Vivian Gornick

LECTURAS | Cuentas pendientes, de Vivian Gornick

Como la mayoría de lectores, a veces creo que nací leyendo. No recuerdo época en que no haya tenido un libro en las manos y la cabeza abstraída del mundo que me rodea. De vacaciones con parientes o amigos, soy más que capaz de acomodarme, libro en mano, en el sofá del salón de una bonita casa de campo y apenas despegarme de él para disfrutar del bendito verdor que habíamos ido buscando.

Ciudad de México, 15 de febrero (MaremotoM).- Cuenta Vivian Gornick que un día comenzó a releer Howards End y con gran asombro descubrió que su interpretación de la novela, años después de su primera lectura, era ahora radicalmente distinta. Consciente de que no hay nada como regresar a un lugar que no ha cambiado para descubrir en qué ha cambiado uno mismo, decidió retomar aquellos libros cruciales que la convirtieron en la mujer que es, y releerlos, con el propósito de redescubrirse a sí misma. El resultado es Cuentas pendientes, en el que Vivian Gornick combina sus dos géneros literarios favoritos, la crítica literaria y las memorias, entrelazando las enseñanzas de las lecturas que marcaron su vida con el relato de sus propias experiencias vitales.

En nueve paradas, la autora de Apegos feroces relata cómo a lo largo del tiempo fue identificándose con distintos personajes de la novela Hijos y amantes de D. H. Lawrence, analiza el concepto de feminidad en las novelas de Colette, se cuestiona la veracidad de la memoria en El amante de Marguerite Duras, y explica por qué siempre que lee a Natalia Ginzburg ama un poco más la vida.

Cuentas pendientes es la celebración de la pasión de Vivian Gornick por la literatura, un homenaje a la lectura como forma de conocerse a uno mismo, una y otra vez, y sentir “el poder de la Vida con mayúsculas”. Pero, ante todo, es la oportunidad de reencontrarnos con la Gornick de siempre, con esa voz que tanto amamos y admiramos: perspicaz, sabia y valiente, que sabe mirarse a sí misma sin artificios.

Vivian Gornick
Sexto Piso sacará el libro el 22 de febrero. Foto: Cortesía

Adelanto de Cuentas pendientes, de Vivian Gornick, con autorización de Sexto Piso.

En mi experiencia, releer un libro que fue importante para mí en épocas pasadas se parece a tenderse en el diván del psicoanalista. De pronto, la narrativa que durante años he atesorado en la memoria se ve puesta en tela de juicio y de manera alarmante. Por lo visto, mis recuerdos sobre este u otro personaje, esta u otra trama, son, cuando menos, imprecisos: se conocieron aquí en Nueva York, cuando yo estaba convencida de que había sido en Roma; corría la década de 1870, cuando yo pensaba que sucedía a principios del siglo xx; ¿y que la madre le hace qué a la protagonista? Con todo y con eso, cuando leo, el mundo sigue pasando a un segundo plano y no puedo evitar maravillarme, porque si esto lo he recordado mal, incluso eso o aquello otro, ¿cómo es posible que el libro siga atrapándome de esa manera?

Como la mayoría de lectores, a veces creo que nací leyendo. No recuerdo época en que no haya tenido un libro en las manos y la cabeza abstraída del mundo que me rodea. De vacaciones con parientes o amigos, soy más que capaz de acomodarme, libro en mano, en el sofá del salón de una bonita casa de campo y apenas despegarme de él para disfrutar del bendito verdor que habíamos ido buscando. En cierta ocasión, en un tren que atravesaba los Andes peruanos, mientras el resto de pasajeros iba admirando el paisaje, que si «ooh», que si «aah», me vi incapaz de apartar la vista de La dama de blanco. En una playa del Caribe, tostándome al sol con el Lesser Lives de Diane Johnson apoyado en las rodillas (una biografía imaginada de la primera esposa de George Meredith), cuál fue mi sorpresa al levantar la vista del libro y no verme envuelta en la niebla y el frío de la Inglaterra de la década de 1840. ¡Qué compañía me hicieron esos libros! Y todos los libros. Nada se le puede comparar. Es el anhelo de coherencia labrado en la obra (ese extraordinario intento de dar forma a lo embrionario mediante palabras): brinda paz y emociona, reconforta y consuela. Sin embargo, por encima de todo lo demás, lo que procura la lectura es un alivio puro y duro del caos mental. A veces creo que me infunde por sí sola valor para vivir, y lo ha hecho desde mi más tierna infancia.

