Juan José Millás

LECTURAS | La vida a ratos, de Juan José Millás

Vuelve el ingenio de Millás con el diario divertido y surrealista de un neurótico brillante.

Ciudad de México, 20 de agosto (MaremotoM).- En La vida a ratos el lector es tan protagonista como el narrador, porque descubre en secreto un relato que, en la ficción, no ha sido creado para ser conocido por nadie más que aquel que lo escribe.

Es el diario de más de tres años de vida de un personaje -curiosamente también llamado Juan José Millás-, que se muestra tan libre, tan neurótico, y divertido, e irónico e hipocondriaco como solo nos mostramos cuando nadie nos ve. Las visitas a la psicoanalista, el taller de escritura, los paseos por una ciudad que no deja de colocarle ante situaciones sorpresivas, la familia, los amigos… Todo es normal, todo parece anodino hasta que, al volver una esquina de la realidad, aparece lo extraordinario, lo surrealista. Y nos deslumbra.

La vida a ratos
La vida a ratos. Foto: Cortesía

Fragmento de La vida a ratos, de Juan José Millás, con autorización de Alfaguara

Semana 1

LUNES. Pronto cumpliré sesenta y siete años. ¿Soy un viejo? Evidentemente sí, pero a mi alrededor todo el mundo lo niega.

—Anda, anda, no digas tonterías.

A veces soy yo mismo el que lo niega. Cuando paseo por el parque de buena mañana, por ejemplo, la imagen que tengo de mí es la de un «muchacho». Me estimula sentir el frío en el rostro, me gusta apretar el paso hasta alcanzar el límite de la carrera, pienso con ilusión en el periódico y la taza de té que me esperan al final de la caminata. En ocasiones, a esas horas comienzo a imaginar ya la comida, incluso me acerco al mercado y compro algo especial. Con frecuencia, mientras voy de acá para allá, recuerdo la frase con la que comienza John Cheever sus memorias: «En la madurez hay misterio, hay confusión».

Cierto, hay misterio, hay confusión, a veces el misterio procede de la confusión y la confusión del misterio. Pero contesta ya, maldita sea, a la pregunta con la que te has levantado de la cama este lunes de enero: ¿Eres o no eres viejo? Sí, coño, lo soy, soy viejo. Un viejo.

MARTES. A vueltas todavía con el asunto de ayer. Mientras atravieso el parque, oyendo crujir el hielo bajo mis botas, pienso en los hormigueros, ahora cerrados. ¿Cuánto vive una hormiga, cómo envejece, cuántos cadáveres de ellas habrá bajo la fina capa de hielo que se ha formado durante la noche? ¿Cuán fría estará la tierra ahí abajo? Entonces me viene a la cabeza la idea de escribir un diario de la vejez. Un diario de la vejez. ¿Por dónde empezaría? La semana pasada, por ejemplo, estuve en el dentista, que me arrancó la última muela del lado derecho de la mandíbula superior. Es la primera pieza dental que pierdo, y por lo tanto posee un alto valor simbólico. He decidido no reponerla, porque no afecta a la masticación ni a la estética (no se ve). Pero no hago otra cosa que pasar la lengua por el cráter. La caída de los dientes representa la castración. Por eso a los niños se les compensa, cuando pierden los de leche, con un regalo del misterioso Ratoncito Pérez. A mí este animal me daba miedo. Pensaba que podía comerme la colita, lo que significaría una castración literal.

MIÉRCOLES. Resulta imposible llevar un diario de la vejez como resulta imposible escuchar cómo crece la yerba. La yerba y la vejez trabajan con idéntico sigilo, y a un ritmo parecido. Vas perdiendo capacidades, pero a tal compás que no te enteras. Y te acostumbras a esas pérdidas, claro.

¿Tienen recompensa las pérdidas? ¿Hay un Ratoncito Pérez de la vejez? No exactamente. La vejez tiene una rata grande, quizá la Rata Pérez, que en un momento dado te compensa por todas las pérdidas con un regalo absoluto llamado Muerte. La Muerte satisface todos los deseos, todos, todos, todos. Tras su paso por el cuerpo de un ser humano, no queda en pie una sola tensión. Quizá la Rata Pérez sea la madre del Ratoncito Pérez.

