Judy Batalion

LECTURAS | Hijas de la Resistencia, de Judy Batalion

La extraordinaria y asombrosa historia de las mujeres que lucharon contra los nazis en la Segunda Guerra Mundial.

Ciudad de México, 22 de marzo (MaremotoM).-

Varsovia, 1943. Testigos del brutal asesinato de sus familias y vecinos y de la destrucción violenta de sus comunidades, un grupo de mujeres judías en Polonia, algunas todavía en la adolescencia, ayudaron a transformar a los grupos de jóvenes judíos en células de resistencia para luchar contra los nazis. Con valor, astucia y nervios de acero, estas “chicas del gueto” sobornaron a los guardias de la Gestapo, escondieron revólveres en hogazas de pan y ayudaron a construir sistemas de búnkeres subterráneos. Actuaron como correos, combatientes y agentes de inteligencia. Sobornaron a los soldados alemanes con vino, whisky y cocina casera, usaron su aspecto ario para seducirlos, y les dispararon y los mataron.

Esta obra finalmente saca a la luz la historia de estas increíbles mujeres cuyas hazañas han sido eclipsadas por el tiempo. Judy Batalion, nieta de supervivientes polacos, nos lleva de regreso a 1939 y nos presenta a la joven Renia Kukielka, una contrabandista de armas y mensajera que se juega la vida al cruzar la Polonia ocupada a pie y en tren, y a tantas otras mujeres que pusieron sus vidas en peligro para llevar a cabo sus misiones.

Tan trepidante como inspiradora, Hijas de la Resistencia es una historia inolvidable sobre la lucha por la libertad, la amistad femenina y la supervivencia, y una investigación tan apasionante como necesaria.

 

Judy Batalion
Editado por Seix Barral. Foto: Cortesía

Adelanto de Hijas de la Resistencia, de Jidy Batalion, con autorización de Planeta para Seix Barral 

PO-LIN

Renia

Octubre de 1924

El viernes 10 de octubre de 1924,1 mientras los judíos de Jędrzejów se preparaban para la víspera del Sabbat bajando las persianas de las tiendas, cerrando las cajas registradoras e hirviendo, picando y friendo, Moshe Kukielka salió con prisas de su almacén. La casa de su familia, en el número 16 de la frondosa calle Klasztorna (Monasterio), era una pequeña estructura de piedra situada a la vuelta de la esquina de una magnífica abadía medieval conocida por su interior turquesa y dorado. Esa noche había más bullicio que de costumbre. A medida que se acercaba la puesta del sol, la luz anaranjada del otoño teñía de rojo los exuberantes valles y las ondulantes colinas de la región de Kielce, el horno de los Kukielka se calentaba, tintineaban las cucharas, silbaba la estufa y, como fondo de las voces en yidis y polaco, se oían las campanas de la iglesia. De pronto irrumpió un sonido nuevo: el primer llanto de un bebé. Moshe y Leah, al igual que sus tres hijos mayores, eran modernos y al mismo tiempo observaban las normas. Cultivaban la cultura polaca y celebraban las tradiciones judías. Moshe solía darse prisa en ir a casa o a una shtiebel (casa de oración) para compartir la comida y las oraciones del Sabbat, recorriendo a paso vivo la plaza abierta de la ciudad, con sus hileras de edificios de colores pastel, y cruzándose con comerciantes judíos y campesinos cristianos que vivían y trabajaban puerta con puerta. Esa semana apretó aún más el paso en el frío aire otoñal. Tradicionalmente se encendían velas y el Sabbat mismo era recibido como una novia en casa, pero aquel día Moshe tenía un invitado nuevo. Uno aún mejor.

Y entonces llegó y la vio: su tercera hija, que inmediatamente se convirtió en la niña de sus penetrantes ojos. Rivka, en hebreo, un nombre cuyas raíces tienen varios significados, entre ellos «conexión», «unión» e incluso «cautivador». En la Biblia, Rebeca era una de las cuatro matriarcas del pueblo judío. Por supuesto, en esa familia parcialmente asimilada, el bebé también tenía un nombre polaco: Renia. El apellido Kukielka se parece al polaco Kukielo, el de la familia que durante generaciones había regentado la funeraria del barrio. Los judíos a menudo inventaban apellidos añadiendo a uno polaco ya existente un sufijo atractivo como ka. Kukielka significa «marioneta».

