LECTURAS | La isla de las mujeres del mar, de Lisa See

Una inmersión fascinante en una cultura en vías de desaparición.

Ciudad de México, 23 de febrero (MaremotoM).- Tras seducir a lectores y críticos de todo el mundo con El abanico de seda y Dos chicas de Shanghai, Lisa See vuelve a cautivarnos con La isla de las mujeres del mar, una bella e introspectiva novela sobre los lazos de amistad de dos jóvenes hanenyeo -mujeres buceadoras de la isla surcoreana de Jeju, cuya forma de vida ha sido reconocida por la Unesco como patrimonio de la humanidad- y las poderosas fuerzas, tanto naturales como históricas, que las rodean.

Kim Young-sook y Han Mi-ja empiezan su preparación como haenyeo. A pesar de sus diferentes entornos familiares, pronto se hacen íntimas, aprenden la técnica del buceo y se enfrentan juntas a las exigencias físicas y los fracasos emocionales de su trabajo. Durante medio siglo, las dos jóvenes forjarán una sólida relación al tiempo que su vida se verá envuelta en acontecimientos tan trágicos y extraordinarios como la Segunda Guerra Mundial, la Guerra de Corea y sus secuelas, y tan inevitables como la irrupción de los teléfonos móviles y la llegada de nuevas políticas e ideas a la isla. Sin embargo, tras sobrevivir a cientos de inmersiones y desarrollar el más estrecho de los vínculos, algo que escapa a su control acabará rompiendo su amistad.

Narrada por la entrañable voz de Young-sook, La isla de las mujeres del mar es no sólo una magnífica saga familiar con extraordinarias ramificaciones, sino también un vívido retrato del mundo singular y poco conocido de la isla de Jeju y de las atrocidades sufridas por sus moradores bajo la ocupación japonesa.

La isla de las mujeres en el mar
La isla de las mujeres en el mar, de Lisa See. Foto: Cortesía

Fragmento de La isla de las mujeres en el mar, de Lisa See, con autorización de Salamandra

Día 1: 2008

Una anciana está sentada a la orilla de la playa. Lleva un cojín atado con una correa al trasero y recolecta algas. Parece alerta a todo lo que sucede a su alrededor: quizá sea la fuerza de la costumbre tras media vida bajo el mar. Jeju es su hogar, una isla donde hay tres cosas en abundancia: rocas, viento y mujeres. La más inestable, el viento, es hoy una suave brisa. No hay una sola nube en el cielo. El sol le calienta la cabeza, la nuca, la espalda, a través de la ropa y la capota de ala ancha. Esa caricia la reconforta. Vive encaramada a la costa rocosa, en una ladera con vistas al mar. La casa en sí no parece gran cosa, apenas dos pequeñas estructuras de piedra volcánica, pero el enclave… Sus hijos y sus nietos quieren que les deje convertir los edificios en un bar-restaurante. «Te harás de oro, Abuelita. No tendrás que volver a trabajar.» Una de sus vecinas hizo lo que piden las nuevas generaciones, y ahora en ese lugar hay una pensión y un restaurante italiano. En la misma playa de Young-sook. En su pueblo. Ella jamás dejará que le hagan eso a su casa. «No hay dinero suficiente para echarme de aquí, ni vaciando los bolsillos de toda Corea», ha dicho Young-sook muchas veces. ¿Cómo va a marcharse? Sólo aquí resuenan la alegría, la risa, las penas y los lamentos de toda una vida.

No es la única que está trabajando en la playa. Hay más mujeres de su edad (de ochenta y noventa y tantos) seleccionando las algas varadas en la orilla; ponen las vendibles en bolsitas y dejan los desechos en la arena. Un poco más arriba, por el paseo peatonal que separa esta cala de la carretera, varias parejas jóvenes (seguramente, de luna de miel) pasean cogidas de la mano, con las cabezas muy juntas, e incluso se roban besos delante de todo el mundo, a plena luz del día. Young-sook observa a una familia de turistas que sin duda proviene del continente. El marido y los hijos llevan camisetas de topos y pantalones cortos de color verde lima. La mujer viste la misma camiseta de topos, pero no tiene ni un centímetro de piel al descubierto: pantalones largos, manguitos, guantes, sombrero y una mascarilla de tela para protegerse del sol. Los niños del pueblo trepan por las rocas que se esparcen y acumulan por la arena hasta adentrarse en el mar. Al poco rato ya están jugando entre las olas, riendo y retándose, gritando a ver quién es el primero en llegar a la roca más lejana, o en encontrar una esquirla de vidrio marino, o en ver, con suerte, un erizo de mar. La anciana sonríe: qué diferente será la vida para estos críos.

También observa a otras personas que la miran fijamente un rato (algunas ni siquiera intentan disimular su curiosidad) para luego centrar la atención en otra de las ancianas que ese día están en la orilla. ¿Qué abuela parece la más simpática? ¿La más accesible? Lo que esas personas no se imaginan es que Young-sook y sus amigas también las están analizando a ellas. ¿Son universitarios, periodistas, documentalistas? ¿Me van a pagar? ¿Qué saben sobre las haenyeo, las mujeres del mar? Seguro que querrán fotografiarla. Le acercarán un micrófono a la cara y le harán las mismas preguntas de siempre: «¿Se considera una abuela del mar, o se identifica más con las sirenas?» «La Unesco ha reconocido a las haenyeo como patrimonio cultural de la humanidad, un tesoro que se está perdiendo y que debe ser preservado, aunque sólo sea en la memoria colectiva. ¿Cómo se siente al ser la última de las últimas?» Si son universitarios, hablarán de la cultura matrifocal de Jeju, y querrán explicárselo: «No es un matriarcado, sino una sociedad centrada en las mujeres.» Luego, empezarán a tantearla: «¿Era realmente usted la que mandaba en su casa? ¿Le daba una paga a su marido?» De vez en cuando, una joven le hace esa pregunta sobre la que Young-sook lleva toda la vida oyendo discutir. «¿Qué es mejor, ser hombre o mujer?» Y no importa cómo se la formulen; ella siempre contesta lo mismo: «¡Yo era la mejor haenyeo!» Prefiere dejarlo así. Cuando el visitante insiste, Young-sook responde con brusquedad: «Si quiere saber algo de mí, vaya al museo de las haenyeo. Allí verá mi fotografía. ¡Hay un vídeo sobre mí!» Y si se resiste a marcharse… Bueno, entonces es aún más directa: «¡Déjeme en paz! ¡Estoy trabajando!»

