Jorge Comensal

LECTURAS | Este vacío que hierve, de Jorge Comensal

Una novela de misterio y zoología, de adicciones y crisis familiares, de fantasmas, crisis climática, agujeros negros y masculinidad desorientada.

Ciudad de México, 24 de octubre (MaremotoM).- El 28 de mayo de 2029, durante una ola de calor, las llamas consumen el Bosque de Chapultepec, el parque donde se encuentra el Panteón Dolores y el zoológico de la ciudad. No parece haber sido un accidente: el fuego comenzó con la hoguera de un hombre vestido de sacerdote en la fosa común del cementerio. En el incendio mueren casi todos los árboles del parque y los animales del zoológico. A partir de ahí, la historia de Rebeca y Karina se cruza con la de Silverio, vigilante del panteón y padre de la precoz activista climática y ecológica, Daenerys.

Estos personajes emprenden caminos de reinvención que pasan por resolver varios enigmas: quién era el sacerdote quemado en el Panteón, cómo consiguió Rebeca la botella de brandy con la que se embriagó, qué les pasó a los padres de Karina hace 18 años, cómo se aparean los tiburones, qué será del huevo de emú que se salvó del fuego y más.

Jorge Comensal
Editó Alfaguara. Foto: Cortesía

Fragmento de la novela Este vacío que hierve, de Jorge Comensal, con autorización de Alfaguara

1. Tokyo

Desde que anduvo perdida entre las tumbas del panteón quemado en busca de sus padres, Karina siente que el polvo de una tragedia cósmica le atrofia el pensamiento. Teme estar perdiendo la memoria, como si la vejez de Rebeca, su abuela, fuera una enfermedad contagiosa. Hace dos meses que se le pierden las llaves, olvida pagar las cuentas —cortaron la luz de su departamento un sábado de julio cuando acababa de encender la lavadora—, sale sin paraguas a la calle. El día de su cumpleaños dejó la cafetera en el fuego hasta que el mango comenzó a gotear plástico negro sobre la estufa. Antier hizo que el universo colapsara frente al seminario de gravitación cuántica —tardó un buen rato en darse cuenta de que se había equivocado al escribir la longitud de Planck—. Hoy no logra recordar si le avisó a su abuela Rebeca que volverá bastante tarde porque Mila, su mejor amiga de la infancia, la invitó a una fiesta mexicana para celebrar el Grito de Independencia.

—No mames —dice Mila—. Qué rico está este sushi.

Karina tiene veinticinco años y Rebeca acaba de cumplir noventa. Una siente que su vida se tarda mucho en comenzar, la otra se desespera porque no llega la muerte.

—¿Verdad? En ningún lado lo hacen como aquí —Karina había vencido la tentación de pedir chutoro, la carne más sabrosa del atún, porque leyó que los pocos atunes que sobrevivían en el Pacífico estaban repletos de microplásticos y metales pesados—. No había venido desde hacía años —su exnovio Mario la invitó a cenar aquí en su tercera cita.

—Nunca había venido a la Zona Rosa —dice Mila—. Literal pensé que había puros antros de mala muerte.

—Este restaurante lleva siglos aquí —el restaurante Tokyo es un fósil viviente de la época en que este barrio era el corazón bohemio de la ciudad; hablar de siglos suele ser una exageración retórica que, si estuvieran en Japón, podría resultar pertinente: Karina ha leído que los hoteles, tiendas y restaurantes más antiguos del mundo se encuentran en ese país insular que la obsesiona desde la adolescencia.

—Está buenísimo. Como a Rosi no le gusta el sushi ya nunca voy —Rosi es la novia de Mila, a quien Karina todavía no conoce.

Mientras su amiga remoja un trozo de sushi en la salsa de soya —la gravedad es tan débil que la capilaridad basta para que la salsa ascienda entre los recovecos del arroz pegajoso—, Karina ve la hora. Son las nueve y cuarto de esta noche de jueves 15 de septiembre de 2030 —aunque la cuenta cristiana de los años resulta útil para fechar conquistas, independencias, epidemias, biografías y graduaciones, su pequeña escala disimula la verdadera edad de la Tierra, las más de cuatro mil quinientas millones de veces que ha girado alrededor del sol.

—Oye, déjame hablarle a mi abuela para ver cómo está. No me acuerdo si le avisé que iba a salir contigo.

Mila le llamó hace diez días para felicitarla por su cumpleaños. Acordaron festejarlo hoy porque ambas estaban muy ocupadas. Karina aceptó ir a la fiesta después de cenar porque necesita distraerse del doctorado y de la pesadilla colectiva desatada por el incendio del Bosque de Chapultepec.

—Doña Rebe —exclama Mila con ternura—, hace años que no la veo. ¿Crees que se acuerde de mí?

La ola de calor que arrasó el país en la primavera revolcó a la capital una noche de mayo. No había llovido en meses. Era la peor sequía registrada.

—Obvio sí —Karina sostiene el aparato contra la oreja—. Siempre le has caído súper bien.

El Bosque de Chapultepec se convirtió en el pastel de cumpleaños de una civilización que festejaba su bochornoso ingreso en la tercera edad. Los bomberos y soldados tardaron cuatro días en apagar todas las velas. El humo se quedó flotando sobre el valle varias semanas.

—Porque no sabe que tú eras mi crush —dice Mila—, si no, imagínate —a Karina le halaga que su amiga se haya enamorado de ella cuando estudiaban la secundaria.

El fuego comenzó en el Panteón Civil de Dolores, donde están enterrados los papás de Karina desde hace dieciocho años. Una hoguera truculenta —la pira sacrificial de un sacerdote cuya identidad todavía no se confirma— fue el origen del siniestro que arrasó con seiscientas cincuenta hectáreas de vegetación reseca y enferma, novecientos mil sepulcros descuidados, la fachada de siete museos y la fauna recluida en el zoológico.

—Eso no lo supo —dice Karina mientras escucha el timbre de espera del teléfono—, pero sí le dije que te dejara de preguntar si ya tenías novio porque no te gustaban los hombres.

Por la mañana del lunes 26 de mayo, Karina vio con horror los videos tomados desde los rascacielos del Paseo de la Reforma. Como espuma de una cerveza agitada por la sed alcohólica de la ciudad reseca, el incendio rebasó las bardas del cementerio público y se derramó con prisa sobre el bosque. Primero se creyó que el fuego no podría cruzar los dieciséis carriles asfaltados del Periférico, pero el incendio engendró su propia tormenta eléctrica y los rayos llevaron el fuego al otro lado de la vía rápida.

—¿En serio? ¿Y qué te dijo? —pregunta Mila con sorpresa—. Nunca me habías contado.