Era 1924, justo un año después de que la comunidad internacional reconociera por fin la nueva Polonia y quedaran establecidos sus límites tras años de ocupación, partición y fronteras en constante cambio. (Según cuenta un viejo chiste judío, un hombre pregunta si su ciudad se encuentra ahora en territorio polaco o soviético. Le contestan: «Este año estamos en Polonia». «¡Gracias a Dios! —exclama el hombre—. No podría soportar otro invierno ruso.») La economía se mantenía a flote y, aunque la mayoría de los judíos de Jędrzejów vivía por debajo del umbral de la pobreza, Moshe había prosperado como pequeño hombre de negocios con una mercería que vendía botones, telas y artículos de costura. Había sacado adelante a una familia de clase media y la había iniciado en la música y la literatura. En su mesa de Sabbat, puesta esa semana por las dos hijas mayores de los Kukielka y otras parientes mientras Leah se ocupaba en algo distinto, se servían los manjares del día que Moshe podía permitirse pagar:  licor dulce, pastel de jengibre, hígado picado con cebolla, cholent (una sopa de alubias y carne cocida a fuego lento), kugel de patatas y fideos dulces, compota de ciruelas y manzanas, y té. El pescado gefilte de Leah, que se servía la mayoría de los viernes, se convertiría en el plato favorito de Renia. Esa semana la comida fue, sin duda, especialmente festiva.

En ocasiones, los rasgos de la personalidad se aprecian, de forma inconfundible incluso, en las primeras horas de vida; la psicología se lleva estampada en el alma. Es posible que Moshe supiera cuando abrazó por primera vez a su hija, infundiéndole su gentileza, inteligencia y sagacidad, que su temple la llevaría a emprender viajes que en 1924 uno apenas podía imaginar. Es posible que supiera entonces que su pequeña Renia, con sus grandes ojos verdes, cabello castaño claro y rostro delicado, su pequeña y cautivadora marioneta, había nacido para actuar.

Jędrzejów era un shtetl, palabra yidis que significa «pequeña ciudad» y que en Polonia se utilizaba para referirse a los pueblos de mercado y con una importante población judía. El nacimiento de Renia sumó un judío a los cuatro mil quinientos que había en el pueblo, que constituían casi el 45 por ciento de la población total. (Sus hermanos pequeños, Aaron, Esther y Yaacov o el pequeño Yankel, pronto sumarían tres más.) La comunidad judía establecida en la década de 1860, fecha en que finalmente se permitió a los judíos asentarse en la región, era en gran medida pobre. La mayoría eran vendedores ambulantes, buhoneros y propietarios de pequeños negocios con tiendas en la plaza del mercado o en los alrededores. El resto eran, sobre todo, artesanos: zapateros, panaderos, carpinteros. Jędrzejów no era tan moderno como Będzin, que colindaba con Alemania y Occidente, pero incluso allí había un reducido número de lugareños judíos de élite que eran médicos, profesionales de servicios médicos de urgencias y maestros; también había un juez judío. Aproximadamente un 10 por ciento de los judíos del pueblo eran ricos y tenían aserraderos, molinos de harina y talleres mecánicos, así como propiedades en la plaza principal.

Como en el resto de Polonia, la cultura judía moderna floreció en la década de 1930 a medida que Renia crecía. En aquella época había en Varsovia la asombrosa cifra de 180 periódicos judíos: 130 en yidis, 25 en hebreo y 25 en polaco. En consecuencia, por la oficina de correos de Jędrzejów pasaban decenas de suscripciones de revistas. La población judía local aumentó. Se abrieron diferentes casas de oración para adaptarse a las distintas ramas del judaísmo. Incluso en esa pequeña ciudad se abrieron tres librerías, una editorial y bibliotecas judías; proliferaron los grupos de teatro y los recitales literarios; los partidos políticos prosperaron.

El padre de Renia estaba comprometido con la educación judía y apoyaba causas benéficas, dando de comer a los pobres, atendiendo a los difuntos por medio de la asociación funeraria Jevra Kadisha y siendo solista del coro. Votaba a los sionistas. Los sionistas religiosos seguían los ideales decimonónicos del escritor Theodor Herzl, y creían que una existencia judía auténtica y abierta solo podía lograrse en una patria como Palestina, donde los judíos eran ciudadanos de primera clase. Polonia podía haber sido su hogar durante siglos, pero era temporal. Moshe soñaba con trasladar algún día a su familia a «la tierra prometida».

