Víctor Cuchí Espada

LECTURAS | Cuento El melómano, de Víctor Cuchí Espada

La revista Anestesia ha publicado sus cuentos “Las tentaciones del cinismo”, “La travesura Art Deco de los noventa”, “La cuarentena” y “El melómano”. El sacrificio de Urías es su primera novela publicada por Ediciones Navarra.

Ciudad de México, 8 de septiembre (MaremotoM).- Víctor Cuchí Espada (San Juan de Puerto Rico, 1962) es un historiador y novelista mexicano. Se ha distinguido por su obra acerca de la Ciudad de México y la introducción del servicio telefónico durante el Porfiriato, la cual ha sido publicada por editoriales privadas y académicas, como el Instituto de Investigaciones José María Luis Mora, la ENAH, la USNH y la UNAM, entre otros.

Ha sido profesor universitario y autor de numerosos libros y materiales educativos publicados por editoriales, como Oxford University Press, Castillo Macmillan, Progreso, GAFRA, Santillana y Montenegro.

La revista Anestesia ha publicado sus cuentos “Las tentaciones del cinismo”, “La travesura Art Deco de los noventa”, “La cuarentena” y “El melómano”. El sacrificio de Urías es su primera novela publicada por Ediciones Navarra.

Cuento El melómano, de Víctor Cuchí Estrada

Con dedos temblorosos guardé el disco en su carátula y de inmediato pensé que en la historia de la música nórdica tan sólo ha habido cuatro genios: Edvard Grieg, Wilhelm Stenhammar, Carl Nielsen y Jean Sibelius. Me pregunto si Charles Ives pensó alguna vez que nos ofendía cuando opinó que la música de Sibelius era “afeminada”. Respeto a Ives; esta apreciación me duele y creo que hablaba por envidia, porque en vida él nunca disfrutó de la estimación de un público como lo hizo el maestro finlandés; por el contrario, fue su testigo o, más bien, su oyente. Estados Unidos tenía entonces pocos próceres musicales. Finlandia sólo uno. Uno. Gran fardo que un pueblo te elija como su vocero. Por otra parte, recuerdo que en su Historia de la música en Occidente, José Luis Alcázar descalificó la obra de Sibelius considerándola un derivado de la rusa. Me parece que esto es sólo parcialmente válido: como se aprecia en sus primeras sinfonías, Sibelius admiraba a Chaikovsky. Pero el juicio de Alcázar es demasiado lapidario y no creo que lo haya escuchado todo, como yo. Y dedicó duras e injustas palabras a Mahler, quien era la antítesis de Sibelius. Una vez, una tarde templada de 1907 en Helsinki, ambos pasearon por un bosque ―se dice o yo me lo imagino―; hablando quizá de sus intenciones, Mahler expresó que su música intentaba abarcar a todo el universo, que era como un cielo azul, mientras que la de Sibelius era como agua de manantial, calmada y fría; esto acaso sea cierto si escuchamos sus respectivas sextas sinfonías, una dramática, que protesta contra los golpes del destino, y la otra dórica, que acepta seca, incluso cordialmente, lo inevitable, y que en Mahler fue seguida por la reacción de tres sinfonías y en Sibelius fue el prólogo de décadas de silencio, como me comentó mi amigo Jens-Jonas Riksfeldt, a quien recordé, y en cuyo homenaje puse aquel disco apenas supe que había muerto.

Lo que siguió fue un largo momento de duda. Dudé de si era mi amigo. Hacía décadas que no lo veía, aunque sabía puntualmente de él, dada la enorme trascendencia de su colección, cuyo catalogo ojeaba de vez en cuando ambicionando algún día poseer algo semejante. Mi problema era que no sabría si quedarme con ella o venderla. Así que con la mirada perdida, salí a la calle; atravesé la Plaza de la República y ante el arco del Monumento a la Revolución advertí que estaba debajo de una obra inconclusa. Cuando iba a volver a la librería, salió una pareja agarrada de la mano. Y mi visión se nubló. Veinticinco años antes más o menos hubo frente a mí un letrero que me indicaba en qué dirección y a qué distancia se hallaba Singlelands, Nueva York. A partir de ahí doblé a mi derecha, como el mapa indicaba, por un sendero arbolado, verde y húmedo, vacío, al final del cual se levantaba una casa blanca con ventanas de donde dimanaba una dorada iluminación, que tal vez era la de siempre en las tardes. En vista de lo que sucedió después, me habría gustado llegar más temprano. Me identifiqué en la entrada y estacioné el coche rentado. Riksfeldt me esperaba, erguido, elevándose alto con porte muy recto, semblante duro pero sereno, de mirada, pude constatar pronto, cristalina; era plenamente nórdico; yo no. De ninguna manera hubiera podido desvanecerme en las paredes blancas y uniformes del interior decoradas por cuadros de paisajes escandinavos y retratos de grandes hombres, entre ellos destacadamente la fotografía del compositor de Finlandia por Yousuf Karsh, y ante la cual me detuve, antes de irme al ventanal a través del cual nos observaba un pavorreal que había terminado su ronda coincidiendo a la perfección con El cisne blanco, opus 54, interpretado por Serge Koussevitzky con la Sinfónica de Boston, grabación de RCA Victor, que Riksfeldt había puesto en un componente cuadrafónico, cuyo sonido era tan poderoso que debí volverme y me percate de que un muro entero era una inmensa bocina. Así que, envuelto por la música, nos sentamos en una sala donde en una mesa de centro, baja y austera, figuraba un libro grueso que pronto se convirtió en tema de la conversación, titulado Akseli Gallen-Kallela, más que una biografía de este gran sujeto, un catálogo de su obra pictórica y cultural que definió la forma como los finlandeses concebirían a sus héroes nacionales, y cuyo féretro fue cargado ni más ni menos que por el mariscal Mannerheim y por Jean Sibelius, quien dedicó la pieza de órgano Surusoitto, opus 111, a su memoria.

