Dubravka Ugresic

LECTURAS | El museo de la rendición incondicional, de Dubravka Ugrešić

Esta luminosa novela, un clásico de la literatura europea de las últimas décadas, narra la vida de unos personajes que se ven atrapados entre varias culturas, a medio camino entre el pasado de su propia tradición y el futuro de lo que les depara la Historia, de la que, sin pretenderlo, formarán parte.

Ciudad de México, 23 de marzo (MaremotoM).- Tras la guerra de los Balcanes, la ciudad de Berlín cobra vida gracias a la llegada de los expatriados, que luchan por preservar lo que les queda de su cultura y de una nación que ha sido eliminada del mapa, mientras sustituyen todo lo que una vez conocieron por lo nuevo y desconocido. Para aquellos cuya vida ha de caber en una maleta, los recuerdos pasan a ser su posesión más importante, pero a veces adoptan un significado extraño. Dubravka Ugrešić recompone así la vida de su madre a través de las fotos halladas en el fondo de un armario, en un antiguo bolso de piel. Y, a la vez, también su propia historia: sus años de profesora en Berlín, donde compartió apartamento con tres jóvenes indias; los encuentros nocturnos con sus amigas para cenar y echar las cartas del tarot; un viaje a Lisboa, adonde fue cargada de equipaje, pero sin llevarse absolutamente nada, dependiendo de cómo se mirase… Un collage de recuerdos que la autora fusiona para lograr un sublime retrato de la soledad del desterrado.

Impedimenta
Editado por Impedimenta. Foto: Cortesía

Adelanto de El museo de la rendición incondicional, de Dubravka Ugrešić, con autorización de Impedimenta

En el parque zoológico de Berlín, al lado del estanque de las morsas, hay una extraña vitrina. Tras el cristal se hallan los objetos encontrados en la tripa de la morsa Roland, cuya vida concluyó el 21 de agosto de 1961. Exactamente hay: un mechero de color rosa, cuatro palitos de helado (de madera), un broche de metal en forma de caniche, un abridor de botellas de cerveza, una pulsera de mujer (probablemente de plata), un pasador de pelo, un lápiz de madera, una pistola de agua de plástico de niños, un cuchillo de plástico, unas gafas de sol, una cadenita, un muelle (pequeño), un flotador de goma, un paracaídas (de juguete), una cadena de hierro de unos cuarenta centímetros, cuatro clavos (grandes), un cochecito de plástico de color verde, un peine metálico, una muñequita, un pin de plástico, una lata de cerveza (tipo Pilsner, de 0,33 l), una cajita de cerillas, una zapatilla de niño, una brújula, una llave de coche, cuatro monedas, un cuchillo con mango de madera, un chupete, un manojo de llaves (cinco piezas), una cerradura y una bolsita de plástico de agujas e hilos.

Más hechizado que asombrado, el visitante observa esas extrañas piezas como si se tratase de unas excavaciones arqueológicas. Sabe que su valor de pieza de museo está determinado por la casualidad (por el caprichoso apetito de Roland) y, no obstante, no puede resistirse al pensamiento poético de que, con el tiempo, esos objetos han establecido entre sí unas relaciones más delicadas. Atrapado en este pensamiento, el visitante intentará en adelante establecer unas coordenadas de significado, reconstruir las coordenadas históricas (se le ocurre, por ejemplo, que Roland murió ocho días después del levantamiento del Muro de Berlín), y otras cosas por el estilo. El lector debería leer la novela que está ante él de forma semejante. Si le parece que entre los capítulos no hay una relación sensata y firme, que tenga paciencia; las relaciones se irán estableciendo de manera gradual. Algo más: la pregunta de si esta novela es autobiográfica podría, en algún eventual e hipotético momento, pertenecer a la competencia de la policía, pero no a la de los lectores.

1

«Ich bin müde», le digo a Fred. Su cara pálida y melancólica se estira con una sonrisa. Ich bin müde es la única frase que por ahora sé decir en alemán. En este momento tampoco quiero aprender más. Aprender más significa abrirse. Y yo, durante algún tiempo, todavía quiero seguir encerrada en mí misma.

2

El rostro de Fred me recuerda a una fotografía antigua. Fred parece un joven oficial dispuesto a jugar a la ruleta rusa por un amor infeliz. Las noches las pasa en vela en las tabernas de Budapest. El triste gemir de los violines gitanos no provoca ningún temblor en su pálido rostro. Solo de vez en cuando su mirada centellea con el brillo de uno de los botones metálicos de su uniforme.

