Javier Cercas

LECTURAS | Independencia, de Javier Cercas

Un furioso alegato contra la tiranía de los dueños del dinero y los amos del mundo.

Ciudad de México, 6 de marzo (MaremotoM).- ¿Cómo enfrentarse a quienes manejan el poder en las sombras? ¿Cómo vengarse de quienes más daño te han hecho? Vuelve Melchor Marín. Y vuelve a Barcelona, donde es reclamado para investigar un caso vidrioso: están chantajeando con un vídeo sexual a la alcaldesa de la ciudad.

Cargado con su pesar por no haber encontrado a los asesinos de su madre, pero también con su inflexible sentido de la justicia y su rocosa integridad moral, Melchor debe desmontar una extorsión que no se sabe si persigue el simple beneficio económico o la desestabilización política, y, para hacerlo, se adentra en los círculos del poder, un lugar donde reinan el cinismo, la ambición sin escrúpulos y la brutalidad corrupta.

Por ahí, esta novela absorbente y salvaje, poblada de una pléyade de personajes memorables, se convierte en un retrato demoledor de la élite político-económica barcelonesa, pero sobre todo en un furioso alegato contra la tiranía de los dueños del dinero y los amos del mundo.

Javier Cercas
Hoy llega a librerías. Foto: Cortesía
Fragmento de Independencia, de Javier Cercas, con autorización de Planeta

Melchor renueva el agua del jarrón, cambia un ramo de flores marchitas por otro de flores frescas y limpia con un paño la lápida, donde se lee: «Olga Ribera, Gandesa, 1978-2021». Luego, como cada sábado por la mañana desde hace cuatro años (salvo cuando tiene guardia), se pasa un rato allí, ante la tumba de su mujer, hablándole de Cosette y comentando los escasos acontecimientos de la semana.

El cementerio está recostado en la falda de una colina, a las afueras de Gandesa, y Melchor sólo oye el piar de los pájaros y, de vez en cuando, el motor remoto de un coche que serpentea en dirección a Vilalba dels Arcs y la sierra de La Fatarella, cuya cresta se recorta a su izquierda, contra el cielo inmaculadamente azul, erizada de blancos molinos de viento que giran con morosidad en la calidez inmóvil de la mañana de julio.

Transcurrida media hora, Melchor se cuelga su zurrón en bandolera y se aleja de la tumba. Pasa junto al panteón de la familia Adell, un suntuoso cenotafio de mármol negro jaspeado de blanco, y sube por una callecita estrecha, sombreada de cipreses y flanqueada de túmulos. Al salir del cementerio toma un camino de tierra y, poco después, desemboca en la rotonda que conduce al interior de Gandesa. En el centro de la rotonda, sentada en unos escalones bajo una cruz de piedra, reconoce sin sorpresa a Rosa Adell.

—Estaba pensando que no voy nunca al cementerio —lo saluda la mujer.

Melchor termina de acercarse. Rosa viste una blusa azul oscuro, sin mangas, unos pantalones marrones muy finos y unas sandalias que dejan al descubierto unos pies pequeños, con las uñas pintadas de rojo. Melchor no puede ver sus ojos: unas gafas negras se los ocultan.

—Y eso que tengo enterrada ahí a mi familia entera —añade Rosa—. ¿Debería sentirme mal?

Recordando el mausoleo de los Adell, Melchor contesta: —Pésimo.

—¿Hablas en serio?

—No. Lo que hay ahí dentro ya no tiene nada que ver con tus padres.

—¿Y con Olga?

—Tampoco.

—¿Entonces por qué vas tú? Melchor se encoge de hombros.

Rosa Adell se queda mirándole un momento, hasta que hace un mohín perplejo y, sacudiéndose el polvo de los pantalones, se pone en pie.

—¿Dónde está Cosette? —pregunta.

—En la piscina. —Melchor señala vagamente un edificio que se levanta a unos cincuenta metros, entre el cuartel de bomberos y el pabellón de deportes—. Sale a las doce.

Rosa consulta su reloj.

—Justo el tiempo de tomar un café.

Se dirigen hacia el hotel Piqué bajando por la avenida Joan Perucho. Caminan en silencio, como si la quemazón progresiva del sol los disuadiera de hablar, y en silencio pasan frente al instituto de enseñanza media Terra Alta y al falso neoclasicismo de la fachada del juzgado comarcal.

En los últimos meses los dos se han visto a menudo, a veces por pura casualidad, otras veces por casualidades no tan puras, siempre o casi siempre provocadas por Rosa, que ha adoptado la costumbre de esperarlo cada sábado por la mañana a la salida del cementerio. Como todo el mundo, Rosa ignora el verdadero papel desempeñado por Melchor en la resolución del caso Adell, que cuatro años atrás sacudió la eterna somnolencia de la Terra Alta y desde entonces mantiene en la cárcel a Albert Ferrer, su exmarido, y a Ernest Salom, excaporal de policía, amigo íntimo de Ferrer y compañero de Melchor en la comisaría de Gandesa, el primero condenado por inducción al asesinato del matrimonio Adell y su criada rumana, el segundo por complicidad en el asesinato y encubrimiento del crimen. Y, aunque es verdad que Rosa intuyó desde muy pronto que la versión oficial de los hechos no se ajustaba del todo a la realidad, y que Melchor ocultaba cosas (o eso es lo que a su vez intuía el propio Melchor), lo cierto es que nunca se ha animado a interrogarlo al respecto. De hecho, no suelen hablar sobre ese asunto, pese a que se conocieron gracias a él, y casi nada de lo que Melchor sabe sobre las reacciones que provocó en Rosa y las consecuencias que le ha acarreado lo sabe por ella. Lo que Melchor sabe, en realidad, es poco y disperso: que Rosa no ha vuelto a ver a su exmarido desde el juicio que se instruyó contra él, por ejemplo; o que sus cuatro hijas, conscientes de que fue su padre quien encargó el asesinato de sus abuelos maternos, han repudiado a su progenitor. Por lo demás, Rosa Adell vive sola en la masía cercana a Corbera d’Ebre que cuatro años atrás compartía con Albert Ferrer —sus cuatro hijas trabajan o estudian ahora en Barcelona—, y ha intentado o intenta todavía sobreponerse al asesinato de sus padres y a la condena de su marido consagrándose en cuerpo y alma a liderar el imperio empresarial levantado de la nada por su padre, con Gráficas Adell a la cabeza. Trabaja mucho, viaja mucho y pasa algunos fines de semana en Barcelona, con sus hijas, pero de un tiempo a esta parte, cuando se queda en la Terra Alta, acaba llamando por teléfono a Melchor o, últimamente, yéndolo a buscar a la salida del cementerio.