Karina no está acostumbrada a ponerse aretes, por lo que el ruido de los choques de la arracada de plata contra la pantalla del celular la desconcierta.

Su abuela no contesta. Al colgar confirma haberle llamado a “Vera R” —para evitar extorsiones, si llegaran a robarle su celular, bautizó el contacto de su casa con el nombre de la astrónoma que descubrió la incongruencia entre la masa visible de las galaxias y su velocidad de rotación. A Vera Rubin le atribuyen el descubrimiento de la materia oscura, pero Karina está convencida de que esa sustancia es un mito y que el extraño comportamiento galáctico que descubrió la astrónoma a la que le está llamando se puede explicar mejor con una nueva teoría de la gravitación universal, como la que ella misma está construyendo.

—¿Qué? Perdón.

Vuelve a marcar, esperando que su abuela ya se haya acercado lo suficiente al teléfono para alcanzar a contestarlo. Hace tiempo le compró un aparato inalámbrico, pero siempre se quedaba sin pila y la artritis le impedía a la anciana marcar los botones para contestar y hacer llamadas. Tras el fiasco, Karina reconectó el teléfono de disco con el que su abuela llevaba cuarenta años, una reliquia de baquelita amarilla cuyo auricular es tan pesado que podría usarse como mancuerna para fortalecer los bíceps, lo cual ayuda a evitar que se quede mal colgado.

—¿Qué dijo tu abue cuando le contaste que no me gustan los vatos?

Uno, dos, tres, cuatro timbres y se activa el buzón de voz que Karina nunca ha abierto.

—No me acuerdo —dice Karina, distraída, pensando en que su abuela a veces llama al 030 para pedir la hora y se enfrenta con la penosa realidad de que la compañía telefónica ya no ofrece ese servicio.

Cuando se enteró de que se había quemado el panteón donde estaban enterrados su hijo y su nuera, Rebeca se empeñó en llamarle a su sobrino Francisco para pedirle que fuera a ver si la tumba estaba bien. Karina le tuvo que repetir varias veces que la policía había desalojado las colonias aledañas al bosque y que nadie podía acercarse sin autorización a la zona.

—Bien linda —dice Mila—, me acuerdo que le encantaba llevarnos a comer helado —ellas pedían helado de limón o de frambuesa, su abuela de rompope. Era la única forma aceptable de ingerir alcohol cuando estaba a cargo de dos niñas de diez años de edad.

—Sí. Todavía le encanta —Karina marca por tercera vez a Vera R.

—¿No te contesta?

—No —dice Karina con una vocal prolongada por la inquietud.

—Seguro está hablando con alguien. Me acuerdo que era súper platicadora.

Desde hace muchos años las únicas personas que llaman al departamento son los vendedores telefónicos y la propia Karina, para recordarle a su abuela que le dejó un tamal dentro del microondas o que se tiene que tomar las pastillas que le dejó en un platito junto a un vaso de agua en la repisa. Nadie más le llama a Rebeca: sus hermanas y comadres ya murieron. Francisco, el único pariente que tienen en la ciudad, sólo las busca en diciembre para invitarlas a cenar en Nochebuena. Aparte de su sobrino, la única persona con la que Rebeca socializa es su vecina Maru, que aprovechó el puente festivo del 16 de septiembre para visitar a su familia de Celaya.

—Pero no suena ocupado, sólo no me contesta —ya tuvo tiempo suficiente para levantarse de la cama o salir del baño; todavía es temprano y su abuela nunca se acuesta antes de las once—. Está raro —hace años que su abuela ya no se embriaga; no tiene fuerza para salir a la calle ni dinero para encargar que le compren su adorado whisky—. Ya me preocupé.

A Rebeca le gusta llamarle a su vecina para invitarla a comer tlacoyos o a tomar chocolate. Karina la deja leer el número impreso en letras enormes y marcar los diez dígitos como un ejercicio psicomotriz. Su abuela se equivoca con frecuencia. A veces le contestan personas desconocidas, a veces una voz tan amable como sintética le informa que “El número que usted marcó no existe”. Aunque sabe que se trata de una grabación automática, la anciana se disculpa con ella y vuelve a empezar el calvario anacrónico de girar el disco diez veces. Karina teme que un día su abuela llegue a ser tan olvidadiza que se pase media hora girando el disco y termine llamando a otro continente, planeta, galaxia o dimensión —¿qué clase de números, se llegó a preguntar con su exnovio, harían falta para llamar a los dioses? ¿La raíz cuadrada de menos uno, todos los decimales de Pi, los números transfinitos de Cantor?

—No te preocupes —le dice Mila—. Seguro se quedó dormida o algo.

O algo: con la ceguera y los achaques, el tedio y los duelos acumulados, su abuela le llama a la muerte cada vez más seguido. Karina sospecha que ya le contestó.

2. Ola de calor

Una luz de atardecer a medianoche inundaba la caseta de vigilancia cuando las trompetas del himno nacional despertaron a Silverio. Le había tocado cubrir el turno vespertino del 25 de mayo de 2030 en la entrada principal del Panteón Civil de Dolores, a la que solían asignarse dos veladores nocturnos, para que uno permaneciera en la caseta mientras el otro hacía rondas periódicas. Como su compañero se había reportado enfermo debido a una intoxicación provocada por un coctel de mariscos, Silverio permaneció apostado en la caseta y se quedó dormido viendo la décima segunda entrega de la saga Rápido y furioso mientras las llamas engolfaban el cementerio. Arrullado por los gritos, disparos y explosiones de la película, no se percató de lo que pasaba afuera.

Mas si osare un extraño enemigo —lo primero que hizo fue buscar el control remoto de la televisión para apagarla y seguir durmiendo— profanar con su planta tu suelo…

Silverio sabía que a doscientos metros de donde él se encontraba yacían bajo la misma loza los restos del músico catalán y del poeta incestuoso que compusieron el himno mexicano: Jaime Nunó y Francisco González Bocanegra. A pesar de que en la Rotonda de las Personas Ilustres, inaugurada en 1876 para rendir tributo perpetuo a los cadáveres más egregios de la patria, había difuntos con relaciones más estrechas que ellos —Julián y Nabor Carrillo eran padre e hijo, Alfonso y Antonio Caso eran hermanos, Melchor Ocampo era suegro de José María Mata—, los únicos que compartían sepulcro eran Nunó y González Bocanegra, cuya novia —que según la Wikipedia también era su prima— lo encerró con llave para obligarlo a escribir los versos que resonaban en la caseta de vigilancia mientras él se despabilaba del sueño macerado por el toque de mariguana que había fumado antes de cenar.

