Herve Le Tellier

LECTURAS | La anomalía, de Hervé Le Tellier

Premio Goncourt 2020. ¿Cómo reaccionaría la sociedad frente a lo inexplicable? Una novela muy inteligente, muy fresca, extraordinariamente divertida y bien armada, dotada de una virtud que solo está al alcance de grandes novelas: es fácil de leer y difícil de entender, ha dicho Javier Cercas.

Ciudad de México, 24 de junio (MaremotoM).- El 10 de marzo de 2021 los doscientos cuarenta y tres pasajeros de un avión procedente de Paris aterrizan en Nueva York después de pasar por una terrible tormenta. Ya en tierra, cada uno sigue con su vida. Tres meses más tarde, y contra toda lógica, un avión idéntico, con los mismos pasajeros y el mismo equipo a bordo, aparece en el cielo de Nueva York. Nadie se explica este increíble fenómeno que va a desatar una crisis política, mediática y científica sin precedentes en la que cada uno de los pasajeros acabará encontrándose cara a cara con una versión distinta de sí mismos.

“En la mayoría de las mitologías antiguas como también en El doble, de Dostoievski, la cuestión de enfrentarse a uno mismo se trata de manera diferente, porque el doble no es exactamente el mismo. En el caso de mi novela, los dobles son idénticos, perfectos e indistinguibles el uno del otro. Es imposible saber cuál de los dos se ha desdoblado,” explica Le Tellier.

Ganador del último premio Goncourt, supone que “las ventas rondan el millón de ejemplares, una cifra que está años luz de las ventas de mis otros libros. No creo que ninguno de mis libros haya superado en Francia los 30.000 ejemplares”, explica.

De los 243 pasajeros, Hervé Le Tellier escoge a algunos personajes para desarrollar como un asesino profesional, un piloto con problemas médicos y un músico africano homosexual. Al elegir a estos protagonistas, el autor ha querido que se represente una situación vital humana.

Para narrar la historia de cada personaje, el escritor utiliza un género literario distinto. “Cuando se tienen tantos personajes cada uno tiene que estar asociado a un género para que el lector a medida que se vaya reencontrando con cada uno de ellos, halle también el color literario, narrativo, de género y estilístico que les acompaña”, dice el escritor.

El autor La anomalía intenta introducir diferentes clases de textos posibles: poemas, una canción, un sms o incluso fragmentos de una novela. También hay momentos para el humor y la sátira. Aparece un presentador de televisión, líderes religiosos y políticos. “Quería que el libro fuese total, es decir, que a partir del momento en que se da una situación inverosímil, las distintas instancias que componen el mundo reaccionan. Por tanto, los políticos, los religiosos y los medios de comunicación tenían que reaccionar.”

“Lo que me interesa es que el libro está concebido como novela y para nada como una serie así que para escribir la serie, habrá que destruir la novela. Aunque los personajes ya existen, está claro que un episodio de serie no es lo mismo que un capítulo de novela así que tengo mucha curiosidad por ver el piloto”, ha dicho a la TVE, a propósito de que este libro también será serie.

El autor es también matemático y miembro del grupo de experimentación narrativa de vanguardia Oulipo, desde 1992.

TAN NEGRO COMO EL CIELO (marzo-junio de 2021)

Hay algo admirable que supera siempre al conocimiento, a la inteligencia e incluso al genio, y es la incomprensión. La anomalía, Victør Miesel

BLAKE

Matar a alguien no es nada del otro mundo. Basta con observar, vigilar, reflexionar mucho y, llegado el momento, vaciarse. Eso es. Vaciarse. Apañárselas para que el universo se contraiga, para que se contraiga hasta condensarse en el cañón de un fusil o en la punta de un cuchillo. Eso es todo. No hacerse preguntas, no dejarse llevar por la furia, seguir el protocolo, actuar metódicamente. Blake sabe cómo hacerlo y lo sabe desde hace tanto que ya ni sabe cuándo empezó a saberlo. El resto cae por su propio peso.

Blake hace de la muerte de los demás su vida. Que nadie le venga con lecciones de moral. A la ética responde con estadísticas. Porque a Blake que lo perdonen, pero cuando un ministro de Sanidad recorta los presupuestos, cuando suprime un escáner aquí, un médico allá y un servicio de reanimación acullá, ya se imagina que está acortando considerablemente la vida de miles de desconocidos. Responsable, no culpable, dicen. Blake es justo lo contrario. Y, de todos modos, no tiene por qué justificarse, le trae sin cuidado.

