Hacer el mal

LECTURAS | Hacer el mal, de Julia Shaw

Un estudio sobre nuestra infinita capacidad para hacer daño.

Ciudad de México, 31 de agosto (MaremotoM).- Tú y yo y nosotros y vosotros y ellos: todos hacemos cosas malas, todos mentimos, engañamos, dañamos; todos nos hemos aprovechado de alguien. Todos sabemos lo que es el mal. Dirás que una mentira piadosa no tiene nada que ver con ser un asesino en serie, o que nuestras ganas de apretar las mejillas de un recién nacido son una pulsión inocente y tierna. Por fortuna la doctora Julia Shaw ha llegado
para contarte que la maldad es habitual, que es cualquier cosa menos una desviación y que mientras menos dispuestos estemos a entenderla desde la normalidad, más lejos estaremos de alejar las peores expresiones del horror humano.

Julia Shaw es capaz de revelar en este ensayo los caminos insospechados que unen tus pensamientos cotidianos con los de grandes criminales de la historia. ¿Matarías a Hitler bebé si viajaras en el
tiempo? ¿Por qué envías mensajes pasivo-agresivos a tu pareja? ¿Es normal desearle una tragedia al cabrón de tu jefe? Hacer el mal se hace todas esas preguntas que nunca te has atrevido a verbalizar. Y las responde.

Hacer el mal
Hacer el mal, de la doctora Julia Shaw. Foto: Cortesía

Fragmento de Hacer el mal, de la doctora Julia Shaw, con autorización de Planeta

1.NUESTRO SÁDICO INTERNO: LA NEUROCIENCIA DEL MAL

Sobre el cerebro, la agresión y la psicopatía de Hitler

Cuando la gente habla del mal, tiende a dirigir su atención hacia Hitler. Tal vez esto no sea sorprendente, pues Hitler perpetró muchos de los actos que asociamos con el mal: asesinato masivo, destrucción, guerra, tortura, discursos de odio, propaganda y ciencia sin ética. El mundo y la historia quedarán por siempre manchados con su recuerdo.

Un guiño a la omnipresencia de nuestra conexión automática entre la maldad general y Hitler se refleja en las interacciones humanas cotidianas. En discusiones en las que se desdeña o se desprecia algo, la gente que dice o escribe cosas sobre las que otros no están de acuerdo es con frecuencia catalogada de «nazi» o «parecida a Hitler». La ley de Godwin dice que todos los comentarios de una discusión lineal llevarán inevitablemente a una comparación con Hitler. Estas comparaciones ligeras y al paso trivializan las atrocidades cometidas, escalan la discusión hasta un punto en el que no hay marcha atrás y con frecuencia finalizan la conversación. Pero me desvío.

Debido al tipo y a la intensidad de la devastación de la que Hitler fue responsable tanto directa como indirectamente, se han escrito innumerables libros en torno a sus motivaciones, su personalidad y sus acciones. Durante mucho tiempo la gente ha querido saber por qué y cómo se convirtió en el hombre que conocemos por las páginas oscuras de los libros de historia. En este capítulo, en vez de diseccionar las particularidades de sus acciones, quiero que enfoquemos nuestra atención en una sola pregunta: si pudiéramos regresar en el tiempo, ¿mataríamos al bebé Hitler?

La respuesta a esta pregunta me dice mucho de ustedes. Si su respuesta fue «sí», entonces es probable que crean que nacemos con la predisposición a hacer cosas terribles. Que el mal se encuentra en nuestro ADN. Si su respuesta fue «no», entonces es probable que tengan una visión menos determinista del comportamiento humano y quizá crean que el ambiente y la educación cumplen un papel crítico en ese desarrollo en el que terminamos siendo adultos. O quizá dijeron que «no» porque no está bien visto matar bebés.

En cualquier caso, considero que la respuesta es fascinante. También pienso que es casi seguro que está basada en evidencias incompletas. Porque: ¿tienen la certeza de que los bebés terribles se transforman en adultos terribles? Y ¿son en verdad sus cerebros tan distintos del de Hitler? Bueno, vamos a descubrirlo.

Hagamos un experimento mental. Si Hitler estuviera vivo hoy y lo metiéramos en un escáner de imágenes neurológicas, ¿qué encontraríamos? ¿Habría estructuras dañadas, secciones activas en extremo, ventrículos con la forma de la esvástica?

Pero antes de que podamos reconstruir su cerebro necesitamos considerar primero si Hitler estaba loco, era malo o ambas cosas. Uno de los primeros perfiles psicológicos de Hitler fue escrito durante la Segunda Guerra Mundial. Está considerado uno de los primeros perfiles de delincuentes de todos los tiempos y fue elaborado por el psicoanalista Walter Langer1 en 1944 para la Oficina de Servicios Estratégicos, una agencia de inteligencia de Estados Unidos y una versión temprana de lo que luego sería la CIA.

El informe describía a Hitler como un «neurótico» que «rayaba en la esquizofrenia», y predijo correctamente que era una persona que luchaba por alcanzar la inmortalidad ideológica y que se suicidaría si se enfrentaba a la derrota. Sin embargo, el mismo informe también hizo un número de aseveraciones pseudocientíficas que no son verificables, entre las que se encontraban que le gustaba el masoquismo en el sexo (que lo hirieran o lo humillaran) y que tenía «tendencias coprófagas» (le gustaba comer heces).

Otro intento de perfil psicológico fue publicado en 1998, esta vez por parte del psiquiatra Fritz Redlich,2 quien llevó a cabo lo que él llama una patografía: un estudio de la vida y personalidad de una persona de acuerdo con la influencia de la enfermedad. Cuando estudió la historia médica de Hitler, refirió que presentaba muchos síntomas psiquiátricos entre los que se encontraban la paranoia, narcisismo, ansiedad, depresión e hipocondría. Sin embargo, y a pesar de encontrar evidencias de muchos síntomas psiquiátricos «que podrían llenar un libro entero de psiquiatría», advierte que «la mayor parte de su personalidad funcionaba de manera más que adecuada» y que Hitler «sabía lo que estaba haciendo y escogió hacerlo con orgullo y entusiasmo».

¿Habrían querido asesinar al bebé Hitler? ¿O le habrían dado una mayor importancia a su crianza y educación? Redlich argumenta que existían muy pocas cosas en su infancia que sugirieran que se convertiría en un notorio político genocida. Anota que, médicamente hablando, Hitler fue un niño bastante común, tímido en lo sexual y que no le gustaba torturar animales ni humanos.

