Gorrión Rojo

LECTURAS | Gorrión rojo, de Jason Matthews

Un thriller magistral en el más puro estilo James Bond cuyo autor ha sido agente de la CIA durante más de 35 años.

Ciudad de México, 18 de julio (MaremotoM).- Dominika Egorova es una oficial de inteligencia del estado. Contra su voluntad es un ‘gorrión’, una seductora entrenada en dichos menesteres.

Nathanniel Nash es agente de la CIA. Encargado de la infiltración de agentes en la inteligencia rusa.

A ambos se le asigna una misma misión que los obliga a trabajar juntos. Codo a codo. Sumergidos en un ambiente que apesta a engaño, oficio y decepción, se crea un deseo carnal entre ambos que amenaza sus carreras y la seguridad del confidente más importante de Estados Unidos en Moscú.

Llegado el momento, Dominika decide vengarse de quienes fueron sus maestros y comienza a desarrollar una doble vida. Pasa a formar parte de la CIA y tendrá que poner en marcha varias investigaciones.

El juego de espionaje junto con la relación de Dominika y Nathaniel llevan esta historia a una atmósfera electrizante y cargada de tensión. Sobre el libro de ha hecho una película, protagonizada por Jenniffer Lawrence.

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Después de doce horas de Ruta de Detección de Vigilancia, Nathaniel Nash se sentía entumecido de cintura para abajo. Mientras esperaba en una callejuela adoquinada de Moscú, notaba las piernas y los pies agarrotados. Hacía horas que se había hecho de noche en su RDV, un recorrido diseñado para que quien le estuviese vigilando se pusiera nervioso, se sintiera presionado y terminara delatando su presencia. Nada. Ni una mínima señal de que una unidad estuviese merodeando, brincando, escondiéndose tras las esquinas de las calles a su espalda. Ni una reacción a sus movimientos. ¿Habría pasado desapercibido? ¿Era invisible, como se decía en la jerga o simplemente presa de una trampa? Era la naturaleza del juego: peor que estar vigilado era no saber si lo estabas.

Aunque estaban a principios de septiembre, había nevado a primera hora de la mañana, al principio de su RDV, lo cual había ayudado a borrar las huellas de su trayecto en coche. Esa misma mañana, Nate se había bajado de un Lada Combi en marcha. Al volante estaba Leavitt, que lo había sacado de la estación de la CIA en Moscú. Mientras Nate calculaba el salto desde el coche, Leavitt levantó tres dedos en silencio, justo al doblar la esquina de la calle lateral de un polígono industrial, y acto seguido le dio una palmadita en el brazo. Durante ese intervalo de tres segundos, la vigilancia del FSB, el servicio ruso que se encargaba del espionaje dentro de la Federación, no había detectado que Nate se les había escapado. Este, escondido tras un montículo de nieve, los había visto pasar de largo. Los rusos continuaron detrás de Leavitt: habían picado en su maniobra de despiste. Además, Nate había dejado en el coche el teléfono móvil de la Sección Económica de la embajada, su tapadera en Moscú, de manera que el FSB se pasaría las siguientes horas siguiendo una pista falsa entre las antenas de telefonía de la ciudad. Al rodar sobre el cemento, Nate se había golpeado la rodilla contra la calzada. Durante las primeras horas sintió calambres. Ahora la notaba adormecida, como el resto del cuerpo. Cuando cayó la noche había caminado, resbalado, trepado y gateado por medio Moscú sin detectar que lo siguieran. Pare- cía que el terreno estaba despejado.

Nate era miembro de un reducido grupo de agentes de “operaciones internas” de la CIA entrenados para operar bajo vigilancia en territorio hostil. Cuando estaba sobre el terreno en una operación, no se permitía ni la duda ni la introspección. Su habitual temor al fracaso, a no dar la talla, desaparecía. Esa noche estaba tranquilo y trabajaba bien.

“Ignora el frío que te oprime el pecho. Permanece dentro de la burbuja sensorial. Deja que se expanda por debajo del estrés. —Aguzó la vista—. Concéntrate en la distancia media y observa si pasan transeúntes y coches reiteradamente. Fíjate en colores y formas. Gorros, abrigos, coches.”

Sin pensar en lo que hacía, registraba de manera instintiva los sonidos de la ciudad, que se iba oscureciendo a su alrededor; el chasquido de los cables de los tranvías, el silbido de las ruedas de los coches sobre el pavimento mojado, el crujido de la carbonilla bajo los pies. Le llegó el amargo olor a diésel y carbón quemado y desde algún respiradero oculto el aroma de una sopa de remolacha en plena cocción. Era como un diapasón que resonaba en el aire helado, afinado y en forma, pero extrañamente tranquilo. Tras doce horas de RDV estaba todo lo seguro que uno podía llegar a estar: era invisible, indetectable.

