Karl Ove Knausgård

LECTURAS | Fin / Mi lucha: 6, de Karl Ove Knausgård

Karl Ove Knausgård (1968) emprendió en 2009 un proyecto literario sin igual: su obra autobiográfica Mi lucha, llamado así sin ninguna referencia al libro homónimo de Adolf Hitler y compuesta por seis novelas, todas ellas publicadas por Anagrama.

Ciudad de México, 24 de julio (MaremotoM).- Un tipo que escribe y que como tal no es feliz, nacido en Noruega, residente en Suecia, un hombre que pasa mucho tiempo encerrado leyendo, de pelo gris, 1 metro 90 de estatura y pinta de viejo punk.

Jeffrey Eugenides (autor de Las vírgenes suicidas) y Zadie Smith (autora de Dientes blancos y El cazador de autógrafos), se encuentran entre sus máximos fans, en una literatura “yoísta” que ha levantado muchas polémicas.

“Sí, tuve que aislarme, cerrar absolutamente todo lo que estaba fuera. Dejé de leer los periódicos, no miraba la televisión, ni escuchaba la radio. Les advertí a mis amigos que no debían mencionarme nada de lo que estaba pasando. Sabía que algo ocurría, pero si hubiera conocido los detalles me hubieran consumido. Me escondí totalmente y escribí. Y funcionó. Aun así, creo que es un libro mucho más amable que los dos primeros, por todo esto”, dijo al periódico El País, cuando publicó su tercera novela, La isla de la infancia.

“La misión de la literatura no debería ser más ficción, sino la realidad, el sentimiento y el sentido de realidad”, opina el escritor, donde su propia vida, sus amigos, su familia, han servido para la literatura.

“Buscaba una libertad literaria donde fuera posible ser simplemente, y escribir sobre todo. Da igual si es bueno o malo, no hay cálculo. Aunque claro, obviamente, hay un elemento de construcción, un equilibrio”, añade.

“Esa sensación, como en Roberto Bolaño, de que el autor se juega el pellejo en cada página, que se inmolaría en el altar de Odín por conseguir un pasaje perfecto”, ha dicho de él Antonio Lozano (La Vanguardia) y otros, como Salman Rushdie, lo acusan de fabricar una “autoficción que consiste en contar cómo lavas la ropa”.

“¿Por qué leer una novela noruega de 3.600 páginas sobre un hombre que escribe una novela de 3.600 páginas en seis volúmenes?”, se preguntó Laura Ferrero en el ABC. “¿Por qué seguir leyendo a un tipo que da detalles incluso de la cantidad de cucharadas de azúcar que le pone en el café?” y se contesta: “Lo que lo convierte en el gran escritor que es está relacionado justamente con saber dejar la cortina por fuera de la ducha para que el agua nos llegue también a nosotros”.

Ahora, Karl Ove Knausgård ha llegado a su fin con la novela llamada precisamente Fin (Anagrama), de la cual presentamos el primer capítulo.

La familia, la paternidad, la pareja, la escritura: el Knausgård más sincero y maximalista pone la última piedra en ese monumento literario que es Mi lucha.

Mi lucha, de Karl Ove Knausgård, alcanza el Fin y lo hace llevándonos hasta el principio: Knausgård, enfrentado a un callejón sin salida literario y un punto muerto existencial, acaba de volcar sus ansiedades (y exponer a sus allegados) en La muerte del padre y se dispone a publicarla. Se hace fotos para el lanzamiento, se prepara para las primeras entrevistas promocionales, da, nervioso, a leer el manuscrito y recibe respuestas mayormente conformes. Y, de pronto, una bomba anunciada por dos palabras, “Violación verbal”, que encabezan el e-mail que a Knausgård le manda su tío Gunnar: un e-mail que lo acusa de haber escrito un libro lleno de mentiras bajo el influjo adoctrinador de su madre  y que anuncia medidas legales si este llega a ver la luz. Una bomba que sacude al autor e impacta contra la línea de flotación de su proyecto, que busca poner la memoria al servicio de la honestidad: Knausgård tendrá que preguntarse si la primera no lo está traicionando, comprometiendo así la segunda, y, en caso negativo, cuáles son los efectos de querer ser honesto a toda costa.

Y, a raíz de ello, el Knausgård más minucioso y exhaustivo, el más desenvuelto y proteico, capaz de entreverar su hiperrealismo doméstico de variadísimas reflexiones y derivas ensayísticas, inicia un excurso de una osadía casi desafiante y una inusual capacidad asociativa donde del peso del nombre en la familia y en la construcción de la identidad se pasa a su peso en la literatura y de ahí al Holocausto y a Hitler y su Mi lucha, examinando las formas a veces perversas en que puede influir en la realidad la palabra.

Y cuando el excurso termina, de vuelta en casa al otro lado de la palabra, a Knausgård le espera la realidad en toda su crudeza. Fin redobla esfuerzos para conseguir un cierre a la altura de Mi lucha, amplificando las propiedades más relevantes del estilo knausgårdiano: su maximalismo, su libertad formal y expresiva, su transparencia, su urgencia sin maquillar, su capacidad para englobar todo lo que bulle y late en una vida. El resultado regresa al terreno de La muerte del padre y Un hombre enamorado para, potenciando sus logros, entregar páginas agudas e inmediatas, dolorosas y emocionantes, sobre la familia, la paternidad, la pareja, la escritura y el equilibrio inestable que todas ellas mantienen: la encrucijada sobre la que Knausgård ha edificado un monumento literario que ya está, ahora, deslumbrantemente completo.

Karl Ove Knausgård.
El fin. Karl Ove Knausgård. Foto: Cortesía

Fragmento de Fin/Mi lucha, de Karl Ove Knausgård, con autorización de Anagrama.

A mediados de septiembre de 2009 fui a la pequeña casa de verano de Thomas y Marie, situada entre Höganes y Mölle, Thomas iba a hacerme fotos para las siguientes novelas. Alquilé un coche, un Audi negro, y por la mañana me interné en la autovía de cuatro carriles, con una intensa sensación de felicidad en el pecho. El cielo estaba despejado y azul, el sol quemaba como si fuera verano. A la izquierda, hacia el horizonte, centelleaba el estrecho de Öresund, a la derecha se extendían campos amarillos de tocones y prados, separados por vallas y arroyos, a lo largo de los cuales crecían filas de frondosos árboles, repentinos linderos del bosque. Tenía la sensación de que en el fondo ese día no debería haber existido, destacaba como una especie de oasis en medio de ese paisaje otoñal a punto de volverse macilento, y eso, el que en realidad no debería ser así, que el sol no debería brillar con tanta fuerza ni el cielo estar tan saturado de luz, despertó en mi interior un desasosiego en medio de la alegría que enseguida me quité de la cabeza. Con la esperanza de que todo pasara sin más, opté por ponerme a cantar el estribillo de Cat People, que justo en ese momento sonaba en el equipo de música del coche, y disfruté con la vista de la ciudad que apareció por el lado izquierdo, las grúas del puerto, las chimeneas de las fábricas y los almacenes. Estaba pasando por las afueras de Landskrona, como sólo unos minutos antes había pasado por Barsebäck, con la característica y siempre igual de aterradora silueta de la central nuclear en la lejanía. La siguiente ciudad era Helsingborg; la casa de verano a la que me dirigía se encontraba a unos veinte kilómetros pasada la central.

