La casa alemana

LECTURAS | La casa alemana, de Annette Hess

Una novela fascinante sobre una joven que deberá enfrentarse a los secretos de su familia y de todo un país. Si supieras que la verdad puede cambiarte para siempre, ¿hasta dónde te atreverías a llegar?

Ciudad de México, 16 de agosto (MaremotoM).- La vida de Eva Bruhn gira en torno a La casa alemana, el restaurante tradicional que regentan sus padres y en el que la familia comparte las pequeñas cosas del día a día: desde los entresijos de su trabajo en una agencia de traducción hasta el anhelo de que su novio se decida por fin a pedirle su mano a su padre.

Pero en 1963 va a celebrarse en Frankfurt el primer juicio de Auschwitz, y el destino hace que Eva acabe colaborando con la fiscalía como intérprete, a pesar de la oposición de su familia. A medida que traduce los testimonios de los supervivientes, descubre la inmensidad y el horror de lo que sucedió en los campos de concentración y una parte de la historia reciente de la que nadie le ha hablado nunca.

¿Por qué todos insisten en dejarla atrás? ¿Por qué faltan fotografías en el álbum familiar? ¿Es posible vivir igual cuando se atisba la verdad?

La colaboración de Eva con la fiscalía alemana genera el enojo y la oposición de su familia y de su novio, Jürgen, un hombre extraño que parece poco decidido a formalizar su relación con ella y que, como miles de alemanes más, también pertenece a una familia que guarda secretos o los disfraza entre álbumes que supuestamente muestran la felicidad y unidad de sus integrantes.

“Desde hace meses los fiscales, los testigos, el público asistente esperan oír una frase humana a los inculpados. El aire se purificaría si de una vez por todas se oyera una frase humana, pero no ha sucedido, ni sucederá”, considera el fiscal general poco antes de que concluya el juicio que cambió las vidas de miles de familias alemanas, incluidas las de quienes en algún momento pensaron que si no contaban lo vivido o visto sería como si nunca hubiera ocurrido.

La casa alemana
La casa alemana, de Annette Hess. Foto: Cortesía

Fragmento de La casa alemana, de Annette Hess, con autorización de Planeta

PRIMERA PARTE

Por la noche había vuelto a haber fuego. Lo olió de inmediato cuando salió, sin abrigo, a la calle, en la que reinaba la calma propia de un domingo y que estaba cubierta por una fina capa de nieve. Esta vez debía de haber sido muy cerca de su casa. El olor acre se distinguía con claridad en la habitual neblina invernal: goma carbonizada, tela quemada, metal derretido, pero también piel y pelo chamuscados. Y es que algunas madres protegían del frío a sus hijos recién nacidos con un pellejo de oveja. Eva se paró a pensar, no por primera vez, en quién podría hacer una cosa así, quién entraba en las casas del vecindario a través de los patios traseros por la noche y les prendía fuego a los cochecitos de los niños que la gente dejaba en los pasillos. “Un loco o los gamberros”, opinaban muchos. Por suerte, el fuego no se había propagado aún a ninguna casa. Hasta la fecha nadie había sufrido daños. Salvo los económicos, claro está. Un cochecito de niño nuevo costaba ciento veinte marcos en Hertie, y eso no era moco de pavo para las familias jóvenes.

“Las familias jóvenes”, resonaba en la cabeza de Eva, que iba de un lado a otro de la acera con nerviosismo. Hacía un frío que pelaba pero, aunque sólo llevaba puesto su vestido nuevo de seda azul claro, no tenía frío, sino que sudaba debido a los nervios. Y es que estaba esperando nada menos que “su felicidad”, como decía burlonamente su hermana. Estaba esperando a su futuro esposo, al que quería presentar a su familia por primera vez ese día, el tercer domingo de Adviento. Lo habían invitado a comer. Eva consultó su reloj: la una y tres minutos. Jürgen llegaba tarde.

Por delante pasaba algún que otro coche despacio. Domingueros. Nevisqueaba. La palabra se la había inventado su padre para describir ese fenómeno meteorológico: de las nubes caían pequeñas virutas de hielo. Como si ahí arriba alguien estuviese cepillando un enorme bloque de hielo. Alguien que lo decidía todo. Eva miró al cielo gris que se cernía sobre los tejados blanquecinos y se percató de que la observaban; en la ventana del primer piso, sobre el letrero en el que ponía La casa alemana, encima de la primera “a” de “alemana” había un bulto marrón claro que la contemplaba: su madre. Parecía inmóvil, pero a Eva le dio la impresión de que se estaba despidiendo. Se volvió deprisa y tragó saliva. Lo que le faltaba: echarse a llorar en ese momento.