Matar no es una vocación, es una inclinación. Un estado de ánimo, si se quiere. Blake tiene once años y aún no se llama Blake. Está junto a su madre, subido a un Peugeot, en una carretera comarcal cerca de Burdeos. No van muy rápido, un perro cruza la calzada, el impacto apenas los desvía, la madre grita, frena demasiado fuerte, el vehículo zigzaguea, el motor se cala. Quédate en el coche, mi vida, por Dios, quédate en el coche y no te muevas. Blake no obedece, sigue a su madre. Es un collie de pelo gris, el golpe le ha hundido el tórax, la sangre se derrama por el arcén, pero no está muerto, gimotea, parece el llanto de un bebé. La madre corre en todas direcciones, presa del pánico, tapa con las manos los ojos de Blake, balbucea palabras inconexas, quiere llamar a una ambulancia, Pero, mamá, si es un chucho, nada más que un chucho. El collie jadea sobre el asfalto agrietado, su cuerpo quebrado, retorcido, adopta un ángulo extraño, aquejado de espasmos que van debilitándose. El animal agoniza bajo la mirada de Blake, y Blake observa con curiosidad cómo la vida lo abandona. Se acabó. El chaval pone cara de tristeza o más bien de lo que supone que es la tristeza, para no desconcertar a su madre, pero no siente nada. La madre no se mueve, contempla petrificada el pequeño cadáver, Blake se impacienta, le tira de la manga, Venga, mamá, no sirve de nada quedarse aquí, está muerto, míralo, vámonos ya, voy a llegar tarde al fútbol.

Matar es también una cuestión de capacidad. Blake descubre que tiene todo lo necesario el día en que su tío Charles lo lleva a cazar. Tres disparos, tres liebres, un auténtico don. Apunta rápido y bien, da igual que las escopetas estén hechas polvo, que los fusiles no estén bien regulados. Las chicas se lo llevan a las ferias, Va, porfi, consígueme la jirafa, el elefante, la Game Boy, ¡sí, venga, hazlo otra vez!, y Blake reparte peluches, consolas, se convierte en el terror de las casetas de tiro, antes de optar por la discreción. A Blake también le encanta lo que le enseña el tío Charles, degollar corzos, despedazar conejos. Entendámonos: no es que disfrute matando, rematando al animal herido. No es ningún depravado. No, lo que lo atrae es el gesto técnico, la rutina infalible que se alcanza a fuerza de repeticiones.

A los veinte años y con un apellido muy francés, Lipowski, Farsati o Martin, se apunta a una escuela de hostelería en una pequeña ciudad de los Alpes. No lo hace por descarte, ojo, podría haber estudiado cualquier otra cosa, también le gustaba la electrónica, la programación, era bueno con los idiomas, con el inglés, sin ir más lejos, le bastó un cursillo de tres meses en el Lang’s de Londres para hablarlo casi sin acento. Pero a Blake lo que más le gusta es cocinar, esos momentos de vacío mientras elabora una receta, el tiempo que fluye sin prisa, incluso en pleno frenesí culinario, los largos segundos de calma viendo cómo se funde la mantequilla en la sartén, sofreír la cebolla, hacer un suflé. Le gustan los olores y las especias, le gusta crear combinaciones de colores y de sabores en el plato. Podría haber sido el alumno más brillante de la escuela, pero Joder, Lipowski (o Farsati, o Martin), tampoco cuesta tanto ser un poco más amable con la clientela. Es un oficio de servicio, de servicio, ¿lo entiendes, Lipowski (o Farsati, o Martin)?

Una noche, en un bar, un individuo completamente borracho le dice que quiere contratar a alguien para que mate a otro tipo. Sin duda tiene sus buenas razones, algún asunto de trabajo, o de faldas, pero a Blake eso le da igual.

—¿Tú lo harías por la pasta?
—Estás fatal —responde Blake—. Fatal de la cabeza. —Te pagaré y muy bien.

Le da una cifra de tres ceros. Blake se descojona. —No. ¿Estás de broma?
Blake bebe, lentamente, tomándose su tiempo. El tipo se ha desplomado sobre la barra, lo sacude.
—Oye, sé de alguien que lo haría. Por el doble de dinero.