Dejan a su derecha la estación de autobuses, cruzan la carretera y la explanada de tierra que se abre ante el hotel Piqué y entran en la cafetería, ocupada a esa hora por un grupo de turistas que alborota en la barra, por una pareja de ciclistas y otra de ancianos. Rosa se sienta a una mesa, junto a un ventanal que da al aparcamiento, mientras Melchor aguarda su turno en la barra; cuando por fin consigue que le atiendan, lleva sus dos cafés a la mesa.

—Me han dicho que os van bien las cosas —comenta Melchor, sentándose frente a Rosa. En el bullicio de la cafetería inundada de sol, la mujer se ha quitado las gafas oscuras y mira al policía con sus ojos marrones, serenos y ovalados, mientras remueve el café.

—Las noticias vuelan en la Terra Alta —constata—. ¿Ya te ha llegado lo de Medellín?

Melchor asiente.

—La idea fue del señor Grau —dice Rosa, intentando quitarse importancia: una sombra de carmín brilla en sus labios carnosos—. Colombia es un país que funciona como un tiro, ideal para invertir, y montar una fábrica allí nos va de maravilla. Además, Medellín es una ciudad estupenda.

—¿Qué tal está?

—¿Medellín?

—El señor Grau. Hace tiempo que no le veo. Rosa Adell entrecierra los ojos, esboza una media sonrisa y da un sorbo de café.

—Viejo —dice sin melancolía—. Pero ahí sigue, al pie del cañón. La verdad es que no sé qué haría sin él.

Melchor vuelve a asentir. Acaba de cruzar por su cabeza la imagen del sempiterno gerente de Gráficas Adell: un anciano férreo, pálido, culto y miope, de cuerpo escuálido, pelo escaso y sagacidad probada en los negocios, que, a sus noventa años, siempre impecablemente vestido y cada vez más cargado de espaldas, sigue acudiendo a diario a su despacho en el polígono industrial La Plana, a las afueras de Gandesa, y llevando el timón del buque insignia del imperio Adell. Por un momento recuerda también, con asombro, que aquel dechado de probidad empresarial y lealtad personal al hombre para el que trabajó durante toda su vida había sido, asimismo, mientras él y Salom investigaban el caso Adell a las órdenes del subinspector Gomà, el primer sospechoso del asesinato de los padres de Rosa.

—Pues deberías empezar a pensarlo —le aconseja Melchor.

—Ya lo sé —admite Rosa, atisbando más allá del ventanal. En el aparcamiento del hotel, protegidos del sol bajo un techo de cañas, apenas hay estacionados un par de coches y una furgoneta de reparto; el tráfico en la entrada de Gandesa es mínimo—. Por cierto —se vuelve de repente hacia Melchor—, hoy el señor Grau viene a comer a mi casa. ¿Por qué no nos acompañáis tú y Cosette? Estoy seguro de que le encantará comer con vosotros.

—Gracias, pero no puedo. Hemos quedado en ver una película en casa. Además —añade, palmeando su zurrón, que ha colgado de un brazo de la silla al sentarse—, esta tarde tengo trabajo.

—Rosa mira el zurrón y luego mira a Melchor, que aclara—: Son manuscritos del concurso literario. La mujer sonríe abiertamente: una sonrisa ancha, burlona, luminosa.

—Así que al final te han convencido de que seas jurado. Melchor aparta la vista de ella, pero no encuentra un lugar donde posarla.

—Por lo visto no había alternativa y… — Azorado, consciente de que la frase se encamina en la dirección equivocada, empieza otra—. Y eso no es lo peor.

—Ah, ¿no?

—No. Lo peor es que tengo que pronunciar un discurso en la ceremonia de entrega de premios. Me han pedido que diga unas palabras sobre la lectura. O sobre la literatura. O sobre las novelas que me gustan. Algo así.

—Es una idea bonita.

—Preciosa. Sólo que yo no he pronunciado un discurso en mi vida.

—No me digas que tienes miedo. Melchor se vuelve otra vez hacia Rosa.

—Miedo no —confiesa—. Pánico. Ella se ríe de buena gana.

—No seas tonto, poli —dice—. Lo harás de maravilla.

—Claro.

—Hablo en serio. ¿Quieres que te ayude a prepararlo?

En los ojos de Melchor reluce por un instante una chispa de esperanza, que se apaga en cuanto cree comprender que, a pesar de sus protestas de seriedad, su amiga bromea.

Antes de que Rosa pueda asegurarle que no bromea, Melchor se levanta a pedir otros dos cafés. Al cabo de un momento regresa con ellos y, aunque se niega en redondo a volver al asunto del discurso, durante un rato hablan del certamen literario. Lo organizan la biblioteca y el instituto, e integran el jurado dos profesores, un poeta local, la directora de la biblioteca y Melchor; la entrega de premios está prevista para principios de septiembre, durante la ceremonia de inauguración del curso académico. Melchor comenta un relato de ciencia ficción que acaba de leer y que le ha gustado mucho; le resume el argumento a Rosa, quien —pese a no ser aficionada a la ciencia ficción, ni siquiera demasiado aficionada a la literatura— se muestra de acuerdo con él. También hablan de una propuesta que le ha hecho a Rosa el alcalde de Gandesa, para que amplíe la fábrica principal de Gráficas Adell en La Plana, y de un viaje de trabajo que tiene pendiente a la filial de Timişoara, en Rumanía. Luego discuten los planes que cada uno ha hecho para las vacaciones: Rosa piensa llevarse a sus cuatro hijas de viaje por Estados Unidos durante dos semanas, y Melchor, a principios de agosto, tiene intención de hacer lo mismo que el verano anterior, cuando pasó unos días con Cosette en Molina de Segura, Murcia, alojados en casa de la última amiga de su madre, Carmen Lucas, y de su marido Pepe.

