Jonathan Coe

LECTURAS | El señor Wilder y yo, de Jonathan Coe

Una novela nostálgica, dulce, culta y encantadora, atemporal, con la que vuelve un Jonathan Coe cargado de sensibilidad y oficio.

Ciudad de México, 12 de septiembre (MaremotoM).- A sus cincuenta y siete, la carrera como compositora de bandas sonoras de Calista Frangopoulou, griega afincada en Londres desde hace décadas, no pasa por su mejor momento. Tampoco lo hace su vida familiar: su hija Ariane se va a estudiar a Australia, sin que aparentemente eso la entristezca del mismo modo que entristece a su madre, y su otra hija adolescente, Fran, está pendiente de interrumpir un embarazo indeseado. Mientras su profesión la arrincona y sus hijas, decididas o titubeantes, empiezan a abrirse paso por sí solas, Calista recuerda el momento en el que todo empezó para ella; julio de 1976, cuando en Los Ángeles y ostensiblemente poco arreglada para la ocasión, se presenta con su amiga Gill en una cena que celebra un antiguo amigo del padre de esta: un director de cine setentón del que ninguna de las dos sabe nada y que resulta ser Billy Wilder; Wilder, que, con su esquiva bonhomía, termina contratando a Calista como intérprete para que la asista en la filmación de su nueva película, Fedora, que se rodará en Grecia el año siguiente.

Y así, en la isla de Lefkada, el verano de 1977, Calista Frangopoulou empieza a abrirse paso por sí sola como más tarde harán sus hijas: y descubre el mundo y el amor y, de la mano de uno de sus grandes genios, una particular forma de entender el cine que está empezando a desaparecer. «Eso es lo que se lleva ahora. No has hecho una película seria a no ser que los espectadores salgan del cine sintiendo que les apetece suicidarse. (…) Les tienes que dar algo más, algo un poco más elegante, un poco más bonito», dice, primero sardónico y luego tierno, un Billy Wilder excelentemente caracterizado en las páginas de este libro; y más adelante añade: «Lubitsch vivió la gran guerra de Europa (me refiero a la primera) y cuando ya has pasado por algo como eso lo has interiorizado, ¿entiendes lo que quiero decir? La tragedia pasa a formar parte de ti. Está ahí, no tienes que gritarla a los cuatro vientos y salpicar la pantalla con ese horror todo el tiempo.»

Atenta a las enseñanzas del maestro, El señor Wilder y yo apuesta por una amabilidad cargada de contenido, capaz también de abordar con la mayor sobriedad el drama: las incertidumbres de la juventud, pero también las de la edad adulta; las fragilidades de la familia, sus fortalezas; el trauma privado y colectivo del Holocausto… todos comparecen en esta novela nostálgica, dulce, atemporal y encantadora, con la que vuelve un Jonathan Coe cargado de sensibilidad y oficio.

