LECTURAS | El jardín del mar, de Sophie Goldberg

A veces la familia se vuelve fortaleza, una que ni la guerra más despiadada puede derribar.

Ciudad de México, 26 de marzo (MaremotoM).- Bulgaria, 1942. Boris III debe entregar 20 mil judíos a los nazis para su exterminio, pero el rey y su pueblo no piensan ceder. Así también resiste el pequeño Alberto, de tan sólo seis años, cuando los oficiales de las SS se llevan por la fuerza a su padre. Ahora es el hombre de la familia, debe cuidar a su hermano menor y a su madre, quien busca mantener a sus hijos a salvo de los horrores de la guerra y no perder la esperanza de estar una vez más junto a su querido esposo.

Basada en hechos realesEl Jardín del Mar relata, a través de los ojos de un niño, la historia jamás antes contada sobre el destino singular que corrieron los judíos búlgaros durante la Segunda Guerra Mundial.

Una novela narrada con extraordinaria belleza, profunda y conmovedora, sobre una familia que busca sobrevivir y reencontrarse… incluso en una nueva patria.

Jardín del mar
Una novela conmovedora, editada por Grijalbo. Foto: Cortesía

Fragmento de El jardín del mar, de Sophie Goldberg, con autorización de Grijalbo.

Mientras abría la puerta de nuestro apartamento en el bulevar Maria Luiza número 15, mi madre me jaló del brazo, escondiéndome tras ella. Me pareció que el aliento de las calles de Varna, nuestra ciudad búlgara, nuestra ciudad sitiada, penetró la casa junto con la mirada sulfúrica del comandante de las SS, las Schutzstaffel. Acribillada por la siniestra aparición del intruso, esa mujer, que mis ojos niños vene­raban, se tambaleó en un ataque de temor. Su pulso acelerado le martillaba las sienes.

No era la primera vez que lo veía. Reconocí su uniforme, los lus­trosos botones metálicos, las botas boleadas con perfección. Las con­decoraciones e insignias en sus solapas despedían un intenso aroma a autoridad. Dos runas como rayos plateados sobre el cuello de tela de gabardina negra, que para ese hombre simbolizaban la victoria, las SS, las iniciales de las Schutzstaffel; para nosotros, el deseo de defen­der la vida a pesar de la implacable intimidación. La Cruz de Hierro, De Eisernes Kreuss, colgaba de un broche formado por hojas de roble y espadas de oro. Una esvástica negra en el antebrazo izquierdo sobre una ancha banda roja gritaba: ¡Alerta, alerta! El automóvil oscuro se había detenido con un escandaloso rechinido neumático. En el portón del edificio rebotó la luz de sus faros. Cayó la bruma de aquella gélida madrugada de 1941. El ladrido furioso de un dóber­man me despertó. Mis cinco años no entendían qué estaba pasando. Entre insultos y brutalidad, ese mismo hombre arrancó de la pared la clavija que daba vida a nuestra radio. No más conciertos a las seis. Adiós al de violín, el que más me gustaba. Adiós a esa radio que nos acompañaba desde temprano con las narraciones de historias de escritores famosos. Ese mismo nos informaba del avance nazi por Europa.

Con su repentina violencia, aquel oficial tan arrogante como temido, también arrancó a mi padre de los brazos suplicantes de su mujer: mi madre. Los sollozos, mientras se aferraba con las uñas a la manga del saco, llenaban mis oídos de dolor. Él la miró, su son­risa pretendía tranquilizarla, decirle que todo iba a estar bien. Des­pués se dirigió a mí: “Ahora tú eres el hombre de la casa, Alberto”, fue lo último que pronunció. Como una constante, el peso de esas palabras me perseguiría toda la vida. Una sentencia, un susurro per­manente.

Se cerró la puerta. Nuestros huesos retumbaron con el azotón. La oquedad de su presencia fue inmediata. Silencio, silencio. El llanto de mi hermano pequeño rompió el desconcierto. Nos tratamos de recomponer. Mi madre se levantó del piso en donde había permane­cido ovillada con los puños hilvanados a la frente. Ella, como cientos de mujeres, se convertiría en el soldado desconocido en esta guerra. Ellas serían las que lucharan contra los desapegos, contra la insegu­ridad de verse solas y sacar adelante los exilios a poblados lejos de la ciudad, mientras sus esposos, hijos y padres pasaban por los campos de trabajos forzados. Vivirían, todas, una experiencia colectiva que rebasaría lo individual. Mi madre, siempre motivada por la curiosi­dad, el sentido del humor, el arrojo y la fortaleza, sería fuerte mien­tras tuviera que ser fuerte; después, la depresión inconsolable.

