El expediente de mi madre

LECTURAS | El expediente de mi madre, de András Forgách

Unas memorias laberínticas que son un viaje alrededor de la vida de sus padres y particularmente de su madre, que era espía.

Ciudad de México, 6 de junio (MaremotoM).- Décadas después de la desaparición del régimen comunista en Hungría, el autor de este libro –un reputado escritor, traductor y artista visual– recibe una llamada que le informa de la aparición en un archivo de unos documentos que pueden interesarle. Contienen un sorprendente secreto que sacudirá hasta los cimientos su pasado y el de su familia. Su adorada madre, Bruria, espió de forma continuada para la dictadura de János Kádár y pasó información comprometedora sobre amigos, vecinos, familiares y hasta sobre sus propios hijos.

András Forgách emprende entonces una indagación a la que dará la forma de una novela de la realidad. Explorará la complicada relación de la madre con su marido, que también fue agente secreto del régimen antes de desarrollar problemas mentales; tratará de comprender los motivos por los que tomó la decisión de convertirse en espía de su entorno más próximo  y rebuscará en su fe en el comunismo, su férreo patriotismo y su antisionismo militante pese a ser judía nacida en Jerusalén… Pero, como la figura de Jano, ella también tenía otro rostro, el de la madre cariñosa y la mujer entusiasta. ¿Cuál es el verdadero? ¿O necesariamente es la contradictoria suma de los dos?

Sirviéndose de las armas de la investigación y de la narración novelística, el autor se sumerge en su historia familiar y en el pasado de un país sometido a un régimen totalitario cuya obsesión por el control de sus ciudadanos alcanzaba tintes grotescos, kafkianos. Busca documentos, investiga el funcionamiento de los aparatos del Estado, abre puertas y pasadizos que conducen a secretos, mentiras y heridas sin curar, tanto en el ámbito íntimo como en el de toda una sociedad desquiciada. Y, desde la estupefacción, intenta desentrañar la complejidad de ese ser humano próximo y al mismo tiempo desconocido que fue su madre.

El expediente de mi madre
El expediente de mi madre. Foto: Anagrama

Fragmento de El expediente de una madre, de András Forgách, con autorización de Anagrama

La señora Pápai acudió puntual al encuentro. Los hombres llegaron con unos quince minutos de retraso y pidieron disculpas repetidamente con la mayor humildad, no sin antes ofrecer a la señora Pápai un ramo de flores con ocasión de su sexagésimo cumpleaños. Todo esto tenía lugar en la plaza de Batthyány. Mientras ellos seguían derrochando excusas, la señora Pápai anuló con un gesto de impaciencia cuanta palabra redundante estuviera por venir y aludió a la nevisca que caía y que el informe, por lo demás, olvidó mencionar: “Que sea este el mayor problema, caballeros.” En honor a la verdad dijo “camaradas”, con su inconfundible acento y con una sonrisa que los desarmó por su atractivo y por la voz de cantarina melodía que no hacía sino avivar el encanto de su afirmación; pero en aras de la seriedad del relato quedémonos ahora con “caballeros”, que refleja con mayor fidelidad los galantes piropos que salieron de las bocas de los varones para acompañar el precioso ramo. Acto seguido, y según lo acordado previamente, el pequeño grupo se encaminó por la orilla de la plaza en dirección a la pastelería junto al templo, o detrás de él (cuestión de perspectiva), ubicada en un semisótano que había sido en su origen una planta baja, hecho que recordaba las épocas anteriores a las grandes crecidas del río, cuya gris espuma se iluminaba por un momento ante la risa desbor- dante de la señora Pápai. El propio Hokusai habría envi- diado el bello espectáculo de los copos de nieve de aquel blanco majestuoso al caer de soslayo sobre las aguas pla- teadas. En ese preciso instante, la risa de la señora Pápai quedó sofocada por el estridente rechinar del tranvía de la línea 19 al partir de su parada final, situada justo detrás de la estación del metropolitano, en dirección al Puente de las Cadenas.

