Philip Larkin

LECTURAS | Enredo en Willow Gables, de Philip Larkin (Alias Brunette Coleman)

Publicadas bajo el seudónimo de Brunette Coleman, en estas dos nouvelles Philip Larkin desata sus críticas contra el sistema escolar femenino, al tiempo que experimenta con los géneros en busca de una voz propia como escritor.

Ciudad de México, 15 de junio (MaremotoM).- A partir de los documentos depositados tras su muerte en la Biblioteca Brynmor Jones, de Hull, este volumen recopila parte de la ficción juvenil e inédita de Larkin, escrita bajo el seudónimo de Brunnette Coleman. Creadas básicamente para deleitar a Kingsley Amis y Edmund Crispin, los irreverentes amigos de Larkin en Oxford, estas nouvelles nos trasladan a un internado femenino, remedando las populares novelas sobre colegialas tan de moda en su época. He aquí los primeros balbuceos literarios de Larkin, textos pseudoautobiográficos en los que, usando una voz prestada, da rienda suelta a sus tendencias, explicita su confusa sexualidad y desata sus críticas al sistema escolar femenino, lo que liberó su creatividad y le llevo convertirse en el aclamado escritor y poeta que es hoy en día.

Adelanto de Enredo en Willow Gables, de Brunnette Coleman, con autorización de Impedimenta

Para Jacintha De los percheros del guardarropa nada cuelga ya, / y cerrada está la puerta del aula a cal y canto; / los huecos pupitres lucen opacos de polvo, / y por el suelo, lento, /  se arrastra un rayo de luz hasta que / el sol desaparece por completo. /  ¿Quiénes se peinaban reflejadas en este cristal? / ¿Quién, con una tijera, / en el sopor de una clase de costura estival, / grabó «Elaine ama a Jill» en el alféizar de madera? / ¿Quién tocaba este piano de cuyas claves / la música ya no reverbera? Ay. De las paredes se retiran los avisos, /  y se guardan las actas de manera diligente, /  y las adolescentes se yerguen mañana / de las púberes del presente, / y hasta los grupos de natación pueden disolverse, / las maestras de juegos encanecen inexorablemente. 1943 B.C.

Prólogo

Su camino Prosigue hasta llegar a los confines /  Del Edén, en donde un deleitoso / Paraíso, ahora más cercano, / Coronaba con su verde vallado / Como un rural baluarte la planicie / De un erial escarpado, cuyos bordes / Hirsutos de crecidos matorrales / Y espesa salvajez niegan la entrada; / En la cima crecía insuperable / Una umbría de gran elevación, / Cedros, pinos y abetos y copudas / Palmeras, un bucólico escenario, /  Y a medida que sus ramas subían / Superpuestas, de sombra sobre sombra, / Se ofrecía un boscoso anfiteatro / De una mayestática visión. / Con todo, por encima de sus copas / Surgían los muros del Paraíso / De verdor llenos… John Milton.

El cartero tiene solo una parada entre Mallerton y Priory End, que es cuando se apea de su bicicleta ante las verjas de hierro forjado del Internado Willow Gables para señoritas. El resto del camino puede pedalear a su aire, rodando veloz de parches de sombra a parches soleados —pues cerradas hileras de árboles flanquean las angostas carreteras—, tarareando para sí, o dándole caladas a su pipa, sin otra cosa con la que ocupar la mente que la frescura del aire, el olor de los campos y de las flores silvestres, y el pensamiento de su próximo almuerzo, que será a base de pan con queso en el Saracen’s Head de Priory End. Pero sabe que cuando haya cruzado el río por el puente jorobado divisará, si levanta la vista, la fachada gris de Willow Gables asomándose en la distancia por encima de los árboles, y sabe también que en unos minutos frenará delante de la verja, apoyará su bicicleta contra la jamba de piedra, se echará la cartera al hombro y emprenderá, extravagante figura con pinzas en las perneras del pantalón, el penoso ascenso hacia la casa por el largo paseo de entrada.