También sabía que Nunó había venido a México invitado por el dictador Antonio López de Santa Anna, cuya pierna mutilada había sido enterrada con honores en el Panteón del Tepeyac. Puesto que sabía estos y muchos otros datos sobre los residentes de la Rotonda, sus colegas lo llamaban Chiquinerd, apodo que lo incomodaba debido a la alusión a su baja estatura. Su erudición no se limitaba a la biografía de la centena de personalidades que yacían en la Rotonda; podía mencionar que los restos de José Guadalupe Posada, el caricaturista famoso por sus dibujos de la esquelética Catrina, habían sido depositados en la fosa común, y que la fotógrafa Tina Modotti —la única persona enterrada en el Panteón Civil a la que Silverio había visto desnuda, gracias a las fotografías que le tomó un estadounidense— había sido amiga de la famosísima pintora Frida Kahlo.

Antes de apagar la televisión, Silverio notó que un teatro de sombras rojizas bailaba sobre el mapa del panteón, una telaraña de calles cuyo centro era la Rotonda y en cuyo extremo irregular se encontraban las fosas donde inhumaban a los muertos anónimos de la capital. El cementerio “más grande de Latinoamérica”, según presumía un cartel junto a la entrada, estaba conformado por doscientas cincuenta hectáreas de mausoleos, criptas y lápidas que colindaban al sur con la avenida Constituyentes; al oriente, con la segunda sección del Bosque de Chapultepec, y al noroeste con la profunda barranca que separaba la necrópolis de las Lomas de Chapultepec, el barrio más pudiente de la urbe.

Piensa, ¡oh patria querida!, que —el cielo brillaba de un color rojo marciano.

¿De dónde venían esas luces fluctuantes? Silverio giró hacia la ventana y en vez de las tinieblas habituales afuera de las oficinas del cementerio se encontró con una pared de lumbre y humo.

—Verga —murmuró mientras los soldados muertos que el cielo le había dado a la patria en cada uno de sus hijos se convertían en llamas y marchaban al compás del himno:

—¡Para ti las guirnaldas de oliva,

un recuerdo para ellos de gloria,

un laurel para ti de victoria,

un sepulcro para ellos de honor!

Silverio cerró los ojos deslumbrados y al sobrevolar las calles del panteón —montones de hierba seca, ataúdes deshechos, veladoras derretidas, árboles cubiertos de heno, botes de basura repletos de botellas de plástico y flores muertas, colillas de cigarros, encendedores, jeringas abandonadas por la multitud de adictos que a diario buscaban privacidad entre las tumbas— se dio cuenta de que la cama estaba tendida para una orgía de fuego.

3. La visita

Karina sube las escaleras corriendo, llega jadeando a la puerta de su departamento, ubicado en el primer piso del edificio 26 de la unidad habitacional El Altillo, introduce la llave en la cerradura y en vez de girarla se demora en el gesto ocioso de frenar el péndulo inestable del llavero —se trata de una reproducción metálica del timón del primer barco de los piratas de sombrero de paja, protagonistas del manga One Piece; ese llavero es el único accesorio que revela la identidad otaku de Karina—. El timón se queda quieto y Karina ya no sabe cómo postergar la entrada. Teme encontrar a su abuela en un estado irreversible de equilibrio térmico con el ambiente. El ácido láctico le quema los muslos. Hace siete años, cuando se mudaron a este departamento para que Karina estuviera cerca de la universidad, ni a su abuela ni a ella les pareció grave que hubiera que subir un tramo de escaleras para llegar. Rebeca tenía ochenta y tres años y estaba acostumbrada a subir y bajar escaleras en su casa de la colonia Clavería. No previeron que las escaleras no tardarían en volverse un tormento para las rodillas de la anciana y para la impaciencia de la joven.

Por fin gira la llave y empuja la puerta. La recibe una penumbra agorera. Rebeca es alérgica al silencio, por lo que siempre tiene encendida la televisión o la radio. Karina entra sin encender la luz y deja las llaves sobre la mesa del comedor —el mueble de caoba obstruye la entrada porque no fue hecho para un domicilio tan pequeño.

El primer lugar donde su mirada busca es la mecedora. Está vacía, lo cual incrementa el temor de encontrar a su abuela derrumbada en una posición abyecta. Las pupilas de Karina se dilatan y registran un bulto sobre la alfombra, entre la sala y la cocina. Como suele pasarle, su mente se adelanta a los sentidos. Ya piensa en la mudanza: no puede pisar todos los días el lugar donde murió su abuela. Rentará un departamento en otra unidad. Tal vez en la Villa Olímpica, al otro lado de la Ciudad Universitaria. Por fin descansará del suplicio de los columpios que siempre rechinan debajo de su ventana. Ya no tendrá que lidiar con las conspiraciones vecinales ni con el fisgoneo constante de la vecina Maru.

Con cada paso avanza varios meses, hasta que se muda al extranjero para hacer un posdoctorado.

—¿Quién eres? —la interrumpe una voz deforme y resbalosa que reconoce de inmediato. A su abuela no la derrumbó la muerte sino su vieja amiga, la bebida.

Karina no responde. La castiga con el silencio por haberla sometido a este suplicio. Se acerca a ella sin prender la luz. El teléfono refleja el brillo ambarino del farol que se filtra por la ventana. El auricular se encuentra bien colgado. ¿De dónde sacó el alcohol? ¿Quién pudo venir a visitarla la tarde del 15 de septiembre? Sus tíos jamás cruzarían la ciudad en viernes —o tal vez andaban por el rumbo y decidieron pasar a saludarla.

—¿Quién eres? —repite su abuela con la cabeza alzada al ver que la silueta oscura se acerca cada vez más, haciendo un ruido poco familiar con los incómodos tacones que Karina se puso para lucir más atractiva en la fiesta a la que ya no pudo ir.

¿Quién es? Sabe que su nombre completo es Karina Miranda López. Su número de estudiante es MLK07051660C. Le fascina la cultura japonesa. Está convencida de que la teoría de la relatividad general es inadecuada para entender la verdadera naturaleza de la gravedad.

—¿Cómo te atreves a pisar esta casa? —su abuela, adoctrinada por las telenovelas, es proclive a la exageración dramática—. Tú no tienes vergüenza —¿con quién creerá que habla en su delirio etílico? Karina podría sacarla del error, pero el resentimiento y la curiosidad cierran sus labios—. Si la vienes a buscar… la niña no sabe nada —probablemente “la niña” es ella misma, a quien su abuela sigue viendo como la nieta que tuvo que adoptar de siete años —. ¡Lárgate! —el grito la toma desprevenida; Karina da un paso atrás y está a punto de perder el equilibrio—. Después de lo que hiciste, ¿cómo te atreves? —el discurso de su abuela empieza a asustarla. ¿De qué está hablando?—. Todo se paga en este mundo, por eso no te vas… lo que le hiciste a mi hijo no tiene perdón —¿quién será esa mujer a la que odia y qué pudo haberle hecho a su papá hace tantos años, antes de que él muriera junto con su mamá en el accidente?—. ¿Me oíste? Todo lo que le hiciste, eres una gata —la insulta con una familiaridad desconcertante—. Pero la niña no tiene por qué… ella no sabe nada —Karina intuye que su abuela habla con el espectro de su nuera y que ella, una silueta negra de tacones, es el fantasma de su propia madre—. Lárgate de mi casa —la creencia de que está en su casa es un síntoma común de la embriaguez—, malnacida. Lárgate de aquí —ya no es una orden sino una súplica.