Yo me crie en un barrio de clase obrera inmigrante del Bronx donde todas las necesidades se veían cubiertas gracias al auspicio de alguna de las muchas tiendas que se alineaban a lo largo de una sola calle comercial. La carnicería, la panadería, el colmado, el banco, la farmacia, el zapatero: todos comercios pequeños a pie de calle. Un día, siendo todavía bastante pequeña, tendría unos siete u ocho años, mi madre me llevó de la mano a una tienda en la que yo nunca me había fijado: la sucursal de la Biblio- teca Pública de Nueva York en el barrio. Era una estancia alargada, sin alfombras sobre los tablones de madera y con las paredes tapizadas de libros del techo al suelo. En medio de la sala habían plantado una mesa a la que se sentaba Eleanor Roosevelt (en esa época todas las bibliotecarias se parecían a la esposa del presidente Roosevelt): una mujer alta y de pecho abundante que lucía una mata de pelo cano amontonada en lo alto de la cabeza al estilo eduardiano, gafas sin montura sobre el arco de una nariz imposiblemente recta y una mirada de interés reposado. Mi madre se acercó a la mesa, me señaló con la cabeza y le dijo a Eleanor Roosevelt: «A la niña le gusta leer». La bibliotecaria se puso en pie, me dijo «vente» y me llevó de vuelta hasta la parte delantera de la tienda, donde estaba la sección de libros infantiles. «Empieza por aquí», me dijo, y eso hice. Entre ese momento y el verano que terminé el instituto, me leí la habitación entera. Si me pidieran ahora que recordara qué leí en aquel despacho de libros, solo logro evocar que pasé de los cuentos de los hermanos Grimm a Mujercitas y de ahí a Del tiempo y el río. Después ingresé en la facultad, donde descubrí que todos esos años había estado leyendo literatura. Yo diría que fue entonces cuando empecé a releer, porque en lo sucesivo regresaría una y otra vez a esos libros que se habían convertido en íntimos compañeros para mí, y no solo por el placer arrebatador de la historia en sí, sino también para comprender aquello por lo que estaba pasando en cada momento y cómo pensaba tomármelo.

Me había criado en un bullicioso hogar de izquierdas en el que tanto Karl Marx como la clase obrera internacional eran artículos de fe: creer de todo corazón en la injusticia social era algo que venía dado. De modo que, desde muy temprano, la naturaleza política de la vida impregnó para mí casi toda vivencia tangible, entre las que por supuesto se incluía la lectura. Leía siempre y con la única intención de sentir el poder de la Vida con mayúsculas, tal y como se manifestaba (y con qué emoción) en el combate del o la protagonista con esas fuerzas externas que escapaban a su control. Así, sentí con la misma intensidad la obra de autores tan dispares como Dickens, Dreiser y Hardy, además de la de Mike Gold, John Dos Passos o Agnes Smedley. No pude evitar reírme cuando, hace unos años, me topé con un pequeño ensayo de Delmore Schwartz en el que llama a capítulo a Edmund Wilson por su pasmosa falta de interés por la forma literaria. Para Schwartz la forma era consustancial al significado de una obra literaria; para Wilson lo que importaba no era cómo se escriben los libros, sino de qué hablan y en qué sentido afectan al conjunto de la cultura; era un hombre que tenía la costumbre de situar siempre los libros en su contexto político y social. Esta perspectiva le daba libertad para perseguir una línea de pensamiento que le permitía hablar de Proust y Dorothy Parker en una misma frase o comparar a Max Eastman con André Gide sin que el primero saliera mal parado. A Schwartz, en cambio, eso le dolía en el alma. A mí me procuraba una satisfacción inenarrable. ¿Y había algo más natural que empezar a escribir de la misma manera en que leía?

Una noche, a finales de la década de 1960, asistí a una sesión de denuncia a micrófono abierto en el Vanguard, un club de jazz bastante popular del Greenwich Village. La velada se anunciaba como de «Arte y Política», y en el escenario se dieron cita el dramaturgo LeRoi Jones (quien tiempo después pasaría a llamarse Amiri Baraka), el saxofonista Archie Shepp y el pintor Larry Rivers. Entre el público, todo liberal blanco de clase media de Manhattan que se preciase. Pronto quedó claro que el Arte nada tenía que hacer frente a la Política. Jones acaparó la atención del público en cuanto proclamó, al poco de tomar la palabra, que no era solo que el movimiento de los derechos civiles estuviera harto de lo que él llamaba «la injerencia blanca», sino que además pronto correría la sangre en el patio de butacas del Teatro de la Revolución e instaba a adivinar quiénes estarían sentados en él. El local se convirtió en un polvorín, todos gritaban y chillaban a la vez su versión del «¡Qué injusticia!», y había una voz que se oía por encima del resto y que decía: «Yo ya he saldado mis deudas, LeRoi. ¡Y tú lo sabes mejor que nadie!». Pero Jones, impertérrito y sin dejarse impresionar por las protestas airadas, siguió explicando que nosotros los «ofays» nos lo habíamos cargado todo, pero que cuando ellos, los negros, llegaran al mismo punto, harían las cosas de una forma muy distinta: destrozarían el mundo tal y como lo conocíamos y empezarían de cero. Recuerdo haber pensado: «En realidad él no quiere destruir el mundo tal cual es, lo que quiere es ocupar el lugar que le corresponde por derecho en él tal cual es, lo que pasa es que ahora mismo el rencor lo tiene tan cegado que no lo ve».

