roupenian, con autorización de Anagrama.

CHICO MALO

Nuestro amigo vino la otra noche. Su horrible novia y él por fin habían roto. Era la tercera vez que lo dejaba con esa misma novia, pero insistía en que aquella iba a ser la definitiva. No paraba de dar vueltas por la cocina enumerando los diez mil tormentos y humillaciones insignificantes de los seis meses que había durado la relación, y mientras tanto nosotros asentíamos, nos mostrábamos preocupados y lo mirábamos con una expresión amistosa. Cuando se fue al baño para calmarse, nos desplomamos el uno sobre el otro con los ojos en blanco y simulando que nos ahorcábamos y nos pegábamos un tiro en la cabeza. Nos dijimos que escuchar las quejas de nuestro amigo sobre los pormenores de su ruptura era como escuchar los lamentos de un alcohólico sobre la resaca: sí, el sufrimiento era palpable, pero qué difícil es empatizar con alguien que desconoce hasta tal punto las causas de sus propios problemas. Nos preguntábamos el uno al otro cuánto tiempo iba a seguir saliendo nuestro amigo con gente horrible para luego hacerse el sorprendido cuando lo trataran de forma horrible. Entonces salió del cuarto de baño y le preparamos la cuarta copa de la noche y le dijimos que estaba demasiado borracho para conducir hasta su casa y que podía quedarse a dormir en nuestro sofá.

Esa noche, en la cama, hablamos sobre nuestro amigo. Nos quejamos de lo pequeño que era nuestro apartamento, de que no podríamos follar sin que nos oyera. Aunque nos dijimos que quizá deberíamos hacerlo igualmente, porque eso sería lo más cercano a echar un polvo que habría estado en meses (la privación de sexo había sido una de las estrategias manipuladoras de la horrible novia). Tal vez le gustara.

A la mañana siguiente, cuando nos levantamos para ir a trabajar, nuestro amigo aún dormía. Tenía la camisa a medio abrochar y estaba rodeado de latas de cerveza chafadas; claramente, había seguido bebiendo él solo después de que nosotros nos fuéramos a la cama. Allí tirado, tenía una pinta tan patética que nos sentimos mal por lo mezquinos que habíamos sido al burlarnos de él la noche anterior. Preparamos más café, le dimos de desayunar y le dijimos que podía quedarse en nuestro apartamento todo el tiempo que quisiera. Cuando volvimos a casa, no obstante, nos sorprendió encontrarlo en el sofá.

Le hicimos levantarse y meterse en la ducha y luego lo llevamos a cenar fuera y le prohibimos hablar de la ruptura. Para compensar, fuimos encantadores. Nos reímos de todas sus bromas, pedimos una segunda botella de vino y le dimos consejos sobre la vida. Le dijimos que se merecía a alguien que le hiciera feliz, una relación sana con alguien que lo amara, y nos miramos el uno al otro con aprecio antes de volver a concentrar toda nuestra atención en él. Era como un perrito triste sediento de camaradería y alabanzas, y ver cómo asimilaba todo lo que le decíamos nos hacía sentirnos bien; nos daban ganas de acariciarle la suave cabecita, de rascarle detrás de las orejas y de contemplar cómo temblaba de emoción.

Al salir del restaurante, lo estábamos pasando tan bien que invitamos a nuestro amigo a subir al apartamento. Una vez allí, nos preguntó si podía quedarse otra vez en nuestro sofá, y cuando intentamos echarlo admitió que en aquel momento no quería estar solo en su apartamento porque le recordaba a la horrible novia. Por supuesto, le dijimos que podía quedarse todo el tiempo que quisiera, teníamos un sofá cama que estaba para eso. Pero a sus espaldas nos miramos el uno al otro porque, a pesar de que queríamos portarnos bien con él, no estábamos dispuestos a soportar una segunda noche sin sexo (para empezar, estábamos borrachos, y además el encanto que habíamos derrochado a lo largo de toda la velada nos había puesto bastante cachondos). Así que nos fuimos a la cama. Es probable que la manera en que le dimos las buenas noches dejara claro que íbamos a follar. Al principio intentamos no hacer mucho ruido, pero enseguida nos pareció que el esfuerzo de guardar silencio para luego reírnos y hacernos callar el uno al otro probablemente estuviera llamando más la atención sobre lo que hacíamos que si simplemente actuáramos con normalidad, así que hicimos lo que nos dio la gana y tuvimos que admitir que nos excitaba bastante la idea de que él estuviera allí fuera, escuchándonos, en la oscuridad.

