Criseida Santos Guevara

LECTURAS | La reinita pop no ha muerto, de Criseida Santos Guevara

¿Quién define de qué puede hablar un escritor en sus libros? De rapera famosa a operadora de call center, de la ilusión al amor no correspondido, entre visados, trayectos y mucha música pop. La reinita pop  no ha muerto es una novela ágil, candorosa, que convierte a los lectores en los espectadores de un divertido y extravagante talk show.

Ciudad de México, 26 de julio (MaremotoM).- Lupe es una mujer regiomontana que sueña con convertirse en una gran escritora, todos le dijeron que no escribiera sobre ella, ni de Monterrey ni de Houston y, mucho menos, de su más reciente decepción amorosa. Pero Lupe no sabe hacer otra cosa que no sea hablar de su vida, contar cómo, sin importar el lugar al que huya, el destino le echa a perder todos sus planes.

De rapera famosa a operadora de call center, de la ilusión al amor no correspondido, entre visados, trayectos y mucha música pop. La reinita pop  no ha muerto es una novela ágil, candorosa, que convierte a los lectores en los espectadores de un divertido y extravagante talk show.

Fragmento de La reinita pop no ha muerto, de  Criseida Santos Guevara, con autorización de Literatura Random House

Criseida Santos Guevara
Editó Literatura Random House. Foto: Cortesía

INTRODUCING OUR NEW STAR, THE ALMOST PULITZER WINNER

Mi vida es una especie de serpientes y escaleras. Conforme más escapo, conforme más avanzo, cuantas más veces lo intento, cuando más cerca estoy de lograrlo, llego a la maldita casilla que me regresa al inicio. Nací un día de verano en la Sultana del Norte. No recuerdo con exactitud mis primeras palabras, pero lo que tengo grabado en la memoria como la impronta animal fue la sensación de estarme ahogando con esta pinchurrienta humedad, este pinchurriento calor estepario y esta pinche falta de playa y mar de este pozo sumido entre montañas al que Diego de Montemayor tuvo a bien bautizar con el nombre de Monterrey. Le puso más nombres y más apellidos, como era la usanza, pero lo que interesa es que Cabrito City es un baño sauna la mayor parte del año. Y yo, que no me distingo de cualquier lugareño obsesionado con el clima, debo decir que cuando el invierno no te chorrea las paredes en los fríos de diciembre, el resto de las estaciones temporales se encargan de exprimirte litros saladitos de sudor. Pero aun así no entendemos. Aun así tumbamos jubilosos nuestros poquísimos bosques para construir estadios de futbol donde cientos de huestes enardecidas irán a desfogar algo que traemos bien adentro pero no somos capaces siquiera de enunciar. Algo nos trae así, bien quién sabe cómo, pero pensamos que es algo muy ajeno a nosotros, como si los extraterrestres hubieran instalado una nave nodriza en el río Santa Catarina y nos estuvieran manipulando la mente; como si nos obligaran a actuar como actuamos.

Como decía, nací un día de verano en Machacado Ville. Intenté regresar al vientre materno pero mi madre cerró las piernas, me dejó suspendida en los brazos de la enfermera, cerró los ojos para recuperarse y estar al día siguiente muy bañada, muy encamada y con toda su depresión posparto dispuesta a conocerme, amamantarme y embracilarme. Ahí empezaron mis traumas. Monterrey me parió y me dejó abandonada en la puerta de un convento para que las monjas se hicieran cargo de mí, me trajeran descalza y me pusieran a hornear empanadas que en alguna de las múltiples crisis de México me obligarían a vender en el crucero de Alfonso Reyes y Garza Sada.

En la secta bajo la cual me criaron y bautizaron, también me confirmaron en la fe de ser hija del progreso, la eficiencia y la productividad. Soy hija de lo mercantil y empresarial. Soy bursátil, trabajadora y emprendedora. O al menos, eso debería ser porque en realidad soy más bien como la hija bastarda de la cultura de calidad de mi tierra linda y sultana y que lleva por nombre, sí, señor, ciudad de Monterrey.

Soy como un reo reincidente que cae en prisión una y otra y otra vez y vuelve a escapar, vuelve a intentar escapar. La última vez me exilié en Houston, pero la suerte me deportó al puerto de entrada más cercano y heme aquí paseándome por la ciudad que me vio nacer, caminando sus explotadas calles, sudando por partes innombrables y preguntándome cómo fue que vine a parar otra vez acá, cómo fue que este hoyo negro me atrapó de nuevo y cuál será ahora mi plan de fuga… porque escaparé, en algún momento volveré a escapar.