Llegaba tarde. Primero estuve un buen rato en el aparcamiento, dentro del amplio y fresco coche, porque no sabía cómo arrancar el motor y no podía volver a la oficina de alquiler de coches y preguntarles, por miedo a que me quitaran el coche ante tanta ignorancia por mi parte, así que me puse a pasar las páginas del manual, sin encontrar nada sobre cómo arrancar el motor. Estudié el salpicadero, luego la llave, que no era una llave, sino una tarjeta negra de plástico. Había abierto el coche apretando esa tarjeta, y me pregunté si podía haber un sistema parecido para arrancarlo. Junto al volante no había nada donde hacer contacto. ¿Y eso? Al menos era una ranura, ¿no?

Metí en ella la tarjeta negra de plástico y el coche arrancó. Durante la siguiente media hora conduje por el centro de Malmö, buscando la salida correcta de la ciudad. Cuando por fin logré coger la autovía, iba ya con casi una hora de retraso.

En el momento en que Landskrona desapareció detrás de la colina, busqué a tientas el móvil en el asiento de al lado, lo encontré y marqué el número de Geir A. Fue él el que en su día me presentó a Thomas, los dos se habían conocido en un club de boxeo, donde Thomas estaba trabajando en un libro de fotos sobre ese deporte, y Geir, por su parte, escribía una tesis sobre el mismo tema. Formaban una pareja dispar, por decirlo de un modo delicado, pero había un gran respeto mutuo.

–Hola, niño –me saludó Geir.

–Hola –dije–. ¿Puedes hacerme un favor?

–Claro.

–Llamar a Thomas y decirle que me retrasaré una hora.

–Por supuesto que sí. ¿Vuelves a conducir?

–Sí.

–Suena bien.

–Sí, esta vez me está resultando fantástico. Pero ahora tengo que adelantar a un camión.

–¿Y?

–No puedo hablar por teléfono al mismo tiempo.

–Algún día alguien debería investigar tu capacidad de hacer varias cosas al mismo tiempo. Pero vale. Hablamos en otro momento.

Colgué, aceleré y adelanté a ese largo camión blanco que apenas se movía en el aire. A principios del verano llevé a toda la familia en coche hasta Koster, y en el camino casi tuvimos dos accidentes, uno por aquaplaning, yendo a mucha velocidad, que pudo acabar muy mal, y otro, no tan grave, pero aun así estremecedor, cuando me disponía a cambiar de carril en un atasco a las afueras de Gotemburgo y no vi el coche que venía por detrás, al final pude evitar el choque porque el otro frenó rapidísimamente. El agresivo bocinazo que sonó a continuación me llegó al alma. Después de esos episodios perdí la buena sensación que experimentaba siempre cuando conducía y empecé a tener un poco de miedo, lo cual era sin duda algo bueno, pero aunque lo de adelantar a un camión me ponía nervioso, tenía que obligarme a hacerlo, y después de un viaje siempre me sentía agotado durante unos días, como si estuviera borracho. A mi alma no le importaba que yo tuviera carné y con ello derecho a conducir, ella iba con retraso y vivía todavía en los tiempos en que una de mis grandes y repetitivas pesadillas era que me metía en un coche y me ponía a conducir sin saber. Muerto de miedo a lo largo de las sinuosas carreteras noruegas, pendiendo sobre mí la amenaza de que en cualquier momento llegara la policía, estaba acostado y dormido en una cama de algún lugar, con la almohada y la parte superior del edredón empapadas de sudor.

Salí de la autovía y cogí la mucho más estrecha carretera nacional que iba a Höganes. El calor de fuera era visible en el aire, había algo como turbio en la plenitud de la luz y el cielo, la suave purpurina que el sol derramaba sobre todas las cosas. El mundo estaba abierto, ésa era la sensación que tenía, y que temblaba.

Al cabo de diez minutos giré, aparqué delante de un supermercado y me bajé del coche. Ah, había una especie de resaca en el aire. Tenía dentro el azul del mar, pero no era caliente como en verano, había en él algo fresco y agradable. Cuando crucé el asfalto en dirección al supermercado, donde las banderas colgaban indolentes en el exterior, la sensación que me producía el aire me recordaba a la que había sentido alguna vez al pasar la mano por una superficie de mármol un abrasador día de verano en una ciudad italiana, ese frescor tan sutil como sorprendente.

Compré un cestillo de frambuesas para ellos y chicles y un paquete de cigarrillos para mí, dejé el cestillo en el asiento del pasajero y emprendí el último trecho. A sólo cien metros del supermercado la carretera bajaba hacia el mar, era estrecha y estaba rodeada de los setos de todas las pequeñas casas de verano pintadas de blanco. Thomas y Marie vivían al final del camino, con el mar al oeste y un gran campo verde al este.

Cuando bajé del coche y cerré la puerta, Thomas vino a mi encuentro descalzo por el césped. Me dio un abrazo, era una de las pocas personas que podía hacerlo sin que me resultara intimidante. No sabía por qué. Quizá por una razón tan sencilla como que era quince años mayor que yo, y que, aunque no nos conocíamos mucho, siempre se había mostrado muy amable conmigo.

–Hola, Karl Ove –me saludó. –Hacía mucho que no nos veíamos –dije–. ¡Qué día tan estupendo! Atravesamos el césped. El aire no se movía, los árboles no se movían, el sol colgaba por encima del mar y enviaba sus ardientes rayos sobre el paisaje. Y sin embargo notaba esa constante sensación de frescura. Hacía mucho que no sentía tanto sosiego.

–¿Quieres un café? –me preguntó Thomas cuando nos detuvimos detrás de la casa, donde el verano anterior había construido una terraza de madera, como la cubierta de una nave, desde la pared de la casa hasta el tupido y totalmente impenetrable seto, cuya sombra inmóvil se extendía un par de metros hacia dentro.

–Sí, por favor –respondí.

–Siéntate mientras lo preparo.

Me senté, volví a ponerme las gafas de sol y eché la cabeza hacia atrás para atrapar la mayor cantidad de sol posible mientras encendía un cigarrillo y Thomas llenaba un recipiente de agua bajo el grifo de la pequeña cocina.

Marie salió. Llevaba las gafas en la cabeza y miró al sol con los ojos entornados. Le dije que justo esa mañana había leído en Dagens Nyheter una reseña de un debate sobre arte en el que ella había participado. Ya no me acordaba de lo que ponía e intenté hacer memoria, pero por fortuna ella no preguntó, sólo dijo que lo miraría en la biblioteca, a la que se dirigía en ese momento.

–¿Ha salido ya tu libro? –me preguntó.

–No. Sale el sábado.

–¡Ah, qué emoción!

–Sí –dije.

–Nos vemos luego –dijo–. ¿Te quedas a comer?

–¡Será un placer! –contesté con una sonrisa–. Por cierto, he traído el manuscrito de Linda. Luego te lo doy.

Marie había trabajado de asesora en la Escuela de Escritura de Biskops-Arnø e iba a leer el manuscrito de un relato que Linda acababa de escribir.

–Muy bien –dijo, y volvió a entrar. Al poco rato arrancó un coche al otro lado de la casa. Thomas salió con dos tazas de café y una bandeja de magdalenas. Se sentó, charlamos un poco, luego fue a por la cámara e hizo algunas fotos mientras seguíamos charlando de otras cosas. La última vez que estuve en su casa él estaba leyendo a Proust, y seguía en ello, dijo. Justo antes de que yo llegara, estaba con la muerte de la abuela materna del escritor. Es uno de los mejores pasajes, dije. Sí, contestó, y se levantó para tomar fotos desde otro ángulo. Pensé que casi no me acordaba de la muerte de la abuela. Esa muerte que había llegado como de la nada. En un momento subió a un carruaje que la llevaría por los Jardines de Luxemburgo, al siguiente le dio un derrame cerebral que le provocaría la muerte unas horas después. ¿O unos días? La casa llena de médicos, la absorbente preocupación que caracterizaba el ambiente en la primera fase de la tristeza, cuando la apatía todavía se quiebra por esa intranquilidad que produce la esperanza. Todo como llegado de la nada, la conmoción.