La puerta del restaurante se abrió y salió su padre. Corpulento, inspirando confianza con su chaquetilla blanca. Haciendo caso omiso de Eva, abrió la vitrina que había a la derecha de la puerta para colocar una carta supuestamente nueva, aunque Eva sabía que eso sólo sucedía en carnaval. En realidad, su padre estaba muy preocupado: se encontraba muy apegado a ella y, reconcomido de celos, esperaba a ese desconocido que estaba al caer. Oyó que cantaba en voz baja, con aparente cotidianidad, una de las canciones populares que le gustaba destrozar. Muy a su pesar, Ludwig Bruhns no tenía nada de oído: “Tarareamos ante el portal y estamos de muy buen humor. Bajo los tiiiiilos”.

En la ventana, junto a la madre de Eva, apareció una mujer más joven con el pelo rubio claro cardado. La saludó con un entusiasmo exagerado, pero incluso a esa distancia ella se dio cuenta de que estaba abatida. Sin embargo, Eva no tenía nada que reprocharse. Ya había esperado bastante a que su hermana mayor se casara antes que ella. Pero cuando Annegret cumplió veintiocho años y, para colmo, empezó a engordar cada vez más, tras hablar en privado con sus padres, Eva decidió dejar a un lado los convencionalismos. A fin de cuentas, a ella también estaba a punto de pasársele el arroz. No había tenido muchos pretendientes, cosa que su familia no entendía, pues era una muchacha sana y femenina, con sus labios carnosos, su nariz fina y el pelo largo y rubio cobrizo, que ella misma se cortaba, peinaba y recogía en un artístico moño. No obstante, a menudo tenía una mirada inquieta, como si contase con que fuese a acaecer una catástrofe. Eva albergaba la sospecha de que eso asustaba a los hombres.

La una y cinco. Y ni rastro de Jürgen. Se abrió la puerta de la casa contigua al restaurante, a la izquierda. Eva vio que salía su hermano pequeño. Stefan iba sin abrigo, lo que hizo que arriba su madre, preocupada, empezase a dar golpecitos en la ventana y a gesticular. Sin embargo, Stefan, terco, mantenía la vista al frente, ya que, después de todo, se había puesto el gorro con pompón anaranjado y los guantes a juego. Tiraba de un trineo, y a su alrededor bailoteaba Purzel, el teckel negro de la familia, un perro insidioso, pero al que todos querían con locura.

— Huele que apesta — comentó Stefan.

Eva lanzó un suspiro.

— Y ahora vosotros también. Esta familia es un fastidio.

Stefan empezó a arrastrar el trineo por la fina capa de nieve que recubría la acera. Purzel se puso a olisquear una farola y a dar vueltas como un loco y después hizo caca en la nieve. El montoncito humeaba. Los patines del trineo arañaban el asfalto, sonido al que se sumó el raspar de la pala con la que el padre retiraba la nieve que había en la puerta. Eva vio que se llevaba una mano a la espalda y apretaba los ojos. Su padre volvía a sufrir dolores, algo que nunca admitiría. Una mañana de octubre, después de que llevara algún tiempo con los riñones dándole “una guerra infernal”, como decía él, no pudo aguantar más. Eva llamó a la ambulancia, y en el hospital le hicieron una radiografía y le diagnosticaron una hernia discal. Lo operaron, y el médico le aconsejó que dejara el restaurante, pero Ludwig Bruhns repuso que tenía que dar de comer a su familia. Y ¿cómo iba a hacerlo con la pequeña pensión que le quedaría? Entonces intentaron convencerlo de que contratara a un cocinero, para que no tuviese que estar de pie en la cocina él, pero Ludwig se negó a permitir que un desconocido entrase en su reino. La solución, pues, fue dejar de abrir a mediodía. Desde otoño, sólo daban cenas. Desde entonces el negocio se había visto reducido casi a la mitad, pero Ludwig se encontraba mejor de la espalda. Aun así, Eva sabía que el mayor deseo de su padre era poder volver a abrir a mediodía en primavera. A Ludwig Bruhns le encantaba su oficio, le encantaba que sus clientes pasaran un rato agradable juntos, que les gustase la comida y que se fueran a casa satisfechos, llenos y achispados. “Las personas no viven del aire”, le gustaba decir. Y la madre de Eva respondía burlona: “El que sabe sabe y el que no, es cocinero”. Ahora Eva estaba muerta de frío. Con los brazos cruzados, temblaba. Esperaba con toda su alma que Jürgen fuese respetuoso con sus padres. Ya lo había visto algunas veces tratar mal, con condescendencia, a camareros o dependientas.

