Giuseppe Tomasi di Lampedusa

LECTURAS | El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa (Nueva edición a cargo de Anagrama)

Recibida en su día con polémica, la única novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa es hoy ya un clásico indiscutible, que recuperamos en una nueva edición que incluye posfacio de Carlo Feltrinelli. Publicamos el prefacio de su hijo adoptivo, Gioacchino Lanza Tomasi.

Ciudad de México, 16 de julio (MaremotoM).-  Sicilia, 1860. El tiempo parece discurrir con parsimonia en estas tierras, marcadas por los ritmos de una campiña de árida belleza y un orden social inamovible, cuya cúspide ocupa la aristocracia terrateniente. Pero la historia está a punto de dar una sacudida con el desembarco de Garibaldi. Don Fabrizio, príncipe de Salina, hombre imponente, orgulloso, sensual y lúcido, patriarca de una de las familias más poderosas de la isla, contempla impertérrito estos tiempos convulsos que acaso supongan el hundimiento de su mundo o tal vez traigan cambios que en realidad permitirán que todo siga igual. Mientras tanto, su impetuoso sobrino Tancredi abraza la causa garibaldina y se enamora de la bella Angelica, hija de un advenedizo social…

El Gatopardo - Anagrama
El Gatopardo – Anagrama

Recibida en su día con polémica, la única novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa es hoy ya un clásico indiscutible, que recuperamos en una nueva edición que incluye posfacio de Carlo Feltrinelli.

Una de las cumbres de la literatura del siglo XX. Una novela majestuosa, bellísima y repleta de matices, de la que ha dicho Leonardo Sciacia: “Lampedusa fue un gran escritor y basta este libro para demostrarlo. Un libro que nos fascina, nos divierte, nos hace reflexionar”.

“El libro de un hombre que lo comprende todo, de un poeta narrador dotado de una implacable clarividencia”, ha dicho el poeta Eugenio Montale. “Una obra excepcional. Una de esas obras para las que se trabaja o se prepara uno toda una vida”, fue la máxima de Giorgio Bassani.

Giuseppe Tomasi di Lampedusa (Palermo, 1986 – Roma 1957) pertenecía a una familia aristocrática, participó en dos guerras mundiales y viajó extensamente por Europa. Decidió dedicarse a la literatura en los dos últimos años de su vida y escribió El Gatopardo, su única novela, publicada póstumamente en 1958, galardonada con el Premio Strega y convertida en una de las obras imprescindibles del canon novelístico del siglo XX.

PREFACIO

Giuseppe Tomasi di Lampedusa no alcanzó a revisar las galeradas de sus libros. En abril de 1957 le descubrieron un tumor en el pulmón y a finales de mayo emprendió, esperando que allí lo curarían, un viaje a Roma, donde murió el 23 de julio. Desde hacía un año trataba de conseguir que se publicara El Gatopardo. La novela se había presentado a la editorial Mondadori, que la había rechazado, tras lo cual se la había propuesto a la editorial Einaudi y pocos días antes de fallecer el autor había recibido una nueva carta de rechazo. Lampedusa estaba firmemente convencido del valor de su obra. Antes de partir hacia Roma había escrito dos cartas testamento, una dirigida a su esposa, Alessandra (Licy) Wolf Stomersee y otra a mí, su hijo adoptivo. El 30 de mayo había escrito una carta a Enrico Merlo.En el año 2000, Giuseppe Bianchieri, sobrino de la princesa, encontró esa carta y la carta testamento dirigida a mí en un volumen de Los viajes del capitán Cook. La princesa había tomado del marido la costumbre de utilizar libros para esconder las cartas secretas. A veces perdían el documento y en ocasiones hasta billetes de banco que también habían escondido: olvidarse del libro era como olvidar ahora la contraseña del ordenador.

La carta a Enrico Merlo iba acompañada de una copia mecanografiada de la novela con una breve descripción de las correspondencias entre personajes reales y novelescos. Esas correspondencias son unívocas, salvo en el caso de Tancredi, que el autor declara haber creado basándose en mis rasgos físicos y en la carrera política de los dos senadores Lanza di Scalea, Francesco y Pietro. El primero, exiliado en la Toscana y senador de designación real después de la Unidad, había militado en la izquierda moderada y se había presentado sin éxito a la elección de alcalde de Palermo. Pietro, su hijo, había sido ministro de Guerra en el gobierno de Facta y ministro de las Colonias en el primer gobierno de Mussolini. Político profesional, subsecretario en la época de la guerra de Libia, había pasado de la izquierda moderada a la derecha. Correspondía, pues, a lo que Tomasi escribirá en el capítulo inacabado de El Gatopardo titulado “El Cancionero de la Casa de los Salina”: “Tancredi aún era demasiado joven para aspirar a un cargo político concreto, pero su dinamismo y su dinero fresco lo hacían indispensable en todas partes; militaba en la muy rentable franja de la “extrema izquierda de la extrema derecha”, estupendo trampolín que le permitiría realizar más tarde acrobacias admirables y admiradas; pero sabía enmascarar la intensa actividad política con una indiferencia y una levedad de expresión que le granjeaban la simpatía de todos.”

