LECTURAS | En camping-car, de Iván Jablonka

A través de los recuerdos de sus vacaciones familiares… Jablonka construye el retrato de una generación, sin caer jamás en el narcisismo.

Ciudad de México, 12 de agosto (MaremotoM).- Este es un libro sobre una familia francesa que en los años ochenta pasa sus vacaciones en una autocaravana, y en ella recorre Italia, Portugal, España, Grecia, Marruecos… Es una historia personal, ya que la familia es la del autor cuando era niño, pero también colectiva, porque todas las familias aspiran a acariciar la felicidad en vacaciones.

Es también un libro sobre la infancia como paraíso perdido; un homenaje de Ivan Jablonka a sus padres; una reflexión sobre la relación entre las generaciones y sobre el momento en que uno pasa a convertirse en padre y asume una responsabilidad hacia sus hijos. En sus páginas aparece una mirada histórica sobre Francia y Europa (y hay además pinceladas sobre Estados Unidos). Y asoman los horrores del pasado –el padre de Jablonka, además de profesor en Stanford, fue un huérfano de la Shoá– y la esperanza de poder construir un mundo mejor para las nuevas generaciones, siguiendo ese precepto de la Declaración de Independencia americana del derecho a “perseguir la libertad”.

Tras la desgarradora crónica de Laëtitia o el fin de los hombres, Jablonka toma aquí como punto de partida la experiencia personal. Y construye una obra concisa, estructurada en capítulos breves, con aire de cuaderno de apuntes de apariencia liviana, pero que es un auténtico compendio de experiencias universales. El resultado es un texto híbrido y mestizo, que se mueve sinuoso entre la narración íntima y el ensayo sociológico y cultural. Y es en ese cruce de géneros donde brota su seductora fuerza literaria.

En camping-car
En camping-car. Foto: Anagrama

Fragmento de En Camping car, de Iván Jablonka, con autorización de Anagrama.

1.¡SED FELICES!

–¡Sed felices!

Mi padre se giró hacia nosotros con el rostro de color escarlata y los rasgos deformados por la ira.

Su grito nos sobresaltó. La orden que acababa de rugir era tan desmesurada que nuestra vida no podía resistirla. Estábamos suspendidos entre el terror y la estupefacción, inmóviles, esperando, listos para ser aniquilados.

Marruecos, verano de 1986. Nuestra autocaravana domina un valle bíblico: un oasis serpentea a lo largo de kilómetros y kilómetros, siguiendo el río que lo irriga al pie de un árido cordón montañoso.

Somos cuatro niños de entre ocho y doce años –mi hermano y yo y los hijos de los amigos con los que viajamos–, entretenidos jugando al tarot en la parte trasera de la autocaravana. Mi padre nos ha dicho que miráramos por la ventana; uno de nosotros le ha respondido que no teníamos ganas y que, además, nos estábamos aburriendo.

La autocaravana frenó en seco. Mi padre, que iba al volante, se dio la vuelta, y entonces estalló la crisis de furia, que las palabras recrean de manera muy imperfecta después de treinta años.

El asunto es que estamos jugando a las cartas como unos tontos, en lugar de admirar el magnífico paisaje. Nosotros tenemos la suerte de viajar, descubrir países, visitar museos, estar con amigos de nuestra edad. Hay niños que pasan las vacaciones en su casa, o en un camping común y corriente de Flots Bleus. A veces, vemos en algún restaurante a una hija o un hijo únicos aburriéndose como ostras junto a sus padres, mirando de reojo hacia nuestra mesa alegre y ruidosa. Hace unos días, en una estación de servicio, nos llenó el depósito de combustible un niño marroquí: él tampoco se va de vacaciones.

