Abismos Casa Editorial

LECTURAS | Síndrome de Astier, una recopilación de textos que gira en torno a la idea del hurto

La siguiente antología es una recopilación de textos que gira en un primer momento en torno a la idea del hurto. El Síndrome de Astier, abordado en este libro, inicia con la compulsión aparentemente inofensiva del robo de libros y luego pasa al robo de ideas para escalar a situaciones de mayor perversidad.

Ciudad de México, 15 de marzo (MaremotoM).- Con la gentileza de Abismos, ofrecemos hoy el prólogo del libro Síndrome de Astier y el texto de nuestro buen amigo Daniel Rodríguez Barrón, donde habla no sólo de robar libros, sino de robar ideas.

Prólogo de facto a Síndrome de Astier, con autorización de Abismos Editorial y Sidharta Ochoa

Tenemos arte para no morir de la verdad.

Federico Nietzsche

La siguiente antología es una recopilación de textos que gira en un primer momento en torno a la idea del hurto. El Síndrome de Astier, abordado en este libro, inicia con la compulsión aparentemente inofensiva del robo de libros y luego pasa al robo de ideas para escalar a situaciones de mayor perversidad. Este hurto no representa una ganancia económica real, sino que responde a una compulsión específica de apropiación. Los casos aquí revisados van desde el inocente robo de libros a un amante o en una librería, hasta la apropiación de identidades y vidas. En todas las historias el perpetrador está convencido de que no realiza ninguna acción perjudicial y que tiene algún derecho sobre su víctima, piensa que parte de ese objeto o identidad en realidad no le pertenece a una persona en específico si no al mundo.

Podemos decir que toda creación es en realidad apropiación y que el autor es una figura que está en proceso de extinción, que la creación es también un pastiche, bricolaje o plagio, sin embargo los textos aquí contenidos y la existencia de este libro en sí mismo indican lo contrario: el autor sobrevive, la identidad siempre se refiere a una persona de carne y hueso.

Carlos Bortoni con el prólogo falso de este libro enumera obsesivamente los libros más robados de la historia de la literatura occidental, los puntos suspensivos fueron editados del texto original. La dedicatoria política fue editada también.

El autor Phillipe Bisson, nos lleva por un juicio donde por primera vez se introdujo el concepto Síndrome de Astier a partir de un relato que remite al libro de Víctor Hugo, El último día de un condenado a muerte y rastrea la genealogía del síndrome que genera cierto placer al paciente que intenta apropiarse de alguna cosa que causa admiración o goce estético, a partir de ciertas investigaciones que pueden ser atribuídas a Raymond Lebois que presumía ser alumno de Charcot.

Elisa Corona con el texto Robinson Crusoe y el traje viejo del emperador, aborda a al plagiario, como el perpetrador más bajo de la cadena alimenticia y que sin embargo recibe laureles del Estado y en muchos casos de las instituciones oficiales que designan qué cosa vale la pena leer y qué otra cosa no. El primer libro de Elisa Corona, se titula Amigo o enemigo: el debate literario en Foe de J. M. Coetzee, ahí aborda la ficción del premio nobel sudafricano Coetzee, donde la historia de Crusoe le es robada a Susan Barton.

Uno de los textos desesperanzadores es el de Thomas van Altheimer titulado Empty Man, Full Man on Sovereignty and Fictionality, y aquí traducido como El hombre vacío, el hombre completo: en torno a la soberanía y la ficción, perteneciente a un proyecto más complejo que incluye la película I am Fiction. En este proyecto Thomas narra el robo de identidad que Claus Beck-Nielsen cometió en su contra.

Altheimer llevó al editor de Nielsen (Gyldendal) a juicio. Lo acusó de apropiarse de su imagen e historia personal, pues Nielsen usaba su foto, su historia y sus datos reales para escribir y promocionar un libro de ficción, la cubierta del libro tiene la foto de Thomas van Altheimer, incluso se usa su nombre legal: Thomas Skade-Rasmussen Strøbech. Pareciera una suerte de dispositivo que lo despojaba de toda posibilidad por reivindicar su propia narrativa. El texto traducido para este libro forma parte de un dossier extenso de casi 200 páginas que contiene el registro obsesivo del juicio, de la película resultante y de algunas instalaciones. Thomas van Altheimer perdió el juicio (no me refiero a la cordura) si no al proceso que libró en la corte, para recuperar su propia identidad. La libertad de discurso protegió a Gyldendal y Thomas adquirió una deuda obscena contra un gigante de la edición en Dinamarca. Algunas veces me he preguntado, si esto no se trata también de un dispositivo propio de una pieza de van Altheimer o si al final él mismo cayó víctima de su propia idea, incluido el juicio, la deuda y la desgracia personal como daños colaterales; todo con el propósito de hacernos caer en la meta ficción. Este es un caso más que integra la colección Síndrome de Astier.

