Anaïs Nin

LECTURAS | La intemporalidad perdida, de Anaïs Nin

Poco después de escribir estos cuentos, Nin conocerá a Henry Miller, que diría de ella: “Cuando trato de imaginar de quién es deudor tu estilo, me siento frustrado, no recuerdo a nadie con el que tengas el más ligero parecido. Me recuerdas únicamente a ti misma”. Melancólicos y punzantes, revelan ya a una gran autora que hizo saltar por los aires las convenciones literarias y sociales de su época.

Ciudad de México, 5 de julio (MaremotoM).- Estoy cansada de buscar una filosofía que concuerde conmigo y con mi mundo, quiero buscar un mundo que concuerde conmigo y con mi filosofía.

Escritos cuando tenía unos veinticinco años y vivía en Francia con su marido, el poeta y banquero norteamericano Hugh Parker Guiler, estos dieciséis relatos inéditos en castellano sorprenden por su madurez y frescura, a la vez que muestran ya los dos elementos que luego se afianzarían en su obra —la ironía y el feminismo— y también sus obsesiones —el deseo femenino, la sexualidad, el adulterio, la belleza y el retrato de una masculinidad tan deslumbradora como tóxica—. Algunas de estas historias están protagonizadas por claros alter ego de Nin; otras, por apasionadas bailarinas de flamenco, misteriosos extranjeros, músicos…

Poco después de escribir estos cuentos, Nin conocerá a Henry Miller, que diría de ella: “Cuando trato de imaginar de quién es deudor tu estilo, me siento frustrado, no recuerdo a nadie con el que tengas el más ligero parecido. Me recuerdas únicamente a ti misma”. Melancólicos y punzantes, revelan ya a una gran autora que hizo saltar por los aires las convenciones literarias y sociales de su época.

Anaïs Nin
Editó Lumen. Foto: Cortesía

Adelanto del libro La intemporalidad perdida, de Anaïs Nin, con autorización de Lumen

Prefacio

Anaïs Nin siempre quiso ser artista, una escritora que investigara y expresara sus sentimientos, que tan a menudo parecían separarla de lo que llamaba vida “normal”. Al principio, en 1914, después de que su padre abandonara a la familia y ella se viese obligada a “exiliarse»” en Estados Unidos, había confiado sus sentimientos, con una introspección sorprendente, a su “único” amigo: un diario que mantuvo fielmente toda su vida y que se considera su obra más importante y magistral. Pero, por muchas y complejas razones, el diario debía permanecer secreto; incluso en 1966, cuando empezó a publicar fragmentos extraídos de sus más de treinta y cinco mil páginas, hubo que suprimir gran cantidad de detalles íntimos. (Solo tras la muerte de su marido, en 1985, se pudieron quitar los últimos lacres de los secretos que se había autoimpuesto). Por ello, en cuanto persona que deseaba tanto ser reconocida como artista por el mundo exterior, Anaïs Nin tuvo que aprender a escribir más allá de los seguros límites de su diario, aunque este fuera, como sabemos ahora, la fuente fundamental y la inspiración de toda su ficción.

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Los dieciséis relatos recogidos en este volumen representan algunos de los primeros esfuerzos de Anaïs Nin por escribir dirigiéndose a un público. Nacieron en lo que parece haber sido una explosión de energía creativa extraordinaria, entre mediados de 1929 y principios de 1930, cuando tenía veintiséis años y volvía a vivir en Francia con su esposo estadounidense, Hugh Guiler, el “poeta-banquero”, con quien se había casado en 1923. “Tengo la ambición —anotó en su diario en octubre de 1929— y sé que lo conseguiré, de escribir de forma clara acerca de cosas impenetrables, sin nombre y habitualmente indescriptibles; de dar forma a pensamientos evanescentes, sutiles y cambiantes; de dar fuerza a valores espirituales que suelen mencionarse de manera vaga y general, una luz que mucha gente sigue pero no puede comprender de verdad. Miraré dentro de ese mundo con ojos claros y palabras transparentes».

Anaïs Nin envió algunos de estos relatos a revistas y editores de Nueva York, pero, como era de esperar, en los años treinta, igual que en la actualidad, no había “mercado” en Estados Unidos para semejantes evocaciones de elementos “sutiles” y “habitualmente indescriptibles”. De hecho, no le publicaron ninguno de estos relatos, que, junto con otros manuscritos al fin abandonados, terminaron unos veinte años después en la colección de una biblioteca universitaria estadounidense.

Poco antes de que Anaïs Nin muriera, en enero de 1977, un amigo le propuso publicarlos en una edición limitada privada. Al principio, ella se mostró reticente, pero al final aceptó, aunque insistió en redactar un prefacio con un tono ligeramente defensivo para el pequeño volumen publicado por Magic Circle Press, de Valerie Harms. Escribió:

Nunca tuve la intención de publicar estas historias, pues sabía que eran inmaduras. Pero me di cuenta de que para otros escritores sería valioso seguir el desarrollo de la obra al completo, observar todos los pasos del proceso de maduración. […] En ellas aparecen dos elementos que apuntalarán mis trabajos posteriores: la ironía y los primeros indicios de feminismo. Me convencí de que estos relatos se dirigirían a quienes comprendieran y amaran mi trabajo y se interesaran por su evolución. Este es un libro solo para amigos.

Estas historias tempranas e “inmaduras” desde luego anuncian muchos de los temas que afloraron en las obras posteriores de Anaïs Nin y reflejan numerosas experiencias personales y preocupaciones que expresó en los diarios. De hecho, uno se siente tentado de aplicar a estos relatos primerizos la confesión que hizo Anaïs Nin en la página que abría su primera historia de ficción publicada, La casa del incesto, en 1936: “Todo lo que sé está contenido en este libro”. Gunther Stuhlmann. Becket (Massachusetts), verano de 1993.

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