Por lo general, su reacción depende de cómo se sienta físicamente. Hoy hace un sol espléndido, el mar resplandece, y aunque está sentada en la orilla nota en los huesos la ingravidez del mar, el oleaje que masajea sus doloridos músculos, el frío que la envuelve y calma el ardor de sus articulaciones. Así que se deja fotografiar, e incluso se levanta el ala de la capota para que un joven pueda «verle mejor la cara». Mientras tanto, lo observa avanzar poco a poco hacia el tema inevitable e incómodo, hasta que por fin él le lanza la pregunta: «¿Sufrió su familia durante el Incidente del 3 de abril?»

Aigo, claro que sufrió. Claro, claro. «En la isla de Jeju sufrimos todos», contesta ella. Pero no sigue hablando de ese tema. Nunca. Prefiere hablar del presente y decir que ésta es la época más feliz de su vida. Y lo es. Todavía trabaja, pero no está demasiado ocupada y le sobra tiempo para visitar a sus amigas y viajar. Ahora puede contemplar a sus bisnietas y dedicarse a pensar en ellas ociosamente: «Ella es preciosa», «Ella es la más lista», «A ella más le vale buscarse un buen marido». Hoy sus nietos y bisnietos son su mayor felicidad. ¿Por qué no le pasaba cuando era joven? Lo cierto es que entonces no podía saber el vuelco que darían las cosas. Nunca se habría imaginado su vida de hoy en día, ni en sus mejores sueños.

El joven se marcha. Intenta hablar con otra mujer, Kang Gu-ja, que trabaja a unos diez metros de donde está Young-sook. Gu-ja, que siempre está malhumorada, ni siquiera levanta la cabeza. El joven lo intenta con Gu-sun, la hermana menor de Gu-ja, que le grita «¡Lárgate!». Young-sook se solidariza con ellas dando un bufido.

Una vez que ha llenado la bolsita, se levanta temblorosa y se encamina arrastrando los pies hasta el sitio donde ha dejado los sacos de algas. Después de vaciar la bolsa, se dirige renqueando a una zona de la playa que de entrada parece más solitaria. Vuelve a sentarse y se coloca bien el cojín. Sus manos son ágiles, a pesar de estar deformadas por el trabajo y surcadas de profundas arrugas tras tantos años de exposición al sol. El sonido del mar… La caricia de la brisa tibia… Saberse protegida por miles de diosas que viven en la isla… Ni siquiera los exabruptos de Gu-sun pueden arruinar su buen humor.

Entonces Young-sook ve con el rabillo del ojo a otra familia. No van vestidos igual ni se parecen mucho entre ellos. El marido es occidental, la mujer coreana y los hijos (un niño pequeño y una adolescente), mestizos. Young-sook no puede evitarlo: ver a esos críos mestizos la incomoda. El niño lleva pantalón corto, camiseta de superhéroe y unas bambas enormes, y la chica, un pantalón corto que apenas le tapa lo que tiene que tapar, unos auriculares y varios cables que cuelgan por encima de sus incipientes pechos. Young-sook deduce que son estadounidenses y los observa con cautela mientras ellos se le acercan.

—¿Es usted Kim Young-sook? —le pregunta la mujer, guapa y de tez pálida.

Young-sook asiente con un breve movimiento de cabeza, y la mujer continúa.

—Me llamo Ji-young, pero todos me llaman Janet.

Young-sook prueba a pronunciar el nombre por lo bajo:

—Janet.

—Y éstos son Jim, mi marido, y mis hijos, Clara y Scott. No sé si se acordará de mi abuela.

Janet habla en… ¿En qué lengua habla exactamente? No es coreano, pero tampoco es el dialecto de Jeju.

—Se llamaba Mi-ja. Su apellido era Han…

—No la conozco.

La mujer frunce ligeramente el ceño.

—Pero ¿no vivían las dos en este pueblo?

—Yo vivo aquí, pero no sé quién es ella.

Young-sook habla en voz aún más alta y con más brusquedad que Gu-sun, hasta el punto de que las hermanas Kang acaban por mirar hacia donde está ella. «¿Todo bien?»

Pero la extranjera no se deja intimidar.

—Déjeme enseñarle una fotografía suya.

Saca un sobre de papel manila de su bolso y hurga dentro hasta que encuentra lo que busca. Alarga la mano y le enseña a Young-sook una fotografía en blanco y negro de una chica vestida con un traje de buceo blanco de los de antes. Sus pezones parecen dos ojos de pulpo observando desde el interior de una cueva. Lleva el pelo recogido bajo un pañuelo también blanco. Tiene la cara redonda, los brazos delgados y con músculos bien definidos, las piernas robustas, la sonrisa amplia y descarada.

—Lo siento —dice Young-sook—. No la conozco.

—Tengo más fotos —añade la mujer.

Janet vuelve a mirar dentro del sobre y rebusca entre lo que deben de ser más fotografías. Entretanto, Young-sook mira al hombre y le sonríe.

—¿Tiene teléfono? —le pregunta en inglés, y se da cuenta de que a él su acento debe de sonarle mucho peor que a ella el coreano de la mujer, y se acerca una mano a la oreja como si sostuviera un teléfono.

Ha utilizado muchas veces esta táctica para deshacerse de los intrusos tediosos. Si se trata de una joven, le dice, por ejemplo: «Antes de contestar sus preguntas, necesito hablar con mi nieto.» Si es un hombre, tenga la edad que tenga, le pregunta: «¿Está usted casado? Tengo una sobrina nieta encantadora que además estudia en la universidad. Voy a pedirle que venga para que puedan conocerse.» Es increíble, pero siempre pican. Como era de esperar, el extranjero se palpa los bolsillos y busca su teléfono móvil. Sonríe exhibiendo unos dientes de un blanco reluciente, muy rectos, como los de un tiburón. Pero la chica saca su teléfono antes que él. Es uno de esos iPhones nuevos, como el que Young-sook les ha comprado a cada uno de sus bisnietos este año por sus cumpleaños.

—Dígame el número —dice Clara sin molestarse en quitarse los auriculares.

