La luna

LECTURAS | La luna, de Joachim Kalka

Un texto apasionante y poliédrico, siempre inacabado, sobre este ente cósmico misterioso y mutable, editado por Siruela.

Ciudad de México 26 de septiembre (MaremotoM).- La simbología y el influjo de la luna a lo largo de nuestra historia son tan amplios como diversos y son infinitos los recorridos que pueden hacerse en torno a este astro que siempre ha estado ahí, testigo y parte del desarrollo de las civilizaciones.

Joachim Kalka presenta un paisaje tan erudito como personal que orbita en torno a la luna; notas y reflexiones sobre ciencia, filosofía, literatura y distintas expresiones artísticas que van desde la pintura, la escultura y la poesía, hasta otras más recientes como el cine o el cómic.

Un texto apasionante y poliédrico, siempre inacabado, sobre este ente cósmico misterioso y mutable.

La luna Joachim Kalka
La luna. Ediciones Siruela. Foto: Cortesía

Fragmento de La luna, de Joachim Kalka, con autorización de Siruela

Nota preliminar

Es evidente que este libro no pretende ser sistemático ni general, ni reunir los pasajes literarios más importantes y bellos acerca de la fascinación que siente la humanidad al contemplar la luna; simplemente reúne algunas asociaciones aleatorias. Cualquier buen lector («a veces creo que los buenos lectores son aún más escasos que los buenos autores», dice Borges, pero, en mi opinión, es demasiado pesimista aquí) podrá añadir algo durante la lectura de estos constructos de fantasía y recuerdo.

Borges es, por cierto, uno de los escritores que volvía a la luna una y otra vez; en una observación más detenida, es sorprendente comprobar que también volvían muchos otros. Dos de sus poemas son especialmente llamativos. En uno de ellos, titulado «La luna» (de El hacedor, 1960), se presenta al inicio a un hombre que emprende el ambicioso proyecto de reunir el mundo entero «en un libro» y, al terminar el último verso del «alto y arduo manuscrito», alza la cabeza dando gracias a la fortuna, ve «un bruñido disco en el aire» y comprende, aturdido, «que se había olvidado de la luna». Esto lleva al comentario moral, melancólico y desarmante, como ocurre siempre con Borges, de que en la literatura (el «intercambio de vida en palabras») siempre se pierde lo esencial. Entre otras muchas lunas, en este poema se menciona también «la luna sangrienta de Quevedo». Esa «luna sangrienta» es una cita de un famoso soneto del poeta barroco, dedicada al recuerdo de uno de sus mecenas, el duque de Osuna, que murió en la cárcel antes de que concluyera su juicio por alta traición, al haber caído en desgracia con la llegada al trono del nuevo rey, Felipe IV. De ese hombre Quevedo dice que «su tumba son de Flandes las campañas, / y su epitafio la sangrienta luna». A Borges debió de impresionarle el poema de forma especial, ya que utiliza el segundo de esos versos como clímax de su propio poema sobre Quevedo («A un viejo poeta»), que sigue a «La luna» algunas páginas después. La tragedia del viejo poeta cansado consiste en que, al levantar la vista y contemplar la luna escarlata, es incapaz de recordar ya su propio verso: «Sin recordar el verso que escribiste: / y su epitafio la sangrienta luna». Este olvido de la luna o, lo que es peor, del imponente verso sobre la luna por parte del poeta corrobora lo «esencial» de la luna que siempre se pierde.

Mi libro es, de alguna manera, como el nombre que otro autor argentino de comienzos del siglo XX dio a un poemario impregnado de asociaciones de la commedia dell’arte, un «lunario sentimental». «Lunario», ese bello neologismo de Leopoldo Lugones, solo podría designarse en alemán con el grave equivalente latino lunarium, ya que en lugar de formar un término a partir de la combinación de dos palabras —Mondbuch («libro de la luna»)—, das Mondende («lo lunar») debería generar una palabra propia. En caso de querer un término genuinamente alemán, se podría hablar (por un momento) de Monderei («lunario»). El principio del texto está claro: el collage o la superposición.

Con irónico orgullo, Lugones indica, a modo de introducción, que su familia tiene dos medias lunas en los campos 1 y 4 de su escudo de armas cuarteado y que, en el texto de un docto heraldista del siglo XVII, se encuentra la cita: «A Lugones, lunones». Por mi parte, no puedo ofrecer nada comparable, pero sí miro hacia la luna reflexivamente cuando camino por la calle o me asomo por la ventana. En mi caso, la sentimentalidad radica en la intimidad que me permito con la luna, como si siempre pudiera o debiera saludarla. Ya sé que se trata de una roca cósmica o, según la tradición de diversos pueblos, de un símbolo eternamente cambiante; sin embargo, no la comprendo, y la amo.