Yo me moría de ganas de gritarle eso mismo, al igual que los demás le gritaban lo más hiriente que se les ocurría, pero me daba auténtico pavor (cuesta imaginar cuánto imponía Baraka en público en esos días tan inspirados como dolorosos), de modo que me quedé callada, me fui a mi casa y, con una apremiante quemazón interior que no sabía a qué respondía, me pasé media noche describiendo en su integridad el acto desde la perspectiva de ese único discernimiento que había tenido y descubriendo, conforme escribía, el que estaba llamado a ser mi estilo natural. Al utilizarme a mí misma como narradora interna, me vino por instinto armar la historia como si escribiera ficción («La otra noche en el Vanguard…»), con la idea de situar a mis lectores tras mis ojos y conseguir que vivieran la noche como la había vivido yo, que la sintieran con la misma visceralidad que yo («¡Yo ya he saldado mis deudas, LeRoi! ¡Y tú lo sabes mejor que nadie!»), para luego salir de allí emocionados e instruidos por la conturbación, no del Arte y la Política, sino de la Vida y la Política. Aunque por entonces yo no era consciente, lo que empecé a practicar en aquel momento era periodismo personal.

A la mañana siguiente metí lo que había escrito en un sobre, bajé al buzón de la esquina y mandé el artículo a The Village Voice. A los pocos días me sonó el teléfono.

«¿Diga?», respondí, y contestó una voz de hombre: «Soy Dan Wolf, editor del Voice, ¿quién diablos eres tú?». Sin siquiera pensarlo, le respondí: «No sé, dímelo tú». Wolf rio y me invitó a enviarle cualquier cosa en la que estuviese trabajando. Un año después le mandé otro artículo. Y creo que pasó casi otro año antes de que le enviara un tercero. Al decirle que no sabía quién era, yo no mentía. Aunque a la primera de cambio era capaz de ponerme a hablar por los codos sobre cualquier cosa –y a menudo entre quienes me escuchaban alguien me decía «deberías escribirlo»–, cuando me ponía manos a la obra, sufría casi siempre un acceso paralizante de autocuestionamiento. Solo muy de vez en cuando aquella quemazón de necesidad me permitía concluir satisfactoriamente un texto. El caso es que allí estaba, tras la noche en el Vanguard, con una clara invitación a hacerle frente a esa dolorosa discapacidad y empezar a ser consciente de la ambición que había tenido siempre, la de vivir de la escritura.

¿Y qué hice? Casarme. Me casé y me fui de Nueva York, para mudarme a la América profunda, donde todo vínculo que pudiera tener con la escritura se vio drásticamente cercenado. No tardé sin embargo en divorciarme y regresar a Manhattan, pero no hice más que vagar de aquí para allá, de un trabajo ocasional a otro en el mundo de la edición y sus aledaños: la eterna adolescente talluda que se negaba a hacerse adulta.

Hasta que un día me planté en las oficinas del Voice–jamás sabré cómo reuní el valor– y le pedí trabajo a Dan Wolf. «Eres mujer, judía y una neurótica y solo escribes un artículo al año, ¿cómo pretendes que te dé trabajo?». Le dije que no, que eso se había acabado, que haría lo que él quisiera…, y resultó que hablaba en serio. Dos encargos más tarde, el puesto era mío.

Pero ¿en qué consistía exactamente ese trabajo?

El Voice era un periódico de opinión que se había fundado en 1955, en plena Guerra Fría, cuando por el mero hecho de manifestarte liberal se te consideraba un radical. La palabra clave era «manifestarse». El periódico tenía una marcada tendencia a revelar escándalos que hacía que sus colaboradores, todos y cada uno de ellos, parecieran estar poniéndole una pistola en la sien a la sociedad día sí, día también. Por un lado, aquella labor guardaba un gran parecido con el realismo social de mi infancia, de modo que no me costó encajar; por otro, mi predilección por el periodismo personal pronto empezó a complicar la atractiva simpleza del «ellos» frente al «nosotros» que dominaba los reportajes del Voice. Al utilizarme a mí misma como instrumento de iluminación cuando exploraba el tema de turno, me fui imponiendo una necesidad cada vez mayor de mirar del mismo modo hacia dentro que hacia fuera: de unir lo «personal» y lo «periodístico» en la misma proporción, de descubrir cómo encajaban realmente las partes, cómo se sentía de verdad la situación sobre el terreno. Me pareció estar trabajando mucho tiempo con un éxito solo relativo en resolver ese intríngulis. Pero entonces, en la década de los setenta del siglo pasado, los movimientos en pro de las libertades civiles tomaron fuerza, la política empezó a vivirse como una cuestión existencial, y para mí quedó resuelto el dilema de cómo practicar el periodismo personal.

A finales de 1970 un redactor del Voice me dijo: «Hay una concentración de las del movimiento de liberación de la mujer en Bleecker Street. ¿Por qué no te acercas a investigar?».

