The Cure

LECTURAS | Cured, de Laurence Tolhurst

Memorias de uno de los fundadores de The Cure, banda mítica y de culto, editada por MalPaso.

Ciudad de México, 20 de agosto (MaremotoM).- Siendo como fueron dos de los primeros punks en la muy inglesa y provinciana ciudad de Crawley, Lol Tolhurst y Robert Smith no lo tuvieron fácil. Por su condición de forasteros, la suya fue una amistad basada inicialmente en la proximidad y en su compartida pasión por la música, pero concretamente por el punk que hervía en Londres y por otras iniciativas artísticas que entroncaban con ese movimiento rupturista. Atendiendo al principio al nombre de The Easy Cure, comenzaron a tocar en pubs y pronto desarrollaron un estilo y enfoque propios para componer canciones, que cristalizarían, con el tiempo, en temas atemporales que despertaron un profundo sentido de identificación y empatía en los oyentes.

Cured
Cured, libro de Malpaso. Foto: Cortesía

Fragmento de Cured, de Laurence Tolhurst, con autorización de MalPaso Editorial.

Todo cambió espectacularmente para The Cure en el momento en que firmamos para el sello de Chris Parry en 1978. Hasta ese momento nos regíamos por nuestras propias leyes. Reconozco que no habíamos llegado muy lejos en el mundo del rock and roll, pero todo lo que habíamos hecho antes de firmar con Fiction Records había sido producto de nuestras opiniones e ideas. Ahora, por el hecho de que alguien nos estuviera financiando, debíamos considerar las peticiones e ideas de otra persona. Intentamos que la influencia externa fuera la mínima, pero nos costaba lograrlo.

Creo que todo comenzó el día en que Parry apareció con la portada de Three Imaginary Boys. Digo apareció porque para la portada nosotros no tuvimos ni voz ni voto. Y lo mismo pasó con el primer sencillo, «10:15 Saturday Night». Se nos presentó la imagen ya decidida.

Ahora se me hace difícil entender cómo aceptamos. En nuestra defensa diré que éramos jóvenes y que, como Parry nos mantenía, debíamos acatar sus ideas. Para ser justos con él, creo que se esforzó todo lo que pudo y que pensaba que esa era la mejor manera de presentar a la banda. Pero también entiendo por qué Robert siente tanto rechazo hacia el álbum y la portada. Es algo que nos pertenece pero, a la vez, no. Es decir, ¿un refrigerador, una lámpara y una aspiradora? Cuando los periodistas nos preguntaban, inventábamos historias sobre quién era qué en la portada. Y nadie quería ser el refrigerador.

Otro aspecto que cambió fue más serio. Por primera vez nos dimos cuenta de que debíamos negociar con gente externa a nuestro círculo. Que a partir de entonces debíamos abandonar el área protectora del hogar, donde nos sentíamos seguros. Pasábamos de ser un pez grande en un pequeño estanque a ser un pez minúsculo en un vasto océano. Éramos un grupo unido que formaba una entidad, nadie podía entrar y dividirnos. Al menos en ese momento.

Hicimos algunas actuaciones más por Londres teloneando a otras bandas, pactadas con Parry. Entre ellas uk Subs, el grupo de Charlie Harper. Había conocido a Charlie en el Greyhound, un club que estaba en Croydon. Me propuso que me uniera a los Subs. Le dije que no, claro está. Notaba que la gente empezaba a tomarnos en serio y no quería interrumpirlo. Cuando fuimos al Moonlight Club en West Hamstead, a telonear a los Subs, un chico que trabajaba para United Artists intentó contratarnos. Demasiado tarde, desde septiembre teníamos un contrato de seis meses con Parry.

El primer tour que hicimos fuera de Londres y sus alrededores, y del circuito de pubs y fiestas de pueblo, fue con la primera banda de Billy Idol, Generation x, un grupo que tocaba una especie de pop-punk. Como tenían un par de hits, tocaban para cantidades de público que nosotros ni siquiera podíamos congregar en nuestro pueblo.

La primera actuación fue en High Wycombe, una ciudad comercial al oeste de Londres. El concierto era en el ayuntamiento, un edificio de estilo georgiano de ladrillo rojo y piedra blanca en la fachada. Un estilo diferente de los pubs y clubs mugrientos que solíamos frecuentar.

Habían instalado el escenario para Generation x con un montón de amplificadores y un espléndido conjunto plateado de batería. La noche era prometedora. Lamentablemente, no fue tan glamurosa como parecía de lejos.

Nos llevaron ante un hombre alto, de aspecto lamentable, que fue el encargado de avisarnos de las duras condiciones de ser los teloneros.

