Laura Beatty

LECTURAS | La poda, de Laura Beatty

Una de las propuestas más radicales de la nueva narrativa inglesa. Un canto a la libertad y a una naturaleza perdida, la que se divisa desde nuestras ventanas.

Ciudad de México, 26 de mayo (MaremotoM).- A los quince años, Anne reunió el valor suficiente para abandonar su casa, adentrarse en el bosque que cada día veía desde su ventana y no regresar jamás. Aquel era su refugio soñado: un lugar en el que esconderse y alejarse de su caótica y disfuncional familia, convirtiéndose de modo voluntario en una vagabunda. Poco a poco, aprende a buscar comida y a cazar con sus propias manos; a construir una casa con los materiales que el propio bosque le regala y a descifrar el hipnotizante coro griego de los árboles. Observa a los zorros y a los ciervos, sobrevive a su primer y terrible invierno y conoce la amarga y cálida belleza del amor. Pero en el bosque escucha otras voces: la noche y sus rumores, un hombre armado con una pistola, niños que chapotean en las charcas… y pronto el sonido de unas motosierras lejanas, que presagian senderos bajo los árboles y pasarelas bajo el dosel de las ramas. La ciudad que poco a poco empieza a cercarla.

La poda es un libro desgarrador y hermoso, poético y brutal. Una conmovedora metáfora sobre la irresistible llamada de los bosques, que nos presenta un personaje que transita entre la huida, la adaptación y la comprensión de una certeza brutal: la que marca las pautas de una naturaleza aniquilada por el ser humano.

La poda
La poda, de Laura Beatty, con edición de Impedimenta. Foto: Cortesía

Fragmento de La poda, de Laura Beatty, con autorización de Impedimenta

Avancé, sin mirar a ningún lado, tratando de oír el alarido que a todo ha de acompañar aquellos gestos de doncella al aire arrojados, aquella raíz atrofiada y gibosa tropezando con zarzales y helechos… Silencio. Árboles, es vuestra extrañeza propia, en el bosque, frío y húmedo, tanto me horroriza que no me atrevo a oír mis pisadas. (“Árboles”, Ted Hughes Collected Poems)

Prólogo

Hubo una vez un bosque.

Nada más en un principio, replegado, filtrando luz y meditando sobre las semillas que caían en espiral desde sus vástagos hacia la maraña del suelo. Pájaros, vida salvaje. Más tarde, alguien lo encontró, lo definió. “Bosque para ochocientos cerdos.” “Tres chelines por la adquisición del bosque.” Lo usó. Demarcado, como una ciudad y nombradas sus cuadrículas. Luego se troceó en veredas, se cazó, se gestionó, se pastó, se taló, se forrajeó, se clareó, se volvió a llenar.

Ahora es un parque natural. Espacio de paintball, tiro con arco. Conejos, ratas, ardillas, alimañas en su mayoría. Y es donde van quienes huyen. Hacen rondas de vez en cuando, por supuesto y Guardabosques está ojo avizor, pero el lugar es grande y si una niña no quiere que la encuentren…

Y el pueblo está justo ahí, jugando con el bosque al escondite inglés. Ahora hay una senda llena de maleza hasta la urbanización más cercana. La intención es que la zona vaya en alza, polígonos industriales, logística, ciento veinte mil viviendas en los próximos veinte años. Pero da lo mismo. Es como un cubo que gotea. Se derraman por doquier: los mendigos, los inadaptados, los vagabundos. No da tiempo a tapar todos los agujeros. Chusma. Haraganes. Por cada vivienda que construyen hay alguien que no puede vivir en un piso, otra persona en la calle o eso es lo que parece. A vista de pájaro, los verías revolotear por las calles igual que desperdicios, los mismos rostros perdidos en los mismos lugares, desplazándose con arreglo a sus propias normas, normas que cuesta entender. Mi sector. Mi sección. Aparta. Podrías señalarlos en un plano si quisieras. Tienen la constancia de las Cruces de Leonor o de las fábricas de zapatos.

Mira a tu alrededor.

Junto a la comisaría, diez y media de la noche, chicos de la urbanización. Golfillos algunos, pero es imposible de decir; quién pasa la noche fuera, quién se va a casa, quién se va por el sumidero antes que nadie. Esa antes era Lola, la de las piernas largas y la sonrisa ladeada —ahora es otra persona—, allí junto al Marks, con un policía local, un poco deslenguada. Vas a acabar apaleada, en una bolsa y en un contenedor si no te andas con ojo, solo te lo digo, no te estoy gritando. Y así fue. Las tres cosas. La suya fue una historia corta.

Bajo la columnata, Reuben le da el relevo a Bucky. Tom, Dick y Harry en el banco junto al canal, su caos de latas, sus caras lustrosas y abotagadas.

O aquella, siempre en alguna parte pasada la iglesia, en los bancos del trocito de césped de detrás, en parte par- que, en parte cementerio. Anne, la llaman, sin apellido conocido, edad incierta. Una vez cumplió condena. La religión se la transmitió, como un constipado, el capellán de la prisión. No le hagas caso. Tú aprieta el paso. Murmura cosas, a veces palabras extrañas, de la Biblia o de las vallas publicitarias, y luego está el montón de bolsas que arrastra con desmaña. Le sirven para recoger desperdicios. Eso se le da bien. Por lo demás, del todo ida.

Entretanto, al pie de la colina el bosque aguarda y observa el boyante avance del pueblo. Acepta las mareas de gente que palpitan bajo su ramaje. Tiene pocas opciones. Somos testigos, susurra, entrelazando sus hojas, somos testigos del cambio. En los troncos talados, en pilas piramidales a lo largo de las veredas clareadas, se pueden contar los años. Los árboles llevan el tiempo del revés, y en círculos. Pero el bosque es todavía más antiguo.

Seguimos creciendo, se dicen los árboles unos a otros. Pese a todo. Seguimos funcionando, con agua y con luz. Respirando con muchas bocas. Equilibrando con precisión y, sin pensar, la proporción de raíces y brotes, calculando la marchitez.

Somos testigos, dicen los árboles, mientras los años pasan. No existen similitudes entre un hombre y un árbol. Hasta donde alcanzamos a ver.

Y apartada tanto del pueblo como del bosque, consciente de nada, salvo de su propio limbo oscuro, Anne arrastra los pies por el camposanto, bajo costrosos plataneros. Se estira hacia dentro, hacia donde guarda su historia, en sus propios anillos del tiempo. Sabe que está ahí. Lo siente, aunque haya olvidado sus detalles.