A mí, a mí se me quedó clavada la puerta en los ojos. Me pre­gunté por este vacío, por este silencio que entró a la fuerza. ¿Resis­tiría mi madre el paso de las noches? ¿Resistiríamos los momentos amargos si los tragábamos de prisa? Mejor no contar las horas, no contar los días.

Lo que más amaba se esfumó en esa bruma, en esa gélida madru­gada de 1941. La rememoro como si el tiempo no hubiese pasado, como si los recuerdos no envejecieran. Los campos de trabajos for­zados, los temidos lager, eran el destino de mi padre, y ni yo ni mi madre ni nadie pudo impedirlo. Efraim se sostuvo del alambrado que cercaba el campo. Los nudi­llos oscuros por la sangre deshidratada en su piel. Los inacabables meses en aquel lugar se le habían agolpado esa tarde con un agota­ miento que le impedía llegar hasta su barraca. Tormento. Incerti­dumbre. Zozobra. Ésos eran los aires que soplaban cada mañana y cada noche entre los maderos putrefactos que a duras penas soste­nían en pie las casuchas. Efraim y su delgadez se deslizaban rozan­ do todo el cuerpo contra el cemento de la barda que lo hacinaba, que lo clasificaba, que lo segregaba, que lo degradaba, que le quita­ba su libertad.

Vio al guardia que hacía su recorrido con paso firme y con las manos entrelazadas en la espalda sujetando una macana. El hom­bre se detuvo en seco; con el ceño retorcido lo miró como pregun­tándole qué hacía fuera de su cobertizo. Como todos los días, a la misma hora, la estrepitosa sirena había sonado. Las luces se apaga­rían en breve y ninguno de los prisioneros podía estar fuera de su hedionda litera. El dolor de abdomen lo obligó a buscar apoyo. Un golpe en la alambrada, justo a la altura de aquellas manos atormen­tadas, hizo que cayera al suelo.

Cuando parecía haber recuperado el conocimiento, entreabrió los ojos; se encontraba rodeado de sus compañeros que lo miraban murmurando entre sí. La fiebre lo hacía desvariar. Entre sueños se veía en casa, en Varna, con Sofía, con sus dos pequeños. Los llama­ba con las cenizas de voz que salían de su garganta: “Alberto… hijo, Salomón, Alberto”. Los ojos clavados en el techo despellejado por la humedad. Nombres que no cesaban de ser pronunciados, con dificultad, con la nuca ardiendo, con la frente ardiendo, entre sudor y delirio.

Imágenes de sus paseos antes de la guerra por Morska Gradina, el Jardín del Mar, llenaban sus pupilas perdidas. En alucinacio­nes, creía ver desde el aire los noventa mil metros cuadrados de flores, plantas y árboles de este gran parque que va bordeando el mar Negro. Creyó haberse salido de su cuerpo en un desdobla­miento que lo llevó hasta allá. Se vio diciéndole a su Sofía lo que toda persona que vivía en Varna comentaba: que ese jardín era el or­gullo de los Balcanes. Imaginó también la expresión de su mujer cada vez que él le contaba cómo la apariencia del parque había ido cam­biando por épocas, y cómo el sultán otomano ordenó con firmeza que se hiciera un jardín en las afueras de la ciudad. “Seguramente para que las odaliscas se pasearan por ahí”, le había dicho su esposa la primera vez que él le relató la historia. La pareja admiraba este lugar desde que eran novios. Era peculiar que cada vez que estaban frente a aquellos magníficos paisajes, él comentaba lo mismo: “Qué espléndida creación la de Anton Novak. Sabes, Sofía, él es el mismo arquitecto que diseñó los jardines del Palacio de Schönbrunn y del Belvedere, en Viena”. Ella ya lo sabía, no era la primera vez que su marido se lo contaba, pero disfrutaba al ver su orgullo cuando lo decía.