Redlich es contrario a la idea de que el pequeño Hitler haya tenido una crianza particularmente problemática y critica a los historiadores psicológicos que dicen que sí la tuvo. Parece que no podemos asumir que esta fuera la causa de su comportamiento posterior; y la insatisfactoria respuesta a si Hitler estaba loco parece ser «no». Resulta pues que este es con frecuencia el caso. El que alguien haya cometido crímenes atroces no quiere decir que sea un enfermo mental. Asumir que todas las personas que cometen estos crímenes son enfermas mentales elimina la responsabilidad personal de los perpetradores de esos actos y estigmatiza las enfermedades mentales de una manera muy grave. Entonces: ¿cómo son capaces de tales horrores las personas como Hitler?

Mientras trabajaban en la búsqueda de una “neurociencia de la maldad humana”, los psicólogos científicos Martin Reimann y Phillip Zimbardo dieron con una idea diferente acerca de por qué la gente es capaz de cometer actos terribles. En su escrito de 2011 El lado oscuro de los encuentros sociales, los autores intentaron establecer qué partes del cerebro son las responsables de permitir el mal. Afirman que son dos los procesos más importantes: la desindividuación y la deshumanización. La desindividuación ocurre cuando nos percibimos como entes anónimos. La deshumanización cuando dejamos de ver a los demás como seres humanos y los empezamos a ver como menos que humanos. Los autores también explican que la deshumanización es una catarata cortical. Una percepción borrosa en la que dejamos de ser capaces de ver en realidad a los demás.

Podemos ver esto cuando hablamos de «los malos». Esta es una afirmación que deshumaniza. Asume que existe un grupo homogéneo de individuos que son «malos» y que son diferentes de nosotros. En esta dicotomía nosotros, por supuesto, somos «los buenos», un grupo diverso de seres humanos que toman decisiones éticamente sólidas. Esta división del mundo en buenos y malos fue una de las preferidas por Hitler. Aún más perturbador fue el desarrollo del argumento que decía que aquellos que tomaban por blanco no eran «malos», sino que ni siquiera llegaban a ser humanos. Un ejemplo dramático de deshumanización quedó patente en su propaganda genocida, en la que describía a los judíos como «untermenschen», subhumanos. Los nazis también comparaban a otros grupos que perseguían con animales, insectos y enfermedades.

En tiempos más recientes el Reino Unido y Estados Unidos han visto una serie de declaraciones públicas cáusticas en torno a los inmigrantes. En 2015 la celebridad de los medios de comunicación británicos Katie Hopkins describió a los migrantes que llegaban en barcos como «cucarachas», un término que fue criticado públicamente por el director de derechos humanos de la ONU, Zeid Ra’ad Al Hussein. Este le respondió diciendo: «Los medios de comunicación nazis describían a las personas que sus amos querían eliminar como ratas y cucarachas». Añadió que ese lenguaje era típico de «décadas de abuso sostenido e ilimitado contra los extranjeros, de desinformación y distorsión». De manera similar, el 1 de mayo de 2017, durante el centésimo día de su presidencia, Donald Trump leyó en voz alta como parte de su discurso las letras de una canción sobre una serpiente que fueron originalmente escritas en 1963 por Oscar Brown Jr.

Una mañana de camino al trabajo

por el sendero junto al lago

una mujer de buen corazón vio a una pobre serpiente

medio congelada.

Su piel de bello color estaba escarchada por el rocío.

«Oh, bueno», dijo, «te llevaré conmigo y cuidaré de ti.»

La metió en su pecho y le dijo «Eres tan bella».

«Si no te hubiera recogido ahora estarías muerta.»

Entonces le acarició su bella piel y la besó y la apretó con fuerza.

Pero en vez de decir gracias la serpiente le dio un mordisco cruel.

Trump utilizó la historia como alegoría de los peligros de los refugiados. Comparó a los refugiados con serpientes.

Este tipo de agrupación increíblemente simplista de un enemigo imaginario se repite una y otra vez en la política, en parte porque es muy atractiva y fácil de recordar. Con un poco de ayuda de un líder y de retórica inspiradora, las ideologías dañinas y peligrosas están listas para florecer. Todos caemos en ocasiones en esta trampa, pero hay quien dice ser particularmente propenso a ello.

Aquí empezamos nuestra reconstrucción imaginaria del cerebro de Hitler. Dada su particular propensión a la deshumanización, las partes del cerebro responsables de ello podrían aparecer particularmente afectadas. De acuerdo con Reimann y Zimbardo, la desindividuación y la deshumanización «pueden potencialmente involucrar una red de áreas del cerebro entre las que se incluyen la corteza prefrontal ventromedial, la amígdala y estructuras del tronco cerebral (por ejemplo, el hipotálamo y la sustancia gris periacueductal)». Por fortuna, ofrecieron una imagen de su modelo que he reconstruido para ustedes.

Este modelo sugiere que lo que empieza como un sentimiento de ser anónimos, de no sentirnos culpables por lo que hacemos porque sentimos que somos parte de un grupo más grande, termina en una capacidad aumentada de hacerle daño a los demás.

Aquí vemos su propuesta de cómo funciona el mal dentro del cerebro:

1. Desindividuación. La persona deja de pensar en sí misma como individuo y se identifica como parte anónima de un grupo. Esto la lleva a sentir que no es personalmente responsable de su conducta y se relaciona con una disminución en la actividad de la corteza prefrontal ventromedial (CPFvm) (1). La reducción de la actividad en la CPFvm es conocida por estar asociada con la agresión, una pobre toma de decisiones, y puede llevar a un comportamiento desinhibido y antisocial.

2. Deshumanización. La reducción en esta actividad está acompañada por un aumento en la actividad de la amígdala (2), la parte que controla las emociones en el cerebro. Esto se conecta con sentimientos como la rabia y el miedo.

3. Comportamiento antisocial. Las emociones que se han experimentado pasan a través del tronco cerebral (3) y disparan otras sensaciones (4), como el aumento en la presión cardíaca, la presión sanguínea y sentimientos viscerales. Estos cambios son en esencia respuestas del organismo que se prepara para entrar en una pelea o para huir, anticipan el daño corporal y se alistan para sobrevivir.

Se discute si este camino se amplifica en quienes tienen una actividad menor de la CPFvm, pero es algo que se ha visto en repetidas ocasiones en estudios de delincuentes. Las investigaciones han demostrado que, en particular los asesinos y los psicópatas, tienen una disminución en la actividad de la CPFvm. Al igual que una tiroides menos activa da como resultado un metabolismo defectuoso e indica una predisposición al sobrepeso, los investigadores piensan, incluyendo a Reimann y Zimbardo, que una actividad reducida de la CPFvm puede indicar que los juicios morales son defectuosos y es más probable que con esta condición se cometan más crímenes y otros actos antisociales. Como lo resumen Reimann y Zimbardo: «Las investigaciones de ataques y agresiones sugieren que una actividad disminuida de las estructuras del lóbulo frontal, en particular de la corteza prefrontal, o lesiones en esta área del cerebro, pueden ser causas fundamentales de un comportamiento agresivo».