Aquel día la señora Pápai no brillaba por su elegancia; se había calado una tupida gorra de lana de colores y un abrigo beige forrado que no se diría que fuese el último grito: provenía de los talleres de la fábrica de ropa VOR, Vestidos Octubre Rojo. Como si fuese deliberado su total descuido en el aspecto exterior, calzaba unos sencillos zapatos de tacón bajo y su única alhaja eran sus hermosos ojos verde jaspeado, resplandecientes, que tendían al azul o al gris. “Bah, el atavío de una persona no es lo importante, caballeros, no es el hábito lo que hace al monje”, habría dicho si se lo hubiesen preguntado. Sin embargo, esta vez su apariencia poco refinada fue decididamente ventajosa. Que era la fecha de su cumpleaños, los hombres tampoco lo supieron por ella, pues la señora Pápai ponía especial énfasis en que ese día su entorno “prescindiera de hacer alharaca”, no le gustaban las ceremonias, las celebraciones superfluas, “ayayay, hay cosas mucho, pero muchísimo más importantes en este mundo, personas que se mueren de hambre, que van descalzas, que son diezmadas por las enfermedades y las guerras”. Aunque, en realidad, no poca incertidumbre se cernía sobre la fecha de nacimiento de la señora Pápai, algo que los tres caballeros sin duda no podían saber, puesto que su cumpleaños, de acuerdo con el orden de las cosas, caía de tiempo en tiempo en el primer día de una famosa festividad de fecha variable. En su infancia, la familia observaba todavía estrictamente las prescripciones religiosas y, según el ánimo en que la pillaba la fiesta, que por tal motivo era doble, celebraba el cumpleaños de la niña a lo largo de ocho días, pues sabido era que las velas permanecían ocho días encendidas por la festividad, de tal guisa que los padres, cediendo a su graciosa disposición artística, en algunas ocasiones se desviaban de la prosaica fecha original, lo cual les deparaba tanta más alegría que la festividad misma precisamente por reme- morar la llegada de la pequeña, que por lo demás fue a ciencia cierta el 3 de diciembre. En consecuencia, podía ocurrir, además, que la desmemoriada madre de la niña, famosa por sus flirteos y de temperamento apasionado, diese de cuando en cuando otra fecha en las oficinas coloniales y demás dependencias (de las cuales había una fastidiosa cantidad por la doble administración, lo cual dificultaba innecesariamente la vida de los inmigrantes), ya que de improviso solo recordaba que el nacimiento de su hija había caído durante la Januká. Así podía ocurrir que constase en diferentes documentos en fechas vecinas como el 1 de diciembre, el 2, el 3, en alguna parte hasta el 6 de diciembre, con lo cual la señora Pápai obtuvo una especie de justificación para su “indiferencia”, más aún, su desmesurada animadversión de antirreligiosa convencida hacia su cumpleaños. Si era imposible averiguar en qué día había nacido realmente, la verdad es que era absurdo fijar el aniversario en una fecha. Pero los tres caballeros no podían saber todo eso.

Poco después, los tres bajaban cual séquito galante de la señora Pápai por las abruptas escaleras que conducían a la pastelería Angelika: el teniente coronel de la policía Miklós Beider, interlocutor adjudicador, el primer teniente de la policía doctor József Dóra, interlocutor receptor y el teniente coronel de la policía János Szakadáti, director de la subdivisión. Que todo eso no se transformase en la entrada al escenario de la prima donna de una opereta fue solo gracias a que Dóra y Szakadáti guardaron ambos una pequeña distancia, de conformidad con las reglas de la conspiración. Pero las sorpresas aún no habían llegado a su fin. Una vez abajo y después de que los tres compitieran por ayudar a la dama a quitarse el abrigo de invierno, menester en el que finalmente Miklós demostró ser el más diestro, tomaron asiento en un compartimento íntimo del café. Mientras el abrigo resbalaba de los hombros de la mujer, las tres miradas masculinas se habían detenido en la belleza antigua de aquella figura femenina ya no tan joven y no muy alta, de caderas pronunciadas y senos exuberantes, silueta que, por lo demás, en las fotografías tomadas en la playa –desconocidas para los señores– se veía particularmente favorecida por la luz del crepúsculo; en esas tomas se revelaba y destacaba su atractivo de cuerpo entero y también resplandecía y encandilaba el perfil de su rostro, cuya hermosura había que agradecérsela a partes iguales a sus perfectas proporciones y al amor incondicional por la vida y la alegría que irradiaban sus facciones. El hecho de que aquellas vetustas y exóticas fotos junto al mar hubieran surgido de encuentros conspirativos con seguridad habría galvanizado a los tres varones si se hubiese tocado el tema, pero la conversación no giraba en torno a las bahías al abrigo de la sombra de cedros libaneses, donde damas y caballeros de las más diversas nacionalidades y religiones tomaban un baño y flirteaban, se fotografiaban junto a burros, cascadas y el mar Mediterráneo y hablaban incluso de las tareas más urgentes de las organizaciones locales de base de sus partidos, mientras que algo más al norte de sus narices hervía la guerra mundial.

