Cristian Alarcón

LECTURAS | El tercer paraíso, de Cristian Alarcón

PREMIO ALFAGUARA DE NOVELA 2022. Una novela que “abre una puerta a la esperanza de hallar en lo pequeño un refugio frente a las tragedias colectivas”.  

Ciudad de México, 13 de mayo (MaremotoM).- Un escritor cultiva su jardín en las afueras de Buenos Aires. Hasta allí acuden sus recuerdos de la infancia en un pueblo del sur de Chile, las historias de sus ancestras, su abuela, su madre. También el exilio a la Argentina y cómo en ese destierro son las mujeres quienes siembran la huerta, los jardines, la solidaridad, lo colectivo.

Novela sin género, híbrida y poética, leer El tercer paraíso es entrar en un instante al universo de Cristian Alarcón, autor de este viaje literario, botánico y feminista que, lejos de agotarse en una primera lectura, nos pide volver sobre el texto para poder responder a las múltiples preguntas que plantea.

Cristian Alarcón
Premio Alfaguara, 2022. Foto: Cortesía

Fragmento de El tercer paraíso, de Cristian Alarcón, con autorización de Alfaguara

1

Al final del camino de piedras, justo antes del precipicio, el jardín desborda como una ola inesperada. Detrás de su diseño caprichoso se impone un cielo azul brotado de nubes blancas. Asusta lo inquietante del barranco bajo el que parece estar el mundo entero. Los rosales se encadenan sin pausa. Hacia los bordes crecen los pensamientos. Camino en el laberinto como si se tratara de una pradera. Los amancay y las espuelas de caballero se mecen con el viento leve junto a las margaritas. Los lirios acosan a los narcisos amarillos. Las dalias bordó y carmín estallan en pleno ardor. A pesar de las nubes, la luz se cuela en todos los rincones horizontal y penetrante, dando en estigmas, pétalos y filamentos; pegando en mi cara, en mis brazos, en mi cuello, en mis orejas, en mis manos. A medida que me toca siento cómo la piel se hincha y adquiere el rojo de una insolación.

Busco la sombra de los cipreses alineados junto a las tumbas; altísimos y tupidos custodian las cruces y las flores. Bajo ellos han dispuesto bancos hechos con viejos durmientes para los deudos transidos de dolor. Me reconozco entre ellos, me recuerdo en esas romerías de centenares trepando el sinuoso camino que conduce hasta aquí. Cuando murió mi abuela Alba llevaba crisantemos en las manos. Cuando murió mi abuelo Elías arrojé un ramo de junquillos violetas al foso oscuro recién cavado en el que aparecía el ataúd de ella, sepultada veinte años antes. A los entierros de mis abuelos paternos, Bautista y Helga, no llegué a tiempo.

Desde el promontorio, el pueblo de mis ancestros. Mirar la belleza cordillerana de Daglipulli es difícil: se lo divisa haciendo el esfuerzo de inclinar el cuerpo a unos noventa grados justo en la franja de ligustrinas dispuestas como cerco para suicidas. El que quiera saltar al vacío debe volar sobre ellas con el arrojo de un clavadista.

Después del mirador un leve llano con sembrados, una barraca, un camión, las casas de madera a dos aguas cada vez más cercanas unas a las otras, la elegancia de las tejas vencidas, el brillo de los techos de chapa. El humo de las chimeneas elevándose aquí y allá en pequeños cúmulus.

Aquí nací. Alrededor de la pila de esa plaza aprendí a caminar. En aquella pampa admiré a los trapecistas del circo Las Águilas Humanas. En la aldea campesina que se ve donde el dibujo urbano termina supe lo que era cultivar, regar, podar y cosechar flores para armar ramos que adornen el centro de una mesa. Aquí estoy para comprender un misterio que ignoro. Aquí admiro este jardín. Aquí extraño mi propio paraíso.