–Bien –dijo Thomas–. ¿Y si llevas el sillón hasta el seto?

Hice lo que sugirió. Luego él entró en la casa para estudiar las fotos a la sombra. Yo fui a la cocina a por más café, y de paso eché un vistazo a las fotos que Thomas estaba mirando.

–Han salido bien –dijo–. Es decir, si no te importa aparecer con la nariz un poco larga.

Sonreí y volví a salir. Thomas no pretendía sacarme guapo, tampoco captar una determinada expresión, sino lo contrario, según entendí, quería reflejar el aspecto que tengo cuando me relajo del todo y no hago ningún tipo de esfuerzo.

Salió sin la cámara y se sentó al sol.

–¿Hemos acabado ya? –le pregunté.

–Sí –contestó–. Tienen buena pinta. Quizá te saque algunas de cuerpo entero.

–Vale –dije.

Al otro lado del seto sonaban voces bajas. Puse una pierna sobre la otra y eché un vistazo al cielo. No había ni una nube.

–Antes de llegar he estado en el hospital viendo a uno de mis mejores amigos –dijo Thomas–. Se ha roto el cuello.

–Qué horror.

–Sí. Lo encontraron en Gullmarsplan. Nadie sabe lo que le pasó. Simplemente estaba allí tirado.

–¿Está consciente?

–Sí. Es capaz de hablar y está completamente lúcido. Pero no recuerda nada de lo que ocurrió. Tampoco sabe qué estaba haciendo en Gullmarsplan.

–¿Había bebido?

–Qué va. Es por una enfermedad. Ya le había pasado antes algo parecido. Alguna vez se había desmayado en su casa y al despertarse no sabía dónde estaba. Pero en esta ocasión ha tenido consecuencias mayores. Puede que no salga de ésta.

Yo no sabía qué decir y me limité a asentir con la cabeza. Nos quedamos un rato callados. Thomas me miró.

–¿Damos un paseo?

–Por mí sí.

Tres minutos después cerró la puerta detrás de nosotros y echamos a andar sobre los ya pastados campos labrados, que bajaban suavemente hacia la playa de piedras y las olas que rompían en la tierra. Unas vacas de cuernos largos nos miraban desde un pequeño montículo. Aunque había casas sólo cincuenta metros más arriba, y detrás de ellas se veía una carretera transitada, tenía la sensación de que andábamos por un desierto de brezo. Tal vez fuera por el mar, y por el hecho de que los pastos llegan hasta la misma playa. Normalmente esos terrenos eran los más valorados, y no solían destinarse a los animales.

–Allí arriba hay búnkeres de la guerra –dijo Thomas, señalando unas construcciones de hormigón que había a poca distancia de nosotros–. Ya sabes, Dinamarca está muy cerca de aquí.

–También había donde yo vivía cuando era pequeño –dije–. Pero los de allí eran de los alemanes.

–¿Ah, sí? –dijo Thomas, levantando la cámara y sacándome una foto de perfil delante del mar.

–Solíamos jugar allí de niños –dije–. Sobre todo nos atraían los búnkeres del bosque. ¡El mero hecho de que existieran! Por aquel entonces sólo habían pasado algo más de treinta años desde la guerra.

El viento soplaba más fuerte allí, en terreno abierto, pero las olas que golpeaban la playa eran bajas y débiles. Las vacas se habían puesto a pastar de nuevo. Estaban dejando boñigas por todas partes, algunas blandas y suaves, otras secas y duras.

–Allí hay una cosa muy curiosa –dijo Thomas, señalando un charco en una zona pantanosa de junco y musgo, al abrigo del mar, detrás de una elevación del terreno.

–¿De qué se trata? –le pregunté.

–¿Ves ese charco? Asentí con la cabeza.

–En él viven unas ranas que no se encuentran en ninguna otra parte de Suecia. Sólo viven ahí. En ese charco.

–¿De verdad?

–Sí. Por lo visto también las hay en Finlandia. Las llaman ranas campana. Si tenemos suerte, las oiremos. Suenan como una campanilla. Una vez oí un programa de radio en el que habían grabado el sonido de éstas y lo comparaban con el de las ranas de Finlandia. A ver si las podemos oír.

Nos detuvimos justo delante de la laguna. No se oía ningún sonido, excepto el del viento que presionaba contra los oídos y el débil rumor del mar.

–Vaya –dijo Thomas–. No siempre dan señales de vida. Y hay cada vez menos. En los viejos tiempos, bueno, no tan viejos, la laguna cubría toda esta zona. Luego construyeron casas y el nivel del agua está bajando.

–¿Y cómo es posible que sólo las haya aquí?

–No lo sé. Tal vez antes las hubiera en más sitios y se hayan extinguido, excepto aquí, donde las condiciones deben de ser muy buenas para ellas.

–Qué curioso.

–Pues sí. ¡Es una pena que no puedas oírlas! De verdad que hacen un sonido muy especial.

Seguimos andando y llegamos a lo que antaño había sido un pequeño pueblo pesquero y ahora era un lugar de veraneo. Todas las viejas casas habían sido reformadas, todos los jardines eran hermosos de la misma manera minuciosa, delante de todos ellos relucían coches nuevos. Seguimos el camino que discurría entre las casas y al poco rato nos sentamos de nuevo en el pequeño jardín trasero que habíamos abandonado una hora antes. Thomas preparó más café. Marie estaba haciendo la comida.

Mientras comíamos, tortilla, patatas fritas, pan y cerveza, hablamos del escritor noruego Jon Fosse. Marie estaba traduciendo sus obras de teatro al sueco y acababa de terminar una que se representaría en el teatro Dramaten ese mismo otoño. Fosse es un escritor que ha pasado de describir en sus primeras novelas el mundo como es con la pesadilla sociorrealista de las pequeñas cosas y las relaciones ineludibles, llenas de neurosis y pánico, a describir el mundo como es en esencia, oscuro y abierto. Del mundo como puede ser dentro de cada persona, al mundo como es entre nosotros, ésa es la línea de desarrollo de su obra literaria. El acercamiento a Dios y lo divino es una consecuencia de esto. Todos los que se van abriendo camino hacia las condiciones de la existencia también tienen que perseverar en ello. Lo humano tiene un límite interior y otro exterior, entre ellos está la cultura, que es aquello en lo que aparecemos ante nosotros mismos. En Fosse esa cultura se expresa en voz baja y vacilante, abierta a las fuerzas exteriores, al viento y la oscuridad, que, por así decirlo, aumentan y disminuyen en las personas sobre las que escribe. En ese sentido hay en ellos algo prerromántico, porque los personajes de Fosse se quedan al margen de todo aquello con lo que nosotros llenamos nuestro tiempo, al menos yo el mío, de todos los periódicos, de todos los programas de televisión, de todo ese torbellino de política, noticias, cotilleos. La sencillez de sus últimas obras hace que algunos lo llamen minimalismo, la oscuridad les recuerda a Beckett, pero no hay nada minimalista en Fosse, en realidad es esencialista y nada parecido a Beckett, porque Beckett es duro, irónico, sin esperanza, su oscuridad es fría y llena de risa, mientras que la oscuridad en Fosse es cálida, consoladora, sin risa. ¿Acaso porque ha llegado hasta allí desde el interior y no toma el otro camino, como Beckett?