—Os vais a morir de calor —predice Rosa.

—El año pasado lo pasamos muy bien —replica Melchor—. ¿Sabes lo que más le gustó a Cosette? Que todas sus amigas la llamaban Cosé. Todavía se está riendo Rosa cuando suena el teléfono de Melchor, que verifica quién es y lo deja sonar.

—¿No vas a responder? —pregunta Rosa.

—Es Vivales. Ya le llamaré más tarde.

—Ahora es Melchor quien consulta su reloj—. Cosette debe de estar a punto de terminar. ¿Nos vamos?

Rosa Adell no sabe de Domingo Vivales mucho más de lo que sabe de Carmen y Pepe. Melchor se lo presentó hace un tiempo, durante una de sus visitas a Gandesa, pero ella no acaba de entender cuál es la relación que une a aquellos dos hombres de edades tan dispares que muy bien podrían ser padre e hijo. De hecho, casi lo único que sabe del abogado es que, igual que Carmen Lucas, era amigo de su madre, y que Melchor heredó aquella amistad como quien hereda un inmueble. El policía no le ha contado más; ella, por su parte, tampoco pregunta, porque la primera regla no escrita de su amistad consiste en la obligación de administrar con sumo cuidado sus mutuas intimidades.

Mientras Rosa paga las cuatro consumiciones —he ahí otra regla no escrita de su amistad: siempre o casi siempre es ella quien paga—, un wasap tintinea en el móvil de Melchor. Es el sargento Blai, que ya no es sargento sino inspector y no está destinado en la Terra Alta sino en la central del cuerpo, en el complejo Egara, a las afueras de Sabadell. «¿Qué pasa, españolazo?», escribe Blai. «¿Dónde paras?» «En el hotel Piqué», contesta Melchor. «¿Echando un polvo con una titi?», vuelve a escribir Blai. «Je, je, es broma. Estoy en casa de mis suegros, tendríamos que vernos cuanto antes. Esta tarde.»

—Tranquilo —dice Rosa Adell, reuniéndose con Melchor a la puerta del hotel mientras se cala las gafas de sol—. Contesta a quien tengas que contestar.

Cruzan la explanada de tierra y, mientras aguardan a atravesar la carretera, Melchor escribe en su móvil: «No puedo». «No me jodas, tío, ¿ya no quieres cuentas con los amigos?», contesta de inmediato Blai, que enseguida vuelve a escribir: «Va en serio. Tenemos que hablar. Es urgente». Están desandando la avenida Joan Perucho bajo el sol candente del mediodía.

—¿Del trabajo? —inquiere Rosa Adell. Melchor contesta que sí.

—Yo el fin de semana dejo el móvil del trabajo en la oficina —admite Rosa—. ¿Es importante?

—Seguro que no, pero lo parece. Al llegar a la altura del juzgado, Melchor escribe otra vez: «Te llamo luego». «No tardes», le contesta Blai. «A las siete tengo festorrón familiar. Deberíamos vernos antes.» La respuesta de Melchor es un emoticono que muestra un puño amarillo con el pulgar levantado. Cuando levanta la vista de su móvil, Rosa Adell acaba de abrir la puerta de su coche.

—¿Estás seguro de que no queréis comer en casa? —insiste ella.

—Seguro. Dale recuerdos de mi parte al señor Grau.

Se despiden con dos besos en las mejillas.

Hay cambio de planes. Al salir de la piscina municipal, Cosette le pide permiso para comer en casa de su amiga Elisa Climent y pasar la tarde con ella, y Melchor, después de hablar con la madre de la amiga y de negociar con Cosette, acaba accediendo. «A las seis voy a buscarte», la previene. Apenas se queda solo se le ocurre que puede llamar a Rosa Adell y comer con ella y el señor Grau, pero enseguida descarta la idea y echa a andar hacia la plaza. Pasa allí el resto de la mañana, sentado en la terraza del bar, bebiendo Coca-Cola y leyendo varios de los relatos presentados al concurso literario: marca con un signo – los que le gustan poco o no le gustan, con un signo + los que le gustan más y con dos signos + los que más le gustan, para volver a leerlos al final y elegir entre ellos los ganadores.

Sobre las dos de la tarde se marcha a casa. Al llegar se prepara una ensalada con queso y frutos secos y un bistec a la plancha y se los come sentado en la cocina, empujándolos con la tercera Coca-Cola del sábado mientras de vez en cuando espía el asiento vacío al otro lado de la mesa, donde acostumbraba a sentarse Olga.

Cuatro años han transcurrido desde la tarde en que murió atropellada por un automóvil que Albert Ferrer había alquilado la víspera en Tortosa. Este, según aseguró durante los interrogatorios policiales y la vista oral del juicio del caso Adell, no había buscado matarla sino sólo intimidar a Melchor, obligarle a abandonar de una vez la investigación del asesinato de sus suegros, que se había empeñado por su cuenta y riesgo en proseguir pese a que el caso ya estaba oficialmente cerrado. Fuera como fuese, apenas ha pasado un solo día desde la muerte de Olga sin que Melchor se acuerde de ella. Cuando eso ocurre, cuando olvida por un tiempo a su mujer, se siente mal, aunque no sabe por qué. Ha intentado reconstruir con detalle neurótico, semana a semana, día a día, hora a hora, minuto a minuto, los tres años y medio vividos con su esposa, pero no lo ha logrado, y por momentos abriga un sentimiento contradictorio en relación con aquella época feliz en que, tras llegar a la Terra Alta, conocer a Olga y enamorarse de ella, se casaron y tuvieron a Cosette: por una parte, le parece algo del todo irreal, como si, más que haberlo vivido, lo hubiera visto en una película o lo hubiera soñado; por otra, le parece que es la única cosa real que le ha ocurrido, que nunca le ha ocurrido nada tan real como su vida con Olga. Al principio, después de la muerte de su mujer, se preguntaba a todas horas qué hubiera dicho ella de esto, aquello y lo de más allá, pero al cabo de un tiempo consiguió evadirse de esa tortura irracional. En cambio, sigue siendo incapaz de hablar de ella con nadie, ni siquiera con Cosette, y, cuando la niña le pregunta por su madre, de quien apenas guarda recuerdos, no sabe qué responderle y contesta con evasivas.

