Marina Abramovic

LECTURAS | Derribando muros, de Marina Abramovic

Premio Princesa de Asturias de las Artes 2021. Por primera vez en español, las memorias de una de las artistas más importantes y controvertidas del mundo.

Ciudad de México, 1 de noviembre (MaremotoM).- Derribando muros de Marina Abramovic es un libro que ella misma escribe. La artista de performance ha pasado toda su vida derribando barreras, dolor, resistencia, miedo, en una exhaustiva búsqueda de transformación emocional y espiritual tanto en la vida como en el arte.

En estas extraordinarias memorias relata su conmovedora y épica historia, desde su difícil y abusiva infancia en la Yugoslavia de la posguerra, pasando por la convulsa relación artística y amorosa con el fotógrafo y artista Ulay, hasta sus atrevidas y controvertidas performances que dejaron atónitos a espectadores y críticos de todo el mundo.

Un libro en el que explora además cómo su total compromiso con el presente ha sido la clave de su arte y éxito. Una vívida y poderosa performance en sí misma, nos revela cómo se convirtió en una de las artistas vivas más importantes.

Marina Abramovic. Nació en la ciudad de Belgrado, Serbia, el 30 de noviembre de 1946. Está considerada una de las artistas contemporáneas de performance más importantes del mundo. Su obra, basada en la experimentación física y mental, ha sido expuesta en los más importantes museos y galerías.

Desde el 2010 dirige el Marina Abramovic Institute, una organización sin ánimo de lucro que apoya, explora y fomenta el arte de performance en distintos países, a través de talleres y diversos proyectos artísticos.

Derribando muros
Editó Malpaso Editorial. Foto: Cortesía

Adelanto de Derribando muros, de Marina Abramovic, con autorización de Malpaso Editorial

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Mi padre intentó enseñarme a nadar muchas veces (en una piscina, en la parte poco profunda del lago), pero nada funcionó. Simplemente le tenía pavor al agua, en especial a hundir mi cabeza. Finalmente perdió la paciencia. Un día de verano, cuando nos encontrábamos en la costa, me llevó a un paseo en un bote de remo, mar adentro, y me tiró al agua como a un perro. Tenía seis años.

Entré en pánico. Lo último que vi antes de hundirme en el Adriático fue a mi padre remar lejos de mí, dándome su espalda, ni siquiera girándose a mirar sobre su hombro. Estaba bajo el agua, hundiéndome. Abajo, abajo, abajo, mis brazos se agitaban, el agua salada me llenaba la boca.

Pero conforme me ahogaba, no podía dejar de pensar en que mi padre se había ido remando sin girar la cabeza para mirarme. Y eso me enfadó. Más que enfadarme, me enfureció. Dejé de inhalar agua y, de alguna forma, al agitar mis brazos y dar patadas llegué hasta la superficie. Desde allí nadé hacia el bote.

Vojo debió haberme escuchado porque continuó sin girarse: simplemente se estiró, me tomó del brazo y me subió al bote.

Y así es como los partisanos les enseñaban a sus hijos a nadar.

Entré en la Academia de Bellas Artes y seguí pintando. En aquel entonces mi familia me pedía que les hiciera pinturas y ellos me las compraban. Hacía distintos tipos de composiciones de naturaleza muerta, como un jarrón de tulipanes, una maceta de girasoles, un pescado con un limón, una ventana abierta con las cortinas soplando y una luna llena. Hacía lo que ellos deseaban y firmaba estos cuadros con una enorme inscripción que decía MARINA hasta abajo, en azul.

Con el tiempo, mi madre compró todos esos cuadros y los colgó en nuestras paredes. Se enorgullecía de esos cuadros, pero a mí me daban mucha vergüenza. Hoy, en muchas galerías del mundo en las que he trabajado ocasionalmente escuchan a alguien decir: ¡Tengo una pintura original firmada por Marina Abramović!. Pero yo me quiero morir cuando veo esos lienzos porque los hice por dinero y sin ningún sentimiento. Con plena conciencia los hice muy kitsch y los terminé en quince minutos. Al morir mi madre, tomé todos los cuadros que tenía, unos diez, y los guardé en un almacén. Tengo que decidir qué haré con ellos. Quizá los queme. O, ahora que finalmente he aprendido a exponer lo que más me avergüenza, los exhibiré al mundo en toda su gloria kitsch.

En la academia pintaba con un estilo académico. Desnudos, naturaleza muerta, retratos y paisajes. Pero también comencé a tener nuevas ideas. Por ejemplo, me fasciné con los accidentes de tránsito, y mi primera gran inspiración fue hacer cuadros sobre ellos. Coleccioné fotografías de periódicos de accidentes de coche y camiones; también aproveché los contactos de mi padre en la policía y frecuentaba la estación para preguntar si había ocurrido algún choque. Luego iba al lugar, tomaba fotos y hacía bocetos. Pero se me hacía difícil traducir la violencia y la inmediatez de los desastres hacia la pintura en un lienzo.