Los partidos políticos organizaban conferencias y manifestaciones. Podemos imaginar a Renia acompañando a su querido y barbudo padre a una de las grandes y cada vez más populares reuniones sionistas, como una charla sobre «La lucha por una Palestina judía» que se celebró el 18 de mayo de 1937. Vestida con su traje «marinero» blanco y azul de colegiala polaca, falda plisada y calcetines hasta las rodillas,11 y siempre amante de los paseos, Renia tomó la mano de Moshe mientras pasaban por delante de las dos nuevas bibliotecas sionistas para dirigirse a la animada reunión, donde cientos de judíos debatían y discutían, exasperados por cuestiones relativas al sentimiento de pertenencia. Si los polacos negociaban su nueva identidad en su patria recién estabilizada, los judíos hacían otro tanto. ¿Cómo encajaban ellos en ese país nuevo, un lugar donde habían vivido de forma continuada durante más de mil años, pero donde nunca se les había considerado realmente polacos? ¿Qué eran primero, polacos o judíos? La cuestión moderna de la identidad de la diáspora se hallaba en un punto álgido, especialmente a raíz del rápido aumento del antisemitismo.

Moshe y Leah Kukielka valoraban mucho la educación. El país vio una afluencia masiva de escuelas judías: escuelas hebreas seculares, escuelas de enseñanza superior yidis, escuelas religiosas de un solo sexo. De los cuatrocientos niños judíos de Jędrzejów, cien estudiaban en una escuela benéfica Talmud Torá, una guardería judía o la filial local de la escuela primaria Beit Yaakov para niñas, donde las alumnas iban con manga larga y medias. Por razones de proximidad, y porque la educación religiosa era cara y a menudo se reservaba solo para los varones, Renia asistió, como muchas niñas judías, a la escuela pública polaca.

No importaba. Fue la primera de su clase de treinta y cinco alumnos. Tenía amigos católicos, sobre todo, y hablaba polaco con fluidez en el patio de la escuela. Sin que ella lo supiera en ese momento, esa inmersión cultural, que incluía su capacidad para bromear en el idioma nacional sin acento judío, fue lo más crucial de su entrenamiento para la Resistencia. Pero, si bien Renia sobresalía y se adaptó, nunca estuvo completamente integrada. En una ceremonia en que la llamaron para otorgarle un premio académico, una compañera de clase le arrojó una caja de lápices a la frente, lo que le dejó una huella permanente, de forma literal. Entonces ¿estaba dentro o fuera? Ella personalmente eludía el escollo de siglos de antigüedad: la cuestión de la «identidad judía polaca».

Desde su fundación, Polonia estaba evolucionando.  Con unos límites geográficos en constante cambio, su composición étnica variaba a medida que se incorporaban a sus fronteras nuevas comunidades. Los judíos de la Edad Media emigraron a Polonia porque era un refugio seguro frente a Europa Occidental, donde los perseguían para expulsarlos. Al llegar a esa tierra de tolerancia y oportunidades económicas se sintieron aliviados. El nombre de «Polin», como se llamaba el país en hebreo, se compone de «Po» y «Lin», y significa «Aquí nos quedamos». Polin ofrecía unas relativas libertad y seguridad. Un futuro.

En una moneda de comienzos del siglo xiii, expuesta en el Museo POLIN de Historia de los Judíos Polacos de Varsovia, se ven unas letras hebreas. Los judíos de habla yidis ya constituían una gran minoría, esencial para la economía de Polonia y trabajaban como banqueros, panaderos y alguaciles. Polonia en sus inicios era una república, su Constitución se ratificó casi al mismo tiempo que la de Estados Unidos.  El poder del monarca estaba restringido por un Parlamento elegido por la pequeña nobleza. Entre las comunidades judías y los nobles había acuerdos mutuos: la nobleza protegía a los judíos que se establecían en sus pueblos y les daba autonomía y libertad religiosa; a cambio, los judíos pagaban impuestos elevados y realizaban actividades económicas que estaban prohibidas para los polacos cristianos, como prestar y pedir prestado capital con intereses.