No podía contar nada de esto a Thomas y Marie, porque como ocurre con casi toda la literatura que leo y con casi todo el arte que veo, me relaciono con ello a través de algo que no es el pensamiento. Fosse es de tal manera, Beckett de tal otra, lo sé, pero ahí queda todo.

–¿Cómo te fue con tu tío? –se interesó Thomas–. ¿Sigue tan enfadado? La última vez que nos vimos dijiste que pensaba querellarse contra ti.

–No ha ocurrido nada nuevo –contesté–. El libro está en la imprenta, así que si hay juicio, será después de que se haya publicado. También amenazó con llevarlo a los periódicos. En realidad, eso es lo que más temo. Que ellos se enteren.

–Pero si no quiere que se lea lo que has escrito, eso no me parece muy inteligente por su parte –dijo Marie y se llevó el tenedor a la boca–. ¿No crees?

–Ya, pero no hay nada racional en esto. Aparté el plato y me recliné en la silla.

–Muchas gracias –dije–. ¡Estaba muy rico! Me apetecía un cigarrillo, pero esperé a que ellos terminaran.

Thomas levantó la cabeza y me miró.

–Fuma si quieres –dijo. –Gracias –dije y encendí un cigarrillo, contemplé la raya de mar azul oscuro por encima del seto verde, brillando a lo lejos en el horizonte, donde la luz del sol lo borraba todo, como una bomba, y desde donde se elevaba el cielo, más claro debido a la calina.

Era un día muy bonito.

Ellos empezaron a recoger, yo dejé el cigarrillo en el cenicero para ayudarles y puse los platos en la encimera, al lado de Marie, que empezó a enjuagarlos. Se estaba acercando a los sesenta, pero daba la impresión de ser mucho más joven, como le ocurre a mucha gente que escribe; sólo a veces, por un instante, se le podía ver la edad en el rostro. La impresión que da la cara y la cara en sí son dos magnitudes distintas, entretejidas, más o menos como esos dibujos que representan una cosa si miras las zonas de sombra y otra si miras el resto, excepto que una cara es infinitamente más compleja. No sólo cambia de hora en hora, según el estado de ánimo que fluye detrás de ella y a su alrededor, sino también de año en año, todo según la relación que tengas con ese rostro. La cara de mi madre, por ejemplo, casi siempre me resulta inalterable, es “mamá” a la que veo, como siempre ha sido, entonces gira un poco la cabeza y de repente, para mi horror, veo que mi madre es una persona mayor, una mujer cercana a los setenta y a quien tal vez no le queden más de diez años de vida. Entonces se gira de nuevo, dice algo, y todo lo que vuelvo a ver es a “mamá”.

Me senté fuera, el cigarrillo seguía encendido, me lo llevé a los labios y aspiré con tanta fuerza que el filtro se calentó, primero levanté la vista hacia el cielo, luego miré a Thomas, que salía con el cestillo de frambuesas en las manos.

–Antes oíamos a los ruiseñores –dijo, sentándose al otro lado de la mesa–. No hace muchos años.

–¿Qué pasó? –pregunté. Se encogió de hombros.

–Simplemente desaparecieron.

Cuando una hora más tarde me senté en el coche para volver a casa, con el sol colgando bajo sobre las tierras de Dinamarca al otro lado del estrecho, pensé en esos ruiseñores que habían desaparecido. Sería un comienzo perfecto para la nueva novela que escribiría al terminar Mi lucha. Un señor mayor, harto ya de la vida, anda despacio por su jardín en Gotland, se sienta a leer en la sombra, da largos paseos por el bosque, o por las interminables playas, y siempre se acuesta temprano. Es verano, el sol quema durante el día, la vegetación está seca y abrasada, el hombre está completamente solo, no hay ni un alma en las cercanías. Él es eso que está sentado, pensando en una conversación que mantuvo hace más de treinta años al sol, en una casa de verano de la costa de Öresund, cuando su amigo Thomas, ya fallecido, como tantos otros viejos amigos suyos, empezó a hablar de los ruiseñores que habían desaparecido. Fue la primera vez que oyó hablar de ellos. Poco tiempo después vio un documental sobre las abejas que habían desaparecido en Estados Unidos. Simplemente desaparecieron de un día para otro, nadie sabía adónde habían ido, si habían partido en busca de nuevos lugares o se habían extinguido sin más. Un domingo que estuvo con su familia en el gran hayedo de las afueras de la ciudad en la que vivía entonces vieron varios centenares de murciélagos muertos diseminados por el bosque. Los periódicos informaron de casos parecidos, grandes bandadas de pájaros que caían del cielo, enormes bancos de peces que flotaban en la superficie. Algo estaba ocurriendo en el mundo, nadie sabía qué era. Esos peces, ¿podrían ser erupciones volcánicas debajo del agua, gases que subían y los dejaban fuera de juego? ¿O se debía a algo creado por el hombre? En cuanto a los pájaros, ¿se trataba de una enfermedad que se propagaba entre ellos? En ese caso, ¿por qué caían entonces todos a la vez? ¿Sería una especie de estrés? El salmón salvaje desapareció, algunos opinaban que era debido al salmón de piscifactoría. Determinadas especies de mariposas desaparecieron, ¿sería porque el medioambiente había cambiado tan deprisa que no conseguían adaptarse? Y luego, en el transcurso de un par de veranos, algunas de las grandes colonias de pájaros dejaron de venir a anidar a las costas del norte. Nadie sabía entonces qué era lo que estaba pasando.

Todas las noches, antes de acostarse, escribe varias páginas en un cuaderno, más bien para sí mismo, sus días son tan parecidos el uno al otro que sin esas notas se mezclarían en un todo sin costuras. Escribe lo que hace, cómo se siente, lo que ve, y, entremezclados, también anota sucesos de su vida anterior, que de esta forma aparecen asistemáticamente.

Ésa era mi idea, la estuve adornando en el pensamiento mientras conducía. Con el fin de tener la tarde libre, me había ocupado de los niños por la mañana, les había dado el desayuno, los había vestido y los había llevado a la guardería, y con eso en la cabeza me marché de casa de Thomas y Marie a la hora que me marché, porque así tendría un poco de tiempo para mí, tiempo que pensaba pasar en un café de Helsingborg. Cogí una de las salidas de la izquierda, pasé volando por una zona con cierto aspecto industrial que luego se fue convirtiendo en zona de viviendas, después en largas filas de casas adosadas a ambos lados, bajé una cuesta empinada, y tenía delante de mí el centro de la ciudad, con el puerto centelleando en el reflejo del sol bajo.

Había estado allí una vez con Linda y los niños, fue la primera excursión que hicimos después de que me sacara el carné. Como yo estaba registrado en un fichero de morosos y por eso no podía alquilar un coche ni obtener un préstamo en Suecia, Linda había alquilado el vehículo a su nombre, uno de esos que parecen un minibús, enorme e inmanejable, en el que llegamos a la ciudad, yo con el corazón palpitando, apenas era capaz de conducirlo, y a la vez muy feliz, porque llevar un coche me proporcionaba una gran sensación de libertad, era como si el peligro solucionara todos mis problemas. Sabía que había un aparcamiento en la punta del gran muelle, adonde me dirigí despacio.