Siguieron las altas temperaturas, y con ellas los ensueños. Se iba lejos, muy lejos del campo de trabajo donde se encontraba enfer­mo. Él, tomado de la mano de su esposa, recorriendo sin prisa aquel pasadizo central que exhibe monumentos de prominentes búlgaros; ella, con un cinturón que marca las curvas de su cuerpo, y sus hijos correteando y escondiéndose entre árboles y plantas ornamentales que en la antigüedad fueron llevados del Mediterráneo para plan­tarse ahí. Fuentes que mecen chorros de agua de un lado a otro; un lago en cuya orilla se sientan los enamorados a contemplar su refle­ jo, y los niños que echan al infinito sus barcos de papel. Caminos interminables en los que se mezclan el aroma del mar y el de la vege­ tación. Todo esto ofrecía el Jardín del Mar, todo en vívidas imágenes que navegaban en la imaginación de aquella mente en desvarío.

Pero su sitio predilecto dentro del parque era El Puente de los Deseos. Sofía, crédula como muchas de sus amigas, pensaba que cruzar el puente con los ojos cerrados y caminando hacia atrás haría de sus anhelos una realidad. En pareja lo recorrían cada vez que visitaban el Morska Gradina. Efraim recordaba a su esposa con ese vestido, con ese cinturón ceñido, con esa piel color de aceituna, con esos labios delineados de rojo, esos que había besado tantas veces. Nuevamente delirios y sueños. Contorsiones del cuerpo en un intento más por alcanzar a su musa. El pecho que arde. La ban­ca de aquel parque pintada de verde olivo en la que se sentaban todos los domingos. Él, pasando su brazo por su espalda; ella, con la sonrisa de una niña ilusionada.

Sus lamentos se escucharon durante horas. Gemidos que pare­cían brotar del fondo de la tierra, de un pozo oscuro y turbulento. Las calenturas no cedían. Uno de los presos, David, era médico y sabía que de no controlar la hipertermia cuanto antes, el enfermo comenzaría a convulsionar. Desgarró con fuerza la delgada tela que servía de sábana en su catre. Tomó un jirón de aquel tejido impreg­nado de insomnio y salió a hurtadillas de la barraca para ponerlo en la nieve. Lo colocó en la frente de Efraim esperando que la tempera­tura cediera con la gélida humedad. Poco a poco, el tiritar de aquel cuerpo se iba serenando, y a pesar de haber fortalecido hombros, espalda y pecho a base de picar piedra, un metro cúbico diario, el mínimo exigido, en estos momentos poseía indefensos hilachos por piernas y brazos. Después de un rato David arropó un poco el páli­do cuerpo de su vecino; volvió a tocarle la frente ahora más tibia. Los ojos cerrados del paciente se sumían en sus cuencas cadavéricas. La fiebre parecía haber aminorado, pero de todas formas David repitió la cura de la tela empapada de nieve. El único recurso, en realidad. Efraim recobró lucidez por unos momentos. Se abrazó de David con fuerza, temiendo volver a hundirse en las tinieblas si lo soltaba; era lo único a lo que podía aferrarse. David lo estrechó de vuelta, se balancearon en un arrullo reconfortante. Cuando se soltaron, los brazos del enfermo conservaron por un instante el hueco del apre­tón ya vacío.

III

Envuelto en el hedor de su propio cuerpo cansado, hacía ya dos meses que León, un jovencito que había cruzado el letrero en que se lee la orden de “Halt” en la entrada del campo de trabajos forzados, no cesaba de cuestionarse cuándo volvería a casa. Aferrado a esa pregunta, a esa que carecía de respuesta, a esa que lo merodeaba noche tras noche, seguía adelante cada interminable, fatigado y do­lorido día. A los demás prisioneros les pasaba lo mismo. Dentro del campo la idea de vivir cambiaba por la de mantenerse vivo, por la de resistirlo todo para algún día regresar a sus hogares en Burgas, Varna, Sofía o Plovdiv. Existía una invisible pero certera voluntad, aunque aún faltaran cientos de amaneceres para que eso sucediera.

Todo había comenzado con el concepto de cuánto la libertad y el derecho a existir de unos incomodaba a otros. En la psique de los arios no había cabida para los judíos, o los homosexuales, o los negros o los gitanos. De ahí que acechara un siniestro plan para acabar con todos ellos.

