El texto desbordado

LECTURAS | El texto desbordado, de Felipe Ríos Baeza

Querérato, 22 de octubre (MaremotoM).- Preocupado siempre por encontrar esas zonas intermedias para que los discursos de la filosofía y la teoría dialoguen con los de la literatura y las artes, en 1986 Jacques Derrida publicó uno de esos libros suyos que califican de reflexivos y de creativos a la vez, pero que se apoyan en otros soportes y otras retóricas que las habituales para respirar en los circuitos algo sofocados de la crítica cultural. El libro en cuestión es La tarjeta postal. De Freud a Lacan y más allá, donde en la extensa primera sección, llamada “Envíos”, Derrida prueba el formato de la tarjeta postal –donde una fotografía turística, al anverso, se acompaña generalmente de un breve texto manuscrito, al reverso, produciendo un singular cruce discursivo– para escribir sobre Hegel, Freud y Heidegger con la misma familiaridad con la que se refiere a sus paseos urbanos, sus anécdotas y sus deseos de que un remitente anónimo, pero muy amado, esté presente. Además, en estos envíosjuega con la tipografía, los signos de puntuación y la sintaxis de las oraciones, generando un texto donde advertimos un asunto clave para la comprensión cabal de este libro: para su propuesta crítica importa tanto el contenido como su modo de enunciación.

Al adoptar estas características Derrida –en “Envíos”, pero también en otros textos como Glas (1974) o “Tímpano”, incluido en Márgenes de la filosofía(1972)– no solamente muestra cómo el ensayo filosófico puede fecundarse provechosamente con las herramientas de la literatura, sino que produce un texto que queda en suspensoentre un discurso y otro. Ahí hayfilosofía y tambiénliteratura, como si intentase regresar a los tiempos pre-socráticos donde ambas disciplinas compartían su misma matriz generadora, pero sin echar mano a la síntesis (Aufhebung) hegeliana. Esto resulta de suma importancia para los estudios culturales contemporáneos. Cuando Derrida (2001a), en el prólogo a La tarjeta postal. De Freud a Lacan y más allá, señala: “Una correspondencia, es mucho decir, o poco decir” (p. 13), lo que parece estar advirtiendo es que la escritura artística es elocuente tanto por aquello que explica como por aquello que oculta.

¿Qué hay en la escritura literaria que desafía y apuntala a las demás escrituras?, ¿se trata solo de un uso especial del lenguaje, de un trabajo retórico distinto?, ¿o bien es un espacio de enunciación donde algo ocurre con las habituales categorías de pensamiento de quien escribe y de quien lee, afectando incluso su propia identidad? La literatura es, pues, esa tarjeta postal: sabemos que allí hay un contenido secreto, una intimidad establecida entre un narrador o una voz poética y sus cómplices; y, al mismo tiempo, ese contenido está abierto a quien desee asomarse.

El texto desbordado
El texto desbordado. Foto: Cortesía

En tiempos donde estos discursos parecen neutralizarse para ser funcionales al ámbito recreativo y de ocio; o bien, funcionales al ámbito de la ‘educación por competencias’, donde personajes con más vocación de funcionarios que de docentes echan mano de estas manifestaciones por puro afán didáctico, este libro propone subrayar enfáticamente lo indomesticable y singular de la literatura y las artes. Para ello nos asimos a algunos planteamientos primordiales del pensamiento postestructuralista francés y, más allá, tal vez al último paradigma teórico que pensó el texto literario y artístico como un espacio de crítica, de resistencia y contrapunto; que vio en la obra de determinados autores un modo alternativo de pensamiento y un desafío a los convencionalismos del establishment–lo que Louis Althusser llamara “aparatos ideológicos del Estado”–, y que supo articular, desde el seno mismo de los textos estéticos, modos de aproximación teórica muy originales, pocas veces bien entendidos por la crítica cultural latinoamericana. Es por eso que en este trabajo circulan los nombres de Derrida y Althusser, por supuesto, pero también de Michel Foucault, de Gilles Deleuze, Félix Guattari, Philippe Sollers, Jacques Lacan, Julia Kristeva y Roland Barthes. Este libro no pretende una revisión exhaustiva del aporte de cada uno de estos autores –aporte insoslayable, qué duda cabe–, sino de algunas nociones que nos parecen clave, tanto para el campo de los estudios literarios como para la metodología propuesta al final.

