LECTURAS | Estoico y frugal, de Pedro Juan Gutiérrez

Las andanzas vitales y sexuales de un escritor cubano por Madrid y por media Europa.

Ciudad de México, 8 de octubre (MaremotoM).- “Hacía muchos años que mi vida se había convertido en un juego de ruleta rusa. Alcohol, mujeres de las que solo quería sexo, fumar como un loco, desorden total en mi cabeza y en mi corazón (…). Ahora, con cuarenta y ocho años, las cosas empezaban a cambiar lentamente. Al menos esa era mi impresión. Viviría unos meses en Madrid. Había mucho frío. Se acercaba la Navidad de 1998 y mi compañía preferida era el silencio, una botella de Jack Daniel´s (una cada día), un casete de Bruce Springsteen (The Ghost of Tom Joad) y unos tabacos que me había traído de Cuba. Y Carolina. (…) Diez años más joven que yo, un culo bellísimo y firme, madrileña dura, de barrio, medio loca.”

Así arranca Estoico y frugal: en efecto, el cubano Pedro Juan llega a Madrid en medio de un gélido invierno, con un libro ya publicado y una incipiente carrera literaria en marcha  y allí vivirá aventuras vitales y sexuales sin freno. A Carolina, que un buen día se marcha a Londres, la sustituirán una madre y un hijo que lo acogen en su casa repleta de juguetes antiguos, un círculo de mujeres maduras nada asexuadas, una fotógrafa belga aficionada al sadomaso que tiene un amante gay y voyeur, una chica que está haciendo una tesis sobre literatura cubana… Y después, viajes a Burgos, Benidorm, Alemania e Italia, donde siguen los encuentros singulares: con un escritor que lo lleva a un club gay, con un serbio enloquecido, con un viejo amigo de la antigua RDA, con una fotógrafa que se dedica a sacar fotos en la morgue romana… Y, entre lance y lance, Pedro Juan se plantea su futuro y se pregunta si quiere ser un autor famoso y de éxito o un autor invisible.

En la línea de su narrativa vital, visceral y sexual, Pedro Juan Gutiérrez nos presenta una narración que supura verdad por cada poro y que habla de la memoria (los primeros deseos, las primeras pajas y los primeros trabajos en la lejana patria), de la creatividad (la carrera como escritor, sus peajes y sus prebendas) y sobre todo de las ansias de vivir, de amar y de follar como un modo de esquivar la vacuidad y la muerte. Descarnada, lúbrica y de ritmo frenético, la novela no da tregua al lector: el Bukowski caribeño nos cuenta sus andanzas por la vieja Europa.

La nueva novela de Pedro Juan Gutiérrez. Foto: Cortesía

Fragmento de Estoico y frugal, de Pedro Juan Gutiérrez, con autorización de Anagrama.

DOMINGO POR LA NOCHE

Utiliza las cosas que te rodean.

Esta ligera lluvia

del otro lado de la ventana, por ejemplo.

Este cigarrillo entre los dedos,

estos pies en el sofá.

El débil sonido del rock-and-roll,

el Ferrari rojo del interior de mi cabeza.

La mujer que anda a trompicones borracha por la cocina…

Coge todo eso, utilízalo.