El de la poeta Ingrid Valencia titulado: Los libros perdidos o la felicidad de Lamaze, recuerdan a una huérfana que no tiene objetos propios, y que se encarga de destruir aquello que ha escrito en la intimidad, acaso este personaje sea una metáfora del autor, Valencia dice: “Los libros perdidos y un rollo fotográfico velado se parecen”. Estos son los libros que nunca han podido serlo.

El texto de Daniel Rodríguez Barrón titulado Un golpe explora en una ficción sobre la genealogía familiar y los sueños no alcanzados creando una historia que narra la relación padre/hijo a través del robo de un libro, pero sobre todo a través de las descripciones que hace del fracaso del padre.

Por otro lado, se incluye un texto de Jane Elgee (mejor conocida como Lady Wilde y madre del escritor Oscar Wilde) cuyo relato se inscribe en la tradición de las leyendas campesinas irlandesas, donde las hadas, son seres sobrenaturales que terminan apropiándose de la vida de los incautos. Casi siempre la víctima es una persona que no sigue las instrucciones supersticiosas de la vida común del pueblo, y de este modo su alma es secuestrada y queda en poder de seres sobrenaturales, tal gesto podemos observar en la identidad, que aunque busca una enseñanza moral, en el fondo contiene una moraleja sobre el comportamiento que trasgrede las normas sociales trayendo un castigo a las mujeres jóvenes que se atrevan a trasgredir el orden de lo doméstico.

El psiquiatra y autor Rodrigo Garnica narra la historia de un embajador de edad avanzada que tiene como afán transformar a una mujer que él considera poco culta y de la que se encuentra enamorado, sin embargo comete un grave error al intentar hacerse de algunos ejemplares en una librería.

La artista visual y activista argentina Silvina Ali recuerda la historia de Dolores del Cerro una librera de Buenos Aires cuya cara aparecía en las calles de la ciudad y en algunas librerías. El libro es de quien lo trabaja, parece decirnos Silvina con este retrato sobre una mujer de mediana edad que siente afición por la historia y la literatura.

En este libro se recoge también a Aurore Dupin, mejor conocida como George Sand, que decidió despojarse de su identidad y escribir, con una identidad masculina para publicar novelas, en el fragmento aquí publicado en su traducción al español de Historia de mi vida narra el extraño capítulo de cómo ella misma destruyó manuscritos pertenecientes a su abuela, en un gesto casi espejo de lo que pretendía la sociedad hacer con ella.

Hernán Ruiz Lindoro, nos recuerda a un personaje pareci- do a El jugador de Dostoyevski, que encuentra en la adrenalina de la literatura robada, el bálsamo para su dolor existencial.

Antonio Orozco, un autor que llegó de maneras poco ortodoxas a la antología, que no tiene una ficha de autor identificable pero que sin embargo existe como una persona de carne y hueso y no como una ficción de este libro, narra una aventura de erotismo gay termina en un hurto muy particular. (Sidharta Ochoa)

Un golpe de suerte, de Daniel Rodríguez Barrón

—¿Y este? ¿Dónde quieres que lo ponga? —pregunto, y mi padre levanta la cara y entrecierra los ojos para ver bien el objeto. Es un caballito de mármol.

—Quise que funcionara —dice sin contestarme realmente la pregunta— cuando quebró la marmolera, intenté hacer el mismo negocio por mi cuenta. Tenía los contactos: tanto los proveedores como los posibles compradores, ¿qué podía salir mal? Puse la tienda, ¿te acuerdas?

Me acuerdo de una accesoria pintada de blanco que se cerraba con una cortina de acero. Y allí, mi padre tenía muestras de mármol, fragmentos de pisos laminados, tanto pulidos como “al natural”, travertino, tecali, blanco carrara, verde tikal… y docenas de chucherías: ceniceros, juegos de ajedrez, candelabros, vasos, esferas, caballitos de mar y de tierra.

—Me llegaron pedidos, los tuve en mis manos, pero es difícil comprar material de lujo si no tienes dinero, es difícil acceder a los grandes negocios si no tienes dinero.

Fracasó también con los colocadores. Por el sueldo que les ofrecía, papá solo podía acceder a borrachines que le quedaban mal, que iban uno o dos días y después dejaban el trabajo; eran más bien conocidos del oficio que le hacían algún favor, hasta que se cansaban de hacerlo.