En la época de la escritura manual el tamaño de las cartas estaba determinado por la medida de la hoja plegada en cuatro. Se escribía hasta completar la hoja y a menudo había que poner la última frase y la firma al costado. En el caso de un autor que explica el sentido de su novela a un siciliano culto y experto, la carta de Lampedusa a Merlo es una comunicación lacónica, una auténtica exhibición de understatement elevado al rango de modelo de comportamiento tanto ético como estético.

N.H. Barón Enrico Merlo di Tagliavia

S.M. 30 de mayo de 1957

Querido Enrico: En la carpeta de piel encontrarás el texto mecanografiado de El Gatopardo.

Te ruego que lo cuides porque es la única copia que tengo.

Te ruego también que lo leas con cuidado porque cada palabra ha sido pensada y muchas cosas no están dichas claramente, sino solo sugeridas.

Me parece que tiene cierto interés porque muestra a un noble siciliano en un momento de crisis (que no está dicho que sea solo la de 1860), cuál es su reacción y cómo se va acentuando la decadencia de la familia hasta su desintegración casi total; pero todo eso visto desde dentro, con una cierta identificación del autor y sin ningún rencor, a diferencia de lo que se observa en “Los virreyes”.

No es preciso que te diga que el “príncipe de Salina” es el príncipe de Lampedusa, mi bisabuelo Giulio Fabrizio; todos los detalles son reales: la estatura, las matemáticas, la falsa violencia, el escepticismo, la mujer, la madre alemana, la negativa a ser nombrado senador. También el padre Pirrone es auténtico, incluso el nombre. Creo que a los dos les he atribuido una inteligencia superior a la que realmente tuvieron. Tancredi es Giò tanto físicamente como por su manera de comportarse; moralmente es una mezcla del senador Scalea y de su hijo Pietro. Angelica no sé quién es, pero recuerda que Sedàra, como nombre, se parece mucho a “Favara”. Donnafugata, como pueblo, es Palma; como palacio, es Santa Margherita. Me importan mucho los dos últimos capítulos: la muerte de don Fabrizio, que siempre estuvo “solo” a pesar de tener mujer y siete hijos; y la cuestión de las reliquias, que pone punto final a todo, es absolutamente auténtica y la vi con mis propios ojos.

Sicilia es la que es; la de 1860, la de antes y la de siempre.

Creo que el conjunto no está exento de cierta poesía melancólica.

Parto hoy; no sé cuándo volveré; si quieres escribirme, puedes hacerlo a la siguiente dirección: “Signora Biancheri, Via S. Martino della Battaglia 2, Roma.”

Con mi saludo más afectuoso

tu

Giuseppe

[En el reverso del sobre] Atención: el perro Bendicò es un personaje importantísimo y es casi la clave de la novela.

La carta testamento puede ser útil para comprender el talento del escritor. Porque está compuesta en el estilo característico de este tipo de cartas, pero al mismo tiempo revela un dominio de la escritura que conjuga la potencia de la comunicación afectiva con un atento control del léxico y de la frase. Aquí se ve la huella de sus lecturas stendhalianas.

Para Giò

Mayo de 1957

Queridísimo Gioitto: Deseo que, incluso cuando ya haya caído el telón, te llegue mi voz para decirte cuánto te agradezco el consuelo que tu presencia me ha traído en estos dos o tres últimos años de mi vida que han sido muy penosos y sombríos, pero que de no ser por ti y la querida Mirella habrían sido realmente trágicos. Nuestra existencia, la de Licy y la mía, estaba a punto de volverse completamente estéril por las preocupaciones y la edad, cuando el afecto, la presencia constante, la gracia de vuestra propia existencia pusieron un poco de luz en nuestra triste vida.

Te he querido mucho, Gioitto; nunca tuve un hijo, pero creo que, si lo hubiese tenido, no habría podido quererlo más que lo que te he querido a ti. […]

Este tipo de cartas suelen concluirse pidiendo perdón por los daños infligidos; debo decir, sin embargo, que por más que escarbe en mi memoria realmente no recuerdo haberte hecho mal alguno; si la tuya recordara algo, te pido que pienses que no ha sido intencional; en todo caso, también te pido perdón.

Querría pedirte también que trates de hacer publicar El Gatopardo.