2

Para escribir me encierro en un container al sur de la ciudad de Buenos Aires. Esta caja de metal ha viajado en barco por el mundo hasta encallar un día y convertirse en una cabaña rara que ahora me refugia del frío invernal sobre la pampa bonaerense. La casa y yo finalmente quietos. Son dos mil metros cuadrados de verde entre árboles y pastizales.

En pandemia todo el mundo debe estar encerrado.

Mi madre y mi padre viven en el Alto Valle, unos mil trescientos kilómetros al sur, al comienzo de la Patagonia. Habitan un pequeño departamento dentro de un barrio dañado por el desgaste con edificios de tres pisos rodeados de una escuela modelo, un gimnasio, un playón de juegos, una guardería. El Alto Valle es un vergel artificial creado a la orilla del río Negro por italianos y españoles. La ciudad donde yo también viví hasta que fui a estudiar a una universidad en Buenos Aires es una cuadrícula árida rodeada de manzanos, perales, durazneros y parrales. Mis padres ya están jubilados. Tuvieron tres hijos. Soy el mayor. El único nieto que mis padres tienen es mi hijo. Hasta que adopté al niño, entre los hermanos solíamos hacer un chiste sobre su falta de herencia. Los llamábamos «Los abuelos de la nada».

Mientras escribo, mi hijo permanece en nuestro departamento del centro de Buenos Aires. Tenía un año y medio cuando corrió hacia mí por un largo pasillo y se lanzó a mis brazos agitando sus rulos ensortijados. Cuando lo mimaba respondía con golpecitos de puño. Entonces yo me dedicaba a investigar tramas ilegales. Mientras jugábamos o mirábamos dibujitos los otros habitantes del búnker hacían lo suyo. Cada vez que iba a hacer mi trabajo llevaba un huevo de chocolate y pasábamos las tardes armando esos juguetes diminutos que vienen como sorpresas en el interior de la golosina. A los cuatro se convirtió en mi ahijado. Es un joven luminoso. Quiere a sus abuelos. Los visita.

El día que fuimos juntos por primera vez al Alto Valle mi madre esperaba ansiosa al niño del que le había hablado. Llegamos en auto. Él bajó con su mochila del Hombre Araña al hombro. Caminó serio y erguido hacia mis padres mirándolos con sus ojos de uva, el mentón altivo, los pómulos encendidos. Le dio un abrazo ceremonioso a cada uno. Mi madre le dijo que teniendo en cuenta que yo era su padrino y él mi ahijado ella quería saber cómo le diría. El niño la observó; a ella, a mi padre, a mí. Y dijo: ¿abu?

Desde mucho antes de que yo asumiera que era su padre, mis padres fueron sus abuelos.

A mis padres les dice abuelos. A mí me dice chancho.

3

Protegida por sus botas de goma, un vestido estampado y un delantal azul, Alba domina la huerta con un azadón en las manos. Apenas puede abandona la casa, la cocina, la limpieza, y se entrega a lo sembrado. Sus preferidas son las orejas de oso, como les dicen en el sur de Chile a las prímulas. Alba también adora las dalias por sus colores infinitos. Las prímulas son pequeñas. A las otras las usa para armar cercos. Alba se oculta así del mundo que le ha tocado en suerte; allí se dedica con absoluta concentración a lo importante. En su edén es invencible.

4

Desde que la compré con la idea de construir una casa de fin de semana pasaron años sin que tocara esta tierra. Hace una década un grupo de escritores y artistas decidieron hacerse con casi una hectárea, dividida en seis, con un espacio común en el fondo donde instalaron una pileta. Cada uno hizo remolcar un contenedor con una grúa. En la finca se instalaron cinco casas similares. Siempre tuve en mente construir en mi porción dos estructuras en forma de ele, generando en el primer piso el refugio para escribir alejado del estampido y las urgencias.

