Sealtiel Alatriste

LECTURAS | Cicatrices de la memoria, de Sealtiel Alatriste

“Un enorme mazazo se cernía sobre tu cabeza y eras incapaz de verlo”, dice el escritor que regresa a la novela, a su propia confesión.

Ciudad de México, 8 de julio (MaremotoM).- Sergi Soler, el protagonista de esta novela, está en su mejor momento: es un reconocido editor y promotor cultural, ocupa un importante cargo en la Universidad Nacional, se ha enamorado de una mujer con quien vive un apasionado romance, su fama y prestigio son cada vez mayores y, con un par de libros que recién publicó, gana un importante premio literario. Pero entonces su vida cambia radicalmente: alguien revive una vieja acusación de plagio a la que nunca prestó atención, el mundo de la cultura lo lincha en las redes sociales y lo obliga a renunciar a su puesto en la universidad y a su premio literario. Al poco tiempo, tal turbulencia también afecta a su nuevo amor. Su mundo es arrasado; tal parece que no quedará piedra sobre piedra…

Pero siempre pueden ocurrir más calamidades: cuando Sergi piensa que está en vías de recuperación encuentra a su padre muerto en el piso de su departamento. Esa noche, recomponiendo sus piezas en una suerte de expiación, comprende que una de las causas de la tempestad que lo abatió fue precisamente él, con su soberbia y frivolidad. También comprende que esto no sólo es evidente por su ejercicio de introspección y su estudio de la kabbalah, sino porque tuvo y tendrá el apoyo de personas que siempre le serán cercanas: en primer lugar, desde la desolada noche sin tiempo de la muerte, su padre.

Cicatrices de la memoria
Cicatrices de la memoria, la novela de Sealtiel Alatriste. (Alfaguara)

Fragmento de Cicatrices de la memoria, de Sealtiel Alatriste, con autorización de Alfaguara

Uno

Ni tú mismo sabes en qué momento te diste cuenta de que aquel fue un año extemporáneo, no precisamente incompleto, pues como cualquier año tuvo doce meses, pero no había sido como ningún otro que pudieras recordar: empezó el octubre anterior cuando de madrugada te despertaste con aquel dolor en el vientre que te condujo a la cirugía del apéndice, y terminaba hoy, domingo 23 de septiembre de 2012, cuando encontraste el cadáver de tu padre tirado en el piso de su departamento. De ahí en adelante te esperaba otra vida, no necesariamente nueva pero sí otra vida, donde las cicatrices que habían marcado tu memoria definirían tu conciencia, y que quizá cambiara lo que te condujo a vivir aquel año desfasado y doloroso. En el momento en que empiezo este recuento han pasado nueve horas y trece minutos desde ese instante, pronto será media noche y estás sentado en el sillón Reposet en que tu papá se entercó en dormir el último tiempo. Te veo ahí: tienes un vaso de güisqui en la mano, hace una o dos horas que la funeraria se llevó el cuerpo de tu progenitor (así se te ocurre llamarlo ahora que ha fallecido, progenitor), y no has dejado de pensar en cada uno de los actos que han llenado este año terrible —tu annus horribilis— en que tu vida se puso de cabeza y la muerte estuvo rondándote. Tengo la impresión (que quizá compartes conmigo), que desde el principio intentaste sortear el peligro incierto que percibiste al salir de la apendicectomía, pero que al enfrentarlo sólo conseguiste que te arrastrara con más fuerza al fondo de las tinieblas. Suena como si estuvieras dentro de una fábula en la que la palabra tinieblas hubiera adquirido un sentido aterrador, pero ninguno de los sucesos que han venido a tu cabeza podrían pertenecer a una fábula (aunque encerraran una moraleja) sino que son parte de una experiencia que te despojó de todo lo que considerabas valioso, y aquel presentimiento que te dominó desde el principio sólo podría significar que habías roto, o se habían roto, los asideros que conservabas con la vida, dejándote en las tinieblas.