Además de pasar revista al aporte del postestructuralismo para la realización de análisis e interpretaciones concretas de obras, El texto desbordado. Aproximaciones teóricas contemporáneas al fenómeno literario y artístico busca debatir la peculiar situación de los estudios culturales en el ámbito académico contemporáneo, desde que a finales de los años sesenta el prefijo postperfilara diversos enfoques de aproximación a los textos –posmodernidad, poscolonialismo, posfeminismo, etc.–. Sin afán de someter las diversas corrientes a un mismo esquema de univocidad, se aventura una propuesta particular, que ya había sido adelantada en otros lugares aunque no con la profundidad deseada[1]: desde el postestructuralismo se ha ido manejando un tropoo estrategia de lectura para marcar elementos poco atendidos por la crítica literaria anterior. En esencia:

  1. Una reflexión de la literatura como contradiscurso ontológico, que se pregunta, en acontecimiento, por sus pormenores –nociones como literatura,arte, autor, lector, discurso, etc.–.
  2. Un reconocimiento de que el significado en los textos de esta índole es esencialmente escurridizo debido a las reflexiones que la intertextualidad, la deconstrucción y el análisis del discurso llevan a cabo sobre la materialidad del lenguaje y de sus agentes involucrados.
  3. El reconocimiento, al interior y exterior de esos textos, de oposiciones binarias jerárquicas, a partir de las cuales se revela una posición y una visión particular del mundo y sus fenómenos.
  4. El poder modelizante y performativo que tienen estos textos sobre los sujetos que interactúan con ellos y con su entorno.
  5. Una concepción de sujeto que abandona el cartesianismo y se inclina por los efectos del lenguaje en la construcción de su subjetividad y de la percepción de sí mismo y del mundo.

De esta manera, El texto desbordado. Aproximaciones teóricas contemporáneas al fenómeno literario y artístico busca actualizar los conocimientos en crítica literaria y cultural de quienes puedan estar interesados en estas disciplinas, aportando, al final, una particular metodología teórica de estudio para la literatura y las artes. Las pinceladas históricas y la revisión detenida de los conceptos de los autores propuestos responden a la necesidad de ir, paso a paso, edificando esta metodología. Aunque su entendimiento cabal es posible con la lectura lineal de los capítulos –debido a su causalidad y, diríamos, su natural evolución como pensamiento–, los interesados en alguna corriente en particular –psicoanálisis, semanálisis, esquizoanálisis, deconstrucción, etc.– podrán abordar sin dilema el capítulo de interés.

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Sí, parece una explicación tributaria a la fórmula cortazariana: “Este libro es muchos libros, pero sobre todo es dos libros”; y es que todo libro es dos libros, abiertos no solo a sus múltiples interpretaciones, sino a sus diversos modos de uso. Sobre todo, un libro literario, una película, una pintura, una fotografía o una performanceteatral apuntalan esta idea:es lo que parece que estamos viendo, pero a la vez las capas epistemológicas y estéticas con las que se ha creado postulan que algo se ha escurrido y no ha logrado establecerse en el sentido que surge después de verlo –asumiendo el término ‘sentido’ según lo dictado por la filosofía y la pragmática tradicionales: la correspondencia, amable digamos, entre el plano de la expresión y el plano del contenido; entre la denotación y la connotación–.