Había un enorme crucero atracado un poco más allá del desembarcadero. Al parecer, podía alojar a varios miles de pasajeros. Cerré la puerta del coche y eché a andar. Al otro lado del estrecho, sorprendentemente cerca, estaba lo que suponía era el castillo de Elsinor. Pensar que estaba mirando el hogar de Hamlet hizo que me estremeciera. Intenté eliminar todos los coches, barcos y casas que habían aparecido desde entonces, vislumbrar sólo el castillo en el paisaje, pensar en las enormes distancias que había entonces, el poco lugar que ocupaba el ser humano en el mundo, lo grandes que eran los espacios entre ellos, y luego mirar hacia el castillo, donde el hijo del rey, destrozado de desesperación por la muerte de su padre, seguramente asesinado por su tío, tal vez yacía en la cama mirando fijamente al techo, atormentado por esa enorme falta de sentido que se había instalado entre él y todas las cosas. Sus amigos, Rosencrantz y Guildenstern, sentados en un banco en el patio del castillo, borrachos de luz y aburrimiento, dibujan largas sombras en el empedrado.

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Estuve un rato contemplando el castillo, luego me volví y seguí por el muelle en dirección al centro. En algunas partes había turistas apoyados en la valla mirando la fría agua azul. Tal vez había peces nadando por allí, tal vez sólo era la profundidad en sí la que atraía.

El centro se encontraba al pie de una empinada colina; era la única ciudad del sur de Suecia de las que yo había estado que tenía cuestas y subidas como ésa. Daba una sensación distinta del espacio. Me metí por la zona peatonal, al final de la cual había un parque: allí, debajo de unos grandes y frondosos árboles vi una terraza. Me senté en ella unos minutos después y pedí un café. La gente sentada en las mesas de mi alrededor hablaba inglés con acento americano, seguramente serían de algún crucero.

Levanté la vista y miré las copas de los árboles. Las hojas no estaban amarillas, pero el verde no era tan sólido y pastoso como en verano, sino más seco, más pálido. Por el aire me llegaban los sonidos de la ciudad. Cubiertas rodando por el asfalto, motores de coche rugiendo, el sonido de pasos, voces, risas.

Hamlet fue escrita a finales del siglo XVI. La primera edición que se conserva data de 1603. Hace unos años eso me habría parecido mucho tiempo. Ya no pensaba así. El siglo XVII sólo se hallaba unas cuantas generaciones atrás. Goethe, por ejemplo, tuvo que conocer a personas nacidas en el siglo XVII. Para Hamsun, Goethe era alguien que había muerto una generación antes de que él naciera. Y para mí Hamsun era alguien que había muerto una generación antes de que yo naciera.

Así que el siglo XVII no estaba tan lejos en el tiempo.

Una camarera con un delantal negro cruzaba la calle hacia mí con una bandeja en la mano. La cafetería se encontraba en un edificio del otro lado de la calle. La mujer subió rápidamente los dos escalones de la terraza, se detuvo delante de mí y dejó en la mesa una taza de café, una pequeña jarra de leche y un sobre de azúcar. Le di treinta coronas y dije en noruego que estaba bien. No me entendió, empezó a hurgarse en el bolsillo del delantal buscando cambio, levanté la palma de la mano hacia ella y dije, no, no. Gracias, contestó, y se fue.

El café estaba amargo, llevaría preparado unas horas. No era exactamente lo que la gente bebía con el calor.

Encendí un cigarrillo y miré hacia los tejados del otro lado, a la chimenea cubierta de hojalata que reflejaba el brillo del sol, pero sin que los movimientos de la luz fueran visibles, con lo que daba la impresión de que era la mirada la que la emitía, desde una fuente inagotable. A las placas de pizarra negra, a las escaleras de incendios que desaparecían en los patios traseros del otro lado.

Había un horizonte en la vida de todo el mundo, era el horizonte de la muerte, se encontraba en algún lugar entre la segunda y la tercera generación anterior a la nuestra, y en algún lugar entre la segunda y la tercera generación posterior a la nuestra. Dentro de esas dos líneas estábamos nosotros y los nuestros. Fuera estaban los demás, los muertos y los no nacidos. Allí estaba la vida con la boca abierta sin nosotros. Ésa era la razón por la que un personaje como Hamlet podía llegar a ser tan importante. Era ficticio, alguien lo había inventado, otorgándole pensamientos y actos, y un espacio donde pensar y actuar, pero lo esencial era que lo ficticio ya no constituía ninguna separación válida, ninguna diferencia válida en cuanto se salía del horizonte de la muerte. Hamlet no estaba ni más ni menos vivo que esos personajes históricos que en un tiempo habían ocupado un sitio en la tierra, y en cierto sentido todos eran ficticios. O como Hamlet vestía palabras y conceptos, y los otros carne y huesos, sólo él y su forma de vida serían capaces de vencer al tiempo y la vanidad.

¿Se levanta ya en su fresca alcoba? ¿Sube la estrecha escalera, sale al balcón y se acerca a la balaustrada? Es ese caso, ¿qué ve? El estrecho azul, la tierra verde al otro lado, la llanura que se extiende eternamente hacia el interior. ¿En qué está pensando? Shakespeare lo escribió. A Hamlet la tierra le parece un cabo sin vida. El aire, ese maravilloso cielo raso, esa fantástica bóveda, ese tejado real decorado con llamas doradas, como Hamlet se lo describe a sus dos amigos, Rosencrantz y Guildenstern, para él no es más que una acumulación asquerosa y enfermiza de gases. Y el ser humano tan sólo un concentrado de polvo. Eso fue lo que él vio allí, en el castillo al otro lado. La palabra inglesa para gases era la misma que se utilizaba para la mente cuando ésta estaba ofuscada, y el espacio que allí se abría, entre el ofuscamiento de la mente y el mundo, era un abismo.

Saqué el móvil del bolsillo de la chaqueta y marqué el número de Linda. Contestó al instante.

–¿Qué tal va todo? –le pregunté.

–Bien –contestó–. Estamos en el parque. ¡Hace un tiempo estupendo! Heidi no quería venir, pero lo arreglamos. ¿Cuándo vuelves?

–Pronto. Estoy en Helsingborg. Tardaré una hora escasa, supongo. Y luego tengo que devolver el coche y regresar andando a casa. ¿Compro algo de camino?

–No, creo que tenemos todo lo que necesitamos.

–Vale –dije–. Entonces nos vemos dentro de un rato. Hasta luego.

–Hasta luego –dijo ella, y colgamos.

Me quedé sentado con el móvil en la mano mirando la calle. Dos mujeres con falda, sandalias y bolsos de tela ligera venían andando por la acera. Detrás de ellas un hombre en bicicleta con un niño en un asiento infantil apretado contra su espalda. Los dos iban con casco. El hombre llevaba gafas y traje. Pensé en Heidi y sonreí. Siempre quería que la lleváramos a cuestas. Si hubiera sido por ella no habría dado nunca un paso, sino que habría ido siempre en brazos. Así fue casi desde el principio. Yo estaba muy unido a ella cuando nació. Vanja tenía celos y monopolizaba siempre a Linda, yo llevaba a Heidi. Hasta que tuvo año y medio, entonces llegó John y se acabó esa cercanía que había entre los dos. De vez en cuando me daba pena. Pero así era con los niños, todo sucedía por épocas, y las épocas llegaban a su fin. Pronto serían adultos, y los que eran de pequeños, a los que yo había amado, habrían desaparecido. Sí, cuando veía fotos suyas en las que no tenían más de un año sentía tristeza porque los que eran entonces ya no existían. Pero en general ocupaban tanto espacio ahora, y arremolinaban nuestros días con tanta intensidad que no había lugar para esa clase de sentimientos. Con ellos todo era aquí y ahora.