A los cuarenta cedí ante el vértigo del trabajo y los viajes. Puse todas mis energías en reuniones, acuerdos, investigaciones, contratos, maestrías, conferencias, clases, talleres, congresos, ferias, festivales, proyectos; un sinfín encadenado de acontecimientos evitables que se me antojaban ineludibles, parte de lo que suelen decirnos se cosecha en la adultez antes de declinar hacia la tranquilidad ideal de la madurez. Intenté terminar dos libros imposibles. Me perdí en otras ciudades y en la producción maníaca. Crie un hijo. No me refugié en la naturaleza de mi porción de campo. Preferí ampararme en los viajes y en la noche. Me aislé rodeado de miles de otros. Supe lo que era estar solo en la multitud tan cerca de todos esos desconocidos.

5

Elías, el pelo gris peinado a la gomina, leía sentado en un sillón junto a la estufa a leña, justo debajo de una biblioteca desbordante. Le gustaban las novelas de cowboys y de misterio, de terror y policiales. También tenía una colección de clásicos que venían con una revista. Cursó hasta sexto básico en Daglipulli con buenas calificaciones. Le dieron una beca para ir a estudiar a la ciudad pero debía comprarse zapatos y un traje. No pudo seguir. Tenía muy buena ortografía. Redactó cientos de cartas a máquina como sindicalista y como líder de su aldea. De viejo ya no escribía, solo leía sin parar y veía noticieros y algunas telenovelas. Hace muchos años le regaló a su nieto mayor un diario con una llavecita que protegía secretos, y cuando el niño tenía diez le dedicó su primera enciclopedia.

6

Los veranos se vuelven cada vez más calurosos. Algunos fines de semana el campo de los escritores es buen plan. A mi hijo le gusta invitar a sus amigos. A mí me gusta invitar a mis novios. El terreno que me corresponde es el más cercano a la piscina común. Es solo llevar una manta, una toalla, una silla armable y una heladera con bebidas frías. Pasar la tarde. Apreciamos el césped silvestre sobre el que nos recostamos, en el que los chicos juegan a la pelota, en el que a veces bailamos. Una vecina me regala álamos pequeños que planta Antonio, el jardinero, en una esquina delimitando mi solar. Nos encanta retirarnos al caer el sol, aún húmedos, hacia la ciudad que espera con su desorden excitado.

7

La expedición diaria a la piscina comienza a ser demasiado poco. Vamos más temprano, comemos en una parrilla de la Ruta 2 y luego chapoteamos y reposamos en la hierba. Llevamos comida de pícnic, montamos pequeñas fiestas. El atardecer se nos revela como la prueba de que deberíamos poder anochecer aquí: el sol se pone justo en el fondo del lugar que ocuparía mi casa si la tuviera. Comienzo a fantasear con la idea de llevar hasta allí mi propio contenedor. Pasado el verano pido presupuestos. Planto las primeras ligustrinas para separarme de la vista del vecino del otro lado. Aprendo que sembrar en otoño rinde en primavera.

8

Elías era lustrabotas en la plaza de Daglipulli. Por allí solía cruzar el empresario local, un rubio de porte y chaleco que Elías tenía de cliente. Ya, Elías, te voy a hacer una apuesta. Te voy a dar este billete si eres capaz de traerme de vuelta ese peo. Y prrrrrrrr, un peo sonó como una provocación del poderoso que hizo respingar la nariz a las señoras y reír a los parroquianos. ¡Anda a buscarlo po, Elías! El pequeño Elías salió con su sombrero de paño en la mano pegando unos giros locos por el pasto, dio la vuelta a la fuente, subió a su borde, bajó de un salto y, agotado, volvió a los pies del alemán. Aquí lo encontré, señor, le dijo. Levantó el pie y prrrrrrrr, le devolvió su peo. El alemán rio con unas carcajadas de niño, le dio su primer billete grande y lo felicitó. Se verían las caras durante los próximos años y un día aquella escena le salvaría la vida a Elías.