A la mañana siguiente nos dio algo de vergüenza, pero nos dijimos: bueno, quizá es lo que necesita para abandonar nuestro nido y volver a su apartamento, y hasta podría motivarlo para encontrar una novia que se acueste con él más de una vez cada dos meses. Sin embargo, esa misma tarde nos envió un mensaje preguntándonos qué planes teníamos y, a partir de ese momento, rara era la noche que no se quedaba en nuestra casa.

Se venía a cenar y luego nos íbamos los tres a algún sitio en coche, nosotros delante y él siempre en el asiento trasero. Bromeábamos con que tendríamos que darle una paga y adjudicarle tareas domésticas…; también con que pasábamos tantísimo tiempo juntos que tendríamos que incluirlo en nuestro contrato telefónico. Así, además, podríamos vigilarlo mejor y evitar que le enviara mensajes a la horrible exnovia, porque, a pesar de que habían roto, aún mantenían el contacto y estaba siempre pendiente del móvil. Prometía que iba a parar, juraba que sabía que no le sentaba bien, pero entonces volvía a enredarse en la rueda de mensajes. Pero, sobre todo, disfrutábamos pasando tiempo juntos. Nos gustaba preocuparnos por él, cuidarlo y regañarle cuando hacía cosas irresponsables como enviar mensajes a la horrible exnovia o faltar al trabajo porque se había quedado despierto hasta muy tarde la noche anterior.

Seguíamos follando a pesar de que estuviera en el apartamento. De hecho, era el mejor sexo que habíamos tenido nunca. Alimentaba una fantasía compartida: lo imaginábamos fuera, con la oreja pegada a la pared, muerto de celos, excitación y vergüenza. No sabíamos si era así –tal vez se cubría la cabeza con una almohada y trataba de ignorarnos; quizá nuestras paredes estaban mejor insonorizadas de lo que pensábamos–, pero fingíamos que era así y nos retábamos el uno al otro a salir del dormitorio cuando aún estábamos ruborizados y sin aliento para ir a beber un poco de agua de la nevera y ver si estaba despierto. Si lo estaba (siempre lo estaba), intercambiábamos algunas palabras triviales con él y luego volvíamos corriendo a la cama para reírnos y echar un segundo polvo con más urgencia todavía.

Aquel juego nos excitaba tanto que empezamos a subir las apuestas: salíamos medio desnudos o envueltos en toallas, dejábamos la puerta entreabierta o más abierta que cerrada. La mañana siguiente a una noche especialmente escandalosa lo provocamos preguntándole si había dormido bien, qué había soñado, y se limitó a mirar al suelo y a decir: no me acuerdo.

La posibilidad de que quisiera unirse a nosotros en la cama no era más que una fantasía, pero, curiosamente, pasado un tiempo empezamos a sentirnos algo molestos con nuestro amigo por ser tan remilgado. Sabíamos que para que pasara algo el primer paso lo tendríamos que dar nosotros. Para empezar, lo superábamos en número; además, era nuestro apartamento; y, en tercer lugar, así era como funcionaban las cosas entre los tres: nosotros le dábamos órdenes y él hacía lo que le pedíamos. Pero aun así nos permitíamos enojarnos con él, fastidiarlo, echarle la culpa de nuestros deseos frustrados y burlarnos de él con algo más de crueldad de la expresada hasta ese momento.

