Pier Paolo Pasolini

LECTURAS | El fascismo de los antifascistas, de Pier Paolo Pasolini

Como muestra de la exactitud de sus pensamientos primero está su muerte violenta y ahora la vigencia de este libro publicado en noviembre del año pasado por Galaxia Gutenberg, con traducción y notas de David Paradela López.

Ciudad de México, 3 de enero (MaremotoM).- “Una complicidad con la manipulación artificial de las ideas con las que el neocapitalismo está modelando su nuevo poder”, escribió entre 1962 y 1975 sobre el fascismo el cineasta y escritor Pier Paolo Pasolini (1922-1975).

Como muestra de la exactitud de sus pensamientos primero está su muerte violenta y ahora la vigencia de este libro publicado en noviembre del año pasado por Galaxia Gutenberg, con traducción y notas de David Paradela López.

La reflexión sobre el fascismo y su evolución histórica recorre toda la obra de Pasolini: este volumen recoge algunos de sus textos más significativos escritos sobre el tema entre septiembre de 1962 y febrero de 1975. En ellos Pasolini advierte contra una nueva forma de fascismo, más sutil e insidiosa, entendida “como normalidad, como codificación del trasfondo brutalmente egoísta de una sociedad”. Es el sistema de consumo, que desde los ‘60 se encarga de la homologación cultural de todos los países: un poder sin rostro, sin camisa negra y sin gorro de fieltro, pero capaz de moldear vidas y conciencias. Más de cuarenta años después, estas intervenciones mantienen intacta su fuerza crítica, lo que nos permite captar algunos de los rasgos más profundos del mundo actual.

Lecturas de El fascismo de los antifascistas, de Pier Paolo Pasolini, con autorización de Galaxia Gutenberg

Este volumen recoge algunos de los textos más significativos de Pier Paolo Pasolini en relación con el fascismo y sus evoluciones políticas, culturales y lingüísticas, escritos entre septiembre de 1962 y febrero de 1975. Pasolini utiliza el término “fascismo” para referirse al fascismo tradicional y “arqueológico” del ventenio mussoliniano, así como al fascismo “nominal y artificial” de ciertos sectores juveniles de los años setenta, hasta la identificación del nuevo fascismo con la “prepotencia del poder” propia de la civilización de consumo, capaz de modificar el país de manera aún más profunda que el régimen del Duce. A esto hay que sumarle un fascismo “como normalidad, como codificación […] del fondo brutalmente egoísta de una sociedad” que se presenta como antifascismo pero que, en el fondo, se muestra cómplice con la “manipulación artificial de las ideas con las que el neocapitalismo está modelando su nuevo poder”. A más de cuarenta años de distancia, estas reflexiones mantienen intacta toda su fuerza crítica y su capacidad descriptiva y permiten vislumbrar, aunque sea todavía in nuce, muchas de las características más profundas de la Italia actual.

Seis de los ocho artículos que aquí se incluyen provienen del libro Escritos corsarios y se publicaron en el Corriere della Sera, a excepción de la carta abierta a Italo Calvino, aparecida por primera vez en Paese Sera y de la entrevista a cargo de Massimo Fini dedicada a la película Fascista, de Nico Naldini.

La reseña de esa misma cinta, que precede a la entrevista, se publicó en el periódico Il Messaggero en 1974. El texto que abre el volumen se remonta a doce años antes y se publicó por primera vez en la revista Vie Nuove. En las últimas líneas se expresa la voluntad de escribir un “epigrama con el que desearles hijos fascistas a mis enemigos burgueses”, que más tarde verá la luz –casi palabra por palabra– en el poema “El hombre de Bandung”.

El título El fascismo de los antifascistas aparece en Escritos corsarios como rúbrica de un artículo aparecido originalmente en el Corriere della Sera como “Abramos un debate sobre el caso Pannella”.

Señor Pasolini, ¿por qué tantas mentes jóvenes se sienten atraídas por el peligro del ideario fascista? Nosotros, que vivimos en una sociedad de jóvenes, nos hacemos esta pregunta y no hallamos respuesta… Michele Brucculeri, Daniele Squinzani (Turín)

Voy a relatarle un caso personal, un ejemplo. Quizá sepa o se imagine usted que vivo mortificado por una serie de deberes inútiles. Por tener que dar respuestas hueras a preguntas hueras. Es decir, por vivir, en parte, en el mundo de la pseudocultura o, como dice más explícitamente mi amiga Elsa Morante, de la irrealidad.

Debo esto a la parte pública de mi vida: a esa porción de mí que no me pertenece y que se ha convertido en una especie de máscara de Nuevo Teatro del Arte; un monstruo que debe ser lo que el público quiere que sea. Yo intento luchar, quijotescamente, contra esta fatalidad que me despoja de mí mismo, que me convierte en un autómata de revista y termina repercutiendo sobre mi persona, como una enfermedad. Pero parece que no hay nada que hacer. El éxito es, para una vida moral y sentimental, algo horrendo, y punto.

Muchos, demasiados periodistas han terminado representando, de forma gradual, este mundo enemigo que quiere que sus personajes sean como él cree que son. Y yo, de forma gradual, he terminado sintiendo hacia ellos una especie de rencor, de resentimiento oscuro, de patológica irritación; en determinados momentos del día, la simple imagen de un quiosco puede hacer que me entren náuseas.

En fin, esto era un preámbulo. Podría habérmelo guardado para mí, es cierto. Pero entiéndame.

