Renata Salecl

LECTURAS | El placer de la transgresión, de Renata Salecl

La obsesión por la eficiencia ha dado forma a un nuevo discurso moral, que abarca reglas de comportamiento, reglas para la vestimenta, para la alimentación y sobre todo para la relación con el propio cuerpo. Renata Salecl

Ciudad de México, 5 de mayo (MaremotoM).- Después de la crisis del 2008 mucha gente creyó que habría una reflexión sobre las consecuencias del capitalismo. Sin embargo, el neoliberalismo tomó más fuerza y las desigualdades entre la población mundial crecieron profundamente. Para colmo, los discursos de odio y las llamadas fake news plantean un panorama nada atractivo.

La pandemia le hizo creer a diversos filósofos que el fin ideológico del capitalismo se acercaba. Nuevamente, verificamos que los pronósticos en este sentido han fallado.

Este libro reflexiona sobre los síntomas del mundo en el que vivimos en base a diversos ejes de análisis como: la sociedad de consumo, la pobreza, las enfermedades psicológicas, la violencia y la mentira.

Renata Salecl nació el 9 de enero de 1962 en Eslovenia. Filósofa, socióloga y teórica jurídica, se desempeña como investigadora en el Instituto de Criminología de la Facultad de Derecho de la Universidad de Ljubljana y es profesora en el Birkbeck College de la Universidad de Londres. Todos los años da clases en la Facultad de Derecho Benjamin N. Cardozo (Nueva York), sobre psicoanálisis y derecho, y también dicta cursos sobre neurociencia y derecho. Sus libros han sido traducidos a quince idiomas. En 2017, fue elegida como miembro de la Academia de Ciencias de Eslovenia.

Renata Salecl
Un libro editado por Ediciones Godot. Foto: Cortesía

Fragmento de El placer de la transgresión, de Renata Salecl, con autorización de Ediciones Godot

En tiempos De faKe neWS y de la llamada “posverdad” es cada vez más difícil pensar hacia dónde va nuestra sociedad y cómo enfrentan las personas los problemas sociales. La ideología neoliberal aumenta enormemente la angustia. Las personas se sienten culpables de sus fracasos y aquellos que quieren identificarse con las imágenes mediáticas de la felicidad y el éxito suelen tener la sensación de que no son lo suficientemente buenos, bellos, interesantes, porque sus vidas están lejos de los ideales propuestos. El presente libro examina lo que ocurre con el sujeto en tiempos de neoliberalismo: los nuevos síntomas psicológicos que padece, cómo percibe su vida, la relación que tiene con la sociedad que lo rodea, cómo experimenta el trabajo, el amor, la paternidad y su manera de reflexionar acerca del futuro. El libro consiste en una selección revisada de las columnas que la autora publicó durante los últimos años en el suplemento de los sábados del diario Delo. El objetivo de estos textos es reflexionar acerca de hacia dónde vamos los sujetos como sociedad, ante qué dilemas cerramos los ojos y por qué muchas veces el desarrollo parece una carrera en el lugar.

Después de la crisis económica de 2008 era esperable que hubiera una mayor reflexión acerca de la dirección hacia donde tiende la sociedad contemporánea, acerca de las trampas del neoliberalismo, de los caminos para disminuir las desigualdades económicas y para impedir nuevas crisis en el futuro. Pero ocurrió lo contrario. El neoliberalismo dominó aún más el mundo, la desigualdad económica va en aumento; en lugar de reflexiones profundas tenemos una andanada de discursos de odio, de noticias falsas y una ignorancia creciente. Mientras tanto, por un lado cerramos los ojos para no ver hacia dónde va nuestra sociedad y por el otro esperamos desentrañar el problema de la subjetividad en el ámbito del cuerpo humano. Los nuevos descubrimientos científicos en el campo de la genética y la neurología alientan la idea de que en el futuro vamos a tener cura para algunas graves enfermedades, pero a la vez abren nuevas posibilidades de control social y nuevas formas de exclusión.