Te puede interesar:  El primer día de la Feria, una infausta noticia: Muere Almudena Grandes

—Me quedé con toneladas de mármol corriente que tuve que rematar. Pero pensé, qué tal si vendemos las piezas, no nos iría tan mal, son bonitas, ¿no? —me dice mientras alarga la mano, temblorosa por la vejez, con la piel pegada a los huesos, llena de manchas como su se lavara con tinta marrón. Y no, pienso, pero no se lo digo, no son bonitas. Son cursis, hechas en serie, recuerdos para turistas, regalitos a bajo precio para salir de algún compromiso. ¿Cuántos podían venderse? Además la “tienda” estaba tan lejos…

Abismos Casa Editorial
Un conjunto de voces sobre el robo de libros. Foto: Cortesía

—Tu mamá se quedó con todas. Y luego las fue regalando a las vecinas, a las sobrinas, a cualquiera que cumpliera años o celebrara algo.

Mamá murió el año pasado, el cáncer la fue reduciendo lento y meticulosamente como si estuviera pasando por un procedimiento jíbaro.

Finalmente, coloca la pieza sobre la mesita de noche. Yo creo que es un error, ahí la verá cada vez vaya a la cama, y la verá cuando despierte. Sigo abriendo cajas, saco casetes que no sé dónde carajos los va a tocar, medicinas caducas, cortaúñas, tantos que parece que usa uno para cada dedo. Me llama la atención una libreta de taquigrafía, en la columna derecha veo nombres que al leerlos en silencio se encienden sus rostros en mi mente: mi tío Hugo, doña Sofía la de la tienda, Conchita que nos planchaba la ropa cuando mi madre enfermó, don Chón el mecánico de nuestro perpetuo Volkswagen, lo adquirimos usado, y pasaron años hasta que papá vendió las piezas rescatables a supuestos coleccionistas cuando ya no pudo seguir manejando por el temblor de las manos; Alma, la vecina que estuvo a punto de meterlo a la cárcel; Cosme, el maestro de secundaria que llegó hasta las lágrimas suplicándole a mi padre que le devolviera su dinero, y muchos otros que no ubico, que no puedo empatar con rostro alguno, pero que seguro los vi, al menos una vez. Frente a cada uno de los nombres, en la columna derecha del cuaderno, hay pequeñas cantidades, tres mil, 1500, 450, 2000, así a vista de pájaro, la suma de todas ellas no alcanzarían los 30 mil pesos, pero a nosotros nos salvaban la vida.

Cuando cerró la tienda, mi padre recurrió a hacer una caja: invitó a conocidos y familiares a depositar con él su dinero a lo largo de todo el año, y a cambio se los devolvería en di- ciembre con intereses mayores a los que ofrecían los bancos. Al principio, la cosa funcionó, los depósitos semanales nos servían para nuestros propios gastos, comida sobre todo, y mi padre prestaba el dinero con intereses a los propios ahorradores, para que a la vuelta del año tuvieran de nuevo su dinero y un poco más.

Los amigos, las amistades estaban felices, todos íbamos tirando de los dineros de todos, hubiera podido convertirse una suerte de cooperativa de mutuo socorro, pero cuando mamá enfermó los gastos se elevaron, pagamos medicinas, viajes a deshoras, bocadillos que comprábamos para comer en los jardines del hospital mientras mi madre sufría dentro sus quimioterapias, y pronto, mi padre se fue desfasando, la devolución del dinero pasó de la primera semana de diciembre, a la segunda, y a la tercera, y luego el pago de intereses se fue reduciendo hasta que ya no había intereses que ofrecer a los abonados.

Uno a uno, se fueron saliendo, resentidos con mi padre porque ya se veía claramente que usaba su dinero para vivir, y los que se quedaron, a sabiendas de que ayudaban así a la economía familiar, lo lamentaron después, cuando ya no tuvimos forma de recuperar el dinero que tomábamos. Al llegar diciembre, yo tenía que dar íntegro mi aguinaldo —el tío Hugo me acomodó en el equipo de mantenimiento de una empresa de cosméticos— para cubrir los faltantes, y todavía, a más de uno, le suplicábamos que nos esperara unas semanas, un mes, hasta que con lágrimas o violencia nos exigían su dinero. Mi madre padecía más esa humillación que su propia enferme- dad, en cambio mi padre pasaba de la vergüenza al desdén, de la resignación del pedigüeño, a la bajeza de quien es consciente de estar abusando de la generosidad de los demás.