JUEVES. No está en mi intención resultar fúnebre, pero se me está pasando la semana al modo de los ejercicios espirituales de la infancia, en los que tanto se hablaba de las postrimerías. Ahora bien, al mencionar el término postrimerías me viene a la memoria la imagen de un cura, cuyo nombre he olvidado, que en el transcurso de uno de estos ejercicios espirituales nos habló del Ratoncito Pérez. No recuerdo cómo logró colarlo en medio de aquellas sesiones fúnebres, pero observado con perspectiva me parece que fue un acierto literario. Lo que nos vino a decir fue que el Ratoncito Pérez se llevaba nuestros dientes, dejándonos a cambio un obsequio, para regalárselos a su madre, que estaba muy vieja. La imagen de una rata vieja, sin dientes, me conmovió mucho, pero me produjo mucho asco también. ¿Esto es, maldita sea, un diario de la vejez? Esto es materia para el diván, pero mi psicoanalista está enferma, ha cogido la gripe. O eso dice.

VIERNES. Comienza el fin de semana. Se acabaron los ejercicios espirituales, pero empiezo a leer a un poeta sueco de nombre Tranströmer. Parece el nombre de una medicina para las alteraciones de carácter. Quizá lo sea. En todo caso, su lectura me hace mucho bien.

Semana 2

LUNES. Al besar a una mujer que me acaban de presentar, siento el olor a tabaco que desprende su blusa. Un olor fresco, de hace unos minutos, delator de una flaqueza. Tuve que dar una charla en una librería y antes de entrar me tomé un gin-tonic y me fumé un cigarrillo. Dos flaquezas. Luego fui a una farmacia y pedí un espray para el aliento. Aunque jamás los había utilizado, ni se me pasó por la cabeza leer el prospecto. Me pulvericé la boca y se me quedó completamente seca porque, tal como luego descubrí, el espray contenía alcohol. Al poco de comenzar la charla, me di cuenta de que no salivaba. Mi lengua se movía dentro de la boca como los rodamientos de un motor en el interior de un cárter sin aceite. Salí del paso bebiéndome cuatro botellas de agua frente a la estupefacción de mis anfitriones y del público, ante el que me tuve que disculpar en medio del coloquio para ir al baño.

MARTES. Mi amigo F. se acaba de enterar, treinta años después, de que su padre se suicidó. Creía que había muerto de una neumonía. La noticia, facilitada por su hermano mayor, lo ha sumido en el desconcierto. Se pregunta si el suicidio de su progenitor autoriza el suyo. Me lo cuenta en la terraza de una cafetería, al caer la tarde, frente a sendos vodkas con tónica. No sé qué decirle.

Se está levantando un aire como de tormenta.

Semana 3

MARTES. Salgo a pasear a primera hora, con fresco. Ya en el parque, le doy una patada sin querer a un sobre marrón de los de burbujas. Es grande y está muy abultado. Lo tomo, por curiosidad, y saco lo que hay en su interior. Se trata de un frasco de plástico como los que se utilizan para las muestras de los análisis de orina. Está lleno y permanece tibio aún, como si acabaran de depositar el pis. El hallazgo me estremece. Aunque mi primer impulso es desprenderme de él arrojándolo al suelo, lo devuelvo al interior del sobre y lo abandono en una papelera. Luego busco una fuente donde enjuagarme las manos, que me seco en el faldón del jersey.

MIÉRCOLES. En un jardín comunitario de aquí al lado están talando un pino altísimo. Me asomo a verlo. El operario cuelga de una cuerda sujeta a un arnés. El pino va cayendo en rodajas grandes sobre el césped húmedo. De una casa con las ventanas abiertas sale una canción de mi adolescencia que solo puedo escuchar durante los intervalos en los que el jardinero deja descansar la sierra mecánica. El espectáculo ha atraído a una docena de vecinos que permanecemos hipnotizados.