¿Cuándo vas a tener una novia nueva?, le preguntábamos. Dios, hace tanto que estás solo que debes de estar perdiendo la cabeza. No estarás masturbándote en nuestro sofá, ¿verdad? Espero que no te la estés pelando en nuestro sofá. Antes de irnos a la cama nos quedábamos de brazos cruzados, como si estuviéramos enfadados con él, y le decíamos será mejor que te comportes, es un sofá bonito, no queremos encontrarnos ninguna mancha mañana. Incluso seguíamos con las bromas, de soslayo, delante de otra gente, de chicas guapas. Cuéntaselo, decíamos. Cuéntale lo del sofá y lo mucho que te gusta, porque te gusta estar ahí, ¿a que sí? Y se avergonzaba, asentía y decía: Sí, me gusta.

Entonces llegó una noche en la que nos emborrachamos más de la cuenta y empezamos a soltar bromas cada vez más fuertes, le insistíamos para que lo admitiera: venga, ¿a que lo haces sin parar? Estás ahí, volviéndote loco, escuchándonos, pervertido, ¿crees que no lo sabemos? Y durante un segundo nos quedamos paralizados porque era la primera vez que decíamos en voz alta que sabíamos que podía oírnos, aunque lo cierto es que no habíamos tenido intención de hacerlo. Pero no dijo nada, así que volvimos a la carga con más saña todavía: te oímos, dijimos señalándolo con las cervezas, oímos cómo resuellas y los chirridos del sofá, seguro que te pasas la mitad del tiempo pegado a la puerta, mirándonos; bueno, está bien, no nos importa, sabemos que estás desesperado, pero, por Dios, deja de negarlo, por favor. Luego nos partimos de risa y nos tomamos otra ronda de chupitos y entonces empezó una nueva broma: puesto que él ya nos había visto montones de veces, lo justo era que nos dejara verlo a él. Que nos lo enseñara, que nos enseñara lo que hacía en ese sofá, en nuestro sofá, cuando no estábamos. Nos burlamos de él, lo chinchamos durante lo que parecieron horas, y cada vez se le veía más nervioso, pero no se iba, se quedaba clavado en el sofá, y cuando finalmente empezó a desabrocharse los vaqueros, nos entró un subidón que no se parecía a ninguna otra cosa. Lo miramos hasta que no pudimos más y nos fuimos a trompicones a nuestra habitación y lo hicimos con la puerta abierta, pero esa primera vez no lo invitamos a que se acercara; queríamos que nos observara desde fuera, que se asomara.

La mañana siguiente fue difícil, pero la superamos proclamando a los cuatro vientos lo borrachos que estábamos, Dios, menuda cogorza. Se fue después de desayunar y estuvo tres días desaparecido, pero la cuarta noche le enviamos un mensaje y fuimos al cine juntos y la quinta noche se vino a casa. No mencionamos la broma ni lo que había ocurrido, pero el simple hecho de beber juntos, los tres solos, era reconocer en cierto modo que volvería a ocurrir. Bebimos sin tregua, a conciencia, y la tensión crecía con cada hora que pasaba, pero también nuestra certeza de que él estaba dispuesto, hasta que por fin le dijimos: vete al dormitorio y espéranos. Cuando lo hizo, tardamos un buen rato en terminarnos la copa, la saboreamos antes de soltarla e ir tras él.

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Nos inventamos reglas sobre lo que podía y no podía hacer, lo que podía y no podía tocar. Básicamente, no podía hacer nada; se limitaba a observar y a veces ni siquiera se le permitía ni eso. Éramos unos tiranos; casi todo nuestro placer provenía de establecer las reglas, de cambiarlas y de ver cómo respondía. Al principio, lo que pasaba por la noche era algo extraño y tácito, una burbuja que se sostenía precariamente en los límites de la vida real, pero luego, en torno a una semana después, establecimos la primera regla que debía cumplir durante el día, y de repente un mundo desbordante de posibilidades se abrió ante nosotros.

