Javier Cercas

LECTURAS | El castillo de Barbazul, de Javier Cercas

Vuelve Melchor Marín para enfrentarse al peor de sus miedos: la desaparición de su hija. Y para comprobar que un hombre solo no basta para defenderse del abuso de los poderosos.

Ciudad de México, 25 de marzo (MaremotoM).- Años después de lo ocurrido en Independencia, Melchor Marín ya no es policía: trabaja como bibliotecario y vive con su hija Cosette, convertida en una adolescente. Un día, Cosette descubre que su padre le ha ocultado cómo murió su madre, y este hecho la confunde y la subleva. Poco después parte de vacaciones a Mallorca, pero no regresa; tampoco contesta los mensajes ni las llamadas de Melchor, quien, convencido de que algo malo ha ocurrido, decide plantarse en la isla en busca de ella. A partir de aquí la novela se adentra en un laberinto absorbente, a la vez siniestro y luminoso, donde Melchor descubre que los seres humanos somos capaces de lo peor, pero también de lo mejor: que vivimos rodeados de violencia, mentiras, abusos de poder y cobardía, pero que también hay gente capaz de jugárselo todo por una causa justa. Astuta y felizmente disfrazada de novela de aventuras, El castillo de Barbazul acaba de desenmascarar las novelas de la Terra Alta como lo que son: el proyecto literario más ambicioso de Javier Cercas.

Javier Cercas
Editó Tusquets. Foto: Cortesía

Adelanto de El castillo de Barbazul, de Javier Cercas, con autorización de Tusquets / Planeta

El primer recuerdo que Cosette conservaba de su padre era muy vívido: estaba hundida en una sillita anatómica infantil, en el asiento trasero de un coche, y, frente a ella, al volante, él le anunciaba que su madre había muerto. Se disponían a salir de la Terra Alta y su padre ni siquiera la miraba por el espejo retrovisor, sólo miraba hacia sus adentros o hacia delante, hacia aquella cinta de asfalto que los alejaba en dirección a Barcelona. Luego su padre intentaba explicarle qué significaba lo que había dicho, hasta que ella entendía que no iba a volver a ver a su madre y que, a partir de aquel momento, estaban solos y deberían valerse por sí mismos. A este primer recuerdo asociaba otros dos, ambos igualmente vívidos, ambos teñidos de un barniz amenazante. En el primero su padre aparecía junto a Vivales, el picapleitos que había sido lo más cercano a un padre que su padre conoció. Este recuerdo transcurría inmediatamente después del anterior, en una cafetería desolada y con grandes ventanales, un lugar que muchos años más tarde identificaría como el área de servicio de El Mèdol, en la autopista del Mediterráneo. Su padre y Vivales hablaban mientras ella subía y bajaba por un tobogán, en una zona de juegos para niños (intuía que los dos hombres hablaban de ella, de ella y de su madre muerta); luego su padre regresaba a la Terra Alta y ella se marchaba a Barcelona con Vivales. Su tercer recuerdo era de Barcelona, y en él también apare- cía Vivales pero su padre desaparecía o sólo aparecía al final, después de que ella pasase varios días en casa del abogado, acompañada por este y por Manel Puig y Chicho Campà, sus dos íntimos amigos, que no la dejaban ni a sol ni a sombra, como si un peligro inconcreto se cerniera sobre ella y aquel trío estrafalario de antiguos compañeros de mili se hubiera arrogado la misión de defenderla, hasta que un amanecer reaparecía su padre y, como un paladín cubierto de una armadura resplandeciente, ahuyentaba el peligro y se la llevaba de regreso a la Terra Alta.