No lo conozco personalmente. Mañana te diré cómo contactar con él, pero no me vuelvas a hablar del tema, ¿vale? Esa es la noche en que Blake inventa a Blake. Por William Blake, a quien ha leído tras haber visto El dragón rojo, con Anthony Hopkins, y le ha gustado mucho un poema suyo: «Hacia los peligros del mundo di el salto: / desvalido, desnudo, chillando, / como un diablo oculto en una nube». Y, además, Blake es black y lake, negro y lago, mola.
A partir del día siguiente, un servidor norteamericano alberga la dirección de correo de un tal blake.mick.22, creada en un cibercafé de Ginebra. Blake compra en efectivo a un desconocido un ordenador portátil de segunda mano, consigue un viejo Nokia y una tarjeta de prepago, una cámara de fotos y un teleobjetivo. Una vez equipado, el aprendiz de cocinero le da al tipo el contacto del tal «Blake», «sin poder garantizar que la dirección funcione todavía», y permanece a la espera. Tres días después, el hombre del bar le manda a Blake un mensaje embarullado, es evidente que desconfía. Le hace preguntas. Busca el punto débil. A veces deja pasar un día entre dos correos. Blake habla del objetivo, de la logística, de los plazos del encargo y estas precauciones acaban de convencerlo. Se ponen de acuerdo, Blake exige la mitad por anticipado: la cosa ha subido a cuatro ceros. Cuando el hombre le habla de «causas naturales», Blake dobla la cifra y pide un mes. Convencido, ahora sí, de que está tratando con un profesional, el tipo acepta todas las condiciones.

Es su primera vez y Blake se pone manos a la obra. Es de por sí meticuloso, prudente, imaginativo al extremo. Ha visto tantas películas. No se hace uno a la idea de lo mucho que los asesinos a sueldo deben a los guionistas de Hollywood. Desde el inicio de su carrera, pedirá recibir el dinero del encargo y la información del contrato en una bolsa de plástico abandonada en un lugar determinado, un autobús, un local de comida rápida, un edificio en obras, una papelera, un parque. Evitará las zonas demasiado aisladas donde llame demasiado la atención, los sitios demasiado concurridos donde no podría identificar a nadie. Acudirá varias horas antes para vigilar las inmediaciones. Llevará guantes, capucha, sombrero, gafas, se teñirá el pelo, aprenderá a ponerse postizos, a hundir las mejillas, a hincharlas, tendrá decenas de matrículas de montones de países. Con el tiempo, Blake se ejercitará en el lanzamiento de cuchillo, half-spin o full-spin, según la distancia, aprenderá a fabricar bombas, a extraer el veneno indetectable de una medusa, a armar y desarmar en pocos segundos una Browning 9 mm o una Glock 43, pedirá que le paguen y comprará sus armas en bitcoins, esa criptomoneda irrastreable. Creará su propia página en la deep web y la darknet se convertirá en un juego para él. En internet hay tutoriales para absolutamente todo. Basta con buscar un poco.

La víctima es un hombre, de unos cincuenta años, Blake tiene su foto y su nombre, pero decide llamarlo Ken. Sí, como el marido de Barbie. Buena decisión: llamándolo Ken, lo deshumaniza.

Ken vive solo. Afortunadamente, se dice Blake, porque un tipo casado y con tres hijos se lo pondría más difícil para encontrar la ocasión. Aun así, a esa edad hay pocas opciones para simular una muerte natural: un accidente de coche, una fuga de gas, un infarto, una caída accidental. Punto pelota. Blake aún no sabe cómo sabotear los frenos o manipular la dirección, ni dónde conseguir cloruro de potasio para provocar un paro cardiaco; tampoco ve claro asfixiarlo con gas. Se decide por la caída. Diez mil muertos al año. Sobre todo viejos, pero qué se le va a hacer. Y aunque Ken no tenga pinta de atleta, más le vale evitar un combate cuerpo a cuerpo.