La primera humillación: los judíos habían sido despojados del privilegio de servir en el ejército como cualquier otro ciudadano. La pérdida de ese honor, bien entendido entre los hombres de la comunidad de Bulgaria, había herido su profundo orgullo patriota. No podían usar más el uniforme que habían portado para defender las fronteras de su amado país. Ahora vestían un áspero camisón y pantalones desgastados. Una banda amarilla en el brazo era el dis­tintivo que gritaba que eran judíos. Era muy sencillo: ¿cómo permitir que un país amigo de Alemania tuviera soldados de raza semita en sus filas? Bulgaria se había convertido oficialmente en aliado de la Alemania nazi cuando se firmó en Viena el Pacto Tripartita, a pesar de que el rey Boris había logrado posponer la coalición durante meses. Sin embargo, llegó un punto en el cual las excusas y argu­mentos para no firmar ese tratado se le agotaron.

La presión para llevar a cabo los cambios comenzó. Las nuevas reglas se publicaron en la Gazette a nivel nacional. Un edicto aquel texto. La primera instrucción, para implementar la ley a partir de ese momento, era la emisión de tarjetones especiales de identidad. De color rosado para los judíos. El gobierno alemán consideraba dema­ siado bueno el trato que se daba a los judíos, por lo que decretó que la única forma para “servir en el ejército” sería laborando en campos de trabajo. El mes de mayo de 1941 marcó el inicio del llamado a todos los judíos entre los veinte y los cuarenta años. A través de los meses, estos hombres sanos y fuertes se fueron convirtiendo en famélicas sombras deambulando en aquellos labrantíos de reclusión. León se preguntaba por qué de ser bien alimentados para rendir más en el extenuante trabajo, de un día al otro todo empeoró. Les aventaban un caldo apenas tibio donde flotaba una nata de repug­ nancia, frijoles en una vasija que se quedaba con hambre y un trozo de pan endurecido por los suspiros. Era lo que recibían dos veces al día. Se sentó en el suelo abrazado a sus rodillas y sollozó. Inconso­ lable resintió ahí mismo la mezcla de impotencia y dolor; de lásti­ ma, de odio. Dijo cosas, las dijo sin voz, y se le agrietó el alma. A la larga saldría de ahí, saldría con la dignidad arrastrando.

David escuchó decir al más nuevo de los presos que había lle­ gado a la capital de Bulgaria el embajador alemán Adolf Heinz Beckerle, un muy eficiente comandante de las tropas nazis y exjefe de la policía. Beckerle reemplazó a diplomáticos como el Barón von Richthofen, entre otros, quien a los ojos de Hitler era bastante incompetente en la representación del Tercer Reich en la zona de los Balcanes. Construir puentes, ensanchar carreteras, partir blo­ ques de piedra en la cordillera de las montañas Ródope al sur del país se había convertido en el destino de la mayoría, y el esfuerzo al límite, la exigencia nazi de todos los días. El agotamiento no sólo del trabajo, sino del llanto, venció por fin al joven León.

A la mañana siguiente David seguía velando el sueño de Efraim, quien se convertiría en un amigo de por vida, en un hermano. Los pasos del guardia restregando sus botas de cuero en el piso nevado se escuchaban cada vez más cercanos. El sonido de la macana cho­ cando contra la palma de su mano se sumó al rechinar de la puer­ ta al abrirse.

“¡Todos arriba, holgazanes, es hora de trabajar!”

David ayudó a Efraim a ponerse de pie. La fiebre iba y venía, y el malestar lo tenía aún muy débil. Se incorporaron a la fila en si­lencio. Todos caminaron en orden, todos con la mirada clavada en la nuca del de enfrente. Unos cuantos pasos, el aire helado laceraba la piel de las mejillas que se abría como boca en grito. Abraham enca­bezaba la procesión; él era uno de los que más tiempo había pasado en el campo de trabajos forzados. En un principio se revelaba con­ tra cualquier injusticia, contra los golpes y el maltrato, pero lo que el invierno en este lugar le había dejado era mansedumbre. Camina­ ba enjuto, ya no le quedaban fuerzas para tratar de estar erguido, ya no le quedaban fuerzas para contar su historia, la que todos habían escuchado, la que contaba siempre que podía. Pareciera que su cró­nica terminó ahí, en aquella mirada temerosa y semiperdida. Ya no había nada que contar, sólo picar piedra tratando de engañar a la tristeza y esquivar la muerte.