Los recuerdos que Cosette conservaba de su madre, en cambio, eran borrosos o prestados. Más borrosos que prestados: porque, por mucho que de niña interrogara a su padre, él apenas le había contado nada de su madre, como si no tuviera nada que contar o como si tuviera tanto que contar que no supiera por dónde empezar a contarlo. La reticencia de su padre contribuyó a que Cosette idealizase a su madre. Aunque por motivos distintos, a su padre también lo idealizó, lo que no era tan fácil: al fin y al cabo, él era un ser de carne y hueso, mientras que su madre era sólo un fantasma o un espejismo al que podía embellecer a su gusto. Mientras fue una niña, sobre todo mientras él ejerció de policía, Cosette consideraba a su padre una especie de héroe, el paladín de la armadura resplandeciente que acudió a rescatarla a casa de Vivales; más de una vez le había oído decir que los peores malos son los aparentes buenos, y tenía la certeza de que él poseía un talento natural para detectarlos y combatirlos, de que estaba amasado con los mismos materiales que los protagonistas de las novelas de aventuras que, desde que tenía uso de razón, él le leía por las noches, con los mismos que los sheriffs o pistoleros de los viejos wésterns que le gustaban a Vivales.

Sobre todo en su niñez, la relación con su padre fue estrechísima.

Él la trataba con frialdad o con lo que un observador imparcial hubiese considerado frialdad, de una manera distraída, ensimismada y un poco ausente. Esto no desagradaba a Cosette, en parte porque no conocía otra cosa y en parte porque pensaba que, en la vida real, los héroes eran así: fríos, distraídos, silenciosos, ensimismados y un poco ausentes; además, Cosette contaba con que, al menos durante una hora u hora y media al día, su padre abandonaba su abstracción y se entregaba a ella sin reservas. Era el momento en que, antes de que ella se dejase arrastrar por el sueño, él le leía novelas en voz alta: entonces brotaba de su interior una calidez, una intimidad y un entusiasmo más profundos que cualquier muestra de afecto; entonces acababa uniéndole a él un sentimiento de comunión que no volvería a experimentar con nadie, como si ambos compartieran en exclusiva un secreto esencial. A medida que Cosette se acercaba a la adolescencia, sin embargo, fue ganándole poco a poco la certeza de que la sombría reserva de su padre no era un rasgo inherente a su carácter, sino el fruto envenenado de la ausencia de su madre; también la invadía la sospecha complementaria de que a veces su padre la miraba buscando a su madre muerta y sólo encontraba una versión pedestre y devaluada de ella. Fue así como empezó a gestarse el fantasma (o el espejismo) y fue así como empezó a pelear sin saberlo contra él, o simplemente a tratar de ponerse a su altura. Era un combate abocado de antemano a la derrota, del que ni siquiera ella misma era por completo consciente y que hubiera podido destruirla o al menos convertirla en un ser disminuido, doblegado e inseguro. No lo hizo. Durante su infancia, Cosette y su padre llevaron una vida ordenada y tranquila. Él la acompañaba cada mañana al colegio y, si le tocaba el turno matinal en comisaría, iba a buscarla por la tarde; si no, era la madre de Elisa Climent, su mejor amiga, quien las recogía a las dos en la escuela y se las llevaba a jugar al fútbol o a hacer los deberes a casa, hasta que él pasaba a buscarla una vez concluida la jornada de trabajo. Más adelante, cuando su padre abandonó su empleo en comisaría, las dos amigas solían ir juntas hasta la biblioteca donde él empezó a trabajar, que quedaba muy cerca, hacían allí los deberes o leían o preparaban los exámenes y después era su padre quien las llevaba a entrenar o las devolvía a su casa. Algunos fines de semana Cosette dormía en casa de Elisa, y otros era Elisa quien dormía en casa de Cosette.

Cosette no era una mala estudiante, pero tampoco demasiado buena. Aunque le gustaba mucho leer, no le interesaban las clases de literatura, ni las de historia, ni las letras en general; en cambio, tenía un talento innato para las matemáticas. Sus tutores la definían como una alumna juiciosa, discreta, sencilla, testaruda y carente de espíritu competitivo. Esto último no le impedía ser muy aficionada al deporte, ni formar parte de uno de los equipos de fútbol de la es- cuela; tampoco, demostrar talento para el ajedrez, lo que la llevó a participar en diversos concursos —ganó tres: dos locales y uno comarcal— y obligó a su padre a aprender las reglas del juego para intentar disputarle a su hija partidas que al principio perdía con humillante rapidez. Sus tutores en la escuela también la definían como una niña imaginativa, dotada de una gran facilidad para evadirse en sus fantasías.