Jean Sibelius
Jean Sibelius. Foto: Cortesía

Salimos un momento; pudo haber sido porque el tema que me había traído para acá no podía contenerse adentro de la casa. Me atraía sobre todo el enigma y, mientras Riksfeldt me mostraba su propiedad, busqué señales de lo que este encuentro debía significar. Al no hallar respuesta en el espacio, lo hurgué en la historia, que escuché con atención. Había llegado a América hacía unos treinta años llevando consigo cajas y cajas de partituras, que pasaron la aduana sin más y viajaron en tren al Midwest, primero, y al East Coast después, y a rastras se volvió el misterio de la colección que lleva su nombre y que había admirado tanto, que pensé que iba a poder ver ese día y no fue así. Por ello le pregunté acerca de ella creyendo de que lograría descubrir que no existía o que me llevaría a las bóvedas a enseñármela; me hubiera conformado con el contenido de un cajón. Se diría que me obsesiona una literatura utilitaria que sólo los músicos pueden leer. Me consoló que pocos la habían visto y, desde luego, corrían numerosos rumores acerca de su contenido. Se suponía que, buscando pistas sobre la Décima de Mahler, Dereck Cooke había podido hurgar en ella, o que se conservaba completa la transcripción en piano de Boris Godunov de puño y letra de Músorgski, y del Réquiem en Re menor, K. 626, de Mozart, sin las horribles adiciones de Süssmayr. Nada de esto ha sido confirmado. Cribadas las fantasías, sin embargo, no podía sino pensar en las maravillas que, de alguna forma, habían salido de esa colección para figurar en las grandes bibliotecas y conservatorios del mundo, y que eventualmente podrían ser comercializadas en las casas de subasta. Y quise creer entonces, ya en la cena, que Riksfeldt se resistía a contarme más, pero, como buen mercader, esperaba a que le rogara. Para vender hay que seducir. Hubo un instante, mientras preparábamos los tacos de billar, en que no podía saberse quién seducía a quien.

El pavorreal ambulaba por entre los árboles cuando Riksfeldt se apartó de la mesa de billar para colocar otro disco, la suite de Lemminkäinen, opus 22, de Sibelius, en versión de Eugene Ormandy y la Orquesta de Filadelfia (publicada por Columbia Masterworks), que me cerró los ojos hasta que me los abrió el golpe seco de la primera bola contra la buchaca de la esquina derecha, sonora como el granizo que golpeaba las ventanas. La luz otrora plateada volvió a amarillear cubriéndonos como una campana, mientras Riksfeldt me contaba, entre la bola 3 y la 4, otra historia increíble. Toda búsqueda es una cacería o un accidente; ambos, cacería y accidente jaspeaban en las palabras de anfitrión, sólo que nunca me quedó claro si él fue a Berlín, exprofeso o no, a las oficinas de la casa Breitkopft und Härtel. Entendí que había evadido la guerra y buscaba partituras; se le había metido en la cabeza que, cada día que pasaba, la capital alemana era vulnerable, primero a las bombas y luego a los saqueadores; no le fue difícil comprobar que todo estaba en venta. Ahí le ofrecieron libros viejos y cuadernos de ejercicio, así como numerosas ediciones de Grandes Maestros, asegurándosele que podría llevarse una copia autografiada de Pacific 231 de Honegger. Era demasiada cooperación, así que Riksfeldt, o aquel sujeto innombrado, lo descreyó, pues muchas copias disfrazadas de originales solían despertar la curiosidad de muchos, acaso como combustible. En fin, todo acabó en baúles. Eso sí, tras pergeñar el material no lanzó una sola hoja al océano.