Ken vive en la planta baja de un chalé, cerca de Annemasse, en un apartamento independiente de tres habitaciones. Durante tres semanas, Blake se dedica a observar y a dibujar planos. Con el anticipo, ha comprado una vieja furgoneta Renault, la ha acondicionado rudimentariamente, ha puesto un asiento en la parte de atrás, una colchoneta, baterías adicionales para la luz, y se ha instalado en un parking desierto desde el que domina toda la urbanización. Tiene una vista en picado de la vivienda. Por las mañanas, Ken sale hacia las ocho y media, cruza la frontera suiza y vuelve del trabajo hacia las siete de la tarde. Algunos fines de semana va a verlo una mujer, una profesora de francés de Bonneville, a unos diez kilómetros de distancia. El martes es el día más pautado, más previsible. Ken vuelve antes que de costumbre, sale enseguida para ir al gimnasio, regresa dos horas más tarde, permanece en el cuarto de baño unos veinte minutos, cena viendo la tele, se entretiene un rato con el ordenador y se acuesta. Blake elige el martes por la noche. Le envía un mensaje a su cliente, según el código acordado: «¿El lunes a las 20 horas?». Un día menos, dos horas menos. El hombre tendrá una coartada para el martes a las diez.

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Una semana antes de la fecha escogida, Blake encarga una pizza para el domicilio de Ken. El repartidor llama a la puerta, Ken abre sin vacilar y habla sorprendido con el chico, que da media vuelta con la caja. Blake no necesita saber nada más.

El martes siguiente se presenta él también con una pizza, observa un instante la calle desierta, se pone unos cubrezapatos antideslizantes, comprueba los guantes y espera un momento para llamar a la puerta justo cuando Ken salga de la ducha. Ken abre en albornoz y suspira al ver al repartidor con una pizza en las manos. Pero antes de que pueda decir nada, Blake suelta la caja vacía y le clava en el pecho la punta de dos porras eléctricas. Ken cae de rodillas aturdido por la descarga, Blake lo acompaña en su caída sin dejar de apretar, cuenta hasta diez, Ken ya no se mueve. El fabricante anunciaba ocho millones de voltios, Blake lo ha probado en su propia piel con una sola porra y ha estado a punto de desmayarse. Arrastra hasta el cuarto de baño a un Ken que gime y babea, le aplica una nueva descarga por si las moscas, y con un solo gesto, terriblemente violento —un gesto que ha repetido diez veces con la ayuda de unos cocos—, toma la cabeza de Ken entre sus manos, la levanta sujetándola por las sienes y la estrella con todas sus fuerzas contra el borde de la ducha: el cráneo se hunde, un azulejo se resquebraja al recibir el impacto. La sangre se esparce enseguida, escarlata y viscosa como un pintaúñas, con ese olor tan rico a óxido, la boca se le queda abierta, en una mueca estúpida, los ojos clavados en el techo, abiertos de par en par. Blake le abre el albornoz: las descargas eléctricas no han dejado marcas. Coloca el cuerpo lo mejor que puede, según la hipotética trayectoria que dictaría la gravedad tras un trágico resbalón.

Y entonces, al levantarse, le entran unas ganas irresistibles de mear. Jamás se lo habría imaginado. Hay que reconocer que en las películas el asesino nunca mea. Las ganas son tan acuciantes que hasta se le pasa por la cabeza usar el váter, aunque luego tenga que limpiarlo a fondo. Pero por poco inteligentes que sean los polis, o simple- mente sistemáticos, si siguen metódicamente el procedimiento habitual encontrarán restos de ADN. Seguro. En fin, eso es lo que piensa Blake. Y, a pesar de los ruegos de su vejiga, prosigue con el plan bajo el suplicio. Coge el jabón, lo restriega con fuerza contra el talón de Ken, deja un rastro en el suelo y lo arroja en la dirección del supuesto traspié: el jabón rebota y acaba detrás del lavabo. Perfecto. El investigador estará encantado de encontrar- lo, feliz de haber resuelto el enigma. Blake regula la temperatura de la ducha al máximo, la abre, orienta el chorro de la alcachofa hacia la cara y el torso del cadáver, evitando cualquier contacto con el agua humeante y sale del cuarto de baño.

Blake se acerca a la ventana, corre las cortinas, inspecciona por última vez la estancia. Nada indica que un cuerpo haya sido arrastrado varios metros y un agua rosada empieza a inundar el suelo. El ordenador está encendido, la pantalla muestra imágenes de césped inglés y de arriates con flores. Ken era aficionado a la jardinería. Blake sale del chalé, se quita los guantes, camina sin prisa hasta el scooter, aparcado a unos doscientos metros de la casa. Arranca, circula durante un kilómetro y se detiene a mear, por fin. Mierda, aún lleva puestos los cubrezapatos de algodón negro.