La anciana se queda sin energía y vuelve a apoyar la cabeza en el suelo. Ya no intenta confrontar a la intrusa ni levantarse. Farfulla la oración del ángel de la guarda que rezaba con Karina todas las noches cuando era niña. Mi dulce compañía, no me desampares, ni de noche ni de día.

“La niña no sabe nada”, “lo que le hiciste a mi hijo”, ¿de qué estaba hablando su abuela? No puede creer que Rebeca Sánchez Culebro, la mujer más indiscreta de la Tierra, le haya escondido un secreto de importancia por tanto tiempo. ¿Qué pudo hacer su madre para que su suegra la odiara tanto? Este rencor explica la obstinada negación de su memoria. Su abuela jamás menciona a su nuera difunta. Actúa como si no hubiera existido. Karina lo atribuye a su enconado clasismo, a su desprecio por el origen humilde y provinciano de la jovencita de Tijuana que en vez de migrar a Estados Unidos con el resto de su familia se mudó a la capital para estudiar ingeniería en el Politécnico y abandonó los estudios para casarse con Carlos Miranda Sánchez, un hombre casi veinte años mayor que ella.

“La niña no sabe nada”, pero aspira a saberlo todo: el origen y el destino del universo, el peso atómico del oro y el deuterio, la cantidad de estrellas congregadas en el cúmulo de galaxias donde se encuentra el sol. ¿Qué le hizo su madre a su papá? ¿Por qué, si la odia tanto, la encubre su abuela? Karina no recuerda mucho sobre sus padres. Él era un señor borracho; ella, una joven alegre. ¿Y por qué le habla a su sombra con tanta seguridad, como si no hubiera muerto en el coche amarillo en el que chocaron sus papás hace dieciocho años?

Karina se acerca a la pared y enciende la luz. La transformación de la sala es tan violenta como la que sucedió a los trescientos mil años de edad del universo. Los fotones escaparon de la cárcel del plasma primigenio, clara del huevo cósmico que se sigue cociendo en el sartén.

—¡Ay! —grita Rebeca, herida por la luz. Se cubre los ojos con el antebrazo derecho.

Sobre la mesa hay una botella de whisky casi vacía. Glenfiddich, dieciocho años, una sola malta. Karina acompañó tantas veces a su abuela a la vinatería que reconoce la lujosa condición de esa botella. ¿Quién se la regaló?

—¿Te duele algo? —Karina se lo pregunta desde lejos, preocupada por las lesiones que la anciana haya podido sufrir en la caída. Pocas cosas teme tanto como que se rompa la cadera, quede incapacitada y cuidarla se vuelva un trabajo de tiempo completo.

—Mi hijita —dice con ternura la anciana—, ya llegaste. Qué bueno. ¿Cómo te fue en la escuela?

Son las once y media de la noche. Hay pedazos de una taza rota en el pasillo que separa la sala de la cocina. Su abuela bebe en taza desde que la artritis le impide rodear un vaso con firmeza. Karina levanta las conchas de cerámica y las lleva al bote de basura. Se fija en el contenido de la bolsa negra: nada fuera de lo normal. En el fregadero hay un vaso. Karina lo levanta y lo huele: también contuvo whisky. Alguien tomó con su abuela. Busca huellas de pintura labial, pero no las encuentra.

Rebeca se queja, tratando de levantarse. Si se hubiera fracturado un hueso ya sentiría el dolor.

—Se me bajó la presión. Yo creo que es algo que comí.

Entre las justificaciones para sus desfiguros alcohólicos, la más socorrida es que se le bajó la presión o el azúcar; que ya se va a acostar, aunque sean las cuatro de la tarde, porque el analgésico que se tomó para el dolor de las articulaciones le dio mucho sueño.

—¿Quién te vino a ver?

Una alarma le avisa a Karina que acaba de recibir un mensaje de WhatsApp.

—Nadie. ¿Quién se va a acordar de esta pobre vieja?

Mila le acaba de escribir para preguntarle cómo encontró a su abuela.

Se siente mal del estómago. Me voy a tener que quedar con ella 🙁

—¿Y entonces de dónde salió esta botella?

Karina levanta el whisky y se lo muestra. Su abuela sigue en el suelo. Karina no puede ayudarla a levantarse en este estado. Tendrá que arrastrarla hasta su cuarto y tratar de subirla a la cama.

—No sé —la interrumpe el hipo que detona su esófago irritado por el alcohol.

—¿Cómo que no sabes? Casi se acabaron la botella. Dime.

—No vayas a tirar ese chorrito —dice la anciana, tratando inútilmente de salvar el whisky que la llevó a este estado—, qué tal que un día se ofrece.

—Si no me dices quién te la trajo la voy a tener que tirar —lo ha hecho muchas veces: vaciar el apestoso contenido de las botellas en la tarja de la cocina o el escusado.

—Yo creo que fue un regalo que estaba guardado por ahí. Pero no me acuerdo quién me lo dio. Ya no sirvo para nada y Dios que no se acuerda de mí.

Tal vez él también padece demencia senil o ha bebido demasiado. Tal vez la gravedad es un efecto de su borrachera cósmica. Mientras su abuela farfulla lamentaciones, Karina se prepara para arrastrar el bulto anciano de su cuerpo hasta su cuarto.

4. Tepo

Tan pronto como pudo sustraerse de la atracción hipnótica del fuego, Silverio se dispuso a llamar a los bomberos. Los contactos de emergencia estaban clavados en la pared, pero no podía leerlos porque la huella verde de las llamas se había quedado ardiendo en sus retinas. Parpadeaba mucho, tratando de limpiarse los ojos de la impronta visual del incendio, pero su resplandor seguía cegándolo. Decidió llamar por radio al compañero asignado a la caseta norponiente, donde se encontraba el crematorio para mascotas. Silverio temía que, como se acostumbraba en el cuerpo de vigilancia, el guardia asignado a esa remota puerta del panteón se hubiera ido a dormir a su casa después de firmar la lista de asistencia.