Con cierto alivio, una hora después dejé caer la llave del coche en el buzón de Europcar; el que tanto yo como el coche estuviéramos sanos y salvos después de un largo día en la carretera no era una obviedad. El sol se reflejaba en el alto chapitel de la iglesia de San Pedro, mientras que la calle en la que me encontraba estaba sombría y fría. Anduve lo más deprisa que pude, como siempre, me remordía la conciencia por estar alejado de la familia, es decir, por dejar a Linda sola con los niños. No podía evitarlo. Seguí calle arriba hasta la galería Hansa, pasé por el club HiFi y el quiosco de perritos calientes de Orvar, crucé al otro lado, fui hasta el canal atravesando el pequeño parque, dejé atrás Granit y la plaza Design, crucé el puente y seguí por la calle peatonal, al final de la cual se erguía el gran Hotel Hilton, de un color entre blanco y amarillo. Había mucha gente por las calles, las terrazas de los dos cafés estaban llenas, chicas sentadas de dos en dos o de tres en tres cotilleando, algunos adolescentes fanfarroneando y un par de hombres de mi edad más prudentes, tanto en el lenguaje corporal como en la vestimenta. Todos saboreaban ese inesperado día veraniego. Yo me sentía a la vez tranquilo y nervioso; eran buenas sensaciones, pero justo debajo acechaba la angustia.

Nuestro piso estaba en la plaza, enfrente del Hotel Hilton. Un constante flujo de gente pasaba desde temprano por la mañana hasta tarde por la noche por delante de nuestro portal, metido a presión entre una tienda de Søstrene Grene y un local de comida china para llevar. En la plaza había una fuente, y durante toda la noche oíamos correr el agua, además de un puesto de comida octogonal donde ponían viejas canciones de siempre y éxitos de los años ochenta para los clientes, casi todos gente venida de fuera que devoraba salchichas y hamburguesas con montones de bolsas de compras a los pies. Un poco más allá, había unos bancos ocupados por indigentes. Nuestro piso, situado en la séptima planta, era el más alto de la finca, y teníamos una terraza a lo largo de toda la parte delantera de la casa. Una vez Vanja tiró desde allí un encendedor que chocó contra el suelo con un estallido y explotó justo al lado de una pareja. Dieron un salto y miraron hacia arriba, donde estaba yo intentando pedir disculpas, ha sido un accidente, no os lo toméis a mal…

Miré hacia arriba, hacia la barandilla. Saqué el llavero del bolsillo, en él había otro recuerdo, una foto de Vanja y mía enmarcada en un trozo de plástico, estamos en un barco, a punto de ir a ver delfines en las islas Canarias, ella tiene tres años y está cogida de mi mano, lleva un sombrero blanco en la cabeza y tiene una expresión emocionada en la cara. Pasé la tarjeta amarilla por la placa que había junto a la puerta, sonó un clic, la empujé, entré, pulsé el botón del ascensor y me puse a mirar el móvil mientras esperaba. Nadie me había llamado. Ya lo sabía. Los únicos que podían haberme llamado al móvil eran Yngve, mi madre, Tore, Espen y Geir Angell. Cada uno tenía su momento, y no era el turno de ninguno de ellos. Con Yngve y mi madre hablaba una vez a la semana más o menos, con mi madre por regla general los domingos por la noche. Con Espen una vez cada dos semanas, con Tore si acaso una vez al mes. Con Geir A. hablaba varias veces al día. Y ahí acababa prácticamente mi vida social fuera de la familia. Pero era suficiente, era como yo quería que fuera.

Llegó el ascensor, me metí dentro, apreté el botón de más arriba y me miré en el espejo, mientras me deslizaba lentamente por el estrecho y oscuro respiradero en medio del edificio. Ese verano me había crecido mucho el pelo, y también me había dejado una especie de barba. No crecía mucho, en las mejillas apenas nada, así que cada vez que me miraba al espejo me preguntaba si esa barba me quedaba ridícula o no. Resultaba difícil, por no decir imposible, tomar una decisión al respecto, porque no existía ningún criterio inicial. Si se lo preguntaba a Linda, ella decía, claro está, que me quedaba bien. ¿Lo decía en serio? Ah, era imposible de saber. Y, naturalmente, algo tan íntimo y egocéntrico no podía preguntárselo a nadie más. Por eso me la había afeitado un par de semanas antes. Cuando llegué a la guardería al día siguiente, Ola, la única persona de mi edad en ese lugar y padre de Benjamin, por el momento el mejor amigo de Vanja, decano de una facultad de la Universidad de Malmö, me miró y me preguntó qué me pasaba. ¿No tenía antes algo en la cara? Fue irónico, no quiso llamarlo barba y pensé que había hecho bien en quitármela. Pero justo ese viernes había revelado fotos del verano. Yo estaba sentado con Vanja, Heidi y John en el café de Triangeln, donde solíamos ir cada viernes después de la guardería, ellos tomaban helado y yo café y me puse a mirar las fotos y a enseñárselas. En una de ellas yo estaba en una playa de Österlen, con John en brazos. Tenía un aspecto inusualmente bueno, pensé, había algo en la barba y las gafas de sol que me hacía parecer…, bueno, muy masculino. Y encima con John en brazos parecía…, sí, joder, parecía un padre.

Allí y en ese instante decidí volver a dejarme barba. Pero subiendo en el ascensor me sentí otra vez inseguro. Al día siguiente tenía que ir a Oslo a hacer varias entrevistas en relación con el lanzamiento de la primera novela, lo que me hizo pensar en camisas, chaquetas, pantalones, zapatos, peinados y, como ya hemos visto, barba. Los últimos años no me había preocupado por eso, nunca se me había ocurrido pensar en cómo iba vestido, me ponía cualquier cosa las veces que salía, lo cual era sólo para ir a llevar o buscar a los niños, o cuando íbamos con ellos a algún sitio los fines de semana, y eso en una ciudad donde sólo conocía a un puñado de gente y no me importaba mucho lo que pensaran. Había en ello una especie de libertad, yo trotando por ahí con pantalones viejos y largos, chaquetas grandes y sucias, gorras y zapatillas de deporte feas, pero desde finales del verano, estando próxima la publicación del libro y concertadas las primeras entrevistas desde hacía cinco años, todo cambió.

Me volví automáticamente cuando el ascensor se estaba acercando a la séptima planta, después de tres años sabía el tiempo exacto que tardaba en subir, salí al rellano, lleno de las cosas de nuestros hijos; dos cochecitos, un carrito de juguete con ruedas, el patinete de Vanja, el triciclo de Heidi, y abrí la puerta del piso.

Chaquetas y zapatos tirados por el suelo, juguetes por todas partes, el sonido de la televisión en el salón.

Me quité la ropa de abrigo y entré. Heidi y Vanja estaban sentadas muy juntas en un sillón mirando fijamente la pantalla de la televisión. John, vestido sólo con un pañal, estaba de pie en medio del cuarto con un carrito en las manos, mirándome. Linda leía el periódico sentada en el sofá.

La alfombra estaba doblada, había peluches sembrados por toda la habitación, además de un montón de libros y juguetes de plástico, rotuladores y hojas sueltas con dibujos de los niños.