Por ello, una de las hipótesis regidoras de este libro –transversal a todos sus otros libros posibles, en su corazón de matrioshka– es justamente aquella que le da su nombre: el texto literario y artístico tiene formas de resistir la absoluta significación porque tanto en su contenido como en su expresión hay algo que siempre se desborda. Ese ‘algo’ que se desborda, que desafía todo circuito de comunicaciónal no hacerse plenamente legible, se reconoce como constitutivo de la obra de Marcel Proust, James Joyce, Antonin Artaud, Samuel Beckett y Georges Bataille[2], entre otros. Por ejemplo, aspectos relevantes de Bataille, como las nociones de ‘real imposible’ y de ‘resto’ serán luego aprovechados por Jacques Lacan –uno de los autores que por razones obvias aparece de primero en este libro, junto con Sigmund Freud– para articular ese espacio del registro psíquico hacia donde apuntaría determinada literatura y determinado arte: lo real[3]. Paralelamente, Julia Kristeva –muy crítica, como se verá, a la teoría lacaniana del sujeto– articulará el concepto de ‘significancia’ para destacar que determinadas poéticas, como las de Céline y Rimbaud, se resisten a entrar en algún circuito de comunicabilidad efectiva –y/o, en lo simbólico–, haciendo notar dicho desbordetextual que se escurre y disemina el sentido. El mencionado Jacques Derrida, en tanto, no solo verá este fenómeno de la densidad, tanto semiótica como contenidista, en el lenguaje literario, sino en cualquier signo por el hecho mismo de serlo. Es lo que, en Firma, acontecimiento, contexto (1972), toma el nombre de ‘iterabilidad’ y que traerá consecuencias profundas en las reflexiones sobre la escritura en el pensamiento occidental. En tanto, Gilles Deleuze y Michel Foucault abrirán otras perspectivas, señalando que precisamente ese remanente, propio del texto artístico y literario, es el que posibilita una recreación distinta del sujeto, una experiencia siempre abierta, conceptual y sensorial contrastante a la que puede vivir en contacto con otros textos. Al respecto, Deleuze (2009) señala que:

Escribir es un asunto de devenir, siempre inacabado, siempre en curso, y que desborda cualquier materia vivible o vivida. Es un proceso, es decir un paso de Vida que atraviesa lo vivible y lo vivido. La escritura es inseparable del devenir.

La escritura –la lectura también, dirá Roland Barthes–, es una experiencia transformadora para el sujeto, que lo obliga a reformularse, en el acontecimiento mismo de leer y escribir,una definición coyuntural de literatura. Foucault (1996) marca:

Cualquier obra dice no solamente lo que dice, lo que cuenta, su historia, su fábula, sino además, dice lo que es la literatura […] no lo dice en dos tiempos, un tiempo para el contenido y un tiempo para la retórica; lo dice en una unidad.

Lo que produce, adicionalmente, la evidencia de una concepción con la que acaba este libro y que complementa la inicial noción de significancia: todo texto literario es un texto autorreflexivo, donde sus signos no solamente apuntan hacia un referente –el mundo–, sino hacia sus propias condiciones de enunciación.

Antes de empezar señalaremos una última dimensión. Uno de los más enérgicos planteamientos del postestructuralismo –planteamiento que corrientes como los estudios culturales, el postfeminismo y el poscolonialismo sabrán luego aprovechar– es su forma de apropiarse de los modos de lectura, tanto artística como social, de la anterior corriente dominante –el estructuralismo, justamente–, pero para pervertirlos, sabotearlos y deformarlos a su antojo, haciendo ver que los textos no son simplemente artificios de lenguaje y no caben en categorías tan reduccionistas como mimesis oficción. Al trascender los análisis narratológicos y estructuralistas esta corriente advierte que los textos literarios tienen una estructura apelativa –se dirigen a un sujeto, lo interpelan– eincitativa–provoca acciones o formas de ver los fenómenos–, generando maneras de ver el mundo, de ver a los demás sujetos y de realizar acciones específicas[6]. Por decirlo pronto, este libro afirma que la literatura y el artetambiénson matrices ideológicas al interponerse entre los individuos y el mundo, con lo que se incorporaría otra acepción a la noción de desbordeaquí planteada.

“¿Nunca os ha sucedido, leyendo un libro, que os habéis ido parando continuamente a lo largo de la lectura, y no por desinterés, sino al contrario, a causa de una gran afluencia de ideas, de excitaciones, de asociaciones?” (Barthes, 1994, p. 37), se preguntaba Roland Barthes. Este libro se propone examinar por qué se produce esa “gran afluencia”, de dónde viene y qué es lo que acaba provocando en los sujetos que la experimentan. Por ende, el primer alto obligado es la estación, conflictiva pero siempre retributiva, del psicoanálisis.

Se reproduce con la autorización de (c) Eólica Grupo Editorial S.C. y del autor.

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