LECTURAS | El cielo de los mentirosos, de Juan Miñana

La gran novela bohemia de la Barcelona de principios del siglo XX a través de las peripecias de un sabio caradura, símbolo de la decadencia de la época y de la ciudad.

Ciudad de México, 2 de mayo (MaremotoM).- El cielo de los mentirosos, que se centra en la Barcelona de principios de siglo XX, nos ofrece las peripecias y el ocaso de un sabio, de un bohemio que tuvo tus días de fama en Barcelona y en París. Peius, Pompeyo Gener, personaje real y poliédrico que inspira este personaje que es al tiempo erudito y caradura y símbolo de la bohemia decadente y culta de la época y de la ciudad.

El cielo de los mentirosos es una novela hipnótica que está vertebrada por el humor y por una ciudad que, si bien no ha de volver, Juan Miñana no nos permitirá nunca olvidar.

Fragmento de El cielo de los mentirosos, de Juan Miñana, con autorización de Malpaso Ediciones

1. Noi, un Fernet-Branca…

Un camarero sonámbulo ha asentido al pasar, bandeja en alto, junto a las mesas unidas que forman a esta hora de la madrugada la tertulia del doctor Pompeyo Gener. Sótanos del café-restaurante Refectorium, en la Plaza del Teatre, sur de La Rambla. Disculpen el ruido, el humo rancio y la clientela más bien procaz que lo frecuenta. Y por si alguien se pregunta a qué mentalidad gótica, de capa y espada, devota de un historicismo trasnochado, corresponde atribuir la decoración del local, con sus tapices flamencos, sus panoplias trufadas de armas antiguas, sus armaduras inquietantes como convidados de hierro, que sepa que todo nació de la joint venture entre la crédula generosidad del restaurador Enric Vilalta y la erudición libresca del viejo bohemio que acaba de pedir un digestivo de alta graduación.

El doctor Pompeyo Gener, savant catalan —así rezan al menos sus tarjetas de visita—, ha dejado de acudir habitualmente al vecino Lion d’Or desde que Vilalta traspasó el negocio. Aquí, Gener, además de materializar sus fantasías en la puesta en escena de esta decoración teatral que hubiese entusiasmado a Alejandro Dumas padre, ha renovado con el propietario su cuenta a fondo perdido, insondable, a cambio de derrochar ante un público menos brillante los últimos réditos de su prestigio cosmopolita. Pompeyo Gener es una leyenda viva, eso está fuera de toda discusión: juventud parisina, títulos y honores académicos, correspondencia con figuras de renombre, viajes exóticos, amantes egregias, condecoraciones militares, un lugar de honor en las enciclopedias europeas y americanas en las que se destaca su labor como filósofo positivista, dramaturgo, crítico de arte y literatura, erudito de civilizaciones antiguas, políglota, científico, utopista social, político federalista, pensador anarquizante, masón, poeta. No se menciona su apetito rabelesiano, ni su bonhomía, ni su adicción al alcohol y al láudano Sydenham. En privado, se celebra su cualidad más preciada, que sin embargo rara vez aparece en las semblanzas que aún se le dedican: su fantasía prodigiosa y su inmenso, impenitente, sentido del humor; ese talento para la mentira creativa, tan alejada del engaño interesado y del burdo embuste, que sus admiradores emparientan con el espíritu griego y sus detractores con la vanidad más inconsistente, con la pura fantasmagoría.