Dos días más tarde, un compañero preocupado advertirá a la policía, que descubrirá el fallecimiento accidental de Samuel Tadler. El mismo día, Blake cobra lo que faltaba.

Todo esto ocurrió hace mucho tiempo. Desde entonces, Blake se ha construido dos vidas. En una es invisible, tiene veinte nombres y veinte apellidos distintos, con sus respectivos pasaportes de múltiples nacionalidades, algu nos de ellos electrónicos, conseguirlos es más fácil de lo que uno cree. En la otra, con el nombre de Jo, dirige discretamente una próspera empresa parisina de reparto de comida vegetariana a domicilio, con filiales en Burdeos, Lyon y, desde hace poco, Berlín y Nueva York. Flora, su socia y mujer, y sus dos hijos se quejan de que viaje tanto, a veces por tanto tiempo. Y no les falta razón.

21 de marzo de 2021,
Quogue, estado de Nueva York

El 21 de marzo Blake está de viaje. Corre bajo una fina lluvia, sobre la arena húmeda. Pelo largo y rubio, pañuelo en la frente, gafas oscuras, chándal amarillo y azul, la invisibilidad variopinta del footinguero. Llegó a Nueva York hace diez días, con pasaporte australiano. El vuelo transatlántico fue tan espeluznante que creyó que le había llegado la hora, que el Cielo clamaba venganza por todos sus encargos. En una bolsa de aire interminable, la peluca rubia estuvo a punto de abandonar su cráneo. Y ahora lleva nueve días haciendo sus tres kilómetros de playa bajo un cielo gris, en Quogue, bordeando casoplones de diez millones de dólares, por lo menos. Se han inventado unas dunas, han bautizado la calle como Dune Road para no complicarse la vida, han plantado pinos y juncos para que ninguna mansión pueda verse desde la mansión vecina, para que ningún propietario tenga duda de que es amo y señor del océano entero. Blake corre con zancadas cortas, sin prisa, y de pronto, como cada día a la misma hora, frente a una formidable casa alargada de amplios ventanales, contrachapada con enormes listones de secuoya y cuya terraza se prolonga en una escalera que lleva hasta el mar, se detiene. Finge un jadeo, se dobla en dos aquejado de un supuesto ataque de flato y, como cada día también, levanta la cabeza y saluda con la mano a un hombre de unos cincuenta años y constitución más bien fuerte que toma un café en el porche de su casa, acodado en la balaustrada. Un hombre más joven, alto, moreno, de pelo corto, le hace compañía. Se mantiene un poco apartado, apoyado contra el muro de madera, reconcentrado, vigilando la playa. Bajo la chaqueta, una pistolera invisible abulta la tela en su flanco izquierdo. Un diestro. Hoy, por segunda vez en lo que llevamos de semana, Blake se acerca a ellos sonriendo, remontando el sendero de arena, entre la retama y la hierba baja.

Blake se estira con parsimonia, bosteza, coge una toalla de la mochila, se seca la cara, saca una cantimplora y bebe un gran trago de té frío. Espera a que el hombre de mayor edad le dirija la palabra.

—Buenos días, Dan. ¿Cómo lo lleva?

—Ey, Frank —suelta Dan-Blake, sin dejar de jadear y acompañando de una mueca una supuesta rampa.

—Mal tiempo para correr —dice el hombre, que se ha dejado crecer un bigote y una barba gris desde el primer encuentro, hace justo una semana.

—Mal tiempo para todo —responde Blake, deteniéndose a cinco metros de ellos.

—He pensado en usted esta mañana, al ver el precio de las acciones de Oracle.

—Ni lo mencione. ¿Sabe cuál es mi pronóstico para los próximos días, Frank?

—No.
Blake dobla la toalla meticulosamente, la guarda en la mochila, mete la cantimplora con la misma meticulosidad y saca de improviso una pistola. Primero dispara al hombre más joven, tres veces, el impacto lo lanza hacia atrás y se desploma sobre un banco; luego, tres veces a un Frank atónito, que apenas tiene tiempo de temblar, cae de rodillas y se da de bruces contra la balaustrada. En ambos casos, dos disparos en el pecho y uno en la frente. Seis en un segundo, con una P226 con silenciador, aunque de todos modos las olas han apagado el ruido. Otro encargo más, impecable. Cien mil dólares ganados sin despeinarse.