Registro horario: 22.17. Faltaban dos minutos para que Nate Nash, de veintisiete años, se reuniese con quien era ya una leyenda y constituía la joya de la corona de la CIA, su activo más valioso. Con solo atravesar trescientos metros de la tranquila calle frente a él, se reuniría con Marble, un sofisticado urbanita de unos sesenta años y general de división del SRV, es decir, directo en la sucesión del jefe de la Dirección General de la KGB, el servicio exterior de inteligencia ruso, la unidad de espionaje del Kremlin en el extranjero. Marble había estado en activo durante catorce años, una carrera notable teniendo en cuenta que, durante la Guerra Fría, los confidentes rusos no solían sobrevivir más de dieciocho meses. Mientras ojeaba la calle, Nate vio desfilar ante sus ojos las fotografías borrosas de los agentes que habían perecido: Penkovski, Motorin, Tolkachov, Poliakov y todos los demás…

“Este no; no mientras yo esté de servicio.” No le fallaría.

Marble era ahora Jefe del Departamento de Las Américas del SVR; un puesto que le daba acceso a casi todo. Era un agente de la vieja escuela, se había ganado sus méritos (y sus estrellas de general) a lo largo de una espectacular carrera en el extranjero, no solo por sus triunfos operativos, sino también porque había sobrevivido a innumerables purgas, reformas y luchas de poder internas. Nunca se había engañado a sí mismo sobre la naturaleza del sistema al que servía y, aunque ya no aguantaba la farsa del poder, era profesional y leal. A los cuarenta, ya coronel de servicio en Nueva York, la Central le denegó el permiso para llevar a su mujer a un oncólogo estadounidense, una estúpida muestra de intransigencia soviética, y ella murió sobre una camilla en un pasillo de un hospital de Moscú. A Marble le costó otros ocho años decidirse a tantear a los americanos de forma segura y ofrecerse como voluntario.

Cuando se convirtió en espía extranjero (un agente, según el vocabulario del servicio de inteligencia), Marble se dirigió a los funcionarios que actuaban como enlace en la CIA con una serenidad y una elegancia exquisitas, disculpándose humildemente por la exigua información que podía aportar. En Langley se quedaron estupefactos, pues podía proporcionarles datos de valor incalculable sobre las operaciones y el nivel de penetración de la KGB y el SVR dentro de gobiernos extranjeros. Y, de vez en cuando, si tenía acceso, también sobre algo esencial: los nombres de los americanos que espiaban para Rusia. Era un confidente poco común, inestimable.

A las 22.18 Nate giró y comenzó a descender por la acera irregular de la callejuela, flanqueada por ambos lados por bloques de apartamentos y árboles, ahora desnudos y cubiertos de nieve. Al final de la calle, dibujada a contraluz por las farolas de la intersección, una figura familiar dobló la esquina y empezó a caminar hacia Nate. El viejo era todo un profesional: había llegado justo en el margen estipulado de cuatro minutos.

El cansancio de Nate se desvaneció y se sintió revigorizado. Según Marble se acercaba, Nate observó automáticamente la calle buscando anomalías.

“No hay coches. Mira hacia arriba. No hay ventanas abiertas, los apartamentos están a oscuras. Date la vuelta. Las calles están tranquilas. Comprueba las sombras. No hay barrenderos ni mendigos.”

A pesar de las horas de RDV, de las maniobras para provocar a una posible vigilancia, de las esperas y la atenta observación durante horas en medio de la nieve y el frío… un único error podría tener un resultado inevitable: la muerte de Marble. Para Nate significaría no solo la pérdida de una fuente de información o el comienzo de una crisis diplomática, sino la muerte de ese hombre, de su agente. No podía fallar.

Marble avanzó sin prisa. Se habían visto dos veces . No era su primer controlador, Marble había tenido otros. Había acabado formándolos a todos. Algunos tenían talento. En otros, Marble intuía una estupidez supina. Y alguno que otro había exhibido una desidia impresionante, una desgana y una falta de profesionalidad que podían resultar potencial- mente mortales. Nate era distinto, interesante. Tenía algo: la inteligencia, la concentración y la agresividad para hacer las cosas bien. Era un poco inmaduro e impulsivo, pensaba Marble, pero había pocos con esa pasión. Le había gustado.