9

Amanezco en la ciudad con un dolor de cabeza que conozco, una punzada que llega solo cuando el estrés me asalta solapado en mi manía. Es la punta de un compás que se clava en el costado de mi oído produciendo una molestia intermitente. Uno, dos, tres y se introduce solo medio centímetro en la sien. Uno, dos, tres y así sin parar durante un día, dos, tres. He llegado a sufrirlo semanas seguidas hasta que un médico y mi psicoanalista me obligaron a irme de vacaciones a una playa del Caribe sin hablar ni pensar ni escribir sobre dramas ajenos. De pronto en mi consciencia súbita de la presión bajo la que vivo, del poco tiempo que me queda para todo, ante la necesidad de parar recuerdo que dispongo de un lugar con un atardecer radiante. Puedo tomar posesión de él cuando lo decida.

10

En su jardín Alba plantaba los pensamientos en los márgenes bajos, a la sombra de los rosales amarillos. Al final sembraba una mancha de margaritas blancas. Para Alba las reinas de todo aquello eran las dalias. Un cerco de dalias rojas, bordó y fucsias deslumbraba a los aldeanos que cada sábado y domingo antes de partir al cementerio le compraban sus ramos. Había que ver a Alba empequeñecida cuando con la tijera iba mata por mata eligiendo las más copiosas para los ramos funerarios.

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La tarde de la migraña manejo cincuenta minutos por la autopista hasta esto que llamo el campo. Como si fuera una estancia, como si hubiera allí al menos animales de granja, plantaciones de algo. En el camino escucho a Violeta Parra, lo único que puedo cuando quiero vaciar mi cabeza. Cuando me aumenten las penas / Las flores de mi jardín / Han de ser mis enfermeras / Y si acaso yo me ausento / Antes que tú te arrepientas / Heredarás estas flores / Ven a curarte con ellas. La escuchaba mi abuela Alba. La escuchaba mi bisabuela Arcelia. Mañana vamos al campo, anunciaba mi madre. Y hacíamos más o menos la misma distancia por un camino de tierra hasta ese valle al que llamaban Vista Hermosa.

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Alba tiene poco más de cincuenta años; sus hijos han crecido, ya no hay niños en la casa. Solo su nieto, que la sigue de cerca allá donde ella anda. El niño la observa desde la ventana de la cocina, su silueta en azules recortada sobre el huerto. El niño repasa la geografía de esos dominios: las frutillas con las que su abuela hará la borgoña y el dulce, las cebollas y las papas con las que alimentará a los hijos, las vainas de porotos que hervirá cortadas en juliana dentro de las botellas de pisco vacías de alcohol para acumularlas en la bodega, las arvejas que caen como joyas de sus plantas sostenidas por cañas de quila, el cilantro al que debe recoger con sus manos delicadas y luego deshojar, lavarlo y secarlo para preparar el pebre, al lado la robustez exagerada de las lechugas y las acelgas, los ajos subterráneos a los que Alba saca de una vez y cuelga arriba de la estufa para que les den gusto a todos los platos y ahuyenten las maldiciones.

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Camino por el terreno buscando el rincón ideal para mi propio container. Aprecio un incipiente bosque de frutales. Supongo el ciruelo, el durazno, el membrillo crecidos, dando sombra y comida a los pies de un deck de madera, frenando el resplandor de la pampa sin filtros. Hago cálculos mentales sobre la posición del sol a lo largo de una jornada. En qué momento llegará a mis ventanales, cuándo deberé resguardarme en la sombra, cómo pegará en mi piscina si logro construirme una propia. Abro mi reposera en ese rincón elegido, el ángulo izquierdo, con las espaldas al vecino de al lado y el frente hacia la arboleda. Un leve cansancio me toma por completo. Acomodo la silla lo más horizontal que puedo. Prendo un porro, le doy dos pitadas y, como si me desconectaran del mundo, entro en el letargo del crepúsculo. Apenas cierro los ojos me quedo dormido.

