LECTURAS | Hombres elegantes y otros artículos, de Milena Busquéts

Una escritora de estirpe “wildeana” con un profundo sentido trágico de la existencia, ha dicho la prensa.

Ciudad de Mexico, 4 de julio (MaremotoM).- El lector que se asome a estas páginas se encontrará con textos que hablan del mejor baño del verano; los besos perfectos; una loca expedición a la isla de Farö emprendida a los dieciocho años con una amiga para conocer al admirado Ingmar Bergman (al que no lograron ver ni de lejos); Ana María Moix comprando en una carnicería; los gestos que nos indican que ha llegado el otoño y los pequeños detalles que anuncian que está a punto de asomar la primavera; la pérdida de seres queridos y los hijos que se convierten en adolescentes; las pompas de jabón; los cuentos de Chéjov y de Isak Dinesen; el inagotable mundo de Proust y la gente que se siente obligada a asegurar que lo ha leído cuando en realidad no lo ha hecho, como pasa también con el Quijote y tantos otros clásicos de relumbrón; Umberto Eco, con toda su oronda humanidad, sentado en el sofá de casa de la madre de la autora; Barcelona y Cadaqués como escenarios de una vida; la política que nos irrita y algunos gestos de los políticos que nos recuerdan que también ellos son humanos; Ana María Matute y la novela con la que renació; el aburrimiento; los perros; los amigos y las amigas; los profesores del Liceo Francés; la muerte de Leonard Cohen; las películas de Woody Allen; el personaje preferido de Mary Poppins, una definición acaso poco ortodoxa de la elegancia masculina y un breve listado de hombres elegantes…

Los textos aquí reunidos son como instantáneas, como viñetas, como esbozos en el cuaderno de acuarelas de un pintor. En ellos se combinan sin pudor ni necesidad de excusas una sana frivolidad y una aguda capacidad para desvelar lo que no es evidente. Tratan muchas veces lo cotidiano, que en ocasiones puede parecer nimio al ojo poco atento y de ello extraen una sonrisa, un matiz poético, una epifanía. Son textos en los que por encima de todo se adivina la mirada sagaz, fresca y rompedora de una escritora capaz de ir más allá de lo obvio y previsible, capaz de convertir los artículos que escribe en livianas, enjundiosas y seductoras filigranas literarias.

Milena Busquéts
Hombres elegantes y otros artículos, de Milena Busquéts

Fragmento de Hombres elegantes y otros artículos, de Milena Busquéts, con autorización de Anagrama.

PRÓLOGO

Empecé a escribir artículos en la prensa al poco tiempo de la publicación de mi segunda novela, También esto pasará. Tenía claro que a pesar de las presiones externas e internas tardaría unos años en ponerme a escribir de nuevo. Entre el primer libro y el segundo habían pasado siete y no veía razón alguna para acelerar ese proceso largo, solitario, complicado y a ratos incluso feliz que supone la gestación de una novela.

Mi editor español, Jorge Herralde, tal vez intuyendo mis nulas intenciones (y capacidades, ¡qué más quisiera yo!) de convertirme en uno de esos autores que escriben un libro cada dos o tres años, me aconsejó que aceptara la propuesta de colaborar con un medio escrito, era un modo de seguir practicando la escritura, de mantener cierto ritmo (iba a ser una colaboración semanal) y tal vez incluso de dar con ideas para la siguiente novela. Como (casi) siempre, le hice caso.

No creo que haya libros menores. Me parece, por poner un ejemplo, que Las pequeñas virtudes, un escueto volumen de artículos de la extraordinaria Natalia Ginzburg, es, junto con Querido Miguel, su mejor libro. Escribo los artículos para la prensa con el mismo impulso, la misma pasión y la misma lógica con que escribo las novelas, algunos son una respuesta a la actualidad cuando esta me irrita o me indigna, otros son reflexiones más atemporales y cotidianas.

Intento no aburrir y no aburrirme (en el mundo en que nací, un mundo que ya no existe, aburrir al prójimo era el peor de los pecados), intento no repetir lo que dice todo el mundo (mi madre siempre decía: “Escribe lo que solo puedas escribir tú”), confieso que a veces intento también chinchar y molestar un poco, pero solo un poco, y solo a los biempensantes y a los puritanos de nuevo cuño. No escribo para hacer amigos ni para congraciarme con nadie, ni para sentar cátedra. Una vez un amigo me dijo que escribía “de mi tiempo y contra mi tiempo”. Eso me gustaría. Y, como todos los escritores, intento sobre todo no traicionarme, ser honesta.