En cuestión de días conocí a Kate Millett, Susan Brownmiller, Shulamith Firestone y Ti-Grace Atkinson. Parecían hablar todas a la vez, pero aun así me empapé de hasta la última palabra. O más bien debió de ser que las escuché a todas diciendo lo mismo, porque volví de esa semana con un pensamiento grabado a fuego en la cabeza. Era el siguiente: la idea de que los hombres, por naturaleza, se toman en serio sus cerebros, mientras que las mujeres, por naturaleza, no, es una creencia, no una realidad; está al servicio de la cultura imperante y es crucial en cómo se moldean nuestras vidas. La incapacidad para verse a una misma fundamentalmente como trabajadora: ese era, lo entendí entonces, el dilema central en la existencia de toda mujer.

Ese discernimiento se me antojaba novedoso y profundo y, ante todo, absorbente. De repente vi las vidas no vividas de las mujeres no solo como un crimen de proporciones históricas, sino como un drama de la psique que cobraba vida con fuerza en cuanto se aplicaba la palabra «sexismo»…, y esa palabra pasó a gobernar mis días. Allá donde miraba veía sexismo: crudo y brutal, ordinario e íntimo, antiguo y omnipresente. Lo veía en la calle y en el cine, en el banco y en la frutería. Lo veía al leer los titulares, cuando cogía el metro, cuando me sujetaban la puerta para pasar. Y, lo más impactante de todo, lo veía en la literatura. Al volver a muchos de los libros con los que me había criado, vi por vez primera que la mayoría de los personajes femeninos que los habitaban no eran más que monigotes carentes de sustancia y alma, que solo estaban allí para impedir o propiciar las peripecias del protagonista, que hasta entonces no había caído en la cuenta de que era casi siempre un hombre. Pensé que llevaba toda mi vida lectora identificándome con personajes cuyo desarrollo vital distaba sustancialmente de cualquiera que yo pudiera llegar a tener.

¡Qué júbilo sentí cuando conseguí hacer el análisis! Me despertaba con él, me pasaba el día bailando en sus brazos y me dormía sonriendo con él. Era como si la revelación de por sí pudiera propulsarme a la tierra prometida no solo de la igualdad política, sino también de la libertad interior. Al fin y al cabo, ¿qué más necesitaba aparte de la negación de los derechos de las mujeres para explicar- me a mí misma? ¡En qué pequeña anarquista alegre me convertí entonces! ¡Qué placer me provocaba la emoción de dar de lado el sentir convencional! Con qué goce afirmaba: «¿Que no hay igualdad en el amor? ¡Puedo vivir sin él! ¿Hijos y maternidad? ¡No hacen falta! ¿Censura social? ¡Estupideces!». La vida me sonreía. Tenía discernimiento, y tenía compañía. Allá donde miraba, veía mujeres como yo viendo lo que yo, pensando lo que yo y diciendo lo que yo.

Aun así, estaba muy lejos de ser todo un camino de rosas. Nadie había contado, por ejemplo, con el nivel de rabia que el movimiento de las mujeres liberó en hombres y mujeres por igual: tan intenso que por momentos parecía poder prender fuego al mundo. A diario se rompían matrimonios, se acababan amistades, había familiares que se distanciaban… y personas de lo más decentes se decían y se hacían las unas a las otras las cosas más abominables. Una noche, en una cena que di en casa, un par de profesores de universidad –una mujer alta y delgada y un hombre bajo y gordo– estaban escuchando atentamente a un distinguido historiador cuyo ámbito de especialización la mujer conocía bien. Ella estaba sumando su voz con alguna pregunta o comentario ocasionales cuando su colega de profesión le pidió, con impaciencia, que dejara de «interrumpir». En cualquier otra época que se recuerde –eso lo vi claro ya entonces–, aquella mujer se habría callado después de recibir semejante reprimenda; y, sin embargo, al instante se le endurecieron los rasgos y soltó: «A mí un sujeto feo y enano como tú no me manda callar». Los comensales enmudecieron, y en cuestión de minutos dimos por finalizada la velada. Yo me quedé atónita: por un lado el exabrupto de la mujer me emocionó; por otro, la pérdida de la urbanidad entre los presentes me dejó un regusto a cenizas. Quién habría imaginado que llevábamos tanto tiempo con tanto odio y miedo enconados dentro de muchos de nosotros.

Al cabo de esa década, las feministas de los setenta comprendieron que, si bien el análisis político nos unía, la ideología por sí sola no iba a sacarnos de nuestros yoes traumatizados. Al parecer, entre el ardor de nuestra retórica y los dictados de la realidad de carne y hueso se extendía una tierra de nadie de convicción aún en pruebas. Muchas de nosotras nos convertimos entonces en la encarnación andante de la brecha entre la teoría y la práctica: la discrepancia entre lo que afirmábamos sentir y la complejidad desdichada de lo que realmente sentíamos se hacía cada vez más patente con el paso de los días.