Ninguna de estas definiciones extrañaba a su progenitor; Cosette sólo erraba en parte: él era un padre absorto y distraído, pero pasaba muchas horas con ella y la conocía bien. Aunque a los dos les gustaba vivir en la Terra Alta, de vez en cuando se escapaban a Barcelona y todos los veranos pasaban unos días en El Llano de Molina, Murcia, con Pepe y Carmen Lucas, dos amigos que su padre había heredado de su madre. La pareja de ancianos estaba en contacto permanente con ellos, les escribían correos electrónicos, les llamaban por teléfono y los animaban a que fueran a visitarlos durante el resto del año, cosa que hicieron en varias ocasiones. Cosette los adoraba y ellos adoraban a Cosette, quien con los años se había creado en el pueblo un grupo de amigos, algunos de los cuales vivían todo el año en El Llano. Cosette sabía que su padre también disfrutaba de aquellos paréntesis bucólicos, a pesar de que, allí, él apenas hacía otra cosa que leer, dormir largas siestas, salir a correr por la huerta y conversar con Pepe y con Carmen, sobre todo con Carmen: su padre jamás fue capaz de interesarse por la horticultura, pero por la tarde acompañaba a su huerto a la antigua prostituta y última amiga de su madre y dejaba pasar las horas sentado en el suelo y leyendo con la espalda apoyada en la pared del cobertizo donde ella guardaba sus aperos de labranza. En cuanto a Barcelona, tras la muerte de Vivales, Cosette y su padre se aficionaron a pasar de vez en cuando un fin de semana en el piso que les había legado el picapleitos en el centro de la ciudad. Su padre había optado por mantenerlo idéntico a como lo dejó Vivales, no porque cultivara la superstición sentimental de conservar la presencia fantasmática del abogado en el lugar donde vivía desde que lo conoció, sino simplemente porque no sabía qué hacer con él. Durante esas excursiones a la capital, iban al zoológico, al Museo de la Ciencia o al cine, y más de una vez cenaron con Puig y Campà, casi siempre en casa de este último, que los invitaba a banquetes en honor de Vivales donde comían como heliogábalos. A menudo echaban las mañanas o las tardes de los sábados en Internet Begum, el locutorio que el Francés regentaba en el barrio del Raval, conversando o leyendo o jugando al ajedrez o incluso ayudando a llevar su negocio al viejo amigo de su padre, que luego recompensaba sus visitas invitándolos a algún restaurante de la Rambla o del Raval. Una tarde, después de comer los tres en el Amaya, Cosette, fascinada por la efervescencia expresiva y la ingente humanidad del antiguo bibliotecario de la cárcel de Quatre Camins, le preguntó a su padre dónde lo había conocido.

—Por ahí —contestó él.

—Por ahí no es ningún sitio —replicó Cosette.

Estaban en una tienda del Ensanche, comprando para el desayuno del día siguiente y su padre se volvió hacia ella con un paquete de Kellogg’s en la mano y una cara inconfundible de pensar que, aunque Cosette sólo tuviera diez años, no se merecía una mentira.

—Luego te lo cuento —dijo.

En aquel momento Cosette no supo si su padre había formulado la promesa para quitársela de encima o para cumplirla, pero un par de horas después, cuando volvió a recordársela, comprendió que él no iba a contarle la verdad. Nunca había evocado ante ella su pasado anterior a la Terra Alta: no le había dicho que su madre había sido prostituta, como Carmen Lucas, ni que había sido brutalmente asesinada, no le había hablado de su infancia salvaje en el barrio de Sant Roc, ni de su padre desconocido, ni de su furiosa adolescencia de huérfano, ni de su paso por correccionales y su trabajo de camello al por mayor y pistolero a sueldo de un cártel colombiano, tampoco de su detención durante un tiroteo, en la Zona Franca de Barcelona, y de su juicio en la Audiencia Nacional de Madrid, ni siquiera de su encierro en Quatre Camins y su amistad duradera con el Francés. Su padre nunca le había contado a Cosette esas cosas, y tampoco lo hizo ahora: despachó su curiosidad explicando vagamente que había conocido al Francés cuando este trabajaba en una biblioteca, que gracias al Francés había descubierto Los miserables y que, gracias a Los miserables, había descubierto su vocación de policía. Cosette intuyó que su padre le estaba mintiendo, pero también que le estaba mintiendo con la verdad.