14

En poco tiempo me convierto en un experto en contenedores: múltiples posibilidades de encimarlos, dividirlos, revestirlos. Cuando estaba a punto de contratar una empresa que me ofrecía terminarlo en dos meses recibí el llamado de mi vecino, el dueño del solar contiguo. Su oferta era más de lo que esperaba: su tierra, que duplicaba la mía, más su cabaña de hierro que nunca había sido habitada, por el mismo precio y en cuotas. De pronto, sin que yo lo buscara, era el propietario de un pedazo de naturaleza. El día que firmamos la escritura celebré la ampliación de mis límites: fuimos con mi hijo y sus amigos, hicimos un asado en una parrilla que improvisamos en el piso. Plantamos un jazmín para que se enredara en el alambrado. Sería el comienzo de mi pasión botánica.

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Alba nació en una parcela de Vista Hermosa a unos quince kilómetros del pueblo. Aprendió de Arcelia, su madre, a cuidar la huerta del campo donde las flores conviven con las hortalizas al antojo campesino. Cuando Alba era niña el puma bajó de la montaña y llegó a la casa. Ese día Alba limpiaba habas sentada en el piso, en la parte superior de la casa dormían las niñas. Dos de sus hermanas jugaban silenciosas en el patio. Alba lo vio desde lo alto porque proyectaba una sombra exagerada en la tierra. Al principio creyó que un ternero había salido del corral vecino. Les hizo señas desesperadas, que entraran y subieran las escaleras. Si quería, el puma derribaría la puerta del rancho. Si quería, el animal se las comería a todas.

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Camino sorteando los charcos que dejó la tormenta. A setenta kilómetros del centro el frío aumenta como si hubiéramos viajado lejos. La puerta suena a astillero. Abierto el contenedor deja pasar la luz, todo ventanales en su extremo. Hago la cama con dificultad, es de dos plazas pero tiene dos colchones de una, y juntos son más grandes que su tamaño. Atempero con el aire acondicionado en calor y una estufa eléctrica. Me dedico a limpiar los dos ambientes y el baño como si preparara una parroquia antes de las fiestas patronales. Han dejado un ínfimo lavaplatos, una mesa con dos sillas, un espejo. La humedad entra en forma de hongos oscuros y vuelve mi guarida una maqueta pálida. Paso una sola noche en el lugar. Comienzo a tramar su reforma. Lo convertiré en una cabaña acogedora antes de que llegue el verano.

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Al padre de Elías lo mataron en una pelea de campo cuando él era muy niño. Labraban una tierra fértil y criaban algunos animales a las afueras de Daglipulli. Los fines de semana su padre solía bajar al pueblo y se quedaba jugando a las cartas o tomando con otros en los bares cercanos al cementerio. La noche del infortunio regresaba cuando se cruzó con una pelea de borrachos. Unos huasos se batían a duelo en un claro del camino. A rebencazos los separó, sin bajarse del caballo. Uno de los curaos se tiró al suelo, como desmayado.

En medio de la trifulca se le había caído una navaja al piso. Desmontó de un salto para buscarla. El otro esperaba la oportunidad disimulando, tirado en el piso. Cuando se agachó por lo suyo, el otro se dio media vuelta en el aire y con el filo de su propio cuchillo punzó al jinete desde abajo hacia arriba. El padre de Elías se quejó una última vez y cayó despacio. Dejó de respirar oliendo la tierra.

Su esposa lo esperaba junto a las dos criaturas. Elías tenía pocos años; el menor era una guagua. Ema estaba embarazada de ocho meses. Esa noche ella despertó con el ruido que los caballos hacían en el establo. Pensó que andaba algún animal salvaje en el corral. Luego sintió el movimiento de la cama. El catre se movió de un lado a otro del cuarto empujado por una fuerza invisible. En la oscuridad, desguarnecida ante la señal, supo que el padre de sus hijos había muerto.

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Acaso las prímulas sean las más resistentes de nuestras flores de invierno. Prefieren el frío. Quizás por eso una amiga me las regaló en dos macetas pequeñas para que alegrara el nuevo espacio y arriesgara a trasplantarlas. La amarilla resultó ser la oreja de oso más clásica, la Primula vulgaris. Y la fucsia de ojo amarillo la Primula spectabilis. Las hojas dentadas parecen tener un polvo blanco que las rocía. Originarias de los Alpes orientales, su inteligencia radica en que tienen que florar temprano, a veces mucho antes de la primavera, porque al vivir en los bosques deben convocar a los abejorros que las polinizan antes de que la sombra de los árboles las tape.