Pier Paolo Pasolini
El fascismo de los antifascistas. Foto: Cortesía

Pertrechado con esta cautela, con esta aversión sorda y dolorosa, no tenía la menor gana de que me entrevistasen, hace unas semanas, para una revista de amplia difusión. Me resistí durante un tiempo. Al final cedí, un poco por flaqueza (no soy capaz de obstinarme en la negación de un favor), un poco por ingenuidad (me empeño siempre en creer que las cosas pueden salir mejor de lo que cabría prever por la experiencia). De modo que me dejé entrevistar por una periodista: una mujer todavía joven, algo pálida, pero de facciones duras; la típica mujer llegada de provincias y que vive sola, de su trabajo.

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La primera impresión fue buena: y no podía faltar al respeto que por ella sentía concediéndole una entrevista superficial, calculada, fría. Charlamos como si fuera una amiga. Además, era mi primer día de vacaciones después del largo proceso de doblaje de Mamma Roma: estaba de bastante buen humor. Fui a recogerla a su casa, junto al blanco y ardiente Tíber, nos encaminamos alegremente hacia via del Mare, en dirección a Ostia y nos dimos un baño en medio de aquella paz que es como un estruendo de los días más puros del verano. Charlamos un poco de todo, de literatura, de cine, de nosotros. En la medida en que mi eterna timidez me lo permitía, traté de ser absolutamente sincero con ella: y lo cierto es que no me supuso ningún esfuerzo. Tal vez porque ella conocía su oficio, como un buen médico, un buen abogado: que saben escuchar y dejar que uno diga, casi con el silencio, lo que es necesario que uno diga. Yo me daba cuenta de ello y respetaba su labor: para ella, con respecto a mí, era un título de mérito.

Por lo demás, ella también me habló de sí misma, de sus problemas: la historia de su matrimonio, la historia de su trabajo: y su hijo. Su hijo, un adolescente de catorce o quince años, nacido de un matrimonio feliz-infeliz, y ahora solo con ella: un hijo fascista.

¿Por qué era fascista? A lo mejor como protesta contra ella: la eterna polémica de los

hijos contra los padres, cuando los padres, de algún modo, son objeto de una elemental e inconsciente condena moral. O quizá porque había pasado muchos meses abandonado a sí mismo con una institutriz indiferente, en un barrio bien de la ciudad, con compañeros de colegio ricos y estúpidos y, prácticamente todos, fascistas. Una serie de concomitancias. Cuyo resultado es este hecho absurdo, doloroso: de esos que hacen que aprietes los puños de rabia, que se te forme un nudo de exasperación en la garganta.

Ella, la madre, estaba preocupada: a la manera de un pequeño drama familiar y social.

Me explicó que tenía una pugna con su hijo, pero que procuraba no extralimitarse, no chantajearlo en nombre de la autoridad materna o de la experiencia. En fin, que era difícil. Lo había llevado a ver All’armi, siam fascisti! y esperaba que no hubiera sido en vano. El Duce, por lo menos, le había parecido al muchacho una figura un tanto delirante y ridícula.

Al cabo, el tema del hijo se agotó, como manda la souplesse mundana de este tipo de Pláticas y pasamos a otras cosas. Y así fue como esa muchacha de rostro desnudo y duro desapareció, con el primer día de vacaciones del verano, de mi complicada existencia.

Unas semanas después, apareció “su artículo” en la revista. Era de lo más ofensivo que pudiera escribirse con respecto a mí: ofensivo porque no lo había escrito el típico imbécil que me detesta en nombre de sus patrones reales o imaginarios, sino una persona instruida, educada, con un nivel periodístico alto. Me ofendía el hecho de que esa persona que tan respetable me había parecido corroborase todos los lugares comunes que personas indignas de ningún respeto han ido acumulando acerca de mí hasta convertirme en esa máscara de Nuevo Teatro del Arte a la que me refería antes: las “experiencias violentas”, la “poesía maudite”, la habilidad para los negocios, el uso gratuito del dialecto y la jerga. Juicios de persona provinciana e ignorante que, casi por inercia, mi amiga por un día repetía con la ebriedad de quien, a través del lugar común, les guiña el ojito a unos cómplices mezquinos.

He aquí una operación fascista: pero fascista en el fondo, en los escondrijos más secretos del alma. Italia se pudre en un bienestar hecho de egoísmo, estupidez, incultura, habladurías, moralismo, coacción, conformismo: prestarse de algún modo a contribuir a esta podredumbre es, actualmente, el fascismo. Ser laico, liberal, no significa nada cuando se halla ausente esa fuerza moral que permite vencer la tentación de ser partícipe de un mundo que en apariencia funciona, con sus leyes tentadoras y crueles. No hay que ser fuerte para enfrentarse al fascismo en sus manifestaciones delirantes y ridículas: hay que ser fortísimo para enfrentarse al fascismo como normalidad, como codificación, diría yo, alegre, mundana, socialmente elegida, del fondo brutalmente egoísta de una sociedad.

En el fondo, el hijo es menos fascista que la madre; o, por lo menos, hay en su fascismo algo noble de lo que él mismo sin duda no puede ser consciente: una protesta, una rabia.

En su honestidad de adolescente, él sabe que el mundo en el que vive es, en el fondo, atroz: y arremete contra él con toda la fuerza del escándalo que tiene para un muchacho su idea del fascismo. El fascismo de la madre, en cambio, implica un desmoronamiento moral, una complicidad con la manipulación artificial de las ideas con las que el neocapitalismo está modelando su nuevo poder.

Confieso que sentí un instante de rabia casi poética contra esa madre. Y se me ocurrió que se merecía tener un hijo fascista, que era lo justo: era una fatalidad que encerraba en sí un equilibrio perfecto entre el debe y el haber. Es más, me vino la tentación, enseguida reprimida, por malvada, de escribir un epigrama; un epigrama con el que desearles hijos fascistas a mis enemigos burgueses. Que os salgan hijos fascistas, que os destruyan con las ideas nacidas de vuestras ideas, con el odio nacido de vuestro odio.

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