—No te creo —se rio—. El Francés no ha trabajado en su vida en una biblioteca.

Cosette sintió que su intuición se confirmaba cuando vio la cara de alivio de su padre al responderle:

—Te doy mi palabra de honor de que sí.

De aquella noche sacó tres conclusiones. La primera es que las mejores mentiras no son las mentiras puras, sino las mentiras mezcladas con verdades, porque gozan del sabor de la verdad. La segunda es que su padre le escondía a conciencia su pasado, lo que no contribuyó a debilitar el aura de paladín de armadura resplandeciente o protagonista de novela de aventuras o sheriff o pistolero de wéstern con la que su imaginación lo había envuelto. La tercera es que debía leer Los miserables.

Aquella misma semana le pidió a su padre que le leyera Los miserables. A su padre la petición pareció desconcertarle; en todo caso, se resistió a aceptarla. Alegó que no había vuelto a leer la novela de Victor Hugo desde poco después de la muerte de Vivales, alegó que no estaba seguro de que fuera una buena idea leérsela ahora a ella, alegó que, aunque era una novela que le había cambiado la vida, a ella quizá no iba a gustarle, o no todavía (tal vez le gustaría más tarde, alegó, por ejemplo en el momento en que alcanzara la edad que él tenía cuando la leyó por vez primera), alegó su extensión, alegó una frase que le había dicho el Francés en la época en que la descubrió: «La mitad de un libro la pone el autor; la otra mitad la pones tú». A Cosette, que sabía que debía su nombre a la hija del protagonista de Los miserables, todas esas alegaciones le parecieron insuficientes o absurdas y a la postre no hicieron sino aumentar sus ganas de que su padre le leyera la novela.

Finalmente lo consiguió. Tres meses y medio invirtieron en completar la lectura de Los miserables. Cosette puso de su parte cuanto pudo para que le gustara, pero la decepción fue enorme: el libro le pareció desde el primer momento un novelón farragoso, sentimentaloide, demagógico y en definitiva aburrido, y Javert —el policía justiciero e inflexible que inflexiblemente persigue al expresidiario Jean Valjean a lo largo de todo el relato y que durante años había sido para su padre un modelo vital— se le antojó un personaje antipático, destemplado, mecánico y carente del más mínimo rastro del coraje moral y la grandeza trágica que su padre había admirado en él. Cosette no hubiera usado esas palabras para describir la impresión que le producían el personaje y la novela, pero eso fue lo que sentía. También sentía algo peor, y es que, aunque su padre intentaba leerle la novela con más calidez, intimidad y entusiasmo que nunca, no despertaba en ella el habitual sentimiento de comunión entre ambos, como si aquella novela no contuviera el secreto esencial que los dos habían compartido hasta entonces; o, al contrario, como si precisamente ese secreto se revelara en la novela, mostrando sin embargo su dramática vacuidad, o su engaño. Pese a ello, Cosette no le pidió a su padre que dejara de leérsela cada noche y, mientras duró el experimento, realizó un esfuerzo sobrehumano para disimular la desilusión: tal vez esperaba que en algún momento la novela remontara el vuelo y adquiriera una plenitud tardía pero incomparable; tal vez pensaba que la responsabilidad de su desencanto no residía en Los miserables sino en ella, en su incapacidad para añadirle al libro la otra mitad necesaria, aquella que le permitía alcanzar su sentido completo y que su padre sí era capaz de añadir. Sea como sea, después de que él le leyera la última página de la novela, Cosette sólo acertó a responder con una pregunta lapidaria a la pregunta previsible que su padre formuló:

—Un poco larga, ¿no?

Fue el último libro que leyeron juntos.