Te puede interesar:  En FIL Guadalajara con "Al pie del Támesis", una obra de Mario Vargas Llosa 

Efraim lo observaba. Se negó a caer en ese abandono del orgullo, en la pérdida de dignidad. Él contaría su historia. Cuando todo esto terminara. Lejos, sería lejos de este infierno que la contaría. Resisti­ría los silencios, los vacíos, el hambre. Resistiría las noches glaciales. La nostalgia atorada en la faringe. El tormentoso deseo de desandar lo ya andado. Nada que hacer. Se propuso como obligación sobre­ vivir. Sobrevivir para contar. Todo para contar su historia.

IV

Dentro del lager, el campo de trabajos forzados las semanas trans­currían. Se gastaba el tiempo, ese que no se podía compartir con la familia o simplemente admirando el mar en libertad. Se gastaba el tiempo, pensaba Efraim, se gastaba agonizante en una muerte lenta. Ahí dentro no pasaba nada, nada distinto que no fuera transportar en las espaldas bloques de piedra que con su peso hacían perder el poco que les quedaba a aquellos cuerpos humillados, para después, con pico en mano, partirla hasta reunir el metro cúbico obligatorio. La incógnita que no dejaba de merodear en la mente de Efraim era preguntarse qué estaría pasando afuera, no sólo extrapolando las bardas y los alambrados de púas que lo hacinaban, sino afuera, en el resto del país, en el resto de Europa.

Efraim sentía que él y todos los hombres enjaulados en aquel campo estaban solos, solos en el mundo que seguramente seguía en su frenético ritmo sin detenerse a mirar, quizá sin tener co­nocimiento siquiera de lo que ahí dentro pasaba. Se sentía, como todos los demás, abandonado por la conciencia universal. Eran días en los que se alegraba de no poder hablar con Sofía, porque el tono derrotado de su voz sería una daga que la desgajaría sin tocarla. Ella siempre había confiado en la fortaleza de su esposo, en la determinación que lo caracterizaba. Qué bueno que no esta­ ba ahí, que no lo podía ver flaqueando, de huesos apenas recu­biertos por una piel delgada y seca, hambriento, indefenso ante el filo del viento gélido, ante el azote de una macana cargada de odio que golpeaba con el afán de utilizar aquellos cuerpos hasta que no pudieran más.

Tenía treinta y dos años. Una juventud interrumpida, un pro­yecto de vida arrebatado, eso era lo que más lo atormentaba; la frus­tración de no haber podido decidir, que la guerra y Hitler eligieran por él, por él y por todos los que no hubiesen planeado un destino como éste. ¿Qué habría sido de la vida si no hubiese existido este odio enfermo y contagioso, este racismo que había que sanar como quien cura una herida que no deja de sangrar esperando que algún día cicatrice? Preguntas sin respuesta, interrogantes que con cada golpe en la piedra parecían golpear también, hasta el tuétano, los es­ casos vestigios de esperanza que se podían perpetuar gracias a que ahí dentro los prisioneros no estaban enterados de la magnitud de la masacre. No sabían que en Polonia estaban las fábricas de la muerte y que las nubes grises estaban formadas por niebla humana de cuerpos consumidos en llamas después de haber sido asesinados, violados, golpeados, experimentados. Finalmente eran calcinados de­jando tan sólo cenizas como huella que se echaría al aire. Hollín, tizne; eso eran los gitanos, y los discapacitados, y los negros, y los judíos, y los homosexuales y los librepensadores.

No sabían, pero no lo sabía tampoco el mundo, que una fila de selección marcaba el destino de inocentes bajo el dedo intempes­tivo y cargado de albedrío de un oficial que podía decidir sobre la vida y la muerte. Podía. Como un dios, podía. Cuerpos profanados, esqueléticos y desnudos apilados en montañas escarpadas en donde moría el hombre, y el talento, y la cultura y el pensamiento. Que todo esto sucedía mientras chiquillos chapoteaban en el mar sin saber, sin saber que los huérfanos que sobrevivieran a los horrores llevarían una herida en su interior, una herida tan profunda que sería capaz de robarles para siempre la inocencia y dejarlos paraliza­ dos con sus recuerdos y sus pérdidas. Que un aroma, una imagen o un sonido los podría trasladar al pasado, al peligro, a la sensación de pánico a la que nunca podrían renunciar. Que serían para siempre víctimas, y sentirían la culpa de haber sobrevivido, aunque fueran supervivientes. Que la seducción de la venganza los cautivaría por momentos, pero que finalmente llegarían a la conclusión de que la venganza no da libertad, solamente mantiene el odio y no sería éste lo que querrían dejar como legado. Aun despojados de todo, aun con la rabia de haber vivido tanta injusticia y de tener heridas psico­lógicas, mucho más profundas que las físicas, aun así, optarían por la esperanza y el perdón.