Te ruego que digas a Giovanna, a Casimiro y a Lucio que les agradezco mucho, muchísimo, el constante afecto que siempre he encontrado en ellos; la Piana ha sido uno de los pocos oasis de luz en estos últimos años míos, tan sombríos; y diles que les ruego que vuelquen en ti y en Mirella el afecto que hayan podido tenerme. Te ruego que muestres esta carta a Licy. Y me despido con un abrazo para ti y para Mirella, con todo mi afecto y mis mejores votos por vuestra felicidad.

En esos mismos días de finales de mayo también redactó su testamento, que adjuntó a una carta titulada: “Última voluntad de carácter privado: el testamento se encuentra en un sobre aparte”. Ya es el texto, más airado, de un hombre seguro de su muerte:

Deseo, mejor dicho quiero, que de mi muerte no se haga ningún tipo de participación, ni a través de la prensa ni de otro modo.

Los funerales han de ser los más sencillos posibles y han de celebrarse a una hora incómoda.

No deseo flores, y que nadie me acompañe, salvo mi esposa, mi hijo adoptivo y su novia.

Deseo que mi esposa o mi hijo anuncien por carta mi muerte al ingeniero Guido Lajolo (rua Everlandia – 1147 San Pablo, Brasil). Deseo que se haga cuanto sea posible para que se publique el Gatopardo (el manuscrito válido es el que figura en un solo cuaderno grande escrito a mano); por supuesto, ello no significa que deba publicarse a expensas de mis herederos; lo consideraría como una gran humillación. En caso de que se publique deberá enviarse un ejemplar dedicado a cada una de las siguientes personas: señora Iliascenko, Lolette, tío Pietro, Corrado Fatta, familia Piccolo, Francesco Agnello, Francesco Orlando, Antonio Pasqualino e ingeniero Guido Lajolo. También a los abogados Bono y Ubaldo Mirabelli y al señor Aridon.

Pido perdón a todas aquellas personas a las que haya podido ofender y declaro honestamente que escribo estas líneas sin rencor hacia nadie, tampoco hacia quienes me han perjudicado y ofendido con más tenacidad.

Pero declaro también que, de las personas vivas, solo amo a mi esposa, a Giò y a Mirella. Y que ruego que cuiden bien a Pop, por la que siento tanto afecto.

Creo que no hay nada más que decir; si he olvidado algo estoy seguro de que mis herederos se encargarán de hacerlo, según el espíritu de estas, mis últimas voluntades.

Giuseppe Tomasi di Lampedusa Palermo, 24 de mayo de 1957

Estas últimas voluntades de carácter privado, descubiertas cuando se preparaba la edición de la correspondencia entre el escritor y su esposa, ponen también punto final al debate sobre el texto de la novela aprobado por Lampedusa. Después de las críticas ocasionales sobre literatura francesa e historia que escribiera entre 1926 y 1927 para la revista cultural Le Opere e i Giorni, que se publicaba mensualmente en Génova, Lampedusa no había vuelto a escribir hasta 1954. El letargo del escritor duró hasta el encuentro que tuvo lugar en San Pellegrino Terme en el verano de ese año. Había concurrido para acompañar a su primo Lucio Piccolo, quien, presentado por Eugenio Montale, ingresaba en el salón del Kursaal en la república de las letras. Vista de cerca, esa república no le pareció integrada precisamente por semidioses. A veces, saber escribir apenas significa no ser analfabeto; en efecto, no todos los ingenios reunidos en San Pellegrino habían escrito algo importante. La actividad poética y el éxito de Lucio Piccolo –quien por un par de días había abandonado su soledad para asistir a la reunión de San Pellegrino–, así como las lecciones que daba a Francesco Orlando, también este por entonces poeta y narrador, se convirtieron en incentivos para su propia actividad. Ya a finales de 1954 había empezado a escribir, y en los treinta meses que aún viviría lo hizo en forma casi cotidiana, sin pensar en un éxito que, por lo demás, la suerte no llegaría a concederle en vida. Cuando murió, en julio de 1957, estaba trabajando en una segunda novela (Los gatitos ciegos) y quizá también hubiese añadido uno o varios capítulos a El Gatopardo.

La novela se publicó en el otoño de 1958, y esa edición, que estuvo a cargo de Giorgio Bassani, solo se puso en tela de juicio en 1968, cuando Carlo Muscetta, catedrático de literatura italiana en Catania, anunció que había descubierto centenares de discrepancias –algunas notables– entre el manuscrito y el texto impreso. Se planteó entonces el problema tanto de la autenticidad de la edición de Bassani como de la autoridad de las diversas fuentes. Ya en su Recuerdo de Lampedusa, tres redacciones de El Gatopardo que el autor preparó para presentar a los editores. Una primera escrita a mano en varios cuadernos (1955-1956); una redacción en seis partes, mecanografiada por Orlando y corregida por el autor (1956); una nueva copia autógrafa dividida en ocho partes, de 1957, en cuya portada se lee: El Gatopardo (completo), que el autor me había entregado antes de partir hacia Roma.