–¿Ha ido todo bien? –preguntó Linda.

–Pues sí –contesté–. Estuve a punto de chocar cuando iba a echar gasolina. Ya sabes lo estrecho que es ese sótano. Pero todo acabó bien. Thomas y Marie te mandan recuerdos.

–¿Pudiste entregarle mi manuscrito? Asentí con la cabeza.

–¿Qué tal estáis, chicas? –les pregunté.

No hubo ninguna reacción. Seguían sentadas inmóviles con sus cabezas rubias mirando la tele. Las dos en el mismo sillón: eso significaba que esa tarde eran amigas. Sonreí, estaban incluso cogidas de la mano.

–¿Papá sótano? –preguntó John.

–No –dije–. Papá ha ido en coche hoy.

–¡Papá en el sótano! –insistió el niño.

–¿Tienes hambre? –me preguntó Linda–. Ha quedado algo de comida.

–Vale –dije y me fui a la cocina. Sus platos seguían en la mesa, los de las niñas estaban llenos, casi no comían comida caliente, nunca lo habían hecho. Al principio Linda y yo discutíamos al respecto: yo quería exigir disciplina en lo tocante a las comidas, opinaba que debían quedarse sentadas a la mesa hasta que hubieran acabado de comer; Linda, en cambio, opinaba que todo lo que tenía que ver con la comida debía ser lo más libre y desenfadado posible. Pensé entonces que ella tenía razón, sonaba horrible relacionar la comida con la fuerza, así que les dejábamos hacer lo que querían. Cuando volvíamos de la guardería y chillaban y gritaban que tenían hambre, les dábamos una rebanada de pan, una manzana, unas albóndigas o lo que pidiesen y cuando la comida estaba servida en la mesa, les dejábamos que estuvieran sentados el tiempo que quisieran. No solían aguantar más de unos minutos, se metían algo en la boca, luego se bajaban de la silla y desaparecían en el salón o en su habitación, mientras Linda y yo seguíamos sentados cada uno a nuestro lado de la mesa comiendo.

Llené un plato de macarrones y albóndigas, el plato nacional de los suecos, troceé un tomate, eché un poco de kétchup y me senté. El primer año en Malmö lo hablé con otro padre de la guardería. Le pregunté qué hacían ellos. ¿Qué hacían a la hora de comer? No tenían ningún problema, me dijo. Su hija se quedaba sentada en la mesa hasta que acababa de comer. ¿Cómo demonios lo habéis conseguido?, le pregunté, acercándome a él, montado en mi bicicleta, íbamos a Limhamnsfältet a jugar al fútbol, como hacíamos todos los domingos por la mañana. Ella sabe que tiene que comer, contestó. ¿Cómo lo sabe?, le pregunté. Le doblegamos la voluntad, contestó. Sabe que tiene que seguir en la mesa hasta que haya acabado de comer, tarde lo que tarde. Una vez estuvo sentada hasta entrada la noche. Lloraba, gritaba y todo eso, no quería comer, ya sabes. Pero al final lo entendió, acabó de comer y pudo levantarse. ¡Creo que estuvo sentada a la mesa tres horas! Después de aquello no hemos vuelto a tener problemas. El hombre me miró sonriendo. ¿Sabía lo que estaba revelando de sí mismo?, pensé, pero no dije nada. Pasa lo mismo cuando tiene una rabieta, prosiguió. He visto que tú has tenido problemas con Vanja alguna vez. Sí, contesté, ¿tú qué haces en esos casos? La sujeto, contestó. Nada dramático. Simplemente la tengo sujeta hasta que se le pasa, todo el tiempo que haga falta. Tú también deberías hacerlo. Resulta eficaz. Sí, dije, algo tengo que inventarme.

Lo curioso de aquella conversación, pensé mientras me metía la comida templada en la boca, era que yo los había juzgado –a ambos padres, quiero decir– como gente alternativa, es decir, blandos. Él llevaba a su hijo pequeño con un fular portabebés y en un campamento en el que habíamos estado con la guardería le oí hablar de sus ventajas frente a la mochila portabebés. Ponían más interés de lo normal en que la comida no contuviera aditivos, en que en la medida de lo posible la ropa estuviera hecha de materiales naturales y se encontraban entre los más activos en las reuniones de padres de la guardería razón por la que me sorprendieron mucho esos métodos educativos tan intransigentes y tan del siglo XIX. O tal vez me hizo comprender, porque siempre me lo había preguntado, por qué su hija mayor, que jugaba a menudo con Vanja, era tan dócil. No estaba ni un segundo en el carrito, iba andando a todas partes, al contrario que Vanja, que incluso suplicaba ir sentada en el carrito detrás de Heidi a sólo unos metros de la puerta de la guardería.

Alguna que otra vez decidía doblegar su voluntad, y, claro, siempre acababa por conseguirlo, pero no sin sentirme fatal luego. Eso no podía estar bien, ¿no? Por otra parte, era bueno para ella estar sentada con nosotros comiendo, bueno para ella andar y no ir sentada en el carrito, bueno para ella vestirse sola, bueno para ella cepillarse los dientes y acostarse a una hora decente.

En una ocasión Vanja se fue con la niña, iba a dormir fuera de casa por primera vez en su vida. Fui a buscarla a la mañana siguiente, ellos dijeron que todo había ido bien, pero por Vanja, que no me soltó la mano desde que me vio, supe que no todo había sido tan fácil. El padre dijo que había habido un pequeño incidente, pero que se había solucionado, ¿a que sí, Vanja? ¿Qué pasó?, pregunté. Pues la niña pidió más comida y cuando se la dimos, ya no la quería. Entonces tuvo que quedarse sentada hasta que se lo comió todo.

Miré al hombre.

¿Estaba loco?

En absoluto, fue a buscar los calcetines de Vanja, y yo no dije nada, aunque estaba cabreado. ¿Qué se creía ese tipo, que tenía derecho a obligar a mi niña a hacer algo que él se había inventado? Cogí los calcetines que me alcanzó, se los puse a Vanja, que estiró primero un pie y luego el otro, y le di la chaqueta con la esperanza de que se la pusiera ella sola, para que no tuviera que hacerlo yo, bajo la mirada crítica del otro padre.

Linda se enfadó cuando se lo conté. Yo mientras tanto me había relajado, no me parecía tan grave, y seguramente a la niña no le vendría nada mal ver que había distintas reglas en las distintas casas.

–No es eso –dijo Linda–. También se trata de una crítica, ¿no? Ah, me irritan. Esos dos, quiero decir. Deberías oír a la madre, es una engreída. No te puedes imaginar.

–Por cierto –dije–, han invitado a Vanja a una carrera en el bosque. El próximo fin de semana, en Pildammsparken.

Era una actividad que nosotros jamás habríamos encontrado por nuestra cuenta. Para Vanja fue algo grande. La hicieron colocarse detrás de una línea de salida, con un número sobre el pecho, y tenía que correr con un montón de niños por un camino que cruzaba el bosque, y al llegar a la meta le darían una medalla y un helado.

