Yoko Ogawa

LECTURAS | La policía de la memoria, de Yoko Ogawa

​Yoko Ogawa acude a la fantasía y lo onírico para crear una de las novelas más comentadas recientemente por los medios alrededor del mundo: La Policía de la Memoria (Tusquets). Una poderosa y delicada novela, de tintes orwellianos, sobre el control social y la memoria.

Ciudad de México, 20 de septiembre (MaremotoM).- En una pequeña isla se produce un misterioso fenómeno. Un día desaparecen los pájaros, al siguiente podría desaparecer cualquier cosa: los peces, los árboles… Peor aún, también se desvanecerá la memoria de ellos, al igual que las emociones y sensaciones que llevaban asociadas. Nadie sabrá ni recordará entonces qué eran. Hay incluso una policía dedicada a perseguir a los que conservan la capacidad de recordar lo que ya no existe. En esa isla vive una joven escritora que, tras la muerte de su madre, intenta escribir una novela mientras trata de proteger a su editor, que está en peligro porque forma parte de los pocos que recuerdan. La ayudará un anciano al que empiezan a fallarle las fuerzas. Mientras, lentamente, nuestra protagonista va dando forma a su novela: es el relato de una mecanógrafa cuyo jefe acaba reteniéndola contra su voluntad en un altillo. Una obra sobre el poder de la memoria y sobre la pérdida.

Yoko Ogawa
Editada por Tusquets. Foto: Cortesía

Fragmento del libro La Policía de la Memoria (Tusquets), ©1994, Yoko Ogawa. ©2021 Traducción: Juan Francisco González Sánchez. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Tras el fallecimiento de mi madre y, posteriormente, del de mi padre, viví sola en la casa familiar en que había crecido. No mucho después, hace unos dos años, la anciana asistenta que me había acompañado durante mi infancia murió de un ataque al corazón y me quedé más sola aún.

Tenía algunos primos en un pueblo al otro lado de las montañas del norte, cerca del nacimiento del río, pero no los visité nunca y ellos tampoco hicieron lo propio. Las montañas estaban cubiertas de arbustos plagados de espinas y sus cimas coronadas por desalentadoras nieblas perpetuas que ahogaban el deseo de aventurarse al otro lado. A ello debía añadírsele que no existían mapas en la isla y, por tan­ to, nada que diluyera la incertidumbre acerca de lo que uno podía encontrarse por allí. Ni siquiera había un simple y escueto registro gráfico del contorno de la isla. Nadie sabía cómo era. Tal vez los hubo en algún momento del pasado, pero en todo caso no quedaba rastro alguno de ellos.

Mi padre era ornitólogo y trabajaba en un observatorio sito en la cima del cerro del sur de la isla, donde pasaba una tercera parte del año de tiempo completo, noche y día, anotando una gran cantidad de datos, tomando fotografías e, incluso, incubando huevos.

A mí me encantaba subir a verlo con el pretexto de llevar­le el almuerzo y siempre era muy bien recibida por los investigadores más jóvenes, que premiaban mi visita con galletas y una taza de chocolate caliente.

Papá me sentaba sobre sus rodillas y me permitía mirar a través de sus binoculares. La forma del pico, la tonalidad del contorno de sus ojos, el modo en que desplegaban sus alas…, ningún detalle se le escapaba. Sabía identificar a cada una de las aves que pasaban ante nuestros ojos. Recuerdo lo excesivamente pesados que me resultaban los binoculares y cómo los brazos se me cansaban enseguida, entonces su mano iz­quierda acudía a mi auxilio para sostenerlos.

En una de aquellas ocasiones, con nuestras mejillas ro­zándose, sentí el deseo de preguntarle por la vieja cómoda en cuyos cajones mamá conservaba todos aquellos objetos.

«¿Tienes alguna idea de qué guarda allí?» era la cuestión que pugnaba por salir de mis labios, pero la imagen de mamá mirando a la luna en cuarto creciente a través de la ventana se encargó de retenerla en mi garganta.

—Cómete el almuerzo antes de que se eche a perder —fueron las palabras que pronuncié, a modo de desvaída advertencia de parte de mamá.

De camino a la parada del autobús, acompañada de papá, siempre me detenía unos instantes en una pequeña área ha­ bilitada para poner comida a los pájaros y hacía pedacitos una de las galletas para dejarla ahí.

—¿Cuándo volverás a casa? —le pregunté aquel día.

—El próximo sábado —contestó él, con visible desaso­siego—. Quizás…

Llegado el momento de la despedida, papá agitaba el bra­zo con tal ímpetu que el lápiz rojo, la brújula y el rotulador fluorescente que guardaba en el bolsillo del pecho de su chamarra de trabajo parecían a punto de salírsele.