1

Melchor está esperando a Cosette en la cafetería de la estación de autobuses de Gandesa mientras se toma una Coca-Cola y lee una novela de Iván Turguénev titulada Humo. Además de él, en el local hay sólo una pareja de ancianos sentada a una mesa, cogida de la mano y con una bolsa de viaje en una silla próxima, y un hombre charlando con la patrona en la barra. Melchor no conoce a la pareja de ancianos, pero sí a la otra: la patrona es una treintañera de Arnes, separada y con una hija; el hombre, un muchacho con tatuajes y pelo de puercoespín, es primo de la patrona, vive en Gandesa, está en paro y acude cada tarde a tomarse un café con ella, a conversar un rato y, si se tercia, a echarle una mano. Son las siete y media de la tarde. La luz ambarina que difunden unos apliques de pared dota a la cafetería de un vago aire de acuario. Al otro lado de los grandes ventanales, la noche ya ha caído sobre la avenida de Catalunya, sobre el hotel Piqué y, más allá, sobre el perfil escarpado de la sierra de Cavalls, sobre toda la Terra Alta.

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Cosette lleva cinco días de vacaciones con Elisa Climent y Melchor está impaciente por verla; también, un poco inquieto. Quiere darle una sorpresa a su hija, así que no la ha avisado de que la aguarda en la estación. A sus diecisiete años, no es la primera vez que Cosette se ausenta durante semejante período de tiempo, ni siquiera la primera vez que lo hace sin la compañía de adultos. Pero esta vez no es como las demás. Cosette y Elisa llevaban meses ahorrando para ese viaje; un viaje que, en la imaginación de las dos amigas, tenía o aspiraba a tener, en principio, una dimensión de símbolo o frontera: ese año finalizaban sus estudios de secundaria en el Instituto Terra Alta, y al año siguiente, también en principio, ambas planeaban abandonar la comarca para ingresar en la universidad, con lo que tal vez acabarían separándose. En las últimas semanas, sin embargo, la incertidumbre ha empezado a socavar los planes de Cosette: ya no está segura de que el año próximo quiera ir a Barcelona para estudiar matemáticas, como planea desde hace años, ni siquiera está segura de querer presentarse al examen de Selectividad, paso previo al ingreso en la universidad. Una razón concreta explica estas repentinas inseguridades: semanas antes de emprender aquel viaje, Cosette ha descubierto por azar que su padre lleva catorce años mintiéndole sobre la muerte de su madre. Esta no murió en un accidente, como su padre le contó en su momento: la mataron; el atropello que acabó con su vida no fue fortuito, como ella había creído siempre, sino deliberado: su responsable fue el primer marido de Rosa y principal inculpado por el asesinato de sus padres, que obró de ese modo para intimidar a Melchor e impedir que siguiera investigando el caso Adell. La exhumación casual de este crimen enterrado soliviantó a Cosette, que no sólo está furiosa porque ha comprendido que su madre murió a causa de la obcecación justiciera de su padre; también está furiosa porque su padre le ha ocultado la verdad. Cosette alberga desde entonces el sentimiento de que su entera existencia se ha construido sobre una ficción, la certeza irracional de que no conoce a su padre y de que todo lo que creía saber sobre él era mentira, de que todos los valores que él encarnaba para ella eran equivocados, tóxicos, y de que todo lo que había vivido hasta entonces era en definitiva un fraude. Así se explica que la relación entre padre e hija se haya envenenado y que, pocos días antes de que ella se marchara, Cosette se encarara con Melchor y le acusara de haberla engañado. Melchor no lo negó, no protestó; la acusación era cierta: si no la había engañado, al menos le había escondido la verdad (lo que representaba una forma refinada de engaño). Por eso se ha pasado esos cinco días esperando que Cosette recapacite y entienda los motivos por los que obró como obró; también ha intentado armarse de razones que le permitan terminar de convencerla de que, aunque él tal vez cometió un error, lo hizo con la mejor intención, creyendo que hacía lo correcto. Y por eso está ahora allí, en la cafetería de la estación, ansioso por volver a verla, dispuesto a explicarse, a pedirle disculpas y a conseguir que ella le perdone.