Si pudiéramos husmear en el cerebro de Hitler es probable que nos pareciera normal en un principio, pero cuando le pidiéramos que tomara decisiones que tuvieran que ver con la moral es probable que viéramos una actividad reducida de su CPFvm, combinada con indicadores de su paranoia y ansiedades generalizadas. Sin embargo, y dado que no tenía anomalías mayores o daños cerebrales que conociéramos, es muy poco probable que pudiéramos marcar la diferencia entre el escáner de un cerebro sano promedio y el de Hitler. Al no conocerlos es también muy probable que no pudiéramos diferenciar los cerebros de cualquiera de nosotros del de Hitler.

En vez de pensar en cierta gente como particularmente mala y en otra como buena, pensemos lo siguiente y démosle la vuelta a la pregunta: más que preguntarnos si unos pocos individuos están predispuestos a ser sádicos, ¿será que todos tenemos una predisposición hacia el sadismo?

El sadismo cotidiano

Los psicólogos científicos Roy Baumeister y Keith Campbell concluyeron en 19996 que: «El sadismo, definido como la adquisición directa de placer mediante el daño causado a otros es, de todos los actos malignos, el que tiene un atractivo intrínseco más obvio». Afirmaban que la existencia del sadismo hacía obsoletas las otras teorías y explicaciones sobre el mal: «La gente lo hace porque se siente bien y eso es todo».

Erin Buckels y sus colegas están en parte inspirados por el trabajo de Baumeister y afirman que el sadismo es algo en realidad muy normal. En un artículo publicado en 2013 argumentaron que «las concepciones actuales sobre el sadismo raramente van más allá de los fetiches sexuales o de la conducta criminal… Y, sin embargo, el gozo que produce la crueldad lo experimenta a gente en apariencia común y corriente… Esas manifestaciones de crueldad cliché implican una forma de sadismo subclínica o, simplemente, el sadismo cotidiano».

Como parte de sus investigaciones Buckels y su equipo llevaron a cabo dos experimentos muy ingeniosos. Así lo describen en su trabajo: «Sobra decir que no es posible estudiar el asesinato de humanos en el laboratorio. Por lo tanto, nos volcamos hacia un comportamiento similar y más adecuado para el estudio ético, es decir, matar insectos». Sobra decirlo, sin duda. Entonces en vez de pedirles a los participantes que asesinaran a personas les pidieron que mataran insectos. Por supuesto que todos sabemos que los insectos no son equivalentes a los humanos, es probable que todos hayamos matado insectos, pero esta tarea puede decirnos algo acerca de quién está dispuesto a matar y quién no.

¿Cómo funcionó el experimento? Los investigadores reclutaron participantes para un estudio sobre «Personalidad y tolerancia en trabajos exigentes». Una vez que llegaron al laboratorio, los participantes tuvieron que optar por realizar una de cuatro tareas que eran la mímica de trabajos reales. Podían elegir entre ser exterminadores (matar insectos), asistentes de exterminador (quien ayuda al fumigador a matar insectos), trabajadores sanitarios (limpiar baños), o trabajar en un ambiente frío (aguantar el dolor del agua helada). El grupo en el que estuvieron más interesados los participantes fue el de exterminadores. A este grupo se le dio un molinillo de café para que molieran los insectos y tres tazas, cada una con un insecto vivo.

Lo que es particularmente creativo de este estudio es su diseño. De acuerdo con el equipo: «Para maximizar lo desagradable diseñamos una máquina asesina que producía un sonido de crujir muy distintivo. Para antropomorfizar a las víctimas les pusimos nombres tiernos». Los nombres estaban escritos en el costado de las tazas: Muffin, Ike y Tootsie.

¿Ustedes escogerían matar a esos insectos? ¿Oirían cómo crujen vivos mientras mueren solo porque alguien se lo pidió? En este estudio en particular solo un poco más de un cuarto de los participantes (26,8 %) decidió matar insectos. La siguiente pregunta era sobre si disfrutaban matándolos. De acuerdo con los resultados del estudio, mientras los participantes se clasificaban cada vez más alto en sus impulsos sádicos, todos disfrutaban cada vez más triturando a los insectos, y estaban dispuestos a matar a los tres antes que detenerse sin haber terminado la tarea. Se trataba de personas normales que sentían un gran placer a la hora de matar esos bichos vivos.

Un examen rápido. Mientras les describía la metodología, ¿se preocuparon en algún momento por el bienestar de los insectos? Quizá se estaban riendo entre dientes, pensando cuán divertido es matar insectos. Mmmm. Probablemente quedarían en la tabla de los resultados más altos de sadismo subclínico de los investigadores. Por fortuna para Muffin, Ike y Tootsie, y «desconocido para los participantes, una barrera evitaba que los insectos alcanzaran las cuchillas moledoras». Los investigadores nos aseguraron que ningún insecto fue lastimado en la práctica de este experimento.

El equipo también llevó a cabo un segundo experimento completamente diferente. Se trataba de hacerles daño a víctimas inocentes. Los participantes jugaban a un videojuego con un oponente al que creían que se encontraba en otra habitación. Tenían que presionar un botón con más rapidez que el oponente y el ganador era quien lograba hacer «volar en mil pedazos» a sus contrincantes con un ruido, cuyo nivel de estrépito era controlado por el vencedor. La mitad de los participantes voló en mil pedazos, mientras que los ganadores tenían que llevar a cabo una tarea corta pero tediosa antes de poder producir el ruido. La tarea tediosa consistía en contar el número de veces que una letra en particular aparecía en un texto sin sentido. Era fácil pero aburrido. Su oponente imaginario siempre escogía el nivel más bajo de explosión para que no hubiera necesidad de represalia.

¿Harían estallar a sus oponentes? ¿Qué tan alto pondrían el nivel? Y en definitiva: ¿Estarían dispuestos a esforzarse por tener la oportunidad de lastimarlos? Los resultados del estudio mostraron que mientras a mucha gente estaba dispuesta a herir a una víctima inocente, solo aquellos que obtuvieron las puntuaciones más altas de sadismo aumentaron el nivel del sonido una vez que se dieron cuenta de que la otra persona no podía defenderse. Quienes obtuvieron las puntuaciones más altas de sadismo fueron también las personas dispuestas a hacer las tareas tediosas para luego poder herir a sus oponentes.

Al parecer mucha gente «normal» está dispuesta a ser sádica. Los resultados llevaron a los investigadores a discutir que necesitamos conocernos mejor si en verdad queremos comprender el sadismo. «Para que el fenómeno del sadismo sea comprendido por completo debe ser reconocida su naturaleza cotidiana y lo sorprendentemente común que es.»