-Raymond Carver

Hacía muchos años que mi vida se había convertido en un juego de ruleta rusa. Alcohol, mujeres de las que solo quería sexo, fumar como un loco, desorden total en mi cabeza y en mi corazón y una miseria que nunca podía dejar atrás y que, desde 1991, se había convertido en mi compañera más persistente. Ya había superado un enfisema pulmonar terrible, que por poco me mata. Ahora, con cuarenta y ocho años, las cosas empezaban a cambiar lentamente. Al menos esa era mi impresión. Viviría unos meses en Madrid. Había mucho frío. Se acercaba la Navidad de 1998 y mi compañía preferida era el silencio, una botella de Jack Daniel’s (una cada día), un casete de Bruce Springsteen (The Ghost of Tom Joad) y unos tabacos que me había traído de Cuba. Y Carolina. En realidad se llama Carolina y no quiero cambiarle el nombre porque me suena muy bien. Diez años más joven que yo, un culo bellísimo y firme, madrileña dura, de barrio, medio loca. Quería dejar atrás una relación amorosa fracasada y vivía un poco confundida. Lo nuestro no era amor. El amor siempre implica cierto grado de responsabilidad. Teníamos las cuentas claras. Solo sexo y amistad. Como para equilibrar nuestras soledades. Pero ella no lubricaba bien, y le dolía. Yo, impaciente, le hacía un poco de sexo oral y en pocos minutos quería penetrarla. Su vagina protestaba con una resequedad perfecta. Un hombre desesperado siempre hace mal las cosas. Ella, amable y paciente, sonreía, pero yo le veía la cara de susto. A veces, cuando me exasperaba demasiado, la hacía acostarse de espaldas y le metía unos cuantos cintarazos por las nalgas. Sin un sadismo excesivo. Solo un poquito. Era un juego. Y nada. Seguía seca y asustada. La parte amistosa sí funcionaba bien. Varias veces a la semana nos veíamos, ya tarde, para un par de copas. Y cada uno iba a acostarse para su casa. Otras veces salíamos a cenar. Un pequeño grupo, con los amigos de Carol. Yo no tenía amigos en Madrid. Solo algunos cubanos que recién había conocido. Todos con trabajos precarios: músicos y repartidores de pizzas. Tenían horarios difíciles e historias complejas en Cuba. Historias que querían y necesitaban olvidar para poder seguir adelante. Pero nadie puede cortar en pedazos su vida como quien descuartiza un cadáver. No es así. Todo va con nosotros. Y nos machaca. Vivían al borde del abismo, mucho más atormentados que yo porque eran jóvenes y ambiciosos. Se planteaban grandes metas. Querían ser ricos y famosos. Dar conciertos gigantescos en estadios abarrotados y vender millones de discos. Querían tener yates particulares y helicópteros. Se metían dos rayas y soñaban con toda esa mierda. Creían con fervor en el capitalismo y la modernidad. Yo vivía al garete, no tenía una meta adonde llegar y ya no creía en nada. El capitalismo es una mierda y el socialismo es peor. Ellos sí mantenían sus creencias. Eran jóvenes y sonreían y hacían fiestas y se metían coca y alcohol como locos y se anestesiaban, sin quejarse, para seguir adelante. Es decir, enfrentaban el sentimiento de pérdida, extrañamiento y vacío que desde siempre experimentan los emigrantes. Avanzaban, sin saberlo, por un camino que los metía más y más en la soledad. En la soledad interior y profunda, quiero decir. Aunque después tuvieran hijos y familia, y quizás hasta un poquito de fama y dinero, esa sutil melancolía interior no la podrían borrar nunca. Al final pocos se salvarían de ese destino. Ellos creían que triunfarían en la nueva tierra y que dejarían atrás las carencias, el hambre, la falta de libertad y todo lo negativo de su patria de origen. Y sí. Vivirían mejor y al menos no pasarían hambre. Pero en realidad muy pocos serían «triunfadores». Yo no quería ser uno más en aquel grupo de emigrantes esquizofrénicos. Siempre he rechazado las logias, grupos, partidos, clubes, asociaciones y todo lo que implique cierta coherencia y disciplina organizativa. A pesar de todo, me dejaba arrastrar continuamente por aquella pandilla de jóvenes vertiginosos, desenfrenados y caóticos. No paraban. Devoraban la vida con gula y frenesí permanentes. Yo había viajado por algunos países en los que me había encontrado con muchos compatriotas emigrantes y sabía bien que no podría vivir alejado de mi país y de mi gente. Si