De esas tres redacciones, es obvio que la primera no puede valer como texto definitivo. Los cuadernos manuscritos utilizados para dictar a Francesco Orlando el texto que este mecanografió no se han encontrado hasta ahora entre los documentos de la familia; la redacción de ese primer texto quedó superada por dicha versión mecanografiada, con la que desde mayo de 1956 el autor trató de obtener la publicación de la novela. Primero cinco y luego seis partes mecanografiadas fueron remitidas al conde Federici, de la editorial Mondadori, con una carta de presentación de Lucio Piccolo. Por tanto, aunque en forma provisional, ese texto recibió el plácet del autor. Está cuidadosamente corregido y contiene algunos añadidos escritos a mano: numeración de las páginas y de las partes; indicación de la situación temporal mediante la referencia al mes y el año al comienzo de cada parte; así como la sustitución de alguna que otra palabra. El examen del texto mecanografiado confirma mis recuerdos sobre el orden de la redacción. A poco de empezar, Lampedusa me dijo: “Serán veinticuatro horas de la vida de mi bisabuelo, el día del desembarco de Garibaldi”; un tiempo más tarde comentó: “No sé cómo escribir el Ulises.” Fue entonces, tal vez, cuando prefirió replegarse al esquema de tres etapas de veinticinco años cada una: 1860, desembarco en Marsala; 1885, muerte del príncipe (que corresponde realmente a la fecha de la muerte del bisabuelo; ignoro por qué razón luego esa data se anticipó en dos años); 1910, final de todo. El texto mecanografiado revela que “La muerte del príncipe” era originalmente la tercera parte, y el “Fin de todo” la cuarta y conclusiva. También estoy seguro de que Lampedusa empezó a escribir los Recuerdos de infancia una vez acabado El Gatopardo; es probable que el caudal de recuerdos despertados por la reconstrucción mental de Santa Margherita, y la urgencia de narrar, hayan hecho que la materia rebasase los límites de un esquema preconcebido. A medida que avanzaba la escritura, el autor sentía la necesidad acuciante de referirse a su labor. De su agenda de bolsillo de 1956 transcribo las anotaciones en las que se hace referencia a la “Histoire sans nom”, título del libro que después se llamaría El Gatopardo. Son notas privadas que van reflejando su ansiedad y sus sentimientos:

22 de febrero – “Tiempo soleado por la mañana. Despejado y frío al anochecer. A las 18.30 “the boys”. Gioitto me regala el “Lope de Vega”. Y juntos leemos La moza de cántaro. Escritura de la novela.”

28 de febrero – “Mejor tiempo, casi bueno. En el Massimo [la primera parada en la ronda matutina era la confitería del Teatro Massimo] Aridon, a quien leo carta del tío Pietro. Imprevista aparición de Lucio. Hay noticias más tranquilizadoras con respecto a via Butera. En el M. [el café Mazzara, adonde el escritor llegaba hacia las 11] primero Fatta, de nuevo Lucio, luego Agnello y por último Gioitto, que ya estaba avisado. Con él y con Lucio, comida en Renato, transcurre bien y animada. En casa a las 16. Falta Orlando. A las 18.30 llega Giò para el análisis, durante el cual me atormento con el principón.”

29 de febrero – “Tiempo regular a bueno. Antes de salir telefoneo a Corrao. Después del Massimo voy al palacio Mazzarino (para encontrar por segunda vez a Lucio, todavía en Palermo). Con Giò partida en tren a las 10.40. Llegada a Sant’Agata y a las 13.15 en Capo d’Orlando. Casa desierta, solo habitada por un nuevo telescopio y un globo terráqueo. Poco después llega Lucio. Después de comer largo sueño de Gioitto y después de la leche de la tarde lectura de mi “Histoire sans nom”, completada después de la cena. Éxito moderado pero sin entusiasmo.”

1 de marzo – “Buen tiempo. Capo d’Orlando. A las 18 viene Daneu que se queda a cenar y se marcha a las 21.15. Por la noche, nueva lectura ante el gran público.”

7 de marzo – “Visita a M. Aridon. Después, mucho tiempo escribiendo la “Histoire sans nom”. A las 18.30 Giò y Mirella. Los dos me hablan de Agnello. Cena con los “boys” en la Pizzeria. Parece que Mirella se quejó amargamente de Giò con Licy y amenazó con dejarlo.” 8 de marzo – “Buen tiempo por la mañana; al anochecer llovizna y truenos. Visita a M. Aridon. Después acabo allí la “Histoire sans nom”. A las 18.50 Orlando, le leo lo que he escrito hoy.”