¿Cuáles son las características comunes de este tipo de comportamientos sádicos? Un tema común que aparece es el de la agresión. Cuando herimos, por ejemplo, cuando matamos a un insecto, estamos actuando con agresividad. De igual manera para alcanzar el placer sádico parece que la mayoría de las veces debemos hacer algo agresivo antes. Detengámonos un momento. ¿Qué otros tipos de agresión existen? Empecemos con ese tipo de agresión que probablemente hayan sentido pero que nunca han entendido. Como querer maltratar animalitos peludos.

La agresión tierna

Una situación inesperada en la que nuestras tendencias sádicas parecen brotar es en presencia de animales tiernos. ¿Alguna vez han visto un perrito tan tierno que simplemente no pueden soportarlo, quisieran cogerlo entre sus manos y apretarle la carita realmente con mucha fuerza? Algunos animales son tan tiernos que sentimos que queremos herirlos un poco. Gatitos, perritos, crías de perdiz: queremos estrujarlos y apretarlos fuerte, pellizcarles los cachetes, morderlos, gruñirles.

Pero ¿por qué ocurre esto? ¿No son famosos por torturar animalitos los psicópatas y los asesinos en serie? Los investigadores nos aseguran que la mayoría de nosotros no queremos herir animales, por lo que, aunque suene sádico, estas emociones no son indicadoras de ningún secreto profundo y oscuro que aceche en nuestro interior. Es muy probable que ames a Pelusa y que no quieras hacerle daño. Sin embargo, esto no resuelve el asunto de por qué nuestros cerebros nos tientan y nos torturan con estas reacciones cuasi agresivas. Esa sensación de querer hacer daño a las cosas que nos parecen tiernas es tan común que existe una expresión para ello: la agresión tierna.

Oriana Aragón y sus colegas de la Universidad de Yale fueron los primeros en estudiar este fenómeno extraño, y publicaron un trabajo en 2015.8 Llevaron a cabo un buen número de estudios en torno a esta idea. A los participantes de uno de los estudios se les mostraron imágenes de animales tiernos y se les entregó un pliego grande de plástico de burbujas. «Trabajábamos con la hipótesis de que la gente tiene el impulso de estrujar mientras ve estímulos tiernos, por lo que les dimos tanto los estímulos tiernos como algo para estrujar, cosa que de hecho hicieron.» Los participantes que vieron imágenes de crías de animales estallaron de manera significativa más burbujas que los que vieron imágenes de animales adultos.

Entonces los autores se preguntaron si tal vez la agresión que la gente sentía desaparecería si los participantes tenían algo parecido a un animal sobre las piernas. Algo para dejar salir ese sentimiento de ternura. Para ello los investigadores construyeron una almohada «hecha de materiales extremadamente suaves, sedosos y peludos», e hicieron que la mitad de los participantes la sostuviera mientras veían imágenes de animales tiernos. Pensaron que las personas tal vez no tendrían emociones agresivas si les daban algo para estrujar y acariciar.

Obtuvieron lo opuesto de lo que esperaban. Los participantes mostraron una agresión hacia la ternura más aguda, pues los investigadores le habían «sumado un estímulo táctil a la ternura». Concluyeron que esto podía ser indicativo de lo que podría haber ocurrido si a los participantes les hubieran entregado crías de animales, «cuando se consideran personas que tocan animales pequeños, suaves y esponjosos reales, [esto] puede llevar a un aumento de esas expresiones agresivas». En otras palabras, ver imágenes de gatitos en línea es algo estrujable, pero tenerlos en persona es algo que se siente como si fuera demasiado.

De acuerdo con el equipo investigador, esto también se extiende a los bebés. Observen sus respuestas a las siguientes preguntas, que son parte del cuestionario que Aragón y sus colegas les dieron a los participantes.

1. Si sostengo a un bebé extremadamente tierno tengo la necesidad de estrujarle sus piernitas regordetas.

2. Si miro a un bebé particularmente tierno quiero pellizcarle los cachetes.

3. Cuando veo algo que considero muy tierno hago puños con mis manos.

4. Soy del tipo de persona que le dice a un niño tierno «¡Podría comerte!», con los dientes apretados.

Si respondieron afirmativamente a cualquiera de estos puntos, entonces sufren de agresión tierna, no solo hacia los gatitos y los perritos, sino también hacia los bebés humanos. Esto también puede producir emociones extrañas en las que los padres se preocupan por los sentimientos que tienen acerca de sus hijos. ¿Por qué siento que quiero hacerle daño a mi bebé cuando en verdad jamás lo haría? Es solo uno de los muchos pensamientos oscuros que los padres pueden tener y que no quieren compartir con nadie más por temor a ser etiquetados de malos padres o de malas personas. Pero no se alarmen cuando esto ocurra. Este sentimiento parece ser muy normal y no es del todo sorprendente. Se cree que la agresión tierna es un subproducto de las características adaptativas humanas. Si pensamos que algo es tierno, por lo general queremos mantenerlo con vida y queremos protegerlo. Esto es lo que probablemente también nos ha empujado a tener animales tiernos como mascotas en primer lugar.

Tiende a ocurrir sobre todo cuando vemos algo que encaja con el «esquema del bebé»:9 ojos grandes y amplios, mejillas redondas y quijada pequeña. No importa si es un bebé humano o un animal real, incluso si está vivo. Pensamos que los dibujos animados son tiernos si encajan dentro de este esquema, podemos sentirlo con los animales de peluche, y Google diseñó su primer auto sin conductor para que encajara con este formato de tal manera que la gente se sintiera menos asustada con la nueva tecnología.

En su investigación sobre la agresión tierna, los autores propusieron que, debido a que esta ternura crea en nosotros sentimientos tan fuertes y positivos, nuestros cerebros se sienten sobrecogidos por una expresión de cuidado que el mismo cerebro intenta contraatacar con otra de agresión. Esto ocurre porque los humanos tenemos en ocasiones «demostraciones dimorfas»: no siempre respondemos a las cosas con una única emoción sino con dos emociones simultáneas. Y estas pueden consistir en emociones tanto positivas como negativas que se confunden entre sí.

Las emociones dimorfas ocurren cuando las personas se sienten tan sobrecogidas por la emoción que no pueden soportarla. Para evitar una sobrecarga emocional que dañe el cerebro es probable que este lance una emoción que la contrarreste (como cuando lloramos estando realmente muy felices, o nos reímos en un funeral, o queremos aplastar algo que realmente nos importa). Esto quiere decir que la próxima vez que quieran apretujar y estrujar un animal tierno no significa que sean unos sádicos, sino que es probable que sus cerebros estén sobrecargados e intentando no entrar en cortocircuito.