Así, no hay luz para Anne, salvo la que da un mechero de plástico coloreado que sostiene en los momentos de ansiedad, reduciendo el flujo de gas y accionando la piedra con la soltura de una experta. Sus dedos son ganchudos como raíces, purpúreos la mayoría de los días. Resulta asombroso que sea capaz de manejar algo tan delicado como esa pequeña lengüeta frontal del mechero, la lengüeta que controla la llama. Es obvio que le preocupa que el mechero se agote, de modo que lo ajusta y lo ajusta. Solo tiene ese. Ilumina nuestra oscuridad. Es una persona religiosa y al parecer la reconforta, la llama.

Cuánto te crees por lo demás, ¿lo que murmura o masculla a los voluntarios del comedor social? Viví tres meses en una zanja, dice. Una cosa sí es cierta, no logran mantenerla bajo techo. Abandona cada piso, cada habitación que le entregan. Dormía en el cobertizo de otros, en las parcelas, hasta que la largaban.

Tres meses en una zanja y nunca sentí nada, dice.

Quién sabe si es verdad.

Dejad que los niños, es otra de sus expresiones.

Ni preguntes.

Los árboles no me dejan ver el bosque, dice Anne y coge una colilla del asfalto delante del Café Nero y de nuevo reúne sus bolsas. Rara vez lúcida.

¿Qué llevas en las bolsas, Anne?

Los pecados del mundo, dice ella y mete de golpe la colilla en esta o aquella bolsa.

Caray, esa es una buena carga.

Y luego se incorpora y de nuevo se va, tambaleándose por la calle mayor, pasado el Marks. Tiene un andar característico, levanta un poco las rodillas, como si los pies se le pegaran a algo todo el tiempo, como si caminara por un fangal. En Top Shop se detiene junto al escaparate y mira los maniquíes, con ropa de playa o de discoteca, ombligos al aire y pestañas azules. Se detiene y de nuevo rebusca y saca el mechero.

Habla a los pájaros. Claro que habla a los pájaros. Si la pillaras en uno de sus días de pájaro te sorprenderías. Debe tener una docena entera de reclamos distintos, los silba por entre los dientes, o con los labios fruncidos, o desde algún lugar extraño próximo al fondo de sabe Dios dónde.

Así que quizá.

Más allá del Marks cruza con desmaña la carretera, despacio, delante de un autobús que atruena. Hubo palabras una vez, dice Anne sin inmutarse, en el lado opuesto. De pie inmóvil, entre peatones que se vuelven para mirar. Ahora no lo recuerda. Pero hubo una vez un lenguaje, an- tes de que cayera la oscuridad, antes de que la abandonaran, con los destellos del recuerdo y solo el mechero para alumbrarse. A traspiés por un revoltijo de frases hechas.

Entonces el mundo estaba vivo. Podías plantar los pies sobre algo sólido. Podías confiar en que las cosas significaran algo pese a todo.

Así que eso es lo que hace Anne, mientras escarba en las papeleras, o se detiene con el mechero en alto, desafiando al tráfico interurbano. Aguarda en una ventisca de palabras a que algo encaje con un clic. En el principio, dice para sí y de nuevo rebusca, examinando cada desperdicio que aventado flota por las deterioradas calles. “Blair, en las últimas”, lee. “Vuelta al cole” y “Vecinos Invasores”. Avanza por el camino de grava hacia el portón de la iglesia. No dejes piedra sin voltear. Y no lo hace. Pero aquí no está, lo que sea que va buscando. Ha desaparecido, lo sabe.

Entonces, un día, cuando aún estaba oscuro, apareció un zorro. Un simple zorro que lamía como una llamarada maloliente los contenedores detrás de la panadería. Y eso encendió algo que en su cabeza cuadraba. De modo que lo siguió, pero él era más veloz que ella y enseguida lo perdió de vista, y desde entonces no ha dejado de desplazarse. Desplazamiento lento, porque lleva sus bolsas consigo, seis bolsas, todas de Mothercare. Sale de las iglesias, de St. Giles y St. Peter y aligera el paso sobre sus pies planos por las calles residenciales pintadas. Toma un rumbo taimado, por callejones de baldosas cercados por budelias, por esquinas, a lo largo de una estruendosa autovía. Cruza el puente, nunca se ha alejado tanto. Cruza un río y todos los golfillos apoltronados en el puente la llaman a gritos al pasar. Danos fuego, Annie. Venga danos fuego. Sabemos que tienes. Ella agacha la cabeza y aprieta con fuerza las bolsas y pasa deprisa.

Por entre las viviendas nuevas. Muchísimas casas, muy duras y vacías y más allá, los polígonos industriales, acres de ladrillo y asfalto con nombres familiares: Colina del zorro, ese es esperanzador, Los sauces, Humedal del junco. Y mientras camina, leyendo los letreros, el alba se insinúa en el cielo urbano, que tiene sus propias luces y en cualquier caso le da lo mismo. Me da igual, dice, y en- coge unos hombros6 replegados. Pero Anne ve y en alguna parte de su interior algo asciende en reciprocidad y gratitud. Una suerte de conexión. Y es en esta lobreguez cuando la distingue al fin, una forma más similar a ella a la cual puede que pertenezca. Una que no es plana ni cuadrada ni angulosa, ¡sino como aquella por ejemplo!, mientras llega a un tramo largo de malla metálica, caído en parte, tras el cual se levantan las siluetas de algo en pendiente, una curva, una elevación. Colina, dice para sí, en voz alta y con convicción. Es inequívoco. Así que se desliza por la malla hasta el pie de la colina y trepa, sube a duras penas, con sus bolsas desgarrándose ya que al fin y al cabo el terreno es escabroso, aunque eso no importa porque ya despunta el alba y cuando por fin amanezca, todo se enmendará.

Se ayuda con las manos. El terreno es demasiado escarpado, demasiado filoso, demasiado metálico y extraño y charcos de fango te sorprenden y, entretanto, el sol pasa una pierna por encima del horizonte y todo despierta ante su luz. El cielo del más luminoso azul, Anne ve, y repleto de gaviotas y por todas partes, hasta donde alcanza la vis- ta, que la tierra es gris y blanquecina y del color de la herrumbre. Colinas incoloras y, más allá de las colinas, casas. Invierno, recuerda ella, aunque el sol diga verano, lo cual es desconcertante. Y después, piensa ella, ten por seguro que el verde llegará por fin. Ya ha visto el terreno muerto, eso también lo recuerda, salvo que fue bajo un cielo muerto, aun así llegó el verde. No sabe de un verde que al final nunca haya llegado. En la cima de la colina, se instala lo mejor que puede, sobre el lateral de un frigorífico, con la espalda pegada a la loma de un archivador. Dispone las maltrechas bolsas a su alrededor y mira más allá de los montes de basura, las gaviotas gritan y picotean, como si ellas fuesen también desechos al viento y espera.