Apenas los cuatro hubieron tomado asiento en el cubículo y estudiado a fondo la carta, los tres hombres pidieron un café solo quitándose prácticamente uno a otro la palabra de la boca, mientras que la señora Pápai ordenó un té Earl Grey, que en aquel tiempo se consideraba el no va más del lujo, si bien renunció a los pasteles con una alusión a su cintura llena, por mucho que Miklós, el hombre de mayor rango, la alentase con su cálida voz de barítono.

“Aquí es excelente el pastel de chocolate con nata al estilo francés, tiene fama mundial”, le aseguró, “mi nieto se come hasta dos de una sentada, por no hablar del de semillas de amapola…” (“Claro, flódni, una especialidad judía, ¿verdad?”, cacareó sin permiso el camarada Szakadáti, pero enmudeció enseguida al percibir las miradas de desaprobación de Miklós y József.)

Miklós, que conocía desde hacía más tiempo a la señora Pápai, insistió y le habló tanto sobre los magníficos pasteles de la cafetería Angelika, famosos en medio mundo, que finalmente, después de una larga vacilación, la invitada se dejó convencer de consumir un profiterol, a raíz de lo cual la lucha entre el tenedor y el profiterol dejó una sutil huella de nata batida en el borde de su boca, y la señora Pápai pasó la lengua por encima con una ruidosa carcajada, lo que dio ocasión después a observaciones galantes por parte de los hombres. Aunque tal vez a los señores les hubiese apetecido algo sólido, tenían claro el efecto en el coste del encuentro y si bien la oficina les había dado carta blanca al respecto, sabían bien que un poquito de autodominio a la larga nunca perjudica. Antes de la llegada del profiterol, en uno de esos silencios que asaltan con frecuencia en situaciones así a las personas reunidas en cierta intimidad, cuando todas sienten que después de las frases previas y generalidades vacuas hay que ir al grano, József sacó de su portafolio inesperadamente y como por arte de magia un precioso mantel bordado con motivos populares que a la señora Pápai le causó una alegría mayúscula. El mantel estaba envuelto en papel de seda y ata- do con una cinta rosa, y los tres caballeros volvieron a desearle feliz cumpleaños uno por uno, pues, como hemos mencionado, precisamente aquel día en que uno dejaba y otro empezaba a hacerse cargo de su persona, la señora Pápai cumplía sesenta años.