Ya sea bajo un intenso calor o bajo la escarcha entumecida, en este paseo el silencio es absoluto, o bien —como en este día de principios de junio en particular— no se oye nada salvo el sonido ocasional del agua goteando de una hoja a otra en un arbusto de laurel y el crujido de la grava bajo las botas. Los árboles son muy altos e impiden que entre la luz, y el cartero ha de caminar durante dos minutos antes de quedar a la vista del internado propiamente dicho. En este punto, el paseo se bifurca para sortear una isleta de hierba y reencontrarse delante de un historiado porche. En el centro de la isleta hay una fuente en desuso y, en el borde, donde arranca la hierba, un pequeño cartel que dice: «Prohibido pisar el césped». El paseo está marcado por los 17 neumáticos del coche de la directora y por las bicicletas del personal, puesto que nadie, aparte de las visitas y del cartero, utiliza el paseo principal. De modo que medran en este la hierba y el musgo, y tiene que ser desbrozado y rastrillado de continuo.

Examinó la alta fachada mientras empezaba a rodear la isleta de hierba. Había sido la típica casa solariega del siglo xviii, pero un emprendedor pedagogo del siglo xix la había reformado de arriba abajo a fin de transformarla en un internado, preservando las amplias estancias de la planta baja para aulas y salas comunes, aunque haciendo gala de una gran libertad a la hora de derribar o levantar tabiques para ampliar o reducir el tamaño de las habitaciones originales, según el caso. En la segunda planta se había aplicado una política similar a las alcobas, y las alargadas buhardillas habían servido de admirables dormitorios comunes, mientras que para las dependencias del servicio se habilitaron los cuartitos trasteros. El siglo xx trajo consigo la mejora del sistema de saneamiento, la instalación de agua corriente, lavabos y demás, y detrás del internado se construyeron laboratorios a un costo nada desdeñable. También se habilitó en aquella parte un patio de recreo, a la vez que los antiguos jardines de la casa pasaron a albergar magníficos y extensos campos de deporte, que descendían en pendiente hasta el río que delimitaba la propiedad del internado por el lado norte. Sea como sea, había merecido la pena: Willow Gables seguía siendo un próspero aunque pequeño internado, disponible para la educación de las hijas de la clase media alta. Solo la fachada palladiana se conservaba íntegra para plantar cara al progenitor curioso o a la alumna nueva y temerosa, y como recuerdo de otros tiempos más refinados y jerárquicos.

Philip Larkin
Editó Impedimenta. Foto: Cortesía

Capítulo 1

Enredos por correo

¿Por qué mostráis tanto empeño en ocultar esa carta? / No sé de nueva alguna, señor. / ¿Qué papel era el que leíais? / No es nada, señor. / ¿No? Entonces, ¿a qué viene ese terrible afán de guardároslo en el bolsillo? La calidad de nada no tiene tal necesidad de ocultarse. Veamos, y si no es nada, no precisaré de anteojos. William Shakespeare

Al llegar a la puerta principal, el cartero alcanzó a oír el débil canturreo de las alumnas de tercer curso a vueltas con el solfeo de la escala. Extrajo un abultado fajo de correspondencia de su cartera y llamó al timbre lamiéndose el bigote  y mirando el cúmulo de negros nubarrones que surcaba el cielo. Cuando se abrió la puerta, se volvió y entregó las cartas a una bonita doncella de quince años que apareció ataviada con uniforme de servicio.

—El correo —dijo de manera escueta, y emprendió la marcha de nuevo paseo abajo.

La doncella cerró la puerta y, con las cartas en la mano, echó a andar con paso decidido por el pasillo de baldosas, los tacones de sus zapatos repiqueteando con prestancia. Se detuvo ante una puerta grande de color blanco y pomo de latón, llamó dos veces, y entró.

—Adelante —dijo la directora de manera distraída, levantando la vista de su escritorio.

—Las cartas, señorita Holden.

—Ah, gracias, Pat —dijo esta mirándolas, mientras la chica las depositaba en una bandeja de correspondencia marcada con la palabra «Entrada»—. Gracias.