“¡La policía!”, exclamó Stefan.

Se aproximaba un coche blanco y negro con una sirena en el techo. Lo ocupaban dos hombres con sendos uniformes azules oscuros. Stefan se los quedó mirando con profundo respeto. Eva pensó que sin duda los agentes irían a examinar el cochecito que habían quemado, para buscar huellas y preguntar a los vecinos si habían visto algo sospechoso por la noche. El coche pasó por delante casi sin hacer ruido. Los dos agentes saludaron primero a Ludwig y luego a Eva con un breve movimiento de cabeza. En el barrio se conocían todos. Después, el coche patrulla se metió por la calle Königstrasse. “Sí. Probablemente el incendio se haya producido en la colonia. En el edificio nuevo rosa. En él viven algunas familias. Familias jóvenes.”

La una y doce minutos. “No va a venir. Ha cambiado de idea. Me llamará mañana y me dirá que no estamos hechos el uno para el otro: “Las diferencias sociales de nuestras familias, querida Eva, son insalvables”.” ¡Paf! Stefan le tiró una bola de nieve. Le dio justo en el pecho, y la heladora nieve le resbaló por el escote. Eva cogió a su hermano por el jersey y tiró de él. “¡¿Es que te has vuelto loco?! ¡Este vestido es nuevo!” Stefan le enseñó los incisivos, su forma de expresar que se sentía culpable. Eva se disponía a regañarlo más, pero en ese momento apareció el coche amarillo de Jürgen al final de la calle. El corazón empezó a latirle desbocado, como un ternero presa del pánico. Eva maldijo su delicado tejido nervioso, que incluso la había obligado a ir al médico. Respirar despacio, cosa que no consiguió. Y es que, de pronto, mientras se acercaba el coche de Jürgen, supo que sus padres no estarían nada convencidos de que ese hombre pudiera hacer feliz a su hija. Ni siquiera con el dinero que tenía. Ahora Eva distinguía su rostro a través del parabrisas. Parecía cansado. Y serio. Ni siquiera la veía. Durante un instante terrible, a ella se le pasó por la cabeza que aceleraría y pasaría de largo. Pero entonces pisó el freno, y Stefan soltó: “Pero si tiene el pelo negro. ¡Como un gitano!”.

Jürgen se acercó demasiado a la acera y los neumáticos chirriaron contra el borde. Stefan cogió de la mano a Eva, que notaba cómo se le derretía la nieve en el escote. Jürgen apagó el motor y se quedó un instante sentado en el coche. Nunca olvidaría la imagen: las dos mujeres, una gorda y una bajita, asomadas a la ventana sobre la palabra “Casa”, pensando erróneamente que no se las veía; el niño con el trineo que lo observaba fijamente; el fornido padre quitando la nieve con la pala, dispuesto a todo a la puerta del restaurante. Lo miraban como se mira al acusado que entra por primera vez en la sala y toma asiento en el banquillo. Todos salvo Eva, cuya mirada rebosaba de amor y miedo.

Jürgen tragó saliva, se puso el sombrero y cogió un ramo de flores envuelto en papel de seda del asiento del acompañante. Se bajó y fue hacia Eva. Quería sonreír, pero de repente algo lo mordió breve pero dolorosamente en la pantorrilla. Un teckel. “¡Purzel! ¡Fuera, fuera! — exclamó Eva —. Stefan, llévalo dentro. Mételo en la habitación.” Stefan refunfuñó, pero cogió al perro, que movía las patas, y lo metió en la casa.

Eva y Jürgen se miraron cohibidos. No sabían muy bien cómo debían saludarse, teniendo en cuenta que los observaba la familia de Eva. Al final se dieron la mano y dijeron a la vez:

— Lo siento, son muy curiosos.