El sonido de su voz desconcierta a Young-sook: la chica ha hablado en el dialecto de Jeju. Pese a que no lo habla a la perfección, su entonación hace que a Young-sook se le ponga la piel de gallina.

La anciana recita el número y Clara lo marca en la pantalla. Cuando termina, desconecta el teléfono de los auriculares y se lo tiende a Young-sook, que se queda paralizada. Sin pensarlo (porque no es premeditado, ¿verdad?), la chica se inclina y acerca el teléfono a la oreja de Young-sook. Su piel… pura lava. Una cadena de oro con una crucecita se le ha salido de la camiseta y se balancea a la altura de los ojos de Young-sook. La anciana se fija en que la madre, Janet, también lleva una cruz.

Los cuatro extranjeros la miran expectantes, a lo mejor están convencidos de que la anciana los ayudará. Young-sook habla deprisa al teléfono. Janet vuelve a fruncir el ceño mientras intenta descifrar las palabras, pero la anciana habla en jeju puro, una lengua tan distinta del coreano como el francés del japonés, o eso le han contado. Terminada la llamada, Clara se guarda el teléfono en el bolsillo trasero del pantalón, y entonces ve, abochornada, que su madre empieza a sacar más fotografías.

—Aquí está mi padre cuando era joven —dice Janet, y le pone a Young-sook una imagen borrosa delante de los ojos—. ¿Se acuerda de él? Aquí hay otra fotografía de mi abuela. Se la hicieron el día de su boda. Me dijeron que la niña que está a su lado es usted. ¿Le importaría hablar con nosotros unos minutos?

Pero Young-sook ha vuelto a concentrarse en sus algas. De vez en cuando, por educación, echa un vistazo a las fotografías, pero sin que la expresión de su cara delate lo que siente su corazón.

Unos minutos más tarde, una motocicleta con un carrito detrás se acerca dando tumbos por la playa y se detiene junto a ellos. Young-sook se esfuerza por levantarse lo más rápido posible. El extranjero hace ademán de sujetarla por el codo para ayudarla, pero ella se aparta instintivamente. Hacía mucho tiempo que no la tocaba alguien tan blanco.

—Sólo quiere ayudarla —dice Clara en dialecto jeju de niña pequeña.

Young-sook observa a los desconocidos, que intentan ayudar a su nieto a cargar las bolsas de algas en el carrito. Una vez atado todo, se monta detrás del chico y le rodea la cintura con los brazos. Le da un golpecito con el dorso de la mano.

—¡Arranca!

Cuando ya han salido de la playa y han llegado a la carretera, le dice con un tono más suave:

—Llévame a dar una vuelta por ahí. No quiero que vean dónde vivo.

PRIMERA PARTE

Amistad

1938

Aire de agua

Abril de 1938

Mi primera jornada de trabajo en el mar empezó horas antes del amanecer, cuando los cuervos aún dormían. Me vestí e hice a oscuras el camino hasta la letrina. Subí por la escalerilla, entré en la estructura de piedra y me coloqué sobre el agujero del suelo. Nuestros cerdos se apiñaron abajo resoplando con impaciencia. En un rincón había un palo grueso apoyado en la pared, por si alguno se entusiasmaba demasiado e intentaba trepar. El día anterior había tenido que arrear bien fuerte a uno. Todavía debían de acordarse, porque esa mañana esperaron a que mis heces cayeran al suelo antes de comenzar a pelearse por ellas. Volví a casa, me até a mi hermano pequeño a la espalda y salí a buscar agua al pozo del pueblo. Hacía tres viajes de ida y vuelta, cargada con varios cántaros de barro, para traer toda el agua que necesitábamos por la mañana. Luego iba a recoger estiércol, que usábamos como combustible para calentarnos y cocinar. Eso también tenía que hacerlo temprano, porque había mucha competencia con otras mujeres y niñas del pueblo. Una vez terminadas mis tareas, mi hermano pequeño y yo volvíamos a casa.

Dentro de nuestro cercado vivíamos tres generaciones de mi familia: Madre, Padre y nosotros, los niños, en la casa grande, y Abuela, en la casita, al otro lado del patio. Las dos construcciones eran de piedra y tenían un tejado de paja asegurado con rocas, para protegerlo de los vendavales de la isla. En la casa grande había tres estancias: la cocina, la habitación principal y una habitación especial que las mujeres utilizaban la noche de bodas y después de dar a luz.

Ese día, mi hermano y yo nos encontramos, como siempre, la habitación principal iluminada. Las lámparas de aceite parpadeaban y chisporroteaban, y nuestras esterillas de paja estaban dobladas y apiladas junto a la pared. Abuela, que ya se había vestido, bebía agua caliente. Llevaba un pañuelo en la cabeza. Tenía la cara y las manos huesudas y del color de las castañas. Mis hermanos Primero y Segundo, de doce y diez años, estaban sentados en el suelo con las piernas cruzadas y las rodillas tocándose. Enfrente de ellos, Hermano Tercero no paraba de moverse, como correspondía a un niño de siete años. Hermana Pequeña, seis años menor que yo, ayudaba a mi madre a llenar tres cestos. Madre, muy concentrada, comprobaba meticulosamente si lo tenía todo, mientras Hermana Pequeña intentaba demostrar que ya estaba preparada para ser una buena haenyeo.

Padre sirvió en unos cuencos la sopa de mijo que había preparado. Yo lo quería mucho. Tenía la cara alargada, como Abuela. Las manos delgadas y de piel suave, y una mirada profunda y llena de ternura. Casi siempre iba descalzo, dejando al aire sus pies callosos, y con un gorro de piel de perro calado hasta las orejas. También solía llevar muchas capas de ropa; así disimulaba lo poco que comía y lo mucho que se sacrificaba para que sus hijos pudieran comer más. Madre, que no paraba ni un minuto, se sentó con nosotros en el suelo y amamantó a mi hermano pequeño mientras desayunaba. En cuanto ella terminó la sopa y el bebé de mamar, le dio el crío a mi padre. Como todos los maridos de las haenyeo, pasaría el día bajo el Árbol de la Aldea, en la plaza principal de Hado, junto con los otros padres. Entre todos cuidaban de los bebés y los niños pequeños. Tras comprobar que Hermano Cuarto estaba tranquilo en los brazos de Padre, Madre me hizo señas para que me diera prisa. Yo estaba nerviosísima. Había llegado el día en que debía demostrar mi valía.