Te puede interesar:  El gran año de Margo Glantz

—Aquí, dos veintidós, emergencia en la puerta uno, cambio —la estática del radio ronroneaba; el compañero seguramente estaba bien dormido en su casa, con la alarma puesta para levantarse a las cinco de la mañana, ponerse el uniforme y volver al panteón para el cambio de turno—. Aquí —gritó en el radio—, repito, hay un incendio en la entrada principal, cambio —¿a quién le habría tocado esa caseta? El jefe de vigilancia tenía la política de no asignarle turnos nocturnos al personal del sexo femenino, así que el holgazán ausente tenía que ser el Tinder, el Yanimodo, Lord Petacas o don Jacinto.

Nada. Se le ocurrió llamar al 911 en vez de a los bomberos. Las autoridades mexicanas habían copiado el número de emergencias estadounidense; gracias a las películas todo el mundo se lo sabía. Marcó los tres números y le contestó una voz automática: “Para comunicarse con la policía, marque uno; para solicitar una ambulancia, marque dos; para pedir apoyo a Protección Civil, marque tres”. Silverio marcó la última opción y los resabios de la mariguana hicieron que el tiempo de espera se dilatara tanto que colgó antes de que le contestaran en Protección Civil. Lo aterraba el rabioso avance de las llamas, que ya estaban cercando el monumento fúnebre del presidente sonorense Plutarco Elías Calles, cuyos restos áridos habían sido trasladados al Monumento a la Revolución en el remoto año de 1969.

En ese momento se acordó de su amigo el Tepo, residente clandestino del panteón desde 1985, cuando el amor de su vida pereció en el terremoto de magnitud 8 en la escala de Richter del 19 de septiembre.

A esas horas de la noche el Tepo ya debía estar noqueado por el alcohol en su domicilio, la suntuosa cripta Limantour. Como el acaudalado patriarca de la familia Limantour se fue al exilio con Porfirio Díaz y sus herederos se olvidaron de México al emparentarse con la nobleza francesa, castellana y austrohúngara, la inmensa construcción gótica sólo llegó a ser ocupada por el diminuto féretro de su hijo muerto en la cuna. Además de ser ministro de finanzas durante la mayor parte de la dictadura porfiriana, el engominado Limantour se había encargado del mejoramiento del Bosque de Chapultepec en la última década del siglo XIX —había triplicado su extensión comprando los terrenos que circundaban el Panteón Dolores—, por lo que resultaba natural que quisiera alojar los restos de su familia en una glorieta en la parte más elevada del cementerio, desde donde podría gozar a perpetuidad de una vista privilegia del castillo y el bosque.

Alojado en su palacio porfiriano, el Tepo vivía sin aprietos gracias a las donaciones que le hacían los miembros de la economía informal del cementerio: vendedores de flores y botanas, refrescos y cigarros, así como los narcomenudistas de cuyas contribuciones dependían los vigilantes para completar su ingreso quincenal.

Cuando el Tepo llegó al panteón en los años ochenta se dedicó a vender fierro viejo sustraído de las tumbas abandonadas, heno y musgo para los nacimientos navideños y veladoras vacías para las cantinas donde expendían mezcal; la más extraña de sus mercancías eran los caracoles que recolectaba de madrugaba y que llevaba a los restaurantes españoles donde los cocinaban.

—Un día va a temblar otra vez —le advertía el Tepo a Silverio cuando vagaban juntos entre las tumbas—. Y esta ciudad se va a ir todita a la chingada.

De tanto augurar un sismo, el Tepo no vio venir el fuego que desde las copas de los árboles más altos del panteón le hacía cosquillas rojas al cielo despejado de la ciudad.

Silverio se puso las botas y se amarró las agujetas con premura. Al salir de la caseta se enfrentó con el rugido aterrador del fuego, acompañado por el crepitar de la leña y el salpicado grito de las piedras quebrándose por el calor.

Como la calle que conducía a la cripta Limantour ya estaba cercada por las llamas, tuvo que dar un enorme rodeo. A los ochenta metros de carrera se le aflojó una bota y tuvo que apoyarse sobre la tumba de María del Carmen Lobatón Segovia —muerta de doce años en 1915— para volver a ajustarla.

Un par de cuadras más adelante lo frenó el terror cuando se encontró con un arco de fuego sobre la calle, formado por un cedro cubierto de heno y una jacaranda pelona —la sequía había retrasado la floración y apenas le empezaban a nacer hojas verdes.

Para rodear ese obstáculo tuvo que saltar sobre numerosas lápidas antes de volver a correr, perseguido por las llamas, por la calle que conducía a la cripta de su amigo.

La puerta de metal estaba emparejada, sin el candado que el Tepo le ponía cuando se iba de vago a la ciudad. Silverio la empujó y se asomó al hueco de oscuridad de donde manaba el olor agrio de la suciedad añeja. El fuego aún no alcanzaba ese cuadrante, pero el ruido de los árboles en llamas le impedía distinguir si el Tepo respiraba dentro de la cripta. No tenía forma de iluminar la fosa. ¿Cómo no se le ocurrió agarrar su celular antes de salir de la caseta?

—¡Tepo!

El olor del humo le despertó recuerdos de la operación realizada para retirar un panal de abejas que se había instalado en el hueco de un pirú cerca del Santuario de las Víctimas del Aborto, construido por una secta ultracatólica en el lote privado de la familia del presidente Pascual Ortiz Rubio. Los apicultores habían usado ahumadores para aturdir a las abejas y extraer el panal del hueco. Silverio miró el proceso desde lejos, porque no dejaron acercarse a nadie que no tuviera overol blanco, sombrero con velo y guantes de carnaza. Cuando encontraron a la reina bastó con encerrarla en una jaula diminuta y colocarla dentro de la caja para que el resto del panal se precipitara hacia ella. Una vez congregada la mayor parte del enjambre, colocaron la tapa y la sellaron con cinta adhesiva. Se llevaron el panal a Xochimilco y el monumento dedicado a los no nacidos quedó apestando a humo, como si se hubiera incendiado.

—¡Tepo! —Silverio golpeó la puerta metálica de la cripta tan fuerte como pudo—. Despiértate. Se está quemando todo.

Silverio no daba crédito a su mala suerte. De haber estado viva, su mascota Pancha lo habría despertado a tiempo para llamar a los bomberos antes de que la conflagración pirológica —como le habían llamado a los incendios en un curso de protección civil que les habían dado en la alcaldía— se saliera de control. Si no hubiera bebido la sangre envenenada que los brujos santeros dejaron como ofrenda para un muerto al que deseaban invocar, Pancha habría estado junto a él en la caseta y habría ladrado hasta llamar su atención. Era una perra lista y atenta, ideal para realizar labores de vigilancia, parda, canosa, flaca y chaparra como él. Tenía los sentidos tan aguzados que no importaba en qué parte del panteón anduviera, siempre bajaba corriendo a recibirlo cuando Silverio llegaba a trabajar.