Las contradicciones de mi propia personalidad venían a diario a martirizarme, patrones de conducta a los que nunca había prestado atención acaparaban de pronto mis pensamientos. Siempre me había considerado una de esas personas por lo general decentes que le confieren una gran importancia a lo que comúnmente damos en llamar el «buen talante». Pero entonces comprendí que ese no era para nada mi caso. En la conversación, era cortante y contenciosa; en las reuniones familiares, aburrida y displicente; en el trabajo, engreída hasta decir basta. Aunque me pasaba la vida suspirando por una conexión íntima (o eso creía yo), saboteaba sin embargo una relación tras otra, concentrándome casi en exclusiva en lo que pensaba que eran mis necesidades, y en absoluto en las de mis amistades o amantes. A qué limitación de la experiencia me habían condenado mis propias divisiones internas… ¡Qué atroz me pareció entonces!

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En nada de tiempo se abrió ante mí un universo de interioridad insospechado, equipado con teoría, leyes y lenguaje propios que formaban una cosmovisión que parecía contener más verdad –a saber, más realidad interior– que cualquier otra; pero, a la par, un drama de angustia interna empezó a desarrollarse. Ahora forcejeaba a diario conmigo misma, una parte de mí enfrentada a otra, la razón diciéndome de qué conductas liberarme, y la compulsión exigiendo que ignorara a la razón. Una y otra vez padecía la humillación de la autoderrota prolongada. Las bondades de las horas de análisis me hicieron ver –aunque tardé años en asimilarlas– que el discernimiento de por sí jamás llegaría a ser suficiente. El esfuerzo que exigía alcanzar siquiera una apariencia de ser integrado requería toda una vida de trabajo. Como dijo el gran Antón Chéjov en una cita memorable, si bien «otros [quizá] me hicieron esclavo», era yo quien debía «sacarme al esclavo que llevo dentro, gota a gota».

Una vez más, me vi leyendo de forma distinta. Saqué los libros –sobre todo novelas– que había leído y releído, y volví a leerlos. Esa vez me di cuenta de que, independientemente de la historia, del estilo o la época, el drama central de una obra literaria casi siempre radica en la naturaleza perniciosa de la división interna del ser humano: el miedo y la ignorancia que genera, la humillación que provoca, el misterio debilitante con el que nos envuelve cual sudario. También comprendí que lo que siempre hace que el trabajo de un buen libro nos conmueva –y esto es algo implícito en la escritura, en cierto modo atrapado en los nervios de la prosa– es una figuración atormentada (como si surgiera del inconsciente primigenio) de la existencia humana, con la escisión superada, las partes reunidas, el ansia por conectar funcionando a pleno y brillante rendimiento. La gran literatura, pensé entonces y sigo pensando, no es un registro de logro de la plenitud del ser, sino del obstinado esfuerzo que hacemos por conseguirla.

Todavía leo para sentir el poder de la Vida con mayúsculas. Todavía veo al o la protagonista presas de fuerzas que escapan a su control. Y cuando escribo, sigo teniendo la esperanza de situar a mis lectores tras mis ojos, de que vivan el asunto como yo lo he vivido, de que lo sientan con la misma visceralidad que yo. La que sigue es una recopilación de trabajos escritos en agradecimiento a la empresa literaria, tal y como la he abordado a través de la lectura y la relectura de libros que me hicieron vivir de nuevo todo lo dicho hasta ahora.

UNO

Tenía yo veinte años el día que un profesor de filología puso en mi poder Hijos y amantes. Por aquel entonces no me sonaba de nada el término «novela de iniciación», aunque no porque no hubiese leído más de una y más de dos; y D. H. Lawrence trataba el género tan descarnadamente y con tanto dramatismo que, incluso a esa tierna edad, me vi comulgando con el conflicto primitivo que late en el meollo del relato. Me leí el libro de un sorbo, regresé a la clase en trance y, desde ese día en adelante, Hijos y amantes se convirtió en texto sagrado. En los siguientes quince años leí tres veces la novela, y en cada ocasión me identifiqué con un personaje principal distinto: el protagonista, Paul Morel; su madre, Gertrude; sus amores de juventud, Miriam y Clara.

La primera vez fue con Miriam, la hija de un campesino con la que Paul pierde la virginidad. La comprendí en el acto. Se acuesta con él no porque quiera, sino por- que teme perderlo; durante sus relaciones íntimas es tal el pavor de ella que, en lugar de entregarse a la experien- cia, yace bajo Paul –abstraído en su propio delirio sexual– mientras piensa: «¿Sabrá que soy yo? ¿Sabrá que soy yo?». La necesidad fundamental de Miriam es saber- se deseada, y solo por quien es.

El dilema era desolador: yo sentía el calor, el miedo, la angustia que los devoraba a ambos, pero lo más peculiar era que lo sentía como si fuera yo la propia Miriam. Tenía veinte años: necesitaba lo mismo que ella. La siguiente vez que leí el libro fui Clara, la mujer de clase obrera apasionada en lo sexual, que quiere llevar una vida amorosa, pero que sigue siendo muy consciente de la humillación potencial que se oculta tras su necesidad de sentir que es a ella a quien desean y, también en su caso, solo por quien es. La tercera vez que leí el libro, mediaba la treintena –casada y recasada, divorciada y redivorciada, recién «liberada»– y me identifiqué con el propio Paul. Más absorta entonces en desear que en ser deseada, me complací rindiéndome totalmente al placer pasmoso de la propia experiencia sexual –sustanciosa, plena, transportadora–, ya por fin imaginándome, al igual que Paul hacia el final de la novela, como la protagonista de mi propia vida.