Era tanto el tiempo para pensar. Entre golpe y golpe sobre la piedra, entre grieta y grieta; y de las fisuras parecían emerger las dudas. Efraim se preguntaba cómo era que el hombre, que nace para amar y ser feliz, aprende a odiar desahuciando los sentimientos pri­ marios. En cada encuentro del cincel con la roca la incredulidad lo torturaba. ¿Cómo era posible que estuviera viviendo algo así?

¿Cómo era que se podía encontrar placer en reducir la humanidad del otro? Efraim trataba de mantener, hasta donde fuera posible, la salud mental, la emocional. Sabía que perdiéndolas, lo perdería todo; aunque algún día fueran liberados, aunque terminara la gue­ rra, aunque lograra escapar, no sería libre porque lo que se tejiera en su memoria y en su alma en momentos de debilidad serían los gri­lletes que para siempre interrumpirían el vuelo en su vida.

Limitado al perímetro de su pequeño catre, a veces compartido con otros dos presos que acomodaban sus cuerpos en un enjambre óseo que desafiaba el mínimo espacio, Efraim soñaba. La oscuridad lo transportaba a un momento que recreaba una y otra vez. Se veía a sí mismo contando los peldaños de la escalera que atravesaba el jardín para llegar a casa. Catorce, de ida y de vuelta catorce. Intro­ducía la llave en el cerrojo; en el departamento todo era silencio. Los niños dormían. Empujaba suavemente la puerta de su recámara y la imagen de Sofía lo embelesaba. Estaba recostada en la cama, sobre su lado izquierdo, con el cabello húmedo y los pies asomándole entre las sábanas. La observaba, la recorría con humildad, con ter­nura. El baño aún olía a jabón, a vapor y a loción de rosas. Efraim se quitaba el abrigo de lana y lo colgaba en el respaldo del chaise longue. La miraba de nuevo y compartía con ella el silencio. Se sen­taba en la orilla de la cama, en el hueco que se formaba entre el hombro y el abdomen de su cuerpo lánguido y perfecto. Le susu­ rraba sobre los labios y esperaba a que ella despertara. Sofía parpa­ deaba y pronunciaba su nombre: “¿Efraim?” Sin abrir los ojos, se incorporaba y amoldaba sus dedos en la nuca de su esposo acortan­ do el espacio entre sus cuerpos y arrullándose en la suavidad de su piel.

Comienza a amanecer y, en aquel sueño, Efraim respira el aroma de Sofía y exhala sus miedos y su incertidumbre; se llena de fuerzas nuevas y convierte este espejismo en un ritual diario para encon­trarle sentido a la idea de sobrevivir. Cuenta los peldaños. Catorce de ida y catorce de vuelta. Como si el número fuera a cambiar, como si éstos lo llevaran a ella.

Estaba preso, físicamente cautivo, pero la libertad interna resi­ de en la voluntad y era ésta la que lo haría dueño de su vida, que aunque robada en ese momento, su mente emancipada viajaría por todos sus anhelos y caprichos, por todos sus afectos y sus apegos. Sería dueño, si no de sus actos, de sus pensamientos; ésos serían sólo suyos. Ni los temidos kapos, ni el sometimiento del Lagerkomman­ dant al frente del campo se los podrían arrebatar. No importaba si externamente no podía materializar lo que deseaba, que era estar con Sofía y sus hijos, internamente lo había elegido. Los pensaba. Los imaginaba, y en la privacidad de su interior, la amaba a ella.