Pompeyo Gener sigue manteniendo su presencia de formidable figurón: come y bebe copiosamente a cuenta de su ingenio inagotable, de su apostura en franca decadencia. Se deja halagar a cambio de cenas, resopones, botellas con que festejar todo lo festejable, hasta que en las altas ventanas ojivales azulea la luz del día. La reciente guerra europea ha supuesto un cisma irreconciliable en el ambiente nocturno de Barcelona: la burguesía ilustrada rara vez amanece cerca del puerto, territorio ganado por los especuladores extranjeros, las cocotas de los cafés-cantantes, los conspiradores, las orquestinas de música negra, los oportunistas locales y los chulos de chaqueta ceñida y botines blancos. Así están las cosas. Pero el doctor Gener, el buen Peius, para los íntimos, sigue reinando, recorriendo cada noche su jurisdicción habitual, hasta que recala en la fraternal pechera almidonada de Vilalta y manda unir dos o tres veladores para dar cabida a sus admiradores falsos y verdaderos. Es cierto que a veces se abstrae y hasta se permite alguna cabezada, pero es un maestro resucitando a tiempo para hacerse cargo de la conversación, especialmente si ha visto la oportunidad de rememorar algún episodio de su fantasiosa vida pasada. Cuando el ambiente es lo bastante propicio, introduce de soslayo alguna verdad, algún hecho cierto, singular, pero no espera que nadie le crea, más bien se complace en advertir el inevitable cruce de miradas cómplices y de guasa contenida que le envuelve, le acompaña. Peius continúa asombrando por su aspecto de villano de opereta: barba y bigotes de mosquetero, ceño fruncido, frente alta, cabeza cana y leonina. Pero su corpulencia ha ido menguando dentro de las mismas ropas que usó hasta hace poco alguien más imponente. Su atildado aspecto de siempre —ha sido uno de los referentes elegantes de la ciudad— se consume dando paso a una deslucida y desaseada estampa de prohombre venido a menos, con solapas polvorientas y uñas de medio luto. Hasta su voz tronante de tiempos mejores le falla a veces con falsetes, carrasperas y trémolos seniles.

Le han servido el fernet en copa de absenta, con varios terrones de azúcar en un platillo. Peius endulza el digestivo, lo prueba con la punta de la lengua y da su aprobación con los bigotes risueños. Cuando el doctor Gener pide su digestivo —eso lo saben bien los camareros del Refectorium, es que la interminable velada está llegando a su fin.

—Así, Peius, usted no ha sido nunca hombre de absenta —pregunta o afirma un contertulio joven con ojos de pescado no demasiado fresco, tan ebrio como el resto del grupo.

Peius tiene unas respuestas siempre muy rodadas y pulidas por el uso, casi inmediatas:

—Pues no, amigo Garriguella, aparte de mí ese cáliz: la absenta es maligna, es una pócima de brujas. Ya sabe lo que dicen los franceses: en cada botella de absenta se esconde un diablo verde que invita a confundir la locura con el paraíso.

—A lo mejor ese diablo verde tiene razón —tercia una cocota que lleva toda la noche quitándose de encima los ocho brazos de pulpo del sobón que la acompaña—. Quizá el paraíso y la locura sean una misma cosa…

—Quizá —admite Peius sin ganas de batalla—. Pero una vez, en París, visité a un amigo ingresado en la sección de bebedores de absenta de un manicomio de las afueras. Si aquello era el paraíso, yo prefiero el amor de la lumbre del mismísimo Satanás…

Más de un tertuliano se ha santiguado, en broma o en serio: y del Espíritu Santo, amén.

Apurados los vasos y a otra discreta señal de Peius, el mismo camarero que le ha servido el digestivo le lleva la capa española, el bastón y el chambergo de fieltro. El doctor Gener sigue llevando ropas de invierno, aunque las madrugadas de junio empiezan a ser templadas. Entre las tertulias que ya se van disolviendo, del brazo del camarero, Peius cruza los turbios salones como un monarca cansado, saludando aquí y allá. Saluda hasta a las armaduras, a las que conoce familiarmente por su nombre, se deja ayudar escaleras arriba, hasta las puertas abiertas de la calle, y rechaza el ofrecimiento del portero que se brinda a acompañarle, como otras noches, hasta su casa en la Plaza Duc de Medinaceli.

—Mis zapatos ya conocen el camino —dice quedamente—. Gracias, Chaumet.

Golpea varias veces la acera con la punta del bastón y se enfrenta arrastrando los pies a la deriva por las calles oscuras, lubricadas de niebla, como un paquebote sobrecargado al que sólo guían las tenues farolas de acetileno, muy de vez en cuando, o las tétricas hornacinas votivas en las que arden las velas y las mariposas de aceite, para que no se extravíen los viandantes ebrios ni las ánimas del Purgatorio. Peius rebusca en sus bolsillos por si le quedan frutos secos o caramelos. Le cuesta respirar, y se detiene a menudo. No se ha cruza- do ni un gato con él desde que ha entrado en la calle Ample. Ni gatos ni grupos de juerguistas, ya de retiro. Ni obreros de La Maquinista Terrestre y Marítima, camino del trabajo. Sólo la calle vacía y negra como un túnel.