Está al caer, Anne. Está al puñetero caer.

El bosque ve cómo las luces de la ciudad se apagan con el amanecer, cómo el fulgor mate del sol naciente, que pende toda la noche de su cielo es reemplazado por la mañana inmediata. También podría ver a Anne —en la cima de su montaña de basura, de espaldas a medias, observando su salvación solo de forma periférica—, si quisiera. Podría ver los coches de juguete circular y a la gente salir, ver a Anne estirarse hacia su perfil, volver la cabeza igual que un búho para preguntarse qué es eso, mientras un hombre ínfimo con un megáfono profiere instrucciones y otros dos remontan la basura impasibles, como siempre hace la ley. Podría ver a Anne batallar con sus tinieblas, ahora de cara al bosque, observando el pelaje de sus lí- mites a sugerencia de la oscuridad que le es propia, que ella casi reconoce, casi nombra. Podría ver su inevitable y forzado desalojo, indigno, los ojos todavía en el bosque, hasta que la basura se interpone en su línea de visión.

El bosque sí ve, pero su preocupación es la vida, no el individuo. Eso da igual. Siempre hay otro momento, para otra persona, si no para ti.

Tan solo somos testigos, testigos, testigos.

Crecimiento

Las manos suponían un problema. No era capaz de mirarse las manos, por ejemplo. Practicaba pequeños gestos como los que hacía su hermana, pero con los ojos cerrados. ¿Qué haces, Anne? Nada. No hago nada. Pues pareces boba con los ojos cerrados y palpándote la cara. Vale, no lo cuentes, pensaba Anne. Mantén la boca cerrada, Anne, se decía. Y abría los ojos y cerraba la boca y se sentaba quieta para evitar llamar la atención. Algo imposible.

Las manos de Suzie, en cambio, las manos de Suzie eran preciosas como pajarillos. Nunca quietas, siempre revoloteando arriba y abajo, anidando en su pelo, volando a ras de sus pechos a estrenar, bebiendo a sorbitos de las comisuras de su boca. Arriba y abajo, arriba y abajo, tenían vida propia, atareadísimas. Anne deseaba unas manos como aquellas, manos como pajarillos calvos, que teclearan igual con sus picos lacados. Pero las manos no eran su único problema. La habitación compartida suponía un problema, porque Anne no tardaba en tropezar con la cama o con el tocador o volcaba la lamparita o daba contra el ropero.

Anne aparta tu culazo de esa condenada ventana que la habitación se está helando, por ejemplo. ¿Qué es lo que quieres asomada a la ventana a estas horas de la mañana?

Quería ver cosas. Para empezar, quería ver a su padre. No le habría importado que él hubiese mirado hacia arriba y la hubiese visto, pero estaba demasiado ocupado con la oscilación del primer pedaleo, metiendo por encima del hombro el almuerzo en la mochila. A su padre todo se le hacía difícil. Lo tenía todo en contra: mantener la bici en equilibrio al coronar la colina, y la mochila, cuya solapa siempre estaba del revés, trasteando con ella a la hiriente media luz de camino a la nave avícola. Tenía el cogote como un pollo desplumado y movía la cabeza al ritmo de la bicicleta, adelante y atrás, adelante y atrás, y la bicicleta zigzagueaba como hacían los pollos, hasta que se ponía en marcha. Ahora era una mujercita, caray si era una mujercita. Ya no le hacía falta ningún padre. Ella lo sabía. Adiós, Annie. Adiós, papá. Sé buena.

Nada, ya ni siquiera eso.

Pero si su padre no le brindaba ninguna compañía, no era el caso de la luna. La luna no quitaba ojo a Anne. Se habría conformado con la luna, si Suzie no se hubiese quejado. La luna le gustaba porque tenía la cara blanca igual que ella y porque sabía cómo empequeñecer. Adiós, luna. Adiós, Anne, que pases buen día.

Así que se sentaba en la ventana, colmándola y veía cosas y Suzie dormía, no como un pajarillo sino como un cerdito. Para Anne era secreto, el aspecto horrible que tenía Suzie cuando dormía. La boca redonda y reluciente y a veces dejaba babas en la almohada. Y el ruido que hacía. Ruido cerduno. Anne acomodaba los hombros en la jamba y observaba. Observaba cómo el ojo rojo de la luz trasera de su padre se cerraba en la niebla. Veía el cielo despertar con un buen bostezo sobre el bosque a un ritmo que reconocía y respiraba, porque en la pequeña habitación no quedaría aire suficiente para repartir una vez Suzie se hubiese saciado… o habría respirado si Suzie no la hubiese interrumpido. ¿Qué haces, Anne? Nada, Suzie. Lo siento, Suzie. Pues haz nada en otra parte. Así que metía la cabeza y regresaba a la habitación más o menos como cada mañana y como cada mañana tiraba algo, inevitablemente, de la atestada mesilla de noche o del tocador o del estante; pintauñas, seguramente. Fulana torpe.

Suzie era una malhablada cuando estaban solas. Para ser una persona pequeña tenía la boca muy grande, Suzie. A Anne no le gustaban las palabrotas. Las encontraba ofensivas. Cuando Suzie se fue, Anne se sentó a solas en el tocador y abrió sus grandes manos y ladeó la cabeza como había visto hacer a Suzie y murmuró para sí los nombres de los pintauñas. No tenía ni idea de si los pronunciaba bien, pero le gustaba su sonido, su letanía privada. Pink Two Timer, Gilty Party, Dusky Plum, S Cherry Zade. Qué color tan bonito, Suzie. Es lo que diría, un día, como quien no quiere la cosa. Píntame las uñas, Suzie. Otra vez con la mano en alto, los dedos extendidos, como en ese momento. Pero a la hora de la verdad nunca preguntaba, aunque aún estaba a tiempo, algún día.

Un día era el día favorito de Anne. Un día el Bitter Chocolate, el Moroccan Moon y el Hi Ho Silver Lining serán míos. ¿Qué haces Anne? Pareces un pez naranja, abriendo y cerrando la boca. Alguien se había acercado sigilosamente, apoyado en el vano de la puerta con las manos en los bolsillos. Don Sabiondo. Michael o John o Connor. Son unos creídos. Tenía sabe Dios cuántos hermanos y hermanas y eran todos unos creídos. Nada, cualquier cosa de lo anterior. Nada, quienquiera que pregunte. Anne no estaba haciendo nada.