Cuando no hace mucho tuve de nuevo ocasión de releer Hijos y amantes, estando ya en mi madurez avanzada, por decirlo de alguna manera, lo que descubrí no fue tanto que había malinterpretado muchos detalles (cosa que había hecho), sino que el recuerdo que tenía del tema dominante –la pasión sexual como experiencia central de una vida– no se ajustaba a la realidad. De eso, comprendí entonces, no era de lo que realmente trataba el libro; y me pareció aún más genial y conmovedor haber llevado la novela en el corazón por un puñado de razones no exactamente infundadas, pero sí poco fundamentadas. Fue también una de las primeras veces que comprendí con claridad que había sido yo, como lectora, quien había tenido que viajar hacia el significado más sustancioso del libro.

Ambientada en los albores del siglo xx en un pueblo minero de las Midlands inglesas, la narración sigue la evolución de los Morel y sus cuatro hijos. Gertrude (una maestra de escuela de sensibilidad romántica) y Walter (un minero amante de la diversión) se conocen en un baile, y ella se ve rápidamente atraída por la apostura de él, su alegría de vivir, su talento para el baile, mientras que a Walter le atrae de ella la receptividad que muestra ante la sensualidad de él. Les nace una pasión recíproca y se casan. Él le promete una casa propia, un buen sueldo, fidelidad y cariño. Ella no tardará en descubrir que él no es capaz de cumplir en ninguno de esos aspectos: «Era un hombre sin tesón, se decía ella amargamente. La sensación del minuto presente lo era todo para él. No era capaz de atenerse a nada con un mínimo de constancia. Detrás de toda su fachada no había nada».* A él, por su parte, le desconcierta ver que ella no lleva bien la decepción: la vuelve amarga y severa. No tendrá que pasar mucho tiempo para que Walter, perplejo por la sensación constante de ser juzgado que vive en su propia casa, se dedique a escaparse al pub a la primera de cambio.

Pasan ocho años (y aquí comienza el libro), y la señora Morel tiene treinta y uno, está embarazada de su tercer hijo, vive en una pobreza inimaginable, tanto material como emocional, y siente repulsión por su marido, al que ahora ve (ella y también sus hijos) tan solo como un patán violento y borracho.

Dado que la sensibilidad romántica no ha abandonado a la señora Morel, es a sus hijos varones –la única hija apenas tiene presencia en la trama– a quienes recurre en busca de esa compañía necesaria para aliviar la hambruna emocional. Al principio parece ser a William, el mayor, a quien ella tiene la esperanza de convertir en su alma gemela, pero pronto resulta que es Paul, el segundo y nuestro protagonista, con quien está realmente destinada a fundirse. Siendo todavía un bebé en su regazo, «experimentaba un extraño sentimiento por el niño […] como si no estuviera bien o fuese deforme […]. El caso es que parecía disfrutar de una salud excelente. Sin embargo, la madre reparaba en el extraño ceño que se fruncía en la frente del bebé, en la curiosa intensidad de su mirada, como si estuviera tratando de comprender algo doloroso para él […] sentía como si llevara un peso en el corazón». La angustia que ella siente en su fuero interno se le ha contagiado al niño: con tres o cuatro años llora sin motivo aparente, se vuelve melancólico sin motivo aparente. Pero el lector lo comprende: la razón es que, desde que nació, Paul y su madre han sido uno.

Y ahora sabemos que aquí lo que está operando no es exactamente un «amor maternal»: estamos ante los pensamientos y los sentimientos de una mujer que ve su salvación espiritual ligada a la de ese niño, quien, presa de la adoración de su madre, declarará, ya de adolescente, que jamás la abandonará, aunque, conforme va llegando a los primeros compases de la edad adulta, descubre irremediablemente que la vida interior lo atrae hacia la clase de autodescubrimiento que exige que ella quede atrás.

Huelga decir que la metáfora que Lawrence utiliza para el dilema desgarrador de Paul es el amor erótico. Conforme esa necesidad crece en él –y las dos mujeres, Miriam y Clara, se convierten en los instrumentos de su despertar e iniciación–, se vuelca cada vez más en esa fuerza extraordinaria, hasta que se percata de que la pasión tiene la capacidad de remedar la liberación (esto sí lo recordaba yo bien), pero no de propiciarla (de eso sí que no tenía yo recuerdo alguno). La lucha en el seno de la novela no es entre Paul y su madre, sino entre Paul y la ilusión del amor sexual como liberación. Fue esto último lo que me había costado una eternidad entender.