Los ojos de Marble se entornaron plácidamente al ver al joven americano. Nate era de estatura media y delgado, moreno, de nariz recta y unos ojos marrones que no paraban de moverse y miraban, con más concentración que nerviosismo, por detrás del hombre mayor que se le aproximaba.

—Buenas noches, Nathaniel —saludó.

Marble tenía un ligero acento británico tras haber estado destinado en Londres, si bien se había suavizado por el tiempo que había pasado en Nueva York. Utilizó por capricho el inglés para acercarse a su controlador, a pesar de que Nate hablaba un ruso casi perfecto. Tenía espesas cejas blancas y una abundante mata de pelo canoso y ondulado que le daban un aspecto de elegancia mundana. Se suponía que tenían que utilizar seudónimos, pero era ridículo. Marble tenía acceso a las fichas de diplomáticos extranjeros del SVR y conocía perfectamente el nombre de Nate.

—Me alegro de verte. ¿Estás bien? —Marble escrutó la cara de Nate—. ¿Estás cansado? ¿Cuántas horas llevas de servicio?

Las preguntas de Marble eran perfectamente educadas, pero aun así lo quería saber de verdad. Nunca daba nada por sentado.

Dobryj vecher, dyadya —dijo Nate; había empezado a usar el familiar tío, en parte una señal de respeto, en parte una muestra de verdadero afecto; miró su reloj—. Llevo doce horas. La calle parece despejada.

Era una jerga que ambos entendían. Nate sabía que Marble quería comprobar lo exhaustiva que había sido su RDV.

Marble no hizo ningún comentario. Los dos anduvieron entre las sombras que proyectaban los árboles sobre la acera. El aire era gélido, no soplaba el viento. Tenían aproximadamente siete minutos.

Nate dejó que Marble hablara y lo escuchó con atención. El hombre mayor le relató, con rapidez pero sin apresurarse, lo que sucedía dentro del Servicio, una mezcla de cotilleos, rumores y política: quién ascendía y a quién degradaban, el resumen de una nueva operación, el recluta- miento exitoso del SVR en un país extranjero… Los discos contenían todos los detalles. Era tanto un informe de la situación como una conversación entre dos personas: el sonido de sus voces, el contacto entre sus miradas, la suave risa de Marble. Por eso tenía sentido.

Al pasear, ambos resistieron el impulso natural de tomarse por el brazo, como padre e hijo. Los dos sabían que no podía haber ningún contacto: un amargo requisito que imponía la posibilidad de contaminarse con mitka, el polvo de los espías. El propio Marble le había informado del programa secreto de polinizar al personal de la embajada de Estados Unidos en Moscú sospechoso de ser agente de la CIA. Se trataba del compuesto químico nitrofenilpentadienal, NPPD, un polvo amarillo parecido a la levadura. Técnicos rusos con los rostros marcados lo rociaban con peras de goma en la ropa, las alfombras y los volantes de los coches. El NPPD había sido diseñado para propagarse como el pegajoso polen del narciso a través de un apretón de manos, un papel o la solapa de un abrigo. Podía marcar cualquier cosa que tocara un agente de la CIA de manera invisible. Por ello, si eras un agente ruso bajo sospecha y las manos, la ropa o la superficie de mesa reflejaban la luz fluorescente del NPPD, estabas acabado. Marble había conmocionado Langley al informar de que algunos lotes de metka se habían marcado con determinados compuestos químicos para poder identificar a cada controlador americano específicamente.

Mientras caminaban y hablaban, Nate se metió la mano en el bolsillo y sacó una bolsa de plástico sellada. Había pilas de repuesto para el equipo de comunicación clandestino de Marble: tres paquetes de cigarrillos gris metálico excesivamente pesados. Utilizaban covcom para transmitir informaciones urgentes y para seguir en contacto entre las reuniones en persona. Estos breves encuentros, a pesar del riesgo mortal que entrañaban, eran infinitamente más productivos. En su transcurso, Marble pasaba gran cantidad de información en discos o USB, y los americanos, a su vez, reponían equipos y rublos. Además, se producía un contacto humano, existía la oportunidad de intercambiar unas palabras, el tiempo de renovar un vínculo cuya naturaleza era casi sagrada.

Nate abrió con cuidado la bolsa de plástico y se la entregó a Marble, quien la cogió y extrajo el bloque de pilas, que habían sido empaquetadas en un laboratorio esterilizado de Virginia. Este, a su vez, dejó caer dos discos en la bolsa.