El cielo empezaba a teñirse de rosa cuando Madre, Abuela y yo salimos afuera. Ahora que ya había luz, con cada respiración podía ver cómo el vaho de mi aliento salía y se desvanecía rápidamente en el aire frío. Abuela se movía con cautela; en cambio, cada paso y cada ademán de Madre transmitían eficiencia y seguridad. Tenía las piernas y los brazos fuertes. Llevaba el cesto a la espalda, y me ayudó a atarme las correas del mío. Y aquí estaba yo, lista para ir a trabajar por primera vez; a partir de ahora ayudaría a mantener y cuidar a mi familia, y entraría a formar parte de la larga tradición de las haenyeo. De pronto me sentí mujer.

Madre levantó el tercer cesto, se lo puso delante del cuerpo, y las tres juntas salimos por el paso abierto en el muro de piedra que protegía nuestra pequeña parcela de propiedad de las miradas curiosas y el viento incesante. Enfilamos el olle, uno de los miles de senderos bordeados de muretes de piedra que serpenteaban entre las casas y se extendían por toda la isla. Siempre estábamos atentos, por si veíamos a soldados japoneses. Desde hacía ya veintiocho años, Corea era una colonia japonesa. Odiábamos a los japoneses, y ellos nos odiaban a nosotros. Eran crueles, y nos robaban la comida. En las tierras del interior se llevaban el ganado. Robaban todo lo que podían. Habían matado a los padres de Abuela, y ella los llamaba chokpari, demonios con pezuñas. Madre siempre me decía que si veía de lejos a colonizadores, ya fuesen soldados o civiles, debía correr a esconderme, porque ya habían arruinado la vida a muchas niñas de Jeju.

Doblamos una esquina y continuamos por un tramo largo y recto. A lo lejos, mi amiga Mi-ja brincaba sin moverse del sitio para entrar en calor, pero también de la emoción. Tenía una piel perfecta, y la luz de la mañana hacía brillar sus mejillas. Yo había crecido en el barrio de Gul-dong de Hado, mientras que Mi-ja vivía en el de Sut-dong, y siempre nos encontrábamos en aquel punto. Nada más vernos, y antes de que hubiésemos llegado a su lado, hizo una profunda reverencia en señal de gratitud y humildad hacia mi madre, que se dobló ligeramente por la cintura para agradecer la muestra de respeto de Mi-ja. Entonces Madre, sin decir nada, ató el tercer cesto a la espalda de Mi-ja.

—Vosotras dos aprendisteis a nadar juntas —dijo Madre—. Habéis observado y os habéis instruido, como buenas aprendizas. Tú, Mi-ja, te has esforzado especialmente.

No me importó que Madre distinguiera a Mi-ja, porque mi amiga se lo había ganado.

—No sé cómo darle las gracias —dijo Mi-ja con una voz delicada como los pétalos de una flor—. Ha sido usted como una madre para mí, y siempre le estaré agradecida.

—Y tú eres como otra hija para mí —replicó Madre—. Hoy, Halmang Samseung ha terminado su trabajo. La diosa que cuida del embarazo, el parto y la crianza de los niños hasta los quince años ya se ha liberado por completo de sus obligaciones. Muchas niñas tienen amigas, pero vosotras dos estáis mucho más unidas. Sois como hermanas, y espero que hoy y siempre cuidéis la una de la otra como lo hacen los que tienen un vínculo de sangre.

Además de una bendición, era una advertencia.

Mi-ja fue la primera en expresar sus temores:

—Entiendo lo de tomar «aire de agua» antes de sumergirme: debo retener todo el aire que pueda dentro de mí. Pero ¿y si no sé cuándo subir? ¿Y si no consigo hacer un buen sumbisori?

Tomar aire de agua es el método que emplean las haenyeo para acumular en los pulmones suficiente aire para mantenerse vivas mientras bucean. El sumbisori es el sonido característico (parecido a un silbido, o a la llamada de un delfín) que hace la haenyeo cuando rompe la superficie del mar, suelta el aire que tiene en los pulmones e, inmediatamente, vuelve a inhalar.

—Coger aire no tiene por qué suponer ningún problema —dijo Madre—. Cuando estás en tierra respiras todo el rato.

—Pero ¿y si me quedo sin aire en aguas profundas? —preguntó Mi-ja.

—Inhalar, exhalar. A todas las haenyeo principiantes les preocupa eso —soltó Abuela antes de que mi madre pudiera contestar. A veces, Mi-ja la impacientaba.

—Tu cuerpo sabrá qué tiene que hacer —la tranquilizó Madre—. Y, si no, yo estaré allí contigo. Soy la responsable de que todas las mujeres vuelvan sanas y salvas a la orilla. Escucho los sumbisori de todas las mujeres de nuestra cooperativa: juntos crean la canción del aire y el viento de Jeju. En nuestro sumbisori resuenan las entrañas del mundo. Nos conecta con el futuro y con el pasado. Nuestro sumbisori nos permite servir primero a nuestros padres y luego a nuestros hijos.

Esas palabras me reconfortaron, pero también me di cuenta de que Mi-ja me miraba fijamente, expectante. El día anterior habíamos acordado contarle nuestras preocupaciones a mi madre. Mi-ja ya le había dicho las suyas, pero yo no me atrevía a confesar las mías. Había muchas formas de morir en el mar, y tenía miedo. Pese a que mi madre acababa de decir que Mi-ja era como una hija para ella (y a mí me hacía feliz que amase a mi amiga), yo era su verdadera hija, y no quería parecer menos que Mi-ja.

Me libré de tener que decir nada porque Madre se puso en marcha. Mi-ja y yo la seguimos; Abuela iba detrás de nosotras. Fuimos dejando atrás una casa tras otra, todas de piedra y con tejado de paja. En la plaza principal sólo había mujeres, que iban camino del mar, atraídas por el olor a salitre y el sonido de las olas. Justo antes de llegar a la playa, todas nos detuvimos a recoger un puñado de hojas de una mata de artemisa y nos lo guardamos en el cesto. Doblamos otra esquina y llegamos a la orilla, donde caminamos sobre las rocas, irregulares y rugosas, hasta el bulteok, el sitio de la hoguera.