17 de marzo – “Cielo un poco cubierto, pero buen tiempo, caluroso. En el Massimo Aridon. Visita a Corrado Fatta. A las 16 Orlando, le leo mucho Tomasi y poco Werther. A las 19 (con retraso) “the boys” que me traen, ella, las tragedias de Della Valle, él, una corbata. Mirella, lección sobre el Renacimiento; Gioitto querría leer conmigo a Góngora, pero le toca aguantar la lectura de Tomasi. Los dos extraordinariamente afectuosos.”

Te puede interesar:  En FIL Guadalajara con "Al pie del Támesis", una obra de Mario Vargas Llosa 

16 de junio – “En casa de Giò con malas noticias sobre la salud de la madre de Mirella. A las 15.30 partida de Licy hacia Roma. En el último momento llega Giò para despedirse. Con él a casa de Orlando donde copio el manuscrito. A las 18.30 Giò viene a casa (Las famosas asturianas). Al anochecer lectura del 1.er cap. del Gatopardo a la señora Iliascenko, que no entiende nada.”

26 de julio – “A las 15 a casa de Orlando para copia del Gatopardo. A las 17.30 a la clínica Noto para segunda curación en la nariz. A las 21 vienen “the boys” y vamos a cenar a Spanò, en cambio Licy está invitada a una cena del Rotary en Villa Igiea con las Soroptimist. Después de cenar también nosotros vamos a Villa Igiea a recoger a Licy y después a casa de Lo Monaco.”

23 de agosto – “A las 11.15 voy a casa de Orlando para copiar la última parte del Gatopardo. A las 13.30 comida con Orlando en el Castelnuovo, después retomamos y completamos el trabajo hasta las 17.50. Viene Giò, que me lleva a casa en coche.” Durante esos meses el texto mecanografiado también se leyó en casa de Bebbuzzo Sgadari y se prestó a algunos amigos, entre ellos Corrado Fatta y mi madre. Nadie consideró que era una gran novela, más bien se señalaba, con una mezcla de diversión y rechazo, la referencia a hechos reales del Palermo de antaño.

Solo los pasajes que no guardaban relación con lo palermitano causaron impresión: el encuentro con Chevalley y la muerte del príncipe. En cambio, Licy, y en parte también mi madre, inmunes a los sentimientos locales, reconocieron desde el comienzo el notable valor literario de la novela.

El 8 de junio de 1956, en una carta que escribe a su cuñada Lolette Biancheri para agradecerle el préstamo de un volumen de Apollinaire, menciona las vicisitudes de la redacción de la novela y el resultado al parecer favorable del primer intento de publicación:

Pasando de Apollinaire a un autor muy inferior, tengo el gusto de decirte que Lucio Piccolo ha enviado mi “Gatopardo” (así se llama ahora) a Mondadori. Para nuestra gran sorpresa, la respuesta llegó a vuelta de correo: una carta bastante calurosa en la que incluso le agradecían a Lucio haber señalado a la atención del editor una obra tan interesante y prometían (implícitamente) publicarla, si bien advirtiendo que pasaría mucho tiempo por los muchos compromisos pendientes. Debo confesar que mi reprobable vanidad está muy satisfecha.

He escrito un quinto episodio para insertar entre la cena en Donnafugata y la muerte del príncipe. En él se ve a don Fabrizio que sale a cazar con el organista y hace una serie de consideraciones sobre la política y sobre la transformación de Tancredi. Algunas partes son graciosas, otras no tanto. Si mi amigo Orlando, que ahora está muy ocupado con los exámenes, consigue mecanografiarlo a tiempo, te lo enviaré con Licy; como manuscrito es ilegible. Habla con ella y decidid si hay que mencionárselo al tío Pietrino o no.

Las peripecias de la publicación han fomentado el mito romántico del genio incomprendido. Es cierto que los lectores de la editorial Mondadori y el propio Elio Vittorini, que leyó la copia mecanografiada, primero someramente para esa editorial y luego, con más atención, para Einaudi, cometieron un error garrafal, pero de carácter más comercial que crítico: de hecho, no dejaron de reconocer el talento literario del autor de El Gatopardo. La respuesta personal de Vittorini le llegó a Giuseppe Tomasi cuando ya estaba en Roma: “Como reseña no es negativa; pero de publicación, nada”, me dijo el día antes de morir. Si bien Vittorini era un escritor capaz de reconocerlo como un adversario digno de consideración, también admitía que no era la persona indicada para apadrinarlo. Sin embargo, no atacó El Gatopardo.