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—Estos discos deben de contener casi cinco metros lineales de do- cumentos —dijo—. Con mis mejores deseos.

Nate se dio cuenta de que el viejo espía aún pensaba en metros li- neales de carpetas de documentos, aunque estuviera robando secretos digitales.

Gorrión Rojo
Una novela atrapadora. Foto: Cortesía

—Gracias. ¿Has incluido el resumen?

Los hackers le habían rogado a Nate que Marble incluyera un resu- men de la entrega para poder priorizar así las traducciones y el procesa- miento de sus informes.

—Sí, esta vez me he acordado. En el segundo disco también he me- tido el nuevo directorio de la oficina. Ha habido algunos cambios de personal, nada demasiado alarmante. Y un calendario de mis viajes al extranjero durante el próximo año. Estoy buscando razones operativas para viajar. He incluido los detalles —explicó, señalando los discos con la cabeza.

—Estoy deseando verte fuera de Moscú —dijo Nate—, cuando te venga bien.

El reloj seguía avanzando y, tras alcanzar el final de la calle, ambos se volvieron y caminaron de nuevo lentamente en dirección opuesta. Marble se quedó pensativo.

—¿Sabes? He estado pensando en mi carrera, en las relaciones con mis amigos en Estados Unidos, en lo que me queda de vida —dijo—. Todavía me faltan unos cuantos años para jubilarme. La política, la vejez, un error impensable. Me quedan quizá tres o cuatro años, puede que dos; creo que sería muy agradable jubilarme en Nueva York. ¿Qué opinas, Nathaniel?

Nate paró y se volvió un poco hacia él. ¿Qué significaba esto? El ronroneo de la calle se desvaneció. ¿Estaba su agente en peligro? Marble alzó la mano como para apretar el brazo de Nate, pero se detuvo.

—No te alarmes, por favor, simplemente estaba pensando en alto. Nate lo miró de refilón: el viejo estaba tranquilo, confiado, en calma.,Era natural que un agente pensara en retirarse, que soñara con poner fin al peligro de su doble vida, con dejar de esperar la posible llamada en la puerta. La vida antes o después agota, y eso lleva a cometer errores. ¿Había cansancio en la voz de Marble? Nate tendría que informar al día siguiente en su cable de operaciones sobre los matices de la conversación. Los problemas de un caso repercutían inexorablemente en el controlador, y no necesitaba más problemas.

—¿Pasa algo, hay algún problema de seguridad? —preguntó Nate—.

Sabes que tienes una cuenta lista en el banco. Puedes retirarte cuando quieras. Te apoyamos al cien por cien.

—No, estoy bien. Tenemos aún trabajo que hacer. Ya descansaremos más tarde.

—Es un honor trabajar contigo —añadió Nate, y lo decía en serio—. Tu contribución es valiosísima.

El viejo miró la acera mientras caminaban por la calle en penumbra. Su reunión sobrepasaba los seis minutos. Era hora de marcharse.

—¿Necesitas algo? —le preguntó Nate.

Cerró los ojos y se concentró. Pilas entregadas, discos recibidos, resumen incluido, calendarios de viajes al extranjero. Lo único que quedaba era fijar el próximo encuentro dentro de tres meses.

—¿Nos vemos dentro de tres meses? —preguntó Nate—. Para entonces estaremos en pleno invierno, en diciembre. ¿Qué te parece Eagle, cerca del río, como punto de encuentro?

—Claro, por supuesto —dijo Marble—. Orel. Te lo confirmaré con un mensaje una semana antes.

Habían vuelto a llegar al final de la calle, se acercaban a las luces menos tenues del cruce. Un cartel luminoso marcaba la entrada de la estación de metro, al otro lado. A Nate le recorrió una sensación de alar- ma por la espalda.

Un Lada desvencijado con dos hombres en los asientos delanteros atravesó despacio la intersección. Nate y Marble se pegaron a la pared de un edificio sumido en la oscuridad. Marble también había visto el coche, el viejo era tan profesional sobre el terreno como su joven controlador. Otro coche, un Opel más nuevo, cruzó en sentido opuesto. Los hombres de dentro miraban al otro lado, por detrás de él. Nate vio un tercer coche entrando lentamente en la calle. Solo llevaba puestas las luces de cruce.

—Es una batida —susurró Marble—. No habrás aparcado el coche cerca, ¿no?