3

La vista desde mi habitación, desde mi residencia temporal en el exilio, está cubierta de altos pinos. Por la mañana descorro las cortinas y descubro la vista de una escenografía romántica. Los pinos primero se encuentran inmersos en la niebla, como si se tratase de fantasmas, luego la niebla se disipa en mechones y el sol rompe a brillar entre ellos. A veces cae una llovizna ligera. Hacia el final del día la oscuridad cae sobre los pinos. En el ángulo izquierdo de la ventana se ve un pedacito de lago. Al atardecer corro las cortinas. La escenografía es igual todos los días, algún que otro pájaro perturba la inmovilidad del paisaje, básicamente cambia solo la iluminación.

4

Mi habitación está llena de un silencio que parece de algodón. Si abro la ventana, el trino de los pájaros rompe el silencio. Al atardecer, si salgo de la habitación hacia el vestíbulo, oigo el rumor de un televisor (de la habitación de la señora Kira, en la misma planta) y el sonido de una máquina de escribir (el escritor ruso de la planta de abajo). Un poco después, se puede oír el irregular golpeteo de un bastón y el arrastrar de los pequeños pasos del invisible escritor alemán. A los artistas, una pareja rumana (de la planta de abajo), los veo a menudo, se mueven en silencio, como sombras. A veces, el silencio se ve perturbado por Fred, nuestro conserje. Fred corta el césped del jardín de la casona con una ruidosa cortadora eléctrica que ahuyenta sus penas amorosas. Su mujer lo ha abandonado recientemente. «My wife is crazy», me explicó Fred. Es la única frase en inglés que sabe.

5

En la cercana Murnau hay un museo, la casa de Gabriela Münter y de Vassily Kandinsky. Siempre me entran náuseas al pensar en las huellas de las vidas ajenas, son tan personales y tan impersonales a la vez. Allí compré una postal en la que se reproduce la imagen de una casa, Das Russen-Haus. A menudo me quedo mirando esta postal. A veces me parece que la menuda figura humana en la ventana, ese puntito rojo intenso, esa soy yo.

6

Sobre mi escritorio hay una fotografía amarillenta. En ella hay tres bañistas desconocidas. De la fotografía no sé mucho, solo que fue tomada a principios de siglo en el río Pakra. El riachuelo corre cerca del pequeño lugar en el que nací y pasé mi infancia.

Me doy cuenta de que siempre llevo conmigo la fotografía como un pequeño fetiche del que desconozco su verdadero significado. Esa superficie de color amarillo turbio atrae de forma hipnótica mi atención. A veces me quedo mirándola mucho rato sin pensar en nada. A veces ahondo con atención en los reflejos de las tres bañistas en el espejo del agua, en sus rostros que miran directamente al mío. Me sumerjo en sus caras como si fuera a descifrar un secreto, descubrir alguna grieta, un pasadizo escondido.

A menudo suelo apoyar la fotografía en el ángulo izquierdo de la ventana, ahí donde se ve un pedacito de lago. La fotografía me tranquiliza, igual que el agua.

7

De vez en cuando tomo café con la señora Kira, de Kiev, profesora de Literatura jubilada. «Ja kamenshchitsa», dice la señora Kira. La pasión de la señora Kira son las piedras, todo tipo de piedras. Me cuenta que todos los años veranea en Crimea, donde el mar expulsa a la orilla piedras semipreciosas. Y la señora Kira pasea por la orilla durante horas en busca de piedrecitas. No va sola, dice, allí también va otra gente, kamenshchiki. A veces se reúnen todos, encienden una hoguera, se preparan un borsh y comparten sus «tesoros». Aquí, en la casona, la señora Kira mata el tiempo copiando distintos motivos. Hizo una copia del ángel Miguel, aunque, dice, le gusta más hacer collares. Me pregunta si tengo algún collar roto,

«Podría —dice—, arreglarlo, ensartar de nuevo las perlas».

«Sabe —dice la señora Kira—, ja l’ubl’u nanizivat.» Lo dice como disculpándose.