En un primer momento, las cosas que le decíamos que hiciera eran las mismas que le habíamos estado diciendo desde el principio: que se levantara, que se duchara, que se afeitara, que dejara de enviar mensajes a esa horrible chica. Pero cada instrucción iba ahora acompañada de una chispa eléctrica, de un destello en el aire. Fuimos añadiendo otras: tenía que salir a comprar ropa más bonita, que nosotros elegiríamos. Tenía que cortarse el pelo. Tenía que prepararnos el desayuno. Tenía que recoger el rincón del salón donde estaba el sofá en el que dormía. Le hicimos un horario y lo dividimos en intervalos cada vez más reducidos hasta que terminó durmiendo, comiendo y meando solo cuando le decíamos que lo hiciera. Así dicho puede parecer cruel, y tal vez lo fuera, pero lo aceptaba sin quejarse, y, durante un tiempo, floreció bajo nuestros cuidados.

Su afán de complacer nos encantaba, pero luego, poco a poco, empezó a aburrirnos. En lo sexual, su inquebrantable instinto de obediencia nos resultaba frustrante; una vez que nos acomodamos en aquel nuevo patrón, no volvió a repetirse la resistencia ni la incertidumbre de aquella primera noche vertiginosa. Al poco tiempo, las burlas comenzaron de nuevo; las bromas sobre que parecíamos sus padres, sobre lo infantil que era, sobre lo que le estaba permitido hacer o no en el sofá. Empezamos a crear reglas que eran imposibles de cumplir y a imponerle pequeños castigos cuando las incumplía; chico malo, le decíamos burlándonos de él. Mira lo que has hecho. Eso nos tuvo distraídos algún tiempo. Éramos diabólicamente creativos a la hora de imponer los castigos, que también empezaron a intensificarse.

Le pillamos enviando mensajes a esa horrible chica y, cuando le confiscamos el teléfono, descubrimos que había estado hablando con ella todo el tiempo, a pesar de habernos prometido –¡jurado!– que lo habían dejado. Nos agarramos tal cabreo que dejó de tener gracia; nos sentíamos profundamente traicionados. Lo sentamos a la mesa, cara a cara. Mira, le dijimos, no tienes que quedarte con nosotros, nadie te retiene aquí, vuelve a tu casa si quieres, en serio, nos importa una mierda.

Lo siento, dijo, sé que no es buena para mí, no es lo que quiero. Estaba llorando. Lo siento, volvió a decir, por favor, no me echéis.

Está bien, dijimos, pero lo que hicimos aquella noche con él fue excesivo, incluso para nosotros. A la mañana siguiente estábamos asqueados con nosotros mismos, y el mero hecho de verlo nos provocó cierto malestar. Le dijimos que se fuera a casa y que ya lo avisaríamos cuando quisiéramos volver a hablar con él.

Sin embargo, cuando se fue nos aburríamos tanto que apenas podíamos soportarlo. A duras penas aguantamos dos días, pero sin él allí para mirarnos nos sentíamos tan sosos y faltos de sentido que era casi como si no existiéramos. Pasábamos la mayor parte del tiempo hablando de él, especulando sobre cuál era su problema, sobre lo desastroso que era para tantas cosas, y entonces nos prometimos que, si íbamos a hacerlo, fuera lo que fuera lo que estuviéramos haciendo, lo haríamos con respeto, en casa y usando palabras cautelosas y citas poliamorosas. Y al tercer día le pedimos que volviera. Estábamos llenos de buenas intenciones, pero era todo tan espantosamente cortés y nos sentíamos tan incómodos unos con otros que al final la única forma de acabar con la tensión fue volver al dormitorio para repetir todo eso que tanto nos había asqueado tres días antes.