Jonathan Coe
Editó Anagrama. Foto: Cortesía

Fragmento de El señor Wilder y yo, de Jonathan Coe, con autorización de Anagrama

Una mañana de invierno, hace siete años, iba en una escalera mecánica. Era una de las escaleras que te llevan hasta el nivel de la calle desde los andenes de la Piccadilly Line en la estación de Green Park. Si alguna vez han usado esas escaleras recordarán lo largas que son. Se tarda como un minuto en llegar desde abajo hasta arriba y, para una mujer impaciente por naturaleza como yo, un minuto quieta de pie es demasiado largo. Aunque no tuviera una prisa especial aquella mañana, enseguida me puse a subir la escalera, abriéndome paso por la izquierda de la fila de pasajeros inmóviles en el lado derecho (pensando todo el rato: puede que sea casi sesentona, pero aún estoy bien, todavía estoy en forma) hasta que, cuando ya había subido unas tres cuartas partes, me quedé atascada. Una madre joven estaba parada en el lado derecho, y en el izquierdo, cogida de su mano, estaba su hija, una niña de unos siete u ocho años. Tenía el pelo rubio, y llevaba un impermeable rojo de plástico con capucha que la hacía parecerse un poco a la niña que se ahoga al principio de Amenaza en la sombra. (Todo me recuerda siempre alguna película, no lo puedo evitar.) No había sitio para adelantarla, y de todas formas no quería romper el encanto de aquel momento de conexión entre madre e hija. Así que esperé hasta que llegaron a lo alto de la escalera, y luego me quedé mirando mientras la niña se preparaba para bajarse de un salto. Incluso desde atrás, pude percibir cómo se anticipaba, su manera de fijar la vista en la banda rodante que tenía delante con una mayor concentración, la energía agazapada en sus pequeños músculos y extremidades, y entonces, cuando llegó el momento, un repentino movimiento brusco al saltar hacia delante para aterrizar sin problemas en tierra firme y acabar pegando un par de saltitos (aliviada y exultante sin duda por la maniobra) agarrada aún a la mano de su madre, y tirando de paso un poco de ella. Creo que debieron de ser esos saltitos, más que nada, los que me encogieron el corazón y me dejaron un momento sin aliento, los que me hicieron quedarme mirando maravillada y nostálgica mientras la madre y su hija enfilaban juntas el torno de salida. Me hicieron acordarme inmediatamente de mis propias hijas, Francesca y Ariane, que ya no eran ningunas niñas, y de que a ellas, cuando tenían siete u ocho años, el mero hecho de andar no les bastaba, les debía de parecer sencillamente demasiado corriente, demasiado aburrido para expresar el placer de moverse, de la alegre novedad que suponía su relación con su entorno físico, lo que implicaba que a veces también ellas pegasen un salto o un bote sin ton ni son, y de paso me arrastraran a mí con ellas, agarrándome cada una de una mano, y de vez en cuando yo también saltase para seguirles el juego y demostrarles que todavía era capaz de compartir su disfrute del mundo, que la madurez no lo había mermado.

Todos estos pensamientos se me pasaron por la cabeza mientras observaba a la madre y a la hija dirigirse al torno de salida, y todos se fueron intensificando y acabaron condensándose en una sensación repentina y transitoria, pero abrumadora, de pérdida y de nostalgia, que me arrasó y me dejó sin respiro y me obligó a descansar un momento, saliéndome del incesante flujo de pasajeros, recobrando el aliento y llevándome una mano al esternón hasta que también estuve lista para reincorporarme a la corriente, para seguir con mi vida, para meter mi billete en el lector de billetes y pasar por el torno y luego ir subiendo hacia Piccadilly y la fina luz de última hora de la mañana.

Fui andando por Piccadilly muy despacio, reflexionando sobre lo que acababa de ver y cómo me había hecho sentirme. Al día siguiente Ariane, la mayor de mis gemelas (por tres cuartos de hora), se iría al fin de casa, en un vuelo hasta el otro lado del mundo. Yo me encargaría de llevarla en coche hasta Heathrow, de despedirla a la entrada de la sala de embarque fingiendo no sentir nada más ambiguo que satisfacción por las magníficas oportunidades que la esperaban en Sídney. Y entonces mi marido y yo nos quedaríamos solo con Fran, con el problema de Fran; con Fran, que en las últimas semanas, repentina y drásticamente, había pasado de ser una niña a ser un problema, un problema que nos había dejado pasmados a los dos, y que sin la menor duda seguiría dejándonos igual de pasmados por el momento, hasta que encontrásemos una vía que nos sacara del lío en el que se había metido. Pero aún no había ninguna señal de que pudiese aparecer esa vía.

Enseguida hice el recado que me había llevado hasta Piccadilly. Entré en Fortnum para comprarle a Ariane un regalo de despedida y no tardé mucho en encontrar lo que quería: té. Le encantaba el té (para ella era el sabor de su hogar) y a mí siempre me había encantado preparárselo. Le compré un paquete de seis variedades diferentes, que venía con su propia tetera y su propio colador de plata, y traté de imaginármela en algún anodino cuarto de estudiantes en Sídney, sirviéndose té de su tetera en su taza con la bandera del Reino Unido y bebiéndolo a sorbitos mientras se sentía transportada a la cocina de nuestra casa, con los codos apoyados en la vieja mesa de madera de pino y el pelo brillante por la suave luz que se filtraba entre las ramas del manzano del jardín invernal del exterior.

Quizás la consolase. O quizás (lo que era más probable e incluso mejor) no necesitaría ningún consuelo.

Estábamos en 2013, en la primera semana de enero, esa época desconcertante en la que ya han pasado las navidades pero el mundo aún no ha vuelto del todo a la normalidad. Sintiendo la necesidad de hacer algo que me pareciera ru tinario, cotidiano, decidí ir a tomar un café al bar de la BAFTA. A lo mejor me encontraba a algún conocido. Me vendría bien charlar, un rato de cotilleo y de charla amigable con alguien.