algo tenía muy claro es que no quería ser un emigrante más. No quería dar la espalda a los problemas y arrancar de cero en otra tierra. Lo cual puede parecer una actitud valiente pero en realidad no tiene nada que ver con valor o cobardía, es un problema de temperamento: tengo vocación para vivir como una ostra dentro de mi cascarón. Años después de todo esto una médica homeópata me mandó a tomar una medicina (Calcárea carbónica ostrearum, 200 ch) que fabrican a partir de polvo de la superficie interior de la concha de ostra, precisamente para combatir esta tendencia mía a enclaustrarme en la soledad y el silencio. Mis recuerdos más inmediatos de Cuba, el último día que estuve allí, eran intrascendentes. En la playa de Guanabo. Di una larga caminata de una hora por el borde del mar. Un día gris, ventoso, con rachas de lluvia y con oleaje fuerte. Las sucesivas tormentas del norte, a partir de octubre, arruinaban la playa. Sucedía cada año en esa época, la playa perdía arena y se convertía en un páramo de piedras, fango y cimientos de antiguas construcciones. Con las tormentas quedaban a la vista. También había troncos de madera curados por el agua salada. Infinidad de troncos de árboles, pulidos, clavados en el fondo. Todo un testimonio de tiempos anteriores. Resurgía hasta una carretera bien asfaltada, tendida a lo largo de la playa a escasos cuatro metros del agua. Era una carretera estrecha, de unos tres o cuatro metros de ancho. Al parecer la construyeron con las mejores intenciones en las décadas de 1940 o 1950 (en esa época, obvio, no se sabía nada sobre el cuidado de las playas, el mantenimiento de las dunas y todo eso), cuando esta zona al este de La Habana registró un sorpresivo auge inmobiliario. Todos los que estaban en el ajo se prepararon para hacerse multimillonarios en pocos años, pero en 1959 llegó el Comandante y mandó a parar. De repente todo eso de casas en las playas, hoteles, propiedades privadas, vacaciones, casinos y juego era un lujo burgués inadmisible en una sociedad socialista y marxista-leninista que se dedicaba con ahínco a destruir todo sistemáticamente para no dejar piedra sobre piedra y crear una sociedad enteramente nueva, diferente e igualitaria, sin corrupción, sin privilegios ni privilegiados ni propiedad privada. Una sociedad nueva, con el hombre nuevo. En esa época me aprendí de memoria El socialismo y el hombre en Cuba, un librito que se puso de moda. Utopía espléndida a la que nos dedicamos en cuerpo y alma. Aquella zona de playa cayó en el olvido, la desidia, el abandono. Y se convirtió más bien en un simple pueblito de campo y en buena medida también en un refugio de gente marginal de todo tipo. Yo, ese día, después de la caminata me fui a una cafetería a tomar una cerveza. Me senté a una mesa. En otra mesa justo a dos pasos de mí, una india oriental, de Guantánamo tal vez, joven y bellísima, de piel canela, se sacó una teta chorreando leche, literalmente, y le pegó el pezón a su hijo, ya grande, de dos años tal vez. A ella le sobraba leche. La producía en cantidades industriales en aquellos dos aparatos tan hermosos. Miré la escena asombrado y desvié mi atención educadamente. En otra mesa, al frente, un viejo italiano jubilado, al que antes había visto caminando también por la playa, se tragó en dos minutos una taza de café con leche y dos panes dulces mientras miraba fijamente y ansioso los pechos de la india y aquellos pezones oscuros y deliciosos, sin experimentar vergüenza o escrúpulos cristianos, como angelicalmente había experimentado yo. Era un viejo pervertido. Terminé mi cerveza y me fui. Un día gris y lluvioso, como dije antes. Se acercaba una tormenta tropical desde el sur, lo cual siempre trae calor pegajoso y mosquitos abundantes. Me fui a mi casa a beber ron. Cada tarde me bebía una botella de ron, a veces más. Me gusta beber solo, mientras escucho un disco de Bach, o Beethoven, o Mozart, algo así. Mantuve esa rutina durante años. Ahora, en Madrid, recordaba todo esto con nitidez y con cierta melancolía nostálgica. Es imposible escapar, como dije antes. Es fácil trasladarse físicamente a otro lugar. Pero uno no puede escapar. Ahí está siempre la memoria, jugando sucio con nosotros. Uno implora un poco de mala memoria. Y lo más que logra