El 10 de mayo de 1886, Chéjov escribió a su hermano: «En las descripciones de la naturaleza, uno debe detenerse en detalles pequeños… Por ejemplo, en noches de luna llena, escribes que en el dique brilla como una estrella el cuello roto de una botella y pasa como una bala la sombra de un perro o un lobo…». Aquí arremete contra tópicos tradicionales (se menciona el crepúsculo y los gorjeos alegres de las golondrinas sobre el agua); la cita muestra, entre otras cosas, que la luna se convirtió hace ya mucho en un requisito peligrosamente gastado de los paisajes del romanticismo. El escritor no debe en ningún caso dejar a la luna en el cielo; basta con que una botella rota brille en un dique por la noche para tener in nuce la magia del brillo de la luna.

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A pesar de todo, la luna es un requisito indispensable en el cielo de ciertas narraciones de paisaje, sobre todo para narraciones candorosas y seguras de sí mismas. No puede faltar siquiera allí donde no sería necesaria, donde solo sirve para crear un ambiente de aventura. Un ejemplo nimio se puede encontrar en la tira cómica Thimble Theater, de E. C. Segar, «el teatro dedal» (una bella metáfora del pequeño escenario de una tira cómica de periódico). Se trata de un título que solo conocen los especialistas, aun hoy; sin embargo, todo el mundo conoce al héroe que surgió de aquella tira cómica después de algunos rodeos: Popeye el marino. En la memorable sunday page de la tira del 3 de diciembre de 1933 comienza la historia de «Plunder Island», la isla del botín, que resulta fascinante, aunque no se comparta la opinión de Bill Blackbeard, para quien se trata de «la mejor historia de una tira cómica de todos los tiempos». Popeye y su compañero Bill Percebe, mayor que Popeye y que reaparece de pronto, toman la decisión de hacerse a la mar para conseguir un tesoro legendario («tengo ganas de volver a la mar; además me excitaciona el peligro cosa mala»). El 10 de diciembre, una semana más tarde, la historia se acelera con la noticia de que la Bruja del Mar, the Sea Hag, ha sido vista en el puerto («¡Está usted loco! Ella no se atrevería a mojar el ancla en una ciudad tan grande como esta»). Aparece un hombre medio loco de miedo, el Profesor E. N. Clenque, el único hombre que ha logrado escapar de Plunder Island (que gobierna la Bruja del Mar, como descubrimos después) y conoce la localización de la isla… El Profesor grita en la noche de la tira cómica: «The moon! The moon tells me they’re after me! I feel it! One of them is near to-night!» [«¡La luna! ¡La luna me dice que me están buscando! ¡Uno de ellos está cerca!»]. Unas viñetas después, el hombre, que se ha subido a la botavara muerto de miedo y mira por la rada, dice: «¡Ayyyyy! ¡La luna está roja detrás de su barco!». Bill Percebe responde: «Tiene razón, Popeye, la luna roja detrás del barco me dice que va a pasar algo malo esta noche».

Como es natural, los cómics mantienen una correspondencia gráfica y textual muy activa con la luna. Snoopy viaja al satélite a bordo de su caseta antes que la NASA; desde Krazy Kat, la luna supone uno de los paisajes de cómic más bellos. A mediados de los años cincuenta del siglo XX, Tintín viaja a la luna (por supuesto, con el profesor Tornasol, Milú y el capitán Haddock, además de con los grotescos detectives Hernández y Fernández, que aparecen de repente a bordo, algo que obedece a la lógica de estos cómics). El álbum Objetivo: la Luna (1953) termina con el arranque del cohete espacial; un año después siguió la continuación, Aterrizaje en la Luna. En 1954, quince años antes que Neil Armstrong, nuestro joven reportero (que nunca avisa a su redacción) pone el pie en la luna. El momento se representa en detalle; Tintín va comentando su bajada del cohete con la estación terrestre en Syldavia. En la Tierra, los oyentes reaccionan desconcertados, con gigantescos signos de interrogación sobre sus cabezas, cuando surge un prolongado «Oooooooh» de los altavoces. Tintín continúa, consternado, con la puerta del proyectil abierta y mirando hacia fuera, hacia la luna: «¡Oooh! ¡Qué alucinante espectáculo!». A continuación, sigue una descripción de la mortal quietud. «Es… es… (¿cómo describirlo?)… un paisaje de pesadilla, de muerte, de espantosa desolación… Ni un árbol, ni una flor, ni una brizna de hierba… Ni un pájaro, ni un ruido, ni una nube… En el cielo, negro como la tinta, brillan millones de estrellas… pero inmóviles, heladas, sin ese parpadeo que, desde la Tierra, las hace tan vivas…».

Joachim Kalka
Joachim Kalka. Foto: Cortesía

Joavchim Kalka nació en 1948 en Stuttgart, donde reside y trabaja como crítico y traductor. En 1996, la Academia de Darmstadt de Lengua y Poesía le concedió el Premio Johann Heinrich Voss por su labor de traducción y lo hizo académico en 1997. En 2009 ingresó en la Academia Bávara de Bellas Artes.

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