En la época en la que yo me crie, en la década de los cincuenta, la cultura seguía siendo aún uña y carne con esas restricciones de la vida burguesa que mantenían la experiencia erótica a una distancia prudencial. Esa distancia alimentaba un sueño de trascendencia unido a una promesa de autodescubrimiento entremezclada a su vez con la fuerza de la pasión sexual. Lo que pasaba, sin embargo, era que por entonces no lo llamábamos pasión, sino amor; y el mundo entero creía en el amor. Mi madre, comunista y romántica, me decía: «Eres una chica lista, haz algo de provecho, pero recuerda siempre que el amor es lo más importante en la vida de una mujer». La madre de Grace Levine, que vivía en la acera de enfrente, una mujer que encendía velas de sabbat los viernes por la tarde y tenía miedo de todo lo que se movía, le susurraba a la hija: «No hagas lo que hice yo: cásate con un hombre al que quieras». La madre de Elaine Goldberg, vecina de la perpendicular, se enfundaba el abrigo de astracán y se encogía de hombros: «Es igual de fácil enamorarse de un rico que de un pobre». Pero había un deje de amargura en su voz precisamente porque ella también creía en el amor.

En la vida ideal –en la vida culta, la vida valiente, la vida ahí fuera, más allá en el mundo–, se consideraba que el amor no solo era algo a lo que aspirar, sino que se conseguiría sin falta; y una vez alcanzado, transformaría la existencia; crearía una prosa enjundiosa y profunda, con relieves, a partir de los informes inarticulados de la vida interior que nos intercambiábamos a diario. La promesa del amor nos daba por sí sola el coraje para soñar con salir de esos límites llenos de cautelas, para volver la vista hacia fuera, hacia la experiencia genuina. Es más, solamente si nos entregábamos a la pasión romántica –esto es, al amor– sin reparos y sin garantía contractual, viviríamos una experiencia verdadera.

Sabíamos todo esto porque nosotras también llevábamos toda la vida leyendo Anna Karenina, Madame Bovary o La edad de la inocencia, así como las diez mil versiones más populares de esos libros y las novelas de quiosco que los seguían de cerca. En la literatura los buenos y los grandes escritores, así como los divulgadores mediocres, habían sondeado las profundidades de la emoción, lo que hizo que los lectores sintieran, en presencia de pa- labras escritas para celebrar el poder del amor, la vida que los habitaba. Como todos los demás que leyeron Hijos y amantes a mediados del siglo xx –y «con todos los demás» me refiero al lector medio culto–, yo viví el libro como si fuera la personificación de esa convicción de que conocerse a uno mismo a través de los sentidos era llegar al meollo de la existencia humana.

En cambio, mientras lo leía ya en la vejez, maravillada por el relato turbulento que hace Lawrence de ese engaño cosmogónico, me pregunté cómo había podido pasar por alto que los personajes de Hijos y amantes también están profundamente amargados por las consecuencias de una vida planteada en torno a la pasión sexual –y casi desde el principio–. Ya embarazada de Paul, la señora Morel empieza a dejar vagar la mente. Apenas consigue entender cómo ha acabado como ha acabado, «y pensando en la vida que le quedaba por delante, se sentía como enterrada en vida». ¿Por qué «enterrada en vida»? Porque, atrapada como está en una soledad espiritual, está ahogándose en la disociación. «“¿Qué tengo yo que ver con esto?”, se decía. “¿Qué tengo yo que ver con todo esto? ¡Hasta con el niño que voy a tener! Es como si a mí no se me tuviera en cuenta”».

Yo no recordaba en absoluto este discurso. Pero ¿por qué habría debido recordarlo? Sonaba más a una mujer hablando en 1970, en pleno auge de la cultura psicoanalítica, que en 1910, cuando acababa de nacer la idea freudiana del ser. Yo había imaginado a la señora Morel como una mujer de gesto adusto cuya relación obsesiva con sus propios sueños de vida traicionados la había despojado de perspectiva; pero ahí está, consciente, en medio de una rutina infinita, de la más mortal de las privaciones: una vida interior que se echa a perder.

Luego está el propio señor Morel. Yo lo recordaba como un Calibán, pero no es más que un niño grande cuyo don (el único que tiene) para la sensualidad inocente se ve continuamente erosionado por la falta de justo lo que podría haber hecho de él una mejor persona: un compañerismo solidario. En su juventud, fue un gran bailarín con un amor por la música alojado en un corazón que solo quería ligereza; pero él también se queda predicando en el desierto, con la cabeza llena de caos, porque es una criatura sensible que no sabe hablarse a sí misma, no tiene las palabras con las que abordar esa desdichada existencia suya. («¿Dónde quedo yo en medio de todo esto?»). Es precisamente esa incapacidad para expresarse lo que hace que le cueste volver directamente a casa desde la mina, lo que hace que su mujer, quien, pese a todo, odia ya su sola visión, se vea doblemente atrapada por la miseria de la normalidad y la indignación: «Estaba sola, sentada. En el fogón hervía la cacerola y el plato estaba esperando en la mesa. En la sala reinaba una sensación de espera: todo aguardaba al hombre que, sucio aún del polvo de la mina, sin cenar, se había detenido a poco menos de una milla de su casa, al otro lado de las tinieblas, para emborracharse. […] él persistía en sus modales repugnantes, en sus groserías, solo por reafirmar su independencia. Ellos lo detestaban».