— Menudo comité de bienvenida. ¿A qué debo este honor? Cuando Jürgen le soltó la mano, el padre, la madre y la hermana desaparecieron como conejos en sus madrigueras. Eva y Jürgen se quedaron a solas. En la calle soplaba un viento glacial. Ella preguntó:

— ¿Te apetece comer ganso?

— Hace días que no pienso en otra cosa.

— Lo único que tienes que hacer es llevarte bien con mi hermano pequeño. Si lo consigues, te los ganarás a todos.

Se rieron los dos, sin saber por qué. Jürgen fue hacia la puerta del restaurante, pero Eva lo llevó hacia la izquierda, a la casa. No quería hacerlo pasar por el comedor en penumbra, que olía a cerveza derramada y a ceniza húmeda, de modo que subieron por la encerada escalera, con el pasamanos negro, a la casa, que estaba justo encima del restaurante. El edificio, de dos plantas, lo habían reconstruido cuando terminó la guerra, después de que un ataque aéreo destruyera la ciudad casi por completo. La mañana que siguió al infierno, en pie sólo quedaba la larga barra, a la intemperie, expuesta a las inclemencias del tiempo.

Arriba, a la puerta, esperaba la madre de Eva, que esbozó la sonrisa que por lo general reservaba a los clientes fijos del restaurante. Su “cara de azúcar”, como decía Stefan. Edith Bruhns se había puesto su collar de granates de dos vueltas, además de los pendientes chapados en oro de los que colgaban sendas perlas de cultivo y su broche de oro con forma de trébol. Lucía todas sus joyas, cosa que Eva no había visto en su vida. No pudo por menos de recordar el cuento del abeto que le había leído a Stefan. El abeto que después de la Navidad acababa en el desván para terminar ardiendo en la hoguera del patio en primavera. Y de sus ramas secas aún pendían restos olvidados de la Nochebuena.

“Por lo menos resultan adecuadas para el tercer domingo de Adviento”, pensó Eva.

— Señor Schorrmann, menudo tiempecito nos ha traído. ¡¿Rosas en diciembre?! ¿Se puede saber de dónde las ha sacado, señor Schorrmann?

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— Es Schoormann, mamá. Con dos oes.

— Deme el sombrero, señor Schooormann.

En la sala de estar, que los domingos también hacía las veces de comedor, Ludwig Bruhns fue hacia Jürgen con un trinchante y unas tijeras para aves y le ofreció la muñeca derecha a modo de saludo. Éste se disculpó: la nieve. “No se preocupe. Está todo controlado. Es un ganso grande, pesa más de siete kilos. Necesita su tiempo.”

Annegret se acercó a Jürgen por detrás. Se había dibujado una raya demasiado negra en los ojos y se había pintado los labios de un color demasiado anaranjado. Le dio la mano y le dirigió una sonrisa cómplice.

— Lo felicito. Es de primera.

Jürgen se preguntó si se refería al ganso o a Eva.

Poco después estaban todos sentados a la mesa, mirando la humeante ave. A su lado, en un florero de cristal, las rosas amarillas que había llevado Jürgen, como una ofrenda funeraria. De la radio, a un volumen bajo, salía una música de domingo irreconocible. En el aparador, tres velas titilantes hacían girar una pirámide de Navidad. La cuarta aún estaba intacta. En el centro de la pirámide se veía a María y a José y el pesebre con el recién nacido ante el establo. Alrededor de la familia, ovejas, pastores y los tres Reyes Magos con sus camellos daban vueltas sin parar. No llegarían nunca hasta la familia, no podrían dar nunca al Niño Jesús sus presentes. De pequeña, eso entristecía a Eva. Al final, le quitó al rey negro el regalo que llevaba y lo dejó ante el pesebre. La Navidad siguiente, el paquetito de madera rojo desapareció, y desde entonces el rey negro daba vueltas con las manos vacías. El regalo que llevaba no volvió a aparecer. La madre de Eva contaba esa historia todos los años antes de Navidad, cuando rescataba la pirámide del desván. Por aquel entonces Eva tenía cinco años, pero no se acordaba de aquello.

El padre de Eva abrió el ganso con las tijeras a lo largo, por el esternón.