Ahora, unamos todo esto con el mal. Tener una tendencia a lastimar animales peluditos o a bebés pequeños es algo que probablemente se encuentra dentro del concepto de maldad de muchas personas. Pero ¿amarlos tanto que el cerebro tenga que protegerse de explotar de alegría? Eso tal vez no.

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Cuando hablamos de agresividad hacia las cosas que amamos, uno de mis puntos de análisis es la pareja con la que vivo. Me gusta cachetearlo en broma, estrujarlo y en general molestarlo. Pero ¿en qué momento esto deja de ser tierno y pasa a ser agresivo? ¿Debería preocuparme? ¿Debería preocuparse él?

Resulta que el término agresión tierna puede prestarse a equívocos, pues no encaja con las definiciones aceptadas comúnmente de agresión. La agresión tierna puede que no sea siquiera una agresión, solo se ve como si lo fuera. Esto es algo que aceptan incluso los investigadores que acuñaron el término. Entonces, si eso no es una agresión real, ¿qué es entonces la agresión?

La psicóloga científica radicada en Estados Unidos Deborah Richardson ha estudiado la agresión durante décadas. Junto con Robert Baron, definieron en 1994 la agresión como «cualquier comportamiento dirigido a dañar a otro ser vivo». Afirman que la agresión tiene cuatro características necesarias:10 primero, la agresión es una forma de comportamiento. No es un pensamiento, ni una idea ni una actitud. Segundo, la agresión es intencional. Los accidentes no cuentan. Tercero, la agresión implica querer hacer daño. Uno tiene que querer hacerle daño a alguien. Y cuarto, la agresión va dirigida hacia un ser vivo. No hacia un robot o hacia objetos inanimados.

Como lo explica Richardson: «Romper un plato o lanzar una silla para expresar una molestia generalizada no cuenta como agresión. Pero intentar herir a tu madre rompiéndole su preciado plato de anticuario, o lanzarle una silla a tu amigo con la esperanza de herirlo sí se considera una agresión».

Cuando miramos más allá de los comportamientos pseudoagresivos y juguetones en los que a veces incurrimos dentro de nuestras relaciones, y pasamos a analizar agresiones más serias, la pregunta se transforma en: ¿por qué herimos a las personas que amamos? Bueno, la rabia parece ser una motivación clave. En un estudio sobre la agresividad dirigida hacia los seres queridos, realizado por Richardson y Green en 2006,11 se les pidió a los participantes que discutieran sobre su agresividad hacia una persona con la que se hubieran enfadado durante el último mes. El 35 % de los participantes afirmó haber estado enfadado con un amigo, el 35 % con un compañero sentimental, el 16 % con un hermano o hermana, y el 14 % con uno de sus padres. El informe también recogió que la mayoría de estas personas actuó de manera agresiva hacia la gente con la que se sentía enfadada. Nuestros seres queridos son fácilmente accesibles, a menudo remueven en nosotros emociones fuertes y con frecuencia dependemos de ellos de alguna manera. Esta parece ser una potente mixtura que puede convertirse en el objeto de nuestra agresión.

En cuanto a los compañeros sentimentales, en particular los motivos para la agresión y la violencia incluyen la represalia por daños emocionales, las ganas de llamar la atención de la pareja, los celos y el estrés. Herimos a quienes amamos por muchas razones. Algunas de ellas son complejas, con raíces profundas y difíciles de controlar. Pero hay algunas pequeñas cosas que sí podemos controlar y así reducir nuestra proclividad a actuar agresivamente.

Una de las más controlables puede ser algo tan sencillo como comer algo.

De acuerdo con un estudio realizado por Roy Bushman y sus colegas,13 el autocontrol requiere que el cerebro tenga comida en forma de glucosa (azúcar). Debido a que la agresividad puede surgir de un autocontrol emocional y físico débil, quisieron explorar la conexión entre la glucosa y la agresividad. En un estudio que publicaron en 2014 pidieron a 107 parejas de casados que, durante tres semanas, cada mañana antes de desayunar y luego por la noche antes de acostarse midieran sus niveles de azúcar. Los investigadores también midieron sus niveles de agresividad. A cada participante se le dio un muñeco vudú junto con 51 alfileres para medir los impulsos agresivos que sentía hacia su pareja y se le dijo: «Este muñeco representa a su cónyuge. Al final de cada día, durante 21 días consecutivos, debe insertar entre 0 y 51 alfileres en el muñeco dependiendo de cuánta rabia sienta por su pareja. Debe hacer esto solo, sin que su cónyuge esté presente».

Al final del estudio los investigadores también midieron la agresión real cuando les dieron a los participantes la posibilidad de abatir a su cónyuge con un ruido emitido a través de unos auriculares. El ruido fue seleccionado especialmente entre una mezcla de sonidos que la mayoría odia: unas uñas que rasguñan una pizarra, el taladro del dentista y la sirena de una ambulancia. De acuerdo con los investigadores «en síntesis y dentro de los límites éticos del laboratorio, los participantes tenían control sobre un arma que podía ser utilizada para aniquilar a su pareja con un ruido desagradable». Por fortuna para los cónyuges (y sin que lo supieran los participantes) ese ruido no les llegaba en realidad, sino que era grabado por un computador.

Los participantes con niveles bajos de glucosa clavaban más alfileres a los muñecos vudú y reventaban a su pareja con ruidos más altos y prolongados. Los investigadores concluyeron que comer regularmente y mantener los niveles de glucosa debería ayudar a reducir la agresividad y los conflictos en las relaciones. Así pues, la próxima vez que se sientan con ganas de pelear con su pareja coman algo antes. Busquen una chocolatina. Asegúrense de que realmente están enfadados y no solo con hambre.

Dejando a un lado la comida, nuestro tipo de agresividad también parece depender de quién es nuestra víctima. En su estudio sobre la agresividad dirigida a nuestros seres queridos, Richardson y Green también encontraron que «cuando la gente está enfadada con su pareja sentimental o con un hermano o una hermana es más probable que se enfrenten cara a cara. Otro punto, cuando la gente está enfadada con un amigo es más probable que eviten una confrontación directa y prefieran herirlo de una manera indirecta, por ejemplo, propagando rumores o hablando a sus espaldas». Está claro que las agresiones pueden adoptar muchas formas.

Ahora veamos un poco más la definición de agresión. ¿Cuáles son los distintos tipos de agresión? En 2014  Richardson resumió más de dos décadas de su propio estudio sobre la agresividad. Argumentaba que existen tres tipos de agresión. La primera es la agresión directa, que involucra acciones o palabras hirientes, por ejemplo, cuando le gritamos a alguien o lo golpeamos. Aquí caben las peleas verbales con la pareja sentimental, burlarse de un amigo para herirlo o ser sarcástico hasta hacer daño. En sus formas más extremas esto puede llevar a la violencia, al ultraje y al abuso de la pareja sentimental.