La doncella se retiró, y la señorita Holden continuó escribiendo. La estancia era bastante espaciosa y aireada. A través de unas altas ventanas rectangulares se asomaba a la isleta de hierba y al paseo de entrada. Había una gruesa alfombra en el suelo, y las paredes estaban forradas de estanterías repletas de volúmenes de toda clase: vestigios de la antigua biblioteca con encuadernaciones de cuero, libros de texto modernos, manuales de referencia —atlas, una colección de anuarios escolares, almanaques, el Kelly’s Directory, la Enciclopedia Británica y otros— y un gran número de archivadores, todos repletos de documentos relacionados con el internado. Grandes cuadros de estilo sobrio coronaban las estanterías; en un rincón reposaba  un globo terráqueo del siglo XVII. Largas y gruesas cortinas de color rojo colgaban junto a cada una de las ventanas, y había un tirador inutilizado junto a la chimenea de mármol. A un extremo de la habitación, en ángulo recto con la puerta, la señorita Holden se sentaba a su escritorio. Con un teléfono, pilas de documentos, tinteros, lacre, papel de carta timbrado y con escudo y una silla a su lado para las visitas, o para su secretaria, se ocupaba de los asuntos del día. Gastaba gafas de montura de carey para leer y escribir, y hacía esto último apartándose de continuo un mechón de pelo de la frente. No fumaba ni bebía, ni en público ni en privado.

Al cabo, soltó la pluma, pasó el secante sobre lo que había estado escribiendo y dirigió su atención a las cartas, que clasificó en cuatro grupos con la eficiencia de la práctica: ella misma, el personal docente, las niñas y el servicio. El tercer montón era, con diferencia, el más abundante, y escrutó los sobres en busca de señales evidentes de ilegalidad. Solo uno llevaba la dirección escrita a máquina, y la señorita Holden lo estudió con detenimiento. Iba dirigido a la señorita Margaret Tattenham. Al final, cogió un abrecartas de marfil y lo abrió, desplegando el comunicado del interior. No le sorprendió demasiado descubrir que se trataba de una breve nota formal de un tal Arthur Waley, corredor de apuestas hípicas, que decía que estaría encantado de complacer a la señorita Tattenham, en cualquier momento y lugar, facilitándole las cuotas de salida.  La señorita Holden devolvió la nota al interior del sobre y lo depositó sobre su escritorio. Reunió las demás cartas y, cerrando la pesada puerta tras de sí, se dirigió a la hilera de buzones del vestíbulo de la entrada y las fue depositando una a una en sus respectivas ranuras. Luego, tras abotonarse la rebeca de lana, regresó a su despacho, que permanecía caldeado por un pequeño radiador eléctrico incluso a aquellas alturas del año.

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A las once menos cuarto sonó el timbre, y los pasillos y las escaleras del internado se inundaron de chicas, vestidas sin excepción con pichi granate, blusa blanca y medias negras. El efecto, por curioso que parezca, no era de uniformidad: el desfile de tantos rostros diferentes, de tantas tonalidades de cabello, tez y ojos, la disparidad de peinados y el contraste de edades, constituciones y alturas eran tales que un observador se habría sentido deslumbrado por la variedad antes que abatido por cualquier impresión de producción en masa. Las chicas se abrían paso en diferentes direcciones: unas querían ir a un aula, otras a otra; unas subían a trompicones las escaleras, otras forcejeaban para bajarlas; unas salían al patio de recreo brincando en busca de aire fresco, otras se aglomeraban delante del pasaplatos de la cocina para hacerse con leche y unos panecillos; todas tenían un destino y estaban impacientes por alcanzarlo. Unas, además, eran rubias, de mejillas rosa y marfil; otras, de tez bronceada y pelo oscuro. Unas poseían la fresca belleza del mes de abril, con el pelo lustroso y la mirada risueña, pero otras eran robustas y plácidas como vacas.

Todas parloteaban, reían y chillaban con todas sus ganas, empujándose y pellizcándose a medida que la marabunta se zarandeaba de aquí para allá. Las prefectas trataban en vano de poner algo de orden en el rifirrafe. La algarabía no alcanzaba sino de manera muy atenuada el despacho de la señorita Holden, ante cuyo escritorio aguardaba de pie una muchacha de secundaria, de constitución delgada y fuerte y con esa dura y pronunciada belleza etérea tan frecuente en determinados anuncios publicitarios. Llevaba el pelo firmemente recogido hacia arriba con un peinecillo, a la manera neoeduardiana, un estilo que remarcaba sus altos pómulos y sumaba varios años a su edad. Se trataba de Margaret Tattenham.