Así pues, ese cargamento no terminó en un depósito ni en alguna de las librerías de viejo de Salt Lake City sino que fortuitamente cayó en manos de otro inmigrante (¿Riksfeldt?) que no sabía qué tenía en su poder. Sibelius aún vivía, de lo contrario la compra se habría complicado mucho; se habría dispersado la colección y tal vez el precio hubiera sido demasiado alto. Para entonces el silencio de Sibelius entraba en su tercera década y no faltaban quienes esperaban que el compositor lo terminara estruendosamente. Nadie entendió entonces que los numerosos homenajes lo perpetuaban hasta que sólo quedaba un músico al que le temblaban las manos y una creciente influencia que se escuchaba hasta en el primer movimiento de la Séptima Sinfonía de Shostakovich ―vestido de bombero―, cuya marcha repetida los sitiadores fineses ―entre ellos quien me narraba esta historia, soldado en un escuadrón de bicicletas― podían escuchar en los altavoces. Las cartas de Sibelius a Koussevitzky avivaron la esperanza de una fantasmal Octava Sinfonía. Así que el silencio lo rompí yo cuando la bola blanca arremetió contra el triángulo, lo que atrajo la atención de Jens-Jonas, quien abrazando su taco calculaba su propia composición billarística, asombrado aún por su buena fortuna, la de una vez abrir unas cajas y cartapacios repletos de documentos manchados que, a medida que los examinaba, se imaginaba ante la posibilidad de hacerse de un gran patrimonio. Y ante esto debió conseguir que un musicólogo ratificara su hallazgo, en su mayoría notas que merecían estar en un museo, desde donde se entreveían otras notas de un concierto para flauta inconcluso de Hindemith, estudios con anotaciones de Bruckner, y lo que sin duda era la primera versión de la música incidental de La tempestad, opus 109, de Sibelius, sin fecha, aunque de seguro de los tempranos años veinte.

Fue tal la impresión de esta noticia que escraché. Riksfeldt no recordaba todos los componentes de la colección (¿jugaba conmigo?), lo que benefició este misterio, que navegaba sobre las notas del Andante festivo ―interpretada por la Sinfónica de Gotemburgo dirigida por Järvi―, la pieza que se interpretó en el sepelio de Sibelius, y que se erigía en mofa ante la cual yo debía mantener el rostro adusto. Tal vez así podría extraer la promesa de que la colección sería revelada. De pronto, Riksfeldt asemejaba una aparición de Väinämöinen, de cuyo sortilegio dependía reaparecer el tesoro.

Fue entonces que Montse llegó a encargarse de la fonoteca y de la cafetería por los muchos años en que mi librería vio pasar a numerosos clientes, quienes invariablemente, en especial cuando la lluvia regaba la plaza, se distribuían por los libreros en busca de alguna obra vetusta e inaccesible que había que limpiar con gasolina blanca antes de despacharla a unos años más de vida; o también se metían en las cabinas que se desplegaban a ambos lados de mi amplia sala, como capillas, a escuchar con audífonos los discos en una intimidad que los hacía parecer ciegos. En el centro tenía un piano Steinway, solo, pues raramente venía alguien a tocarlo. Montse se puso una vez ante el teclado y desde ese día le solicitaba que interpretara alguna pieza. Nunca era fácil que aceptara, pero ello me animó a organizar veladas con un cuarteto de cuerdas o un conjunto de cámara. La mayoría de los días, sin embargo, la gente reposaba en las butacas esperando a que se desocuparan las cabinas, leyendo las partituras y las caratulas, que solían proporcionar excelso material de lectura en aquellos tiempos, mientras a menudo se escuchaba el ruido de la avenida que, cuando era exagerado, obligaba a la clientela a refugiarse en los libreros donde sorprendía a algunos en tertulia o improvisando la lectura colectiva, o simplemente tocando los viejos libros, raros y ahora más raros, desde que el negocio pasó a ser definitivamente una librería de viejo.

La música se escucha mejor en silencio. Desconcierta la naturaleza de la música y el silencio. A la música la enmarca el silencio cual una gran masa blanca. Uno de mis gatos, el café, suele yacer sobre el piano y otro, más andador y silente, es negro y blanco, como las teclas de un piano, y juntos pueden interrumpir los pensamientos. Silencio como el de un gato que se asoma. El mío era aquel que, desde hace muchos años, se había apoderado de mis oídos: ¿por qué Sibelius se sumió en el silencio? Un silencio que sólo interrumpían el vodka y la fama. Componía una sinfonía. Jamás le hube perdonado que jamás la terminara; Schubert se permitió abandonar una sin que muriera sobre el escritorio, simplemente la pieza lo disgustó y la dejó encerrada en un cajón, y luego nosotros hicimos con ella lo que quisimos; ¿a eso temía Sibelius al extremo de engañar a sus patrocinadores americanos? A Montse le he contado esta historia incontables veces: he soñado que esa partitura estaría oculta y Sibelius demostraría que todavía estaba vigente como compositor, que no había quedado en el pasado ni encerrado en ningún discurso patriótico sino que en verdad se mantenía vivo, en una postrera sorpresa en cuatro movimientos y no en uno como en la Séptima, tal vez con coro, como le había insinuado a Koussevitzky. Sería un retrato de una naturaleza turbulenta, amenazada, acaso efímera, donde los violines le darían inicio, y las maderas textura; la orquesta entera luego avizoraría una tormenta y el primer movimiento cerraría con el susurro de un solo de flauta; el segundo movimiento sería en contraste plácido, no exento de disonancias ―distantes de las de Schönberg―, dibujando un bosque devastado por un deshielo, evocado por un pasaje de las trompetas que devienen en fanfarria y que sería reiterado en el tercer movimiento, un scherzo, claro, que rememoraría el de la Sexta Sinfonía ―en la versión de sir John Barbirolli y la Orquesta Hallé de Manchester―, y que continuaría en su extenso finale en el cual un solo de trombón anunciaría el apartamiento de las nubes, melodía que los cuernos retomarían cual el vuelo de una parvada de cisnes, y la orquesta toda expresaría el renacer del mundo.