V

El appel, la formación al amanecer. Permanecer en posición de fir­mes sin importar cuánto tiempo, sin importar si los rayos de sol taladraban con ardor cada surco de aquella piel que le quedaba gran­ de al cuerpo fatigado, o si el aire gélido de un invierno precoz ajaba los huesos que rotulaban los andrajos que los cubrían. Varias horas a la intemperie si así le daba la gana al Lagerkommandant. “No te muevas, no pestañees”, se decía Efraim para no provocar una paliza tan sólo por inspirar con más fuerza y hacer que su pecho se movie­ ra a través del uniforme. Seguir órdenes, dadas a gritos, a golpes, o a punta de pistola. Pensar en algo más que no fuera la insensibili­dad de extremidades agarrotadas, o en el hambre devorándolo, o en las ganas de tirarse desde las montañas arriscadas de donde traían los enormes bloques de piedra.

Al regresar del trabajo, al final de un día agotador, por la tarde, una vez más el momento más aterrador de la jornada: la formación vespertina. En ésta había que reunir todas las fuerzas restantes para no tropezar, para no desmayarse y superar esa última etapa de la ruti­ na diaria, que para los oficiales se convertía en una oportunidad más para degradar a los prisioneros, y para éstos, una más para constatar la maldad del hombre. El conteo era lo que Efraim más temía. La severidad en la mirada era por sí sola el golpe de un látigo brutal, de la sinrazón, de la elocuente abominación con la que trataban a los prisioneros. Faltaba uno. Faltaba un prisionero. Les preguntaban a golpes si lo habían visto, si lo habían ayudado a escapar, cuando en realidad el cansancio extremo, la desnutrición, la deshidratación o el frío habían sido la salida hacia una muerte a veces deseada.

La expectativa de vida en un campo de trabajos forzados era de apenas unas semanas, pero para entonces, tras meses de sobrevi­vir y compartir la rigidez de los catres, los barracones casi derrui­dos, los azotes, las heladas y los caldos transparentes que pretendían engañar aquellos estómagos pegados a las espaldas, los reclusos habían compartido también anécdotas, sueños, nombres y recuer­dos de antes de la guerra. El disfrute simultáneo de lo intangible, de las memorias, de la felicidad, ahora percibida como un bien finito, hacía que Efraim sintiera en la clandestinidad de estas pláticas un alivio, un intento por preservar la identidad humana y dejar de sen­tirse como un animal de carga.

Eran quizá estas charlas que se murmuraban entre los ásperos dobleces de sábanas raídas, que nunca les calentaron la piel, las que se convertían en una especie de brújula, era ahí a donde querían todos volver, a su antigua vida, a buscar su norte y regresar a casa. A Efraim le servían para anhelar, y los anhelos para tener fuerza, y la fuerza para levantarse una madrugada más, y otra, y otra, y ale­grarse de continuar vivo aunque fuera ese día, para seguir con la esperanza de retomar las coordenadas de una libertad que fenecía cada noche.

A veces, aun extenuado como estaba, Efraim batallaba para con­ ciliar el sueño. Extrañaba el abrazo de Sofía, el aroma a nube en el aliento de su risa y el tacto de su piel al estarla andando. Le inquieta­ ba pensar en lo sola que debía sentirse, en la responsabilidad de tratar de alimentar a sus dos niños que como si fuera viuda sin estarlo había caído sobre ella, regresando seguramente de los mercados con las manos vacías después del toque de queda.

Por momentos la deshidratación lo hacía desvariar. Se sentía minimizado, se sentía como uno más de los cientos de mosquitos que enmarañados merodeaban los pantanos; esas aguas estancadas de sedimentos flotantes que le hacían volver el estómago tan sólo mirarlos y que había que secar por órdenes de los kapos. Un insecto, un insignificante insecto, eso era cuando la moral se le venía abajo y en el centro del esternón se le formaba un pozo hecho de todas las lágrimas que no derramaba. Sólo podía alegrarse de que su esposa y sus niños no estuvieran pasando por algo así, y entonces recobra­ba el temple: “Si puedes sobrevivir a esto, podrás sobrevivir a lo que sea”, se decía una y mil veces.