Un día se la encontró con el hocico manchado de sangre. “¿Qué te comiste?”, le preguntó a la perra que movía la cola frenéticamente. Siguió el rastro colorado hasta la ofrenda que habían dejado en la tumba de Wilfredo Rosas Pérez, muerto apenas en 2026. Había plumas de gallina de Guinea, hojas de tabaco y una serie de símbolos pintados sobre la lápida con lo que seguramente era carbón de hueso humano —a Silverio le había tocado extorsionar a un par de vendedores del Mercado Sonora que habían ido al panteón a recolectar materia ósea—. Al rato Pancha se empezó a convulsionar. La levantó en brazos y corrió a una clínica veterinaria que había visto en Tacubaya. Ella vomitó en el camino y cuando llegaron al consultorio la perra ya había expirado. Sus restos descansaban al pie de la tumba donde la había encontrado, junto a los huesos de la señora Ana Francisca Villamil Hernández, de quien heredó el nombre de Pancha.

—¡Tepo! —golpeó la puerta de la cripta y gritó asomado a la boca oscura del palacio subterráneo.

El entierro canino se llevó a cabo en lunes, pues era el día que el panteón estaba cerrado al público. Silverio abrió la fosa con la pala que le prestó Pablo “el Sepulturero” Munguía, campeón latino welter de boxeo y trabajador veterano del panteón. El Tepo lo acompañó en la ceremonia y, como ninguno de los dos se sabía plegarias fúnebres, el viejo entonó canciones de José José mientras el otro echaba tierra sobre la Pancha.

—Qué triste fue decirnos adiós, cuando nos adorábamos más, hasta la golondrina emigró, presagiando el final.

El Tepo vertió refresco de naranja mezclado con alcohol etílico sobre el túmulo y brindó con un trago por la memoria de Pancha Chiquinerd —la ocurrencia de usar su apodo como apellido de su mascota conmovió a Silverio, que a pesar de tener una hija humana de trece años, no se había sentido nunca como un padre.

Por último Silverio colocó sobre la tierra un ramo de claveles usurpados a otra tumba.

—¡Tepo!

Las llamas estaban cada vez más cerca. No podía seguir perdiendo el tiempo. Se metió a la cripta, decidido a sacar a su maloliente amigo en calidad de bulto. Silverio no estaba listo para morir. Mantenía a su madre, que seguía deprimida por la muerte de su esposo, y a su hermano mayor, que estaba preso en el reclusorio de Almoloya de Juárez porque se había estampado contra un poste mientras huía en motocicleta de la escena de un multihomicidio en territorio enemigo. Además de esas responsabilidades, no quería que su muerte le diera la razón a su exmujer respecto a la inconveniencia de trabajar en un cementerio. Ésa había sido una de las semillas de su separación. Primero Yadira le había exigido que dejara de trabajar en la recolección de basura, como lo había hecho el padre de Silverio toda la vida, porque no le parecía higiénico para su hija recién nacida. Le hizo caso y gracias a la recomendación de su padrino, que trabajaba como barrendero en las oficinas de la alcaldía, consiguió una plaza de vigilancia en el Panteón Dolores. A Yadira le pareció que el nuevo empleo de su pareja era más vergonzoso e insalubre que el anterior. Aunque la volubilidad de los horarios era desgastante, el trabajo consistía principalmente en ver la televisión y pasear por un bosque repleto de arte funerario e historia nacional, por la cual Silverio manifestaba un gran interés. Además de la Rotonda de las Personas Ilustres —sobre la que pasó muchas horas leyendo en la Wikipedia—, ahí estaba el lote del Colegio Militar, de los diputados constituyentes de 1917, de los aviadores que pelearon en la Segunda Guerra Mundial, de los inmigrantes italianos y alemanes. Aparte del salario y las prestaciones de ley, gozaba de los sobornos y las dotaciones gratuitas de las sustancias recreativas que se comerciaban al interior del cementerio. Era un ensueño al que no estaba dispuesto a renunciar. Antes de que su hija Daenerys cumpliera tres años de edad, Silverio y Yadira ya habían roto su concubinato.

—¿Tepo?

Al tantear las colchas tibias en el nicho donde dormía su amigo, Silverio recordó que últimamente se quejaba de que no podía dormir en su cama por culpa de la ola de calor. “Pinche horno —se lamentaba—. Parece que le subieron a la flama del infierno, me cae de madre.” Esa noche seguramente se había quedado dormido al aire libre, en la fosa de las víctimas del terremoto donde yacía su esposa, desde donde resultaba muy fácil escapar del panteón por la barranca. Silverio, mientras tanto, había ido a meterse con desinterés suicida en la panza abrasadora del dragón.

5. Gravedad

¿De qué le sirve a Karina comprender tan bien la gravedad si no la puede domar cuando más lo necesita? El esfuerzo de arrastrar a su abuela por el pasillo la ha dejado exhausta y antes de hacer el intento de subirla a la cama toma un descanso mientras la anciana balbucea reclamos incoherentes con la cabeza apoyada contra el costado del colchón.

—Es la primera vez en toda mi vida, porque yo no te crié así para que me zangolotees, ¿quién, quién te crees que eres, niña?

Karina está segura de que el espaciotiempo no se curva por efecto de las masas sino que se difunde y arremolina como una gran marea de vacuidad.

—Oye —le dice a su abuela casualmente, tratando de relajarla para que le confiese quién vino a verla—, cuéntame cómo te la pasaste, de qué platicaron.

El vacío no es dócil. Se opone a los cuerpos que lo penetran. Por eso las galaxias se compactan y huyen, por eso la masa gravitatoria de su abuela se niega a dejar el suelo.

—Le dije que mejor así lo dejáramos, como si no hubiera pasado nada y ya. Muchas gracias, buenas noches.

—¿A quién le dijiste eso?

—¿A quién va a ser? Zonza.

A pesar del aplomo que ha ganado con los años, los cándidos insultos de su abuela la enfurecen y lastiman de forma desproporcionada.

—No sé, dime —tal vez el coraje le ayudará a invocar la fuerza necesaria para levantarla.

—Te lo voy a contar para que me entiendas. Yo amé solamente una vez en la vida. Yo no sabía nada de nada, pero cuando llegó Ramiro y preguntó que quién era el dueño de la finca, yo supe que él ya era dueño de mi corazón —su abuelo Ramiro visitó Tabasco para hacer estudios geológicos en busca de yacimientos petroleros—. Entonces yo me quedé pasmada. Señorita, ¿se encuentra usted bien? —Karina no tiene la paciencia para escuchar por enésima vez el relato de cómo se enamoraron sus abuelos, así que termina su pausa y se prepara para el levantamiento olímpico.