Javier Rodríguez, quien estuvo tan cerca de ti en la Universidad, había llegado tres horas antes para ver si necesitabas algo, y le dijiste —la verdad, como si le hablaras al vacío— que tenías la tentación de iniciar un recuento de tu vida con una frase que te había rondado durante todo el día, y que ahí, en el Reposet, acababa de regresar a tu mente como si fuera un letrero de luz neón: Hoy murió papá. Eran las únicas palabras que, por escuetas y simples, desvelaban el sentido, la sinrazón, que te abatía. Supongo que te dabas cuenta de que evocaban el espíritu de El extranjero, la novela de Albert Camus que leíste en tu juventud, aunque los sentimientos que experimentabas no se parecieran en nada a los de Meursault, el protagonista de ese prodigioso relato, antes al contrario, la indiferencia que invadió al argelino desde que le comunicaron la muerte de su madre no tenía ningún parecido con el remolino emocional que el deceso de tu padre había levantado en ti, mucho menos con la amargura que te embargó cuando descubriste su cadáver. Era posible, empero (y tal vez era la razón de que hubieras usado esa frase), que como a Meursault ese lamentable hecho —tan esperado como destructivo— te hubiera hecho sentir extranjero: extranjero de la vida, de tus recuerdos, de lo que sentiste cuando, sin saber qué hacer, te hincaste para acariciar su frente helada y alisar los escasos cabellos, blancos y despeinados, que quedaban en la cabeza de tu papá.

—El espíritu de El extranjero —repetiste, yo creo que para ti mismo.

Aunque quizá fue para que yo te ayudara a analizar todo lo que se venía a tu mente en tumulto, no lo sé, pues nunca habías pensado que la ficción tuviera alma (y se pudiera decir el espíritu de El extranjero), pero sí, la tenía. “Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer”. Eran las palabras de Camus, no las tuyas, las del espíritu de esa novela que habían venido a posarse en tu mente para cargar de significado lo que te había sucedido.

—La muerte nos sume en un tiempo sin tiempo — murmuraste con la intención de que Javier se acercara—, en una sensación que no te permite saber si hoy es hoy, fue ayer, o ya es mañana, si un año transcurre en un solo momento, o cuándo empezó este que nunca hubieras querido que empezara.

Era como preguntarse cuál es el sonido de una mano en un aplauso.

Javier no lo sabía todavía, esa mañana te habías citado con tus hermanos para que decidieran qué hacer con tu papá. Mireya, quien más lo frecuentaba, les había dicho que no lo veía bien, que el jueves anterior, cuando fue a recogerlo para ir a comer, se había rehusado a salir, lo que le pareció extraño, pues tu padre siempre esperaba con ansias esas salidas semanales. Lo notó cansado, sin apetito, con una persistente tos que lo atacaba sin aviso. Decidió entonces quedarse a comer con él, conversaron, lo distrajo, y lo dejó de mejor humor. Ante la negativa constante de tu padre para ir a vivir a una casa de reposo o mudarse con alguno de ustedes, un mes antes habían contratado a una chica (con ciertos conocimientos de enfermería) para que lo acompañara de tiempo completo. Él no quería, pero tuvo que aceptar su decisión (aunque por todo se quejara de la pobre muchacha), pues ustedes se sentían más tranquilos sabiendo que alguien lo cuidaba. Ese jueves, a pesar de ello, Mireya le pidió que pusiera atención especial en el comportamiento del enfermo y le avisara cualquier anomalía.

En la noche, Mireya habló con Adriana, tu otra hermana, y le dijo que había dejado a tu papá sintiéndose mal, y le pidió que se reunieran el domingo, pues a pesar de la presencia de Mónica —así se llamaba la cuasi enfermera— sentía que tu padre se había deteriorado considerablemente. Adriana llamó a tu hermano Gabriel y después a ti. “Creo que debe vivir conmigo”, te dijo, “haré algunos arreglos en mi casa para que pueda estar ahí”. “No le preguntemos”, dijiste con cierto enfado, “hagamos lo que es mejor y ya está”. Recordaste que poco antes Gabriel también había querido llevárselo a vivir con él; tu hermano tiene una casa en las afueras de la ciudad, con un gran jardín, le podía adaptar una especie de departamento para que se sintiera independiente, aunque siempre habría alguien que pudiera atenderlo. Era lo mejor. “Ven a vivir conmigo, papá”, le había pedido, pero sin rechazar su propuesta, tu padre sólo dijo que lo pensaría. Como era costumbre cuando se presentaban estas situaciones, una noche de la siguiente semana fuiste a hablar con él (según tus hermanos tu padre era proclive a seguir tus sugerencias), y le pediste que aceptara la invitación de Gabriel. “Ya no puedes hacerte responsable de ti, casi no escuchas, ves mal, y para colmo, el deterioro de tu cadera se ha agravado y un día te vas a caer, la andadera te va a jugar una mala pasada y no podrás sostenerte en pie”. Después de escucharte (era cierto, tenía debilidad por tus opiniones) te aseguró que iba a hacerlo. “Hoy mismo hablo con tu hermano y arreglo la mudanza”. “Por favor”, concluiste, o quisiste dar por concluido ese asunto, “es peligroso que prolongues esta situación”. Pero cuando llegó el día del trasladado volvió a negarse. Gabriel llamó para decirte que su padre le había suplicado —ese fue el verbo que usó, suplicado— que no lo mudara. “Déjame con mis recuerdos, no quiero irme de aquí”. Según arguyó, tu difunta madre lo visitaba para observarlo con dulzura; no decía nada, sólo aparecía a los pies de su cama. Más que un recuerdo, pensaron, era una ilusión, tan vívida que se había convertido en la única razón que le quedaba para vivir: la ausencia de su esposa era una presencia constante, un anhelo, la fuente de su esperanza.