— ¿Estaba vivo, el ganso? — Stefan miró a su padre con cara de interrogación, y éste le guiñó un ojo a Jürgen y repuso:

— No, éste es un ganso de mentira. Sólo para comer.

— Pues entonces quiero pechuga.

— Stefan le tendió el plato a su padre.

— Primero el invitado, tesoro.

La madre de Eva cogió el plato de Jürgen, la vajilla de porcelana de Dresde con los caprichosos zarcillos verdes, y se lo pasó a su esposo. Eva se dio cuenta de que Jürgen lo miraba todo discretamente: reparó en el deformado sofá con el tapete de cuadros amarillos con el que su madre había tapado una parte desgastada. Para el reposabrazos izquierdo había hecho otro tapetito de ganchillo. Ahí era donde se sentaba su padre después de medianoche, cuando volvía de la cocina y apoyaba los pies en la banqueta baja tapizada, como le había recomendado el médico. En la mesita estaba el semanario Der Hausfreund, abierto por el crucigrama, la cuarta parte rellena. Un tapete más de ganchillo protegía el preciado televisor. Jürgen cogió aire por la nariz y dio las gracias con educación por el generoso plato que la madre de Eva le había puesto delante. Le dio la vuelta para disponerlo de forma que pareciese especialmente apetitoso, y al hacerlo los pendientes se bambolearon. El padre, que había sustituido la chaquetilla blanca por la chaqueta de los domingos, se sentó junto a Eva. Tenía una manchita verde en la mejilla. Perejil, con toda probabilidad. Ella se apresuró a quitársela del flácido rostro. Su padre le cogió la mano y se la apretó un instante, sin mirar a Eva, que tragó saliva. Estaba enfadada con Jürgen por su forma de observarlo todo. De acuerdo, estaba acostumbrado a otras cosas, pero debería darse cuenta de lo solícitos que eran sus padres, lo honrados, lo encantadores.

Después comieron en silencio. Annegret, como siempre que había gente, se mostraba reservada y comía con aparente desgana. Después, en la cocina, engulliría lo que quedara en los platos, y por la noche atacaría el ganso frío en la despensa. Le pasó a Jürgen el carrusel de especias y le guiñó un ojo.

— ¿Quiere un poco de pimienta, señor Schoooormann? ¿Sal?

Jürgen rehusó dando las gracias, de lo que el padre de Eva se percató sin necesidad de levantar la vista.

— Mis platos no hace falta sazonarlos.

— Eva me ha dicho que es usted enfermera, en el hospital de aquí, ¿no? — preguntó Jürgen a Annegret, que le resultaba enigmática. La aludida se encogió de hombros, como si no valiera la pena hablar del tema.

— ¿En qué unidad?

— Lactantes.

Se hizo una pausa en la que de repente todo el mundo entendió lo que decía el locutor de la radio: 2Desde la ciudad de Gera, en este tercer domingo de Adviento, la abuela Hildegard saluda a su familia en Wiesbaden y, en particular, a Heiner, su nieto de ocho años”. Se oyó música. Edith sonrió a Jürgen.

— Y, dígame, ¿a qué se dedica usted, señor Schoooormann?

— Estudié Teología, pero ahora trabajo en la empresa de mi padre. En la dirección.

— Venta por catálogo, ¿no es así? Su familia se dedica a la venta por catálogo, ¿no? — quiso saber Ludwig. Eva le dio con el codo.

— ¡Papá! No os hagáis los tontos.

Tras un breve silencio, todos rompieron a reír, incluido Stefan, aunque no entendía la razón. Eva se relajó, y ella y Jürgen se miraron: “Quizá funcione”. La madre de Eva comentó:

— Nosotros también tenemos el catálogo Schoormann, desde luego. Stefan cantó en falsete el eslogan publicitario:

— “Schoormann lo tiene, Schoormann lo trae. ¡Ding, dong! ¡Dong, ding!” Jürgen preguntó entonces con fingida seriedad:

— ¿Ha pedido usted algo? Ésta es la pregunta decisiva.

Y Edith contestó diligentemente:

— Pues claro. Un secador de pelo y un impermeable. Y quedamos muy satisfechos. Pero también deberían ofrecer lavadoras automáticas. Para compras grandes como ésa, voy a los grandes almacenes Hertie, pero no me gusta. Ahí siempre lo engatusan a uno. Y con un catálogo se pueden pensar las cosas en casa cómodamente.