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El bar estaba casi vacío. Seguía teniendo aquel aire de desolación posnavideña. Solo había un conocido mío, sentado a solas en una mesa para dos junto al ventanal que daba a la calle. Mark Arrowsmith. No era precisamente la primera persona a la que habría elegido para una puesta al día entre amigos. Pero, como dice el refrán, a buen hambre no hay pan duro. Así que tendría que ser con Mark. Me acerqué hasta su mesa y esperé a que levantase la vista de su MacBook.

– Calista –dijo–. ¡Cariño! Qué sorpresa más agradable.

– ¿Puedo?

– Claro.

Cerró la tapa del portátil y apartó unos papeles para hacerle sitio al cappuccino que yo ya me había traído de la barra.

– Perdona todos estos papelotes –dijo–. Al final he conseguido una reunión con Film4 la semana que viene. Me han pedido un presupuesto, y supongo que eso significa que por fin se lo están tomando en serio. –Recogió el último montón de papeles y los metió en una carpeta de plástico. Mark debía de rondar los setenta en aquel momento. Aunque no era nada atlético, tenía un poco el aire de Burt Lancaster en Un tipo genial. (Como ya he dicho, todas las cosas y todas las personas me recuerdan alguna película.) También tenía ojos de soñador –o más bien los había tenido unos diez años antes–, pero ahora estaban velados por el fracaso. Mark llevaba intentando hacer la misma película los últimos veinte años o incluso más. En determinado momento, a finales de los ochenta, había adquirido los derechos de una novela de Kingsley Amis; un nombre que, por aquel entonces, aún conservaba cierto prestigio. Parecía una propuesta bastante razonable, y él se había asegurado los servicios de un director muy conocido y tres o cuatro actores taquilleros. Pero, por algún motivo, la aportación definitiva del dinero había fallado a última hora y el director había dejado de estar disponible, y un par de los actores igual, y uno de los otros ya no parecía tan rentable, y antes de que se diera cuenta de lo que estaba pasando, el proyecto empezó a desprender como un mal olor que todo el mundo empezó a notar, salvo el propio Max. Como productor, ya tenía un par de títulos de bastante éxito en su haber (un largometraje y una única adaptación teatral para la BBC2), pero desde entonces no había vuelto a hacer nada y su afán por levantar su estúpida adaptación de Kingsley Amis había acabado por obsesionarlo. Había terminado siendo un elemento decorativo más del BAFTA, siempre sentado a solas en una mesa de dos con su MacBook, esperando encontrarse con alguien que podía, o no, haber leído la decimoquinta revisión del guión, y que tal vez conociese a alguien que trabajara para un fondo de inversión al que pudiese sobrarle algún dinero al final del año fiscal y que no tuviera nada mejor que hacer con él que invertirlo en la adaptación cinematográfica de una novela menor de alguien de quien ya nadie hablaba nunca, y que estaba tan pasado de moda que lo mismo podrías haber intentado llevar una adaptación de las Páginas Amarillas a la pantalla. Pero, aun así, Mark se negaba a darse por vencido, y mientras tanto su bigote había encanecido y una húmeda capa de desencanto había empezado a empañarle los ojos.

Lo curioso del caso es que también conservaba una casa en el sur de Francia y tenía dos hijos de su segundo matrimonio en colegios privados, y nadie sabía de dónde sacaba el dinero. Pero, como me he encontrado muchas veces con ingleses en la misma situación, suponía que provenía de una familia que tenía un montón de dinero que se remontaba a generaciones atrás y además era experta en quedárselo todo; lo que impedía que me diera mucha pena en cualquier caso. Y la otra cosa que también me lo impedía era la conciencia de que yo misma llevaba sin trabajar en serio unos diez años, así que a mí me lo iba a contar…

– ¿Has estado trabajando mucho? –me preguntó Mark entonces, hablando con una franqueza innecesaria bajo mi punto de vista.

– La verdad es que no –admití–. ¿Has visto…?

Mencioné una película inglesa que había tenido un relativo éxito de taquilla unos meses antes.

– Sí –dijo Max–. ¿Era tuya? Creía que era de…

Nombró a un joven compositor inglés de música para cine y música de recurso, que cada vez tenía mejor reputación.

– Parte era suya. En teoría yo no fui más que la arreglista. ¿Recuerdas un trocito con una marimba que sonaba siempre que los veías en coche?

Le canturreé aquella melodía tan sencilla.