La segunda, la agresión indirecta, es menos obvia. El comportamiento de agresión indirecta necesita que uno quiera herir a alguien con un objeto o a través de otra persona. Esto puede incluir acciones como dañar las posesiones de alguien o propagar rumores. La agresión indirecta también abarca el concepto de agresión social, que no es otra cosa que herir a alguien mediante el daño o el trastorno de sus relaciones.

Y, finalmente, existe una tercera forma de agresión. Es de lejos la más común e implica herir a alguien mediante la no-respuesta: la agresión pasiva. Para su propio disfrute aquí les muestro la lista de elementos de la agresión pasiva extraídos del cuestionario revisado de respuestas a conflictos de Richardson. Piensen en alguien que amen. En un padre, en una hermana, en su pareja, en un amante, en una amiga. Ahora piensen en su historia con esa persona y vean si han hecho algo para herirla, castigarla o hacerla infeliz de alguna de las maneras que aparecen en la siguiente lista:

— No hice lo que esa persona quería que hiciera.

— Cometí errores que parecían ser accidentales.

— Me mostré desinteresado con cosas que eran importantes para esa persona.

— Le di a esa persona «el tratamiento del silencio».

— Ignoré los aportes de esa persona.

— Excluí a esa persona de actividades importantes.

— Evité interactuar con esa persona.

— No me atreví a negar rumores falsos sobre esa persona.

— No quise devolverle sus llamadas ni responder sus mensajes.

— Llegué tarde a actividades planeadas de antemano.

— Ralenticé las tareas.

Si respondieron afirmativamente a cualquiera de estos puntos, entonces han sido pasivo-agresivos con alguien que aman. A un amigo podemos ignorarle un mensaje de texto en el que nos pide excusas, podemos llegar tarde a una reunión para frustrar a nuestros padres, y a nuestras parejas podemos negarles tener sexo para castigarlas por algo que percibimos hicieron mal. ¿Por qué hacemos estas cosas? Una razón puede ser que esta clase de comportamiento sea fácil de negar. Si nos descubren y nos acusan de actuar de una manera pasivo-agresiva en medio de una discusión, es la clase de actitud de la que podemos salir diciendo: «¿Qué? yo no estoy haciendo nada». Nos podemos convencer de que como este tipo de agresión no es activa, nadie nos puede culpar. La agresión pasiva puede ser tan mala como los otros tipos de agresión.

Parece que tanto el sadismo como la agresión son emociones cotidianas. Pero seguro que tiene que existir una diferencia entre una persona que de manera pasivo-agresiva no recoge sus platos con otra que difunde mentiras perversas, y otra que asalta a gente en las esquinas de las calles.

Los investigadores Delroy Paulhus y sus colegas publicaron en 2017: «En el lenguaje común la agresión es un rasgo, esto es, una manera de pensar, actuar y sentir estable y duradera». Un rasgo es lo que decimos cuando clasificamos que alguien es algo. Sam es agresivo. En nuestras conversaciones diarias con frecuencia hablamos de la agresión como si fuera una parte fundamental de una persona.

Pero Paulhus y sus colegas argumentan que la agresión no es en sí misma un defecto subyacente de la personalidad. La gente puede observar la agresión como un rasgo que hace a los demás malvados. Pero quizá la agresión no es siquiera un rasgo. Es simplemente una manifestación de otros rasgos, una colección de emociones y de acciones que son el resultado de ser humanos y de la que todos somos capaces. Aunque no nos guste pensar de esta manera, la agresión es algo normal, no algo malvado.

Sin embargo, sí existen algunas personas que tienen un conjunto de rasgos en sus personalidades que las hacen potencialmente más agresivas. Estos rasgos son conocidos, colectivamente, como la tétrada oscura.

La tétrada oscura

En un artículo publicado por Paulhus en 2014 se hace referencia a las personalidades oscuras: un grupo de rasgos socialmente aversivos dentro del rango subclínico. Son subclínicos porque la persona no cumple con los criterios que podrían diagnosticarla con cualquiera de los desórdenes clínicos (por parte de un psicólogo o de un psiquiatra). Aquellos con personalidades oscuras son capaces de «arreglárselas (incluso florecer) dentro de un ambiente de trabajo, o en uno académico y en la comunidad toda». La tétrada oscura es un conjunto de esos rasgos entre los que se encuentran la psicopatía, el sadismo, el narcisismo y el maquiavelismo.

Todo se reduce a encontrar un umbral, una entrada. Por ejemplo, para ser clasificado como psicópata se necesita alcanzar una puntuación de 30 (o de 25, dependiendo de con quién se hable) de un total de 4020 en la lista de control de la psicopatía. Pero como podrán imaginarse la diferencia entre una puntuación de 29 y una de 30 es muy arbitraria y es el centro de muchas disputas entre los científicos. Para hacer frente a esto han tratado cada vez más la psicopatía como un continuo. En la actualidad, sobre todo los científicos quieren saber qué sucede cuando las personas puntúan más alto en psicopatía, no solo si cumplen con un límite. Lo mismo ocurre con el sadismo, el narcisismo y el maquiavelismo. Dentro de este estudio y mientras se alcanzan cada vez mayores puntuaciones de acuerdo con estas medidas, una de las preguntas clave comienza a ser: ¿es más probable que estas personas hieran a otras?

Antes de continuar quiero hacer una advertencia. La investigación sobre estos rasgos es convincente pero también está plagada de problemas. Cuando utilizamos términos como «oscuro» o «psicópata» para describir a seres humanos, corremos el riesgo de deshumanizar a esas personas. También corremos el riesgo de aceptar la idea de que cierta persona es mala. Que los malhechores no pueden cambiar porque el mal se encuentra en sus cromosomas, en su ADN. Suena un poco a una monsterización médica. Entonces les pido que se acerquen a la siguiente sección con cuidado y que se resistan a la necesidad de caer en el pensamiento que dice que quienes tienen rasgos de la tétrada oscura son «malos».

En primer lugar, tenemos la psicopatía. James Prichard formuló en 1833 una versión temprana de lo que hoy llamamos psicopatía. La llamó «locura moral». Se pensaba que las personas a las que diagnosticaban locura moral eran las que hacían malos juicios morales, pero esto no quería decir que tuvieran inteligencias defectuosas ni problemas de salud mental. Con frecuencia los psicópatas son sanos e inteligentes y hacen cosas que son consideradas inmorales. La definición de psicopatía que más se utiliza hoy queda recogida en una lista de control, la lista de control revisada de la psicopatía (PCL-R, por sus siglas en inglés).22 La primera lista de control de psicopatía fue creada en la década de 1970 por el psicólogo canadiense sir Robert Hare, como una manera más estructurada de diagnosticar a una persona como psicópata por parte de los psicólogos y los investigadores. Basadas en esta lista de control, algunas de las características definitorias de la psicopatía son: un encanto superficial, facilidad para mentir, falta de remordimientos, un comportamiento antisocial, egocentrismo y, sobre todo, falta de empatía.