Jürgen asintió con jovialidad. — Sí, tiene razón, señora Bruhns. En cualquier caso, tengo pensado efectuar algunos cambios en la empresa. Eva lo miró para animarlo a continuar. Jürgen carraspeó.

— Mi padre está enfermo, no podrá dirigir la casa durante mucho más tiempo.

— Me entristece oír eso — aseguró la madre.

— Y ¿qué le ocurre? — El padre le pasó la salsera a Jürgen, pero éste no estaba dispuesto a facilitar más información. Le echó salsa a la carne. — Está riquísima.

— Me alegro.

Eva sabía que el padre de Jürgen padecía una esclerosis que iba a más. Jürgen sólo le había hablado de ello en una ocasión. Había días buenos y días malos, pero la imprevisibilidad iba en aumento. Eva todavía no conocía al padre de Jürgen y a su segunda esposa. A fin de cuentas, lo primero era que el novio fuese a ver a los padres de la novia. Eva había discutido con Jürgen sobre si éste debía pedir su mano en ese primer encuentro. Él se oponía, ya que los padres de Eva lo considerarían poco serio si iba tan directamente al grano. O, peor todavía, pensarían que su hija estaba embarazada. No llegaron a ponerse de acuerdo. Eva intentó adivinar, por la expresión de su cara, si Jürgen se proponía plantearle la pregunta a su padre, pero su mirada no le dijo nada. Observó sus manos, que sostenían los cubiertos con más tensión de lo habitual. Eva todavía no había tenido con Jürgen “relaciones íntimas”, como las llamaba el doctor Gorf. Y eso que estaba lista, tanto más cuanto que ya había perdido su inocencia hacía dos años. Pero Jürgen tenía una cosa clara: nada de cohabitar antes de estar casados. Era un hombre conservador. La mujer debía subordinarse al hombre, que era quien llevaba las riendas. Ya cuando se conocieron, Jürgen adivinó los pensamientos de Eva como si leyera en su interior, como si supiese mejor que ella misma lo que le convenía. Y Eva, que con frecuencia ni sabía lo que quería, no se oponía a dejarse guiar. Ni en el baile ni en la vida. Además, con esa boda ascendería en la escala social. De hija del propietario de un restaurante a esposa de un distinguido empresario. Sólo pensarlo le producía vértigo. Pero era un vértigo agradable.

Después de comer, Eva y su madre fueron a la espaciosa cocina a preparar el café. Annegret se había despedido ya: debía ir al hospital, tenía turno de tarde, para darles el biberón a sus lactantes. Y de todas formas no le gustaban las tartas de crema de mantequilla.

Eva partió la tarta corona de Frankfurt en gruesas porciones, su madre molió café en un pequeño molinillo eléctrico. Edith Bruhns miraba el ruidoso aparato. Cuando hubo enmudecido, dijo:

— No creo que sea tu tipo, Evchen. Me refiero a que si pienso en Peter Kraus, ése sí que estaba loco por ti…

— ¿Sólo porque Jürgen no es rubio? Eva se estremeció, ya que era evidente que a su madre no le caía bien Jürgen. Y ella apreciaba mucho el olfato que tenía su madre para las personas. Al regentar un restaurante, Edith Bruhns había conocido a infinidad de gente, y sabía distinguir de un vistazo quién era bueno y quién no.

— Esos ojos negros…

— Mamá, pero si tiene los ojos verde oscuro. A ver si miras bien.

— Bueno, tú sabrás. A la familia no se le puede poner ningún pero. Pero te voy a ser sincera, no lo puedo evitar, hija: ese hombre no te hará feliz.

— Primero tendrás que conocerlo. La madre de Eva vertió agua caliente en la manga del café. Por el olor, parecía del caro.

— Es demasiado reservado. Eva, me resulta inquietante.

— Es pensativo. No olvides que Jürgen quería ser cura…

— Dios nos libre.

— Estudió ocho semestres de Teología, pero luego me conoció a mí y supo que no podría soportar el celibato. Eva se rio, pero su madre siguió seria.

— Seguro que dejó los estudios por lo de su padre. Porque tiene que hacerse cargo de la empresa.

— Sí.

— Eva exhaló un suspiro, su madre no estaba para bromas. Las dos se quedaron mirando cómo rezumaba la burbujeante agua por el filtro.