Sin embargo la conversación no se sostuvo según los planes, para gran sorpresa de los tres caballeros. Y ello no solo porque la parte superior del profiterol fue a parar sobre el mármol de la mesa, inesperadamente, ni por el poquitín de crema dulce que había embadurnado el borde de los labios de la señora Pápai, ante lo cual el envalentonado József (en su derecho de flamante interlocutor receptor) después de algunas vacilaciones, sonrió como un mozuelo y se lo hizo notar a la camarada. Ocurrió que la señora Pápai, después de que le explicaron con detalle las complejas tareas que le encomendaban, que ella repitió al pie de la letra con toda tranquilidad como una colegiala sobresaliente, por añadidura sin haber tomado notas, prueba inequívoca de su excelente memoria (que había fluido en demasía en sus informes tempranos, por lo demás, donde lo demostraba también su estilo rico en detalles), conque después de que Miklós “adjudicase” a la señora Pápai a merced de József, si bien en ese lugar no cerraron la operación con esa palabra y dado que el de mayor rango ya había llamado con señas a la camarera para que llevase la cuenta y sacado su abultada billetera, la señora Pápai de repente, con voz estridente y viva, parecida a la de un muecín en sus cantos al convocar al rezo y que a los tres camaradas les hizo empezar a aguzar el oído, comentó: “Creo que no merece la pena que continúe haciendo esto, no debo seguir haciéndolo.” El aire alrededor de la mesa se congeló literalmente, de modo que la señora Pápai, en voz un poquito más baja pero siempre con ese falsete cantarino, añadió: “y no es, en absoluto, porque no comparta alguno de los objetivos que tenemos en común”. Los tres caballeros se quedaron petrificados por el cambio de discurso y el teniente coronel de la policía levantó el dedo índice y cortó el paso a la camarera, que en ese instante se acercaba con una sonrisa festiva hacia la mesa y estaba a punto de colocar ante Miklós la cuenta por un importe nada modesto. Miklós pensó primero pedirle que mejor volviese más tarde, pero con su magnífico instinto para calar la naturaleza retorcida de la situación, cayó de inmediato en la cuenta de que así solo atraería más la atención hacia ellos, algo que infringía las reglas tácitas de la conspiración. En la pastelería Angelika, medianamente concurrida a esa hora de la tarde, el jovial grupo afortunadamente no llamaba la atención, a su alrededor había funcionarios que se daban una vuelta por allí de preferencia a la hora del aperitivo o que al final de su agotadora jornada laboral iban a tomar un café o beber una cerveza; en el rincón opuesto se había sentado una pareja de enamorados que se abrazaban compulsivamente y no cesaban de contemplarse con profunda admiración. Pero entonces el camarada Beider, con genuina intuición de jefe de estado mayor, silbó entre dientes en dirección a la señora Pápai: “¡Después!”, como quien ordena a su caballería retirarse del puente. No se puede negar que la señora Pápai se apocó ante el rostro endurecido de Miklós, cuyo barniz de jovialidad se había derretido en un instante, y hasta le pareció oír cómo le rechinaban los dientes. Al mismo tiempo, como buena comunista, captó ipso facto que ahora debía guardar el más estricto silencio; en vano prorrumpía de su interior desde hacía mucho tiempo, a decir verdad desde 1975, un asfixiante y amargo malestar que la carcomía como una vorágine. Cuando la camarera por fin se alejó, Miklós miró a la señora Pápai, y János y József lo secundaron con alguna expectación y zozobra.