—¡Apártense, no vaya a haber una desgracia! —grita el hombre, que cuelga de una rama alta del árbol como una bola de Navidad.

Y nos apartamos.

JUEVES. Me he quedado sin somníferos y mi médico está de vacaciones.

Semana 4

MARTES. ¿Aceptaríamos que una marca de latas de sardinas llevara el nombre de Ana Frank? Se lo preguntaba hace un par de horas un hombre a otro en el bar donde yo me tomaba la copa de media tarde.

—Imagínatelo —añadía—, Sardinas en aceite Ana Frank.

—Bueno —respondía el otro—, me parecería un disparate.

—Pues eso te da idea del mundo en el que vivimos.

—¿Es que ha sucedido ya?

—No, pero podría suceder. Resulta que andan a vueltas con el registro de la marca Ana Frank.

JUEVES. Hubo una época en la que corríamos como locos hacia la actualidad. Se levantaba uno de la cama, se echaba cualquier cosa encima y venga, a correr hacia la actualidad. Hoy es la actualidad la que corre hacia nosotros, y con muy malas intenciones. De manera que hacemos lo contrario de entonces: nos ponemos los pantalones, la camisa y los zapatos y echamos a correr, para que no nos alcance.

Semana 5

MARTES. ¿La sexualidad es normal? En un sentido, sí, evidentemente. Si no fuera normal, no la utilizaríamos tanto. Pero al mismo tiempo se trata de una energía inconcebible, extraordinaria. Una energía productora de pánico. Toda la cultura es un invento para desproveer del sexo a la sexualidad. Para domesticarla. El poder constituye un amansador excelente. Pienso en el rostro de tres o cuatro políticos de los que aparecen en la tele cada día, imputados o no. Se les ve tan desexualizados porque han sublimado sus impulsos venéreos. Si se les quitara de golpe el poder y les regresara de súbito la sexualidad, podría ocurrir una desgracia.

Semana 6

LUNES. Huelo la depresión como un buitre la carroña. He ahí un hombre deprimido. Se encuentra en la estación de Atocha, en Madrid, a unos pasos de mí, que finjo leer el periódico mientras lo observo. Tiene en los párpados la pesadez que proporciona un cóctel de ansiolíticos. Se ha levantado a las siete de la mañana (ahora son las diez), se ha sentado en el borde de la cama y ha observado el día que tenía por delante como si fuera un túnel negro, negro, negro, cuya luz aparecería al cerrar de nuevo los ojos, por la noche. Lleva un traje gris que se le ha quedado estrecho (está un poco hinchado por la medicación) y sostiene en la mano izquierda (es zurdo) una cartera absurdamente amarilla. El hombre va de un lado a otro sin separarse más de tres o cuatro metros del panel de información, que consulta con ansiedad en cada una de las vueltas, como si no se fiara de él. También mira el reloj cada poco, casi receloso por su modo de dar la hora. Desconfía del reloj, del panel de información y de su propia capacidad para sincronizar los movimientos de su cuerpo y de su mente con los de una realidad que se ha tornado líquida, aunque espesa, como el mercurio, una realidad mercurial. Todo a su alrededor se mueve con la pereza de un metal blando, a punto de fundirse en frío. En esto anuncian la salida de mi tren y abandono el seguimiento.

MARTES. Regreso de Barcelona, donde he participado en una mesa redonda titulada «Literatura e infierno». El tipo al que se le ocurrió el título nos llevó a cenar después del acto y nos dio su propia conferencia sobre el asunto de la mesa redonda. Se notaba a la legua que estaba deprimido, como el de la estación de Atocha, pero en este caso se trataba de una depresión eufórica, valga la contradicción. Sus invitados lo escuchábamos sin intervenir porque daba un poco de miedo su grado de desesperación. En los postres se vino abajo y nos pidió consejo acerca de su madre, a quien no sabía si ingresar o no ingresar en una residencia. Comprendí que el mundo está mal, muy mal, y me juré (en vano) que el mundo no lograría contagiarme su malestar. En el tren ponen una película sin gracia con la que mi compañero de asiento, sin embargo, se muere de la risa.