Los primeros tiempos sin Olga fueron muy duros. No conseguía quitarse su muerte de la cabeza; tampoco, dejar de sentir que le había fallado a su mujer: en alguna parte leyó que, mientras dura el remordimiento, dura la culpa, y a él los remordimientos seguían carcomiéndolo por dentro. Ambas cosas explican que al cabo de unos meses tomara la determinación de alejarse de la Terra Alta, con la esperanza de que abandonar aquel lugar que gracias a Olga había convertido en su patria le ayudase a superar su muerte. Para entonces hacía ya cinco años de los atentados islamistas de 2017, muchos de sus compañeros sabían que había sido él quien había abatido a tiros a cuatro terroristas en Cambrils y sus mandos eran conscientes de que, como mínimo en el interior del cuerpo, se había convertido en un símbolo; así que, valiéndose por vez primera de su posición de privilegio, llamó al comisario Fuster y le pidió el traslado.

La reacción de Fuster fue la esperada. El comisario no le preguntó por qué quería cambiar de destino; sólo adónde quería cambiar. Melchor, previsiblemente, contestó que a Barcelona. Previsiblemente porque, a pesar de llevar tanto tiempo alejado de la capital, él sabía que esta seguía siendo su casa: nunca había vivido fuera de allí hasta que, tras los atentados, le destinaron a la Terra Alta con el fin de protegerlo de posibles represalias islamistas. En Barcelona, además, tenía a Vivales, que había sido un apoyo constante desde la muerte de su madre y que, estaba seguro, le ayudaría a criar a Cosette. «¿Quieres seguir en investigación criminal?», le preguntó Fuster, igual de solícito que siempre. «No sé hacer otra cosa», contestó Melchor. «Pues estás de suerte», lo felicitó el comisario. «Acabo de hablar con el jefe de la DIC y me ha dicho que en Secuestros y Extorsiones están en cuadro. ¿Qué te parece la idea de venirte aquí, a Egara?» «Estupenda», dijo Melchor, tan impaciente por salir de la Terra Alta que hubiera aceptado el peor trabajo en la peor covachuela de la peor comisaría. «Ojo», le advirtió Fuster. «No esperes un chollo. La unidad es muy exigente. No te aburrirás, aprenderás mucho; pero trabajarás como un negro.» «Perfecto», dijo él.

Hablaba en serio: Melchor pensaba que la inactividad relativa y la placidez rural de la comisaría de la Terra Alta, que tanto bien le había hecho años atrás, cuando Olga estaba viva, ahora le estaba matando; asimismo pensaba que, cuanto más absorbente fuera su trabajo, mucho mejor para él. Por otra parte, Melchor sabía que Cosette era una niña llena de curiosidad y de energía, pero adaptable, y que la muerte de Olga, lejos de volverla pusilánime, había endurecido su carácter. De modo que, aunque el arraigo de Cosette en la Terra Alta era tan profundo como el suyo y quizá de entrada no le apeteciera abandonar la comarca, estaba convencido de que viviría como una aventura el cambio de lugar y de colegio, la novedad de la capital y el desafío de hacer nuevas amigas; también estaba seguro de que le encantaría tener más cerca a Vivales.

La Unidad Central de Secuestros y Extorsiones estaba integrada en el Área Central de Investigación de Personas, que dependía a su vez de la División de Investigación Criminal (DIC), y, cuando Melchor se incorporó a ella, comprendió que el comisario Fuster no hablaba menos en serio que él. De lo que no le había avisado Fuster, en cambio, era de que, además de ser una unidad exigente, Secuestros y Extorsiones era una unidad singular. En aquella época estaba integrada por doce personas, nueve hombres y tres mujeres que trabajaban a las órdenes del sargento Vàzquez, un cuarentón rapado, musculoso e hiperactivo, con aire de bulldog y fama de policía rectilíneo y peleón. Era verdad que Vàzquez siempre estaba quejándose a sus superiores del déficit de efectivos de su unidad, pero se quejaba con motivo: no en vano Secuestros y Extorsiones trabajaba veinticuatro horas al día, durante todo el año y en todo el territorio catalán. Sin embargo, lo que la volvía singular —lo que le exigía no operar como ninguna otra, no parecerse a ninguna otra— era su obligación de ser la unidad más discreta del cuerpo; la reserva era en efecto la clave de su eficacia: lo primero que aprendió Melchor al integrarse en Secuestros y Extorsiones fue que, cuanta menos gente supiera que estaban tratando de resolver un caso, más posibilidades tenían de resolverlo. También convertía en singular a la unidad el alto grado de especialización de sus miembros, cosa que obligó a Melchor a especializarse a marchas forzadas. Durante los primeros meses destinado allí realizó cuatro cursos: uno de negociador, otro de secuestros, otro de crimen organizado y otro de investigación avanzada. Eran cursos exclusivos, en los que sólo podía inscribirse personal muy selecto (miembros de la propia unidad o de unidades similares de la Guardia Civil, la Policía Nacional y la Ertzaintza vasca), en los que se exigía guardar el secreto de lo que allí se explicaba y en los que, para evitar filtraciones, ni siquiera se entregaba documentación escrita. «Si los malos se enteran de cómo los combatimos, se jodió el invento», solía avisar Vàzquez a quien se disponía a asistir a un cursillo. «De modo que, fuera de aquí, ni pío de lo que aprendas allí. Como dijo no sé qué sabio, el silencio es invencible.»