Me alegré de que la desaparición de los pájaros se produjera tras la muerte de papá. Si bien es cierto que, en líneas gene­rales, los habitantes de la isla se las arreglaban para encontrar un nuevo trabajo sin excesivas dificultades cada vez que se producía una nueva extinción que afectara al que ya tenían, creo que papá, a quien la vida le había escamoteado cual­quier otro talento que no fuera el de identificar aves, no habría sido capaz de adaptarse a ningún otro oficio.

A partir de la erradicación de los sombreros, uno de nuestros vecinos, que se dedicaba a su confección, no vio especial inconveniente en acomodarse a la fabricación de paraguas; el marido de nuestra asistenta pasó a encargarse del almacén del muelle después de que el ferri quedara fuera de servicio y no requiriese más de sus labores de mantenimiento y la hermana de una antigua compañera del colegio cambió su profesión de peluquera por la de partera. Dichas transiciones no solo no acarreaban crisis personales ni provocaban una aguda nostalgia en quienes pasaban por ellas, sino que incluso la significativa dismi­nución de los ingresos que solían conllevar era aceptada de buen grado. También es verdad que la Policía de la Memo­ria tendía a poner especial atención en aquellos ciudada­nos demasiado vacilantes a la hora de decidirse por una nueva profesión.

En cualquier caso, todos, incluyéndome a mí, fuimos perdiendo simplemente la memoria del pasado, sin excesiva añoranza. ¿Cómo es posible añorar lo que no se recuerda? La propia isla, flotando en aquella vacía inmensidad que era el océano, representaba a la perfección, en su aislamiento, lo que en ella acaecía a diario.

Pues bien, la desaparición de los pájaros no se produjo de manera diferente a las demás. Sencillamente, un día como cualquier otro, al alba, ya no existían sobre la faz de la tierra.

Al despertar, como era habitual en dichas ocasiones, per­cibí cierta aspereza en el aire que interpreté como la señal de una nueva extinción. Permanecí con los ojos bien abier­tos acurrucada bajo las sábanas y recorrí con la mirada cada rincón de la habitación. El juego de maquillaje reposaba como siempre sobre el tocador, igual que los clips y las ho­jas de papel donde tomaba notas descansaban sobre el es­critorio y la colección de discos sobre su correspondiente estantería. Las cortinas de encaje seguían también allí, como siempre. Pero cualquier minúsculo detalle podría haber desaparecido, así que hice acopio de paciencia y agucé la vista.

Me levanté y me eché un cárdigan por los hombros. Salí al jardín y comprobé que todos los vecinos habían hecho lo mismo y que sobre sus rostros, como sobre el mío, se cernía una sombra de inquietud mientras oteaban los alrededores. El perro de la casa de al lado ladró en registro grave.

Fue entonces cuando por encima de nuestras cabezas, a gran altura, se perfiló la redondeada silueta de una pequeña ave de tonos parduzcos y blancas pinceladas sobre la pechu­ga que cruzaba el cielo alejándose.

«¿No era aquel uno de esos pájaros que había observado alguna vez desde el observatorio junto a papá?», me pregunté. Y apenas lo había hecho, me di cuenta de que desde las más recónditas profundidades de mi memoria iban borrán­dose tanto el significado de la palabra «pájaro» como las emociones y sensaciones asociadas a esta, y, en definitiva, todo tipo de remembranza vinculada a las aves.

—Hoy han sido las aves… —sentenció lacónicamente el antiguo sombrerero—. No se pierde gran cosa. ¿A quién puede afectarle algo así, si lo único que hacen es volar a su antojo?

El antiguo sombrerero se ajustó la bufanda al cuello y estornudó levemente. Nuestras miradas se cruzaron y sus labios esbozaron una incómoda sonrisa, como si en ese pre­ciso momento hubiera caído en la cuenta de que papá había sido ornitólogo. Sin añadir nada más, se dirigió raudo al trabajo.

Los demás parecieron sentirse aliviados al comprender la naturaleza de la extinción de aquel día y pusieron también rumbo a sus respectivos asuntos matutinos. Yo me quedé un rato allí sola, mirando al cielo…

Aquella pequeña ave parda trazó un enorme círculo y se alejó en dirección norte. No conseguía recordar de qué espe­cie podría tratarse y me lamenté de no haber prestado mayor atención a los nombres que papá me enseñaba cuando las contemplábamos a través de los binoculares, bien pertrecha­ dos en nuestro puesto del observatorio.

Traté al menos de mantener vivo el recuerdo de la silueta con que se recortaban sus alas sobre el cielo, de sus alegres gorjeos y del color de sus plumas. Sin embargo, y a pesar de su fuerte vinculación con la memoria que guardaba de mi padre, me di cuenta de que también ellos iban alejándose y diluyéndose en el olvido, y de que aquel punto lejano que todavía se vislumbraba en el cielo no era más que una cria­ tura que se desplazaba por la acción de sus alas, incapaz ya de despertar en mí algún tipo de emoción en particular.