La mayoría de las personas estaría de acuerdo en decir que la verdadera característica definitoria de la psicopatía es la última de la lista, la falta de empatía. Es algo que está fuertemente atado al crimen. Tal diagnóstico hace referencia a que cuando alguien comete un crimen o rompe las reglas, no está agobiado por el remordimiento o la tristeza. La empatía se interpone en el camino de herir a la gente. Los psicópatas pueden ser particularmente despiadados, y he escuchado más de una vez a académicos hablar de ellos como monstruos, como si esto fuera un hecho comprobado. Parece existir un consenso acerca de que, por un lado, hay delincuentes y, por el otro, hay delincuentes psicópatas. Parece como si vivieran en otra categoría separada y más aterradora.

¿Este déficit de empatía está enraizado en el cerebro? Según una síntesis de 2017 (un metaanálisis) de una investigación de neuroimágenes de psicópatas:23 «Los estudios recientes con imágenes del cerebro sugieren que la actividad cerebral anormal subyace al comportamiento psicopático». Parece que los cerebros de los psicópatas son diferentes de los de las personas que no lo son. El artículo concluye diciendo que «la psicopatía se caracteriza por una actividad anormal del cerebro en la corteza bilateral prefrontal (la parte anterior del cerebro) y la amígdala derecha (que se encuentra casi en el centro del cerebro), encargadas de mediar las funciones psicológicas conocidas por estar impedidas en los psicópatas». En otras palabras, la parte que toma decisiones en el cerebro y la parte emocional no están trabajando del todo bien. Debido a descubrimientos como este, algunas personas han argumentado que, al menos en parte, se podría culpar al cerebro del psicópata por los crímenes que este comete.

Pero, así como probablemente no podríamos mirar el cerebro de Hitler y detectar un monstruo, tampoco podríamos ver el cerebro de un psicópata y decir que va a ser agresivo. El caso de James Fallon ilustra muy bien este punto. Fallon estudiaba los cerebros de asesinos psicópatas. Tras escanear los cerebros de muchos de sus pacientes, sostuvo en sus manos la imagen de un cerebro claramente patológico. Resultó ser que ese cerebro era el suyo. «Nunca he matado ni violado a nadie», comentó Fallon en una entrevista en 2013. «Lo primero que pensé fue que quizá mi hipótesis estaba equivocada y que estas áreas cerebrales no reflejaban las conductas psicopáticas o asesinas.»

Entonces le preguntó a su madre al respecto y encontró que, escondidas dentro de su árbol familiar, se encontraban al menos ocho personas que probablemente habían matado a alguien. Basándose en ello y tras investigarse más a sí mismo, aceptó que tal vez él sí podría ser un psicópata. Se etiquetó como un psicópata pro-social que tenía dificultades para sentir empatía pero que se comportaba de una manera socialmente aceptable. En 2015 incluso publicó un libro sobre esto que tituló El psicópata interno: el viaje de un neurocientífico al lado oscuro del cerebro. Al parecer no todos los psicópatas son creados de la misma manera y claramente no todos los psicópatas son criminales. Incluso alguien que haya nacido con el cerebro de un asesino tal vez nunca mate a nadie, pero sí es más probable que en algún momento lo haga.

En segundo lugar, en nuestra tétrada oscura encontramos el narcisismo. De acuerdo con la psicóloga científica estadounidense Sara Konrath y sus colegas:  «Algunos individuos piensan que son grandiosos y especiales y que debería ser gente admirada y respetada por los demás. Tales personas son con frecuencia llamadas narcisistas… La personalidad narcisista se caracteriza por tener puntos de vista inflados del yo, la grandiosidad, el autoenfoque, la vanidad y la prepotencia». Entonces, ¿cómo se puede detectar a un narcisista? Konrath y sus colegas estudiaron esto en once investigaciones independientes, y encontraron que hay un cuestionario muy útil que puede ayudar a identificar a un narcisista. Aquí está:

Escala de narcisismo de un solo artículo (ENSA) Hasta qué punto estás de acuerdo con esta afirmación: «Soy un narcisista». (Nota: la palabra narcisista significa egoísta, egocéntrico y vano). 1 2 3 4 5 6 7 no muy seguro de mí muy seguro de mí

Este es todo. Si existiera un premio a la medida de personalidad más corta, probablemente esta la ganaría. ¿Por qué funciona? De acuerdo con Brad Bushman, uno de los creadores de la escala, «las personas narcisistas casi están orgullosas de serlo… Y pueden preguntárselo directamente porque no ven el narcisismo como una cualidad negativa, se creen superiores a los demás y se sienten bien al decirlo públicamente».

Si bien los narcisistas creen ser grandiosos, no todo el mundo piensa lo mismo. La gente muy narcisista es con frecuencia arrogante, amiga de las discusiones y oportunista.

También parece que no todos los narcisistas están tan esencialmente convencidos de su propia superioridad como dice Bushman. El narcisismo ha sido clasificado en dos tipos: grandioso y vulnerable. Mientras que los narcisistas grandiosos son vistos como exhibicionistas, egoístas y enérgicos, los narcisistas vulnerables son vistos como quejumbrosos, amargados y siempre están a la defensiva. La vulnerabilidad, y las características particularmente desagradables del segundo grupo, parecen provenir de la falta de comprensión de su propia superioridad.

Los narcisistas grandiosos pueden ser frustrantes, pero los narcisistas vulnerables pueden ser peligrosos. En 2014 Zlatan Krizan y Omesh Joha  escribieron un artículo sobre la rabia narcisista, una mezcla explosiva de ira y hostilidad. Solo el narcisismo vulnerable parece estar relacionado con este tipo particular de rabia. Los autores explicaron que en el transcurso de su investigación descubrieron que «la vulnerabilidad narcisista (y no la grandiosidad) es un poderoso motor de la ira, la hostilidad y el comportamiento agresivo» y que este «se alimenta de la desconfianza, el abatimiento y la reiteración enojada». Esto demuestra que las personas que cubren sus inseguridades con una máscara de superioridad son particularmente proclives a hacerles daño a los demás.