Durante meses, Melchor disfrutó de su nuevo destino. Trabajaba mucho, cuidaba de Cosette, leía novelas y hablaba con Vivales (que le ayudaba a cuidar de Cosette). Seguía siendo un lector encarnizado, pero ahora dividía sus lecturas entre sus propias novelas y las que, antes de dormirse, le leía a su hija. Quien por lo demás se aclimató a la capital con la entusiasta facilidad que él había previsto. Por supuesto, Melchor sabía que la niña echaba de menos la Terra Alta, pero nunca se lo oyó decir; también él, a veces, la echaba de menos. Además, al cabo de poco tiempo entendió que, por mucho que trabajase, por muy lejos que quedase la Terra Alta, no iba a conseguir quitarse de la cabeza la muerte de Olga, y acabó aceptando que iba a tener que convivir de por vida con ese recuerdo envenenado.

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Para su sorpresa, el regreso a Barcelona despertó otro recuerdo, no menos venenoso, que había permanecido aletargado durante años: el recuerdo del asesinato de su madre. Mientras vivía en la Terra Alta pensaba de vez en cuando en ella, pero nunca o casi nunca en su muerte; el motivo de esa bendita omisión era probablemente que, después de haberse pasado años intentando de manera obsesiva resolver aquel crimen a su aire, a ratos perdidos y violando algunas de las normas más elementales de la investigación policial, justo antes de instalarse en la comarca había averiguado por azar que la mujer que acompañaba a su madre en aquella noche fatídica se llamaba Carmen Lucas, la había localizado en una pedanía de la huerta murciana, había viajado hasta allí y la había interrogado durante dos días sin obtener una sola pista que pudiera conducir a los asesinos, todo lo cual había terminado persuadiéndolo de que el crimen nunca se aclararía. Ahora, en cambio, su recuerdo estaba otra vez allí, ígneo y tenaz, igual que si volver a Barcelona significase volver a toparse con él y con todos los atroces recuerdos prestados que asociaba con él: el recuerdo de su madre prostituyéndose en los alrededores del Camp Nou, junto a Carmen Lucas y sus compañeras de infortunio; el recuerdo de un BMW marrón o un Volkswagen oscuro o un Skoda negro, según fuera el testigo consultado, en el que su madre primero se negó a meterse tras una negociación frustrada con sus ocupantes («Una panda de niños bien que han salido a divertirse con el coche de papá», le había dicho a Carmen) y en el que más tarde, impulsada por la desesperación de una noche sin clientes, aceptó subirse; el recuerdo del cadáver de su madre encontrado al amanecer del día siguiente en un descampado de la Sagrera, en Sant Andreu, con el cráneo destrozado a pedradas. Todos esos recuerdos parciales configuraban un único recuerdo lacerante que ahora regresó con fuerza, igual que si un rincón inexpugnable de Melchor todavía no hubiese podido aceptar que aquel remoto asesinato quedase impune. En resumen: había escapado de la Terra Alta huyendo de un crimen resuelto, y en Barcelona le habían atrapado dos, uno resuelto y el otro irresuelto.

Cuando comprendió que, por mucho que quisiera deshacerse de sus peores recuerdos, sus peores recuerdos no querían deshacerse de él, decidió regresar a la Terra Alta. Aguardó a pedir el traslado hasta que terminase el curso escolar, lo que coincidió en el tiempo con un hecho que, en la práctica, desintegró la unidad de Secuestros y Extorsiones.

Fue el rapto de la hija de un narco venezolano que residía con su familia en un chalet de Ampuriabrava, un pueblo de mar cercano a la frontera francesa. La víctima había sido secuestrada por una banda rival, a la que el venezolano había intentado estafar, y que le exigía por su liberación una suma de dinero que en modo alguno se hallaba en condiciones de reunir. Durante meses, la unidad al completo trabajó en el caso, con Vàzquez como negociador principal entre narcos. Fue una negociación áspera, compleja y nerviosa, durante la cual el narco venezolano recibió en su casa, uno tras otro, tres deditos cortados de su hija, que acababa de cumplir cinco años. Por fin, Vàzquez creyó localizar a la niña en un almacén de las afueras de Molins de Rei y armó un dispositivo de rescate integrado por ochenta personas, incluidos guardias civiles y policías nacionales. La operación fracasó. Hubo tres detenidos y un muerto, pero no consiguieron salvar a la hija del narco, y el recuerdo más vívido que Melchor conservaba de aquel día era la imagen de Vàzquez sentado sobre un charco de sangre en el suelo de cemento del almacén, con la cabeza seccionada de la niña en el regazo y los ojos desorbitados, temblando y chillando como un poseso.

Hubo que arrancarle la cabeza de las manos, y aquel mismo día Vàzquez fue ingresado en un hospital del que sólo salió al cabo de una semana, aunque no para regresar a Secuestros y Extorsiones sino para que lo destinaran a petición propia a la comisaría de la Seu d’Urgell, en el Pirineo de Lérida, de donde era natural. Todo esto lo fue sabiendo poco a poco Melchor, de vuelta ya en la Terra Alta. No volvió a moverse de allí en los años siguientes, durante los cuales se dedicó a su hija y a su trabajo en la comisaría. Ocupaba su abundante tiempo libre en echar una mano en la biblioteca donde había trabajado Olga y en estudiar el grado de Información y Documentación en la Universitat Oberta de Catalunya; también, por supuesto, en leer novelas, aunque desde la muerte de Olga había evitado releer Los miserables, que hasta entonces había sido, además de su novela favorita, el espejo en que se miraba y el arma con que se defendía de las ofensas de la vida. Había sido incapaz, en cambio, de quitarse otro vicio, este más o menos secreto. No fallaba: individuo denunciado por pegar a una mujer en la Terra Alta, individuo que se llevaba una paliza que, al menos en comisaría, todo el mundo sabía quién le había pegado, y que a todo el mundo le obligaba a hacer la vista gorda.