Para conjurar el mal presentimiento que le eriza la nuca, decide ilustrar en voz alta al vecindario proclamando la necesidad imperiosa de instaurar la aristarquía, la meritocracia social. ¡Que despierten las almas dormidas! Su voz va ganando empaque y resuena en el aire, acompañada —o mejor, ratificada— con puntazos de bastón como sentencias de juez.

Desde hace algún tiempo, las melopeas filosóficas en voz alta del doctor Gener se repiten y confunden. Nunca habían tenido excesiva coherencia, dada la hora y el estado del orador, pero últimamente Peius salta de un discurso a otro como una liebre de matorral en matorral. De la proclamación urgente de la aristarquía pasa a rememorar la figura de Miguel Servet, impreca contra la intolerancia de Calvino, describe la dignidad de un humanista radical chamuscándose en la hoguera, pero vuelve a la meritocracia y a la necesidad de una educación justa, universal, gratuita y desde luego laica, desde luego laica: sólo así cabe idealizar sobre el gobierno de los mejores, sin privilegios ni cartas de recomendación. La peor carta que puede jugar una sociedad es la carta de recomendación…

—A dormir la mona, ¡borracho!

A Peius, esta noche más que nunca, le reconforta que le chisten e insulten. Que se agiten las conciencias. Eso es bueno. Se oye llorar a un niño pequeño. Alguna que otra luz más en las ventanas. Peius avanza un poco porque sabe que se arriesga a que le remojen desde la altura con el contenido insano de algún orinal. Gente inculta, or- dinaria y desagradecida. Ni siquiera le ha salido hoy al paso el sereno, como un fantasma triste y menestral del orden establecido:

“Don Pompeyo, no grite tanto, por el amor de Dios, que luego los vecinos se me quejan y con razón…”.

La autoridad no ha comparecido hoy ante la provocación filosófica, así que Peius alcanza solo la primera claridad de la plaza donde vive y se acerca al único local abierto en el que unos aprendices tuestan y muelen café. Suele comprar una bolsa de jamaicano, en previsión de la taza que le apetecerá cuando despierte pasado el mediodía.

—¿Se encuentra usted bien, señor?

Peius ignora la pregunta que le hace el dependiente. Está jadeando, y se nota la frente fría bajo el sombrero. Sólo piensa en los tres pisos sin ascensor que le separan de su cama. Se palpa la holgura de la piel porosa dentro del cuello duro de la camisa. El nudo de la corbata ya había flojeado horas antes. Cruza junto al estanque donde se bañan unos cisnes a los pies de la estatua de un almirante. La plaza forma un anfiteatro recto, lisboeta, frente al mar, que ahora es sólo una grisalla borrosa salpicada de luces amarillas, columnas de humo, mástiles, montañas piramidales de troncos y feas grúas metálicas.

Y acomete su viacrucis vertical, diario, por la escalera que le lleva a su casa en el último piso de la finca; apenas un palomar de la azotea con comuna aparte. Nota el aroma del café de la bolsa que lleva en el bolsillo. En algunas puertas cerradas brilla el latón de sa- grados corazones, junto a los picaportes y algunos timbres eléctricos. Sube con la resignación de un Jacob por la intimidante escala de la Gloria, con la capa abierta y recogida sobre los hombros. Tose, sin resuello. La mano izquierda deslizándose por el pasamanos que empieza siendo de mármol y se desprestigia con la altura, hasta ser una superficie relavada de madera. El bastón en la diestra, tantean- do peldaños, y por fin el último descansillo, el que da a la azotea y a la entrada de su piso en el séptimo cielo.