La Confederación de Varsovia de 1573 fue el primer documento que estableció jurídicamente la tolerancia religiosa en Europa. No obstante, por más que los judíos estuvieran oficialmente integrados en la cultura polaca y compartieran filosofías, folklore y estilos de vestir, gastronomía y música, también se sentían diferentes y amenazados. A muchos polacos les molestaba la libertad económica de los judíos. Los judíos subarrendaban pueblos enteros a los nobles y a los siervos polacos les daba rabia estar bajo el dominio de terratenientes judíos. Algunos líderes religiosos de la comunidad difundieron el odioso y absurdo bulo de que los judíos asesinaban a los cristianos, especialmente a los bebés, para usar su sangre en rituales religiosos. Eso dio pie a ataques contra los judíos, con períodos intermitentes de asesinatos y disturbios a gran escala. La comunidad judía se unió mucho y buscó fuerzas en sus costumbres. Entre los judíos y los polacos había un «tira y afloja», y sus culturas se desarrollaron en mutua dependencia. Tomemos, por ejemplo, la jalá trenzada, el pan blando elaborado con huevos, símbolo sagrado del Sabbat judío. Este pan es semejante al chalka polaco y el kalach ucraniano, pero es imposible saber qué versión fue la primera. Las tradiciones se desarrollaron simultáneamente y las sociedades se entremezclaron, unidas bajo un brillo (agri)dulce.

Sin embargo, a finales del siglo XVIII Polonia se desintegró. Con un Gobierno inestable, el país fue invadido simultáneamente por Prusia, Austria y Rusia, y dividido en tres partes, cada una de ellas gobernada por un ocupante que impuso sus propias costumbres. Los polacos permanecieron unidos por un anhelo nacionalista y mantuvieron su idioma y su literatura. Los judíos polacos cambiaron bajo sus ocupantes: los gobernados por prusianos aprendieron el idioma sajón y se convirtieron en una clase media culta, mientras que los gobernados por austriacos (Galitzia) sufrieron una pobreza terrible. La mayoría de los judíos acabó siendo gobernada por Rusia, un imperio que impuso decretos económicos y religiosos sobre una población que era en gran medida de clase trabajadora. Las fronteras también cambiaron. Por ejemplo, Jędrzejów perteneció primero a Galitzia y luego pasó a manos de Rusia. Los judíos se pusieron nerviosos, sobre todo por el aspecto económico, ya que las leyes cambiantes afectaban sus medios de vida. Durante la Primera Guerra Mundial, los tres invasores de Polonia lucharon entre sí en su propio terreno. A pesar de los cientos de miles de vidas perdidas y de una economía diezmada, Polonia salió victoriosa: se estableció la Segunda República.

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El Gobierno Central instituyó una ley de descanso en domingo y discriminó a los judíos en las políticas públicas de empleo, pero su liderazgo era inestable. Apenas unos años más tarde, tras el golpe de Estado de 1926, Polonia cayó en manos de Józef Piłsudski, una singular mezcla de monárquico y socialista. El exgeneral y estadista defendió una tierra multiétnica y, aunque no ayudó particularmente a los judíos, ellos se sintieron más seguros bajo su régimen semiautoritario que con el Gobierno representativo.

Sin embargo, Piłsudski tenía muchos adversarios y, tras su muerte en 1935, año en que Renia cumplió once, los nacionalistas de derechas se hicieron fácilmente con el poder. Su Gobierno se opuso a la violencia directa y a los pogromos (que ocurrieron de todos modos), pero alentó los boicots a las empresas judías. La Iglesia condenó el racismo nazi, pero promovió el sentimiento antijudío. En las universidades, los estudiantes polacos defendieron la ideología racial de Hitler. Entraron en vigor las cuotas étnicas, y los estudiantes judíos se vieron arrinconados en «bancos segregados» al fondo de las salas de conferencias. Irónicamente, la educación de los judíos era más tradicionalmente polaca que la de cualquier otro grupo y muchos de ellos hablaban polaco (en ocasiones exclusivamente) y leían periódicos judíos en polaco.

Incluso en la pequeña ciudad de Jędrzejów se observó durante la década de 1930 un creciente antisemitismo,19 que iba desde insultos raciales hasta boicots a negocios, destrucción de escaparates e instigación de peleas. Renia pasó muchas tardes mirando por la ventana en actitud vigilante, temiendo que los vándalos antijudíos prendieran fuego a su casa e hicieran daño a sus padres, de quienes siempre se sentía responsable.