A partir de ese momento las cosas solo fueron a peor. Era como si hubiéramos atrapado algo resbaladizo y, cuanto más fuerte lo apretábamos, más se nos escurría entre los dedos. Perseguíamos algo que había dentro de él que nos repugnaba pero cuyo olor nos volvía locos, como a los perros. Experimentábamos –con dolor y moratones, cadenas y juguetes– y después nos desplomábamos en una maraña de extremidades húmedas, arremolinados como la basura que se acumula en la playa después de una tormenta. En aquellos instantes se producía una especie de calma, la habitación quedaba en silencio, salvo por nuestra respiración, lenta y solapada. Pero luego lo echábamos para poder estar a solas y enseguida volvía a aparecer la necesidad de despedazarlo. Daba igual lo que hiciéramos, él no nos lo impedía. Daba igual lo que le pidiéramos, él nunca se negaba.

Para protegernos, lo apartábamos cuanto podíamos, a un rincón de nuestras vidas. Dejamos de salir con él, dejamos de ir a cenar juntos, dejamos de hablarle. Le devolvíamos las llamadas y lo citábamos únicamente para follar, sesiones brutales de tres, cuatro o cinco horas antes de volver a mandarlo a su casa. Le exigíamos que estuviera disponible en todo momento para nosotros y lo mareábamos de aquí para allá como a un yoyó: vete, ven, córrete, vete. El resto de nuestros amigos llevaba mucho tiempo sin saber nada de nosotros; el trabajo era un lugar al que íbamos para desconectar y echar una cabezadita. Cuando no estaba en casa, nos mirábamos el uno al otro, completamente vacíos, con la misma película pornográfica desgastada reproduciéndose en un bucle infinito en nuestras cabezas.

Hasta que llegó el día en que dejó de responder de inmediato a nuestros mensajes. Primero fue un retraso de cinco minutos, luego de diez, después de una hora, y, al final, no estoy seguro de poder hacerlo esta noche, lo siento, ahora mismo estoy bastante confundido.

Y entonces se nos fue. Se nos fue la puta olla. La emprendimos a golpes con el apartamento y sollozamos y rompimos vasos y gritamos ¡qué cojones se piensa!, ¡no puede hacernos esto! Las cosas no podían volver a ser como antes: nosotros dos, el sexo corriente e insípido en el dormitorio sin testigos, sin nada que morder ni desgarrar salvo el uno al otro. Enloquecimos y lo llamamos veinte veces, pero no respondía a nuestras llamadas y al final decidimos: no, es inaceptable, vamos allí, no puede esconderse de nosotros, vamos a averiguar qué narices está pasando. Estábamos furiosos, pero era una ira mezclada con un entusiasmo desbocado, la emoción, casi, de la caza: saber que algo explosivo e irreversible estaba a punto de ocurrir.

Vimos su coche aparcado delante de su edificio. La luz de su habitación estaba encendida. Volvimos a llamarlo una y otra vez desde la calle, pero no contestó, y como teníamos una copia de la llave de su casa de aquellos días en los que nos regábamos las plantas y nos recogíamos el correo mutuamente, entramos.

Estaban allí, en la habitación, nuestro amigo y la horrible chica. Estaban desnudos, él encima, jadeando. Nos pareció tan ridículo después de todo por lo que habíamos pasado que nuestra primera reacción fue reírnos.

Ella nos vio antes que él y soltó un gritito de sorpresa. Él se dio la vuelta y abrió la boca, pero no emitió sonido alguno. La cara aterrorizada que se le quedó nos calmó un poco, pero no era más que una gota de agua en un gran incendio. Su novia se apresuró a cubrirse y sus espantosos quejidos se transformaron en un torrente de acusaciones. ¿Qué diablos estáis haciendo aquí?, chilló, ¿qué cojones es esto?, ¿que estáis haciendo aquí?, sois unos putos retorcidos, los dos, me lo ha contado todo, lo que hacéis, sois unos degenerados, largaos de una puta vez, aquí no pintáis nada, sois unos monstruos, fuera, fuera, fuera.