Así la imagino, pero la Octava Sinfonía fue pasto de las llamas. En 1943. Cuando le dije a Montse que Aino, esposa de Sibelius, había estado con él viendo la destrucción de la obra, me abrazó muy conmovida. En fin, su existencia quedó para las cartas y una promesa incumplida del hombre que más amó a su patria a la que no pudo darle su último canto, diciendo a quien lo oyera (a la manera de Richard Strauss) que ya estaba satisfecho con la vida.

Ciertos acontecimientos suceden como si flotaran hasta que un día se posan ante nosotros para cobrar sentido. Montse siempre ha sido la penúltima en salir y siempre, antes de cerrar la puerta, echaba un vistazo al interior de la librería; yo luego iba a mi casa caminando con una lentitud cada vez mayor. Al día siguiente me esforzaba en llegar primero. Y así transcurrió el tiempo en que esperaba a que la colección Riksfeldt dejara de estar guardada. Consulté los periódicos, los catálogos, y agucé mi oído a cualquier especie, noticia, rumor o chisme. No pude sino concluir que no existían esos papeles, y el coleccionista le había jugado la misma broma a innumerables incautos. Sibelius había construido su obra con base en leyendas y Riksfeldt había hecho lo mismo. Imaginé que incluso había invitado a los pretendientes a una partida de billar, tras prometerse que revelaría su secreto solamente si le vencían. Recordé que de tres juegos, había perdido dos. No podía ser para menos: yo no era su amigo. Y eso facilitó que reconociera que en verdad anhelaba poseer su colección, no para hacer fortuna sino para… Esto era lo que durante años me rehuía, simplemente no adivinaba o comprendía para qué. Sin embargo, las señales de que hay que actuar o se esperan o se buscan. Mientras tanto, el gato gris relevaba al blanco sobre el piano, Montse endulzaba el café moka, y yo no dejaba de enfermarme. Cuando volvía, todo seguía igual, salvo que los discos compactos ahorraban espacio y los acetatos se iban a la calle. Me percataba que poco a poco la gente abandonaba la sala de música; en su lugar, los libros antiguos atraían lectores y coleccionistas. Cada cierto tiempo venía un músico o un melómano preguntando por alguna partitura perdida y Montse y yo lo conducíamos a lo que llamábamos “la bóveda”. En torno a una gran mesa redonda, el erudito parecía que espiaba bajo la luz de una lámpara, mientras le mostrábamos los legajos, que podía leer, ojear e incluso interpretar en otro piano, y, de vez en cuando, algún documento salía por la puerta como un niño adoptado. A veces descubríamos maravillas otrora ocultas, como aquel Impromptu de Guadalupe Olmedo que atención causó en la prensa especializada.

Así, apenas se celebraron las exequias de Riksfeldt entreví que la subasta de la colección era inminente en beneficio de sus numerosos acreedores. Era de esas cosas que profundizan la infelicidad humana. Me obligaba a elaborar una extensa lista de soluciones, la más atractiva de las cuales, por insistente, era la de vender la librería para comprar aunque fuera parte del acervo, a lo que Montse primero no me creyó; al notar que hablaba en serio, me intentó disuadir. En su lugar, urdí el plan de hipotecar mi propiedad y todo lo que allí había. Temía que, en cualquier momento, la colección fuera a ser robada y desapareciera, así que el tiempo apremiaba, y es que mi recuerdo de la velada con el difunto se transformaba repentinamente, al incluir palabras que Riksfeldt jamás había dicho, e incluso imaginé que él albergaba la secreta intención de legarme su acervo y acaso me lo hubiera vendido allí mismo de yo no haber sido tan tímido. Confieso que en este sentido le escribí cartas que nunca le envié por temor de revelar mi juego. Debía cuidar mi lugar en alguna futura puja. Nada hice, pues. Y la librería me servía para someter a mi atención las crecientes señales de que era inminente que aquella colección ocuparía un lugar en mis estantes. Siempre que la colección no fuera incinerada por un empleado envidioso… Empecé a pensar obsesivamente que el albacea de Riksfeldt podría vender su patrimonio en partes y que, de este modo, la obra de Sibelius se dispersaría de nuevo, para que, acaso en el futuro, otros, y no yo, vieran las señales…

Las cosas fueron cambiando a un ritmo más veloz que al inicio no comprendí. Desistí finalmente de vender la librería. Aunque sólo la oscuridad de los estantes dejaran ver el polvo. Los gatos seguían ahí. Advertí que a medida que envejecía, Montse era cada vez más leal. Los clientes se volvían fantasmas. Yo me refugié en mi oficina donde, un día, encontré un sobre amarillo con lo que creí eran documentos para el fisco, que abrí casi al compás de una melodía de violín (la interpretaba Heifetz, si mal no recuerdo), y extraje recortes de un periódico estadounidense y una carta metida en un sobre sellado. Luego de leerla, salí a la plaza donde, sudando frío, me arrepentí de tantos años de inacción y de oportunidades perdidas y desechadas, por lo cual resolví tomar el primer vuelo a Nueva York. Cerré el trato en la sinagoga Ohab Zedek en la Calle 116. La propuesta era muy atractiva: debía vender parte de la colección, como Riksfeldt había decidido muchos años atrás, con toda claridad, sin explicación, en secreto, para asombro y alivio de algunos cercanos. Así pues, en cosa de semanas varios objetos de la colección yacían sobre la mesa de la bóveda, donde bajo la mirada de mis gatos, esperaron a que cayera la noche.