JUEVES. Me deja un mensaje mi psicoanalista. Sigue enferma y tampoco podrá atenderme hoy. Tengo un amigo cuya psicoanalista falleció en mitad del tratamiento. No es lo mismo, pero también molesta, claro. Le resta omnipotencia y yo, hoy por hoy, necesito una psicoanalista omnipotente, como mi madre. Sé que lo analizaremos en la próxima sesión, si no se muere (cruzo los dedos), y que ella me dirá por qué necesito recordar a mi madre como una mujer que todo lo podía. Yo le diré que mi madre lo podía todo y ella me preguntará si estoy seguro de lo que digo y entonces yo diré, al borde de las lágrimas, que no, que en realidad mi madre era muy frágil, pero que reconocerlo me fragiliza a mí. Para sustituir la sesión, me voy al baño turco, donde permanezco más tiempo del aconsejado. El baño turco me trae recuerdos del útero materno.

Semana 7

MIÉRCOLES. Propongo a los alumnos del taller de escritura creativa la realización de un texto sobre la antropofagia. Les doy una hora durante la que yo salgo a resolver unos asuntos. A mi regreso, leemos públicamente el texto de Beatriz, la más joven del curso, que parece convencida de haber escrito una obra maestra.

—Se trata de una historia real —afirma antes de dar comienzo a la lectura.

La historia real sucedió, según su relato, en el pueblo de sus padres, donde unos vecinos, aislados por la nieve, devoraron a un recién nacido cuya madre había muerto en el parto. Cuando la nieve se derritió, y tras sellar un compromiso de silencio, enterraron a la mujer. Punto final.

—¿Y? —pregunto.

—Y nada —dice Beatriz—. La enterraron y se acabó la historia.

—Es inverosímil —le digo.

—Pues sucedió en el pueblo de mis padres —insiste, molesta.

—No nos importa si sucedió o no, no somos policías ni jueces ni periodistas de sucesos, somos gente que intenta leer y escribir. Lo que nos importa es que el relato tenga coherencia, que vaya a alguna parte, y este relato tuyo ni tiene coherencia ni va a ninguna parte. Es una mierda.

Siempre que digo que un relato es una mierda los alumnos se ponen en mi contra, aunque estén de acuerdo, de modo que corto el conato de discusión y pregunto a quién nos comeríamos primero de quedarnos aislados por la nieve.

—A ti —dice Beatriz.

—Mala elección —digo—. Soy viejo y ateo, estoy duro, mi carne os aportaría pocas calorías.

La clase está de acuerdo. Finalmente decidimos que nos comeríamos a Beatriz. Con esto se nos abre el apetito y nos vamos a comer todos juntos sin dejar de discutir. De pelear, casi.

Semana 8

LUNES. Desde que utilicé el metro por primera vez, sé que alguien me persigue para arrojarme bajo sus ruedas. Tendría trece o catorce años cuando inauguré el suburbano, colocándome imprudentemente al borde de las vías. Me fascinaba la cantidad de ratas que corrían entre ellas. Luego hubo varias campañas de desratización y desaparecieron. Pues bien, estaba yo absorto en la contemplación de los roedores cuando sentí una sombra a mis espaldas justo en el momento en el que llegaba el tren. Comprendiendo inmediatamente las intenciones del cuerpo al que pertenecía la sombra, me retiré hacia atrás y salvé la vida. A partir de ese instante, mis sentidos, atentos al peligro, han detectado de nuevo la presencia de esa sombra en diversas ocasiones. Y me he cuidado de ella. Siempre espero la llegada de los vagones pegado a la pared, y no me muevo de ahí hasta que el convoy no se detiene y empiezan a abrirse las puertas. El otro día me descuidé un poco y apareció la sombra asesina. Al volverme instintivamente, me di cuenta de que era mi sombra.

MIÉRCOLES. Necesito un abrigo, así que decido aprovechar las rebajas. Ya de paso, elijo unos pantalones vaqueros. Soy ese pobre tipo del probador al que el hecho de quitarse los zapatos le deja extenuado (he tenido la gripe); soy ese señor mayor con claustrofobia que intenta quitarse los pantalones dentro de un ataúd vertical con espejo. Voy colocando todo más o menos en orden. En esto, las monedas del bolsillo de la calderilla se salen de madre y ruedan por el suelo del féretro en varias direcciones.