Me tocó a mí llevarla hasta la línea de salida, junto con su mejor amiga de la guardería y la madre de ésta, mientras Linda cuidaba de Heidi en la zona de meta. Vanja estaba muy orgullosa de su número y cuando el juez de salida gritó ¡ya!, echó a correr lo más deprisa de que eran capaces sus cortas piernas. Yo trotaba a su lado bajo los árboles, en medio del tropel de niños y padres. Pero al cabo de unos cien metros, Vanja redujo la velocidad y luego se paró del todo. Estoy cansada, dijo. Su amiga y su madre estaban ya mucho más adelante, claro. Se pararon, se volvieron y esperaron. ¡Venga, Vanja!, le dije. ¡Nos están esperando! ¡Corramos! Y seguimos corriendo. Vanja, a su manera oscilante, yo trotando, un poco como un alce, las alcanzamos y seguimos un rato lado a lado, hasta que la amiga y su madre se alejaron y volvieron a dejarnos muy atrás. Aquella niña corría como el viento. Vanja respiraba con dificultad a mi lado y se paró. ¿Podemos ir andando ya, papá?, preguntó. Vale, dije, un poco. Ellas esperaron pacientemente a que las alcanzáramos, y continuamos unos cien metros hasta que la distancia entre ellas y nosotros era la de antes. Vamos, Vanja, dije. Ya no queda mucho. ¡Lo vas a conseguir! Vanja apretó los dientes y siguió corriendo, tal vez le diera nuevas fuerzas esa meta al fondo y el helado que sabía que le darían. Su amiga iba unos veinte metros por delante, corría con soltura, si no fuera por nosotros habría llegado a la meta hacía un buen rato. Se volvió y saludó a Vanja agitando la mano, pero al volverse de nuevo hacia delante se cayó al suelo. Se llevó la mano a la rodilla y se echó a llorar. Su madre se inclinó sobre ella. Nosotros nos estábamos acercando. Cuando las alcanzamos, Vanja hizo ademán de pararse. ¡Venga, Vanja!, dije. ¡Ya casi estás en la meta! ¡Corre todo lo que puedas! Vanja me hizo caso y corrió, conmigo al lado corrió todo lo que pudo, adelantó a su amiga, que tenía sangre en la rodilla, de hecho adelantamos a muchos niños, ¡como el viento y hasta la meta!

Detrás de nosotros, su amiga se levantó y empezó a andar hacia delante cojeando. Un funcionario le puso a Vanja una medalla al cuello, otro le alcanzó un helado. ¡He ganado, mamá!, gritó a Linda, que llegaba sonriente, empujando el carrito del niño delante de ella y con Heidi al lado. Por fin comprendí lo que había hecho, y me ruboricé como nunca me he ruborizado. ¡La habíamos adelantado a todo correr! ¡Con el fin de llegar los primeros a la meta! ¡Y esa niña, que durante todo el trayecto se había ido parando para esperarnos, tirada en el suelo sangrando!

Luego le tocó a ella recibir la medalla y el helado. Por suerte, estaba igual de sonriente que antes.

Su padre se acercó a nosotros.

–¡Tenías cara de querer ganar! –dijo riéndose.

Volví a ruborizarme, pero me di cuenta de que él no sabía lo que había pasado. Era incapaz de imaginarse que un adulto pudiera comportarse como me había comportado yo. Lo convirtió en una broma porque le resultaba impensable que yo hubiese animado a mi hija a correr para ganar a la suya, incluso mediante métodos no deportivos. Las niñas no tenían ni cuatro años.

La madre se me acercó y dijo lo mismo que él, que yo tenía pinta de querer ganar. Los dos daban por sentado que era Vanja la que había insistido y que yo no había sido capaz de detenerla. Podían entender que una niña de cuatro años no hubiese mostrado empatía ante una amiga, pero que un hombre de casi cuarenta no lo hubiera hecho ni se les pasaba por la imaginación.

Yo ardía de vergüenza mientras reía cortésmente.

Camino de casa le conté a Linda lo ocurrido. Se rió como no lo había hecho en meses.

–¡Al menos ganamos! –exclamé.

Hacía ya dos años de ese episodio. Entonces John tenía sólo un mes, Heidi casi dos años y Vanja tres y medio. Me acordaba muy bien porque ese día hicimos un montón de fotos. John en el cochecito con su gran cabeza de bebé y sus estrechos ojos, pataleando con sus delgadas piernas desnudas y agitando los brazos. Heidi con sus grandes ojos, su pequeño cuerpo y su pelo rubio. Vanja con sus pequeños y nítidos rasgos y esa extraña mezcla de sensibilidad y tesón. Entonces, como ahora, era incapaz de relacionarlos conmigo, más que otra cosa los consideraba tres pequeños seres humanos con los que compartía casa y vida.

Lo que ellos tenían, y yo había perdido, era un gran lugar incuestionable y luminoso en la vida. Pensaba a menudo en ello, ellos se despertaban cada día a ellos mismos y a su mundo, y vivían siempre en él, aceptando lo que llegaba, sin cuestionarlo jamás. Cuando esperábamos a Vanja, tenía miedo de que de alguna manera mi funebridad se le contagiara, incluso se lo mencioné a Yngve, que dijo que los niños son alegres en principio, y así era. Los niños siempre buscaban alegría, y si no surgían complicaciones, estaban siempre contentos y llenos de luz. Incluso cuando no se encontraban muy bien o por alguna razón estaban tristes, desesperados o alborotados, no salían nunca de ellos mismos, las cosas eran como eran, y lo aceptaban. Algún día mirarían hacia atrás y se harían las mismas preguntas que yo me hacía: ¿por qué fue como fue entonces, por qué ahora es como es, cuál es, en el fondo, el sentido de mi vida?

¡Ah, mis niños, mis amados hijos, ojalá nunca pensarais en ello! ¡Ojalá siempre supierais que os bastáis a vosotros mismos!

Pero supongo que no será así. Todas las generaciones viven su vida como si fueran las primeras, adquieren sus experiencias, avanzan a través de las edades, y mientras la sabiduría aumenta por el camino, el sentido disminuye, o aunque no se haga visible, al menos pierde la obviedad. Así es. La cuestión es si siempre ha sido así. En el Antiguo Testamento, en el que todo se expresa mediante la acción, y las narraciones están estrechamente ligadas a la realidad física, y en las antiguas epopeyas griegas, en las que la vida se desenvuelve de manera parecida, concreta, la duda nunca surge de dentro, como una condición de la propia existencia, sino siempre de fuera, a través de un suceso, por ejemplo, una muerte repentina, es decir, relacionada con las condiciones del mundo exterior y temporal. Pero en el Nuevo Testamento es distinto. ¿Cómo si no explicar la oscuridad en el alma de Jesucristo, que al final le hizo marcharse a Jerusalén para cerrarse allí puerta tras puerta hasta que sólo quedaba la última y más sencilla? Sus últimos días pueden leerse como una manera de eliminar todas las elecciones posibles, de modo que él mismo no fuera responsable de lo que ocurrió, la lenta muerte en la cruz, sino que fuera conducido hasta allí por la voluntad de otros. El mismo proceso se observa en Hamlet, también su alma está ensombrecida, también él va hacia su perdición con los ojos 30 abiertos de un modo que hace que parezca dirigido por el destino, ineludible. Para el rey Edipo es el destino, él no lo sabe, pero tanto para Hamlet como para Jesucristo se trata de una elección y un camino por el que optan. Hamlet y Jesucristo miran a la oscuridad con los ojos abiertos.

Karl Ove Knausgård (1968) emprendió en 2009 un pro­yecto literario sin igual: su obra autobiográfica Mi lu­cha es una gran proeza; está compuesta por seis nove­las, la última de las cuales ha sido publicada en julio de 2019. Ha obtenido numerosos galardones y una can­tidad insólita de lectores, además de un gran núme­ro de traducciones. Anagrama ha publicado todos los tomos, con extraordinaria acogida crítica

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