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Cuando por la tarde me acerqué al mercado a hacer unas compras, me encontré con grupos de personas portando jau­las de pájaros. En su interior aleteaban inquietos periquitos, capuchinos de Java y canarios, mientras sus dueños perma­necían en silencio y con la mirada ausente, tratando tal vez de asimilar lo que estaba sucediendo.

Y así fueron despidiéndose de sus mascotas, cada uno a su manera. Unos pronunciaban sus nombres y acercaban cariñosamente las mejillas a los barrotes de las jaulas; otros colocaban comida entre sus labios para que los pájaros se acercaran a picotear de estos, y uno a uno, al dar por finali­zado su particular ritual de despedida, abrían de par en par las puertecitas de las jaulas y las alzaban al cielo para que sus sorprendidos e indecisos moradores pudieran abandonarlas. Aquellos que se atrevían a salir, daban un par de vueltas al­rededor de sus dueños antes de alzar el vuelo y desaparecer en la lejanía.

Cuando por fin desapareció el último de ellos, un denso silencio envolvió el lugar y los dueños de los pájaros fueron regresando a sus casas tras dejar allí abandonadas las jaulas vacías.

De ese modo, la desaparición de los pájaros en la isla se dio por finalizada.

Al día siguiente, sucedió algo completamente inesperado. Estaba desayunando mientras veía la televisión cuando oí el timbre de la puerta. La vehemencia con que sonó me hizo comprender inmediatamente que fuera quien fuese no trae­ría buenas noticias.

—Llévenos al despacho de su padre, por favor —dijo uno de los cinco miembros de la Policía de la Memoria a quienes, tras abrirles la puerta, invité a pasar al vestíbulo.

Su indumentaria consistía en chamarra y pantalones ver­de caqui, cinturón ancho, botas negras y guantes de cuero. Bajo la chamarra, a la altura de la cadera, se insinuaba una pistola. Su aspecto, desde luego, no inspiraba nada bueno y me pareció que solo las insignias que llevaban prendidas cerca del cuello de sus chamarras los diferenciaban entre sí, aunque no me detuve a observarlas con detenimiento.

—Llévenos al despacho de su padre, por favor —repitió en el mismo tono de voz el hombre que se había situado delante de sus compañeros. Sobre su chamarra lucía insig­nias con forma de rombo, óvalo y trapecio.

—Mi padre murió hace cinco años —contesté pausada­mente, tratando de calmarme.

—Estamos al corriente de ello —intervino un segundo hombre, con insignias cuneiformes, hexagonales y con for­ ma de «t», y, como si tales palabras hubieran funcionado a modo de señal, los cinco se pusieron en marcha en direc­ción al despacho de papá, acompañados del golpeteo seco de sus zapatos contra el suelo y del tintineo de las armas contra los broches de sus fundas.

—Acabo de traer la alfombra de la tintorería. Si me hicie­ran el favor de descalzarse…

No se me ocurrió nada mejor que decir. Evidentemente, no me hicieron ningún caso y mantuvieron impertérrito su paso escaleras arriba, hacia la planta superior.

Parecían conocer a la perfección la disposición de las es­tancias de la casa, pues llegaron sin la más mínima vacila­ción al despacho de papá, donde, con una destreza asom­brosa, se pusieron de inmediato manos a la obra con el asunto que les había traído.

Mientras uno de ellos abría de par en par la ventana, que había permanecido cerrada desde la muerte de papá, otro se afanaba en forzar las cerraduras de los cajones del escritorio y del armario con un instrumento largo y afilado semejante a un bisturí, y los tres restantes rastreaban con sus dedos hasta el más recóndito centímetro de las paredes a la bús­ queda de alguna cavidad oculta. Inmediatamente después, todos se concentraron en examinar cada uno de los manus­critos, apuntes, cuadernos, libros y fotos que iban encon­trando. De entre todos los que iban pasando por sus manos seleccionaban aquellos que percibían como una posible amenaza al orden social o que simplemente contenían la palabra «pájaro», y descartaban los que, según su criterio, eran inofensivos. Los primeros eran arrojados al suelo, don­ de acabaron formando una pila desordenada. Yo, inmóvil bajo el marco de la puerta del despacho, contemplaba todo aquello sin perder detalle, al tiempo que mis dedos toque­teaban nerviosamente la manija de la puerta.