8

En esa misma Murnau se encuentra el museo de Ödon von Horváth. Ödon von Horváth nació el 9 de diciembre de 1901 en Rijeka, a las 16:45 (según otros testimonios a las 16:30). Cuando llegó a pesar unos dieciséis kilos, sus padres y él se mudaron de Rijeka y vivieron un poco en Venecia y un poco en los Balcanes. Cuando alcanzó la altura de un metro y veinte centímetros se mudaron a Budapest y vivieron en esa ciudad hasta que midió un metro y veintiún centímetros. Eros despertó en Ödon von Horváth, según su opinión, al alcanzar un metro y cincuenta y dos centímetros. El interés de Von Horváth por el arte, sobre todo por la literatura, apareció al alcanzar un metro y setenta centímetros. Cuando empezó la Primera Guerra Mundial, Ödon von Horváth dejó de crecer, medía un metro y ochenta y cuatro centímetros. La biografía de Von Horváth medida en kilos, centímetros y puntos geográficos estaba abundantemente atestiguada por las fotografías del museo.

9

Sobre el general Ratko Mladić, criminal de guerra, que durante meses aniquiló Sarajevo desde los montes cercanos, se cuenta que una vez tuvo en su punto de mira la casa de un conocido suyo. La historia sigue: entonces, el general telefoneó a su conocido informándolo de que le concedía cinco minutos para recoger sus «álbumes», porque precisamente, dijo, tenía la intención de volarle la casa por los aires. Diciendo «álbumes» el general pensó en los libros de las fotografías familiares. El criminal, que durante meses estuvo destruyendo la ciudad, las bibliotecas, los monumentos, las iglesias, las calles y los puentes, sabía que estaba destruyendo la memoria. Por eso le regaló «magnánimamente» a su conocido una vida con derecho a la memoria. Una vida desnuda y algunas fotografías familiares.

10

«Los refugiados se dividen en dos clases: aquellos con fotografías y aquellos sin ellas», dijo un refugiado bosnio.

11

«Lo que más necesita una mujer es el aire», dice mi amiga Hannelore mientras caminamos hacia el cercano monasterio de Andechs.

«Lo que más necesita una mujer es un mayordomo», le respondo a Hannelore mientras en la tienda de souvenirs de Andechs compro una bola de plástico barata con un ángel de la guarda. Hannelore se ríe. Cuando la bola se agita un poco, sobre el ángel de la guarda cae la nieve. La risa de Hannelore cruje como la nieve de corcho blanco.

12

Antes de venir aquí, pasé algunos días en la costa adriática, en una casa junto al mar. A la pequeña playa venían pocos bañistas. Se podían ver y oír desde la terraza. Un día una risa femenina pronunciadamente fuerte atrajo mi atención. En el mar vi a tres bañistas de cierta edad. Nadaban con los pechos desnudos, en la misma orilla, en un pequeño círculo, como si estuvieran alrededor de una mesita redonda tomando café. Eran bosnias (por el acento), probablemente refugiadas, y enfermeras.

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¿Que cómo lo sabía? Estaban recordando los viejos tiempos del instituto y cotilleaban sobre una cuarta muchacha que en el examen final había confundido las palabras «anamnesis» y «amnesia». La palabra «amnesia» y la historia del examen se repitió varias veces y cada vez provocaba nuevas salvas de risa. Mientras, agitaban las manos como si estuvieran limpiando las migas de una mesa inexistente. De repente cayó un chaparrón, de esos de verano, súbitos y breves. Las bañistas se quedaron en el agua. Desde la terraza estuve observando las brillantes y gruesas gotas de lluvia y a las tres mujeres. Sus carcajadas se iban haciendo cada vez más fuertes, con pausas cada vez más cortas, al final ya se ahogaban de risa. A intervalos, podía oír la machacona palabra, «amnesia», que dejaban caer y repetían tenazmente, pensando probablemente en la lluvia. Abrían los brazos, golpeaban el agua con las manos, entonces sus voces parecían graznidos de pájaros, era como si compitiesen para ver quién lo hacía más alto y más fuerte, y la lluvia, como si hubiera enloquecido, era cada vez más gruesa y estaba más caliente. Entre la terraza y el mar se levantó una cortina de niebla y sal que absorbió todo sonido, y en un silencio luminoso pudo verse el magnífico revolotear de tres pares de alas.

Hice un clic interior y grabé la escena para siempre, aunque no sé por qué.

13

«Lo que más necesita una mujer es el agua», dice Hannelore. Después de haber nadado, descansamos en el ambiente secesionista de Müllerchers Volksband.