El famoso dúo de humoristas yidis Dzigan y Schumacher, que tenían su propia compañía de cabaret en Varsovia, e pezaron a investigar el antisemitismo sobre el escenario. En su sketch inquietantemente profético «El último judío en Polonia», retrataban un país que de repente echaba de menos a sus judíos y entraba en pánico al ver diezmadas su economía y su cultura. A pesar de la creciente intolerancia o tal vez movidos por la inquietud y la esperanza, los judíos experimentaron una edad de oro de creatividad en la literatura, la poesía, el teatro, la filosofía, la acción social, los estudios religiosos y la educación y de todo ello disfrutaba la familia Kukielka.

La comunidad judía de Polonia estaba representada por multitud de opiniones políticas y cada una daba una respuesta a esa crisis xenófoba. Los sionistas habían perdido la paciencia, pues se sentían ciudadanos de segunda y Renia oía a menudo a su padre hablar de la necesidad de trasladarse a una patria judía donde los judíos pudieran desarrollarse como personas, sin estar vinculados por la clase social o la religión. Dirigidos por intelectuales carismáticos que defendían el idioma hebreo, los sionistas discrepaban profundamente de los otros partidos. El partido religioso, comprometido con Polonia, defendía una menor discriminación y que los judíos fueran tratados como cualquier otro ciudadano. Muchas personas comunistas, así como de las clases altas, apoyaban la asimilación. Con el tiempo, el partido más grande fue el Bund, un grupo socialista de clase obrera que promovía la cultura judía. Los bundistas eran los más optimistas y esperaban que los polacos se serenaran y comprendieran que el antisemitismo no iba a resolver los problemas del país. El Bund diaspórico insistía en que Polonia era el hogar de los judíos y que debían quedarse exactamente donde estaban, seguir hablando yidis y exigir el lugar en la sociedad que les correspondía. El Bund creó unidades de autodefensa con la intención de no moverse de allí.

«El lugar donde vivimos, ese es nuestro país.» Po-lin.

Luchar o huir. El eterno dilema.

Es probable que, ya en la primera adolescencia, Renia acompañara a su hermana mayor, Sarah, a actividades de grupo juveniles. Nacida en 1915, Sarah era nueve años mayor que Renia y una de sus heroínas. Con sus ojos penetrantes y unos labios delicados en los que siempre se insinuaba una sonrisa, era la intelectual omnisciente, la bienhechora perspicaz cuya autoridad sencillamente se hacía notar. Uno puede imaginarse a las hermanas caminando a buen ritmo una al lado de la otra, pura energía y sentido del deber, las dos vestidas según la moda del momento: boinas, blazers entallados, faldas plisadas hasta la espinilla y el cabello corto pulcramente recogido con horquillas. Renia, como amante de la moda, habría ido combinada de la cabeza a los pies, algo que siguió haciendo toda su vida. El estilo de entreguerras en Polonia, influido por el movimiento de emancipación de las mujeres y la moda parisina, dejó de lado las joyas, los encajes y las plumas para centrarse en los cortes simples y la comodidad. El maquillaje era atrevido, con sombra de ojos oscura y barra de labios carmesí, y los peinados y las faldas se acortaron. («¡Se veía el zapato entero!», escribió un escritor satírico de la época.) En una foto de Sarah tomada en la década de 1930 llevaba unos zapatos de tacón bajo y grueso que le permitían caminar con paso firme, un requisito en esa época en que las mujeres eran muy andariegas y recorrían a pie largas distancias para ir al trabajo o la escuela. Las cabezas sin duda se volvían cuando las hermanas entraban en la sala de reuniones.

En las décadas transcurridas entre las guerras mundiales, el antisemitismo y la pobreza crecientes provocaron en los jóvenes judíos polacos una depresión colectiva. Se sentían distanciados de su país, con un futuro incierto en comparación con el de sus antepasados. No se les permitía unirse a los boy scouts polacos por ser judíos, por lo que cien mil se unieron a grupos de jóvenes judíos afiliados a los distintos partidos políticos. Esos grupos les proporcionaban un camino existencial y esperanza para el futuro. Los jóvenes judíos de Jędrzejów participaron en un mundo de movimientos juveniles activos. En algunas fotografías visten de colores oscuros y se hacen pasar por intelectuales serios, con los brazos cruzados; en otras, están de pie al aire libre en campos abiertos con un rastrillo en las manos, los músculos flexionados, bronceados y llenos de vitalidad.