Quisiera dar las gracias a mis editores de Anagrama, Jorge Herralde, Silvia Sesé e Isabel Obiols, así como a mi editor catalán, Joan Carles Girbés, por su inestimable apoyo, paciencia y entusiasmo sostenido. A mi incansable agente, Anna Soler-Pont. Y a Enric Hernández, el director de El Periódico, que supo esperarme, que me dio absoluta libertad para escribir siempre sobre lo que me diese la gana, que me prometió que jamás se tocaría ni una coma de mis textos (los escritores somos un poco quisquillosos con eso) y que lo ha cumplido. Sin él, este libro no existiría.

Milena Busquets
Quisiera dar las gracias a mis editores de Anagrama, Jorge Herralde, Silvia Sesé e Isabel Obiols, así como a mi editor catalán, Joan Carles Girbés, por su inestimable apoyo, paciencia y entusiasmo sostenido. Foto: YouTube

EL MEJOR BAÑO DEL VERANO

NADA DE PERDER EL TIEMPO

(El País, 6 de julio de 2015)

A partir de cierta edad y de unos cuantos muertos, lo único que hacemos es huir de los fantasmas. Primero tuve que convencerme de que mi madre no se había convertido en uno. Durante unos días, estuve secretamente convencida de que un gato negro que había visto desde la ventana, un día que me levanté a beber agua a las cuatro de la madrugada, era su reencarnación. El gato estaba inmóvil debajo de una farola y me miraba fijamente. Finalmente llegué a la conclusión de que no debía de ser mi madre porque:

1. Nosotros somos una familia de perros de toda la vida. Yo, una vez, como acto de rebeldía, recogí a un gato abandonado, y al cabo de pocos meses se tiró, literalmente, por el balcón (no se mató, pero nuestra relación ya no volvió a ser la misma, ahora vive con mi ex. La unión hace la fuerza). Mi madre, después de llorar un rato, por si acaso se había muerto el gato, me dijo: “¿Ves como no se pueden tener gatos?”

2. El gato no regresó. A la noche siguiente, me puse el despertador a las cuatro y estuve esperando, mirando por la ventana, pero no vino nadie. A las cinco volví a la cama. Mi madre tenía muchos defectos, pero la impuntualidad no era uno de ellos.

La segunda señal inequívoca que tuve de que no se había convertido en un ente sobrenatural fue un día mientras charlábamos (imaginariamente, claro). Yo me lamentaba de echarla de menos y ella me decía que me dejase de tonterías, que la vida me iba muy bien y que era de pésima educación ser tan desagradecida. Al final me dijo: “¿Qué más quieres?” Y yo: “No sé, algo.”

Y justo en ese momento exacto recibí un mensaje de un tío que no es que me gustara muchísimo, pero bueno, y pensé: “¡Ah! Esto sí que es una señal, me está diciendo que este tío, a pesar de tener las manos pequeñas y de ser un pelín cursi, es el hombre de mi vida.” Entonces le respondí con gran entusiasmo (no del modo despectivo habitual) y nunca más me volvió a decir nada, ni una palabra. Y aunque todos en mi familia tenemos cierta propensión al sadismo en las relaciones (resultado, creo, de ver tantas películas de Ingmar Bergman), mi madre nunca me habría lanzado a los brazos de un hombre cursi. La crueldad tiene un límite.

En fin, me voy corriendo a recoger a mi hijo a clase de ukelele. Este verano vamos a hacer cosas útiles, nada de perder el tiempo como cada año.

LAS SEGUNDAS VECES

(El País, 3 de agosto de 2015)

No me interesan demasiado las primeras veces, creo que están sobrevaloradas. No recuerdo más que muy borrosamente el primer beso (pero sé que llegó muchos años después de las pruebas de besos con lengua con mis amigas en el patio del Liceo Francés, muertas de risa y de asco), el primer polvo, el primer amor, la primera vez que pisé Venecia (demasiado joven para haberlo ni siquiera deseado). Para alguien precipitado y suertudo como yo, las primeras veces casi siempre llegan demasiado pronto. La primera vez para un niño, incluso para un adolescente, no significa nada porque uno piensa que esa fuente, como todas las demás, no se va a secar nunca.