—Vais a necesitar las luces y los micrófonos, ¿no? —nos preguntó.

—Pues…sí—replicó Robert.

—Bien, entonces serán veinticinco libras —anunció el hombre alto, que ya se había identificado como el tour mánager.

—¿Sólo eso? —preguntó Robert. Tanto él como Michael y yo, que habíamos estado escuchando la conversación, entendi- mos que veinticinco libras era todo lo que nos iba a pagar si usábamos las luces y los micrófonos. Pero de repente Robert entendió: ¡el cabrón quería cobrarnos veinticinco libras para que tuviéramos acceso al equipo!

—No tenemos dinero para eso —dijo Robert—, todo lo que nos queda es para gasolina.

El mánager sacó el as que, pensaba, tenía bajo la manga: «Si no pagáis, no hay luces ni micrófonos».

Sabíamos que en el mundo del rock existían esos problemas, pero nosotros, como representantes de la nueva realidad, no estábamos dispuestos a entrar en ese juego. La cara del mánager fue indescriptible cuando Robert le lanzó su ultimátum.

—Perfecto, no los usaremos —y, dirigiéndose hacia Michael y hacia mí, añadió—: Usaremos nuestros micrófonos.

Así que nos encaminamos hacia la camioneta. Sacamos nuestro pequeño sistema de audio, lo colocamos a lo largo de la plaza del ayuntamiento y pusimos a los lados un par de lámparas que llevábamos. Autosuficiencia punk.

No sé si con eso nos ganamos el cariño del manager, pero sí sirvió para ganarnos el de Angus «Mac» MacPhail, el chico de las luces, ya que hasta hoy es el encargado de la iluminación de los espectáculos de la banda. Supongo que se apiadó del trato que nos había hecho el mánager, así que consiguió un par de luces más, las enchufó, y le estuvimos eternamente agradecidos.

Se abrieron las puertas y enseguida nos apresuraron para que saliéramos al escenario «a calentar a los primeros espectadores», según dijo el mánager. Estoy seguro de que Robert lo miró despectivamente. No éramos como esos viejos hippies que organizaban eventos. Eso se veía a primera vista. Aun así, no rechazábamos ninguna oportunidad que se nos ofreciera, incluso si eso suponía tener que lidiar con algunos remanentes capitalistas de la contracultura.

La mayoría de la gente, cuando llegaba, se iba a buscar una bebida. Muchos aparecían cuando el concierto de los teloneros iba por la mitad. Fue lo que nos pasó en nuestro primer concier- to con Gen x, pero muy pronto la gente empezó a salir del bar para vernos tocar. Se percibía la convicción con que lo hacíamos. Tocamos unos treinta minutos y luego desinstalamos los instrumentos. ¡No teníamos ni encargado del equipo!

La actuación de Gen x era todo un espectáculo de punk rock. Cuando empezó a sonar el primer tema, «Ready, Steady, Go», Billy Idol apareció con un resplandeciente traje rojo de piel, se acercó al borde del escenario y le llovió, como si salieran de una ballesta, una infinidad de escupitajos. Para nuestra sorpresa, Billy no se enfureció por el asalto de flema que acababa de recibir, al contrario, cayó en un éxtasis frenético. El propósito del traje rojo de piel quedó claro: era el único material que podía resistirlo y más sabiendo —como luego nos enteramos— que eso se repetía cada noche. Nos quedamos unos minutos más mirando el concierto, hipnotizados con el espectáculo del señor Idol al ser sepultado por escupitajos. Secretamente, agradecimos que el público no nos considerara dignos de su saliva.

Cuando ya nos estábamos acostumbrando a estar de gira, hicimos un descubrimiento magnífico. En el vestidor de Generation x había un montón de cerveza y, aparentemente, era gratis.

Así que, a partir de entonces, cada noche cuando Billy y compañía estaban en el escenario, visitábamos la habitación de la barra libre, tomábamos unas latas de cerveza y nos quedábamos mirando el espectáculo o platicábamos con los primeros fans que empezábamos a tener. Poco a poco parecía que más gente venía a vernos, aunque fuéramos los teloneros.

Ahí fue cuando vi la grandísima habilidad de Robert para hablar con todos los fans. La gente resplandecía cuando hablaba con ellos y tenía el carisma para transmitir a todos que ellos eran los únicos fans que importaban. Todavía tiene esa habilidad, y siempre he pensado que es una cualidad fantástica. La gente siempre responde bien. Empezábamos a ver cómo la gente percibía a The Cure, como si ellos, aunque eran externos, formaran parte. Y, seguramente, esto es porque veían que nosotros no procedíamos de los canales habituales del rock.