Al terminar de comer lava los platos, se prepara un café y sigue leyendo manuscritos sentado en el sofá del comedor. A las cinco, con puntualidad profesional, aparece el inspector Blai.

—Estas tías de la Terra Alta son la hostia —es lo primero que dice, acaloradamente, al irrumpir en casa de Melchor—. No hay manera de arrancarlas de aquí.

Se trata del mismo lamento que Melchor le ha oído proferir mil veces al antiguo jefe de la Unidad de Investigación de la Terra Alta desde que se marchó a Barcelona: que su mujer no se acostumbra a vivir lejos de allí y que, por esa razón, cada fin de semana la familia vuelve a casa de sus padres, en La Pobla de Massaluca. Melchor le ofrece a su amigo un café. Blai lo acepta y, mientras Melchor empieza a prepararlo, sigue quejándose, con el peso de su corpachón recostado contra el marco de la puerta de la cocina.

—Me paso la semana trabajando como un negro y, en cuanto llega el fin de semana, móntate en el coche y juégate el tipo por estas carreteras dejadas de la mano de Dios para llegar cuanto antes a la Terra Alta, igual que si se acabara el mundo. Y luego, en vez de descansar como la gente, ahí me tienes otra vez el sábado y el domingo, sierra arriba sierra abajo, para que los chavales conozcan la tierra de su madre y no pierdan sus raíces. Me cago en las putas raíces: cuando vivíamos aquí, a todos nos la soplaban las raíces, empezando por mi mujer. Y eso sin contar con que estoy chupando suegros que te cagas, claro. De los chavales ni te cuento: están insoportables. Por cierto, ¿dónde anda Cosette?

—En casa de una amiga.

—¿Está bien?

—Muy bien.

—¿Y tú?

—Yo también.

—Venga, tío, dame una buena noticia, anda. Dime que te has agenciado una novia. Alégrame el día, que buena falta me hace. Eso sí, te voy a regalar un consejo: si te echas una novia, que no sea de la Terra Alta. Luego no hay manera de sacarlas de aquí.

—Lo que deberías hacer es volver —le aconseja Melchor—. Por cierto, te habrás enterado de que estamos sin jefe desde mayo, ¿no?

—¿Que si me he enterado?

La cafetera acaba de moler el café con un crujido de gravilla triturada y, antes de presionar un botón parpadeante para que el líquido empiece a manar de dos tubitos de acero inoxidable, Melchor se vuelve hacia Blai, que se ha acercado a él.

—¿Me guardas un secreto? —pregunta el inspector. Melchor acaba de leer una novela de G.K. Chesterton en la que un personaje le hace a otro esa misma pregunta y el otro responde: «Si tú no eres capaz de guardar ese secreto, ¿cómo quieres que te lo guarde yo?». Pero no quiere irritar a su amigo, así que contesta: —Claro.

—Me han ofrecido el puesto a mí.

—¿De jefe de la comisaría? Blai asiente con una expresión apesadumbrada.

Melchor pregunta: —¿Y qué has contestado?

—¿Qué quieres que conteste? —bufa el otro, gesticulando—. Con el trabajo que me ha costado salir de este agujero…

Es verdad. Dos años y medio atrás, siendo todavía sargento y jefe de la Unidad de Investigación de la Terra Alta, Blai aprobó unas oposiciones a inspector a las que se había presentado por consejo de sus superiores. Estos consideraban que el cuerpo podía beneficiarse de la aureola de as de la investigación criminal que lo rodeaba, gracias a sus numerosas intervenciones en las radios y los platós televisivos a raíz de la resolución del caso Adell, de la que la opinión pública le hacía responsable; y es que ni Blai ni nadie en la comisaría de la Terra Alta tuvo el menor interés en desmontar la versión oficial del caso, según la cual había sido él y no Melchor quien lo había resuelto. Al principio, este equívoco incomodó un poco a Melchor, porque pensaba que en su fuero interno Blai se consideraría un impostor; pero dejó de preocuparse en cuanto comprendió que, después de contar innumerables veces en público, con pelos y señales, cómo había solucionado el caso Adell, su antiguo jefe había olvidado por completo la realidad y, salvo cuando recordaba el caso a solas con Melchor, parecía convencido de que en efecto había sido él y no Melchor quien había identificado a los responsables del triple asesinato.

Blai insiste en que su amigo le guarde el secreto que acababa de confiarle («Hazme ese favor, ¿eh, españolazo? Tú no sabes cómo es mi mujer: si se entera de que he rechazado ese cargo, me corta los huevos») y sigue despotricando de su vida a horcajadas entre Barcelona y la Terra Alta. Hasta que, una vez que Melchor le entrega su taza de café y le señala la silla de Olga, se sienta y pregunta:

—¿Sabes lo único que me compensa un poco de tanta mierda?

Melchor adivina la respuesta porque conoce a su antiguo jefe tan bien como su antiguo jefe le conoce a él.

—¿Qué? —pregunta, no obstante.

Lo que alivia a Blai de sus contratiempos familiares no es, según sabe Melchor, que los mandamases que le animaron a presentarse a la oposición y le prometieron entre dientes su ayuda cumplieran su palabra y le ascendieran a inspector; tampoco el hecho de haber obtenido ese ascenso saltándose un peldaño del escalafón y sin pasar por el grado intermedio de subinspector; ni siquiera que, pese a aquel enchufe escandaloso, él no haya tardado en demostrar que, fueran cuales fuesen sus auténticos méritos, es un profesional competente y merecía la promoción, hasta el punto de que no mucho después de que lo ascendieran recibió el encargo de dirigir el Área Central de Investigación de Personas y fue destinado a la central de Egara, donde siempre había soñado con trabajar, porque es el lugar donde se dispone de todos los recursos y se toman todas las decisiones relevantes.

No: la compensación de Blai es otra.