Cuando los escritores, los poetas o los cursis hablan de la primera vez se equivocan. Casi nunca es realmente la primera vez. La primera vez no se ve nada, no se nos otorga nada. Si me emocioné con el Partenón la primera vez que lo vi en persona fue porque lo había estudiado e imaginado, y por lo tanto visto, miles de veces y porque no esperaba, al abrir la puerta de la habitación del hotel, encontrármelo delante de las narices. Pensaba que estaba entrando a empujones con mi hermano en una habitación de hotel más y el Partenón me detuvo en seco y me obligó a pensar que aquello (mi madre feliz, las peleas con mi hermano, la excitación por estar a punto de embarcarnos, el sol resplandeciente) no ocurriría siempre.

Los mejores besos, como las mejores pelis y los mejores libros, te hacen pensar en la muerte, te señalan el precipicio con un dedo y te salvan en el último momento, y solo durante un rato. Los besos sin vértigo son besos tirados a la basura. Así que soy partidaria de las segundas (y terceras y cuartas) veces. De todas las veces que decidí volver a la Tumba de los Médici hasta poseerla, de todos los brazos a los que he decidido volver una segunda vez. No se ve nada la primera vez porque cerramos los ojos. Yo no quiero ver ningún amanecer como si fuese el primero, no quiero dar ningún beso como si fuese el primero, cada amanecer que veo es el reflejo de docenas de amaneceres (y de resacas, y de amigas apretándome la mano) y cada beso el resultado de miles de besos (de los egoístas y los voluptuosos, de los furiosos y los dóciles, de los vencidos, los agotados y los enfermos, de los hambrientos y de los maternales, sobre todo los maternales) que he dado. No necesito volver a las primeras veces, me conformo con las segundas.

MADAME CARRERAS

(La Vanguardia, 18 de octubre de 2015)

Soy la persona menos deportista del mundo.

En el colegio, mis amigas y yo éramos las últimas en ser elegidas para jugar porque, en cuanto poníamos un pie en el campo de deporte, lo que hasta ese momento había sido orden y afán de superación se convertía en caos y jolgorio.

Así que normalmente éramos suplentes y pasábamos el rato charlando y riendo en el banquillo o coqueteando con los chicos del campo de al lado (en mi época, en el Liceo Francés, chicos y chicas hacíamos deporte por separado).

También dedicábamos buena parte de la primera hora de educación física a discutir con la profesora, Madame Carreras, sobre el uniforme. Mis amigas y yo nos negábamos a llevar el uniforme de deporte que consistía en un horrendo pantalón azul marino con raya blanca lateral, una camiseta blanca con ribete azul y “Lycée Français de Barcelone” estampado en azul y una sudadera a juego. O bien llevábamos una camiseta que no era la oficial, o bien decidíamos atarnos un jersey a la cintura, o bien tratábamos de dar un toque de color poniéndonos unos calcetines fluorescentes o pintándonos las uñas de rojo (algo que estaba prohibidísimo). Eso hacía que la profesora se enfureciese y que las más estrafalarias fuésemos castigadas a pasar toda la clase sentadas en un banco. Entonces, cuando Madame Carreras recordaba que eso era realmente lo que queríamos, se enfadaba todavía más y nos mandaba dar cien vueltas corriendo a la pista de atletismo. Empezábamos con cierto brío, pero al cabo de unos metros, en cuanto la profesora se daba la vuelta, retomábamos el ritmo de caracol deprimido que nos caracterizaba.

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Las sesiones en el gimnasio eran todavía peores porque no te podías ni esconder ni escapar. Estaban las genias del deporte que lo hacían todo perfecto, las pringadas voluntariosas que eran las que lograban subir a la cuerda y luego se quedaban allí colgando sin saber bajar y las negadas absolutas que nunca logramos subir ni veinte centímetros de cuerda, que nos quedábamos a horcajadas encima del potro con cara de póquer y los brazos levantados en forma de uve y que afirmábamos, muy serias, que no sabíamos hacer ni la vertical ni la rueda, pero sí la voltereta. Hacia delante. Y hacia atrás. Hasta que un día Madame Carreras, harta ya de castigarme, me dijo: “Mira, Busquets, ¿tus padres no tienen algún amigo médico? Pues yo te recomendaría que te hiciese una dispensa de deporte para todo el año.” Me dolió un poco que estuviese dispuesta a prescindir de mi alegría y buen humor con tanta facilidad, pero mi colaboración en la sección de deporte de este periódico demuestra que estaba totalmente equivocada. ¿Ve, Madame Carreras, como sí tenía futuro en el mundo del deporte?