Eso pensaba la gente entonces y lo sigue pensando.

Después de ese inicio un poco rudo, el tour de Generation x siguió adelante. Nosotros instalábamos nuestro equipo, por lo que el mánager nos ignoraba. Tuvimos la suerte de conocer a Nigel, que se encargaba del sistema de audio de Generation x. Le caímos bien y pensamos que podía ser una buena opción para hacer de mezclador en futuras giras. Íbamos recibiendo mejores ofertas, así que debíamos mejorar todo lo referente a la iluminación y al sistema de altavoces. Quizás podríamos persuadir a Mac para que «enchufara un par de cables».

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En Croydon, sur de Londres, tocamos en el Greyhound, una sala de baile a la que habíamos ido como clientes. Ese fue el día en que el supuesto glamur del rock and roll se esfumó frente a mí.

A un lado había dos puertas que conducían hacia la parte de atrás del escenario. Como miembro del público, había visto un montón de bandas entrar y salir por ellas. En mi imaginación adolescente me deleitaba pensando en el vestidor, donde había todos los elementos que componían la mitología rockera.

Cuando nos dijeron que tocaríamos en el Greyhound, la primera cosa que hice fue ir a ver qué se escondía tras esas puertas misteriosas. Las abrí, metí la cabeza y descubrí… las escaleras de incendio. No había vestidor, las bandas venían directamente de la calle. Todo el glamur explotó delante de mí: era una cor- tina de humo (y escaleras de incendio), nada sólido.

En la Universidad de Aston se nos acercó al escenario una banda de motociclistas y nos pidieron que tocáramos «Paranoid», la canción de Black Sabbath. Nos pareció una petición razonable y al final del concierto lo hicimos. Bueno, tocamos las partes que nos sabíamos, pero les encantó porque en la barra del bar se nos acercó el líder de la banda —vestido todo de piel— y nos dijo, con su acento de Midlands, y señalándonos con el dedo: «Sois buenos, cabrones».

Robert lo miró y le contestó: «Gracias, me alegro de que os haya gustado», o algo similar. Esto apaciguó a los otros motociclistas que merodeaban por ahí, observándonos, y se nos unieron a la barra. Así como Robert podía ser un canal conductor de violencia también podía relajar los ánimos de los elementos de la sociedad más extravagantes. Supongo que agradecen que alguien reconozca su existencia y creo que a todos nos pasa lo mismo.

Dos noches más tarde, sucedió el momento culminante de la gira. Estaba buscando desesperadamente el baño para descargar algunas de las muchas cervezas que me había tomado de la barra libre de Generación x, después de un concierto en el Locarno, Bristol, una sala de baile con mucha brillantina y cortinas chispeantes. Era un lugar ideal no tanto para un concierto de rock, sino para un concurso de belleza, con chicas en bikini y falditas hawaianas.

Finalmente, encontré el baño y entré en él. Me desabroché el pantalón para no perder tiempo y me precipité hacia uno de los urinarios. Por el costado del ojo vi que a mi lado Billy estaba metiéndole mano a una chica (o una chica le estaba metiendo mano a él, el tiempo distorsiona los recuerdos).

Pronuncié un sonido gutural que pretendía ser un: «Hola, Billy», pero quedó a medio camino. La chica, ante mi presencia, se inhibió un poco al ver que había compañía, pero Billy la calmó muy caballerosamente con un: «Tranquila, mi amor», o algo parecido.

En ese momento yo había alcanzado el punto de no retorno en que el chorro de orina ha empezado a salir. Para desgracia de todos (mío, de Billy y de la chica), mi puntería no pasaba por su mejor momento a causa del consumo desmesurado de cerveza gratis y, antes de que me diera cuenta, estaba apuntando hacia la pierna de Billy. ¡Me estaba meando en él! Hizo una de sus muecas mientras rápidamente me subía la cremallera, murmuré unas disculpas de borracho y, como pude, desaparecí.

De regreso a casa, cuando ya se me había bajado un poco la borrachera, empecé a considerar que lo que había pasado no era exactamente un momento de camaradería. Aunque también pensé, con cierta lógica, que a alguien que cada noche lo bañan a base de escupitajos tampoco le podía importar demasiado que le mearan encima. Hasta cabía la posibilidad de que lo considerara algún tipo de «complicidad punk». ¡Qué equivocado estaba!

El siguiente concierto fue dos días más tarde en el California Ballroom de Dunstable. Ahora que vivo en Los Ángeles, me es difícil imaginar un lugar menos californiano que Dunstable (el Palm Cove de Bradford, con su mural pintado con una playa llena de palmeras, se acerca más. Si entrecierras los ojos y dejas volar la imaginación, casi llegas a creer que no estás mirando una pintura. Casi).