Algunas de las quinientas especies de prímulas aprenden a resistir inviernos de hielo: sus hojas son capaces de morir, se retraen sobre sí mismas y resucitan con los primeros calores. Cuando llegan, ignoro que eran las preferidas de mi abuela Alba. Los ingleses creen que si se toma una infusión de sus hojas hay más chances de ver las hadas capaces de señalar dónde se ocultan los tesoros del bosque. En la cabaña recién estrenada parecen ínfimas, pero sus colores se imponen ante el turquesa con el que he cubierto el óxido de las paredes. Después de tres meses de obra, a la desolación del viejo artefacto que me había expulsado le impusimos el confort de una cocina con una mesada de granito, una cama cómoda, un sillón, una gran mesa para la galería, una estufa a gas y una parrilla con espacio para grandes asados con amigos.

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Bautista, el padre de Pedro, nació a fines del siglo XIX en un pueblo cerca del río Bío-Bío, la frontera donde entonces se libraban las grandes batallas entre el ejército chileno y los guerreros mapuche que intentaban aún defender su territorio. Bautista fue el hijo de una nana y el patrón del fundo. Su madre biológica no pudo criarlo. Una familia lo adoptó y le dio el apellido que aún lleva su descendencia. De ella no se sabe nada, del patrón que era un vasco francés.

Cuando Bautista cumplió los catorce, el hombre que lo había adoptado lo arrendó durante un año a otro fundo por una yunta de novillos. Bautista fue un buen peón. El hombre que lo esclavizaba le propuso que volviera, pero esta vez la yunta de novillos se la daría a él. Ese fue su capital inicial y con él sobrevivió en distintos campos hasta que un día supo quién sería su mujer.

Bautista tuvo en sus brazos a Helga recién nacida. Alzándola a la altura de sus ojos azules prometió que esa guagua sería la madre de sus hijos. Una noche, cuando Helga ya tenía trece, montado a caballo la raptó. Y se fue al sur, a un paraje llamado Santa Rosa.

En Santa Rosa eran peones y allí tuvieron once hijos. Pedro y sus hermanos debían caminar un largo trecho de senderos para llegar a la escuela, y el resto del día tenían que dedicarse a las faenas del campo. Pedro acompaña a su padre a arrancar árboles para liberar la pampa donde pastará el ganado o se sembrará cada año. Los ataban con sogas y los amarraban a una yunta de bueyes.

20

Alba apareció en mis experiencias de meditación a veces rodeada de su sembradío, otras con las flores que sostenía con las manos o con pisos como alfombras silvestres. Desde mi ventana al parque veo la grama que lo cubre todo, algunos árboles despoblados en invierno, dos pinos, un pequeño bosque de álamos desnudos, los agapantos recién sembrados, un arce, un sauce gigante, moreras, y en medio de todo ello imagino un jardín, mis flores, mis dalias.

Imagino un rectángulo contra el alambrado y el bosque de especies nativas que está más allá de nuestro territorio y ocupa otra hectárea. Si mi vecina o yo logramos un ingreso extraordinario compraremos toda esa tierra para no tocarla, para que nos sigan visitando los mismos pájaros, los mismos insectos. Si planto en ese rincón los colibríes me visitarán por las mañanas. Y por sobre el alambre crecerán mis jazmines chinos. Imaginar un jardín es someterse a una nueva consciencia. Los pasos que daré serán condicionados por la tierra, el aire, la luz, el agua y el tiempo.

21

Alba se casó con Elías y tuvieron fiesta. Mataron un cordero. Una vitrola le puso música al ambiente. Uno tocó la guitarra. Se armaron parejas. Cortaron la torta. Alba usó un ramo de rosas blancas. El padre de Alba había hablado con su nuevo yerno para que el día cero dejara claro quién mandaba en la pareja. Cuando el festejo estaba por terminar, como quien se acuerda de un trámite pendiente, Elías se acercó a Alba, la midió en medio de su borrachera y le dio una cachetada que silenció a los invitados durante un breve lapso.