¿En qué momento se me ocurrió comprarme unos vaqueros? Había tenido éxito con el abrigo y me crecí. En calzoncillos como estoy, me pongo de rodillas para recuperar las monedas que han caído debajo del minúsculo asiento y veo, junto a un euro, un dedo gordo de carne y hueso con la sangre todavía fresca. Me incorporo como un rayo, me siento, acompaso la respiración e intento tomar decisiones. Lo más sensato sería ponerme los pantalones, devolver los nuevos diciendo que no me gustan y huir de aquel lugar al que jamás debería haber entrado. Pero están los remordimientos. Un ciudadano como Dios manda debe denunciar el hecho, sin género de dudas, aunque ello signifique firmar papeles, ir a comisaría, actuar de testigo, etcétera.

—Hay algo que debe saber —le digo al dependiente de manera discreta una vez fuera del probador.

El empleado se acerca, lo conduzco al lugar de autos y le muestro el macabro hallazgo.

—Ya está actuando otra vez el gracioso del dedo —dice.

El dedo es de una especie de resina sintética que incluso al tacto parece real. Hay, en las rebajas de este año, un loco dedicado a sembrar el pánico entre los compradores. Transcurridos los primeros instantes de sorpresa, me doy cuenta de que envidio a ese delincuente. Me gustaría tener tiempo y humor para andar dejando dedos u orejas por ahí. Puñeta.

JUEVES. Le cuento a mi psicoanalista lo del dedo. Creo que se ríe.

—¿Le impresionó mucho? —dice.

—Pues sí, la verdad —digo yo.

—¿Qué le recordó el dedo?

Callo unos segundos, dudando si mentir. Al final, decido decirle la verdad.

—Me recordó un pene en estado de deflación.

—¿El suyo quizá? —insiste ella.

Dudo de nuevo si mentir, pero caigo en la trampa de la sinceridad:

—El mío, sí.

—¿Sería capaz de abandonarlo en el probador de unos grandes almacenes?

—La verdad, sí.

—¿Por ver si alguien lo quiere?

En ese instante, me levanto y me voy. Con mi pene.

Semana 9

MIÉRCOLES. Les digo con frecuencia a mis alumnos del taller de escritura que si no se comportan como niños, no entrarán en el reino de los cielos.

—No sabíamos que eras creyente —dice Beatriz.

—No soy creyente, pero los Evangelios están muy bien escritos. Quiero decir que si no conquistáis la ingenuidad, tampoco lograréis escribir bien.

Mis alumnos, por lo general, no quieren escribir bien, quieren ser escritores.

Por la noche leo un artículo del que deduzco que la energía se convierte en masa cuando le dan ataques de histeria. O peor que eso: la materia nace de un brote psicótico de la energía. Según eso, el mundo sería el resultado de un delirio. Para resumir: la masa es la fase maniaca de la energía.

JUEVES. El problema de la masa es que tiene necesidades de las que carece la energía. La masa necesita comer, necesita abrigo, necesita follar, necesita reconocimiento y cariño y necesita límites. La masa, comparada con la energía, es una mierda. Aquí, los únicos que han comprendido el mundo son los místicos, que prestan más atención a su espíritu (la energía) que a su cuerpo (la masa). El cuerpo, como decíamos, es un delirio de la energía. Vemos cuerpos porque estamos locos. Sin embargo, tachamos de locos a los que ven espíritus. Todo está confundido.

Semana 10

LUNES. Suena el despertador a las seis de la mañana, lo apago y comienzo a negociar conmigo mismo. Es cierto que tengo que enviar un artículo a las once, pero me dará tiempo a escribirlo si prescindo del paseo matinal. Lo haré del siguiente modo, me digo encogido entre las sábanas: me levantaré a las ocho, desayunaré, saldré a por la prensa para despejarme un poco y estaré de vuelta a las nueve, listo para liquidar el artículo.