Ya habíamos llegado a Dunstable y al California Ballroom (el Cali, como lo llamaba la gente de allá) cuando nos dimos cuenta de que la camioneta tenía una llanta ponchada. No era la mejor manera de empezar la noche. Estábamos armando el escenario cuando apareció el mánager rojo de ira.

—¡Último concierto para vosotros, después de esa broma estúpida!

Intercambiamos miradas. Aparentemente, a los dirigentes no les había gustado el incidente del baño. Aunque también podría ser que alguien estuviera un poco celoso de que cada día tuviéramos más capacidad de convocatoria.

Esa noche tocamos para un público compuesto, en gran parte, por skinheads que buscaban un poco de movimiento. Ahí es donde solía haber problemas —lo sabrá la mayoría de las bandas—, no en la capital, sino en las ciudades de la periferia. Esas eran las plazas difíciles porque también iban los Blues Brothers británicos.

Tocamos el tiempo que nos correspondía, mientras los skins se acercaban al escenario para ver qué podían llevarse. Con mis palillos tuve que frenar unos dedos que intentaban tomar los micrófonos de la batería. Salimos del escenario justo cuando el número de skins ya era mayor y superaba al de los trajeados con corbatas negras. Billy y Generation x subieron al escenario y el lugar se convirtió en eso tan familiar para todos los que frecuentaron los primeros conciertos punk en Inglaterra: un campo de batalla. Mientras, nosotros estábamos en la parte trasera dilucidando si nos habían echado por el éxito de nuestras actuaciones o por la actuación de mi pene (no era la primera vez que me causaba problemas). Bajo la lluvia solucionamos el tema de la llanta y nos retiramos al camerino. De repente, se abrieron las puertas y apareció un grupo de skins con mirada frenética.

—¿Dónde está? ¿Dónde está Billy?

Su lenguaje no verbal indicaba que no lo buscaban para intercambiar puntos de vista sobre el estado del punk británico. En realidad, querían despedazar a alguien que tuviera el pelo teñi- do. En una idea se nos ocurrió que a la vez podríamos redimir- nos y salvar nuestro pellejo.

Señalamos hacia la dirección opuesta del camerino de Billy, donde había un grupo de hombres que parecían parte de un clan de neandertales: los que estaban a cargo de la seguridad. Los skins se precipitaron hacia ellos, ¡eran los mismos que los habían sacado del concierto! Mientras, los de seguridad los miraban con ilusión: al fin y al cabo, habría pelea.

Rápidamente salimos de ahí y nos metimos en la camioneta que ya estaba arreglada, arrancamos y cruzamos el estacionamiento deprimente del California Ballroom. Cuando ya llevábamos unos kilómetros recorridos, nos dimos cuenta de que habíamos escapado a la vez de una banda de skins y de un má- nager tiránico.

Pero quince kilómetros más tarde nos dimos cuenta de que, mientras arreglábamos la llanta, con el gato habíamos dañado el tanque de la gasolina y ahora teníamos una fuga. ¡Había que rellenarlo cada treinta kilómetros! De Dunstable a Crawley hay ciento veinte kilómetros, así que gastamos cuatro tanques de gasolina. ¡Adiós, dinero del concierto! ¡Hola, realidad del rock and roll!

Hay una segunda parte de esta historia. Años más tarde, estando en un club de Nueva York, alguien me dijo: «Lol, ¿conoces a Billy?».

Me volteé y me encontré con el señor Idol. Tartamudeé unos saludos y mantuvimos una conversación titubeante. Billy no mencionó nada de nuestro incidente. Quizá yo lo habría juzgado muy duramente, ya que él se mostró fraternal, cariñoso y encantador. También puede ser que no sea necesario hablar de lo que hicieron dos jóvenes en una noche helada de diciembre, fuera del escenario, en algún lugar deprimente de Inglaterra.

Laurence Tolhurst
Laurence Tolhurst. Foto: Cortesía

Laurence Tolhurst“Lol” (nombre real Laurence Andrew Tolhurst), nació el 3 de febrero de 1959 en Horley, Surrey, Reino Unido. Es miembro fundador The Cure, como baterista, teclista y compositor. Luego de su salida de la banda en 1989 Lol se trasladó al sur de California, donde continúa escribiendo, grabando y haciendo giras con su propia banda, Levinhurst. Más recientemente, en 2011 participó en un reencuentro trascendental con sus ex compañeros de banda, por primera vez en más de veinte años, para realizar una gira con The Cure.

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