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“Hasta el hoy día”, dijo ella, “he cumplido con todas las incontables y en general nada sencillas peticiones de ustedes al servicio de la democracia popular. He dejado de lado graves preocupaciones que atañen a mi vida privada para hacerlo y aun así he sido capaz de formular propuestas concretas. Pero incluso en los casos en que ustedes respondían a ellas con palabras como magnífico, le agradecemos, maravilloso, excelente, grandioso, yofi, tampoco ocurrió nada, nada de nada en absoluto. Más aún, pese a ser mis recomendaciones tan celebradas, o quién sabrá si por eso, el resto del tiempo no me buscaron, como si no estuviese yo en este mundo. Entonces por qué habría de considerar importante este trabajo si cuando digo o propongo algo, nadie se interesa en serio por mí, solo lo fingen; en cambio, cuando hay algo urgente, arriba, mujer, que pegue un salto. No considero que esto sea lo que entre camaradas se entiende por camaradería. No veo el sentido de mi trabajo en circunstancias así y si pese a ello lo sigo realizando es solo por la confianza en que este cambio que se lleva a cabo ahora mismo sea como un nuevo despegue.” Al finalizar el estallido de la señora Pápai, los señores permanecieron sentados por un momento como tres alumnos escaldados de primaria, no estaban preparados en absoluto para una cosa así, no era costumbre que un agente reclutado los aleccionase en ningún asunto. Pero Miklós, que había visto mucho, se recompuso enseguida. “Estimada camarada señora Pápai”, respondió con inteligente diplomacia, “precisamente en los últimos tiempos hemos tenido un sinfín de tareas en otros campos; si ha leído las noticias con atención, se puede imaginar cuántas preocupaciones y disgustos tenemos, y en esos casos es comprensible que existan ciertas prioridades…” Pero la señora Pápai no era tan fácil de ablandar y con gran arrogancia cortó a Miklós: “Cuando hay que traducir artículos, con los cuales no estoy de acuerdo, y la mera lectura me causa sufrimiento, tan abominablemente reaccionarios son, y cuanto más leo mi desacuerdo es mayor, y detesto tener que traducir absolutísimamente todas las palabras, todo al pie de la letra, frases que van revolviéndome el estógamo, tanto más que ni sé bien húngaro, y es necesaria para mí ayuda, no recíbola de nadie, a excepción tal vez de mi hijo, su tiempo cómo puedo yo estarle robando y robándole y rodánbole, y no me gustaría arrastrarlo a mi hijo a estas cosas”; cuanto más hablaba y más iracunda estaba la señora Pápai, tanto más proliferaban en su discurso los atractivos errores lingüísticos, el trastrocamiento de las consonantes, el vigor independiente de sufijos y conectores y sílabas de relleno, cosa que los señores, por lo demás, encontraban extremadamente divertida, y cuando la señora Pápai les pidió disculpas por ello, denunciando el suplicio que era para ella redactar sus informes, que debía escribir a mano y de noche, Miklós interrumpió: “Esos errores lingüísticos, diminutos tropezones estilísticos, estimada señora Pápai, no hacen sino dar mayor autenticidad a los informes, y le confieso que surten un efecto de verdad refrescante en el mar de las habituales frases grises que dan dolor de cabeza. Recuerdo cuán magnífico fue su primer informe, se puede decir que era un informe virgen de hace seis años, cuando viajó con su hijo a visitar a su familia, un relato magistral de verdad, cómo vuelve al puerto de Jaffa por su equipaje, eso no lo escribió para mí, pero el camarada Mercz fue expresamente a mi oficina a leérmelo, y ya entonces advertí cuán brillante observadora es, cómo no, y no me olvido, qué gracioso fue, por ejemplo, que escribiese cuando volvió al barco a buscar sus maletas que le “permitiesen revolver al barco”, me reí a carcajadas, le soy sincero, era tan acertado…” No obstante, la señora Pápai frunció el entrecejo y de nuevo interrumpió imperturbable el discurso de Miklós para continuar: “Sin embargo yo misma, al margen de cuán difícil me resulta, cumplo con lo que me están solicitando ustedes, escribo los informes, traduzco todos los artículos, y de urgencia, dejo de lado cualquier otra cosa, conque soy una buena camarada. Pero en cambio, cuando pido algo yo, soy apenas ratón minúsculo, el último bicho que repta por el polvo.” “¿Bicho?”, preguntó turbado el camarada Beider. “Cucaracha”, repuso la señora Pápai, era un desafío; “ahora quieren que acorte mi viaje. Si lo hago, ¿cuál será el agradecimiento? Mis advertencias las arrojan a la papelera. Mis ideas ni valen un pepino». En ese mo- mento, el teniente coronel de policía miró furtivamente al teniente de policía József Dóra, el antiguo al nuevo encargado e interlocutor, he ahí la ocasión de probar en el escenario abierto que era digno de la tarea, que disponía de la oportuna sensibilidad de psicólogo, y que podía por consiguiente tratar y dirigir a la señora Pápai, a quien en ese instante los tres hombres admiraban aún más en secreto, pues durante el apasionado estallido la mujer parecía haber rejuvenecido.