Una vez solucionado el problema, cierro los ojos con un placer infinito, como si me acabaran de decir que es domingo por la mañana, y me adormezco tres o cuatro minutos al cabo de los cuales me despiertan los sentimientos de culpa. Sabes que no, sabes que si te levantas a las ocho lo harás todo agobiado, con prisas, y que el artículo no te saldrá bien. No tendrás, en todo caso, tiempo de releerlo, de corregirlo, de tirarlo a la basura si está mal y hacer otro. A mí lo que me saca de la cama no son las ganas de escribir, sino la culpa de no hacerlo. Escritura y culpa, he ahí un tema.

MARTES. De camino a la consulta de mi psicoanalista actual me tropiezo con mi psicoanalista antigua. Nos detenemos, nos damos la mano, intercambiamos tres o cuatro frases corteses y le pregunto qué hace por ese barrio.

—Me he trasladado, ahora tengo la consulta en ese portal —dice señalando uno.

El portal que me indica es el de mi psicoanalista de ahora, de modo que casi me trago la lengua del susto. Espero a que desaparezca, y a los pocos minutos entro con cautela y tomo, nervioso, el ascensor.

—Lo noto algo agitado —dice la terapeuta una vez que me he acomodado en el diván.

Le cuento la historia y ella me pregunta si tengo la sensación de haberla traicionado. Y la tengo, en efecto. Es como si estuviera cometiendo un adulterio psicoanalítico, o terapéutico, no sé. El caso es que me da muy mal rollo imaginar a la psicoanalista de antes en el piso de arriba, quizá en la habitación que se encuentra sobre la nuestra, analizando a otro paciente que no soy yo.

—Voy a tener que dejar de venir —digo—. No soporto la idea de encontrármela en el portal.

—¿Y no sería mejor —dice ella— que analizara las causas de ese malestar?

—Es como si fuera adoptado —digo yo— y de repente me hubiera encontrado con mi madre biológica.

—¿Y cuál de las dos es su madre biológica? —dice ella.

—Creía que era usted, pero ahora me parece que es ella.

Quería reflexionar sobre las relaciones entre la escritura y la culpa y he dedicado la sesión a hablar de mi madre, que es lo habitual.

JUEVES. Estoy frente al ordenador, cortándome las uñas por no cortarme las venas, cuando suena el teléfono. Es mi amigo R., un conocido arquitecto de estaciones de tren y centros culturales. Se separó de su mujer el año pasado y lleva dos o tres meses con una bióloga que conoció en un taller de escritura creativa. Quiere hablarme de ella. Lo escucho. Dice que Rosa —así se llama— le pone nervioso porque lo hace todo de forma aproximada.

—¿Qué quieres decir? —le pregunto.

—Pues que aparca el coche de forma aproximada, por ejemplo, que llega a los sitios aproximadamente a la hora a la que has quedado, que recoge más o menos la cocina, que cuando hace ella la cama se queda a medio hacer…

—Ya —digo yo observando filosóficamente el montoncito de uñas que he dejado sobre una cuartilla.

—Y me quiere también de forma aproximada —concluye.

—¿En qué lo notas? —pregunto.

—En que follamos a medias. A veces ni siquiera se desnuda del todo. ¿Qué más te da? —me dice.

No sé qué decirle a mi amigo. Me dan ganas de preguntarle si se trata aproximadamente de una mujer, pero igual se ofende. Concluyo que la tal Rosa es una escéptica.

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—Es una escéptica —le digo.

Mi amigo cuelga aliviado. El escepticismo tiene prestigio. Por mi parte, dudo si ponerme a escribir o seguir con las uñas de los pies. Jamás me había cortado las uñas de los pies en el lugar de trabajo. Pero me pongo a ello para evitar de nuevo no cortarme las venas.