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Era una estructura circular, sin techo, construida con piedras de lava. No tenía puerta, pero las dos paredes curvadas se solapaban para impedir que nos vieran desde fuera. En el arrecife había otra construcción parecida que usábamos para bañarnos y lavar la ropa. Ya en el agua, donde ésta nos llegaba por las rodillas, había una zona cercada por un muro de piedra. Las anchoas entraban con la marea alta y quedaban atrapadas cuando bajaba, y en ese momento las recogíamos con unas redes.

En Hado teníamos siete bulteok, uno para cada barrio y su cooperativa de buceadoras, que en nuestro caso estaba formada por treinta mujeres. Quizá parecería más lógico tener la entrada orientada al mar, porque las haenyeo van y vienen muchas veces a lo largo del día, pero que estuviera en la parte de atrás nos protegía del azote constante de los vientos marinos.

Por encima del ruido de las olas oíamos las voces de las mujeres, que reían, bromeaban y se lanzaban pullas las unas a las otras. Cuando entramos, las mujeres que estaban allí reunidas se dieron la vuelta para ver quién había llegado. Todas llevaban chaquetas acolchadas y pantalones.

Mi-ja dejó su cesto en el suelo y corrió hacia la hoguera.

—Ahora no hace falta que te preocupes por el fuego —le dijo Yang Do-saeng con cordialidad. Tenía los pómulos prominentes y los codos puntiagudos. Era la única persona que conocía que siempre llevaba trenzas. Era un poco mayor que mi madre y, además de bucear juntas, eran íntimas amigas. El marido de Do-saeng le había dado un hijo y una hija, nada más. Una pena, desde luego. Sin embargo, nuestras familias estaban muy unidas, sobre todo desde que el marido de Do-saeng se había marchado a Japón a trabajar en una fábrica. En esa época cerca de una cuarta parte de la población de Jeju vivía en Japón, porque en nuestra isla un billete de ferry valía la mitad de lo que costaba una bolsa de arroz. El marido de Do-saeng llevaba tantos años en Hiroshima que yo ya no recordaba su cara. Mi madre ayudaba a Do-saeng en el culto a sus antepasados, y Do-saeng ayudaba a cocinar a mi madre cuando hacíamos los ritos en nuestra familia—. Ya no eres una aprendiza. Hoy vas a venir con nosotras. ¿Estás preparada, niña?

—Sí, Tía —contestó Mi-ja, empleando el nombre honorífico, e hizo una reverencia y se retiró.

Las otras mujeres rieron, y Mi-ja se ruborizó.

—No os burléis de ella —dijo mi madre—. Hoy, estas dos ya tienen bastantes preocupaciones.

Como jefa de su cooperativa, Madre se sentó dando la espalda a la parte del muro de piedra más protegida del viento. Una vez que ella estuvo instalada, las otras mujeres ocuparon sus sitios siguiendo un orden estricto, según el nivel de buceo de cada una. Las abuelas buceadoras (mujeres que, como mi madre, habían alcanzado el máximo estatus en el mar aunque todavía no fueran abuelas en tierra) tenían los mejores asientos. Las abuelas de verdad, como la mía, no tenían apelativo. Eran nuestras abuelas, sencillamente, y había que tratarlas con respeto. Pese a haberse retirado del trabajo en el mar, disfrutaban de la compañía de las mujeres con las que habían pasado la mayor parte de la vida. Ahora a Abuela y a sus amigas les gustaba recoger las algas que el viento dejaba en la arena, o bucear cerca de la orilla, en el arrecife; así podían pasar el día bromeando y compartiendo sus problemas. Eran muy respetadas, y ocupaban los segundos asientos en importancia en el bulteok. A continuación estaban las jóvenes buceadoras, de entre veinte y treinta años, que todavía estaban perfeccionando su técnica. Mi-ja y yo nos sentamos con las pequeñas buceadoras: las dos hermanas Kang, Gu-ja y Gu-sun, que eran dos y tres años mayores que nosotras respectivamente, y la hija de Do-saeng, Yu-ri, que tenía diecinueve años. Las tres tenían un par de años de experiencia buceando, mientras que Mi-ja y yo éramos verdaderas principiantes; sin embargo, las cinco pertenecíamos a la categoría inferior de la cooperativa, lo que significaba que nuestros asientos estaban junto a la abertura del bulteok. El viento frío soplaba a nuestro alrededor, y Mi-ja y yo nos acercamos cuanto pudimos al fuego. Era importante calentarse bien antes de entrar en el mar.

Madre comenzó la reunión preguntando:

—¿Hay comida en esta playa?

—Hay más comida que granos de arena hay en Jeju —dijo Do-saeng con voz cantarina—, suponiendo que en la isla abundase la arena en lugar de las rocas.

—Más comida que en veinte lunas —terció otra mujer—, suponiendo que hubiese veinte lunas en el firmamento.

—Más comida que en cincuenta tarros de la casa de mi abuela —soltó otra que había enviudado prematuramente—, suponiendo que mi abuela tuviese cincuenta tarros.

—Estupendo —respondió Madre, cerrando aquellas chanzas rituales—. Pues vamos a decidir dónde bucearemos hoy.

En casa siempre nos parecía que hablaba en voz muy alta, sin embargo allí su voz no destacaba entre la de las otras mujeres. Con el tiempo, todas las haenyeo perdían audición, por la presión del agua, así que algún día yo también hablaría en voz muy alta.

El mar no es propiedad de nadie, pero cada cooperativa tenía asignados derechos de buceo en territorios específicos: lo bastante cerca de la orilla para llegar andando, a una distancia de entre veinte y treinta minutos a nado desde tierra, o más alejados y sólo accesibles en barca; una cala, una meseta submarina no lejos de la orilla, la costa norte de determinado islote, etcétera. Mi-ja y yo escuchábamos mientras las mujeres valoraban las distintas opciones. Como pequeñas buceadoras, todavía no teníamos derecho a hablar, e incluso las jóvenes buceadoras guardaban silencio. Madre descartó la mayoría de las propuestas.

—Esa zona está sobreexplotada —le dijo a Do-saeng.