Baña a la bebé por mí Anne lava las ollas no te quedes ahí sentada. Aparta de ahí me oyes haz algo útil haz las patatas por mí saca la pizza del congelador verás como tenga que repetírtelo.

¿No podía hacer algo Suzie para variar?

No, Suzie no podía. Suzie estaba ocupada, por todos los santos. Estaba al teléfono. Mirando cómo se le secaban las uñas. Que lo haga Anne; Anne está plantada delante de la tele. No está haciendo nada, como siempre.

Así transcurría la vida de Anne. Un día tras otro y cuando su padre volvía del trabajo por la tarde, ocurría prácticamente lo mismo. Hablaban del matadero nuevo, sobre todo, eso si hablaban. Le preocupaba si debiera cambiar. Lewis el de Karen empieza en el matadero nuevo sabéis o Mary la de Paul o Joseph el de Richard y Judy, Julie la de Pat y Sarah, Michael el de Tim y Rita. Para sus padres era siempre motivo de interés y sorpresa que alguien se incorporara al matadero y casi a diario había alguien nuevo; batallones enteros de personas que salían con botas de agua blancas con puntera de acero y monos de guerra bacteriológica, ávidas de cortar pescuezos y trocear carne y baldear hormigón con desinfectante. En la mente de Anne el matadero se extendía hasta un horizonte lejano e, igual que un hormiguero, bullía con los hijos de los amigos de sus padres. Lo imaginaba como la Navidad, todo ruido y blanco y rojo. Debía de ser una fiesta.

Luego no había más conversación que la tele. Después su padre decía: qué pequeño es el mundo. Eso incomodaba a Anne, así que se sentaba muy quieta y trataba de no sentir sobre ella la presión de las cosas. No dudaba de su padre. Era una persona confiada y además no se podía decir que la casa fuese grande. ¿Por qué iba a ser distinto el mundo?

Pero cuando asomaba la cabeza por la ventana, algo que hacía tanto como podía, entonces se sentía esperanzada. Bien podría ser que un mundo pequeño fuese aun así lo bastante grande. El cielo era grande si querías, aunque el cielo no fuese el mundo. Las nubes, el viento. El sol ahí arriba. Eso era grande.

¡Eh! Mirando las musarañas ahí arriba, abre la puerta. Era el tipo de Parcel Force.7 Anne odiaba al tipo de Parcel Force. Le ponía los pelos de punta. ¿Vas a abrir la puerta o qué? Nunca le contestaba. Se quedaba mirando sin más desde la ventana, bajaba las escaleras con tanta lentitud como le apeteciera, se quedaba en el umbral, bloqueándolo para que tuviese que agacharse para ver más allá de ella. ¿Dónde está la guapa? Sexy Suzie, la hermana mayor de Anne, ¿lo pillas? Le gustaba su hermana. Ella lo había visto, lamiéndose la mano con su lengua tosca, aplanándose el pelo delante del retrovisor antes de bajar. Gritó: Suzie cariño, no me abren la puerta. ¿Esta cuándo va a parar de crecer?, dijo él, y ladeó la cabeza hacia Anne. Huele a saliva y a loción posafeitado. Tengo que subirme a una escalera para hablar con ella. Sacudió las caderas hacia delante y lanzó un guiño a Suzie. A Anne no le gustaba el frontal lustroso de sus pantalones. En absoluto. Soltó el paquete en los brazos de Suzie y le puso una mano en la cintura y le echó todo el aliento a saliva y a loción posafeitado. Sujeta bien y ve con cuidado y deslizó la mano, vio Anne, desde la cintura hasta el trasero. Suzie era asquerosa. Pedía por correo casi todas las semanas para que el tipo de Parcel Force pudiese pasarle la mano por el trasero y gritarle a Anne que le abriera la puerta.

A Anne le gustaban las palabras. Y aprendió a leer muy pronto, aunque nunca alcanzó una comprensión plena o eso decían. No sabían que, sencillamente, le gustaban muchísimo las palabras por sí solas. Le gustaba notar en la boca su forma individual: bayas que chupetear enteras. Le gustaban sus sonidos separados, su peso al dejarlas caer, sin apelotonarlas todas ni malograrlas. Así que pronunciaba sus frases despacio, con espacio de sobra. Hablaba como una persona que metiera la compra en una bolsa, con cuidado. Por motivos prácticos, obviamente, hablaba muy poco.

Los árboles no le dejan ver el bosque, le decía su padre, cuando era pequeña. Pero lo dejó cuando ella se hizo grande y la irritación lo derrotó. Sin embargo, el bosque permaneció con ella, como un desafío, como algo importante. Estaba al pie de la colina. Verlo fue el primer logro identificable de Anne, a sus propios ojos.

En el bosque Anne vio la conexión. Había espacio para que todo fuese por sí mismo y que aun así encajaran, incluso dependieran unos de otros. A veces era tan ajustado, tan entretejido, que costaba dilucidarlo, pero ella era paciente; no conocía sus nombres, pero seguía los tallos de la barba del anciano y la hiedra y sabía que eran distintos. Asumía que así eran felices, que agradecían las diferencias de cada cual y que eran sensibles a ciertas similitudes.

En casa nadie agradecía nada y las diferencias no eran algo bueno.

La casa era pequeña y recogida. Podría haber sido más luminosa quizá. El piso de abajo estaba pintado de rojo, el color de la sangre antigua, y había objetos por todas partes, apilados encima de todo: revistas y guías de la tele, libros de pegatinas de Connor, manuales, CDs, juegos de ordenador, la X-Box de Michael, paquetes de galletas abiertos y tazas medio llenas, tazas a veces con moho. Te ponía de los nervios. Siempre volcabas algo a menos que fueses con mucho cuidado. Había polvo pegajoso en todo, ceniza y polvo. A aceite de freidora y a humo de cigarrillo, a eso olía.

En la familia de Anne todo era pequeño, como la casa, aunque fuesen un montón. Las visitas ladeaban la cabeza ante la altura de Anne y preguntaban a sus padres: ¿de dónde la habéis sacado? Debió ser un lechero altísimo. Luego todos reían, menos Anne. A los catorce años era demasiado alta y ancha como para que casi nadie lo notara.