Para Efraim, recrear escenas de la vida familiar era una suerte de catarsis, de hipnotismo que adormecía, aunque fuera por instan­ tes, el dolor de la separación, del sufrimiento físico, de la rabia, de la humillación del orgullo herido. Palmas de las manos sudorosas, secuelas de una vida interrumpida. Rememoró cuando cumplió el deseo de Sofía de llevarla junto con su hijo Alberto a Rustschuk, su ciudad natal, la cual ella extrañaba profundamente. Ahí, en la “Pequeña Viena”, como se le apodaba en tiempos del Imperio oto­ mano, recorrieron tomados de la mano los márgenes del Dunav, ese Danubio inspiración de músicos y poetas, ese que es musa y voz, que es soplo y arrebato, que incita a la furia creadora. Recordar esos paseos a orillas de la rivera, así como la alegría de su esposa, insuflaba en Efraim la fuerza necesaria para superar las pesadillas recurrentes, las heridas como zanjas que supuraban su profunda tristeza.

Su sensación de valía estaba unida a su vida antes de la guerra. En la oscuridad, justo antes del amanecer, antes de despertar a la despiadada realidad que lo marchitaba todo, evocaba su niñez en Provadia, donde nació. Las ocasiones en que su padre, Abraham, lo llevaba a ver cómo se hacían los quesos y los yogures, negocio que había heredado a su vez de su padre. Volvía en el tiempo y pensaba en la suerte de que se hubiese mudado a Varna, en la suerte de haber entrado a trabajar como gerente en la tienda Córdova­Bejmoran. Ahí conocería al amor de su vida, Sofía. A partir de entonces espera­ rían cada domingo para tomarse del brazo en sus paseos por Mors­ka Gradina. Ella navegaría entre sus manos; tendrían los pulmones henchidos y las palabras formarían parte de un suspiro. Insinua­ ciones sutiles. Ella con la cabeza apoyada en su pecho. Un corazón batiendo. Sus brazos rodeándole los hombros. Besos de despedida que parecerían siempre demasiado cortos. Él pronunciaba su nom­bre. La miraba en silencio, sin prisa, saboreando el momento y su mirada última antes de partir.

Soñaba con los días comunes, con los que sin tener nada de especial, lo tenían todo. Los paseos dominicales con sus hijos, las tardes escuchando la radio en casa, o una jornada habitual en la tien­da. Efraim salía temprano a trabajar, Sofía le daba un beso y un trozo de banitsa de queso envuelta en papel de estraza. Pasaba el día y él regresaba a casa; ella lo esperaba llenando su boca con una sonrisa. Él le besaba la nuca, o el cuello, o la mejilla. Se detenía al bajar por su espalda; los niños seguían despiertos. Ella le regalaba palabras de amor al oído, él la imaginaba vaciando su vestido, y cuando al fin podían estar juntos, le susurraba secretos tibios en el ombligo.

Era increíble que aun en el intenso frío, en momentos de dolor insostenible, en la vulnerabilidad, en la violencia cotidiana y des­pojado de todo, pudiera sentir unos instantes de felicidad cuando pensaba en su joven esposa. Todo era cuestión de cerrar los ojos para que su mente se trasladara a casa, o al Jardín del Mar. Así, sin verla, la contemplaba, con los sentidos se paseaba por sus contornos y respiraba el aire perfumado que dejaba a su paso y que él recogía. Escuchaba su voz. Sutil, dulce, cariñosa. Pero despertaba. Inevitable­ mente despertaba para saberla inaccesible. Lejana, tan lejana. Y co­menzaba nuevamente el tormento, el de escudriñar en una libertad perdida, en la vida no vivida, en lo que pudo ser, e imaginar a su otro yo, al que no mandaron a los campos, al que se encontraba con sus dos pequeños, con su amada, y se dejaba emborrachar con ese pensamiento. Despertaba. Un sueño pesadilla. Había acariciado a Sofía sin tocarla y con ello se consolaba.

Sophie Goldberg
Sophie Goldberg. Foto: Cortesía Marian Bliss Blake

Sophie Bejarano de Golberg de raíces turcas y búlgaras, nació en la Ciudad de México. Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad Anáhuac especializándose más tarde en periodismo en la Universidad de Texas en Austin. Ha colaborado en distintas publicaciones y ha ganado varios certámenes literarios. Entre sus publicaciones se encuentran: el poemario Vida y Pasiones, testimonio de una vida plena, el compendio histórico sobre la presencia sefardí en México Sefarad de ayer, oy i manyana, prologado por el licenciado Jacobo Zabludovsky, y la exitosa novela Lunas de Estambul con numerosas reimpresiones y traducida a varios idiomas. El Jardín del Mar es su más reciente novela.

Comments are closed.