Alba parió a Nadia en el hospital a los diecisiete años. Ignoraba que sería así de doloroso, creyó enloquecer por el desgarro. Recibió la cachetada de una enfermera. Gritó más. Le pegaron hasta que contuvo el dolor. Luego no quiso volver a sufrir en el edificio al otro lado del pueblo. Prefirió la casa, el cuarto cerca de la cocina y la asistencia de una partera, una meica, las sabias mapuche que se ocupan de las dolencias humanas usando el poder ancestral que se les ha legado y su conocimiento sobre hierbas silvestres.

22

En la primera escena de Viajes con mi tía, Henry Pulling tiene una preocupación: dónde ubicar la urna con las cenizas de su madre entre las dalias de su jardín. El sobrino de Augusta, la tía aventurera que aparece en el funeral, piensa entre qué colores, entre qué variedades de las cincuenta mil que la National Dahlia Society de Londres ha registrado desde que la flor comenzó a ser sembrada en tierras del imperio y otros países europeos a comienzos del siglo XVI colocará el pedestal con la caja. Las dalias no son inglesas. Las dalias son mexicanas, y por ello la flor nacional de México. Mi abuela Alba debe haberlo ignorado mientras seleccionaba los bulbos en otoño para plantarlos en agosto. Algo así me pasa cuando miro videos que me enseñan a sembrarlas: hago algo que no puedo evitar, signado por un hecho distante y misterioso. Saber que Henry Pulling tenía cincuenta años me hace pensar dónde ubico a mi madre en este jardín que honra la memoria de la suya.

23

Una mañana Bautista le pidió a Pedro que fuera a pagar una lana de oveja que le había comprado a un vecino a unos kilómetros de su casa en Santa Rosa. El niño salió con un billete a cumplir con el encargo. En el camino se encontró con un amigo que lo quiso acompañar. Más allá se cruzaron con un vendedor que recorría los fundos llevando en su carreta todo tipo de chucherías: comidas envasadas, golosinas, vino y, en medio de esa oferta, un gallo de yeso pintado de colores, reluciente, erizado, a todas luces un objeto fantástico. No podía quedarse allí perdido sino irse en sus manos para ser atesorado y admirado. Nadie podría saber que él era el propietario de semejante maravilla venida de la ciudad. Con el resto del dinero se compró todas las golosinas que pudo. Con su cómplice engulleron y se prometieron silencio.

Los días pasaron y su gallito fue un deleite secreto que jamás olvidó. Llegó el momento en que Bautista se encontró con el hombre de la lana y el vecino le cobró la deuda. Todo quedó en evidencia. Pedro fue interrogado y mintió. Ante la mentira, Bautista, experto en enlazar animales para la faena, lo ató y lo colgó de manos y pies como a un cordero de un árbol. Le pegó dos rebencazos. Uno de sus hermanos llegó a caballo. Con un cuchillo cortó la cuerda. Pedro corrió y se perdió en el bosque. Esperó a la noche. Les temía a los animales salvajes. Regresó en silencio a su hogar.

Cristian Alarcón es escritor y periodista. Desde comienzos de los noventa se dedicó al periodismo de investigación y a la escritura de crónicas en los diarios Clarín, Página 12, Crítica de la Argentina y en las revistas TXT, Rolling Stone y Gatopardo. En sus libros Cuando me muera quiero que me toquen cumbia (2003) y Si me querés, quereme transa (2010) cruza la literatura con la etnografía urbana convirtiendo relatos urgentes en novelas de no ficción. En el libro Un mar de castillos peronistas (2013) escribe crónicas de viaje y perfiles de personajes disidentes, subalternos y marginales. En el año 2012 fundó la revista Anfibia y el sitio Cosecha Roja.

One Comment

  1. diana Bellessi

    qué hermoso lo de Alarcón! Gracias por ponerlo!!!

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