Recomendó a la editorial Mondadori que lo tuviese en cuenta; pero, según me ha dicho Vittorio Sereni, la desgracia quiso que el burócrata de turno, en lugar de enviar al autor una respuesta dilatoria, le devolviese el texto mecanografiado junto con la nota habitual en esos casos. Los dieciocho meses transcurridos entre el envío del texto a Elena Croce, por cuyo conducto le llegó a Giorgio Bassani, entonces editor de la editorial Feltrinelli, y su publicación en la colección “I Contemporanei” de esa editorial tampoco habrían resultado excesivos si la muerte no hubiese llevado tanta prisa. De hecho, se trata de una tragedia humana, no literaria.

Cuando en marzo de 1958 Giorgio Bassani vino a Palermo siguiendo la pista del El Gatopardo, el texto ya estaba compuesto, incluido el capítulo del baile, cuya copia –mecanografiada por indicación de la viuda del príncipe– le había sido remitida con posterioridad. Bassani tenía la sospecha de que se hallaba ante un texto incompleto, quizá no exento de incorrecciones y el objeto principal de su viaje a Sicilia era remontarse a las fuentes. En aquella ocasión le entregué el manuscrito de 1957. Bassani lo utilizó para introducir diversas modificaciones en las galeradas de las siete partes ya compuestas, y para establecer el texto de la quinta parte, “Las vacaciones del padre Pirrone”. La princesa no le había entregado ese intermedio campesino, porque, basándose en una reflexión que le había comunicado el autor, consideraba que no debía incluirse en la novela. Por tanto, El Gatopardo de la primera edición de Feltrinelli (1958) se basó en textos mecanografiados, salvo el de las vacaciones del padre Pirrone, fue cotejado con el manuscrito de 1957 para identificar los cambios (al pasar del texto mecanografiado al último manuscrito el autor introdujo millares de correcciones y añadidos que Bassani casi siempre mantuvo en su edición), se completó encabezando cada parte con los sumarios del índice analítico, y la puntuación fue modificada totalmente por el encargado de la edición. En esa edición de la novela se basaron todas las primeras traducciones, incluida la versión al inglés de Archibald Colquhoun.

Hasta 1968, cuando la obra ya se había traducido, por así decir, a todos los idiomas y Luchino Visconti ya había filmado su película, nadie había puesto en tela de juicio la edición de Bassani. Pero ese año Carlo Muscetta sostuvo que en cierto sentido Bassani había reescrito el texto. Muscetta había obtenido de Bassani una fotocopia del manuscrito y había comprobado miles de discrepancias. Así que, si bien estas no modificaban sustancialmente la novela, se consideró oportuno preparar una nueva edición basada en el manuscrito de 1957, que se publicó en 1969 y pasó a ser la edición estándar en Italia. Como ahora sabemos, es la edición definitiva según señala el autor en sus últimas voluntades.

Si, como confirma la carta a Enrico Merlo, la trama histórica de la novela procede de algunas referencias genealógicas y topográficas precisas, también abundan los pasajes basados en un conocimiento exhaustivo de los diarios íntimos escritos en la época. En particular, los aspectos exteriores del comportamiento de Tancredi, el brío con que acomete la acción revolucionaria, se encuentran en Tre Mesi Nella Vicaria di Palermo, de Francesco Brancaccio di Carpino. Se trata de uno de los textos menos heroicos entre los diarios sobre la experiencia garibaldina. Brancaccio y sus amigos afrontaban la revolución de 1860 como hoy los jóvenes de buena familia se excitan con las motocicletas de gran cilindrada: alguna aventura, pocas batallas, ninguna disciplina; Brancaccio se vale de su libro para enumerar entre sus amigos íntimos a gran parte de los nobles de la isla, que en verdad no son pocos. Pero en Brancaccio la realidad solo podía ser artificial, mientras que en Lampedusa es una realidad empírica. Frases como “Volveré con la tricolor” son del Tancredi según Brancaccio, hasta tal punto que en varias ocasiones el autor siente la necesidad de denunciar su énfasis, y para justificarlo alude al oportunismo. Tancredi y Angelica, cuando actúan políticamente en primera persona, son los únicos personajes en parte construidos al margen de la crónica y la memoria; pero en un pragmático tenaz como Lampedusa la experiencia es insustituible. Era capaz de escenificar a la perfección las insípidas, pero veraces, anotaciones del diario de su abuelo, Giuseppe Tomasi (allí encontramos la jornada enmarcada por el rezo del rosario y las prácticas de devoción, la pasión por los caballos e incluso la mediocridad, del primogénito Paolo): era una experiencia que Lampedusa podía convertir en verdad; en cambio, las aventuras de capa y espada de Brancaccio no se lo permitían. Cada vez que estas irrumpen en el comportamiento de Tancredi, el autor introduce una acotación. El oído de este gran realista percibe una nota falsa y siente la necesidad de corregirla. Aquí resulta oportuna la comparación que propuso Moravia entre El Gatopardo y Le confessioni di un italiano:  ambos libros describen afectivamente el ocaso de un mundo; pero Lampedusa hace sonar la campanilla de alarma tan pronto como la voluntad de describir es reemplazada por la voluntad de crear una apariencia, mientras que Nievo puede entregarse a la retórica de la patria y del amor durante capítulos enteros. Desde el punto de vista literario, Nievo es un gran ciudadano del Véneto pero un mal italiano; Lampedusa, cuya novela fue tan corrosiva para el culto de la Unidad como Le mie prigioni lo fuera para los méritos –ahora añorados– de la administración austríaca, estaba alerta. Sin duda, siente más rechazo por la retórica del Resurgimiento que por la ideología del Resurgimiento, con la que al fin y al cabo se identificaba (como stendhaliano genuino era incapaz de resistir la admiración por las ideologías que habían resultado eficaces y, por tanto, era un secreto admirador de todas las revoluciones, incluida la de Octubre); de manera que, aprovechando la circunstancia de describir el surgimiento de la nación italiana desde una perspectiva temporal en que el impulso ideológico ya se había agotado en una serie de efectos indeseables, Lampedusa tratará literalmente de corregir las caídas de tono que toda ideología inevitablemente entraña.