A las ocho aparece el autobús de Tortosa, aparca en una dársena, abandona a algunos pasajeros y recoge a la pareja de ancianos de la cafetería, donde ha irrumpido ahora un grupo de excursionistas. Faltan veinte minutos para que llegue el último autobús de Barcelona y a Melchor le apetece tomar otra Coca-Cola, pero desiste de pedirla porque en aquel momento los recién llegados asedian la barra, ávidos de bocadillos y refrescos, lo que obliga al primo tatuado de la patrona a ayudarla.

Melchor vuelve a sumergirse en el libro de Turguénev. Sigue siendo un lector incombustible de novelas, sobre todo de novelas decimonónicas. Cuando empezó su relación con Rosa Adell, quiso diversificar un poco su dieta de lecturas y trató de aficionarse a las novelas policíacas, que por entonces eran las favoritas de Rosa. Leyó bastantes y algunas le gustaron. Al cabo de un tiempo, sin embargo, se cansó de ellas, o tal vez experimentó una regresión del gusto, porque volvió a las novelas del XIX, a las que Rosa, una lectora de gusto cambiante y ecléctico, también ha acabado aficionándose. Melchor llama relación a su relación con Rosa porque no sabe qué otro nombre darle. No la llama matrimonio porque no están casados, aunque a Rosa le gustaría que lo estuvieran; de hecho, se lo ha propuesto varias veces a Melchor, pero siempre ha topado con su negativa. El argumento de Melchor es siempre el mismo: la mujer más rica y poderosa de la Terra Alta se merece algo mejor que un expolicía reconvertido en bibliotecario; acabaría arrepintiéndose, concluye. Rosa no sabe si Melchor habla en serio o en broma (de hecho, no sabe si él mismo lo sabe), pero ha intentado combatir ese argumento, siempre en vano; en alguna ocasión llegó a preguntarse si la verdadera razón por la que Melchor no quiere casarse con ella es que no quiere casarse con una mujer quince años mayor que él, para colmo amiga de infancia de su primera mujer. Sea como sea, Rosa ha aceptado sin protestas el tipo de vida que llevan y es feliz con ella; mucho más feliz, asegura a quien quiera escucharla, de lo que lo ha sido nunca.

Melchor y Rosa no conviven bajo el mismo techo, pero se ven o hablan por teléfono a diario, se acuestan con una frecuencia de recién casados y el trato de Rosa con Cosette es tan cordial como el de Melchor con las cuatro hijas de Rosa; no es, sin embargo, tan estrecho, entre otras razones porque ninguna de las cuatro hijas de Rosa reside ya en la Terra Alta. Melchor, por su parte, quiere a Rosa, admira su bondad, su alegría, su inteligencia, su disciplina y su fabulosa capacidad de trabajo; pero, quizá porque lo que siente por ella no se asemeja a lo que sentía por Olga, no sabe si está enamorado de ella, y no le interesa averiguarlo. Tampoco acaba de entender que ella esté enamorada de él; de hecho, en su fuero interno piensa que el amor de Rosa se basa en un malentendido, y que ese malentendido se deshará más pronto que tarde y su relación acabará. Por lo demás, todo el mundo a su alrededor sabe que la presidenta y propietaria de Gráficas Adell, así como de la mitad de la Terra Alta, es la pareja de hecho de uno de los policías que, catorce años atrás, estuvo involucrado en la resolución del caso Adell, el asesinato de sus padres; esta coincidencia un tanto macabra fue al principio la comidilla de la comarca, que de manera unánime le auguró a la pareja un futuro efímero, pero al cabo del tiempo ha sido asumida por todos como una de esas extravagancias que distinguen a aquel paraje sin extravagancias. Melchor levanta la vista de la novela de Turguénev en el momento en que el último autobús procedente de Barcelona entra en Gandesa y enfila por la avenida de Catalunya hacia la estación. Así que se levanta, paga su Coca-Cola y sale a recibir a su hija. Del vehículo baja un grupo de pasajeros que se arremolina en torno al portaequipajes, con el fin de recuperar sus pertenencias, y que por momentos se confunde con el grupo que aguarda en la puerta para subir. Melchor busca con la vista a Cosette entre la muchedumbre del andén, pero no la ve; enseguida ve, en cambio, a Elisa, que avanza hacia él con una mochila rebosante, un bronceado primaveral y dos cajas octogonales de ensaimadas colgadas de una cinta de colores. La chica se detiene frente a Melchor, que, mientras sigue buscando en vano a su hija entre el bullicio de la estación, pregunta:

—¿Y Cosette?