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En una ocasión escribió un texto en que, con su estilo de caricaturista de los cincuenta, narraba una de las muchas experiencias que lo ataban a su casa.

Su título era simple: 4:10 a.m.

Hay ocasiones en que una hora determinada tiene una trascendencia inimaginable y alucinante: las 4 y 10 me llevaron al delirio. ¿Fue un sueño? ¿Un hecho fuera de la realidad? ¿O la presencia de la omnisciente eternidad?

Una noche en que la depresión me agobiaba por las noticias acerca de sangrientas venganzas de narcotraficantes, la inverecunda lujuria, la falta de pudor, acciones que nos han convertido en un mundo deshumanizado, sentí que necesitaba sostenerme en alguien, y dirigiéndome a Dios le dije: “Señor, siempre he creído en tu bondad infinita, te pido una señal de que estoy en lo cierto”.

Para ser exactos, la noche del 26 de marzo de 2007 dormía tranquilamente cuando sentí que alguien me movía. Al volverme distinguí la figura de mi esposa, fallecida 24 años ha. Atrás de ella había una puerta con dos hojas, la mitad superior con vidrios y visillos de tela transparente y la inferior de madera. Por arriba entraba una intensa luminosidad, y la silueta de mi mujer se dibujaba en el piso de mi habitación, que estaba sumida en la oscuridad.

—¿Por qué llegas tan tarde? —le pregunté

—Espera un momento, no me despedí de Miguel.

Tuve un breve sentimiento de celos (siempre celé a Mireia aun sin tener motivos), pues seguramente se refería a mi primo Miguel, quien había muerto hacía poco. Desperté. Vi claramente las cortinas y los libreros en las paredes opuestas a donde está la cama. “No dejaré de ser el mismo tarugo hasta en sueños”, me dije, y me dispuse a dormir nuevamente, pero… la parte lateral del colchón, cerca de los pies, se hundió bajo el peso de algo que se introducía bajo las sábanas, un muslo se posó sobre mis piernas (siempre duermo boca arriba), un tibio cuerpo hizo contacto con el mío, su brazo pasó bajo mi cuello y la mano me oprimió el hombro con ternura, la otra me tomó del brazo que pongo en mi torso, y un rostro se posó sobre mi pecho. Escuché un breve sollozo.

—¡Mireia! —exclamé con voz entrecortada.

Los lamentos se hicieron cada vez más angustiosos y dolorosos. Con un nudo en la garganta que casi me impedía pronunciar palabra pregunté:

—¿Qué pasa? ¿Qué intentas decirme? —traté de moverme pero no pude. Su abrazo era cariñoso pero me tenía paralizado— ¿Vienes por mí?

No dijo ni una palabra. Me sentí desfallecer. Su aliento sollozante y la presión de su cuerpo fueron disminuyendo poco a poco hasta desaparecer. Mi corazón latía de manera acelerada. Sentí el pecho húmedo. ¿Sudor, lágrimas? Respiré tratando de controlarme. Me levanté y prendí mi lámpara. Algo me hizo ver el reloj sobre la cómoda… todo desapareció de mi vista, solamente la pantallita del reloj permaneció ante mis ojos. ¡Las 4 y 12 a.m.! Una sacudida recorrió mi cuerpo. Con esfuerzo hice la cuenta: “4 y 12, menos dos minutos que habré tardado en ver el reloj, quedan 4 y 10”. ¡La hora del nacimiento y de la muerte de mi esposa! ¡Alfa y Omega, principio y fin! Con paso vacilante me levanté, sobre el buró encontré una servilleta y garrapateé: “Son las 4 y 10 a.m., Mireia estuvo conmigo”. Regresé a mi cama, y nuevamente a oscuras dije:

—Señor, esta fue la respuesta a mi pedimento, gracias te doy.