En ocasiones, Brancaccio proporciona parte del decorado ambiental: por ejemplo, La belle Gigougìn, que en su libro cantan los garibaldinos en la toma de Milazzo y en El Gatopardo entonan los muñidores electorales continentales durante la campaña del plebiscito; pero los entusiasmos decimonónicos solo pueden penetrar en El Gatopardo una vez ridiculizados: la canción que Brancaccio describe como un himno de concordia nacional se convierte en Donnafugata en un emblema más de la insuperable discordia entre los sicilianos y los invasores. Reducidas a esquemas, las emociones positivas solo perduran en las estructuras de la forma novela, y muy pocas veces interrumpen la descripción minuciosa de ese reino mineral, compuesto de fósiles animados e inanimados, que Lampedusa identifica con la condición siciliana. Tampoco es un mero capricho literario que Bassani descubriera esta novela y Vittorini la rechazase. También Bassani es un anatomista de los vencidos; en cambio, la negación de la trascendencia, incluso a nivel ideológico, es algo que rechazan de plano quienes creen que pueden contribuir al progreso del mundo.

La cuestión de la autenticidad del texto de El Gatopardo solo quedó zanjada con la publicación de la edición conforme al ma. Canción lombarda de contenido libertino adoptada como canción patriótica durante el Resurgimiento. (N. del E.) De hecho, la novela más popular de la posguerra italiana se convirtió en objeto de estudio preferido de algunos filólogos italianos, que encontraron cuarenta y nueve discrepancias entre el manuscrito y el texto impreso (discrepancias menores que no ponen en peligro la comprensión del texto). En 1995 la obra literaria completa de Tomasi di Lampedusa se publicó en la colección “I Meridiani” de la editorial Mondadori. El volumen contenía un fragmento inicial de la cuarta parte, mencionado por Francesco Orlando en su Recuerdo de Lampedusa y que el autor había suprimido en una versión posterior. En el estilo del “Índice analítico” este fragmento podría titularse “Don Fabrizio y Bendicò”. Figuraba en un cuaderno formato oficio hallado en la biblioteca del escritor en Palermo con el título de “Quaderno n.7 della prima stesura” escrito a mano. En la presente edición se incluye en el apéndice como “Fragmento A”.

En 1998 Giuseppe Biancheri, mientras ordenaba los papeles de su tía, la princesa Alessandra, halló varios textos autógrafos y mecanografiados relacionados con El Gatopardo, entre ellos un fragmento de otra parte de la novela, de cuya existencia yo ya tenía conocimiento. Aquí figura en el apéndice como “Fragmento B”. Su título autógrafo es: “El Cancionero de la Casa de los Salina”. En el texto que nos ha llegado no queda claro el amor de don Fabrizio por Angelica. Pero el sentido del “Cancionero” era que debía abarcar la revelación de la pasión del príncipe por Angelica, pasión enmascarada en una secuencia de sonetos. Lampedusa también me mencionó el argumento de otro capítulo en el que don Fabrizio evita un escándalo presentándose en el Hôtel des Palmes antes de una cita de Angelica con un amante. Don Fabrizio llega antes que este, probablemente el senador Tassoni, cuya relación con Angelica se menciona en la octava parte del texto publicado, y de esa manera evita la celada políticomundana tendida a la pareja. El “Cancionero” está fechado en 1863. Ese capítulo adicional, que se habría insertado entre el “Cancionero” y “La muerte del príncipe”, después de la guerra de 1866 y en la época de la primera candidatura parlamentaria de Tancredi, no llegó a escribirse. Giuseppe me contó el argumento divirtiéndose con su invención de un lío amoroso en las Palmas. El edificio había sido construido como residencia de los Ingham pero, desde que lo transformaron en hotel, se convirtió en el lugar preferido de los amoríos ciudadanos, y las citas en las Palmas aún formaban parte del imaginario erótico palermitano en la época en que se redactó la novela. Por otra parte, recuerdo que Giuseppe me leyó el “Cancionero” y que al final el nombre de Angelica debía revelarse mediante algún artificio retórico, por ejemplo, un acróstico (creo que debía formarse la frase “¡Angelica mía!”).