En la sala de estar, el inquietante Jürgen y el padre de Eva estaban sentados tomando un coñac. La radio continuaba sonando, infatigable. Jürgen fumaba un cigarrillo mientras contemplaba el gran óleo que había sobre el aparador. Era de una marisma bajo un encendido arrebol crepuscular, tras un dique. Algunas vacas pastaban en una pradera verde. Junto a una cabaña, una mujer tendía la colada, y a cierta distancia de ella, en el borde derecho, se veía otra figura. Estaba pintada de manera imprecisa, como si se tratase de un esbozo añadido con posterioridad. No se sabía si era el vaquero, el esposo o un desconocido.

Stefan, arrodillado en la alfombra, disponía para la lucha a su ejército de plástico. Habían dejado salir del dormitorio a Purzel, que estaba tumbado, observando a los soldados que tenía delante del morro. Stefan formaba largas hileras. También tenía un carro de combate de hojalata que se podía abrir, pero éste seguía en su caja, intacto.

Entretanto, el padre de Eva resumía a grandes rasgos la historia de la familia a su futuro yerno.

— Sí, soy isleño, de Juist, para más señas, y se me nota. Mis padres tenían una tienda que abastecía a la isla entera. Café, azúcar y galletitas. En nuestra tienda había de todo. Como en la suya, a decir verdad, señor Schoormann. Mi madre tuvo una muerte prematura, y mi padre nunca lo superó del todo. Él también falleció, hace quince años. A Edith, mi mujer, la conocí en la escuela de hostelería de Hamburgo. Corría el año 34, anda que no ha llovido desde entonces. Mi mujer viene de una familia de artistas, cuesta creerlo. Sus padres eran músicos los dos, en la filarmónica. Él, primer violín; ella, segundo. En el matrimonio, las cosas eran justo al revés. La madre de mi mujer vive aún, en Hamburgo. Mi esposa también iba para violinista, pero tenía los dedos demasiado cortos, así que quiso ser actriz, pero se lo prohibieron estrictamente. Entonces decidió que quería ver mundo, al menos, y la enviaron a la escuela de hostelería.

— Y ¿cómo acabó aquí? — le preguntó Jürgen con cordial interés. El ganso asado le había gustado. Y le caía bien Ludwig Bruhns, que le hablaba con tanto entusiasmo de su familia. Eva había heredado la sensual boca de su padre.

— El restaurante, La casa alemana, era de un primo de mi mujer, y lo quería vender. Nos vino como anillo al dedo. Disculpe la expresión. Cogimos la ocasión por los pelos y lo reabrimos en el 49. Y a día de hoy no lo hemos lamentado nunca.

— Sí, la calle Berger es rentable…

— El tercio alto, la parte decente, me gustaría recalcar, señor Schoormann. Jürgen sonrió en tono conciliador.

— Bueno, desde que me pasó lo de la espalda, porque el médico me dijo que cerrara. Tendría que haber visto la pensión que me iba a quedar antes. Ahora sólo abrimos a partir de las cinco, pero en primavera diré adiós a esta vida licenciosa. Guardaron silencio. Jürgen se dio cuenta de que Ludwig quería añadir algo. Permaneció a la espera. Ludwig se aclaró la garganta y dijo sin mirarlo:

— Sí, lo de la espalda me empezó durante la guerra.

— ¿Lo hirieron? — preguntó cortésmente Jürgen.

— Trabajaba en la cocina. En el frente occidental. Sólo para que lo sepa usted. El padre de Eva apuró el coñac, y Jürgen se quedó un tanto sorprendido. No se dio cuenta de que Ludwig Bruhns acababa de mentirle.

La casa alemana
Annette Hess. Foto: Cortesía

Annette Hess (Hannover, Alemania): Empezó su carrera estudiando pintura y diseño de interiores. Ha trabajado como periodista, asistente de dirección y guionista. Desde 1998 escribe exclusivamente para la televisión y es la creadora de las exitosas series Weissensee y Ku’damm 56/59. Ha recibido importantes premios como el Premio Grimme y el Premio de la Televisión Alemana. La casa alemana es su primera novela. El salto del cine a la literatura con esta obra la encumbró a nivel de los autores de mayor éxito de su país en los años recientes. La novela se encuentra en proceso de traducción en veinte países, mientras se negocian los derechos de adaptación cinematográfica y televisiva.

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