«Ellos lo detestaban» no puede repetirse más en el libro. En la tercera página la señora Morel odia a su marido; en la quinta, lo desprecia; en la octava, lo detesta. Y luego vuelta a empezar, y esas repeticiones seguirán a lo largo de casi toda la novela. Para ser un libro dedicado al «amor», da que pensar la cantidad de rabia implacable que se arroja página tras página…

Sí, lo detestaban, pero también eran él. Paul habría preferido arrancarse la piel a tiras antes que admitir que tenía algún rasgo en común con su padre, pero en realidad –y esto desde luego yo no lo recordaba– tenía un temperamento tan volátil y la piel tan fina como él. «Era de esos chicos que se tornan payasos o patosos en cuanto se ven incomprendidos o se sienten despreciados; y, en cambio, a la primera muestra de simpatía, se vuelven encantadores». En algún punto de su interior, el propio Paul debe de saber que todo sentimiento sensual en él –tierno u homicida, siempre dispuesto a salirle por los poros– proviene de su padre.

Y luego está William, William el banal, cuya vida desventurada es un pequeño presagio dramático de los desastres eróticos que están por llegar. El primogénito tiene alma de contable: absorto en su trabajo administrativo en Londres, que espera que le depare dinero y un ascenso en la escala social, no tiene problema en ir cada vez menos de visita a su casa, como les pasa a todos los hijos que se empeñan en labrarse una carrera en la gran ciudad. Pero una Navidad, todavía con veintipocos años, lleva a casa a Lily, la secretaria con la que se ha prometido. Ella es guapa y él está tan prendado por ella como constantemente irritado, según parece, porque es una chica vanidosa y necia y, además –ahora que la ve desde la perspectiva de su madre–, lo saca de sus casillas a más no poder. Desgarrado por el conflicto interno, William se pelea con Lily por cualquier minucia, se arrepiente acto seguido de su comportamiento y luego permite que se le vuelva a subir la sangre a la cabeza: «Después se arrepintió, y besó y consoló a la muchacha […] [pero] durante la velada, después de la cena, él se plantó sobre la alfombra de la chimenea mientras ella permanecía sentada en el sofá, y daba la impresión de que la detestaba».

La madre asiste conmocionada a lo que le ocurre a William: porque así lo ve ella, como algo que le ocurre a su hijo, igual que en una tragedia griega. «Ella atizó la lumbre. Sentía una congoja mayor que nunca». También ella se había dejado seducir por la atracción sexual para casarse, pero ese nivel de desesperación –cruda, abierta, incontrolada– por el poder que tiene de esclavizarte, eso no lo había visto antes nadie de su generación. Al instante lo reconoce como trascendental.

De la misma manera, poco después, lo hace el propio William. El apetito que siente por Lily se le antoja odioso: lo humilla y lo impulsa a actuar de un modo que a él mismo le repugna. Sabe que Lily solo tiene la culpa de ser quien es, pero aun así no consigue refrenarse para no hacerla responsable de su propia infelicidad. En un arrebato de desesperación, pierde el control y grita a su horripilada madre que si él muriera, Lily lo olvidaría en pocos meses, así de superficial es.

Pasión, pasión y más pasión: dura, mezquina, incontrolable; ni sensual ni romántica, solo pasión sofocante –¡cómo podía haber olvidado aquello!–, que se parece más a la guerra que al amor: la crudeza tras el anhelo de éxtasis sexual, la profundidad de la angustia que provoca, el miedo a la ruina, las consecuencias que no pueden deshacerse jamás. Es descarnada e inclemente la mirada que encontramos en el libro sobre la gran factura que podía pasar el apetito sexual hace cien años. Era inevitable que al volver a internarme en la lectura de Hijos y amantes me encontrara recordando todas esas novelas mediocres escritas en la misma época por H. G. Wells, novelas en las que ese mismo conflicto está a menudo en el centro de la narración: un muchacho de clase obrera que anhela medrar en el mundo, pero que al mismo tiempo se muere de deseo por una vida sexual y se convence a sí mismo para casarse con la primera chica aparentemente dispuesta a acostarse con él solo a cambio de que la despose. Siempre sin falta, el protagonista de estas novelas teme comprometerse en tal matrimonio, pero el temor pierde la partida ante la destructiva necesidad. Es una situación que Wells conoció en profundidad; cualquier lector entiende de qué está hablando, pero su escritura no alcanza a hacernos sentir la angustia inherente a esa situación. Es con Lawrence, cuyas escasas páginas sobre William y Lily calan, con quien esa misma situación cobra vida y vibra. William se parece más a un personaje de Wells que a su propio hermano, Paul, pero es por él por quien el autor nos hace estremecer, porque lo que ve en ese personaje lo ve en todas partes y en todo el mundo.

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