Semana 11

LUNES. El dinero, siempre por detrás de mis necesidades. He de tirar de él como de un perro vago o viejo. Si me llegara, me compraría un abrigo de cachemir del que he oído hablar y entraría en el bar y solicitaría un cóctel nuevo, del que también he oído hablar. Luego, no sé, regresaría a casa y colgaría el abrigo de una percha especial, de las que no deforman los hombros de la ropa cara. Los hombros de mi cuerpo están dados de sí debido a una osamenta irregular, cortante, como las de esas perchas que parecen garabatos. Mis huesos nunca se han ajustado a las necesidades de mi carne. Mis omoplatos van siempre por detrás, como el dinero, como el perro vago o viejo de mi vecino con el que estoy a punto de cruzarme.

MARTES. En la mesa de al lado, mientras espero mi gin-tonic de media tarde sin angustia, aunque con impaciencia, dos tipos mayores, muy aseados, mantienen el siguiente diálogo:

—Menos mal que no fui obispo —dice uno—, porque habría sido pederasta sí o sí.

—Es lo que digo yo —asiente el otro—, que menos mal que no fui banquero, porque habría sido atracador de todas todas.

—Es lo bueno que tiene reconocer los límites personales —concluye el anterior.

En esto aparecen corriendo un par de mocosos, que vienen del servicio, y se sientan con los señores, que resultan ser sus abuelos. Después de que los niños se tomen un colacao y un dónut, se levantan todos y se van a sus respectivos domicilios a «hacer los deberes». El hielo del gin-tonic no estaba lo suficientemente seco y la combinación se ha aguado.

MIÉRCOLES. Al volver del médico, que me debía una receta de ansiolíticos, encuentro en el buzón de casa un anuncio que reza así: «Compro oro usado». ¿Acaso el oro usado vale menos que el nuevo?, me pregunto. ¿Vale más un billete de veinte euros recién salido de la fábrica que el que me dan con el cambio en la pescadería? Por la tarde llevo el anuncio al taller de escritura y se lo muestro a los alumnos, para ver si les sugiere algo. Me observan en silencio, carraspean, se lanzan miradas furtivas entre ellos. Finalmente intervengo:

—¿Qué se entiende por «oro usado»? —pregunto.

—Pues un oro como de segunda mano —responde Beatriz, que es la más despierta, o la que con más dificultad soporta los silencios.

—¿Podríamos calificar de oro usado, por ejemplo, la máscara de Tutankamón?

Silencio.

—En sentido estricto —interviene de nuevo Beatriz—, se trata de un oro usado, sí.

—¿Y eso le da menos valor?

—No.

Les pregunto entonces si el anuncio tiene trampa, si al decir «oro usado» el comprador no lo está minusvalorando sutilmente para pagar menos a quien le vaya con una pulsera de su madre. No dicen ni que sí ni que no. Enrique, un chico que vino de Murcia para hacerse actor y que ahora pretende escribir diálogos para la tele, pregunta si estamos dando una clase de escritura o de compraventa de metales preciosos. Les encargo que escriban cuatrocientas palabras sobre el asunto mientras yo, me justifico, voy a ver al rector para firmar unos papeles, pero no vuelvo.

JUEVES. Decido desengancharme del juego de los siete errores que publica todos los días La Vanguardia en su página de Pasatiempos (¿en cuál si no?). Vengo resolviéndolo desde hace un año o dos bajo la estúpida superstición de que si lo dejo pasar ocurrirá alguna desgracia. Que ocurra de una vez. Soy, desde pequeño, víctima de este tipo de fantasías obsesivas. Quizá el mundo no se haya ido todavía al carajo gracias a mí y a personas que, como yo, se pasan la vida realizando sortilegios contra las desgracias propias y ajenas. Pero ya he llegado a mi límite. Tarde o temprano, el mundo se tiene que acabar.

VIERNES. El mundo no se ha acabado, quizá porque esta noche, a eso de las cuatro, me desperté empapado en un sudor disolutivo, busqué el ejemplar de La Vanguardia de ayer y resolví el juego de los siete errores. Mi mujer se despertó también y me preguntó qué rayos hacía. Le respondí en tono de broma que estaba salvando al mundo, pero ella sabía que lo decía en serio. «No tardes» se limitó a decir.