Entretanto, el bosque la atraía. Muchísimas cosas tan felices y tan altas. En la cabeza de Anne el mundo entero iba hacia arriba. Era brisa en las cumbres y tenue luz filtrada y movimiento. No había torpeza en el bosque, que ella supiera. Llevaba consigo ese sentimiento a todas partes, como alternativa. Se adueñó de ella. Las esbeltas verticales de sus árboles madereros eran su ritmo privado. De noche se plantaban en sus sueños, brotaban de la mesa cuando colocaba los vasos del té, crecían de sus puños cuando sostenía el cuchillo y el tenedor en las comidas. Cuando jugaba con la bebé se veía deteniéndose en mitad de algo, mientras coloreaba, por ejemplo, y colocando las ceras en vertical, pequeñas arboledas de cera por todo el suelo. Se volvió más lenta y callada que antes. Tenía la cabeza repleta de susurros, los ojos rayados y salpicados de luz y sombra. No quería arruinar eso.

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Pero la familia de Anne no era como el bosque, salvo quizá en número. No veían ningún ejemplo en el bosque, solo árboles. Así que Anne se replegó y lo intentó otra vez. Los árboles no son personas, se decía y su problema eran las personas o más bien uno de sus problemas, porque a veces los problemas crecían en su cabeza con el espesor de los árboles.

La madre de Anne tampoco servía de mucho. Decía: una tiene la edad que siente y yo siento que tengo novecientos años. Y: dicen que eres lo que comes.

Salsa de kétchup entonces y tostada, pensaba Anne, apartando las revistas de Suzie para poder sentarse en el sofá.

No toques los libros. Mamá… Anne ha cogido mis libros. Anne quita tus torpes manazas de ahí.

También decían que los cuerpos de los niños con dietas ricas en proteínas se hacían más grandes, más altos; pero no tiene por qué ser así. Podría ser que el crecimiento funcionara con un sistema de poleas. Creces siempre y cuando a tu inocencia le dé por encoger. Asciendes siempre y cuando la creencia o la confianza o la esperanza desciendan. Es el caso de algunas personas, digan lo que digan. O ese era el caso de Anne.

Siempre que podía, mientras seguía a la espera de un mundo en el que encajar, Anne caminaba para consolarse, colina abajo desde casa de sus padres hasta el interior del bosque colgante, en busca de espacio, un poco de silencio y para poner su estatura en perspectiva.

Mamá… Anne está otra vez fuera.

Pero Anne aprendió que, si gritaba algo poco claro, por encima del hombro, al salir —bici, por ejemplo o arreglar el pinchazo de Michael—, te dejaban en paz. Al fin y al cabo, en la casa había más espacio sin ella.

Se iba deprisa para que no la vieran. Estabas en el techo del mundo cuando salías, un país plisado de colinas y valles ocultos, de bosques frondosos y fastuosamente abiertos después. Había iglesias de juguete, granjas, aldeas como puñados de guijarros al suelo. Todo era pequeño. Como dijo su padre, el mundo es pequeño, al fin y al cabo. Desde la casa, el camino se sumergía en el valle con una gradiente demencial, de modo que a medida que descendías, las colinas a tu espalda elevaban el horizonte a cada paso por encima de tu cabeza. Caminar colina abajo con los árboles saliéndote al paso era lo más parecido a encoger que Anne había experimentado nunca. Cuando llegaba al fondo, podía imaginar que era alguien normal.

Se sentía bien en el bosque. A veces se tumbaba sin más a los pies de los árboles a respirar el aire margoso. Cerraba el ojo más apartado del suelo y con el más pegado observaba el esfuerzo de los insectos al encaramarse a ramitas o a hojas. Eso es grande, decía para sí. Eso es insuperable.

Un día, cuando todo rastro de esperanza se hubo desvanecido y advirtió que nadie iba a crecer más, Anne dejó de crecer y decidió mudarse definitivamente al bosque colgante. Se fue deprisa, como siempre hacía, aunque pensó que podrían haber oído su corazón, latía muy fuerte. Nadie la detuvo.

El bosque era el de siempre. Respiró el aire, que no era el de la casa. Escuchó a los pájaros, que no gritaban. Se perdió por las veredas silenciosas y sintió tortícolis de mirar hacia arriba, hacia la verde catedral de árboles. Se tumbó en los lugares habituales, a sus pies. Y estos la acogieron. Abrieron sus brazos rígidos y extendieron sus dedos por encima de su cabeza. Susurraron su mundo de viento y luz, los lodosos secretos de sus raíces. Hicieron para ella malabares con los pájaros. Le mostraron las cosas minúsculas que la altura es capaz de producir, lo delicado, lo inadvertido, frutas y espigas.

Entonces cayó la noche, al final del día y con la noche creció el bosque. Los árboles despegaron y se alejaron de ella como si hubiese cometido una equivocación. El frío ascendió desde el suelo y se encontraba sola. Pasado un rato, se dijo que estaba de vacaciones. Que había salido a relajarse, como diría Suzie, durante unos días y que seguramente regresaría. Bueno, regresaría una vez encontrara trabajo en el matadero nuevo, eso es lo que iba a hacer.

Entre los helechos y hojas muertas del año anterior, en la zanja que había escogido para dormir, Anne se abrazó las rodillas y se contó historias. Ya veréis cuando se haya organizado. Volvería a la casa, con su traje y botas blancas con punteras de acero, punteras de acero naranjas. En el matadero tenían un uniforme de verdad, no como en la nave avícola, donde todo estaba viejo y cochambroso y no llevabas más que un mono de pintor, como su padre. Y al entrar le dirían: ¿qué llevas puesto Anne?, ¿dónde has estado? Mirad, Anne ha vuelto. Todos se apretujarían a su alrededor mirándola y ella se acercaría a la mesa y se sentaría porque estaría cansada y entonces alguien tendría que prepararle un té. John y Michael y Suzie, todos se quedarían boquiabiertos, y ella se encogería de hombros más tranquila imposible y diría: ah, trabajando en el matadero; y miraría a su padre, que no había cambiado de trabajo, desde luego que no, porque ella no era tonta y él jamás se atrevería, no hasta que fuese demasiado tarde, hasta que el matadero estuviese lleno.

Pero costaba concentrarse en una historia, cuando por todas partes había rumor y crujidos. Cositas huroniles se escabullían hasta donde Anne no podía verlas. En la oscuridad, el bosque silencioso bullía de ruidos. Oía coches que se detenían y que arrancaban. Creyó ver una vez a un hombre y se tumbó boca abajo en la zanja, el corazón le latía contra las ramitas y las hojas por debajo. No recordaba cuándo fue la última vez que había tenido miedo. Era grande, ¿no? De día nunca tenía miedo.

Los árboles se lo podrían haber dicho. El ruido es el que siempre manda en un bosque, en la oscuridad. Roces, cosas que caen, que golpean. El gañido porcino del muntíaco en el sotobosque. En algún lugar a su izquierda, uno de los pinos maullando igual que un gato.