es que todo se esconda en el subconsciente, y entonces empiezas a tener pesadillas agobiantes y despiertas gritando como un loco en medio de la noche. Es apabullante. En Madrid lo mejor era estar con Carol. Para mí era confortable. Supongo que también para ella, porque me dedicaba tiempo. Era una amistad cálida. Tenía dos trabajos y poco tiempo libre. Hacía de secretaria todo el día y por las noches trabajaba hasta las doce o la una en un estudio de dibujos animados. Añadía música, efectos sonoros y diálogos para fabricar la banda sonora. Y ya de madrugada, varias veces a la semana, aquellas sesiones de sexo frustrado conmigo. Ella tenía la piel muy blanca y el pubis rasurado, lo cual me descontrolaba. Siempre he preferido las mujeres peludas. Eso de afeitarse es una aberración más de la modernidad. O quizás ni eso. Se debe solo al ingenio mercantil de algún dueño de salón de belleza o de compañías de cosmética, que más allá del afeitado inventaron la depilación. ¡Qué horror! Hombres y mujeres. Todos depilados hasta el culo. Y si no lo haces eres un sucio y un retrasado. Eso es lo que le meten en la cabeza a la gente. Es solo un negocio brutal. Y nada más. Fueron las norteamericanas las primeras del mundo en afeitar las piernas y las axilas, lo cual, decían, era un signo de higiene y pulcritud en las mujeres decentes. También en USA, tan pragmáticos y mercantiles, inventaron, o al menos desarrollaron comercialmente y a gran escala, muchos productos de higiene personal: el desodorante, la crema dental y la de afeitar, las cuchillas de afeitar, el cepillo de dientes y hasta el líquido de enjuagues bucales y la gomina para el pelo, además de los detergentes en polvo y todos los productos desinfectantes de limpieza. Cuando yo era niño en Cuba, país muy imitador de las costumbres y hábitos yanquis, solo las mujeres más educadas y urbanas y con mejor situación económica se rasuraban las axilas y las piernas. Es solo un dato antropológico relativo a los años cincuenta. En Europa, en los años sesenta ni las actrices de cine más famosas se rasuraban las axilas. Es fácil verlo en las fotos de entonces. Ahí están las italianas y las francesas, muy sexys, con su pendejera en los sobacos. Siempre me ha inquietado el tema porque de adolescente mi despertar sexual se produjo con dos mujeres de mi entorno que tenían abundante vello en las axilas y solo con ese detalle descontrolaban y despertaban mi entusiasmo masturbatorio. Una, Mercedes, era tres años mayor que yo cuando asistíamos a una academia de mecanografía y taquigrafía. Ella tenía apenas dieciséis años y mucho pelo negro en las axilas. Pero muchísimo. Era algo exagerado. Me alteraba y me desconcentraba en las clases. Creo que ella percibía mi inquietud pero le daba igual, para ella yo era solo un niño de trece años, tímido y silencioso, que la observaba de reojo continuamente. Además, estoy seguro de que ella no le daba importancia a su pelambrera maravillosa. Creo que lo veía como algo natural y nada más. Yo era el adolescente morboso, con mi mente traumática. Estudiábamos mecanografía al tacto, así que escribía mecánicamente mientras le miraba los sobacos. Es una imagen imborrable porque se marcó profundamente en mi psiquis. Deliciosamente imborrable, inspiradora. Siempre me he preguntado si realmente Mercedes era inocente o conocía perfectamente la carga erótica de aquella pelambre axilar tan copiosa. La otra era una vecina que se llamaba Adelaida. Debía tener entre veinte y veinticinco años, había parido unos jimaguas y tenía siempre sus grandes pechos chorreando leche. Y mucho pelo negro en las axilas. Vestida apenas con una bata blanca, se veía su cuerpo a través de la tela. Su marido siempre en el trabajo, y yo desde mi patio la observaba mientras tendía pañales recién lavados. Lógico: alzaba los brazos y ahí estaba yo mirando sus axilas peludas y sus pechos chorreantes, ella despreocupada y yo excitado, masturbándome entre los crotos, como un potro salvaje. Un trauma. Sin dudas. Un trauma infantil profundo e incurable. Un psicoanalista se daría gusto diseccionando todo esto. Todavía hoy me es grato recordar a esas dos mujeres solo por ese detalle capilar. Mercedes y Adelaida. Dos mitos perfectos en mi vida. De algún modo fueron mis primeras