14

A una conocida mía, S., la vida, desde el mismo principio, no se le dio precisamente bien. No obstante, consiguió acabar la escuela de enfermería y encontrar trabajo en un hospital de niños dementes cercano. Esto no acabaría bien. «Absorbo las desgracias ajenas como un secante», dijo. En el hospital encontró su felicidad, un enfermero, más joven que ella, un hombrecillo (cuando lo conocí no pude quitar la vista de sus zapatitos de charol) que tenía hasta el apellido en diminutivo. Se quedó embarazada ya entrada en años y decidió dar a luz a pesar de la diabetes de ambos, llevó adelante el embarazo (¡gemelos!) casi hasta el parto y entonces, un día antes de dar a luz, los bebés se ahogaron. Mi conocida se deshizo en mil pedazos. Pasó cierto tiempo en el psiquiátrico y luego se recuperó y se mudó con su pequeño marido.

Un día, inesperadamente, apareció en mi casa. Todo era «normal», hablamos del trabajo, del marido, de esto y de aquello, y entonces mi conocida sacó de su bolso una bolsita de plástico y extendió delante de mí su «tesoro». Se trataba de dos o tres cositas relucientes e insignificantes, tan insignificantes que ni siquiera las recuerdo. Durante largo rato estuvo moviendo, colocando y mirando sus cachivaches, delante de mí. Luego, advirtió un ramito de flores secas en miniatura sobre mi estantería y dijo que le gustaba mucho, que era precioso, simplemente precioso, y me pidió que le regalase aquella cosita. Puso el ramito en la bolsita y luego se marchó con su pobre tesoro de urraca.

* * *

15

Mientras tomamos café con la señora Kira, me entero de algún que otro asunto sobre los demás habitantes de la casona.

«Sabe, en cierto modo aquí todos nos parecemos, todos andamos buscando algo, como si hubiéramos perdido algo…», me dice.

16

A un exiliado le parece que el estado de exilio es una sensibilidad permanente y particular al ruido, a una melodía: a veces le parece que el exilio no es sino un estado de inconsciente recuerdo musical.

En Múnich, adonde fui para encontrarme con Igor, me paré cerca del Marienplatz atraída por la música. Un gitano mayor tocaba al violín canciones de los gitanos húngaros. Cazó mi mirada al vuelo, me sonrió con humildad y atrevimiento a la vez, me había reconocido como a «una de los suyos». De repente, sentí un nudo en la garganta, por un momento me quedé sin aliento y, entonces, rápidamente, bajé la vista y me apresuré a seguir mi camino, dándome cuenta al segundo siguiente de que iba en la dirección equivocada. A dos pasos de distancia percibí una salvadora cabina de teléfono y me puse en la cola, fingiendo que, claro, tenía que llamar por teléfono.

Delante de mí estaba un joven. Cazadora ajustada de cuero negro, vaqueros ajustados, botas de tacón, una especie de inseguridad y atrevimiento en la cara, todo a la vez, como si lo uno anulara lo otro de forma instantánea. En un segundo supe que era «de los míos», «paisano». El modo en el que insistentemente y durante mucho rato —sin mirar ni a la derecha ni a la izquierda, como un mal camarero de un restaurante— estuvo marcando el número, aquello me llenó de una mezcla de enfado y compasión. Entonces, el joven por fin consiguió línea (¡era «de los míos», por supuesto!). Esa forma de mis paisanos de hablar tanto, de hablar de nada, como si con el exceso de palabras se cuidasen, se mimasen, se diesen palmaditas y ánimos, esas maneras me volvieron a llenar de aquella mezcla de enfado y compasión. El violín seguía gimiendo tristemente, el joven llamaba a una tal Milica, y yo, en mi cabeza, como en una mesa de montaje, unía el triste gemido con el parloteo del joven. El violinista de ojos negros me miraba con tenacidad, como si me estuviera desenmascarando. En un momento quise irme de la cola, pero no lo hice. Eso sí que me hubiera delatado, pensé. Por eso, cuando el joven acabó su llamada, colgó el auricular y se alisó el pelo con la mano (un movimiento que, por previsible, hizo que aquella mezcla de sentimientos me invadiese de nuevo), llamé a Hannelore, la única a la que realmente podía llamar, inventándome al instante una pregunta práctica e inaplazable.