—Cruzarme cada día con Gomà —proclama en efecto el inspector, y se lleva la taza a los labios, menos pendiente de saborear el café que de la frase que acaba de pronunciar. Los dos policías se han sentado frente a frente, a cada extremo de una mesa donde quedan varios ingredientes del desayuno habitual de Cosette: un cartón de cereales Kellogg’s y un paquete de tortitas de maíz con chocolate anunciadas por un cocinero televisivo. Todavía con la taza en la mano, Blai pone cara de felicidad—. Rozarme con él por los pasillos, encontrármelo en las reuniones, tomarme un café a su lado —enumera—. Dios, qué gustazo. Quién se lo iba a decir hace cuatro años a ese chuleta, ¿eh? ¿Quién le iba a decir que el mismo sargento al que apartó de mala manera del caso Adell, para disfrutar él solito la gloria del triunfo, sería ahora su superior en Egara y él seguiría siendo un puto subinspector, porque cateó las mismas oposiciones que yo aprobé? ¿Y quién le iba a decir que eso le pasaría precisamente por apartarme del caso Adell, porque él fue incapaz de resolverlo y tuve que ser yo quien sacase las castañas del fuego? Claro, claro, ya sé que dirás que a mí no me han ascendido sólo por resolver el caso Adell, que antes del caso Adell yo ya había hecho méritos suficientes para ser inspector, pero… Hay que ver las vueltas que da la vida, ¿eh, españolazo? Y, por cierto, ¿te has enterado de lo de Salom?

Melchor levanta la vista de la mesa, cubierta por un hule a cuadros, y escruta a Blai.

—No sé nada de Salom —reconoce. Blai no parece sorprenderse; se toma el café de un trago y deja la taza en el platillo. Está a punto de cumplir medio siglo de edad y, aunque no luce un solo pelo en el cráneo, su cuerpo sin grasa y su musculatura de adicto al gimnasio hacen que aparente diez o quince años menos; mide metro noventa, gasta ropa deportiva muy ceñida y sus ojos azules se clavan sin contemplaciones en su interlocutor.

—Al final no fuiste a verle a Quatre Camins, ¿verdad? —pregunta. Melchor niega con la cabeza.

—No deberías ser rencoroso. Al fin y al cabo, fue tu mejor amigo.

—No soy rencoroso. Simplemente no tengo nada que decirle.

—Pues él sí tenía algo que decirte a ti. Por eso me pidió que fueras. Creo que quería disculparse.

—Ya se disculpó.

—Quería disculparse de verdad. Está arrepentido.

—Blai hace una pausa un poco teatral—. Todos cometemos errores, ¿no? Melchor sonríe. —¿Vas a soltarme un sermón?

—Vete a cagar, españolazo.

Melchor deja la sonrisa flotando en sus labios mientras los dos hombres se observan un segundo. Voces agudas de niños llegan en ese momento de la calle Costumà, y Melchor se pregunta si Blai ha querido verle con aquella urgencia sólo para hablar del antiguo caporal.

—¿Qué ha pasado con Salom? —pregunta.

—Nada —contesta el inspector—. El otro día me encontré con la juez de vigilancia penitenciaria que se encarga de él y me dijo que le han rebajado otra vez la condena. Dentro de un par de años estará en la calle. Quizá antes. Las voces de los niños se han apagado, y un silencio embarazoso se adueña de la cocina.

—Me alegro por él —dice Melchor—. Y por sus hijas.

—¿Las ves?

—De vez en cuando, sobre todo a Claudia. Da clase en el instituto. —Tras una pausa, añade—: Pero ninguna de las dos me saluda.

Blai suspira, mueve a un lado y a otro la cabeza, chasquea la lengua.

—Normal, ¿no crees? —reflexiona. Súbitamente, las voces de los niños vuelven a animar el sopor de la tarde—. Su madre muerta, su padre en la cárcel y todos sus sueños en el cubo de la basura. Con veintitantos años. Es la historia de siempre en la Terra Alta, por eso quise largarme de aquí… Les han jodido la vida.

—Se la jodimos nosotros. O acabamos de jodérsela.

—Y una mierda. El que se la jodió fue su padre, por hacer lo que no debía.

—Puede ser, pero quienes lo empapelamos fuimos nosotros. Además, lo que hizo lo hizo por ellas. Y tú y yo lo sabemos.

—¿El qué? ¿Ayudar a ese descerebrado de Ferrer a matar a los Adell? ¿Eso lo hizo por sus hijas? ¡Anda ya, hombre! Lo hizo porque le salió de la bola, porque la codicia rompe el saco, o como se diga.

—Hace un minuto estabas defendiéndolo.

—Una cosa es defenderlo y otra decir que no es responsable de sus actos. Mira, yo no sé por qué hizo lo que hizo, pero el caso es que lo hizo. Me parece bien que se arrepienta, pero lo hizo. Y punto.

—Un poco airado, Blai desvía la vista de Melchor; pero enseguida vuelve a mirarle, de repente curioso—: Oye, tú no te habrás arrepentido de empapelarlo, ¿verdad? Con un ademán de desaliento, Melchor arrima contra la pared el cartón de Kellogg’s y se levanta.

—Déjate de tanto arrepentimiento —le ruega—. ¿Otro café? Blai asiente y Melchor pone otra vez la cafetera en marcha. Mientras la cocina vuelve a llenarse con una crepitación de granos molidos, Melchor se pregunta si Blai estará inquieto por la salida de la cárcel de Salom.

—¿Era eso lo que tenías tanta prisa por contarme? —pregunta.

—No —dice con una voz distinta el inspector, levantándose de nuevo y dando unos pasos por la cocina—. He venido porque tengo un problema. Melchor deja que la cafetera termine de moler el café, coloca una taza bajo los dos tubitos de acero, pulsa el botón luminoso y de los dos tubitos brotan sendos chorros de líquido oscuro.

—¿Qué problema? —pregunta sin volverse.

—Te lo cuento si me prometes echarme una mano. Los dos tubitos dejan de manar, Melchor quita la taza mediada de café, coloca en su lugar una taza vacía y presiona de nuevo el botón.

—¿Quieres que te eche una mano en un caso?

—Eso es.

—¿Quieres que vuelva a Secuestros y Extorsiones?

—Sí. Sólo unos días, lo suficiente para resolver el asunto.