Peius busca las llaves, que tintinean con un temblor incontrolado, como un sonajero. Cede la puerta y amanece —nunca mejor dicho— en la sorpresa luminosa de la azotea, llena de sábanas tendidas de los hilos de alambre. Otras veces se detiene a dar un último vistazo a los tejados de la ciudad que se despereza, pero hoy emprende una insensata línea recta a través de la ropa, apartándola con manotazos sin fuerza. Los espectros tienen muchas menos dificultades atravesando muros de piedra. Avanza a trompicones entre la colada. Oliendo a jabón de sosa, a ropa húmeda, a una luz limpia y enemiga que no le deja pasar con su falsa inconsistencia. Le sobreviene el desvarío y la urgencia de tenderse a dormir en su cama, antes de que le fallen las rodillas de algodón, pero las pantallas de luz se suceden, son una trampa, las aparta con el brazo libre, con el bastón, como en una contienda con fantasmas apedazados. Y entonces le vence definitivamente la luz y se queda a oscuras, luchando a ciegas, revolviéndose en redondo hasta que una sábana le envuelve por completo y cae al suelo. A su lado queda el bastón como el cetro de un rey derrocado. Muy cerca, el chambergo negro de alas anchas como un pajarraco muerto. Y Peius permanece tendido como un enorme fardo blanco en el suelo húmedo de la azotea, boca arriba, inerte, de cara a la inmensidad del cielo que ya no puede ver. Se diría que se ha procurado un sudario en el último momento para viajar al más allá.

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2. El limbo

El limbo no debería oler a nada, a nada en absoluto, sin embargo huele a caldo de gallina y a desinfectante formaldehído. Qué extraño lugar para acoger almas de paso. Con los ojos entornados, mientras se va acostumbrando a la luz, Peius va dando fe del soso estilo decorativo que adorna las moradas espirituales: blancos el techo y las paredes, blancos los visillos de la ventana, blancas las sillas, el armario, la cama de metal donde está acostado, la cama gemela, lisa y vacía, que ve a su lado derecho. Hasta el orinal que descubre en un rincón, sin ser un elemento propiamente metafísico, es de impoluta porcelana blanca.

Peius tiene la garganta tan seca como si se hubiese tragado un estropajo de esparto. Le duelen todos los huesos del cuerpo y el galope de un batallón de la caballería cosaca le atormenta bárbaramente las sienes. Trata de decir algo, hacia la puerta abierta de la habitación, porque se oye —y sobre todo, se percibe por el olfato— el trasiego de un carrito transportando soperas de caldo, pero sólo es capaz de emitir un leve gemido que no puede oír nadie. El bulto de su cuerpo, bajo la sábana, prefigura una estatua yacente de mármol.

Y sueña —contraviniendo las costumbres de las estatuas de mármol— con la rebotica de la farmacia de su padre en la calle Petritxol. Hacía muchos años que no entraba allí, a remover entre los cajoncitos y frascos misteriosos, con la curiosidad de un niño. Lo que su padre llamaba pomposamente “el laboratorio”, era sólo un almacén de drogas comunes almacenadas en tarros y un largo banco de madera con básculas de precisión, almireces, hornillos de alcohol y algunas retortas de alquimista industrial. Una trastienda oscura y de ambiente denso, dominado también por el carácter intratable del formol. Además de ser un centro de específicos, la farmacia tenía fama por sus golosinas: jarabes, grageas, sodas en polvo, zarzaparri- llas. Hubiese vendido su alma en aquel mismo instante por un granizado de grosella, incluso por menos, por un caramelo del doctor Gener de miel y limón, para suavizar la garganta. Pero se sabe atrapado en la pura asepsia blanca del limbo.

Cuando vuelve a abrir los ojos, una eternidad más tarde, su buen amigo Manel Ribé, como un aparecido, le observa desde la si- lla que ha acercado a la cama. Qué agradable sorpresa del mundo terrenal: la mirada risueña de Ribé, el impecable traje de calle de color marengo, el sombrero duro y pulido sobre las rodillas.

—Ya se va despertando usted, Peius —dice el visitante—. Nos ha dado a todos un buen susto…

—Sáqueme de aquí, Ribé —balbucea Peius con una súbita urgencia—. Usted es mi ángel de la guarda. Aquí me matarán de hambre y de tristeza.