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Sin embargo, en 1965, cuando tenía diecinueve años, tuve una especie de avance repentino: se trataba de un cuadro pequeño llamado Tres secretos. Este lienzo sencillamente mostraba tres pedazos de tela (uno rojo, uno verde, uno blanco) que envolvían tres objetos. El cuadro me parecía importante porque, en vez de presentar una imagen fácilmente digerible, convertía al espectador en partícipe de la experiencia artística. Exigía echar a andar la imaginación. Permitía la incertidumbre y el misterio. Me abría la puerta hacia el plakar de mi subconsciente.

Después llegó el año 1968.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la Yugoslavia de Tito había roto relaciones con la Unión Soviética y se había declarado un estado comunista independiente, sin alianzas con Oriente ni con Occidente. Nuestra victoria heroica sobre los nazis fue un gran punto de nuestro orgullo, como lo fue la independencia.

Pero, en realidad, Tito no era tan independiente. Más bien era muy astuto con respecto a poner a los soviéticos y a los chinos contra Occidente y a aceptar favores de ambos lados. Afirmaba que su doctrina de «autogestión», la cual permitía que los trabajadores tomaran decisiones basadas en los resultados de su trabajo, era más fiel a las enseñanzas de Marx que al estilo estalinista del comunismo. Pero Tito había desarrollado un culto a su personalidad en Yugoslavia y el gobierno de un partido único estaba marcado por la corrupción, con oficiales que acumulaban fortunas, propiedades y privilegios de arriba hacia abajo mientras que la clase obrera vivía en la penumbra descolorida.

El año 1968 fue terrible, un momento de disturbios por todo el mundo. En Estados Unidos, Martin Luther King Jr. y Bobby Kennedy fueron asesinados; le dispararon hasta a Andy Warhol y casi muere. En Estados Unidos, en Francia, en la entonces Checoslovaquia y en Yugoslavia, los estudiantes que buscaban más libertades se encontraban al frente de los levantamientos políticos. Aquel año en Belgrado se sentía una gran desilusión con el Partido Comunista. De repente sentimos que todo había sido un espectáculo. No poseíamos ni libertad ni democracia.

En aquel entonces, aún me sentía muy cercana a mi padre y me enteré de algo sorprendente: aunque Tito había nombrado a Vojo miembro de su guardia de élite tras la guerra, lo había degradado de rango militar en 1948. Los años de la posguerra fueron períodos de un sentimiento extremo antisoviético en Yugoslavia, y mi padre tenía demasiados amigos simpatizantes de los soviéticos. Muchos fueron a prisión en aquel entonces; mi padre apenas escapó de este destino. Vojo se sentía personalmente traicionado por Tito, pero siempre creyó que una versión más verdadera del comunismo surgiría con el tiempo. Veinte años después, había perdido toda esperanza. Nunca habló de esto conmigo. (De pronto me di cuenta del simbolismo de usar mi bufanda de pionera como pañoleta.) Mi padre estaba deshecho por la desilusión. Él mismo tomó todas las fotografías de él y Tito juntos y recortó a Tito para dejarse solo a sí mismo. Le molestaba en particular que el gobierno expulsara a todos los que hacían fila para la dirigencia del partido, así que, conforme Tito envejecía —para entonces ya tenía unos setenta y cinco— y se acercaba al final de su mandato, no había nadie que lo reemplazara.

En junio de 1968, todos mis conocidos de Belgrado apoyaban las protestas estudiantiles. Los estudiantes marchaban por la ciudad y ocupaban los edificios universitarios. Colgaban carteles por todo el campus con consignas como «ABAJO LA BURGUESÍA ROJA» y «DEMUÉSTRALE A UN BURÓCRATA QUE ES INCAPAZ Y PRONTO TE ENSEÑARÁ DE LO QUE SÍ ES CAPAZ». La policía antimotines llenó las calles y luego cerró el campus. Como presidenta del Partido Comunista en la Academia de Arte, fui parte del grupo que ocupaba nuestro edificio. Ahí dormíamos, sosteníamos asambleas apasionadas la noche entera. Literalmente me había preparado para morir por la causa y creía que todos se sentían igual.

Mi padre hizo algo que me impresionó profundamente. Apuesto, vestido con su gabardina y su corbatín, su cabello arreglado con majestuosidad, se paró en medio de la Plaza de Marx y Engels y pronunció un discurso apasionado en el que renunció a su membresía del Partido Comunista y denunció la Burguesía Roja de Yugoslavia y todo lo que esta representaba. En el clímax de su discurso, arrojó su credencial de membresía del Partido al público. Un gesto impresionante. Todos le aplaudieron con locura. Me sentí muy orgullosa de él.

Mi madre rechazó todas las formas de protesta en aquel entonces, tanto las de él como las mías.

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