Había oído hablar alguna vez de lo extraordinariamente bien preparada y entrenada que estaba la Policía de la Me­moria, y sobre cómo a cada miembro se le asignaba un cargo y área de responsabilidad atendiendo a un exhaustivo proce­so de selección, primando siempre la eficacia sobre cual­quier otro factor. Mis cinco visitantes no eran una excep­ción a dicha norma. Silencio, miradas incisivas y una máxima economía en la ejecución de sus acciones eran prueba de ello. El único sonido que llegaba a mis oídos entre toda aquella afrenta a la intimidad de mi hogar era el producido por el suave roce de las yemas de sus dedos sobre el papel, como cuando los pájaros abren sus alas para alzar el vuelo. La pila de papeles y libros lanzados al suelo no tardó en alcanzar unas dimensiones considerables, lo cual indicaba que casi todo lo que había en el despacho de papá guardaba alguna relación con la ornitología. La letra manuscrita de papá, con su tendencia a inclinarse hacia la derecha, llenaba los folios y los cuadernos que, junto a las fotografías que con tanta dedicación había tomado a lo largo de intermina­bles días de atenta vigilancia y paciente espera bajo el techo del observatorio, caían de las manos de los cinco hombres y se derramaban como hojas de otoño sobre la tarima del piso.

A pesar de lo caótico de su proceder, el refinamiento y destreza con que llevaban a cabo cada gesto era tal que po­dría llegar a pensarse erróneamente que su tarea era digna de aprobación. Me debatía por hacerles comprender de algún modo mi enérgica oposición a aquella actuación en mi casa, pero el corazón me latía con fuerza y me sentía paralizada, sumida en un mar de desconcierto.

—Por favor, traten mis objetos personales con más cui­ dado —supliqué por fin.

No hubo respuesta.

—¿No se dan cuenta de que son recuerdos de mi padre?

—insistí inútilmente. Aquel montón de papeles y cuader­nos que se levantaba frente a mí se tragó mis palabras sin que ninguna reacción aflorara a los pétreos rostros de aque­llos hombres.

Uno de ellos, que lucía insignias rectangulares y con for­ma de gota, introdujo su mano en el cajón inferior del escri­torio.

—Lo que hay ahí no tiene relación con los pájaros —in­diqué de inmediato. Papá usaba ese cajón para guardar las cartas y fotografías de la familia.

Indiferente a mi advertencia, el agente procedió a exami­narlas como había hecho con los demás papeles y seleccio­nó una sola foto de todo el fajo. En ella aparecíamos en fa­milia. Papá sostenía un magnífico y raro ejemplar de un ave de colorido plumaje que él mismo había criado tras incubar el huevo y cuyo nombre, evidentemente, no recuerdo. Des­pués de ordenar y agrupar cuidadosamente el resto de las fotografías junto a la correspondencia familiar, el hombre las devolvió a su sitio, dentro del cajón inferior del escrito­ rio; y ese fue el único gesto amable mostrado por uno de los cinco miembros de la Policía de la Memoria durante aquella visita no solicitada.

La selección de material prohibido pareció llegar a su fin y, acto seguido, sacaron de los bolsillos de sus chamarras unas bolsas negras que empezaron a llenar con todos los papeles, cuadernos y libros arrojados al suelo. Al ver que los apretaban y comprimían en el interior de las bolsas a fin de introducir en ellas la mayor cantidad posible, como si de material desechable se tratara, no albergué ninguna esperan­ za de que fueran a conservarlos. Por supuesto, no buscaban nada en concreto, sino simplemente hacer desaparecer todo tipo de documento gráfico o escrito que atestiguara la exis­tencia de las aves. Al fin y al cabo, la principal función de la Policía de la Memoria era completar y hacer efectivo cada proceso de desaparición y olvido a medida que estos iban produciéndose.

Tal vez aquella visita no había sido nada comparada con la ocasión en que la Policía de la Memoria se llevó a mamá. En cualquier caso, desde la muerte de papá el recuerdo de las aves había ido diluyéndose más y más con el paso de los días hasta desaparecer esa misma mañana, de manera que supuse que al menos no habría más visitas de inspección por parte de la Policía de la Memoria.

Una hora en total fue lo que les llevó llenar diez grandes bolsas de escritos de papá, en el transcurso de la cual la luz del sol había comenzado a penetrar intensamente a través de la ventana y a caldear la estancia. La pulida superficie de las insignias lanzaba destellos intermitentes desde el cuello de las chamarras. Impertérritos y ajenos al calor, sin transpirar si­ quiera, los hombres desarrollaron su trabajo con apremiante indolencia.

Finalmente se echaron al hombro dos bolsas cada uno, se subieron a una camioneta que los esperaba estacionada a la puerta de casa y se alejaron.

Había bastado una hora para que el ambiente del despa­cho de papá se hubiese transformado totalmente. Su rastro se había esfumado por completo para no volver nunca, de­jando tras de sí una fría oquedad. Me situé en medio de la sala y permanecí de pie allí. Efectivamente, se había conver­tido en un vacío profundo cuyo abismo trataba de succio­narme.

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