“Estimada camarada señora Pápai”, dijo entonces József con voz cálida, “precisamente es mi objetivo, y quizá en nuestro encuentro haya podido darle mil señales de ello, que se restablezca la confianza entre nosotros. La confianza, que de vez en cuando resiste dificultades. Pues nuestro objetivo común es la continua lucha por la justicia.” Con discreción aludió también al mantel bordado con motivos del país, el cual es cierto que no lo había comprado con su dinero para la señora Pápai, pero al fin y al cabo tampoco era obligatorio ablandar a una (así llamada) colaboradora secreta con un regalo. El camarada Dóra por supuesto no podía sospechar que la señora Pápai pensaba regalar el mantel, ya sabía incluso a quién, sería un obsequio magnífico cuando fuese después a visitar a su familia en Tel Aviv, en ese viaje pagado por sus mandantes, cuyos designios, y eso lo tenía claro la señora Pápai, excedían con creces sus posibilidades, ella igual iría hasta las últimas consecuencias, y no escatimaría esfuerzos, pero era improbable que pudiera introducirse en el Congreso Mundial Sionista, de lo cual se alegraba en secreto, pues ella protestaba con todas sus células en contra de esa “sarta de alharacas nacionalistas”. A cambio estaría por lo menos entre sus seres queridos, les brindaría una gran alegría además con el mantel bordado con motivos de la región de Matyó. Ella en general no tenía apego a las cosas, y a la primera ocasión que se le presentaba se libraba de ellas, de lo contrario acababan empaquetadas en algún lado, porque tirar, la señora Pápai no tiraba nada. Ya en la infancia había aprendido de su madre a no ser fetichista con los objetos materiales. Su madre invitaba regularmente a casa a los niños de la calle, y eso que ellos tampoco eran ricos, les preparaba chocolate caliente con nata batida y de repente se le antojaba regalarles unos zapatos o algún vestido de sus hijas; y si veía que los rostros de sus vástagos caían en la desesperación, les soltaba un discurso sobre el alborear del comunismo, que alcanzaría a toda la humanidad, y del cual ellos debían ser ejemplo. Sí, la señora Pápai no concedía valor a los objetos materiales, y si miraba con ojos resplandecientes su regalo de cumpleaños era solo porque se imaginaba que al cabo de poco tiempo ese regalo se convertiría en un regalo para otros.

Durante un rato, el camarada Szakadáti se había agitado intranquilo en su sitio, a él también le habría gustado decir algo. Bajo la mesa, el camarada Beider presionó sutilmente la rodilla de su colega, cosa que el camarada Szakadáti malinterpretó inconscientemente, y se sintió más bien alentado para hacer todo lo contrario, mientras el camarada Beider lo que deseaba señalizar de ese modo informal era que había que poner fin a aquel encuentro, que se había prolongado demasiado. Pero quizá debido a lo mucho que tenía que decir y que se le había atascado en la garganta mientras escuchaba hasta el final las conversaciones de sus dos colegas con la señora Pápai, ora acogedoras, ora como dos estrictos catedráticos examinándola, brotó de Szakadáti un verdadero torrente de palabras (nomen est omen) y prácticamente con la vehemencia de un colegial, el hombre le recordó a la señora Pápai la entrañable y cálida atmósfera de su primer encuentro. Pues este individuo de cuarenta y dos años, divorciado y más bien retraído si se prescindía de sus bastante lastimo- sos desmanes ocasionales, por un instante había malinterpretado por completo la desenvoltura de carácter y sociabilidad de la señora Pápai, cuando ya en el primer encuentro, pidiendo disculpas, había dicho que, siempre que podía, ella tuteaba a todo el mundo. Y eso decididamente le gustó a Szakadáti, aunque tuviera que vetarlo, y después volviesen a tratarse de usted, lo cual también tiene su erotismo propio, pues entonces y durante un tiempo el camarada Szakadáti había abrigado la alocada esperanza –si bien eso lo prohibía terminantemente todo reglamento– de tener una relación más íntima, considerando que era un apasionado de las damas mayores que él. Ahora, a sabiendas de que en lo sucesivo sus encuentros iban a espaciarse en el tiempo o a cesar por completo, pues el camarada Dóra recibía del camarada Beider el cargo de tratar con la señora Pápai, y a partir de ese día sería competencia exclusiva del camarada Dóra procesar los materiales de la señora Pápai, Szakadáti se desanimó del todo. Aunque no se podía quejar de tener poco trabajo, puesto que le correspondía el Oriente Próximo íntegro, sin que supiese ni árabe ni hebreo y su conocimiento del inglés fuese bastante escaso (si hubiese tenido que aprobar el examen de lengua incluso ante una comisión descaradamente favorable, aquello le habría acarreado graves consecuencias, sobre todo en los tiempos explosivos que corrían), la voz le seguía temblando y apenas si podía ahogar el frenesí que le producía recordarle a la señora Pápai su cautivadora capacidad para introducirse en la intimidad de los otros; y le recordó además las perspectivas que podrían abrirse ante ellos en un futuro no demasiado lejano por su trabajo y lucha común contra el sionismo internacional. Y a eso añadió, con una pequeña exageración, que el trabajo de la señora Pápai era de un valor inapreciable para la República Popular, teniendo en cuenta su insólito conocimiento de lenguas y su vida aventurera, pero también se le escapó que camaradas soviéticos de alto rango habían hablado en términos elogiosos de los materiales que ellos habían preparado justamente a partir de las recapitulaciones de la señora Pápai. Llegado a ese punto Beider no se conformó con apretarle la rodilla con sutileza, sino que le soltó una patada en el tobillo mientras le dedicaba una sonrisa a la señora Pápai.