—¡Suéltame! —le grita Rebeca cuando le pasa los brazos por debajo de las axilas.

El fotón es el archienemigo del gravitón. Por eso se evitan con tanto ahínco. Mientras que el primero huye por el espacio a toda velocidad, sin que lo toque el tiempo, el otro se queda quieto, imperceptible, y para cambiar sólo se multiplica.

—Te voy a subir a la cama. ¿Okey?

Karina aguanta la respiración y aprieta los glúteos, empuja con las piernas, jala con la espalda, el universo entero se resiste a este divorcio entre su abuela y el planeta. Karina puja, tensa, siente cómo se le llena el rostro de sangre. Apenas logra separar a su abuela unos centímetros del suelo y la vuelve a bajar.

—¡Ay! —se queja Rebeca, adolorida por el sentón.

—No grites —le ordena, enfurecida por la vergüenza de que los vecinos oigan el zafarrancho y crean que alguien le está haciendo daño a la inofensiva abuelita del departamento 103.

—¿Así me pagas todo lo que he hecho por ti? Es que lo traes en la sangre.

—Te estoy tratando de acostar porque te pusiste peda.

—¿Yo? Para nada. Y no me vuelvas a decir así porque yo sí te doy tu cachetada.

Los borrachos se parecen mucho a los niños pequeños en cuanto a su cinismo, falta de coordinación motora, desinhibición e irritabilidad. ¿Por qué, si Rebeca se ha embriagado tantas veces, nunca había sido tan indiscreta como esta noche? Karina debe agradecérselo a quien sea que la haya visitado con ese licor tan distinguido. De algún modo que todavía no entiende, las palabras que su abuela le dirigió a la sombra están vinculadas con la muerte de sus padres y la activación de su recuerdo, con el incendio del panteón.

—Te voy a volver a levantar y si no me ayudas te vas a quedar toda la noche en el piso. ¿Eso quieres?

—Quiero que me pongan con mi esposo y no volverme a levantar.

La anciana respira con dificultad debido al efecto depresivo del alcohol en el sistema nervioso; como siempre que se embriaga, esta noche roncará escandalosamente y su nieta tendrá que ponerse tapones en los oídos para conciliar el sueño.

—¿Estás lista? Voy a empujarte contra la cama.

Karina podría bajar a la caseta de vigilancia y, además de preguntar si vieron a alguna persona sospechosa entrar a la unidad con una botella en la mano, solicitar que la ayuden a cargar a su abuela. La vergüenza de volver a pedirles un favor y de que vean a la anciana en ese estado patético la disuade de hacerlo.

La anciana vuelve a gritar cuando siente la embestida de su nieta, que se enfrenta con el horror del vacío a las cosas —exactamente al revés de como lo entendió Aristóteles, que le atribuía a las cosas un profundo horror al vacío.

—¡No me desvistas! Ahorita ya no me quiero bañar, por favor.

Para expandirse, el universo tuvo que vencer esa primera resistencia y desgarrar la nada a costa de su propia eternidad. El paso del tiempo es la huella que deja el sacrificio.

—Te estoy tratando de acostar. Ya casi son las doce de la noche.

Karina ha visto que en Japón cada vez se usan más robots de compañía para cuidar de los ancianos; entre sus habilidades está la de levantarlos de la cama y llevarlos al baño o a la silla de ruedas. Por desgracia esos robots antropomórficos son tan costosos que en México resulta más barato contratar seres humanos para realizar ese trabajo.

—Déjame, yo puedo sola.

Si no fuera tan tarde, le llamaría ahora mismo a su tío Paco para preguntarle si él vino a visitarla.

—A ver, párate.

Afirmar que el universo comenzó con un big bang es grosero e impreciso. Para que algo estalle tiene que destruir violenta y repentinamente un orden preexistente sobre el que la ciencia no puede hacer ninguna aseveración. Nada puede saberse antes de la época de Planck, una brevedad tan diminuta que hace falta un punto y 43 ceros para expresarla como fracción de segundo. En cualquier caso, el comienzo del universo —cuyas anomalías se atribuyen a un periodo inflacionario que ninguna ley física predice por su cuenta— debió de haberse parecido más a los torpes esfuerzos de su abuela en el suelo que al explosivo clavado de la materia en el espacio.

—Ya me mareé.

Su abuela logró ponerse de rodillas y tiene la frente apoyada contra la base de la cama. Karina debe aprovechar esta posición antes de que Rebeca vuelva a tenderse en el suelo. Lo primero que hace es levantar el torso de su abuela y colocar su cabeza y sus brazos sobre la cama. La anciana refunfuña, pero Karina ya no se detiene. La abraza por la espalda y hace un tremendo esfuerzo para empujarla hasta que logra subirla a la cama, donde yace boca abajo, con las piernas colgando. La última maniobra implica levantar sus piernas y usarlas como manivela para girar el cuerpo de su abuela y acomodar la cabeza cerca de la almohada.

Resopla, exhausta y satisfecha, empapada de sudor. La desviste y le pone un pañal. Vuelve a preguntarle quién vino a verla y Rebeca se limita a repetir que Dios ya no se acuerda de ella. Karina está demasiado cansada para seguir insistiendo. Forma un barandal alrededor de la cama con las sillas del comedor, para que se asemeje a una cuna y su abuela no se caiga al piso en la madrugada.

—Ya duérmete —le dice antes de apagar la luz.

Mientras se lava la boca frente al espejo mira la nariz redonda de su abuela en el centro de su propio rostro. No deja de impresionarla la capacidad del registro genético para superar brechas generacionales y reproducir con tanta fidelidad la forma de órganos cartilaginosos como ése.

A estas horas de la noche Mila ya debe de estar borracha en la fiesta de su oficina. Mila quería presentarle a Patricio, un matemático que trabaja con ella como analista de riesgo. Estaba segura de que se llevarían bien y de que, si lograban superar sus respectivas timideces, podrían intercambiar números telefónicos e incluso irse juntos de la fiesta. En vez de agotarse restregando su cuerpo contra el de su abuela en la cama, Karina pudo haber hecho lo mismo contra el cuerpo de Patricio hasta alcanzar un resultado muy diferente. Como el sexo casual no le interesa, la especulación le resulta más divertida que frustrante. Sin embargo, le habría gustado conocerlo y marcharse de la fiesta con el deseo de volver a platicar con él.

Al salir del baño, el rechinido de la puerta alborota a su abuela.