amantes, ¿no? Aunque ellas no lo supieran. Somos muy complejos los seres humanos. Pero supongo que lo importante es ver la poesía en cada recuerdo, en cada momento. Cuando terminé mis estudios de mecanografía, pasé los exámenes, me dieron un enorme diploma de la Academia Minerva. No sé por qué era tan grande. Ponía que yo era Diplomado en Mecanografía al Tacto y Taquigrafía Gregg. Mi padre, sin perder tiempo, me consiguió un trabajo en las oficinas de un abogado. Cerca de casa. Por las tardes, cuando salía del colegio, iba para el despacho. Mi padre siempre se guió por el principio de que hay que ser honrado y trabajador. «Intenta llevar una vida decente.» Esa frase me la repitió cientos de veces en esa época. Era como un mantra. Pero yo siempre sospeché que llevar una vida decente es sinónimo de llevar una vida gris. Así que nunca presté mucha atención. Es más, siempre puse distancia entre ese concepto y mi propia vida. Eran los años sesenta. Cientos de miles de cubanos solicitaban pasaportes para irse al exilio en USA. Aquel abogado se especializaba en esas solicitudes. Había que atender a decenas de personas cada día y trabajar hasta las nueve de la noche, de lunes a sábado. Es decir, que me hacía trabajar unas cinco horas diarias, treinta horas a la semana, y nunca me pagó ni un centavo. Mi padre le reclamó varias veces y su respuesta era tajante: «El jovencito tiene trece años nada más, es un aprendiz. Después ya veremos.» Fue mi primer trabajo. Aguanté seis meses, hasta que me aburrí de trabajar tanto sin ganar nada y me fui. Entonces conseguí una buena pincha de fin de semana vendiendo helados en la valla de gallos de Matanzas. Trabajaba menos, solo sábados y domingos, era más divertido y ganaba mucho porque en la valla vendía el helado al doble de su precio normal. Creo que desde esos años en que pasé todos los fines de semana en la valla de gallos aprendí a vivir entre gente baja, pervertida y sucia. El juego y las apuestas atraían a la gente más retorcida y marginal. No solo jugadores sino también putas, bugarrones, estafadores, gente recién salida de la cárcel. Aquello era una cloaca pestilente. Tuve que endurecerme rápido para mantener a raya a aquella gente miserable y sobrevivir. Pícaros sin escrúpulos. Y me marcaron. Sin dudas. Quedé marcado. Aprendí que siempre hay un hijo de puta cerca, máxima mucho más certera que la de mi padre. Mantuve ese trabajo casi tres años, hasta que en 1966 me llevaron para el servicio militar obligatorio. Jamás volví a ver a Mercedes. Y Adelaida siguió un año más de vecina y yo matándome a pajas, hasta que al fin se mudaron de allí y desapareció para siempre de mi vista. Fue una adolescencia diferente a lo normal pero divertida y muy importante para aprender a vivir y a cuidarme yo solo. Regresemos a Madrid. Carol desplegaba mucha energía. A pesar de esos horarios extremos seguía adelante como un remolino incesante. Tenía unas ojeras oscuras, grandes y permanentes que le otorgaban un toque de agotamiento extremo. Un domingo me invitó a almorzar en su casa. Era lejos y tuvimos que coger un tren de cercanías. Un apartamento diminuto. Vivía con su hermana, el marido y dos niños. Su habitación era mínima y había un desorden total de ropa, zapatos y cosas de todo tipo. Era tanto el reguero que me parecía imposible que alguien pudiera vivir así. Había olores mezclados: sudor, gente, pies sucios, chorizo frito, cebolla y ajo. El cuñado de Carol solo podía hablar de futbol. Y se enfrascó conmigo repentinamente en una conversación en la que yo no entendía nada pero él hablaba y hablaba como si le fuera la vida en aquella estupidez futbolística. A mí el futbol y el beisbol me producen urticaria. Los detesto con toda mi alma. Es otro trauma infantil. Proyecciones de mi padre, que quería ser pelotero de Grandes Ligas. Trató de inculcar en mí un gran amor hacia el beisbol. Fracasó. Lo que logró fue despertar mi odio hacia ese deporte. No entro en detalles porque me molesta hasta escribir sobre el tema. Y no quiero ofender a los que aman el futbol y el beisbol. Me tomé una cerveza y ya quería irme. Gracias al ambiente de aquel lugar capsular, con olores asquerosos, más el acoso de aquel joven imbécil, sufrí un ataque de claustrofobia casi incontrolable.