Fuera hay voces que no oyes hasta que estás sola. No incites al bosque en una noche tan oscura como esta, a no ser que lo conozcas como la palma de tu mano. Ahí fuera hay muchísimo de tu propia invención.

Al fondo de la zanja, la cabeza de Anne daba vueltas y vueltas. Escucha.

Bosque y el viento al galope.

No vamos a ayudar, dicen los árboles. De noche estamos a kilómetros de altura, engarzamos los dedos en el cielo, nos aliamos con el mayor de tus miedos. Enganchamos y azotamos. Si intentas moverte, ensordecida por tus propios latidos y con tu aliento atronando, punzamos y pinchamos de repente y sin venir a cuento. Somos siluetas alargadas que alcanzan el cielo. Desposados con lo informe, golpeando con el ramaje a la noche, cuchicheando chismes.

Con un viento que asusta y se desboca, hablan.

Y en el interior del bosque, donde Anne se agazapaba, la oscuridad rugía, aunque bajo las copas nada se moviera. Frío para ser verano. No hacía noche para andar por ahí.

Mientras Anne tiritaba con pánico, la luna abrió su frío ojo tras los árboles, y en su fulgor un ave cruzó uno de los campos a lo lejos, tan solo su silueta negra, podría ser un búho, podría ser un búho rezagado, difícil distinguirlo. En el ribazo por encima del camino una comadreja se detuvo erguida y el blanco de su pecho destelló ante los faros de un coche que pasaba. Luego, más abajo y más allá, en las profundidades del bosque, su pequeño sonido que se escabulló por la consciencia de Anne, grande como una pesadilla. No pudo evitar el llanto. Un ruido débil y animal, pero le impactó, le pareció fortísimo. La garganta seca. ¿Se había descubierto?

No veías ni tu propia mano, en el bosque, solo donde la luna abría un pliegue en el cielo entre las copas de los árboles, una luz del ancho de un clavo, o una estrella, Sirio por ejemplo, resplandecía ínfima.

¿Cuánto dura una noche? Anne se tendió en su zanja e inmovilizó los hombros y forzó la vista y deseó que rayara el alba. Por favor, Dios. Por favor, Dios. Y estirándose vereda abajo, los limoneros que se alzaban muy por encima de los demás árboles tiritaban a solas en pos de la luna y vigilaban el horizonte y no decían nada, mientras un avión parpadeaba, parpadeaba. Y el viento cabalgó el bosque, inmisericorde, toda la noche.

Tambaleante, al amanecer Anne gateó hasta el arcén. Pensó en observar a su padre de camino al trabajo, solo por sentirse segura. Esperó mucho. Se dijo que, si lo llamaba a gritos, tal vez la ayudaría. Se bajaría de la bici y no le importaría llegar tarde. Le daría un sorbo de su té, dejaría que se comiese su almuerzo. Anne no había resuelto qué hacer, cuando apareció a toda velocidad por la curva. Pasó muy rápido. La falta de sueño la había ralentizado. Abrió la boca para gritar. Pero no gritó. Él desapareció enseguida. Anne se quedó en el ribazo con la boca todavía abierta y gritando con la mente, la espalda de él todavía a la vista, la camisa tensada sobre sus hombros como huesos de pollo, incluso después de que la curva lo hubiese engullido.

Nunca había visto a su padre de aquel modo. Casi le había parecido joven, encorvado sobre el manillar, echándose hacia la curva, internándose a la carrera en la mañana de verano. Ese debía ser su aspecto a diario, la otredad de la existencia de su padre la golpeó de repente y por primera vez. Podría haber sido el padre de otra, o el de nadie. No parecía pertenecer a nadie, no era más que un hombre con un mono de pintor, llevándose su yo secreto al trabajo.

Pero al verlo, Anne se sintió mejor. No había sido muy distinto a verlo desde casa. Adiós, Annie. Adiós, papá. Sé buena.

La madre de Anne nunca iba caminando a ninguna parte. Si quería ir al pueblo cogía el coche, incluso en un día como el de hoy. Era una vaca perezosa si lo preferís, aunque Anne no habría empleado la palabra vaca. Esa era Suzie o sus hermanos, lo de vaca. Cuando Anne vio pasar el coche, con Leanne atada en su asiento de bebé, se dirigió de nuevo colina arriba. Habría saludado a Leanne, pero el coche iba demasiado deprisa.

Anne aún tenía su llave.

A un lado, cuando entró, estaban, frías, las patatas con mayonesa de alguien, todavía en el papel. Fue lo primero que Anne se comió, las devoró con el tenedor que traían las patatas. Luego comió tostada, cereales, pavo ahumado y dos paquetes de patatas fritas de la alacena.

¿Qué haces, Anne? Connor estaba en el umbral, boquiabierto, envuelto en su edredón. Se miraron. Nada, dijo Anne, por instinto. Nada. Luego, un rato después, dijo: me he ido de casa; pero con un tono de súplica en la voz, como si estuviese probando, como si buscara verificarlo. Quiso decir: ¿os habéis dado cuenta?, o ¿alguien ha preguntado?, pero por algún motivo no lo hizo.

Connor se arrebujó en el edredón y entró en la habitación. No lo parece, fue lo único que dijo, y luego, voy a ver la tele.

Connor no era tan malo. Tenía solo siete años. A Anne no le molestaba Connor, siempre que Michael o John no anduviesen cerca. La voy a ver contigo entonces. Cualquier excusa valía, y en la cocina se estaba calentito, comparado con el bosque. Pensó en preparar té. También hizo para Connor, y se lo llevó al sofá. ¿Qué le pasaba, por cierto?

¿Por qué no estaba en el colegio?

Malito.

Vieron Chancers, This Teen Life y Pingu. Un rato des- pués Anne se sintió incómoda. No quería estar allí cuan-

do su madre regresara. Se levantó y fue al piso de arriba. Entró en la habitación de los chicos y cogió uno de los forros de Michael para no pasar frío de noche. Después entró en su habitación y en la de Suzie. Muchas gracias. Suzie había puesto cojines y un cobertor rosa en la cama de Anne, como si ya fuese suya. Solo he estado fuera una noche, dijo Anne en voz alta. Luego se preguntó por qué se sorprendía. Suzie era una vaca, por si estabais buscado una. Anne lo sabía. Se arrodilló sobre la cama y se aso- mó a la ventana, sus antiguas vistas —el camino hacia el bosque y la nave avícola, los campos, el cielo enorme—, para recordarse qué se veía desde el interior, para ver si era distinto.