Monterrey es como una de esas novias con las que siempre vuelves. En el último retorno, decidí superar mis complejos preedípicos, decidí suprimir la parte de llorar mis penas y decidí volverme a enamorar de la ciudad. O si no enamorarme, al menos lograr trascenderla. Para desahogar mis descalabros, tenía en mente la idea de escribir hasta que sintiera que no era capaz de plasmar una idea o una palabra más: escribir las joterías de Monterrey. Poner a Monterrey como una machorra closetera y a partir de ahí contar la historia de nuestra guerra sin cuartel y la historia de todas mis guerras que, by the way, tampoco tenían ni tienen cuartel. Machorra Monterrey, machorra yo. Guerra en las calles y yo streetfighter. Lo tenía claro: vivir en Monterrey justo cuando empezaba a ser una realidad la so-called guerra del narco. La idea, si no era buena, al menos era bastante oportuna. Mi viaje interior era paralelo al exterior y a excepción de que el tema era bastante joto y si de por sí la gente no leía, pues con temas atrevidos como mis homosexualidades la posibilidad de convertirme en un bestseller o sacarme un Alfaguara se veían bastante remotas.

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Aun así tenía toda la actitud: yo era Pérez-Reverte, corresponsal de guerra. El tema era actual y tenía todos los elementos escandalosos de moda: sexo, drogas, homosexuales, homoparentalidad, iPod, iTunes, internet, Twitter, Ninel Conde. La idea de convertirme en corresponsal de guerra la había sacado de un programa donde parodiaban al autor poniéndolo en una situación mamona de la cual salía librado usando una linterna del ejército serbio, la mesa de Stalin comprada en eBay, un sable de cualquier guerra y agarrándose a balazos con una Kalashnikov con la policía española. Y eso haría yo en Monterrey. Así me consolaría de tanto cocolazo que me dieron en la infancia, de aquella vez que me le caí a mi mamá y que ahí debió modificarse mi inteligencia y me hice tan cabezona. Sólo así mis amigos podían explicarse la sonsera de mi regreso a estas tierras.

Y sí, yo sería Pérez-Reverte, corresponsal de guerra. No había otra manera de tomarlo. No se me ocurría otro modo para no odiar a Inés y culparla de estar frente a un ahorcado bañado en sangre, colgado del puente de avenida Nogalar y Diego Díaz de Berlanga la madrugada que llegué de Houston.

Además, haría un viaje interior hacia mis emociones, un viaje a los pueblos de Nuevo León para recuperar algo que no se me ha perdido pero que sería bueno encontrar. Y esa idea la traje durante los primeros meses.

Cuando decidí reinsertarme en la convivencia social le hablé a mi madre para ir a tomarnos un café. Por no explicarle los motivos de mi presencia en la ciudad, mejor le conté el proyecto. Mi madre escuchó y después de un suspiro dijo como si la estuviera invitando a venir conmigo: uy, a Santiago ya ni vamos. A Santiago no hemos vuelto desde noviembre. Tampoco a Garza Ayala. ¿Pa’qué? No te dejan ni siquiera entrar al panteón. No te dejan ni siquiera llorar a tus muertos.

Así fue como mi madre me borró la sonrisa de la boca y mi viaje por Nuevoleontown se suspendió gracias a las recomendaciones de todo mundo. No iba a ponerme a viajar estando el horno tan caliente. Pero soy optimista, ya habrá tiempo para eso, ya me diagnosticarán un falso cáncer de pulmón que me obligue a contar los secretos de las montañas de Nuevo León, ya escribiré una historia fragmentada y rural, retazos de poesía, leyendas, crónicas de personajes sin nombre. Ya viviré en París. No París el de Francia. París el de Texas. Y ya pasarán estos tiempos. Y ya volveré con mi enfermedad o con mi vejez o con mi nostalgia a recuperar la poesía y las leyendas de la gente de los pueblos que ya quedaron fantasmas.

He intentado ser hispanista, activista, astronauta y cantante de rap. Más o menos en ese orden. Pero yo no sé hacer otra cosa que escribir. En cada una de las categorías antes expuestas ya la he cagado bastante, así que pienso seguir por esa línea: desoiré todos y cada uno de los consejos y opiniones que me han dado: así que escribiré de mí: el único tema que sé, domino y me interesa.

Me pasa que mientras conduzco por las despatarradas calles de Monterrey vienen a mí tonos y parrafadas enteras de lo que debo escribir, pero cuando bajo del coche se van y queda un rubor en mí, queda la extraña sensación de estar defraudando a un listado de gente que me pidió no hacer esto: Lupe, no, por favor, no hables de ti, ni de Monterrey, ni de Houston. Y sobre todo, no hables de Inés. Pero soy de Machacado Ville, thinking I won’t? Goddamnit I will.

Hablaré de Houston. Hablaré de cómo me fue en la feria o para ponernos más a tono: hablaré de cómo me fue en el Rodeo.

Criseida Santos Guevara
Criseida Santos Guevara. Foto: Cortesía

Criseida Santos Guevara es doctora en español con énfasis en escritura creativa por la Universidad de Houston. Estudió en el programa de escritura creativa bilingüe en la Universidad de Texas, en El Paso. Premio Literal de Novela Breve en 2013 por La reinita pop no ha muerto. Mención Honorífica del Premio Binacional de Novela Joven Frontera de Palabras/Border of Words en 2008 por Rhyme & Reason (FETA). Textos suyos han sido parte de antologías como Monterrey 24 (Universidad Autónoma de Nuevo León, 2018), Las reinas somos gente normal (Tilde, 2016) y Te guardé una bala (Abismos, 2015).

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