Mi padre solo podía ser feliz si pensaba que nosotros también lo éramos. La mayor parte del tiempo, se convencía de que éramos infelices, hacinados en nuestro apartamento parisino, privados de una “pandilla de amigos” con quienes correr por un jardín. Esa certeza lo deprimía y, a mí, me resultaba difícil saber si yo era feliz o infeliz; incluso me costaba decidir qué era la felicidad, ese estado que mi padre quería para nosotros pero que, según decía, no podíamos alcanzar por su culpa.

Mi padre nació en París en abril de 1940. Vivió menos de tres años con sus padres: estos fueron arrestados una mañana y deportados a Auschwitz, donde fueron asesinados. Conté sus vidas en Historia de los abuelos que no tuve. Primero, estuvo escondido con su hermana en casa de unos campesinos de la región de Bretaña y, después de la guerra, fue encomendado a la Comisión Central de la Infancia, una organización judía comunista que recogió y crió a cientos de huérfanos de la Shoah entre 1943 y 1959. Los niños vivían en preciosas casas en medio de un parque, una mansión en Andrésy o un chalé en Sainte-Maxime. La educación colectiva, el aire libre, la pedagogía progresista heredada de Korczak y Makarenko, el voluntarismo y los cantos (comunistas, cuando no estalinistas) le abrieron a mi padre, y a sus hermanos y hermanas de dormitorio, las vías de la resiliencia.

Mi madre creció con sus padres; ella nació en mayo de 1944 en Rothschild, el único hospital de París que estuvo abierto a los judíos, y su madre la amamantó varias veces en el sótano de la casa, en plena noche, durante las alertas aéreas. Su abuelo, recluido en Drancy, no regresó de Auschwitz. Los padres de mi madre –únicos abuelos que tuve– escaparon milagrosamente de las redadas (“mi buena estrella”, decía mi abuela). Después de la guerra, compraron una pequeña tienda de muebles en el barrio de Saint-Antoine, cerca de la Bastilla. Mi madre y su hermana hacían los deberes en la mesa de la cocina.

De los seis a los dieciséis años, pasé las vacaciones de verano en autocaravana, junto con mi hermano, mis padres, unos amigos de ellos y sus hijos. A bordo de nuestra Combi Volkswagen, en unos años surcamos Estados Unidos y una buena parte de la cuenca mediterránea, de Portugal a Turquía y de Grecia a Marruecos. El jardín del Edén renacía todos los años. En mi recuerdo, esos veranos están bañados de sol, mar, naturaleza, emociones de toda índole, pero sobre todo permanece la impresión de que es el momento de mi infancia en el que fui más libre.

Y más feliz. Las zambullidas en el mar, las visitas a iglesias y bazares, el despertar por la mañana a orillas del agua o al pie de un templo antiguo, la excitación de la partida, la embriaguez del viaje, la intensidad de esa vida conformaron la propia materia de mi felicidad. Y ese regalo me lo hicieron mis padres. Pero a veces, cuando me invade la inquietud, me pregunto si realmente era feliz, o si no habré sucumbido a mi padre, diciendo serlo, creyendo serlo para que por fin él también lo fuera; si mi felicidad actual no es el espejismo que sus traumas hicieron vibrar en mí, el claro de sol en medio de sus sombras que se proyectaban en mi cielo de niño; en otras palabras, el esfuerzo que hice para consolar a mi padre, para darle las gracias por ser divertido, tierno y provocador, proveedor de momentos únicos que cualquier niño del mundo envidiaría. Esas vacaciones ¿habrán sido la ilusión gracias a la cual él y yo nos contentamos con una felicidad vacua para tener paz y vivir solo un poco?

Este libro surgió de la confrontación de dos acontecimientos que se produjeron con cuarenta años de intervalo: la Segunda Guerra Mundial y mis vacaciones. Había, en mi alegría estival, una familiaridad con la muerte. Mi presencia en el mundo se comunicaba con el tiempo anterior a mi vida. Recordaba a gente que no había conocido. De eso resultó algo peculiar: yo.