Cállate, le dijimos, pero nos ignoró.

Por favor, le rogó nuestro amigo, Por favor, para. No puedo pensar. Por favor.

Pero no lo hizo. Siguió hablando, diciendo cosas sobre él, sobre nosotros, sobre todo lo que había pasado. Mientras a nosotros nos había estado hablando de ella, a ella le había estado hablando de nosotros y ahora lo sabía todo, incluso las cosas sobre las que nos daba demasiada vergüenza hablar hasta entre nosotros. Creíamos que lo habíamos dejado totalmente al descubierto, y sin embargo durante todo ese tiempo nos había estado mintiendo, nos lo había ocultado todo, y al final los que habíamos quedado al descubierto éramos nosotros.

Haz que pare, gritábamos mientras sentíamos brotar una especie de pánico. Haz que deje de decir eso, hazla callar, hazla callar ya. Apretamos los puños y lo miramos fijamente. Él se puso a temblar, tenía los ojos acuosos, y entonces la ira que nos consumía se agotó y algo pareció encajar en su sitio.

Haz que pare, volvimos a decir…

Y lo hizo.

Se tiró sobre ella con todo el peso de su cuerpo y forcejearon, sacudiéndose y arañándose, hasta que la cama tembló y la lámpara de noche se tambaleó en su mesilla. Entonces se sosegaron y alcanzaron un equilibrio, el pecho de él contra la espalda de ella, el brazo de él apretado contra el cuello de ella, la cara de ella hundida en el colchón.

Bien, dijimos. Ahora sigue. Sigue haciendo lo que estabas haciendo. No dejes que te interrumpamos. Es lo que deseas, ¿verdad? Lo estás deseando. Así que venga. Termina. Termina lo que has empezado.

Tragó saliva y bajó los ojos hacia la horrible chica que tenía debajo, que había dejado de forcejear y se había quedado quieta, con el pelo como un nido enmarañado de oro mate.

No me obliguéis a hacerlo, por favor, dijo.

Por fin: ese pequeño destello de resistencia. Sin embargo, era todo tan abyecto que no resultó ser el gran final que esperábamos después de tanta depravación: allí tumbado, tan pequeño, mientras que nosotros llenábamos el mundo entero. Pudimos habernos marchado entonces, una vez que lo encontramos, sabiendo que podíamos romperlo, que podíamos romperlo a él…, pero no lo hicimos. Nos quedamos y él hizo lo que le pedimos. La piel de la horrible chica pronto se tornó tan blanca como un pergamino, salvo por un rastro moteado de moratones que se extendía a lo largo de sus muslos, no se movía excepto cuando la movía él, aflojó los puños apretados y sus pálidos dedos se desplegaron. Pero él siguió dándole; lo mantuvimos allí mientras la habitación se oscurecía y después, cuando la luz volvía a entrar y distintos olores espesaban el aire. Hacía lo que le decíamos que hiciese. Cuando le ordenamos que parara, los ojos de ella eran canicas azules y sus labios secos e hinchados dejaban asomar los dientes. Él se quitó de encima, lloriqueando, y trató de alejarse de ella, de nosotros, pero le pusimos las manos en los hombros y le alisamos el pelo sudado, le secamos las lágrimas que corrían por sus mejillas. Lo besamos, hicimos que la rodeara con los brazos y presionamos su cara contra la de ella. Chico malo, dijimos en voz baja cuando nos íbamos.

Mira lo que has hecho.

Kristen Roupenian se graduó en el Barnard College, se doctoró en Literatura en Harvard y tiene un máster de Escritura de la Universidad de Michigan. Su cuento “Cat Person”, publicado en el New Yorker, se hizo viral, alcanzó repercusión internacional y dio pie a numerosos artículos de opinión. Lo estás deseando es su primer libro.

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