Sarah era sionista como su padre, pero, a diferencia de él, pertenecía a Libertad, un grupo de sionistas laboristas socialistas y seculares. Los sionistas laboristas, que eran personas sobre todo de clase media y de mucho mundo, esperaban una patria en la que vivirían en cooperativas, hablarían en hebreo y tendrían un sentido de pertenencia. Si bien promovían la lectura y el debate, también valoraban mucho la faceta física como una forma de denunciar el mito del judío perezoso e intelectual y de fomentar la acción personal. Dedicarse al trabajo manual y contribuir a los recursos del grupo eran de primordial importancia. Idealizaban el trabajo de la tierra; la autosuficiencia agrícola iba de la mano de la independencia comunitaria y personal.

Había varios grupos juveniles sionistas laboristas —unos más intelectuales o seculares, otros dedicados a la beneficencia, la defensa o el pluralismo—, pero todos aceptaban los valores tradicionales polacos del nacionalismo, el heroísmo y el sacrificio individual, y los enmarcaban en un contexto judío. Libertad estaba centrado en la acción social y únicamente atraía a miembros de la clase obrera de habla yidis. El grupo abrió campamentos de verano, campos de entrenamiento (hajshará) y granjas comunales (kibutz) como una forma de preparar a los jóvenes para emigrar, instruyéndolos en el trabajo arduo y la vida cooperativa, a menudo para consternación de sus padres. Moshe se quejaba de que Libertad era demasiado emancipado e insuficientemente elitista, pero también de que daba prioridad a los «camaradas» sobre la familia biológica, presentando a sus líderes como modelos a seguir, casi como padres sustitutos. A diferencia de los scouts u otras organizaciones deportivas, esos movimientos juveniles abarcaban todas las facetas de la vida de sus miembros; eran campos de entrenamiento físico, emocional y espiritual. Los jóvenes se definían a sí mismos en función de su grupo.

Sarah defendía la igualdad social y la justicia, y estaba especialmente interesada en atender a los niños. En el museo Casa de los Combatientes de los Guetos hay varias fotos de ella del año 1937 en un campo de entrenamiento de la ciudad de Poznań, a trescientos veinte kilómetros de Jędrzejów. En una se la ve de pie delante de una estatua, con un traje entallado, cuello alto y un sombrero un poco ladeado; tiene un libro en las ma- nos, y una expresión seria y resuelta. El mundo moderno era suyo para disfrutarlo.

Las mujeres en Polonia desempeñaban roles tanto tradicionales como progresistas, impulsadas por una filosofía educativa positivista y por la Primera Guerra Mundial, que las había empujado a buscar empleo. En la nueva república, la enseñanza primaria era obligatoria incluso para las niñas. Las universidades estaban abiertas a las mujeres. En 1918 se aprobó el sufragio femenino,31 antes que en la mayoría de los países occidentales.

En Europa occidental, las familias judías eran sobre todo de clase media y estaban regidas por costumbres burguesas más generales que relegaban a las mujeres al ámbito doméstico. Pero en la Europa del Este, la mayoría de los judíos eran pobres y las mujeres trabajaban fuera de casa por necesidad, especialmente en los círculos religiosos, donde se veía con buenos ojos que los hombres estudiaran en lugar de trabajar. Las mujeres judías estaban inmersas en la esfera pública: en 1931, el 44,5 por ciento de la población judía asalariada lo constituían mujeres, aunque ellas ganaban menos que los hombres. El promedio de edad para casarse se retrasó hasta los veintimuchos o incluso los treinta, en gran parte debido a la pobreza. Eso dio lugar a una disminución de la fertilidad y, en consecuencia, a la incorporación de la mujer al mercado laboral. De hecho, el equilibrio entre la vida personal y el trabajo se parecía hasta cierto punto a las normas modernas de género.