A continuación, dentro de la tétrada oscura encontramos el maquiavelismo, que es el menos conocido de los rasgos que la componen. Su nombre proviene de un hombre, Maquiavelo, quien escribió un libro titulado El Príncipe. En este libro defendía que, para alcanzar sus metas, la gente debía estar dispuesta a utilizar los medios que fueran necesarios. El fin justifica los medios, y está bien si para llegar allá se manipula, se miente y se adula.  En términos psicológicos y de acuerdo con los investigadores Peter Muris y sus colegas,  que escribieron en 2017 un artículo sobre el maquiavelismo, lo definían como «un estilo interpersonal doble, una indiferencia cínica por la moralidad y un enfoque en el interés y en las ganancias personales». En lugar de carecer de empatía como el psicópata o de sentirse superior, esta es una estrategia social más funcional. En ella todo se refiere al poder y la ganancia personal.

El maquiavelismo se diagnostica generalmente con una herramienta llamada MACH-IV.31 Muris y sus colegas explican que el maquiavelismo comprende tres partes: «Tácticas manipuladoras (por ejemplo, «es sensato halagar a personas importantes»); una visión cínica de la naturaleza humana (por ejemplo, «quien confía del todo en alguien, está buscando problemas»); y un desprecio por la moral convencional (por ejemplo, «uno a veces debe actuar incluso cuando sabe que no es lo moralmente correcto»). En última instancia, la idea es que alguien que obtiene una puntuación alta en este rasgo es alguien que está dispuesto a hacer lo que sea necesario para alcanzar sus objetivos.

Por último, en la tétrada oscura, regresamos al tema que tratamos anteriormente: el sadismo. Esta fue una adición reciente, de 2013, y en realidad fue un subproducto del estudio de la trituración de insectos que discutimos (por supuesto que recuerdan a Muffin, Ike y Tootsie). Fue después de esta serie de experimentos con el sadismo cotidiano que Buckels y sus colegas propusieron cambiar la que antes era conocida como la tríada oscura por la tétrada oscura (psicopatía, sadismo, narcisismo y maquiavelismo). La oscuridad adquirió otra dimensión.

La gente que alcanza puntuaciones altas en cualquiera de estos rasgos oscuros, pero, en particular, la que los alcanza en todos es más probable que vaya a romper las reglas de la sociedad. La tétrada oscura hace lo que la tétrada oscura quiere. Pero ¿es esto siempre algo malo?

El lado bueno del lado malo

Muchos de los rasgos que parecen ser excepcionalmente negativos en la superficie pueden tener algún valor una vez que les quitamos el velo y los miramos de verdad. Las investigaciones de la tétrada oscura han mostrado que, de hecho, algunas de estas características ayudan a ciertas personas a tener éxito. Nuestro investigador del cerebro de un psicópata, Fallon, dice que su psicopatía lo hace más ambicioso. De manera similar, ciertos aspectos del maquiavelismo, en particular la disposición para hacer lo que sea necesario para llegar a la cima, pueden ayudar a quien quiera escalar en un ambiente corporativo.

Con el mismo espíritu apareció en 2011 un artículo titulado: «¿Es en verdad tan malo el narcisismo?»33 (que suena precisamente como un título que escogería un narcisista). En él, el investigador Keith Campbell concluye que «el narcisismo puede ser una estrategia funcional para lidiar con el mundo actual. La idea de que los narcisistas son frágiles, mermados o deprimidos simplemente no cuadra con las investigaciones recientes que se han hecho con sujetos normales».

¿Y qué hay del sadismo? Este es un poco más complicado. Me parece que en la batalla constante que libramos entre nuestro sentido de moralidad, de empatía y nuestro deseo de sobrevivir, un poco de sadismo puede ser algo bueno para todos. Obtener algún placer de la crueldad puede habernos facilitado matar animales, matar humanos, o hacer otras cosas desagradables de las que dependía nuestra supervivencia. Cuando la empatía aparece y nos impide herir a otros, el sadismo puede ayudarnos a hacer lo que necesitamos hacer.

Quizá exista un lado bueno de nuestro lado malo. Intuitivamente todavía parece que existen personas y actos que son sin duda malvados. Hasta ahora no los hemos encontrado. De este capítulo podemos extraer que parece que no existe tal cosa como un cerebro o una personalidad o un rasgo malvados. Podemos rastrearlos todo lo que queramos, dejar de lado las pruebas psicológicas y las etiquetas sociales, pero al final nos encontramos inmersos en aspectos complicados y una humanidad con muchos tonos de gris. Incluso uno de nuestros arquetipos del mal en la historia, Hitler, era un ser humano con un perfil neurológico probablemente no tan diferente del nuestro como nos gustaría creer.

A lo largo de este libro exploraremos muchos aspectos de la conducta humana que tienen consecuencias negativas, que están en desacuerdo con nuestros valores o son etiquetados como malvados. No rehuiremos a lo que nos hace sentir incómodos, y repetidamente nos haremos una pregunta esencial: ¿es esto malo en realidad?

De niña me encantaban los dibujos animados de Scooby-Doo. Un equipo de cuatro muchachos y su perro parlante llegaba en su camioneta, llamada «la máquina del misterio», después de haber sido convocados para encontrar un monstruo que aterrorizaba un vecindario. Entonces corrían buscando pistas sobre quién era el monstruo y al final lo capturaban y lo desenmascaraban. Siempre era una persona normal con un disfraz. No había monstruos.

Al igual que el equipo de Scooby-Do, tal vez estamos buscando sin saberlo una solución fácil, una excusa simple, una palabra fácil: maldad. Pero quizá descubramos que no existen explicaciones simples a la pregunta de por qué los humanos hacen cosas malas. Hay muchas respuestas y todas tienen maravillosos matices.

Si bien pueden existir diferencias entre los cerebros de las personas que hacen cosas «malas» y los de las que no las hacen, aceptar las similitudes de todos puede ser más llamativo que subrayar de manera agresiva las diferencias. Al parecer, nuestros cerebros nos hacen capaces de causar un gran daño. Y esto es para todos. Pero si esto es algo que no podemos identificar fácilmente en el cerebro, ¿qué es lo que nos impide a muchos desatar nuestros impulsos sádicos? Por ejemplo, ¿cuál es la diferencia entre ustedes y un asesino? Bueno, este es el tema que trataremos a continuación.

Julia Shaw.
Julia Shaw.

Julia Shaw: Investigadora de la división de Psicología y Ciencias del Lenguaje de la UCL (University College London), la doctora Julia Shaw ha destacado entre la comunidad científica internacional gracias a sus trabajos sobre la memoria y la psicología criminal. Más allá de su faceta académica, colabora con asiduidad en medios como Die ZeitDer SpiegelScientific AmericanDiscovery Channel, CNN y BBC. Sus talleres y conferencias sobre hackeo de recuerdos, inteligencia artificial y acoso en el entorno laboral son seguidos en todo el mundo. También es autora del ensayo The Memory Illusion, que será publicado por Temas de Hoy en 2020.

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