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En cuestión de pocas horas la luz de la lámpara se volvió amarilla, igual que las páginas, ya raídas, de aquellas partituras. Todavía conservo el inventario que tesoneramente elaboré, aunque he olvidado dónde lo puse. Fue un contratiempo la intensidad de la luz, pues la noche fue larga bajo la mirada del gato negro, mientras la mía volaba primero por el polvo que el viaje había esparcido por las portadas. Un libro de bordes gastados, casi blancos, que, al abrirlo, me mostró un catálogo de herbolaria con ilustraciones de acuarela, que aún conservaban sus colores, pese a unos pocos surcos de polilla. Debajo esperaban varios cuadernos; gradualmente me enojaba lo que faltaba, y, de repente, me hallé ante las notas de unas canciones de Kurt Weill, tranquilas como cuervos en una alambrada, descartadas quizá de la versión definitiva de La ópera de tres peniques, un hallazgo muy menor pero que me animaba a pensar en que el cargamento era más rico de lo que aparentaba. Ahuyenté al gato gris. Algunas partituras me eran conocidas, otras no, en su mayoría eran insignificantes; de todos modos, podría obtener un buen precio por todas ellas. Capa tras capa, fui cribando como en una excavación, dispersando el polvo con cada hoja desgastada que alimentaba mi curiosidad de lo que parecían cuadernos de Czerny, algunos enteramente desconocidos para mí, hasta que en el fondo yacía una densa resma atada con cordones, encuadernada en verde, sin título, que extraje con dificultad, manchándome los dedos, porque estaba ajustada a la caja, sospechando (o anticipando o anhelando) que adentro había una leyenda, pero que me enloqueció cuando descubrí temas de Pelléas et Mélisande, opus 46, de Sibelius, solamente porque el título apareció en una primera página, fechado en 1905, y me salté varias páginas por la impaciencia y el miedo de que fuese lo único de Sibelius, o algo con tan sólo valor de pieza de museo, ya que, al fin y al cabo, ¿a quién pertenece el recuerdo cuando deja la mente? ¿No debe permanecer en la caja? Y, abrumada, mi mente me exigía que la devolviese pero mis manos obedecieron a un duende que me prometía que algo había que ver, ahora, que no hacerlo me castigaría con una desilusión que implacablemente me iba a destruir. Así que leí con la vista cansada, de súbito, en una hoja a mitad del volumen, la palabra Scherzo, y el número 3; leí las notas inconfundibles de Sibelius. Al inicio someramente, y después con magnética intensidad, se fue desplegando ante mí la melodía de Humoresque de la primera suite de La tempestad, con una orquestación desconocida y que a las diez barras se amalgamaba con la de la Canción de Calibán, que a su vez conducía a un trío basado en la Danza de las ninfas de la segunda suite… A partir de la cual vacilé si avanzar o retroceder… ¿Era una versión preliminar de la suite número 1? Para contestar la pregunta regresé y vi indicios que me llevaron a concluir que estaba ante a una versión muy primigenia del opus 46; al estudiar la partitura con mayor atención, noté una interrupción. La suite de Pelléas et Mélisande estaba completa; terminaba en una página en blanco y, entonces, aparecía una partitura empezada, como si le hubieran arrancado al menos dos páginas… Faltaba algo, sí. De improviso identifiqué la música de Surusoitto, arreglada para la sección de cuerdas, que me remitió a una sospecha, que me cortaba la respiración a medida que descifraba las siguientes barras de sonidos intermitentes, en verdad mal leídos, hasta que me topé con otro subtítulo que decía 2 Teoksen: Adagio cantábile, que me llevó a preguntarme cómo Surusoitto se combinaba con todo, una melodía fúnebre que no pertenecía a La tempestad. Ahí estaba, sin embargo. Conforme avanzaba, obvio era que no estaba ante una suite. ¿Un poema sinfónico tardío? El verdaderamente último después de Tapiola, opus 112… No. Me pareció absurdo. Por una sencilla razón: el manuscrito era demasiado largo. Y me di cuenta, accidentalmente, de que esta suite, acaso la tercera, de La tempestad carecía de obertura. Durante los años de su silencio, Sibelius había editado y reescrito muchas obras, algunas como la Quinta Sinfonía mejoraron sustancialmente con la segunda versión… Un breve redoble de timbal terció este seguro camino, pues estaba precisamente debajo del subtítulo escrito en letra manuscrita, en tinta negra, que había tachado parte de éste, que tal vez indicaba otro tempo: adagio-allegro energico-pesante-largamente molto, que era un episodio culminante que, a medida que lo leía, me fascinaba porque identificaba pasajes de la segunda suite de la opus 109, con una orquestación inusitada, y material melódico que jamás había conocido, hasta que me ardieron los ojos, y, de improviso, fortuita y lógicamente, me hallé frente a la información que contestaba todas las dudas anudadas en mi mente: dos hojas intercaladas entre el pasaje pesante y el último; las páginas iniciales que faltaban y que completaban todo, la primera de ellas, casi en blanco, sin otro texto que Sinfonia 8.