Pero no podía ver nada. Por más que pusiera los ojos al frente estos miraban hacia atrás, a través de su nuca, a las botellas y los tarros, el desmaquillador, el champú, el fijador. Hacia las ropas de Suzie desperdigadas con exube- rancia, que relajaban los hombros ante el espacio adicio- nal. No podía ver sus antiguas vistas, solo la habitación de Suzie. Era hiriente. Quiso destrozar cuanto había en aquella habitación. Cogió tres frascos de pintauñas. Así aprenderá Suzie. El Dusky Plum no, porque ese hacía que tus uñas lucieran como si hubieses fallado con el martillo. Hi Ho Silver Linging, Gilty Party y Moody Blues. Enton- ces volvió a entrar y también cogió In the Pink, por si las moscas. Y para pintarse las uñas, si le apetecía. Luego bajó las escaleras y se llenó los bolsillos de comida.

Chao, Connor.

¿Adónde vas?

A ninguna parte. Si me necesitas estaré en el bosque. Si mamá y papá se enzarzan en alguna, ven a por mí al bosque. Voy a buscarme un trabajo.

Connor seguía pálido bajo el edredón. No quitaba ojo a la tele. Vale, Anne. Hasta luego. ¿En el bosque hay tra- bajos?

Sí. Hasta luego, entonces.

¿Me puedes hacer otra tostada?

Regresó a la cocina. Le preparó la tostada y otra más para ella, pues ya que vas a poner el tostador, mejor hacer dos.

Cuando se la dio, él se inclinó un poco para no dejar de ver la tele.

Chao. Chao.

Era verano, pero Anne sentía frío. No tenía refugio. Se empapó como nunca antes. Anne descubrió que el agua carecía de modales. Da igual cómo te pongas, encuentra el modo. Estaba encogida como un pedrusco la primera vez que llovió, con la nariz, en busca de calor, por dentro de la camisa. Vio agua en las arrugas de su tripa y ¿cómo ha llegado hasta ahí? Ay, Dios, dijo. Danos un respiro. Piérdete, ¿quieres? Pero Anne tenía mucho aguante. Se quedó sentada tal cual y observó cómo llovía por dentro de su camisa y esperó a que escampara. ¿Era gracioso o triste que lloviera por dentro de su camisa? Mira, se dijo, era tan triste que el pelo le lloraba. El agua le caía por las puntas del pelo, el pecho y por dentro del sujetador y por la tripa como si ella fuese su antigua ventana.

Desde donde estaba sentada, en el extremo más lejano del bosque, alcanzaba a ver los campos. Todos se habían vuelto lechosos por la lluvia y las vacas estaban tumbadas, parpadeando para limpiársela de las pestañas, todavía mascando. Nunca dejabas de comer, si eras una vaca. En el interior de un bosque, la lluvia es primero sonido y después humedad. Plic, plic, plic y el aroma que llegaba desde el suelo y los pájaros posados sin más, sacudiéndose como los perros de tanto en tanto.

Si fuese una ventana, Anne podría ver sus interiores, como el reloj que tenía Michael, el despertador de la joyería que tenía en el que podías ver todas las piececitas en colores distintos. Solía sentarse a observar cómo giraban las manecillas cuando él no estaba, ¿verdad que sí? Se colaba en su habitación a observarlo. ¿Qué haces Anne? Nada. No estaba haciendo nada. Bien pues haz nada en otra parte. Volvió a meter la nariz por dentro de la camisa y se observó, como si tuviese pequeños engranajes y muelles rojos y azules, pequeñas bielas eléctricas verdes que chirriaban, una media luna con alambres, de un amarillo pálido, que se arrastraba de acá para allá. No hago nada si me apetece, pensó. No hago nada el día entero. Luego volvió a fijarse en su vello, el vello fino y pálido de la tripa, esa empapada losa blanca suya y los granitos de punta. Más un pollo que un reloj, pensó, un pollo grande y desplumado.

Imagina que pudieran salirte plumas; que pudieras hacerte una bola igual que los pájaros y sacudirte la lluvia. Las plumas le encantaban. ¿Qué quieres por Navidad, Anne? Quiero plumas, sobre todo. Por favor. ¿Algún color en especial? Anne sacó otra vez la cara de la camisa y miró la lluvia que caía, los árboles por encima de ella, una capa de hojas tras otra, también como plumas, en busca de un espacio propio frente al cielo. Aceptando la lluvia. Capeando, ¿verdad que sí? Callada, cada hoja ella misma pero idéntica a las demás. Amarillo era el color del sol, si hubiera. Azul era el color del que debería ser el cielo. Rojo el color de la furgoneta de Parcel Force. Rojo era lo que menos falta le hacía. No quería el rojo, quería verde. Plumas verdes por doquier igual que un fresno y entonces podría moverse invisible por el bosque. Invisible, cálida y seca. Hacerse un ovillo y dormir como un pájaro, la cara pegada a la suavidad de su propio plumaje.

Pero no te mueres por mojarte. Puedes empaparte, hasta escurrirte un río, y sobrevivir. Fue lo primero que aprendió Anne. Lo segundo fue que no la vieran, pese a no tener plumas. Aprendió que, si das la espalda y aparentas resolución, la gente no te mira o al menos no ves cómo te miran, y que si te alejas no te pueden preguntar nada. Se escondía por instinto, aunque nadie estuviese buscándola. Ya sabía cómo sentarse quieta y estar callada. Aprendió a salir de noche más que de día. Se hizo astuta, como un animal; tuvo que hacerlo. Pero no robaba. Eso se lo dejó bien claro. No robaba, cogía prestado. Si lo cogías de tu padre no era robar. ¿Cómo iba a ser eso robar?

La noche después de que se empapara, su cuarta noche en el bosque, Anne regresó a la cima de la colina bajo la luna. Era grande y fuerte en sus zancadas colina arriba. Sintió que se elevaba por encima de los árboles empluma- dos igual que un gigante. Había sobrevivido. De vuelta en la casa pequeña las paredes la aplastaban. El techo se le pegaba a la cabeza como un sombrero. Había colada en el tendedero, en las sillas, por toda la cocina. Olía a pizza y a cebolla. Su detergente habitual: Nuevo Pizza con Cebolla. Dice la señora Tarbot que no piensa cambiarlo. Anne se acordaba de los anuncios. Le encantaban los anuncios, un mundo en el que podías comprar la solución para cada problema, así de simple. En la mesa estaba el muñeco de Leanne, un bote de kétchup. Había mantequilla y migas sobre el periódico y en los deberes de Connor. Anne co- gió algo de pan y de queso. Cogió un tarro de mermelada. Cereales, llevaba mucho tiempo sin probarlos: ¿Loops o Wheetos? Puso la tele sin volumen.