En la mañana me levanté para escribir esto a máquina, con la servilleta arrugada a un lado, para poder leérselo a mis hijos. Cuando ya había terminado dudé de mi memoria, pero no, recordé que cuando Mireia murió, el 2 de octubre de 1983, escuché claramente decir a la persona que habló a la funeraria para las exequias de rigor: “Sí señor, la señora murió a las 4 y 10 a.m.”. Para que no me quedara duda fui a revisar el archivo donde guardo las actas de vida. Ahí encontré el acta de nacimiento de mi mujer. No me había equivocado: “presentaron a una niña viva, nacida el 17 de mayo de 1923, a las 4 y 10 a.m.”.

Tu papá le contó esta historia a Gabriel (es probable que incluso se la hubiera leído antes de suplicarle que no lo sacara de su casa), para demostrarle, paradójicamente, que estaba en sus cabales.1 Tú, empero, insistías en que eran ustedes quienes deberían tomar la decisión, pero como tampoco estabas seguro de que fuera lo mejor, quedaron en discutir con tu padre la situación —su situación— como sugirió Mireya, este domingo, 23 de septiembre del 2012.

Cuando llegaste, Adriana estaba sentada en el sillón de la recepción. Abrió la puerta apenas te vio, y te dijo que había olvidado su llave y no podían entrar, tu papá no contestaba a sus llamados y tenían que esperar a Gabriel o Mireya para ver si alguno de los dos traía llaves. “Déjame ver si a mí me escucha”, dijiste. Subiste en el ascensor a su departamento, en el noveno piso, donde en efecto, la puerta estaba cerrada con llave, y desde ahí le gritaste muchas veces pero él no respondió. No era para extrañarse, había perdido casi por completo el oído. Tú, incluso, habías hecho lo mismo otras veces, y aunque él decía que había escuchado tus gritos, nunca respondía. “Pensé que eras un vendedor”, te dijo en una ocasión. “¿Un vendedor te llama papá?”, preguntaste enojado, pensando que se estaba burlando de ti. No te contestó, era una pura invención, pero siguió insistiendo en que te había escuchado.

Poco antes de que llegaran tus hermanos salió la vecina del octavo piso, quien les comentó que tu papá había gritado a eso de las tres y media de la mañana. “Después escuché el golpeteo de su andadera y me tranquilicé”. Ante el gesto de sorpresa con que la escucharon (¿cómo demonios estaba enterada de esos detalles?), les contó que a veces hablaba en las noches: “Como su recámara está encima de la mía, cuando deja abierta la ventana puedo escucharlo, y ayer se quejó, dio un grito”. Le dieron las gracias por avisarles, y al contrario de ella, quedaron más intranquilos todavía. A los pocos minutos llegó Gabriel, y casi inmediatamente Mireya, quien traía las llaves. Les informaron de lo dicho por la vecina, y por la cara que pusieron te diste cuenta de que les asaltaba el mismo presentimiento que a Adriana y a ti. Para todos fue un consuelo que subieran juntos cuando nunca lo habían hecho: la casualidad, el orden del azar o lo que fuera, los había reunido para que ninguno de los cuatro presenciara la tragedia a solas.2

Gabriel salió primero del ascensor, seguido de tus hermanas, y tú, al último, fuiste detrás de ellos. Caminabas por el pasillo que conduce a la recámara cuando escuchaste que Gabriel decía que tu papá se había caído, y un segundo después —una fracción de segundo después— viste sus pies en el suelo, con el cuerpo oculto detrás de un sofá de dos plazas que alguien había movido. Tu hermano se apresuró diciendo “papito, papito”, hasta que lo tomó de la cabeza. “Está muerto”, dijo, u otra frase similar, no te acuerdas, pero es igual. Estaba tendido, boca arriba, semidesnudo, con las manos en el pecho, los pantalones enredados en los pies, y la andadera atropellada entre las piernas. Mireya se llevó las manos a la cara y dio media vuelta, Adriana quedó petrificada viendo lo que sucedía, y tú pasaste del otro lado del sofá para …

Sealtiel Alatriste nació en la Ciudad de México el 15 de julio de 1949. Estudió Administración de Empresas y Letras Españolas en la Universidad Nacional Autónoma de México; cursó la Maestría en Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Cambridge, en el Reino Unido. Ha sido director de diversas editoriales, entre ellas: Editorial Nueva Imagen, Alianza Editorial Mexicana y Editorial Alfaguara, dentro del Grupo Santillana. Fue cónsul general de México en Barcelona y coordinador de Difusión Cultural en la UNAM. Ha colaborado con los periódicos La Jornada, Reforma, y con las Revista de la Universidad de México y la Revista de Occidente. En 1995 obtuvo el Premio Internacional de Novela Planeta-Joaquín Mortiz, por su novela Verdad de amor.

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