Me temblaban horriblemente las manos, mi gato blanco se lamía el rabo. Guardé la partitura en un cofre. Me aparté de ella. Suponía que era una copia elaborada tal vez por Santeri Levas, secretario del compositor, o su editor Paul Voigt, a sus espaldas, y no el original que supuestamente había sido quemado en la misma fogata, donde, se dice, ardió también parte de la Suite Karelia, y de donde Sibelius emergió feliz. Así que busqué una firma; no la hallé; tan sólo la muestra contundente de que, más tarde, después de todo, Sibelius había intentado cumplir su promesa, al menos durante los años treinta. Me resistía, en verdad, a fascinarme. No salí de la librería sin haber tomado una decisión final. Lo que por décadas estuvo oculto en alguna alacena, ahora me inquiría: ¿Qué harás conmigo? ¿Soy una broma de Riksfeldt? Y la más violenta: ¿soy una maravilla o soy una mercancía? De ninguna manera la iba a vender. No fue difícil, por suerte, colocar los primeros textos en el mercado; así lo decidí porque me beneficiaba. Aquellas preguntas, no obstante, me asaltaban a tal grado que me urgía todos los días, antes de cerrar la librería, abrir el cofre para contemplar el manuscrito de la Octava, ya con miedo, ya con curiosidad, ya con ansia. Al cabo de un día admirable, en mi euforia esperé a que estuviera solo para ceder a la tentación ―¿o fue a un llamado?― de tomar esa partitura de autoría cierta y propiedad dudosa y extenderla ante el piano. Mi digitación es terrible, dolorosa. Aun así, mi humilde lectura e interpretación estremecieron las paredes. Mis gatos se levantaron. Se cerraron mis ojos. Cerré el instrumento. La partitura volvió al cofre. Soy un vendedor, por lo cual no podía dejar de pensar en su valor de mercado, incluso en su estimación. Sólo podía ser una copia, me persuadí, aunque existía la posibilidad de que fuese una falsificación. Una creación secundaria, a fin de cuentas, de alguien que anhelaba que Sibelius presentara un homenaje al público americano, o salvar la música de los devaneos o tal vez la rabia destructora de su creador, o engañarme. Cuanto había deseado descubrir la Octava, y esto me aterraba, pues lo que seguía era resguardar el manuscrito o presentarlo al mundo y compartirlo a pesar de Sibelius. Me aterraba aún más verme expuesto como un traficante de curiosidades que sólo buscaba embarrar sus bolsillos con la fama ajena, e incluso torcer el pasado. Y ante estas dudas concluía que lo único obvio era que me hallaba ante lo imposible, cual una señal, compartiendo el mismo compás que rompía un largo silencio, porque qué es la música sino un accidente, una calamidad que interrumpe los silencios y ruidos de la naturaleza. No hay hecho histórico más contundente que una obra de arte.

Y así fue como me convencí de que la Octava ya debía escucharse. Tracé al efecto un proyecto que ejecuté con devoción y diría que con fanatismo, el mismo de los héroes que solamente miran hacia adelante. Mi pasado se volvió a su vez mi horizonte. Y ¿qué podía hacer ante un tesoro que refulgía cada vez más a medida que vendía los demás objetos a clientes selectos, a conocedores, y mejores postores? Todo por una razón. Gradualmente, me hacía del capital necesario, si bien con dificultad, pues las cuentas apenas salían. Así que sin decirle a Montse recurrí a hipotecar la librería y otros bienes. La explicación perfecta era que me enfrentaba a la repetición de La pasión según san Mateo. Mientras tanto, guardé el cofre en uno de los estantes del fondo de la bóveda, junto a viejas biografías.

Y acepto que me debatía entre consensar un secreto y anunciar una epifanía. No dejaba mi mente de cavilar si esta sinfonía no era sino un objeto extraviado. Tampoco podía discernir cómo había llegado a manos de Riksfeldt. El ejercicio del copista bien puede ser el más cercano a la eternidad, sobre todo porque carece tanto de la pretensión como de la casualidad que pueden caracterizar a muchos originales. Podía imaginar, pese a esto, el rostro aliviado o quizá maravillado de la persona que recibió el manuscrito; ¿fue el resultado de la suerte o del destino? ¿Vio él o ella las señales? La conservación de la copia, la preservación de una sinfonía prematura, el copista laborando en las noches, furtivamente, gracias a quien la obra no fue destruida, como quien esconde a un hijo bastardo.