Este libro intenta ser una reflexión sobre un tiempo que busca respuestas rápidas y al que no le gustan las preguntas. Los textos reunidos dan cuenta de una serie de problemas ante los cuales nos encontramos como sujetos y como sociedad. El desafío del lector o la lectora es continuar reflexionando por su cuenta sobre este tipo de problemas. Tal vez corramos otra vuelta juntos.

Renata Salecl
Renata Salecl. Foto: Cortesía

La sociedad de consumo

“YA LO SÉ, PERO AUN ASÍ…”

Es interesante observar la forma en que los compradores ofrecen sus tarjetas de crédito al vendedor en las tiendas caras. Los más ricos a menudo la lanzan con cierta indiferencia en dirección al vendedor, como si con ese gesto dijeran que el ritual del pago y la firma del papelito no significan para ellos más que una pérdida de tiempo. Los no tan ricos padecen una especie de contracción a la hora de entregar la tarjeta al vendedor, como si la mano que la ofrece quisiera y no quisiera entregarla, como si en realidad el comprador intentara retenerla. Si el ricachón se comporta como si el acto de pagar fuera algo en extremo tedioso, en el pobre aparece un sentimiento de culpa y su correspondiente vacilación. Cuando entrega la tarjeta, el pobre piensa por un momento cómo va a pagar lo que acaba de comprar. Se da cuenta de que cuando reciba el resumen de cuenta es probable que lamente la compra. Pero rápidamente se las ingenia para reprimir el sentimiento de culpa y más tarde encuentra las formas más variadas de negar la deuda.

En las últimas décadas, el capitalismo contemporáneo ha capitalizado ampliamente el poder de la negación. Toda lógica de consumo estaba vinculada a la creencia de que podíamos comprar algo hoy y pagarlo mañana. El consumidor medio en los Estados Unidos fue el primer estratega del uso de toda una serie de tarjetas de crédito que no esperaban de él el pago de la deuda, sino tan solo de sus intereses. A la vez, hasta la crisis económica ocasionada por el aumento del valor de la propiedad inmobiliaria, obtenía con facilidad un préstamo hipotecario suplementario. Así como las grandes especulaciones financieras están vinculadas con la previsión de futuro, también el pequeño consumidor vivía todo el tiempo en el futuro.

El cine de ciencia ficción sobre viajes al futuro despliega en diversos escenarios la representación del futuro en el presente. En las películas Volver al futuro y Terminator, los protagonistas son de pronto transportados al futuro. Puede ocurrir también que el sujeto, congelado en el tiempo, despierte en el futuro (por ejemplo, en Austin Powers) o que la película muestre alternativas posibles de futuro (por ejemplo, en Dos vidas en un instante). Este tipo de cine materializa entonces la ficción del futuro en el presente; la ideología del capitalismo contemporáneo, en cambio, elige otro camino cuando se trata de retratar el futuro: si se trata de deudas, en realidad hace de cuenta que el futuro no va a ocurrir. Aunque el sujeto endeudado sabe racionalmente que las deudas tendrán que pagarse algún día, la ideología lo persuade todo el tiempo de que eso no va a ocurrir.

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El largo período en que —sobre todo para los consumidores estadounidenses— era suficiente con pagar los intereses de los préstamos fue creando lentamente la lógica de la creencia que el psicoanalista francés Octave Mannoni señala como “ya lo sé y aun así…”. Se trata de la lógica que siguen los niños, por ejemplo, cuando se preguntan por la existencia de Papá Noel. Aunque por lo general descubren rápidamente que Papá Noel no existe, más adelante fingen que siguen creyendo en él para no decepcionar a los padres, que creen que ellos aún creen. (Una lógica un tanto diferente funciona en los niños que piensan que no existe Papá Noel pero desean la confirmación de los padres de que así es. Como los padres dudan si decirle al niño la verdad o no, se ponen como excusa que sea el mismo niño quien decida si Papá Noel existe o no). También el sujeto endeudado se enfrenta a su propio dilema de la existencia de Papá Noel. Aunque sabe que está endeudado, se comporta como si no quisiera ofender a la ideología que todo el tiempo lo persuade para que se siga endeudando porque en realidad no va a tener que pagar las deudas. Bajo la influencia de la ideología del consumo se dice a sí mismo: “Ya lo sé y aun así” o incluso empieza a caer en una especie de demencia por su estado financiero.