Blake guarda la Sig Sauer en la mochila, recoge los seis casquillos caídos en la arena y suspira mirando al guardaespaldas fulminado. Otra empresa que contrata a vigilantes de parking, los forma en dos meses y lanza al mundo real a simples aficionados. Si ese pobre tipo ha cumplido con su trabajo, habrá hecho llegar a sus jefes el nombre de un tal Dan, su foto, tomada de lejos, el nombre de la sociedad Oracle, mencionada fugazmente por Blake y lo habrán tranquilizado tras haber comprobado que existe un Dan Mitchell, subdirector logístico de Oracle New Jersey, un rubio de pelo largo bastante parecido a Blake, que 22 en vano se ha pasado horas examinando minuciosamente decenas de organigramas hasta encontrar un sosias plausible entre cientos de perfiles.

Blake reanuda la carrera. La lluvia, que cada vez cae con más fuerza, borra la huella de sus pisadas. El Toyota de alquiler está a doscientos metros, la matrícula es la de un coche idéntico que vio la semana pasada en las calles de Brooklyn. Cinco horas después tomará un avión a Londres, luego el Eurostar a París, bajo una nueva identidad. Si el vuelo de regreso es menos agitado que el París- Nueva York de hace diez días, puede darse con un canto en los dientes.

Blake se ha convertido en un profesional, ya nunca le entran ganas de mear. En plena faena, se entiende.

Herve Le Tellier
Premio Goncourt 2020. Foto: Cortesía

Domingo, 27 de junio de 2021, 11.43 h, Barrio Latino, París

Pregúntenselo a Blake, el mejor café de Saint-Germain se bebe en ese bar que hay en la esquina de la rue de Seine. Un buen café, y Blake se refiere a uno verdaderamente bueno, es un milagro nacido de la colaboración íntima entre un grano excelente, en este caso un Nicaragua recién tostado y finamente molido, un agua filtrada y blanda y un percolador, en esta ocasión un Cimbali, limpiado a diario.

Desde que Blake abrió su primer restaurante vegetariano en la rue de Buci, cerca del Odéon, acostumbra a venir aquí. Puestos a renegar de todo, mejor hacerlo en una terracita de París. En el barrio es Jo, de Jonathan, o Joseph, o Joshua. Incluso sus empleados lo llaman Jo, y su nombre no aparece en ningún sitio, excepto, claro está, en el capital del holding que controla la sociedad, inscrita en el registro mercantil. Blake siempre ha profesado el culto al secretismo o,  mejor dicho, a la discreción, y cada día que pasa le demuestra que no anda equivocado.

Aquí, Blake baja la guardia. Hace la compra, va a re- coger a sus dos hijos a la escuela e incluso, desde que tienen un gerente para cada uno de los cuatro restaurantes, va con Flora al teatro o al cine. Una vida banal, donde uno también se hace daño, pero solo porque, al acompañar a Mathilde a la cuadra del poni, se golpea por distracción con la puerta del box y se abre una brecha en la frente.

Sus dos identidades son completamente estancas. Jo y Flora pagan el crédito de un precioso apartamento a cuatro pasos del Jardin du Luxembourg; Blake posee cerca de la Gare du Nord un pequeño apartamento de dos habitaciones que compró en efectivo hace doce años, en un bonito inmueble de la rue La Fayette, con las puertas y las ventanas tan blindadas como las paredes de una caja fuerte. Un inquilino oficial paga el alquiler y cambia de nombre todos los años, algo relativamente fácil teniendo en cuenta que ni siquiera existe. Hombre precavido vale por dos.

Blake se toma su café, sin prisas ni inquietudes. Lee el libro que le ha recomendado Flora, aunque no le ha con- fesado a su mujer que coincidió con el autor en el vuelo París-Nueva York del pasado marzo. Es mediodía, Flora ha ido a comer con Quentin y Mathilde a casa de sus pa- dres. Blake se ha excusado en el último momento, pues esta misma mañana ha concertado una cita a las tres: un encargo, recibido anoche. Un asunto sencillo, bien remu- nerado, el cliente parece tener prisa. Antes deberá pasar por la rue La Fayette, para cambiarse de ropa, como hace siempre. A treinta metros de donde está, un hombre con capucha lo observa, con rostro inexpresivo.

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