Elisa contesta, con cara de circunstancias, que Cosette se ha quedado en Mallorca; luego parpadea como si no supiera qué más decir o como si lo supiera, pero no supiera cómo decirlo. Melchor se queda observándola. La chica tiene la misma edad que su hija, la cara pecosa, los ojos claros y el pelo rubio, liso y un poco alborotado; viste unas sandalias de esparto, un vestido casi veraniego y una cazadora tejana. Sabiendo que algo ha pasado, Melchor pregunta:

—¿Ha pasado algo?

—No. —Elisa deja la mochila en el suelo, pero no la caja de ensaimadas y vuelve a mirarlo tratando de mostrarse más segura—. Cosette está bien. Me ha dicho que se quedaba porque necesita pensar. Y que, en cuanto llegara, le llamara a usted para decírselo.

—¿Pensar?

—Sí. Dice que serán sólo un par de días y que…

Antes de que pueda terminar la frase, Melchor saca su móvil y marca el número de su hija mientras la exhorta a proseguir:

—¿Y qué?

—No le va a contestar —le advierte Elisa.

Lleva razón: el móvil de Cosette suena, pero nadie lo coge. Cuando salta el contestador automático, Melchor da la espalda a Elisa y se aleja un poco en dirección a la avenida de Catalunya. «Cosette», dice. «Soy papá. Estoy en la estación de autobuses con Elisa, acaba de llegar. Llámame, por favor.» Cuelga y vuelve junto a la adolescente, que se ha echado otra vez a los hombros la mochila.

—No se preocupe —insiste Elisa—. Cosette está bien.

Sólo quería tomarse unos días más de vacaciones.

—¿Y tú? —Melchor aclara—: ¿Por qué no te los has tomado tú también?

—Porque yo tengo cosas que hacer aquí.

Melchor asiente sin convicción. Nunca ha tenido una conversación propiamente dicha con Elisa, pero la conoce desde que era casi un bebé, cree saber cómo es y está seguro de que, aunque intentará no mentirle, también intentará cubrir a Cosette. Un poco aturdido, pregunta:

—¿Cosette ha conocido a alguien? Elisa sacude con energía la cabeza.

—No —dice—. Bueno, nadie como el que usted está pensando.

Un wasap tintinea en el móvil de Melchor mientras la chica dice algo que Melchor no entiende. El wasap no es de Cosette, sino de Rosa. «¿Ha llegado ya?», reza. «¿Cenamos en casa?» Melchor levanta la vista hacia Elisa, pero, antes de que ella pueda terminar su frase o él decir algo, le llega otro wasap, este sí de Cosette. «Papá, no me llames, por favor», dice. «No quiero hablar contigo. Estoy bien. No te preocupes y déjame respirar un poco.» Melchor levanta otra vez la vista hacia Elisa y durante dos segundos la mira sin verla.

—¿Es ella? —pregunta la amiga de Cosette. Melchor le muestra el wasap de su hija.

—Ya le he dicho que no le contestaría —le recuerda Elisa, después de leerlo—. Quiere estar sola. Eso también me lo dijo.

Ahora es Melchor quien no sabe qué decir. Pasado el primer momento de sorpresa, siente que lo que acaba de suceder no le sorprende tanto, que tal vez ha ido a esperar a Cosette porque tenía la intuición de que, si no aquello, algo semejan- te a aquello podía ocurrir. «¿Tienes dinero?», vuelve a teclear Melchor en su móvil. «Sí», responde enseguida Cosette. «Vol- veré cuando se me acabe.» Melchor está a punto de escribir otro wasap, ahora pidiéndole a su hija que se cuide; sin em- bargo, le parece demasiado obvio, demasiado paternalista y, haciendo de tripas corazón, decide mostrar su confianza en ella mandándole un emoticono cómplice: un puño ama- rillo con el pulgar levantado.