Ante otro comentario, replicó:

—Igual que sucede en tierra, nuestros campos del mar siguen el ritmo de las estaciones. Para respetar las épocas de desove, no se pueden coger moluscos del fondo entre julio y septiembre, ni abulones entre octubre y diciembre. Tenemos el deber de guardar y cuidar el mar. Si los protegemos, nuestros campos submarinos siempre nos darán de comer.

Por fin tomó una decisión:

—Remaremos hasta ese cañón submarino que hay cerca de aquí.

—Las pequeñas buceadoras no están preparadas —objetó una de las abuelas buceadoras—. Todavía no son lo bastante fuertes, y tampoco se han ganado ese privilegio.

Madre levantó una mano.

—En esa zona, la lava que derramó Abuela Seolmundae formó ese cañón rocoso. Sus paredes son aptas para buceadoras de todos los niveles. Las más expertas podemos llegar hasta la profundidad que queramos, y las pequeñas buceadoras pueden buscar más cerca de la superficie. Las hermanas Kang enseñarán a Mi-ja lo que tiene que hacer. Y me gustaría que la hija de Do-saeng, Yu-ri, vigilase a Young-sook. Yu-ri pronto será una joven buceadora, de modo que esto le servirá de entrenamiento.

Después de que Madre nos explicara el porqué de su decisión nadie puso más objeciones. Las madres tienen una relación más estrecha con las otras mujeres de su cooperativa de buceadoras que con sus propios hijos. Ese día, mi madre y yo habíamos empezado a formar esa relación más íntima. Observando a Do-saeng y a Yu-ri juntas, podía imaginar cómo sería mi relación con mi madre al cabo de unos años. Pero aquel momento también me demostró por qué habían escogido a Madre jefa de buceadoras. Era una auténtica líder, y su criterio era muy apreciado.

—Toda mujer que entra en el mar lleva un ataúd a la espalda —les advirtió a las buceadoras—. No olvidéis que en el mundo submarino llevamos a cuestas el peso de nuestros problemas en la tierra. Todos los días bordeamos la línea que separa la vida de la muerte.

Esas frases eran dichos tradicionales que se repetían a menudo en Jeju, pero todas asentimos con solemnidad, como si acabáramos de oírlas por primera vez.

—Cuando nos adentramos en el mar, compartimos el trabajo y el peligro —añadió Madre—. Cosechamos juntas, seleccionamos juntas y vendemos juntas. El mar es un bien comunal.

Tras declarar esta última norma (como si alguna pudiese olvidar algo tan básico), se dio dos palmadas en los muslos, lo que indicaba que la reunión había terminado y teníamos que ponernos en marcha. Mi abuela y sus amigas salieron en fila y se pusieron a trabajar en la orilla, mientras que Madre le hizo señas a Yu-ri para que me ayudara a prepararme. Yu-ri y yo nos conocíamos de toda la vida, y obviamente formábamos una buena pareja. Las hermanas Kang no conocían mucho a Mi-ja y seguramente querrían mantenerse a cierta distancia de ella. Mi-ja era huérfana, su padre había sido colaboracionista y había trabajado para los japoneses en Ciudad de Jeju. Pero, aunque no les gustara, las hermanas Kang tenían que obedecer las órdenes de mi madre.

—Quédate cerca del fuego —me dijo Yu-ri—. Cuanto antes te desvistas y te prepares, antes entraremos en el agua. Cuanto antes entremos en el agua, antes saldremos. Y ahora, haz lo mismo que yo.

Nos acercamos más al fuego y nos quitamos la ropa. Nadie tenía vergüenza a la hora de desnudarse. Era como estar juntas en el baño comunal. Algunas jóvenes estaban embarazadas y tenían el vientre hinchado. Las mayores tenían estrías. Las aún más mayores tenían los pechos caídos de tanto vivir y tanto dar. Mi cuerpo y el de Mi-ja también reflejaban nuestra edad. Teníamos quince años, pero debido a nuestras duras condiciones de vida (poca comida, mucho trabajo físico y clima frío), estábamos flacas como anguilas, todavía no nos habían crecido los pechos y sólo teníamos un poco de vello entre las piernas. Nos quedamos allí plantadas, temblando, mientras Yu-ri, Gu-ja y Gu-sun nos ayudaban a ponernos el traje de buceo de tres piezas, hecho de sencillo algodón blanco. El color blanco hacía que se nos viera más fácilmente bajo el agua, y se suponía que ahuyentaba a los tiburones y los delfines, pero la tela era muy fina y no serviría para calentarnos.

—Haced como si Mi-ja fuese un bebé y abrochadle bien el traje —dijo Yu-ri a las hermanas Kang. Entonces añadió dirigiéndose a mí—: Los lados están abiertos, ¿lo ves? Se abrochan con estas correas. Así, el traje se ciñe o se da de sí cuando la mujer está embarazada, o engorda o adelgaza por otras razones. —Se inclinó hacia mí—. Estoy deseando que llegue el día en que pueda anunciarle a mi suegra que mi esposo ha plantado una semilla en mi vientre. Será un varón, estoy segura. Cuando yo muera, mi hijo celebrará los rituales en mi honor.

La boda de Yu-ri estaba fijada para el mes siguiente y, como es lógico, ella ya soñaba con tener un hijo varón; pero en aquel momento su expectación no me parecía importante. Notaba el roce de sus dedos gélidos, y se me puso la piel de gallina. Yu-ri me ciñó el traje cuanto pudo pero, aun así, me quedaba holgado. A Mi-ja le pasaba lo mismo. Estos trajes siempre se han considerado indecorosos, pues ninguna coreana correcta y formal habría expuesto tanta piel, ni en el continente ni en nuestra isla.

Yu-ri no paraba de hablar.

—Mi hermano es muy listo, y se esfuerza mucho en la escuela. —Mi madre quizá fuese la jefa de la cooperativa, pero Do-saeng tenía un hijo que era el orgullo de todas las familias de Hado—. Todos dicen que, algún día, Jun-bu irá a estudiar a Japón.

Jun-bu era el único hijo varón de la familia, y el beneficio de la educación le estaba reservado a él. Yu-ri y su padre contribuían con sus ingresos a los gastos familiares, aunque no ganaban tanto como Do-saeng, mientras que mi madre tenía que ganar todo el dinero para enviar a mis hermanos a la escuela sin ayuda de mi padre. Si conseguían pasar de primaria, podrían considerarse afortunados.