—¿Quién es? —pregunta desde la cama con temor.

—Soy Karina.

—Ah —dice Rebeca con alivio—, eres tú.

6. Daenerys

Cuando estallaron los tanques de gas del crematorio, Silverio caminaba de vuelta hacia la entrada por la calle paralela a la barda del panteón. A pesar de que en esa zona poco arbolada estaba a salvo del fuego, el humo lo obligaba a avanzar agazapado para alcanzar a ver por dónde iba. De pronto se iluminó el asfalto, escuchó un trueno volcánico y mientras veía crecer el hongo de fuego atrás de la Rotonda, una ráfaga de aire caliente le irritó los ojos y lo dejó ciego. Temeroso de tropezar y caer, se puso en cuclillas y luego de tocar la tibieza del suelo, empezó a avanzar a cuatro patas como si fuera un perro. Su única guía era la pendiente de la calle, que bajaba hasta llegar a la explanada principal. El calor extremo y la falta de oxígeno le produjeron un cansancio insuperable. Los brazos ya no pudieron sostenerlo y se dejó caer al suelo. No sabía cuánto le faltaba para llegar a las oficinas. Se dio por muerto y aprovechó la desesperación para arrepentirse de la vida insulsa que había llevado.

Entonces escuchó ladridos. Reconoció el llamado de la Pancha. Sin saber si ella había vuelto para salvarle la vida o para guiarlo al inframundo, decidió seguirla. Comenzó a arrastrarse y a gatear. Intentó gritar, pero sólo pudo toser. Siguió avanzando y no tardó en chocar contra una superficie curva de plástico. Era el barril que tenían afuera del baño para usarlo cuando se vaciaban los tinacos por culpa de la escasez de agua en la ciudad. Ya estaba a salvo junto a las oficinas del panteón.

Silverio pasó el resto de la noche esperando que llegaran los bomberos. Los únicos que se presentaron en la entrada del panteón mientras ardían las tumbas fueron vecinos curiosos de las colonias América, 16 de Septiembre y Daniel Garza.

—¿Papá? —cuando sonó el teléfono, Silverio estaba sentado en la banqueta tomando una Coca-Cola para hidratarse y apagar la migraña insoportable que tenía—. Habla Daenerys, tu hija.

Le dolió el hecho de que Daenerys sintiera la necesidad de aclararle cuál era su parentesco con él. Llevaba varios años sin verla. Se había peleado con Yadira, su expareja, debido a sus problemas para cumplir con la pensión alimenticia. La desgracia financiera de Silverio se debía a una serie de infortunios muy costosos. Su padre había muerto, habían metido a la cárcel a su hermano mayor y su madre había dejado de trabajar por culpa de la depresión que le produjo quedarse viuda y tener a un hijo sicario en el penal de Almoloya. Aparte de pagar la renta de la diminuta casa donde vivía con su mamá, Silverio tenía que sufragar las cuotas extraoficiales que cobraban en la cárcel para que los reclusos no amanecieran muertos en su celda. Yadira pudo haberlo demandado ante un juzgado familiar, pero prefirió mantenerlo lejos.

—Hija, hija —repitió la palabra, fascinado por su sentido esperanzador—, qué chido que me hablas. No reconocí el número —Silverio no sabía que su hija ya tenía teléfono, ni que se lo había regalado el novio de Yadira en su cumpleaños.

—Mi mamá me dijo que trabajas en Chapultepec —Yadira prefirió ocultarle a su hija que su padre trabajaba en un cementerio—. Acabo de ver que se está quemando el zoológico. ¿Sabes si sacaron a los animales?

—Casi me muero, hija.

—¿Neta? ¿Dónde estabas?

—En el panteón —a él no le daba vergüenza ser vigilante del primer panteón civil de la Ciudad de México—. Aquí empezó el relajo. No sabes lo que sentí.

—¿Está por ahí el zoológico?

—No —le respondió decepcionado de que a su hija le importaran más los animales que su propio padre—, está retirado de aquí.

—Ya busqué muchísimo —Daenerys sonaba muy ansiosa— y en ningún lado dicen si los animales están bien.

—Todos los bomberos se fueron para esa parte, o sea que seguro sí. ¿A poco has venido al zoológico?

Silverio había pasado toda la noche tratando de que los bomberos acudieran al panteón, pero todas las unidades de la ciudad habían sido enviadas a trabajar en la primera sección del Bosque de Chapultepec con la poca agua que tenían almacenada en sus estaciones, de tal suerte que las autoridades habían dejado que el fuego ardiera ahí hasta consumirse.

—Sí. Hace dos semanas nos llevaron.

—¿Quién?

Silverio sintió, mezclada entre los piquetes de la migraña, una punzada de celos.

—A toda la escuela. Nos llevaron al castillo y al zoológico. Vimos a una jirafa que acababa de nacer. Está súper bebé, ha de estar muy asustada —Silverio le dio un trago a su Coca-Cola. Un toque de mariguana le habría ayudado a paliar el dolor que le taladraba la cabeza. Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver las llamas y la lluvia de pavesas al rojo vivo que caían a su alrededor mientras avanzaba hacia la salida, antes de la explosión cegadora—. Me preocupan mucho las jirafas, los flamencos, los cóndores de California, porque ésos están en la lista roja de animales en extinción.

—Oye, hija —a Silverio lo tenían sin cuidado los animales en extinción—, hace rato que sentí que ya me había llegado la hora me acordé mucho de ti. Quiero que nos veamos más. Voy a hablar con tu mamá para que ya no se oponga. No se vale que no puedas gozar a tu papá —Daenerys no respondía—. ¿Me oíste?

—Sí, está bien. ¿Me avisas cuando averigües algo de los animales?

—Simón, yo te aviso. ¿Ya te vas a ir a la escuela?

—Ya cancelaron todo. Dicen que no hay que salir a la calle para no respirar.

—¿A poco? ¿Por?

—Por el humo. Está bien fuerte. ¿No has visto?

Después de colgar con su hija, Silverio siguió bebiendo su refresco en la banqueta y empezó a buscar noticias en internet. No era consciente del caos apocalíptico que el incendio había provocado en la megaurbe: los aeropuertos habían cancelado todos los vuelos, las principales avenidas estaban cerradas, habían desalojado a miles de personas de las colonias aledañas al bosque y las habían llevado en autobuses militares y de la policía a albergues improvisados en el Palacio de los Deportes y el Foro Sol. Las salidas carreteras estaban colapsadas por el tráfico de los automovilistas que trataban de huir del aire irrespirable del valle.

Un rato después vio venir desde el poniente una caravana de vehículos escoltados por patrullas con las torretas encendidas. Por fin alguien se había acordado de que el panteón también ardía.

Comments are closed.