Siglos atrás se había concedido a las mujeres judías «el derecho a saber».  A partir de la invención de la imprenta proliferaron los libros en yidis y hebreo para el público femenino; se permitió a las mujeres asistir a los servicios y, en la nueva arquitectura de la sinagoga, había un anexo femenino. Había judías poetas, novelistas, periodistas, comerciantes, abogadas, médicas y dentistas. En las universidades, un porcentaje ele- vado del alumnado eran jóvenes judías que se matriculaban sobre todo en programas de humanidades y ciencias.

Los partidos sionistas no eran ni mucho menos «feministas» —por ejemplo, las mujeres no ocupaban cargos públicos—, pero en el ámbito de la juventud socialista las mujeres jóvenes disfrutaban de cierto grado de paridad.  Un grupo juvenil llamado La Joven Guardia, al que pertenecía el hermano mayor de Renia, Zvi, introdujo la idea de «grupo íntimo», con una estructura de liderazgo doble. Cada sección la dirigían un hombre y una mujer. El «padre» era el responsable del aprendizaje, y la «madre», la que se ocupaba de todo lo emocional; ambos eran igual de poderosos y se complementaban. En este modelo familiar, «sus hijos» eran como hermanos.

Esos grupos estudiaban a Karl Marx y Sigmund Freud, así como a mujeres revolucionarias como Rosa Luxemburgo y Emma Goldman. Defendían explícitamente el debate emocional y el análisis de las relaciones interpersonales. La mayoría de los miembros se hallaba al final de la adolescencia, una edad en que muchas mujeres son más maduras que los hombres y, en consecuencia, se convertían en organizadoras. Las mujeres encabezaban el entrenamiento de defensa personal; se les enseñaba a estar concienciadas desde el punto de vista social, a tener dominio de sí mismas y a ser fuertes. La Unión Pionera (Hejalutz), una organización paraguas que aglutina- ba a varios grupos juveniles sionistas y promovía la formación agraria para una vida pionera en Palestina, tenía un plan B de emergencia en caso de que el ejército polaco llamara a los hombres a filas, dejando solo a mujeres a cargo. En innumerables fotos de la década de 1930 aparecen jóvenes de ambos sexos juntos, vestidos igual con abrigos oscuros y cinturones, o con ropa de trabajo y pantalones; como ellos, ellas sostienen en alto las guadañas a modo de trofeos y esgrimen las hoces como espadas, preparándose para una vida de duro trabajo físico.

Sarah era una sionista laborista devota. Bela, la hermana que había entre Renia y ella, se unió también a Libertad, y Zvi hablaba hebreo con fluidez. Renia, que aún no tenía edad para enrolarse, pasó su primera adolescencia absorbiendo el entu- siasmo de sus hermanos; uno se la imagina asistiendo a reuniones, juegos deportivos y festividades, la hermanita que los seguía a todas partes con los ojos muy abiertos.

En 1938 Renia tenía catorce años y estaba terminando la escuela primaria. Un reducido grupo de estudiantes judíos asistía al Instituto Coeducacional del distrito de Jędrzejów, pero ella no pudo. A veces culpaba de ello al antisemitismo; otras veces, explicaba que había necesitado ganar dinero en lugar de continuar sus estudios. En muchas memorias de mujeres jóvenes de la época se lee sobre sus ambiciones de ser enfermeras e incluso médicas,36 pero el entorno más tradicional de Jędrzejów o las apremiantes necesidades económicas de Renia la llevaron a hacer carrera de secretaria. Se apuntó a un curso de taquigrafía con la esperanza de emprender una vida de oficinista. Poco podía saber que pronto aceptaría una clase de trabajo bastante diferente.

Todos los grupos juveniles organizaban actividades de verano. En agosto de 1939 los jóvenes sionistas laboristas se juntaron en campamentos y talleres donde bailaron y cantaron, estudiaron y leyeron, practicaron deportes, durmieron al raso y realizaron innumerables seminarios. Debatieron sobre el reciente Libro Blanco británico por el que se había restringido la inmigración judía a Palestina y consideraron formas de desplazamiento, desesperados por continuar trabajando por sus ideales colectivos para salvar el mundo. Al finalizar los programas de verano, el 1 de septiembre los jóvenes acababan de volver a sus casas y estaban atravesando un periodo de transición entre la familia elegida y la biológica, el verano y la escuela, el verde y el ocre, la brisa cálida y el frío, el campo y la ciudad.

Por otra parte, aquel fue el día que Hitler invadió Polonia.

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