—Y bien, Margaret —dijo la señorita Holden—, ¿qué es esto? —le tendió la carta arrastrándola por encima del escritorio y esperó mientras la chica la leía. Al terminar, Margaret levantó la vista con una expresión de leve desconcierto.

—Yo de esto no sé nada, señorita Holden.

—Vamos, vamos, me parece poco probable. Cuesta creer que ese hombre pudiera escribirle a usted sin una provocación, ¿no le parece?

—No me lo explico, señorita Holden.

—¿Le suena su nombre? ¿Sabe quién es?

—No, señorita Holden.

—¿Ha hecho apuestas por correo alguna vez?

—Jamás, señorita Holden.

—¿Va usted a las carreras?

—Desde luego. He estado varias veces en las carreras, con mis padres —dijo Margaret—. En mi familia nos encantan los caballos.

—¿Hizo usted alguna apuesta?

—No, señorita Holden. La directora consideró la respuesta.

—Tal vez mi hermano le haya dado a ese hombre mi dirección —aventuró Margaret—. A lo mejor, para poder apostar, tienen como condición que aportes nombres de personas que conoces que podrían convertirse en futuros clientes. Debe de ser una broma.

La señorita Holden volvió a coger la carta y la tiró a la papelera.

—Bueno, sea cual sea la razón, me disgusta mucho que hayan podido enviar una carta semejante a una alumna de este internado. No quiero que conteste a la carta de ninguna manera, ¿está claro? Hay que cortar este asunto por lo sano.

—Sí, señorita Holden.

—Muy bien, puede marcharse. Margaret apretó los dientes furiosa al cerrar la puerta tras ella. Ese estúpido de Waley… ¡Mira que le había insistido en que escribiera la carta a mano! Menos mal que no ponía «Gracias por su amable solicitud de información» ni «En respuesta a su carta» ni nada por el estilo. ¡Jesús!, se dijo Margaret, irritada, mientras caminaba hacia la sala común de cuarto curso. Tendría que ser más cuidadosa en el futuro. El asunto era que Jack le había pasado cierto chivatazo para la clásica de Oaks y deseaba aprovecharlo fuera como fuera. El problema era el dinero. Viviendo en un agujero de mala muerte como Willow Gables no tenía acceso a prestamistas ni nada por el estilo, ni siquiera a una casa de empeños donde poder sacar algo a cambio de su diminuto reloj de pulsera de oro. Y solo faltaban tres días para la carrera. Había que actuar, y rápido. Con el ceño fruncido y mordiéndose el labio torneado, entró indolente en la sala común justo en el momento en el que dos chicas la abandonaban con paso despreocupado. Le dirigieron una sonrisa que ignoró.

—¡El correo! —dijo la más bajita de las dos tirando del brazo a su amiga—. Vamos. ¡A lo mejor alguien te ha dejado una fortuna en herencia!

Corrieron entre risas hasta la hilera de buzones, ante los cuales había ya un tumulto de muchachas que leía con avidez sus cartas o las de sus amigas. La chica bajita tenía buen tipo. Ancha de caderas, lucía una carita infantil encantadora y una melena rubia que se apartaba hacia atrás a intervalos regulares. Llevaba los dedos manchados de tinta, pero sus rasgos combinaban la jovialidad contagiosa con la circunspección, y esto hacía que, en reposo, su rostro resultara muy hermoso. La alta era una chica morena, más esbelta, con el pelo rizado de color negro, los ojos como endrinas y una tez bronceada, y siguió a su amiga hasta los buzones, donde esta última consiguió a duras penas hacerse con un sobre de color malva, dirigido con una caligrafía fluida y errática a la «Señorita Marie Moore, Internado Willow Gables, Cerca de Mallerton, Wilts». Estaba levemente perfumado.