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Carol percibió mi pánico repentino y me hizo ir hasta una ventana, no había balcón, respiré aire fresco, y me dijo en un susurro: «Yo tampoco lo soporto, es un gilipollas de mucho cuidado. Pero vamos a comer en cinco minutos y nos vamos.» Y así lo hicimos. Otras mujeres aparecían continuamente. Yo había publicado un libro y creo que nadie lo entendía. Lo había escrito en La Habana y era sobre el efecto demoledor de la pobreza, la miseria y el hambre extrema sobre la gente. Pero la mayoría de los lectores, reseñistas y periodistas veían solo sexo y política. Una denuncia política, decían. Al parecer funcionaba así en una primera lectura. No sé. Escribes un libro y después cada lector piensa lo que puede. Creo que es un proceso lógico. El escritor hace el cincuenta por ciento del trabajo. El otro cincuenta por ciento lo pone el lector. Bueno, me da igual. Muchas mujeres me daban su teléfono, me llamaban, me buscaban y al final casi siempre íbamos a una cama. Así que mi romance con Carol no incluía fidelidad. Una tarde de paseo en Madrid se lo conté. Sin entrar en detalles. Y ella, muy pragmática y distante: «Sí, lo sé. Es muy peligroso porque a ti no te gusta usar preservativos.» No supe qué contestar. Nos quedamos en silencio. Tenía cierto aire de distinción y elegancia a pesar de vivir en un ambiente tan proletario. Como si lograra aislarse. Era un domingo, sobre las doce del día, y subíamos la Cuesta de Moyano mirando los libros de uso. Yo miraba los libros y había comprado dos o tres. Ella me acompañaba pacientemente. No le interesaban. Al cabo de unos minutos me dijo: «Me voy a Inglaterra.» Percibí cierta sequedad distante. No le di importancia. El hastío era su escenario emocional preferido. Le pregunté cuándo. Me dijo: «Mañana. Ya tengo el dinero y el billete de avión, y unos amigos me darán alojamiento en Nottingham.» Después pensaba irse más al norte y buscar trabajo. «Me encanta Inglaterra. Irlanda, Escocia. Es mi sueño dorado.» «¿Cuándo regresas?» «Nunca.» «¿Cómo?» «No quiero regresar más a este país de mierda. Nací aquí por error.» Me puse a mirar detenidamente un libro reciente de Sebald. Me interesa Sebald. Fue un gran neurótico y escribía con desenfado sobre sus neurosis, miedos, repugnancias. Es implosivo. Visión de la escritura muy alejada del uso estridente y expansivo que casi siempre hacemos en Cuba de todos los materiales disponibles. En nosotros todo tiene que estallar continuamente. No sabemos vivir de otro modo. No di importancia a la furia de Carol contra su país. A todos nos pasa si dedicamos tiempo a meditar sobre nuestros amores. Aquello que nos ancla se convierte en una cadena y un castigo: la pareja, el país, la ciudad donde vivimos, la familia, la religión, todo. Necesitamos un anclaje y al mismo tiempo nos hace sufrir. Al final establecemos una apabullante relación de dependencia/amor/odio y surge un deseo latente de dar la espalda y alejarnos rápidamente. Huir y regresar. Un círculo vicioso mortal. Recuerdo que subimos la Cuesta hasta el parque de El Retiro y paseamos un buen rato bajo los árboles. Tomamos algo en un kiosco y hablamos alguna tontería, pero ya los dos sabíamos que el frío nos había