“¡El robot llama!”, anunció Miklós con una sonrisa agria para disculparse y se puso de pie, echando adrede una mirada a su reloj de pulsera. El término robot sonó un poquito ruso, a rabota, trabajo. Pero no era por el rabota que había que levantarse tan de súbito. En honor a la verdad, el hombre se había quedado espeluznado en el preciso instante en que se percató de que el famoso escritor de la oposición, que gozaba también de gran prestigio en Occidente, entraba en la pastelería Angelika acompañado de una joven de sensual belleza. Pues, como Miklós sabía por otros informes que llegaban a sus manos –informes sobre la fiabilidad de la señora Pápai, que, si bien no la cuestionaban, consideraban, digámoslo así, que no se la podía descuidar–, los hijos de la señora Pápai tenían estrechas relaciones con determinados círculos de la intelectualidad de Budapest, y le entró pánico de que ella advirtiese la presencia del escritor. Tenía que evitar a cualquier precio que se saludasen; se maldijo a sí mismo por haber elegido la Angelika, pues era de conocimiento público –había podido leerlo en numerosos informes– que la pas- telería era el lugar predilecto del escritor para sus citas por hallarse cerca de su vivienda. De modo que dio un brinco soldadesco de la mesa mientras miraba con determinación su reloj de pulsera. Qué cuadro tan divertido ofrecieron entonces los tres dandis, cuando los tres a la vez, en verdad como tres robots, saltaron de golpe de la mesa y miraron sus relojes de pulsera. Eran las cuatro y diez de la tarde.

La señora Pápai, después de anudarse el pañuelo de seda al cuello, abotonarse el abrigo bajo la nevisca y calarse la gorra de lana, se encaminó por la ligera subida de la calle de Batthyány en dirección a la plaza de Moscú, mejor dicho a la Residencia de Veteranos Ferenc Rózsa, donde la esperaba su enajenado marido en la pequeña habitación común, el Pápai de gloria pasada, de pie bajo el marco de la puerta, con la espalda encorvada, torturado con presentimientos, temblando loco de angustia.

András Forgách
András Forgách. Foto: Cortesía

András Forgách (Budapest, 1952) es novelista, tra­ductor, dramaturgo y artista visual. Fue una figura destacada del movimiento contracultural húngaro de las décadas de 1970 y 1980. Entre su obra destaca la novela Zehuze, protagonizada por una madre que escribe cartas a una hija que vive muy lejos de ella. El expediente de mi madre no solo se ha convertido en un gran éxito en Hungría, sino que ha tenido una notable repercusión internacional: hasta el momento se han vendido los derechos de publicación en cator­ce países.

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