—Tendré que trabajar mucho para ayudar a pagar la matrícula de Jun-bu y, al mismo tiempo, mantener a mi nueva familia. —Yu-ri se volvió hacia su madre y su futura suegra y les dijo—: Soy muy trabajadora, ¿verdad?

En nuestro pueblo, Yu-ri tenía fama de cotorra. Parecía muy alegre y optimista y era cierto que era muy trabajadora, y por eso había sido fácil encontrarle marido.

Se volvió de nuevo hacia mí.

—Si tus padres te quieren mucho, te buscarán un marido aquí, en Hado. Así conservarás tus derechos de buceo, y podrás ver a tu familia a diario. —Entonces, al darse cuenta de lo que acababa de decir, le dio una palmadita en el brazo a Mi-ja—. Lo siento. Se me había olvidado que tú no tienes padres. —Pero no se lo pensó mucho, y enseguida añadió, con sincera curiosidad—: ¿Qué harás para buscar marido?

Miré de reojo a Mi-ja, confiando en que no se hubiese ofendido por el poco tacto de Yu-ri, pero mi amiga estaba muy entretenida tratando de seguir las instrucciones de las hermanas Kang.

Una vez abrochados los trajes, nos pusimos encima las chaquetas de agua. Sólo se usaban si hacía frío, aunque yo no lo entendía, porque estaban confeccionadas con el mismo algodón fino que el resto del traje. Por último, nos atamos los pañuelos a la cabeza, para conservar el calor corporal y porque nadie quería que un mechón de pelo suelto se le enredara con las algas o se le enganchara en una roca.

—Tomad —dijo Yu-ri poniéndonos unos paquetitos de papel llenos de polvo blanco en las manos—. Comeos esto, así evitaréis la enfermedad de las buceadoras: mareo, dolor de cabeza y otras molestias. ¡Pitidos en los oídos! —Yu-ri hizo una mueca de desagrado—. Yo sólo soy una pequeña buceadora y ya lo tengo: ¡Ñiiiiii! —dijo haciendo el sonido agudo que por lo visto sonaba dentro de su cabeza.

Siguiendo el ejemplo de Yu-ri y de las hermanas Kang, Mija y yo abrimos los paquetes de papel, echamos la cabeza hacia atrás como si fuésemos polluelos, nos metimos aquel polvo blanco y amargo en la boca y nos lo tragamos. Luego vimos a las otras buceadoras escupiendo en sus cuchillos para tener buena suerte y encontrar orejas de mar, unos moluscos muy codiciados, pues se pagaba mucho dinero por ellos.

Madre revisó mi equipo y se aseguró de que lo tuviera todo. Se concentró especialmente en mi tewak, una calabaza vaciada y secada al sol que me serviría de boya. A continuación hizo lo mismo con Mi-ja. Todas teníamos un bitchang para obligar a salir a los animales de sus guaridas y un gancho de dos puntas para hurgar entre las grietas que también usábamos para desplazarnos, clavándolo en la arena y en las rocas. Además llevábamos una hoz para cortar algas, un cuchillo para abrir erizos de mar y un arpón para defendernos. Mi-ja y yo habíamos practicado con estos utensilios cuando jugábamos en el arrecife, pero Madre, muy seria, nos dijo: «Hoy no los utilicéis. Sólo quiero que os familiaricéis con el agua. Prestad atención a vuestro entorno, porque todo será diferente.»

Salimos juntas del bulteok. Unas horas más tarde regresaríamos para guardar y reparar nuestro material, pesar la captura del día, dividir las ganancias y, lo más importante, volver a entrar en calor. Quizá hasta cocinásemos y compartiésemos algo de lo que habíamos sacado en nuestras nasas, si la captura había sido abundante. Yo estaba impaciente y entusiasmada.

Las otras mujeres subieron a la barca, pero Mi-ja y yo nos quedamos en el embarcadero. Mi-ja hurgó en su cesto y sacó un libro; yo saqué un trozo de carbón del mío. Mi amiga arrancó una hoja del libro y la colocó sobre el nombre de la barca, escrito en el costado. Aunque todavía estaba amarrada, las olas la hacían cabecear, y a Mi-ja le costaba sujetar la hoja que yo tenía que frotar con el trozo de carbón. Con esfuerzo, al final lo conseguimos. Luego nos paramos a examinar el resultado: la imagen borrosa de un carácter que, aunque no sabíamos leer, sabíamos que significaba «amanecer». Llevábamos años registrando nuestros momentos favoritos de esa manera. Aquél no era nuestro mejor calco, pero serviría para recordar aquel día el resto de nuestras vidas.

—Daos prisa —nos apremió Madre; su paciencia tenía un límite.

Mi-ja guardó la hoja en el libro para que no se estropeara y subió a la barca. Empezamos a remar y, poco a poco, nos separamos del embarcadero. Mi madre empezó a cantar.

—Vamos a bucear.

Su voz, áspera, cortaba el viento y llegaba hasta mis oídos.

—Vamos a bucear —le respondimos nosotras remando con la melodía.

—Caracolas doradas y abulones plateados —continuó.

—¡Vamos a cogerlos todos!

—Para regalárselos a mi amante…

—Cuando llegue a casa.

No pude evitar sonrojarme. Mi madre no tenía ningún amante, pero aquélla era una canción muy bonita y a todas las mujeres les gustaba cantarla.

Había buena marea y el mar estaba relativamente en calma. Aun así, y a pesar de que íbamos remando y cantando, empecé a marearme, y las mejillas de Mi-ja, normalmente sonrosadas, se tornaron de un gris ceniza. Llegamos al sitio donde íbamos a bucear y recogimos los remos. La barca se mecía con suavidad. Me até el bitchang a la cintura y cogí mi nasa y mi tewak. Soplaba un viento ligero, y me puse a temblar. Me sentía muy desgraciada.

—Le suplico al divino dragón del mar durante mil años, durante diez mil años —entonó Madre—. Por favor, espíritu que reinas en los océanos, no nos envíes vientos fuertes. Por favor, no nos envíes corrientes fuertes.