En la cocina se hace otra vez el silencio, esta vez poblado por el zumbido electrónico de la cafetera, que continúa dispensando café. Hace rato que no se oyen las voces de los niños.

—No te voy a ayudar —dice Melchor—. Estoy de retirada. Además, ya no conozco a nadie allí.

—Te equivocas. Vàzquez ha vuelto. Melchor se gira hacia él enarcando una ceja inquisitiva.

—Hace casi un año —explica Blai—. El nuevo comisario de Investigación Criminal le convenció. No fue tan difícil: parece que en la Seu d’Urgell se aburría a muerte.

—No me lo habías dicho. —No me lo habías preguntado. Melchor hace un gesto difuso de aprobación y da la espalda otra vez al inspector.

—Bueno, me alegro, porque eso significa que no me necesitas —razona—. Vàzquez es muy bueno.

—Ya lo sé, pero está como una puta cabra. Tú le conoces: va a su bola. No me puedo fiar de él, al menos en este caso. Por eso te necesito a ti.

—Olvídate.

—Será por poco tiempo, con algo de suerte en una semana liquidamos el asunto. Además, ya le he dicho a Vàzquez que vendrás. Está encantado.

—Pues le has mentido.

—No me jodas, españolazo.

—No te jodo. Pero no insistas: búscate a otro. Blai protesta, maldice, resopla.

El café ha dejado de manar de nuevo, y Melchor lleva unos segundos ofreciéndole la taza mediada a su compañero, que no parece dispuesto a cogerla, como si esa negativa fuera el emblema de otra: la negativa a dar por perdida la disputa. Por fin, parece rendirse, coge la taza, da un sorbo, luego otro; al final pregunta:

—¿Qué es eso de que estás de retirada?

—Su tono desenvuelto no engaña a Melchor: Blai no se ha rendido; sólo ha cambiado de estrategia—. ¿Te piensas jubilar o qué? También con su taza en la mano, Melchor replica: —Más o menos. En cuanto abran una plaza en la biblioteca, me presento y dejo la comisaría. Blai mira a Melchor como si acabara de comunicarle que va a someterse a una operación de cambio de sexo.

—¿Pero tú estás zumbado o qué? Melchor se toma de un solo trago el café, deja la taza en el fregadero y desconecta la cafetera.

—Creí que te había dicho que estaba estudiando biblioteconomía en la UOC.

—Sí, pero…

—En realidad, ni siquiera me hace falta terminar la carrera. Bueno, sólo para ser director de una biblioteca. Así que, en cuanto salga una plaza de ayudante de bibliotecario, me presento. Ganaré menos que en comisaría, pero será suficiente. Cosette y yo nos apañamos con poco. Blai sigue boquiabierto.

—Me estás tomando el pelo, ¿verdad?

—No —dice Melchor. Ahora, en la expresión de Blai el fastidio se suma a la incredulidad.

—Te has vuelto loco, tío —sentencia, meneando la cabeza—. ¿Bibliotecario, tú? ¿En qué demonios estás pensando? ¿En sustituir a Olga o qué?

—Claro que no —responde Melchor—. ¿Cómo se te ocurre?

—Perdóname que te lo recuerde, chaval —prosigue Blai, igual que si no hubiese oído a su amigo—. Pero tu mujer está muerta, murió hace cuatro años, entérate de una vez, que ya va siendo hora. —Aunque Melchor quiere intervenir, no puede; Blai está embalado—: Además, te vas a ahogar fuera de la comisaría. Una cosa es ayudar de vez en cuando en la biblioteca y otra es pasarte el día entero allí, ordenando libros, atendiendo a viejos, leyéndoles cuentos a los niños y llevando novelas en un carretón a la piscina, a ver si les entran ganas de leer a unos adolescentes que no piensan más que en follar, te lo digo yo, que tengo a unos cuantos en casa. En fin, eso no lo aguantas tú ni una semana. Como que me llamo Blai. ¡Pero si eres el poli más poli que he visto en mi puta vida, hombre!

—Ya no —consigue intercalar Melchor—. Eso era antes.

—Ah, ¿sí? ¿Qué pasa, que ahora la vocación se cura con el tiempo, como la conjuntivitis?

—La vocación es un cuento, Blai.

—Sí. Y una polla como una olla. De pie junto a la encimera de mármol de la cocina, los dos policías se sostienen un momento la mirada. Blai tiene los puños crispados, los antebrazos temblorosos y la mandíbula a punto de estallar, como de costumbre cuando se inflama. Por su parte, Melchor siente lo que tarde o temprano acaba sintiendo cada vez que, de un tiempo a esta parte, conversa con el antiguo jefe de la Unidad de Investigación de la Terra Alta: que echa de menos sus berrinches.

—Tómate el café, anda —le pide—. Que se te va a enfriar. Frustrado y a regañadientes, sin saber qué añadir a su reprimenda, Blai se toma el café, y Melchor mira el reloj con forma de manzana colgado en la pared de la cocina. Son más de las seis.

—Voy a buscar a Cosette —anuncia—. ¿Me acompañas? Blai agarra a Melchor de un brazo. —¿Sabes por qué necesito que me ayudes? El café no ha relajado a Blai: su mano es una garra. —Porque no me fío de nadie —se contesta a sí mismo, buscando con angustia los ojos de Melchor—. Mucho Egara, mucho Egara, pero aquello está lleno de pijos y de figurines; policías de verdad, pocos. Además, lo que me han encargado es un caso importante. Importante no, excepcional. Y yo necesito con urgencia resolver un caso excepcional. Mis jefes empiezan a pensar que se equivocaron conmigo. No lo dicen, pero yo lo sé, estas cosas se notan, Melchor, es como cuando tu mujer te la pega con otro. Empiezan a preguntarse si lo del caso Adell no fue una pura carambola, si yo no seré un bluf. Estoy preocupado, lo entiendes, ¿verdad?

—Pues no deberías estarlo —opina Melchor. De golpe la mirada de Blai se transforma: ya no es de angustia sino de curiosidad; de genuina curiosidad.

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