calado hasta los huesos. Adopté mentalmente el mismo tono seco y distante que asumía Carol para facilitar la despedida. Nada de dramas. Caminamos hacia la boca del metro, como si no pasara nada, pero yo me sentía triste. Nos despedimos con una sonrisa automática y un beso, como si fuéramos a vernos al día siguiente. Nos dimos la espalda y jamás nos volvimos a ver ni nos escribimos. Nada. Carol quedó en la prehistoria mía y seguramente Pedro Juan quedó en la prehistoria de Carol. Yo era experto en el tema. Mujeres que se van y yo que me quedo. Aquella tarde estuve leyendo Vértigo, el libro de Sebald, y, como siempre me sucede con ese escritor, logró contaminarme su tristeza, su vacío existencial y su neurosis enfermiza. También me pasa con Thomas Bernhard, con Sabato, con Onetti y con Knut Hamsun, al extremo de que los aparto de mi vista continuamente. Sí, tenía que reconocer que la partida de Carol me afectaba aunque era una separación previsible. Es decir, nunca hicimos planes de continuidad o de futuro. Solo queríamos un poco de sexo y hacernos compañía. ¿Por qué me entristecía entonces? Y me dije: «Dependencia infantil, aparta de mí este cáliz.» Hacía bien en irse a Inglaterra y cambiar su vida, o al menos en hacer el intento. Yo tenía mi propia vida. Y bastante complicada, por cierto. El día anterior me había llegado una carta de una amiga de La Habana. La había enviado con un español que al llegar a Madrid me llamó y me la entregó personalmente. Era una carta de alerta y en resumen decía que pensara bien si debía regresar o quedarme en Europa, porque mi libro había caído muy mal a las autoridades y decidieron echarme a la calle. Por tanto quedaba sin trabajo y fuera del gremio de periodistas. Era una noticia inesperada y me quedé pasmado. ¿Qué había escrito yo? Para mí era solo una gran descarga. Un libro donde escribí a full. No me dejaba nada en el tintero y no respetaba nada. Era una mezcla de desencanto, frustración, melancolía, sexo y lujuria, alcohol, tristeza y también poesía, música y gente de todo tipo descalabrada y arruinada. No se podía escribir de otro modo en Cuba en los años noventa. Toda la utopía se había derrumbado. Primero cayó el Muro de Berlín, en noviembre de 1989. Después la URSS se hizo pedazos el 25 de diciembre de 1991 y todo se vino abajo. Yo me limité a escribir ficciones basadas en la historia clínica de esos años y de un barrio de La Habana. Las repercusiones de la historia en los seres humanos. Nada más. Solo eran cuentos. ¿Por qué se lo tomaban todo tan en serio? Era obvio que no tenían sentido del humor. No soy un hombre de acción, ni astuto ni hábil ni previsor. Soy más bien soñador e idealista, para decirlo de algún modo. Lucho siempre contra mi torpeza y timidez. En esa época, además, era furioso, iracundo, desesperado, en buena medida gracias a la enorme cantidad de alcohol que tragaba continuamente. Y me hacía daño porque la ira ante todo es autodestructiva. Es como si siempre estuvieras dando piñazos a mano limpia contra un muro sólido de bloques de hormigón para derribarlo. Y sigues y sigues. Y ya estás golpeando con dos muñones, los huesos y la sangre y los cartílagos, todo lo has molido, pero sigues golpeando porque no puedes parar.