Pensé que una transcripción al piano sería la mejor forma de rescatar la Sinfonía. Pronto advertí que ella no se escucharía en todo su esplendor sonoro. No se podía reducir a un solo sonido por más versátil que fuera el instrumento. Desaparecerían sus matices y misterios. Debía develarse completa o jamás. Pensé entonces en despedir a Montse a fin de agenciarme recursos adicionales. Me disuadió enterarme que ella conocía a quien podía convocar a una orquesta. En muchas ocasiones, la había oído llorar, pero era inevitable que aceptara el proyecto. El hombre que me presentó me impuso un precio elevado como su talla, pero destruí su resistencia apenas le mostré la partitura; ni siquiera insistió en su verificación. Como yo, el Maestro reconoció la trascendencia de la Octava. De todas maneras, me cobró semanalmente los ensayos con puntualidad y, diría yo, con plena anticipación de la catástrofe. Por ello estuve a punto de deshacerme de él repetidamente. Y entablamos al fin una relación de dependencia mutua. Le dejé seguir, porque así casi todas las noches podía yo asomarme a mi pequeño auditorio ―hecho con lo que había sido una vez el centro de la librería―, y escuchar algún pasaje que los músicos enfrentaban a ratos con titubeos y ocasional desconcierto, y que había que explicar por la imaginación del compositor. Esto debió ser suficiente para anticipar el éxito de la empresa. De repente, comencé a temer que el Maestro fuera a modificar la obra arguyendo la inmadurez del proyecto del autor (por algo la había guardado por tantos años); ¿acaso no lo había hecho Karajan al final de su vida? Montse me convenció de no despedirlo, con argumentos acaso falaces y convincentes por igual: no había otro director ni fondos; despedir al Maestro habría revelado la sorpresa.

Entonces me asaltó la más horrenda de las dudas. Comoquiera, tenía la Octava Sinfonía en mi poder. Nadie podría increparme por ello. Sería objeto de admiración… La gran obra desconocida, rescatada por mí. Miles de copias cubrirían el mundo. Y… ¿sería en verdad yo el testigo de un paso en falso, uno que Sibelius prefirió mejor convertir en Surusoitto, Tapiola y La tempestad? Era probable, y, por lo mismo, mi sinfonía podía ser un fiasco que debía volver a la oscuridad. El anuncio del Maestro de que todo estaba listo me llenó de una inquietante impaciencia. Resolví presentar el concierto y a continuación cerrar la librería para siempre. Por lo cual era justo alistar bien la despedida. Esa noche el auditorio se llenó con clientes y amigos, sentados ante cien atriles con cien copias de la Octava Sinfonía de Jean Sibelius. Los músicos afinaron sus instrumentos, Montse ocupó su lugar hasta atrás, acaso para que no viese sus anteojos empañados, y adelante, conspicuo, el crítico musical Juan Coraghesian Moone, desde temprano, para comentar el acontecimiento para 96.1 FM. El bullicio poco a poco se calmó. Cuando el Maestro se dirigió al podio, aplaudimos.

Amaneció un nuevo día.