—Dámela —me dice— la voy a guardar aquí —y abre el cajón de la mesita de noche y guarda la libretita en un pañuelo blanco con bordados en azul, casi con ternura, como si estuviera envolviendo a un bebé en su mortaja, mientras lo miro hacer, pienso que la desgracia es acogedora por invasiva, reconfortante por irremediable.

Doblo las cajas vacías, y las dejo en la puerta para llevármelas cuando me vaya. Continúo sacando cosas y colocándolas en el lugar que me indica, no son muchas más, pañuelos de tela porque papá jamás se acostumbro a los desechables, un montón de papeles, una máquina de escribir, las llaves de su vieja oficina en la marmolera, las llaves de la tienda, las del departamento que perdimos, como si en cualquier momento todos esos lugares pudieran volver a ser suyos, y así, como si tal cosa, el día menos pensado, tuviera que sacar las llaves del bolsillo para abrir y entrar.

Al fondo de la última caja hay un libro, es un libro que robé cuando era adolescente, ni siquiera lo quería, ni el autor ni el título me importaba. Era uno de esos best sellers de antaño, cada generación parece tener los suyos porque les regala un personaje donde colocar los alfileres de su infortunio, lo sé porque luego vi la película; cuando volví del cine le conté la historia a mi padre y me pidió el libro, tampoco creo que lo haya leído. Jamás le pedí que me lo devolviera porque me daba vergüenza haberlo robado sin haberlo leído. Fue un robo inútil. Lo hojeo y de entre las páginas salta una foto de bordes amarillos, se trata de una niña en su primera comunión. Un velo blanco le cubre el cabello, blancos son también los guantes que enfundan sus manos, con la izquierda sostiene un libro y un rosario, y con la derecha un cirio enorme, blanco fue también su vestidito que pretendía ser de gala sólo porque estaba limpio y almidonado. En realidad todo pasaría desapercibido si la niña no estuviera paralizada de miedo, los ojos y la boca están abiertos en un espasmo de dolor, como si viera de golpe el destino de la humanidad, o al menos el suyo pro- pio, daba ganas de tomarla en brazos, abrazarla fuerte y por alguna razón, ofrecerle una desesperada disculpa.

—¿La reconoces? Es tu madre.

Jamás había visto esa fotografía y desearía no haberla visto nunca.

—Dámela.

Se la entrego e intenta meterla en su billetera, pero, aunque es una foto pequeña, resulta demasiado grande para caber en el compartimento de los billetes. Sin pensarlo dos veces, sin miramientos, la dobla a lo largo y la acomoda entre dos billetes, uno de veinte y otro de cincuenta.

—Y deja mis papeles en la cómoda, por favor.

Los benditos papeles. Mientras pasaba las noches cuidan- do a mi madre, papá se entretenía elaborando declaraciones fiscales y haciendo presupuestos de venta, todos ficticios, no tenía nada qué vender y mucho menos qué declarar, pero mi padre se esforzaba por ajustar las cantidades y sacar la mayor rentabilidad; les llamaba a sus antiguos compañeros de oficina para ponerse al día de las nuevas disposiciones hacendarias, no quería faltar a su deber y al mismo tiempo, buscaba aumentar las ganancias. Imaginaba viajes al puerto de Veracruz para recoger en la aduana sus bloques de mármol, se imaginaba el lento trayecto en un tráiler rentado hasta la Ciudad de México, y hacía cuentas de viáticos y alimentación, se in- formaba sobre costo de casetas y hoteles baratos, y despertaba de su sueño cuando mamá aullaba de dolor, y solo entonces corría a tomarle las manos, a secarle el sudor y humedecer sus labios con un hisopo empapado de agua destilada.

Nervioso, comienzo a despedirme, papá va a pasar su primera noche en este centro de asistencia para ancianos. Dudo entre despedirme con un abrazo o con un apretón de manos. Papá parece darse cuenta de mis dudas, baja la cabeza y sostiene la mirada en el aire, como observando el espacio entre su nariz y el suelo, y luego, con calma, dice:

—Yo aún espero un golpe de suerte; si no para mí, al menos para ti.

Ahí está la desgracia: el no haber sido apto o haber tenido la suerte de ser alcanzado, como por un rayo, por un golpe de suerte; y al mismo tiempo, tampoco tiene las manos vacías porque esa es su herencia. El despojamiento es tan hondo que mi padre no puede sino regalarme una horrible esperanza, una esperanza deformada como si la hubieran molido a palos. Salgo de allí con el libro en las manos. Lo he vuelto a robar. Quizás, esta vez sí lo lea.

Comments are closed.