—No exagere usted, hombre de Dios. Sólo lleva aquí desde ayer por la tarde. ¿No recuerda lo que acordamos en su casa? Le están sometiendo a unas pruebas. Le encontraron sin sentido. Tiene usted dislocado un hombro y se golpeó la cabeza al caer. Le vendrá bien pasar una temporada aquí, en La Alianza. Déjese cuidar. Los médicos que le han examinado son bastante optimistas…

—No estoy hecho a la santa clausura. Usted ya lo sabe, Ribé…

—Ahora se impone el sentido común, amigo mío. Vendré a verle todos los días. Y pronto estará usted de nuevo haciendo su vida en la ciudad, ya lo verá. No olvide que ha empezado a redactar sus memorias definitivas.

—No lo olvido, Ribé —dice suspirando Peius—. Créame que no lo olvido. Pero ¿no podrían servirme un poco de ese caldo de enfermo que pasean arriba y abajo en un carrito? ¡Me mantienen vivo a base de suero!

El jefe de Protocolo y de la Guardia Urbana de Barcelona, Manel Ribé, sigue acompañando aún a Peius hasta que una monja se asoma a la puerta de la habitación para anunciarle que se acababa el horario de visitas. El coche oficial que le espera frente a la fachada principal de la Quinta de Salud La Alianza es el mismo con el que acompañó a Peius desde su casa hasta el hospital, la tarde anterior, una vez le dieron aviso del accidente y pudo personarse en el piso de Duc de Medinaceli. Un médico del dispensario de la calle Ample se había ocupado de las curas de urgencia, pero le correspondió a Ribé persuadir al herido de la conveniencia de ser ingresado en La Alianza, en previsión de lesiones internas. Peius, con las barbas mustias, en su desventrada cama, pálido y casi sin voz, se había resistido hasta quedarse sin argumentos. Tenía los ojos vidriosos. El pequeño dormitorio estaba en penumbra, con unas cortinas de arpillera mitigando la luz de la azotea. En un armario abierto colgaban los desamparados trajes de Gener, sobre una montaña de carpetas, libros y hatillos con revistas y periódicos. Encima de una mesilla, dos fotografías enmarcadas: en una se veía a la actriz francesa Sarah Bernhardt disfrazada de Juana de Arco, en pleno éxtasis teatral. En la otra, bajo el retrato de un anciano de barbas blancas y expresión ceñuda, podía leerse a pluma, en francés: “A mi admirado Pompeyo Gener. Victor Hugo”.

En la sala que hacía las veces de comedor y estudio, junto a otra ventana, una insólita máquina de escribir, con su etiqueta de alquiler colgada del pulsador del carro, esperaba las sesiones en las que un asistente, contratado por Gener —el poeta místico Xavier Viura, de la vieja tertulia del Lion d’Or—, trataba de ordenar y pasar a limpio el caos de sus memorias definitivas: cuartillas sueltas de cronología barajada, ya mecanografiadas pero casi inextricables por las tachaduras, añadidos y correcciones a mano de Peius, más sus últimas anotaciones manuscritas, recogidas en servilletas, sobres, fichas de cartón, papel de carta con membrete de hoteles: todo con una caligrafía imposible y prodigiosamente parecida a la de Victor Hugo en su fotografía dedicada.

Ribé había sido incapaz de atemperar las costumbres de Gener, que vivía en el puro exceso aunque su salud estaba ya muy deteriorada y su sueldo como funcionario municipal no alcanzaba para grandes alegrías. El propio Ribé, años atrás, había conseguido que el Consistorio nombrara a Peius auxiliar políglota. Su primer sueldo oficial le duró exactamente tres días, el tiempo que tardó en invitar a todo el mundo y fantasear sobre las arduas tareas de traducción que se le encomendaban desde las más altas instancias. Y no hablamos de lenguas modernas, caballeros, que ya dominan hasta los viajantes de comercio, sino de lenguajes tan arcaicos como el sánscrito, el arameo y el acadio, que tenía algo olvidados desde su juventud por falta de uso.