El Maestro agitó los dedos como si con las puntas quisiera tomar las notas que reverberaban al nacer del silencio y posarlas en el espacio de polvo de estrellas donde los violines trazaban un camino en Re menor merced al cual se separaban las aguas obedeciendo al comando de aquella mano que se agitaba, y los violoncelos primero y luego el resto de la orquesta anunció, con dramatismo wagneriano, la contundencia y la duda, el lamento, la esperanza, el miedo y el despertar final, que daban pie a una melodía en las maderas, similar a la de Tapiola, en la que el corno inglés hacía de heraldo que llevaba a un navegante en el viaje hacia la isla de los muertos, oculta tras una cubierta de niebla gélida, densa y pertinaz, que mientras yo desenredaba mis dedos, se despejaba con una fanfarria de trompetas y trombones, acentuado por tambores y timbales, que el filo de las maderas, sobre todo las flautas, cortaba para introducir una marcha en Re mayor, no exenta de lirismo, en la cual el compositor rememoraba En saga, opus 9, aquella obra prematura en la cual trazó su Vida del héroe, y pensé que estaba ante un compendio de melodías pasadas, pero me abrió los ojos la imagen de una manada de renos a la vera de un lago helado sobre el cual sobrevolaba una parvada de cisnes, que era ahuyentada por una tormenta llevada por bajos atronadores y se impuso una oscuridad violácea, la cual un pícolo solitario penetraba insinuando un tema que retornaba desde el inicio, proveniente de una región agreste y lejana, pianissimo, al grado de que los intérpretes de la sección de viento abrían bien los ojos, tratando de acallarse, y entonces era como si el escenario fuese cubierto por una llovizna que cubría mis ojos, por lo que no pude ver a las aves remontar el vuelo impulsados por una recapitulación de la marcha convertida en himno, que les acompañaba al cielo, y me perdí por un momento, de modo que no advertí cuando la oscuridad volvió a caer cual un destino ineludible, en una inusual coda dislocada, cual un portazo, lo que me dio a entender que todo había sido un deseo fantasioso y decepcionante, y el segundo movimiento era, lógicamente, un retrato de la tristeza, anunciada extrañamente por la melodía tomada del opus 109, El árbol de roble, con un arreglo plomizo, ante un sueño roto, pues si el primer movimiento había sido como el cruce de un estrecho adonde la entrada era resguardada por un par de colosos nórdicos, el denso tema que cubría mis oídos, guiado por el dedo del Maestro en sus labios, devino de los violoncelos y contrabajos hacia un sonido similar al que se forma en la garganta, tejido por un pizzicato largo, y que asemejaba una brisa que perdía fuerza como cuando una ventana se cierra, y una hoja dejara de revolotear, para yacer sobre un piso de piedra, esperando quizás otra bocada de aire, primero con paciencia, luego con ansiedad, para volver a elevarse, animado por un clarinete, hasta que se convierte en polvo ―reflejando el paso del tiempo por el rostro de Sibelius en blanco y negro―, arrullada por un escarceo formado por la amalgama musical de Luonnotar, opus 70, y La muerte de Mélisande, que recalcaba su carácter lastimoso cuando era evidente que la hoja jamás podría levantarse, quedando plácidamente tiesa, despedida por una dulce melodía en los cornos y los oboes, la cual se disipó para dar paso al scherzo, que se apartaba de todo lo acontecido antes, con un temperamento juguetón que en el trio se volvió una triste danza, el tema de Miranda del opus 109, que se mantenía viva cual una fogata gracias a la brisa del bosque, hasta que la música volvió sobre sus pasos, y no pude por menos que mirar a mi alrededor en busca de una inquietud similar a la mía, para conducirnos, desde el instante en que el Maestro alzó su mano extendida, y los arcos de las cuerdas se elevaron, a un alud de música tan fuerte que mi cabeza retrocedió, que señalaba el pináculo y arengaba la forma como sería conquistado, antes del asalto en Do mayor que arremetía con la fortaleza de la melodía de la Intrada del opus 109 que se disolvió deliciosamente en otra parecida a la de la obertura de Kullervo, opus 7, contra un inmenso tempano de hielo, donde acaso moraba el silencio que había atrapado al compositor, siendo su respuesta a las cartas que le apremiaban que concluyera esta pieza, y con esto toda su obra, pero que no podía terminar si no era con una intensidad extraña, iracunda, que temí que sería tan arbitraria como un golpe seco, que, de pronto, cedió a una delicadeza increíble plasmada en una remembranza de Cabalgata nocturna y amanecer, opus 55, en que las maderas describen como nunca el inicio de los ciclos de la vida.

El público prorrumpió en aplausos, y yo también, fui incluso el primero en ponerse de pie. Mis ojos estaban húmedos, pues me era claro que, después de esta noche, mi vida marcharía por el rumbo de la decadencia y la nostalgia. Montse me abrazó aliviada, y luego fui arrancado de sus brazos tumultuosamente, pues me llamaban desde el escenario para recibir la ovación del Maestro y la orquesta. Envidié sentir en mis dedos un trozo de inmortalidad, que de improviso se desmigajaba triturado por los aplausos. Y deseaba marcharme: era claro que el público había aceptado la pieza sólo porque habían podido reconocer las melodías que esperaban y no porque hubiesen recibido algo nuevo e inesperado. La crisis de la música clásica seguía viva y Sibelius no volvía a centellear, pues la Octava era hermosa, pero, en el fondo, yo no sabía elegir entre si era un homenaje a sí mismo, una despedida largamente anunciada, o el anticipo de la transformación de la música sinfónica en opción menos sentimental de la música folk, que, aun así, ilustra leyendas y paisajes de la patria. En todo caso, Sibelius lo intentó y desistió; su música ya no era del presente. De ahí la razón de su silencio. Y comprendí el significado de haber copiado la partitura y que los músicos se la llevaran a sus casas. A partir de este momento la Octava Sinfonía de Jean Sibelius resucitaba para recorrer el mundo. Ni una mala crítica podría impedirlo; de todas maneras, noté a Moone emocionado. Habíamos birlado a Sibelius el final de su carrera.

A la mañana siguiente, me le adelanté a Montse en abrir la librería que en unas semanas ya no sería mía. Todo se veía como en la noche anterior, desde hacía mucho, con varios anaqueles vacíos. Sólo quedaba limpiar. Los gatos erraban por aquí y allá. Vi que faltaba el blanco y negro, así que lo busqué. Lo hallé al final del pasillo entre dos libreros, yaciendo tranquilamente encima de un montón de papeles, despertando sin el menor sobresalto, sus ojos ambarinos apenas brillando en la semioscuridad. Me di cuenta de que había estado siguiendo un rastro de trozos blancos y polvosos, arrugados y rasgados. Los recogí; en mis dedos vi una clave de sol. Recordé que no había guardado la partitura en su cofre consintiendo a que languideciera en una mesa, donde mis invitados la habían examinado atónitos y maravillados. Descubrí con horror que mi gato también había descubierto la Octava Sinfonía e, indiferente a las tribulaciones humanas, le había dado mejor uso.

Abril-octubre de 2021

 

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