AQUEL SEÑOR QUE ME HACÍA DIBUJITOS

(El Periódico, 20 de febrero de 2016)

Umberto Eco era un señor gordo con gabardina que de vez en cuando venía a casa, se sentaba en el sofá del fondo y empezaba a dar entrevistas mientras nos hacía dibujitos a mi hermano y a mí para que no incordiásemos. Umberto Eco fue el hombre gracias a cuya novela El nombre de la rosa la pequeña editorial de mi familia pudo subsistir y seguir publicando literatura de la de verdad durante algunos años más. Umberto Eco fue el escritor que decidió apoyarme dándome un libro, Sobre literatura, cuando me lancé a la arriesgadísima y disparatada aventura de crear mi propia editorial, Erre que Erre, y dejar de trabajar en una multinacional (me arruiné, por cierto, pero no olvidé su generosidad). No voy a hablar de lo inteligente y brillante que era Umberto Eco, ni de que era una de las pocas personas que he conocido que pensaban por sí mismas: todas sus ideas eran originales, sorprendentes y sexys. Podía decir una cosa o la opuesta, era impredecible cuando la mayoría de los que hablan sin cesar solo repiten ideas ajenas o hacen refritos y ya sabes de qué lado van a estar antes de que abran la boca. Escriben para confirmar, para tranquilizar y tranquilizarse, para reafirmar su pertenencia a un grupo. Umberto no. Umberto Eco escribía solo y pensaba solo y sabía que la única manera de pensar bien es hacerlo en soledad y a la intemperie y a veces en contra de todo el mundo.

Umberto Eco no escribía obviedades y nunca daba lecciones (a pesar de ser, ante todo, un profesor), pero te hacía desear ser más lista, más original, esforzarte más, profundizar, entender, perseverar. Umberto Eco no era un opinador, era un pensador. En este país los primeros han sustituido a los segundos en la mayoría de los ámbitos. El opinador es el que necesita desgañitarse y rasgarse las vestiduras para que le hagan caso, el pensador provoca el silencio a su alrededor sin necesidad de gritar ni de darse importancia. El opinador tiene una corte, una pandilla que le ríe las gracias (Umberto Eco no necesitaba ser simpático, intentar caerle bien no servía para nada, era inmune a las zalamerías y a las reverencias), el pensador sabe que está solo.

De niño, no solo piensas que no vas a morir nunca, piensas que tampoco lo harán las personas que te rodean, sabes que te harás mayor pero das por supuesto que todo a tu alrededor seguirá igual. Después descubres que no va a ser así. Umberto Eco era una especie de ancla para mí. Nos vamos quedando sin anclas. Y sin demasiadas ganas de volver a zarpar. Llegará un momento (quizá ya haya llegado) en que toda la gente que me conozca ya me habrá conocido con arrugas y con algunas marcas de zarpazos. Dentro de poco, o quizá ahora, ya no quedará nadie que me conociese de niña, nadie me podrá decir eso fue así o fue de otra manera, mi infancia pasará al terreno de los recuerdos, o sea, al de la fantasía, al de la ficción. Si es que antes no se ha convertido en humo.

Ha sido todo un honor, Professore.

CUÉNTAME UN CUENTO

(El Periódico, 6 de abril de 2016)

El mundo se divide entre las personas que dicen y las personas que cuentan. No creo que, por ejemplo, mi madre y Ana María Moix tuviesen ya muchas cosas que decirse, se habían conocido de muy jóvenes y habían pasado toda la vida hablando, pero cada día encontraban cosas nuevas que contarse. Yo me burlaba de aquellas dos mujeres que, pasados los sesenta años, seguían llamándose por teléfono constantemente como hacía yo en la adolescencia con mis amigas del alma.

Más tarde tuve un novio al que a veces llamaba Susanito porque era igual de rollista que la Susanita de Mafalda y, para contarme que había ido a comprar el pan a la tienda de la esquina, me explicaba la biografía completa y detallada de cada una de las personas con que se había cruzado por el camino.