Nate sacudió la cabeza: no. No, no, mierda, no. El corazón le latía con fuerza. No tenían casi margen. Miró a Marble durante un segundo, después los dos se movieron a la vez. Olvidándose del polvo de espía y de cualquier otra cosa, Nate ayudó a Marble a quitarse el abrigo negro y volverlo del revés, transformándolo en un abrigo claro de corte distinto, de aspecto sucio y raído en las mangas y los bordes. Metiendo la mano en un bolsillo interior del abrigo, Nate desdobló un gorro de piel apolillado (parte de su propio disfraz) y se lo embutió en la cabeza al general.

Marble extrajo del bolsillo delantero unas gafas de montura gruesa con una patilla envuelta en cinta adhesiva blanca y se las puso. De otro bolsillo, Nate sacó una varilla corta que agitó suavemente hacia abajo, para que el elástico de su interior desplegara los tres segmentos de un bastón que puso en la mano de Marble. En ocho segundos, el viejo moscovita había desaparecido y lo había sustituido un decrépito jubilado con un abrigo de paño barato que renqueaba apoyado en su bastón. Nate le empujó suavemente en dirección al cruce y la entrada del metro. Esto desafiaba todas las normas del catecismo del espía, que dictaba no utilizar el metro por el peligro de quedarse atrapado bajo tierra; pero si eso conseguía que Marble lograra huir de la zona, valía la pena correr el riesgo. Su disfraz tendría que despistar a las múltiples cámaras de seguridad de los andenes.

—Los voy a sacar de aquí —dijo Nate.

Marble se inclinó y comenzó a cruzar la intersección arrastrando los pies. El viejo espía miró a Nate una vez, grave pero tranquilo, y le guiñó un ojo. “Este tío es una leyenda”, pensó Nate. Ahora su prioridad era distraer los coches que los vigilaban y hacer que se concentraran en él para alejarlos de Marble. No obstante, también tenía que evitar que le detuviesen a él. Los discos que Marble le había entregado eran igual de peligrosos para la vida del viejo que si le atrapaban.

No mientras él estaba de servicio. Una sensación de fuego helado le invadió la cabeza y la garganta. Llevaba el cuello del abrigo subido y estaba preparado. Cruzó rápidamente por delante del coche que los seguía para comenzar a subir despacio la calle a media manzana de distancia. Podían ser del FSB, los gorilas encargados del espionaje dentro de la Federación Rusa. Era su territorio.

Aullaron los 1200 centímetros cúbicos del Lada. Lo habían avistado bajo las altas farolas de la calle iluminada. Corrió hacia la siguiente manzana y se agachó en la escalera de un sótano que apestaba a orina y vodka. Detrás de él sonó el lamento de las ruedas.

“Espera, espera, ahora vuelve a moverte corriendo a toda velocidad, cruzando los callejones, desapareciendo en los pasos peatonales eleva- dos, bajando velozmente las escaleras que dan al río. Utiliza las barreras, cruza las vías del tren, cambia de vector y dirección cuando ya no te puedan ver, haz que se equivoquen, cuélate por las grietas.”

Registro horario: casi dos horas. Temblaba de cansancio y se puso a correr; luego caminó, después se agazapó tras los coches aparcados, oyendo el sonido de los motores al pasar. Los coches se acercaban y se alejaban, y luego volvían a acercarse, intentando aproximarse lo suficiente para verle la cara, lo bastante para inmovilizarlo sobre la acera, boca abajo, para meterle las manos en los bolsillos. Oía los frenos chirriar y el sonido de sus voces gritando por la radio: estaban empezando a desesperarse.

Cuando estaba en la academia, su primer instructor en vigilancia le había dicho: “Llegará a sentir la calle, señor Nash, no importa si está en la avenida Wisconsin o en Tverskaya, la sentirá”. Y Nate la estaba sin- tiendo de cojones. No sabían dónde estaba, pero eran muchos. Las ruedas de los coches, en su tránsito, rechinaban sobre los adoquines mojados. Lo bueno era que no tenían la suficiente información sobre él como para desplegar un dispositivo a pie. Lo malo era que el tiempo estaba de su parte. Gracias a Dios estaban siguiendo su rastro, lo que significaba que no se habían centrado en Marble. Nate rezó para que no hubieran visto al viejo meterse en el metro cojeando, y que no fuera Marble el principal objetivo de su vigilancia, porque eso significaría que había un segundo equipo siguiéndolo. No iban a atrapar a su agente, “su agente” y tampoco obtendrían el paquete con los discos de Marble, un material tan volátil como la nitroglicerina. El chirrido de ruedas se desvaneció y las calles quedaron en silencio.