Preciosa tele, todos sus colores y su mundo aparte. Personas que se cepillaban los dientes bajo cascadas usando cepillos eléctricos, que conducían coches relucientes es- caleras arriba y abajo y que regalaban sonrisas relucientes; nunca se sentaban bajo un árbol ni les llovía por dentro de la ropa. Sabían de hospitales y de asesinatos y cómo practicar sexo y abrían los ojos y las bocas con grandes gritos silenciosos y portaban armas y engañaban a sus maridos y todo dentro de una caja más pequeña aún que su casa. Anne se comió los cereales y vio la tele. Fue al servicio y cogió un rollo de papel para llevárselo al bosque. Se detuvo en el último peldaño de la escalera y escuchó a su familia respirar en la oscuridad. Pensó en subir quizá a por Leanne. Pero luego pensó que esperaría; a lo mejor cuando hubiese construido un refugio. Entonces se la llevaría y vivirían felices en el bosque y cuando Leanne llorara, ella la calmaría, como podría haber hecho la única vez que pasaron la noche fuera, si hubiese tenido una luz con la que ver qué ocurría.

Luego Anne lo dejó todo recogido y fue al cobertizo. Cogió la mejor sierra, una maza, un hacha de mano. Se llenó los bolsillos de clavos y grapas. Cogió un rastrillo y varias semillas de verduras: coliflores, cebollas, zanahorias, brócolis, todo de cuanto pudo echar mano. Cuerda. Regresó a la casa y rebuscó en los cajones en busca de cerillas, un cuchillo de cocina, una cuchara. Cogió el saco de dormir de su hermano, la manta de viaje, una sartén, una taza, un plato. Después lo apiló todo en la carretilla y bajó de nuevo la colina. La supervivencia te cambia el carácter. Solo entonces, agachada y aprisa, volviendo la vista hacia el hogar que no lo había sido, se dio cuenta de que se estaba marchando. En el camino salpicado de luna la luz era tan brillante, las sombras tan intensas, que no dejó de mirar por encima del hombro. ¿Temía que la vieran? O quería quizá que alguien la viera, que le gritara desde la ventana: ¡eh! Anne qué haces con esa carretilla vuelve aquí ahora mismo. Pero en la ventana no había nadie. Tan solo el fantasma de su antiguo yo, reclinado triste en el alféizar, con los hombros enormes empotrados en el vano y a la espera de algún día.

Los sentimientos de Anne iban y venían como el mal tiempo. Había aprendido hacía mucho que no tenían trascendencia alguna, así que pese a estar llorando cuando se marchó con su cargamento ni siquiera les prestó atención. Empujó tanto como se lo permitieron los temblores de su cuerpo y esperó a que se le pasaran. Al pie de la colina bajo la luna con las pequeñas explosiones, estallidos y guturales de aflicción como motor para la carretilla. Pare- cía que su cuerpo estuviera vaciándose de algo, de infancia quizá, de pertenencia; no habría sabido deciros de qué.

El bosque estaba del revés por la luz, un mundo en negativo fotográfico. Por las anchas veredas la luna la vio ir, la carretilla más pesada ahora que el suelo era desigual. Tenía que levantarla por encima de las raíces y balancearla de acá para allá. Tenía que poner cuidado donde las zarzas se enganchaban a la preciosa carga, los surcos o los baches repentinos hacían que el saco de dormir resbalara, o que la carretilla se inclinara. Tendría que haber parado a descansar, haberse tomado su tiempo, pero corrió como si alguien la siguiera, como si pudiera notar su aliento en la nuca, su mano cerniéndose sobre su hombro para agarrar- la por la espalda. ¿Quién, demonios? Se preguntó mientras seguía empujando. ¿Quién iba a seguirte, estás boba o qué? Se esforzó en avanzar, empujando, balanceándose, cargando con el revoltijo de su futuro —¿quién iba a decir que una vida podría pesar tantísimo?— en dirección a la zona más espesa, adonde no llegaban los senderos, por rutas intransitables incluso sin una carretilla ahíta de posesiones. Por los hombros y el cuello notaba una percha de dolor.

Los árboles se inclinaban sobre ella, combaban hacia abajo sus copas, susurraban, qué tiene qué tiene, pero ella mantenía la cabeza gacha. No se detuvo hasta que la luna le mostró un fresno desmochado con silueta idéntica a la suya y un pequeño arrollo a sus pies. Entonces soltó la carretilla. Has de tener agua para sobrevivir. Gracias, luna.

Al pie del fresno Anne abrió el saco de dormir, se escurrió en él y se sentó apoyada en el tronco. Cuando el do- lor en los hombros disminuyó y empezó a sentir sueño se tumbó de lado, la mejilla contra uno de los pies musgosos del fresno, su cuerpo un signo de interrogación para todas las preguntas que por su temperamento no estaba capacitada para formular; los por qué, los cómo, los cuánto, más que nunca preguntó por no creerse lo suficientemente importante. Se durmió.

Laura Beatty
Laura Beatty. Foto: Cortesía

Laura Beatty En 1999 publicó su primer libro, una biografía sobre la actriz y sufragista británica Lillie Langtry, Lillie Langtry: Manner, Masks and Morals. Más adelante optó por adentrarse en los territorios de la ficción, sin olvidar el plano histórico y relató en Anne Boleyn, the Wife Who Lost her Head (2001), la vida de la reina Ana Bolena pensando en los lectores más jóvenes. Su primera novela, La poda (2008), la hizo merecedora del Author’s Club First Novel Award (galardón que en su día obtuvieron autores como Brian Moore, con La solitaria pasión de Judith Hearne o Alan Sillitoe, con Sábado por la noche y domingo por la mañana), y fue preseleccionada para el Royal Society of Literature Ondaatje Prize. En 2014 apareció Darkling, un dúo entre una voz que brota de la ficción y otra que mana de la realidad inglesa para, sirviéndose de varios archivos de cartas y cuadernos, trazar la relación que se establece entre dos mujeres a las que separan cuatro siglos de historia. En 2019, Laura Beatty publicó Lost Property, su última obra hasta la fecha. También ha trabajado como periodista, ha escrito relatos cortos, así como una introducción a Through the Woods, de H. E. Bates. Ha colaborado en la radio y ha enseñado Escritura Creativa en Falmouth. Durante un tiempo vivió en Salcey, uno de los pocos bosques medievales que quedan en Inglaterra y actualmente vive entre Bath y su casa en Grecia. Laura Beatty (Londres, 1963) estudió Filología Inglesa en Oxford y más tarde se especializó en Griego Antiguo.

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