Llegué tarde a la cita con Igor. Nos sentamos en un restaurante chino, charlamos vivamente esperando la comida y fue entonces cuando me di cuenta de que estaba inquieta, ausente, mi mirada vagaba por la sala, y me pareció que, como unas gafas en un día de invierno, una suave neblina me estaba empañando por fuera. Y entonces fui consciente del hilo musical, que en un primer momento no había registrado. Se oía música popular china o coreana, o quién sabe qué, pero, en cualquier caso, de esa parte del mundo. Se oía una silenciosa, elegiaca y empalagosa ñoñería, sería romántica, una ñoñería que también podía ser de mi país o del de Igor, Rusia, daba igual. En ese momento cayó un chaparrón cálido, la lluvia resbalaba por el cristal a la espalda de Igor y yo al final sucumbí y reaccioné correctamente, según un antiguo reflejo condicionado y bien ensayado. En una palabra, moqueé por el sonido, por el general y empalagoso gemido, siempre el mismo gemido de donde quiera que fuera. Me rebelaba por dentro, rezongaba, gruñía casi alegre porque estaba por fin en su poder, casi físicamente satisfecha. Debilitada y ablandada, palmoteaba en el cálido charquito interior de lágrimas.

—¿Qué es esto, Igor…? —pregunté como disculpándome.

—Tu mirada brilla con el mismo brillo que el botón de su blusa —dijo mi amigo, judío ruso de Chernovitsa, exiliado.

Tontamente bajé la mirada hacia el botón. El botón tenía un turbio color dorado de plástico.

17

«No tengo ganas de ser ingenioso. No quiero construir una historia. Escribiré sobre cosas y pensamientos. Como una recopilación de citas», escribió hace mucho tiempo un exiliado provisional. Se llamaba Víktor Shklovski.

18

«Ich bin müde», le digo a Fred. Su cara pálida y triste se estira en una sonrisa. Ich bin müde es la única frase en alemán que conozco por ahora. En este momento parece que no quiero aprender más. Aprender más significa abrirse. Y yo, durante algún tiempo, todavía quiero seguir encerrada en mí misma.

En el silencio de mi habitación, con la escenografía romántica en las ventanas, extiendo mis cositas, las que he traído con- migo, sin saber realmente por qué, las que encontré aquí, todas casuales y sin sentido. Delante de mí reluce una plumita que recogí paseando por el parque, en mi cabeza repica una frase de alguien, amarillea delante de mí la vieja fotografía, rojea una figura humana de una postal barata, me persigue el contorno del gesto de alguien y yo no sé su significado, ni de quién es, con su brillo de plástico resplandece delante de mí la bola del ángel de la guarda. Cuando la agito, sobre el ángel cae la nieve. No entiendo el sentido de todo esto, mi mente es un caos, yo soy un ejemplar humano cansado, soy kamenshchitsa, pues sí, la casualidad me ha expulsado a la otra orilla, la más segura.

19

«Lo que más necesita una mujer son el aire y el agua», dice didácticamente Hannelore mientras nos sentamos en una cervecería y soplamos la espuma de una jarra de cerveza.

20

A un exiliado le parece que el estado de exilio tiene la estructura de un sueño. De repente, igual que en un sueño, aparecen unas caras de las que se había olvidado, que quizá nunca había visto, unos lugares que seguramente ve por primera vez, pero que le parece que le suenan de algo. El sueño es un campo magnético que atrae imágenes del pasado, presente y futuro. Al exiliado se le aparecen de repente, despierto, unas caras, acontecimientos e imágenes atraídos por el campo magnético del sueño; de repente le parece que su biografía ha sido escrita mucho antes de que se cumpla y que, por lo tanto, el exilio no es resulta- do de las circunstancias externas, ni es elección propia, sino las coordenadas que el destino desde hacía mucho había trazado para él. Atrapado en este dulce y apasionante pensamiento, el exiliado empieza a descifrar las señales confusas, crucecitas y nuditos, y de repente le parece que en todo esto lee una secreta armonía, la lógica redonda de los símbolos.

21

«Nanizivat, ja l’ubl’u nanizivat», dice la señora Kira como disculpándose mientras sonríe con una sonrisa pálida de convaleciente.

22

En un estudio acristalado al fondo de nuestro parque, la pareja rumana prepara una exposición. La joven mujer, con una pequeña hacha, talla los trozos de madera que durante días estuvo recogiendo en el parque. Mientras, el hombre con pequeños alfileres clava en un enorme panel blanco hojitas de papel finas, casi transparentes. En cada una de ellas, con suaves acuarelas gris claro, hay dibujada una cabeza de pájaro. La joven mujer golpea rítmicamente la madera con la pequeña hacha. Los papelitos al principio están quietos, pero luego, despacio, los mueve una corriente invisible. Las cabezas de los pájaros tiemblan como si fueran a caerse.

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