Registro horario: más de dos horas; dolor de piernas y espalda; visión periférica borrosa. Bajó por un callejón estrecho apoyándose en la pared en penumbra, deseando que se hubiesen ido, imaginando los coches abollados ya aparcados en el garaje, el ruido de la carrocería contra- yéndose al enfriarse; el barro goteando; el jefe del grupo gritando en la sala de reuniones. Pasaron unos minutos durante los cuales Nate no vio pasar ningún coche, y pensó que había salido del perímetro de su búsqueda. Mientras, empezó a nevar de nuevo.

Un poco más adelante, sonó el crujido de un vehículo al detenerse, luego se lo oyó recular y meterse en el callejón, con los faros iluminando la nieve. Nate se pegó a la pared, intentando reducir su silueta y las sombras, pero dedujo que debían de haberlo visto y, mientras las luces lo re- corrían de arriba abajo, el coche aceleró hacia él, invadiendo su lado del callejón. Nate observó fascinado e incrédulo cómo el coche se le aproximaba con la puerta del copiloto a centímetros de la pared, dos caras decididas en su interior mirando de frente y los limpiaparabrisas funcionando a toda velocidad. Pero ¿qué les pasaba a estos animales del FSB? ¿Es que no lo veían? Luego se dio cuenta de que sí lo veían, perfectamente, y de que lo que querían era pasar arañando la pared y aplastarlo.

“Existe una norma entre los equipos de vigilancia que siguen a un diplomático extranjero: nunca, en ninguna circunstancia, se puede ejercer violencia contra su objetivo.” Eso es lo que sus instructores le habían enseñado. Entonces ¿qué demonios hacían esos tíos? Se dio la vuelta y calculó que la entrada del callejón estaba demasiado lejos.

“Sienta la calle, señor Nash” y sintió que la segunda mejor opción parecía la tubería de desagüe que bajaba por el edificio a menos de medio metro de donde estaba él. Era de hierro y sus tirantes oxidados estaban atornillados a la pared de ladrillo. Cuando el coche se le echó encima, Nate pegó un salto y se agarró a la tubería, utilizando los tornillos para trepar hacia arriba. El coche chocó contra la pared, haciendo añicos la tubería; el techo del vehículo quedó justo debajo de las piernas levantadas de Nate. Con un pesado estruendo final, se estrelló contra el muro y se detuvo. El motor ya no sonaba. Sin nada donde agarrarse, Nate se desplomó sobre el techo del coche para caer al suelo. La puerta del conductor se abrió y en el momento en que salía un hombre grande con un gorro de piel, Nate empujó la puerta con el hombro y dio al gorila en la cabeza y el cuello. Se oyó un grito, vio su rostro contraído por el dolor. Nate volvió a estampar la puerta contra su cabeza dos veces más, muy rápidamente, y el hombre se derrumbó en el interior del coche. La puerta del copiloto estaba pegada al muro y no se podía abrir. Nate vio que el otro tiparraco intentaba trepar por encima del asiento delantero para alcanzar la puerta trasera. Era el momento de echar a correr. Bajó por el callejón a toda velocidad para internarse en la oscuridad y doblar la esquina. Tres puertas más abajo había un mugriento comedor social todavía abierto a esas horas. La luz de su interior se derramaba sobre la acera nevada. Nate oyó el gemido del coche del callejón al dar marcha atrás. Se agachó dentro del minúsculo restaurante y cerró la puerta. Una sola estancia, nada más que un mostrador para atender en un rincón y varias mesas y bancos de madera desgastados, papel de pared manchado y mugrientas cortinas de encaje en la ventana. Una mujer mayor con enormes dientes de conejo estaba sentada detrás del mostrador, escuchando una radio mal sintonizada. A su espalda, dos cazos de aluminio abollados llenos de sopa hirviendo a fuego lento. El aroma a cebolla llenaba la sala.

Gorrión Rojo
Jason Matthews, autor de Gorrión Rojo. Foto: Cortesía

Jason Matthews: Durante una carrera de treinta y tres años sirvió en múltiples ubicaciones en el extranjero y se dedicó a la recolección clandestina de inteligencia de seguridad nacional, especializándose en operaciones de área denegada. Matthews realizó operaciones de reclutamiento contra objetivos soviéticos, de Europa oriental, de Asia oriental, de Medio Oriente y del Caribe. Como Jefe de varias Estaciones de la CIA, colaboró con socios extranjeros en operaciones de contra proliferación y contraterrorismo.

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