– Claro –dijo Mark–. Era lo más característico. Lo que todo el mundo recuerda.

– Pues eso era mío.

– Y sin embargo él se llevó la nominación al Oscar. –Mark meneó la cabeza, decepcionado como de costumbre por cómo funcionaba este mundo–. Tienes tanto talento, Cal… ¿Te gustaría hacer la música de mi película? Dime que sí. Tienes que ser tú.

Por supuesto le contesté que sí, pero no me tomé aquella oferta en serio. Era como si Mark se estuviese ofreciendo a acabar de pagar mi hipoteca cuando le tocase la lotería. Daba igual. Era un gesto bonito por su parte, y además lo decía de verdad, y no era culpa suya que estuviera seguro de que iba a emplear lo poco que le quedara de vida activa intentando poner en pie aquel maldito proyecto.

– La Dench está interesada, ¿sabes? –dijo, como si pudiera leerme el pensamiento y quisiera convencerme de que no era un loco iluso.

– Creía que ya se había comprometido –le dije, remontándome a una conversación sobre este mismo tema que parecía que habíamos tenido hace décadas.

– Se comprometió, y luego ya no, y ahora se vuelve a comprometer –me explicó–. Solo que ahora va a hacer de abuela, no de madre.

Eso me cuadra, pensé. El reparto de la película seguía siendo muy parecido en la cabeza de Mark, solo que los actores habían pasado de una generación a la anterior. Si alguna vez llegaba a hacerla, el que en principio había sido el atractivo joven protagonista terminaría haciendo del abuelo que andaba por allí en su silla de ruedas.

– Pero, bueno… –dije un poco a la defensiva, no queriendo que pensara que me pasaba el día sentada en casa, cruzada de brazos, esperando que sonara el teléfono; aunque esa era la verdad–… también estoy escribiendo algo de música por mi cuenta.

– ¿Música de concierto? –me preguntó.

– Más o menos. Es como música de cine, aunque en realidad no sea para ninguna película. Es una pequeña suite para orquesta de cámara. De momento se titula Billy. –Y luego añadí, en respuesta a su mirada inquisitiva–: De Billy Wilder.

– Qué buena idea. No sabía que eras fan.

– Me encantan sus películas. Como a todo el mundo, ¿no?

– Claro. Es increíble, la verdad, cuando repasas la lista. Una obra maestra detrás de otra. Quiero decir, ¿cómo se puede conseguir eso en esta industria? Perdición, una obra maestra. El crepúsculo de los dioses, otra. Las iba haciendo todas seguidas. Con faldas y a lo loco, El apartamento…

– ¿Y qué te parecen las siguientes? –le pregunté. Mark frunció el ceño.

– No sé… ¿Hizo muchas películas después de esas?

– Pues claro. Como diez más.

– ¿No tenía una sobre sobre Sherlock Holmes…? –dijo, esforzándose en recordar.

– ¿Has visto Fedora alguna vez? –le pregunté.

Mark negó con la cabeza.

– No creo. Y si la he visto, me he olvidado.

– Pues yo no la he olvidado –dije–, porque estaba allí cuando la rodó.

Abrió mucho los ojos.

– ¿En serio? –Y, volviendo a fruncir el ceño, masculló–: Fedora, Fedora… ¿De qué iba?

Y me temo que no pude resistirme a contestarle:

– De muchas cosas. Pero supongo que se podría decir que fundamentalmente…, fundamentalmente trataba de un viejo productor de cine que intenta hacer una película ya nada acorde con los tiempos.

Aquello pareció dar por concluida la conversación. Poco después Mark recogió sus cosas y se marchó. Desde el ventanal, lo vi cruzar Piccadilly y tirar hacia el norte, hacia Regent Street. El cielo se estaba oscureciendo, y empezaba a llover.

Jonathan Coe (Birmingham, 1961) estudió en las universidades de Cambridge y Warwick. En Anagrama ha publicado las novelas ¡Menudo reparto! (Premio John Llewellyn Rhys y, en Francia, Premio al Mejor Libro Extranjero);  La casa del sueño (Premio Writers’ Guild of Great Britain Best Novel y, en Francia, Premio Médicis Extranjero); El Club de los Canallas (Premio Arzobispo Juan de San Clemente y Premio Bollinger Everyman Wodehouse); El Círculo Cerrado; La lluvia antes de caer; La espantosa intimidad de Maxwell Sim; Expo 58; El número 11 y El corazón de Inglaterra.

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