Ribé seguía con su tutela a cierta distancia, para no ofender a un protegido treinta años mayor que él. Las tornas habían cambiado. Ya no era el ilustre doctor Gener, recién llegado de París, quien le acogía en sus tertulias y le presentaba a las personas más influyentes para propiciar lo que más tarde sería una fulgurante carrera administrativa. A medida que se iba apagando la estrella de Peius —sufrió varios ataques cardíacos y se llegó a temer seriamente por su vida—, el jefe de la recién creada Guardia Urbana consiguió convertir en justicia poética lo que no pasaba de ser un acto encubierto de caridad institucional. Peius sólo fue visto una vez en el despacho de traductores. Posó para una foto fingiendo que consultaba unos papeles, junto a un festivo jipijapa achambergado que ocupaba casi todo el escritorio. Acudía a la alcaldía una vez al mes, el día de pagos, pero eso duró apenas unos meses, cuando Ribé optó por administrar sus honorarios y conseguirle una vivienda más adecuada, pues por aquel entonces Peius malvivía a crédito en un cuarto interior de la calle Eures, con vistas a un ahumado patio de ladrillo. Se negoció un alquiler, también modesto pero mucho más digno, en aquella finca de la Plaza Duc de Medinaceli, con recibos a cargo del Ayuntamiento. El jefe de policía entregaba prudentes sumas a Peius cuando éste se lo requería en algún aparte, en la calle o en los cafés, aunque de nada servían los consejos de moderación. Peius se consumía, se encorvaba a ojos vista, pero el genio desaforado de Dionisos formaba parte de su naturaleza.

El médico-director de La Alianza se entrevistó con Ribé horas después de que Peius fuese ingresado. A falta de evaluaciones más completas, el pronóstico no era demasiado halagüeño. El doctor Gener —”¿Puedo hablarle con absoluta franqueza?”—, además de las contusiones de la caída, tenía la tensión por las nubes. Su corazón era como un metrónomo desacompasado. Padecía de reumatismo severo, tenía problemas de próstata y era diabético. Pero lo más preocupante era su hígado inflamado por el alcohol y las comidas pantagruélicas. Sin contar con su adicción a los sedativos de opio.

A Ribé no le gustó escuchar la diagnosis de semejante cuadro. Peius era mucho más que una colección de enfermedades. ¿Acaso no contaba la robusta salud de su imaginación? ¿No era síntoma de fuerza vital su desbordante sentido del humor? Él mismo formuló las preguntas y llegó a una única respuesta sin abrir la boca, ante la mirada neutra y científica del director del hospital que leía los informes. Casi era mejor que no se llevaran a cabo más exploraciones y análisis.

Sentía la satisfacción de haber hecho lo correcto al conseguir el ingreso de Peius en La Alianza, aunque Gener no era mutualista ni probablemente tuviera noción alguna de lo que era un seguro médico: “Acuérdese de cuando frecuentaba los mejores balnearios de Europa”, le había dicho para convencerle. “Una temporada de reposo, un buen tratamiento depurativo y otra vez en plena forma, que es como queremos verle a usted.” No sabía si Peius le había creído o no. En realidad no tenía elección.

Ribé recoge pulcramente sus alas antes de introducirse en la parte trasera del coche que le espera a la entrada del hospital. No puede evitar cierta mala conciencia al ver alejarse el palacete modernista de la clínica, nacido casi como un espejismo entre los descampados y las huertas de esta parte de la ciudad. Más que probablemente la última residencia de Peius.

—¿Vamos a su casa, señor? —le pregunta el guardia de servicio que le acompaña al volante.

—Déjeme en el centro, en la cervecería Múnich —contesta Ribé. Le apetece una jarra de cerveza fría, un buen habano, gente. Y quizá, más tarde, la visita a una joven amiga, con veleidades artísti- cas, a la que ofrece su mecenazgo incondicional en un estudio de la calle Platería.

Siempre se siente así —decaído pero con unas ganas infinitas de ponerle remedio— cuando acaba de volver de un funeral.

Juan Miñana. Foto: Especial

Juan Miñana: Nació en Barcelona en 1959. Su primera novela, La claque (1986), una sátira sobre una escuela de aplaudidores, no pasó inadvertida a la crítica, pero su consagración como novelista no le llegaría hasta la publicación en 1991 de El jaquemart. En 1996 publicó La playa de Pekín, que cosechó elogios unánimes. Es considerado uno de los mejores novelistas de su generación.

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