Ahora mi hijo de ocho años, cuando está con su padre, me llama para charlar. No me llama para decirme nada en particular, pero me cuenta mil cosas, muchas más de las que me cuenta cuando estamos juntos, y un gesto (yo apartándole el flequillo o poniéndole la mano sobre la frente, él sentándose en mi falda) ya es suficiente. Y eso me parece la señal inconfundible de que se está convirtiendo en un adulto de buena calidad (hay otras, la reacción inmediata y airada ante cualquier injusticia, por ejemplo). Héctor busca temas, inventa o exagera historias y empieza a manejar con soltura las pausas y la intriga. Mi hijo ya ha descubierto que una de las mejores maneras de enganchar al otro (casi tan infalible como una caricia) es a través de las palabras.

Lo sabía Sherezade, lo sabía Isak Dinesen (mi escena favorita de Memorias de África es cuando ella invita a Finch Hatton y a Cole a cenar y, al final de la cena, les cuenta un cuento. Creo que es en ese preciso instante cuando Robert Redford se enamora de ella. Ella le regala un mundo y él se enamora de ella, claro) y lo sabe mi hijo de ocho años.

No es algo evidente, la prisa hace que dejemos de contarnos historias. No es lo mismo decir: “Ayer se me estropeó el coche y tuve que llamar al RACC” que: “Justo ayer, cuando había quedado con Fulanito, del cual estoy secretamente enamorada desde hace años, el coche se quedó sin gasolina por culpa de mi mala cabeza y entonces, mientras esperaba a que viniese el tío del RACC…” Y no es lo mismo dormirse en medio del silencio que entrar en las tinieblas acompañado de una voz amiga, aunque sea la de la televisión. Cuando en una relación de amistad, de amor, de trabajo o de lo que sea ya hemos dicho todo lo que teníamos que decir, empezamos a contar. Y ahí empieza lo interesante. Cuando todo ha sido dicho.

VIVA LA ABERRACIÓN

(El Periódico, 20 de abril de 2016)

Cuenta mi admirado Juan Marsé una anécdota que me encanta: un día cualquiera, no en Sant Jordi, fue a firmar ejemplares de sus libros a unos grandes almacenes. Los organizadores del evento le sentaron detrás de una mesa con varias pilas de su última novela y desaparecieron. Fueron pasando los minutos y las horas sin que llegara ningún lector.

Finalmente, Juan vio con cierto alivio cómo se le acercaba una mujer. Cuando estuvo delante de él, le preguntó: “¿Cuánto vale?” Juan le respondió, solícito: “Pues no lo sé, unos quince euros, creo.” Y cogió uno de los libros para cerciorarse del precio exacto. Entonces la mujer le miró perpleja y exclamó: “¡No, no! ¡El libro no! ¡La mesa! ¡¿Cuánto vale la mesa?!”

Y era Juan Marsé, uno de los mejores escritores de este país.

En otra ocasión, estaba yo sola y abandonada delante de una pila de mis libros, esperando a que apareciese algún lector, cuando se me acercó una mujer (espero que no fuese la misma que se le acercó a Juan) y me dijo mirándome con cara de lástima: “Niña, no te preocupes, te pareces mucho a la hija del dueño de Zara, si esto de los libros no te funciona, siempre te puedes dedicar a hacerle de doble.”

No estoy muy segura de qué futuro se debía de imaginar la señora que podía tener una doble de la hija del dueño de Zara, pero de todos modos le agradecí el consejo y le prometí que lo tendría en cuenta. No compró ningún libro.

No conozco a ningún autor que no tenga una anécdota de este tipo. Ese es el auténtico día a día de los escritores y de los libros en este país. Por un lado, es estupendo porque por muchos libros que uno haya vendido, por muy buenas críticas que obtenga y por mucha tirria que le tengan sus colegas escritores (en este país, esa es la señal inequívoca del éxito), obliga a los autores, personas en general proclives a tener la cabeza en las nubes, a mantener (al menos) los pies en la tierra. Pero, por otro lado, es un desastre porque es la demostración de que vivimos en un país que lee demasiado poco.

Sant Jordi es una aberración maravillosa, el único día del año en que la calabaza se convierte en carroza. El único día del año en que podemos salir (cautelosamente) vestidos de príncipes y de princesas. El resto del tiempo somos la persona que pasa horas (laborables) en el fondo del bar pensando en las musarañas, el amigo que preocupa a los demás del grupo porque no saben cómo podrá ganarse la vida, el chalado que dedica uno o dos años a meterse en la piel de otra persona y, finalmente, el que espera que, en algún momento, llegue un lector que le convierta en príncipe, o en escritor. Feliz Sant Jordi.

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