Tal como nos ha llegado, el “Cancionero” no representa una aportación significativa a la novela, además de estar incompleto. En un principio tenía que ser un juego literario que interrumpiese la narración para pasar, en los sonetos, a un ejercicio basado en elementos poéticos muy apreciados por el autor, en particular los Sonnets de Shakespeare, tomando como referencia para la versificación italiana los sonetos de Miguel Ángel (de los que Lampedusa consideraba fuerte el contenido pero mediocre la poesía). En cambio, la “Oda” del padre Pirrone que los precede es una parodia docta, una mofa de la cultura jesuítica de provincias que remite al affaire de Port Royal y al legitimismo dogmático de la correcta interpretación católica de la historia, de la que el padre Pirrone hace gala al exponer su reaccionaria visión de diversos acontecimientos tanto de la Antigüedad clásica como de la época contemporánea. La parodia se basa en una “Canzonetta” compuesta por el verdadero padre Pirrone en ocasión de las bodas del abuelo de Giuseppe. Asimismo, también es objeto de burla el padre Pirrone por su valoración de la Bérénice de Racine, en la que aprecia la ausencia de cadáveres. Para el jesuita, Bérénice es la única tragedia incruenta de Racine, mientras que Lampedusa la comentaba de manera bien distinta en su Letteratura francese: “Los cuerpos permanecen intactos, tan solo son destruidas las almas”, hecho que, jesuíticamente, el padre Pirrone pasa por alto. El texto de los dos sonetos refleja algunos juegos poético-culturales a los que Lampedusa y Lucio Piccolo solían entregarse en Capo d’Orlando. Existe un cuaderno manuscrito donde ha quedado testimonio de esos juegos, en su mayor parte versos que Lucio Piccolo nos dictó a Lampedusa o a mí, junto con un fragmento que imita las tragedias racinianas y una versión muy distinta, casi toda en verso, del ballet Le esequie della luna que Piccolo publicó más tarde. Estos dos últimos textos pertenecen a la categoría de los wicked jokes que los dos primos practicaban en las tardes de Capo d’Orlando, cuando se entregaban a cabriolas y piruetas literarias tomando como blanco a amigos y conocidos.

El hallazgo ejemplifica la tendencia de Lampedusa a transformar en sus escritos motivos cotidianos en escenas humorístico-sardónicas, pícaras burlas que no les caían nada bien a los aludidos, cuando por casualidad llegaban a enterarse de ellas, y que la generación de Lampedusa atribuía a la temible maledicencia de las hermanas Cutò. En mi opinión, tanto la naturaleza jocosa del capítulo, en gran parte dirigida al grupo de los amigos más allegados, como el esfuerzo que le suponía la creación poética, indujeron al autor a abandonar la empresa. La datación remite al otoño de 1956. La novela en seis partes, la versión mecanografiada por Francesco Orlando, enviada a la editorial Mondadori y, posteriormente, a la editorial Einaudi y a Elena Croce, estaba circulando entre los editores, pero Giuseppe ya había ampliado el texto con las partes quinta (“Las vacaciones del padre Pirrone”) y sexta (“El baile”) y también había iniciado la redacción del Cancionero de la Casa de los Salina.

Puede decirse que con estos hallazgos acaba la historia editorial de El Gatopardo. En 2002 la editorial Feltrinelli llegó a esa conclusión y publicó una nueva edición, en la que se corrigieron las cuarenta y nueve faltas encontradas por los filólogos y se incluyó un apéndice con los fragmentos de los dos textos destinados a la novela. De lo anterior se deduce que esta edición presenta varias divergencias con respecto a la de 1958, sobre la base de la cual se habían hecho las traslaciones a los idiomas más importantes; las traducciones publicadas después de 1969, por ejemplo la china, se basaron en la edición conforme al manuscrito de 1957. Desde 2005, la edición de 2002 es la única reimpresa por la editorial Feltrinelli, y en ella se basan las nuevas traducciones al alemán, el búlgaro, el catalán, el coreano, el danés, el eslovaco, el esloveno, el español, el francés, el griego, el hebreo, el holandés, el húngaro, el inglés, el japonés, el letón, el lituano, el polaco, el portugués, el rumano, el ruso, el sueco, el turco y el ucraniano.

GIOACCHINO LANZA TOMASI

Comments are closed.