—Bueno —dice Elisa cuando Melchor aparta la vista de su móvil, de nuevo abstraído, mirándola sin verla—. Tengo que marcharme. Mi madre me está esperando.

Melchor reacciona, coge la mochila de Elisa y, cargando con ella, se ofrece a acompañarla a su casa mientras le dice por WhatsApp a Rosa que irá él solo a cenar.

Elisa vive con su madre a las afueras del pueblo, en la carretera de Bot, no lejos del primer apartamento que alquiló Melchor cuando, dieciocho años atrás, se refugió en la Terra Alta tras abatir a tiros a cuatro islamistas armados en el paseo marítimo de Cambrils. Durante el trayecto en coche, interroga a Elisa. Esta le cuenta que las dos amigas pasaron los dos primeros días de sus vacaciones en Palma, en un hotel cercano a S’Arenal, tostándose en la playa por la mañana, dando vueltas por el casco antiguo de la ciudad por la tarde y yendo de bares y discotecas por la noche. También le cuenta que el tercer día, en vez de desplazarse a Magaluf como tenían previsto, tomaron un autobús hasta Pollença o más exactamente hasta Port de Pollença, se instalaron en un hotel barato y se pasaron los dos días siguientes tumbadas en la playa, bañándose en el mar y bailando en una discoteca cercana, y sólo se alejaron del puerto para visitar el pueblo de Pollença, una tarde, y, otra, un lugar llamado Cala Sant Vicenç. Él escucha a la amiga de su hija bebiendo sus palabras. Justo antes de su encontronazo con Cosette, cuando esta llevaba ya semanas comportándose de una forma inusual, áspera y distante, Melchor habló con Elisa, que le había dicho que a su hija le pasaba algo, pero no sabía lo que le pasaba, y ahora él no se anima a preguntarle si ya ha averiguado lo que le pasa y si Cosette le ha hablado de la discusión que mantuvieron en vísperas del viaje, tal vez porque está seguro de que la respuesta a ambos interrogantes sólo puede ser afirmativa. Sí se anima a preguntarle, en cambio, si durante esos días ha notado preocupada a su hija; Elisa le contesta que no, pero luego rectifica y aclara que un poco, aunque no más de lo que lo está desde que, semanas atrás, empezó a dudar sobre la carrera que debía estudiar, incluso sobre si debía presentarse o no al examen de Selectividad.

—¿Te ha dicho que no quiere seguir estudiando? —pregunta Melchor.

—Me ha dicho que no sabe qué hacer —contesta Elisa—. A lo mejor por eso ha decidido quedarse otro par de días. Para aclararse. Para poder pensar.

Es la segunda vez que le escucha a Elisa decir lo anterior, pero en esta ocasión cree detectar en sus palabras una nota impostada, como si la chica hubiera ensayado lo que acaba de decir, como si más que decirlo lo hubiese recitado.

Han llegado a casa de Elisa y no quiere asediarla más. Sale junto a ella del coche, la acompaña con el equipaje hasta el portal, besa sus mejillas mientras le da recuerdos para su madre y al final no puede evitar preguntarle si aquella noche va a hablar por teléfono con Cosette.

—No lo sé —se encoge de hombros Elisa—. No lo creo. Pero no se preocupe: si me dice algo, le pongo un mensaje.

Melchor le da las gracias y ensaya una sonrisa, que no le sale.

 

Javier Cercas nació en Ibahernando, Cáceres, en 1962. Su obra incluye las novelas El móvil, El inquilino, El vientre de la ballena, Soldados de Salamina, La velocidad de la luz, Anatomía de un instante, Las leyes de la frontera, El impostor, El monarca de las sombras, Terra alta, Independencia y El castillo de Barbazul. Sus libros han sido traducidos a más de treinta idiomas y obtenido los galardones más prestigiosos, entre muchos otros el Premio Nacional en España, el Foreign Fiction Prize en Reino Unido, el Mondello en Italia, el Malraux en Francia, el de la Crítica en Chile, el Correntes d’Escritas en Portugal, el Athens European Prize for Literature en Grecia, el Taofen en China o el Premio a la Mejor Novela Europea que otorga el Parlamento Europeo.

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