Los psicoanalistas que se ocupan de los casos de demencia observan que esta se atenúa en la edad avanzada. El olvido en las personas con demencia no está vinculado solamente al hecho de que no pueden recordar los hechos pasados, sino que también son menos capaces de reflexionar hacia delante. De modo que la demencia ayuda a olvidar el futuro y así a evitar el peligro de la mayor pérdida que debemos enfrentar en la vida: la propia mortalidad.

Resulta paradójico que el olvido que observamos en relación con el dinero parece estar vinculado también con la muerte.

El periódico The New York Times publica un informe sobre la depresión que embargó a los pensionados estadounidenses durante la crisis de 2008 por la drástica disminución de inversiones en los fondos de pensión. En los barrios de pensionados se advertía el duelo. La gente se veía como si alguien hubiera muerto. La psicoterapeuta Barbara Goldsmith, que se ocupa del duelo, dice que estas personas de hecho se enfrentaron con la muerte: “Murió su dinero”.

¿Cómo entender la muerte del dinero? ¿Cómo puede morir algo que jamás tuvo vida? ¿Tal vez sea necesario seguir matando al dinero sin cesar, porque no podemos admitir que siempre ha estado muerto? ¿Cómo explicar si no el placer por el juego o por desperdiciar el dinero en grandes compras, a menudo innecesarias? Los psicólogos estadounidenses han intentado averiguar qué mueve a hordas de gente de clase media a ir a Las Vegas a —prácticamente— tirar por la ventana el dinero que han ganado con tanto esfuerzo. El visitante promedio de Las Vegas vive su vida bajo la presión constante por ganar más dinero. Pero estadísticamente, ese visitante —padre de familia promedio—, se pone a conversar con sus hijos tan solo unos diez minutos a la semana y si son adolescentes apenas unos veinte minutos al mes. Si está casado (la mitad de ellos se ha divorciado), él y su mujer se dedican veinte minutos uno al otro el fin de semana. La mayor parte del tiempo restante está dedicado al trabajo, a mirar la televisión y a comprar los artículos de menor precio. Y es un tipo de consumidor que está dispuesto a conducir durante horas para ahorrar en sus compras. Pero cuando visita Las Vegas su relación con el dinero cambia completamente. Si antes el dinero le provocaba angustia y la sensación de que es siempre escaso, en los juegos de azar empieza a disfrutar arrojándolo por los aires.

El visitante de Las Vegas sabe racionalmente que los mayores ingresos de los juegos de azar son para la casa. Su experiencia previa le ha demostrado que habitualmente pierde. Pero el placer de la pérdida es algo a lo que el estadounidense medio no quiere renunciar por nada del mundo. Este disfrute no parece nada fascinante desde afuera. La mayoría de los jugadores que se agolpan entre una y otra casa de juegos tiene graves depresiones. Después de arrojar grandes cantidades de dinero en las máquinas tragamonedas, un tanto aturdidos, suelen decidirse a ahorrar de todos modos y esperan hasta una hora en la fila del restaurante que ofrece por cinco dólares un menú libre, “coma tanto como pueda”.

La depresión que tienen los inversores de la bolsa cuando caen sus inversiones no es diferente de aquella en la que están sumidos quienes se entregan a los juegos de azar. Unos y otros especulan con un futuro ficticio cuando se endeudan y se convencen de que ese futuro jamás llegará.

También las corporaciones tienen un comportamiento ilusorio hacia el futuro. El azar quiso que una vez tuviera que dar una conferencia en un encuentro de representantes de una gran corporación. Los empresarios que me invitaron me pidieron que mi ponencia no fuera pesimista. Mientras escuchaba otras ponencias, me parecía estar en una asamblea de fieles de algún tipo particular. Uno tras otro, los representantes de la corporación mostraban gráficos que pronosticaban la pronunciada suba de ingresos en los años siguientes. Al estilo de los hinchas de…

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