2.PORTUGAL 1983

La primera cronología que elaboré en mi vida solo tiene valor para mí. No es más que una enumeración de mi epopeya íntima: Córcega 1982, Portugal 1983, Grecia 1984, Sicilia 1985, Marruecos 1986, Italia 1987, Turquía 1988. En esos países, coleccioné recuerdos que testificaban que había estado allí: fragmentos de alfarería antigua, frascos llenos de arena, baratijas compradas en algún mercado tras un divertido regateo; reuní mis primeros “archivos”, entradas de museo, postales, planos de ciudades, billetes y fotos, que pegaba con cuidado en mis álbumes de viaje. Por ejemplo, mi diario de Sicilia, redactado durante las vacaciones de Semana Santa de 1985, se abre con una espina de ocho centímetros que corté valientemente de un arbusto.

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Esos escritos no siempre son apasionantes (“esta mañana, me levanté a las 7.30, listo para la acción”), pero demuestran que, ya en aquella época, tenía conciencia de la excepcionalidad de nuestros viajes. Unas hermosas vacaciones debían dar lugar a un interesante relato que perdurara en un bonito cuaderno. Ver y describir. Yo intuía ya la importancia de la autocaravana en mi “historia”.

Si miro mi infancia precisamente como historiador, asociando los elementos que se asemejan, fusionando los ciclos lectivos, las partidas de Lego y de Playmobil con mi hermano, los fines de semana, las fiestas familiares, los cumpleaños, todos esos instantes de los que están compuestos mis primeros años sin grandes problemas, sobresalen dos períodos de felicidad que estructuran esa rutina de dulzura y angustia: el año escolar de 1979-1980 que pasamos en California y las vacaciones en autocaravana en los años ochenta. Estados Unidos, por un lado; Europa, por el otro. Esa geografía de mi infancia me atrae como un paisaje interior y me abruma como un problema. ¿Por qué esas dos épocas contaron tanto para mí que expulsaron todo lo demás al limbo?

En 1979, mi padre fue enviado a la Universidad de Stanford, al corazón de Silicon Valley, para trabajar en un acelerador de partículas. Vivíamos en Palo Alto, en una casa con jardín, y yo tenía una habitación para mí solo. Los domingos, a las ocho de la mañana, un amigo llamaba a la puerta: “Can Ivan play?” La calle era apacible y soleada. Los edificios de la escuela estaban dispuestos alrededor de un campo deportivo. Fue mi año de primer grado, de las canciones infantiles, los juegos, los talleres de pintura, las celebraciones del cumpleaños de cada alumno (toda la clase se reunía entonces para hacerle preguntas: “¿cuál es tu color favorito?”, “¿y tu película favorita?”), de un aula sin sillas que nos liberaba de permanecer sentados todo el día escuchando a la maestra. Por ende, aprendí a leer en inglés, pero eso preocupó a mi madre, que me compró un libro de lectura en francés, Daniel et Valérie. Ese período fue tan completamente feliz que borró todo lo que aconteció antes; de hecho, no tengo ningún recuerdo previo a los seis años de edad.

Recién llegados, los fines de semana, para amueblar nuestra casa, frecuentábamos las garage sales, ventas de garaje de objetos de segunda mano que se improvisaban en la acera, frente a la casa de los vendedores (por lo general, eran vecinos que se mudaban). Siempre nos encontrábamos con la misma familia de franceses, una pareja con dos hijos, una niña de mi edad y un niño un poco menor que mi hermano. También vivían en Palo Alto, a pocas manzanas de nosotros. Ya la tercera vez que nos vimos, simpatizamos. Así fue como conocimos a quienes iban a convertirse en nuestros compañeros de viaje a lo largo de toda la década de 1980. Los padres se llamaban Michel y Nicole Parent. La hija, Sophie, es hoy lo que se denomina una “amiga de la infancia”.