Vertió al agua las ofrendas de arroz y vino de arroz. Una vez realizado el ritual, frotamos el interior de nuestras gafas de buceo con la artemisa que habíamos recogido en la playa para que no se empañaran, y entonces nos las colocamos. Madre iba contando a medida que las mujeres saltaban al agua y se alejaban nadando, por parejas o de tres en tres. Ahora la barca se mecía más, porque casi todas las haenyeo habían saltado. Yu-ri se sujetó para mantener el equilibrio, hasta que por fin se zambulló aprovechando una ola. Las hermanas Kang se dieron la mano para lanzarse. Eran inseparables, y yo confiaba en que su lealtad se expandiera e incluyera a Mi-ja, y que las hermanas la cuidasen tanto como se cuidaban la una a la otra.

Madre nos dio un último consejo:

—Dicen que el mar es como una madre. El agua salada, las pulsaciones y las oscilaciones de las corrientes, el amplificado latido de tu corazón y los ruidos amortiguados que resuenan a través del agua recuerdan a las sensaciones del interior del útero. Pero las haenyeo tenemos que pensar siempre en ganar dinero… y en sobrevivir. ¿Entendido? —Asentimos, y ella continuó—: Hoy es vuestro primer día. No seáis codiciosas. Si veis un pulpo, no os acerquéis. Las haenyeo deben aprender a dejar sin sentido a los pulpos bajo el agua antes de que ellos se defiendan con sus tentáculos. ¡Y tampoco os acerquéis a las orejas de mar!

No hizo falta que nos explicara nada más. Una haenyeo inexperta puede tardar meses en estar preparada para arriesgarse a arrancar una oreja de mar de una roca. Cuando están tranquilos, estos moluscos se desprenden de las rocas y flotan, dejando que las nutritivas aguas del mar los atraviesen y los impulsen. Si se asustan (aunque sólo sea por la corriente causada por un pez grande al pasar), se agarran a las rocas, porque la concha protege al animal que hay dentro de los depredadores. Por esa razón, siempre hay que acercarse a una oreja de mar con cuidado; hincar la punta del bitchang bajo la concha y hacer palanca para desengancharla de la roca con un movimiento rápido, antes de que el molusco se cierre y atrape el utensilio que la buceadora lleva atado a la cintura, anclándola a la roca. Las mujeres necesitan años de experiencia para aprender a soltarse y tener tiempo suficiente para salir a la superficie a respirar. Yo, desde luego, no tenía ninguna prisa por probar una actividad tan peligrosa.

—Hoy me seguiréis a mí, igual que yo seguí a mi madre en su día —continuó Madre—, y como un día vuestras hijas os seguirán a vosotras. Sois pequeñas buceadoras. No queráis ir más lejos de lo que os corresponde.

Tras esa bendición y esa advertencia, Mi-ja me dio la mano y, juntas, saltamos de pie al agua. Sentí un frío instantáneo y sobrecogedor. Me aferré a mi boya mientras pataleaba con fuerza. Mi-ja y yo nos miramos a los ojos. Había llegado el momento de tomar aire de agua. De nuevo las dos a la vez tomamos una bocanada, y otra, y otra, llenando los pulmones al máximo y expandiendo el pecho. Entonces nos sumergimos. Cerca de la superficie, la luz que se filtraba se volvía de un brillante color turquesa. A nuestro alrededor veíamos descender a otras buceadoras, con la cabeza apuntando al fondo y los pies al cielo, adentrándose en el cañón que Madre nos había descrito. Fuertes y rápidas, se hundían más y más con cada brazada y avanzaban hacia unas aguas de un azul más oscuro. Mi-ja y yo intentábamos conseguir aquel ángulo recto. Para mí, lo peor eran las gafas. El marco de metal se me clavaba en la cara por culpa de la presión del agua, a pesar de que no estábamos a mucha profundidad. Además, al limitar mi visión periférica, mi sensación de peligro aumentaba y me obligaba a estar aún más atenta en aquel entorno tan inquietante.

Como pequeñas buceadoras, Yu-ri, las hermanas Kang, Mija y yo sólo podíamos llegar a una profundidad equivalente al doble de nuestra estatura, no así mi madre, a quien vi desaparecer en el cañón oscuro. Siempre había oído decir que mi madre podía bajar veinte metros, e incluso más, cogiendo aire una sola vez, sin embargo a mí ya me ardían los pulmones y notaba los latidos del corazón en los oídos. Pataleé para ascender, porque tenía la sensación de que mis pulmones iban a explotar. En cuanto llegué a la superficie, mi sumbisori estalló y se dispersó por el aire. Sonó como un profundo suspiro, aaaaaah, y me di cuenta de que era cierto lo que Madre siempre me había explicado: mi sumbisori era único. El de Mi-ja también, como pude comprobar cuando mi amiga salió a la superficie a mi lado: ¡uiiiiii! Nos sonreímos, volvimos a tomar más aire de agua y nos sumergimos de nuevo. El instinto me indicaba lo que debía hacer. La siguiente vez que salí a la superficie tenía un erizo de mar en la mano. ¡Mi primera captura! Lo metí en la nasa que llevaba atada al tewak, volví a respirar hondo varias veces y me sumergí. No me alejaba de Yu-ri aunque subiéramos a la superficie a intervalos diferentes. Cuando buscaba con la mirada a Mi-ja, siempre la veía a escasos metros de una de las hermanas Kang, que no se separaban nunca.

Repetimos varias veces esta secuencia, parando de vez en cuando para descansar sobre nuestras boyas, hasta que fue la hora de regresar a la barca. Cuando la alcancé, subí mi nasa, mucho más ligera que la de las otras buceadoras, y sin mucha dificultad la llevé hasta el otro lado de la cubierta para que la mujer que iba detrás de mí pudiera subir con su captura. Madre lo supervisaba todo y a todas.

Lisa Lee
Lisa Lee. Foto: Wikipedia

Lisa See (París, 1955) se crió en el seno de una familia china asentada en Estados Unidos. Biznieta del patriarca del Barrio Chino de Los Ángeles, narró en On Gold Mountain la epopeya americana de su bisabuelo Fong See. Con El abanico de seda (Salamandra, 2005), que se convirtió en un best-seller internacional, alcanzó una repercusión que se vio confirmada con sus siguientes novelas: El pabellón de las peonías (Salamandra, 2008), Dos chicas en Shanghai (Salamandra, 2010) y, ahora, La isla de las mujeres del mar. Vive en Los Ángeles con su marido y sus dos hijos.

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