—¿Y esto? ¿De quién será? —exclamó Marie, frunciendo levemente el ceño. Le dio la vuelta a la carta con cautela, como si fuera a encontrarse una babosa en el dorso. Procedió a mirar el matasellos y, finalmente, introdujo con gran lentitud su pequeño pulgar por debajo de la solapa y la rasgó. Al sacar la carta, un billete nuevecito de cinco libras revoloteó hasta el suelo.

—¡Oh! —gritó—. ¿Qué es eso? Corre, recógelo. ¿Es para mí?

Su amiga se agachó para recuperarlo, los ojos negros abiertos como platos, y Marie examinó la carta con rapidez.

—¡Escucha! —dijo—. Es de la tía Rosamond. Y dice así: «Mi querida niñita: John me ha recordado que celebras tu cumpleaños en junio, así que se me ha ocurrido enviarte un detalle para que dispongas de él como te plazca, ya que no recuerdo si eres lo bastante mayor para que te interesen las cosas que suelen gustarles a las jovencitas y, de todos modos, no sé cuál es tu talla. Te deseo lo mejor, en cualquier caso, y pásalo bien. Con cariño, Rosamond. P.S.: Mi próxima novela va dedicada a ti».

¡No me digas que no es un detalle de su parte! —exclamó Marie pletórica, agitado su cabello ambarino. Por su mente cruzó danzando una absurda cabalgata de cosas que podían comprarse con cinco libras: esclavas, raquetas de tenis, vestidos de noche, relojes de pulsera, bicicletas, lencería de seda de la buena, muñecas, montones de jabones y cosméticos, regatos de caro perfume de París o, incluso, las obras completas de sir Hugh Walpole encuadernadas en piel. No había prácticamente nada, se le antojó en ese momento, que cinco libras no pudieran comprar.

—¿Qué haremos con ellas, Myfanwy? ¡Qué maravilloso es tener una tía rica!

—Menuda suerte tienes, vaya que sí —asintió Myfanwy con su voz delicada. En ese instante sintió un gran afecto por Marie—. ¿Qué es lo que más deseas en el mundo?

Todo apunta a que la tía de Marie es la escritora de novelas románticas Rosamond Lehmann (1901-1990).

—Bueno… Marie respiró hondo, y los ojos se le abrieron de par en par. Pero antes de que pudiese responder, una voz afilada cortó la conversación entre ambas.

—¿Qué tienes ahí? ¡Déjame ver! Las dos amigas se volvieron y, de pie, detrás de ellas, vieron la imponente figura de Hilary Russell, una de las prefectas. Era una chica corpulenta, de cuerpo fortachón, labios húmedos y ardiente mirada de descontento, y allí estaba plantada, con las piernas separadas y una mano extendida, solicitando el billete que Myfanwy intentaba ocultar en vano debajo de su falda granate. Se lo tendió de mala gana.

—¡Un billete de cinco libras! ¿De quién es?

—Mío —dijo Marie con desconsuelo.

—¿Tuyo? ¿De dónde lo has sacado?

—Me lo acaba de enviar mi tía por mi cumpleaños. —Y, por supuesto, ibas a enviarlo de vuelta y a informar a tu tía de que a las chicas de los primeros cursos de secundaria no se les permite disponer de más de dos libras de dinero de bolsillo por trimestre, ¿a que sí? Marie no dijo nada.

—Bueno, te ahorraré la molestia —zanjó Hilary con sarcasmo—. Se lo llevaré a la señorita Holden y que se ocupe ella del asunto. Y, ahora —añadió como llevada por la exasperación—, no os quedéis merodeando por aquí; salid a que os dé un poco el aire. Y vosotras, las demás, también. El grupo, que la escuchaba, se dispersó a toda prisa, y Hilary observó a Marie y a Myfanwy salir con el resto de las alumnas al patio, donde una interminable sucesión de chicas desfilaba de aquí para allá en grupos o en parejas con las cabezas muy juntas, o se apoyaba contra los muros a beber leche con pajita. Luego giró sobre los talones y se alejó con determinación en dirección al despacho de la directora. Menuda trabajera era, reflexionó, mantenerse entretenida.

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