La ira te domina en tal grado que no puedes detenerte. Con esa furia desproporcionada había escrito yo aquel libro y ahora tanto en Cuba como en Europa solo veían sexo y política. Simplificaban y esquematizaban. Frívolos de mierda. Imbéciles. ¿Qué podía hacer? Lo primero era no hacerme la víctima. Nadie me podía humillar ni acusarme. Yo no era víctima. Era solo un escritor que escribía de lo que más conocía: mi propia vida y la de mis vecinos. Así que yo tenía la razón. Y los que me culpabilizaban estaban equivocados y actuaban con mala fe, y eran unos descerebrados sin neuronas. Por ahora nada podía hacer. Esperar. No sé qué podía esperar, pero fue lo único que se me ocurrió. La política siempre es coyuntural, circunstancial y despiadada. La literatura, si es verdadera, es reflexiva, intemporal y universal. Así que me alejaría más aún de la política y los políticos y me dedicaría mucho más a mi escritura. En cien años nadie recordaría a los censuradores, pero la gente seguiría leyendo mi libro. Seguro. Esa era mi estrategia. Simple y definitiva. Esa decisión me permitió olvidarme de la carta de alerta y de Carol y seguir adelante. Fluir con la vida. Divertirme y dejarme llevar. La mayoría de los escritores, si tienen un poquito de éxito, se lo toman en serio. Se les dispara el ego y se ponen insoportables. Yo solo quería divertirme. Me dediqué con más pasión a las noches de lujuria y alcohol con todas las señoras que se quedaban delirando cuando leían mi libro. Esas noches de lujuria invernal, más el whisky, los tabacos y The Ghost of Tom Joad, funcionaron como terapia ideal para hacerme olvidar la situación de incertidumbre en que me encontraba. Por el día me aburría bastante porque yo era un animal nocturno. Vivía alojado por unos amigos que generosamente me cedieron una habitación de su chalet en un pueblo muy cerca de Madrid. En realidad eran amigos de unos amigos míos. Era una familia rara. Solo el hijo y la madre. La casa estaba inundada de juguetes antiguos. Bueno, más bien vintage, de los años treinta a los cincuenta. Todos funcionaban. Muñecas de cuerda, camioncitos, títeres, máscaras, acróbatas que saltaban en su trapecio. Cientos de artefactos. Casi todos eran metálicos y con frecuencia sorprendía yo a la tía Tata (así la llamaba porque su nombre era Fulgencia, muy feo) jugando animadamente con aquellos tarecos. Siempre quería que la acompañara. Ella se levantaba de madrugada a limpiar aquel caserón. Usaba profusamente detergentes, lejías y líquidos desinfectantes que invadían toda la casa con sus fragancias ásperas. Invariablemente me despertaba al olfatear aquello, miraba el reloj, cinco y media de la madrugada. Intentaba dormir un poco más. Pero los olores se intensificaban y permanecía despierto dando vueltas en la cama. En ocasiones lograba dormir algo más. Necesitaba el sueño porque las diversiones nocturnas eran intensas e incesantes. Nunca regresaba a casa antes de las tres o las cuatro de la mañana. Con frecuencia me quedaba a dormir con alguna de ellas hasta el desayuno. La falta de sueño y el agotamiento por el exceso me alteraban los nervios y me ponían de mal humor. Una mañana mientras desayunábamos, la tía Tata me contó su historia, a espaldas de su hijo, que era un simple empleado de una inmobiliaria pero tenía ínfulas como si fuera el gerente principal. La historia de Tata era sencilla pero fuerte: Su padre criaba cerdos en una granja que tenía en una aldea perdida de Extremadura. Eran siete hermanos, todos pequeños. Un día le dio un infarto mortal precisamente en la puerta de los corrales y cayó fulminado al piso. La madre de Tata no supo qué hacer para sobrevivir hasta que pasados unos días encontró la solución: salir con todos sus hijos a mendigar limosnas en los pueblos cercanos. Esa fue la infancia de Tata. Me contó todo tipo de detalles morbosos sobre sus muchos años de mendicidad. Me los ahorro. Son demasiado penosos y deprimentes. Después logró ir a Madrid. Ahí se produjo un salto decisivo, del que no habló, y de repente era dueña de un bar en Lavapiés y tenía un niño pequeño. Ahorrando cada céntimo salió adelante. Compró terrenos, hizo dinero y el niño se transformó en un joven petulante con ínfulas de señorito. Yo vivía en una habitación cómoda en el sótano pero muy fría. Junto a mi cuarto había un gimnasio bien dotado, que nadie usaba, y un cuarto de lavado. Mi habitación, amplia, estaba invadida por juguetes, como toda la casa. A veces intentaba escribir algo, pero no salía nada. Cada noche encontraba en los bares personajes curiosos que me contaban sus historias, pero no se me ocurría nada. Aunque un escritor siempre presiente que puede escribir sobre la gente que conoce, la mayoría de las veces esa sospecha se queda en el aire.

Pedro Juan Gutiérrez nació en Matanzas, Cuba, en 1950. Desde muy joven ejerció los más diversos oficios: vendedor de periódicos y de helados, soldado, obrero de la construcción, cortador de caña de azúcar, etc. Trabajó como periodista durante 26 años. En 1998 su libro Trilogía sucia de La Habana se convirtió en un éxito de crítica y público. Ha sido publicado en 22 idiomas. También han tenido notable éxito el resto de sus libros de cuentos y novelas, algunos han obtenido numerosos premios internacionales. Su novela El Rey de La Habana ha sido adaptada al cine por el prestigioso director Agustí Villaronga.  Además tiene varios libros de poesía, género que cultiva sistemáticamente. Vive en La Habana, donde se dedica a escribir y a pintar.

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