Nada más llegar a Estados Unidos, cada familia se había comprado una autocaravana. La nuestra, de segunda mano, era de color crudo con formas redondeadas. La matrícula, que hoy vive una segunda vida en un estante de mi biblioteca –rectángulo de metal entre rectángulos de papel–, es como la tapa de un libro jamás escrito, en la que un pintor estampó el blasón de mi infancia –números de oro sobre fondo azul, coronados por las palabras “California” y “San Mateo”, una pequeña ciudad de la bahía entre San Francisco y Palo Alto–. Sophie y yo jugábamos en inglés. Recuerdo que la mañana de nuestra propia garage sale me desperté por la alegría que sentía, envuelto en mis sábanas de Winnie the Pooh.

De regreso a Francia, continuamos viendo a los Parent. Nuestro primer viaje con ellos fue a Córcega, en el verano de 1982, y no me dejó recuerdo alguno. Tenía ocho años y medio. El verano siguiente, en 1983, atravesamos España y Portugal con ellos y los Gualino, unos amigos a quienes los Parent les habían propuesto unirse a nosotros (nuestro grupo estaba compuesto entonces por seis adultos y siete niños, repartidos en tres autocaravanas). Conservo algunas imágenes de Portugal. Estamos en la vieja autocaravana blanca, la que mi padre compró de segunda mano en California. Estamos pescando a orillas de un arroyo, un niño lanza su caña, el anzuelo se clava en mi dedo meñique. En Córdoba, les monto un escándalo a mis padres porque había recogido un paquete de cigarrillos que me había gustado; para compensar, me compro una bota en miniatura y un zapatito de cuero de tres centímetros de alto. El resto del viaje me lo cuenta mi padre:

Nos encontramos todos en San Juan de Luz. No recuerdo nada de Bilbao ni de Burgos, pero debimos de pasar por allí. En cambio, sí visitamos Salamanca, de eso estoy seguro (biblioteca antigua, universidad).

De allí, nos dirigimos al oeste, en dirección a Oporto. Antes de llegar, acampamos en el fondo del valle encajonado del Duero. Otra gran autocaravana no había conseguido bajar hasta la orilla del río, como nosotros. Estábamos contentos: el lugar, tapizado de viñedos, era bellísimo.

Después, paramos en Nazaré. Luego, Lisboa, el Algarve, Cádiz, Sevilla, Córdoba, Toledo, Madrid y, por fin, Francia. Creo que fue allí donde asistimos a una carrera de vacas landesas que os divirtió mucho.

En Nazaré, un pequeño puerto sobre el Atlántico al norte de Lisboa, nos quedamos bastante rato en la playa al final del día, cuando se fueron los turistas. Unos bueyes, arreados por los pescadores, arrastran varias redes repletas de peces. Las redes emergen del agua poco a poco, el aire se llena de espuma, el sol resplandece ese alboroto plateado. Locos de alegría, los pescadores lanzan sus gorras al viento.

Al final de las vacaciones, pasamos cerca de Carmona, una pequeña ciudad andaluza rodeada de murallas, a cuarenta kilómetros de Sevilla. Justo en esos días, Francesco Rosi estaba filmando allí Carmen, con Julia Migenes, Plácido Domingo y Ruggero Raimondi. De ahí el lamento de mi padre, entre broma y autoflagelación: “Tendríamos que haber parado, os habrían elegido para el coro de los niños.” Como si la levedad de la infancia pudiera ser inmortalizada.

Iván Jablonka (París, 1973) es profesor de Historia en la Universidad París XIII y codirector de la colección La République des Idées, de la editorial Seuil. Entre sus libros destaca Historia de los abuelos que no tuve (publicado en castellano por Libros del Zorzal y galardonado en 2012 con el Premio del Sena­do para libros de historia, el Premio Guizot de la Academia Francesa y el Premio Augustin Thierry), en el que indaga en las vidas de sus abuelos desaparecidos durante la Segunda Guerra Mundial, y sobre todo Laëtitia o el fin de los hombres, coeditado por Anagrama y Libros del Zorzal y recibido con elogios de la crítica.

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