Semana 12

LUNES. Mi cerebro exuda obsesiones. Mis oídos producen cera. Mis narices fabrican mocos. Mi boca crea saliva. Todo ello mientras escribo, leo, como frutos secos, paseo por el campo o toco el violín. Pienso en ello mientras veo en la tele a unos semejantes que, además de lo anterior, sudan. La apagaría, pero se me ha extraviado el mando a distancia y se ha estropeado el sistema manual. Lleva cuarenta y ocho horas funcionando a toda máquina, con el volumen más bien alto. En el servicio técnico me han dicho que no podrán venir hasta pasado mañana, quizá al otro. Hasta el miércoles o el jueves, traduzco.

—Me voy a volver loco —le digo a la persona que me atiende.

—Desconéctela de la red —me sugiere.

Me quedo estupefacto, porque no se me había ocurrido que podía desenchufarla. Parece que las teles y las neveras te las venden ya enchufadas. Doy las gracias, cuelgo, me acerco a la pared, saco la clavija y se hace el silencio. Hablo de un silencio raro, como si, más que de un silencio, se tratara de un ruido inverso. Entonces es cuando advierto que mi cerebro exuda obsesiones, mis oídos producen cera, mis narices fabrican mocos y mi boca crea saliva. Todo a la vez, las veinticuatro horas del día, los trescientos sesenta y cinco días del año. Como los altos hornos. ¿Es o no es como para enfermar?

MARTES. La realidad ataca y me hago fuerte en el cuarto de baño. La realidad que ataca es la interior, la del alma, para entendernos, de modo que el cuarto de baño, a primera vista, serviría de poco. Sin embargo, funciona. Los sanitarios tienen virtudes terapéuticas. En el fondo de la bañera hay una araña intentando alcanzar el borde. Ella no sabe que hay borde, solo quiere salir, pero resbala una y otra vez. Me pregunto cómo ha llegado hasta allí y me respondo que por el desagüe, durante la noche.

Sin embargo, no se le ocurre volver por donde ha venido. Le indico, empujándola con el cepillo de dientes, el camino de vuelta, pero ella insiste en alcanzar el borde. Finalmente, abro la ducha y la expulso con un chorro de agua. Luego me siento sobre la tapa del inodoro y hago frente a otro ataque de la realidad interior cerrando los ojos y apretando las manos contra las rodillas. Cuento hasta treinta y el ataque de angustia remite. Abandono el cuarto de baño con expresión de persona normal. No se me nota que acabo de liquidar a una araña.

MIÉRCOLES. Viene el técnico y dice que el mando a distancia cuesta casi lo mismo que una tele nueva.

—No le compensa —añade—, cámbiela.

—Si solo tiene diez años.

—Diez años son muchos para una tele. Además, ahora ya las hay inteligentes.

—¿Hay teles inteligentes? —pregunto con ingenuidad.

El hombre pilla la contradicción y sonríe.

—Lo inteligente —dice— sería no pagar por un mando lo mismo que cuesta el aparato. Pero usted verá.

Lleva razón, de manera que le abono el desplazamiento, que cuesta lo que un tercio de la tele, y nos despedimos en buenos términos.

JUEVES. Tomo, para controlar la tensión, una medicina llamada irbesartán. Como resulta imposible de pronunciar, yo la llamo ibersatán, que en el ordenador de la farmacia no aparece.

—No aparece —le explico al empleado— porque se la estoy pronunciando de forma aproximada.

—Entonces —dice haciéndose el gracioso— le bajará la tensión aproximadamente.

Al final aparece el jefe y da con ella en medio minuto.

—¿Por qué le han puesto un nombre tan difícil? —le pregunto.

—Por la misma razón por la que la segunda persona del plural del imperativo culto de ir es idos —me contesta agresivo, como si yo fuera el responsable de los imperativos.

No digo nada porque me da la impresión de que no está el horno para bollos, pero al salir de la farmacia me voy a ver televisores inteligentes y me enseñan una variedad entre la que resulta imposible elegir. Algunos tienen prestaciones que no utilizaría ni en cien años de vida. Le ruego al empleado que elija por mí, sin pasarse de precio, y se niega.

—Se trata de una decisión muy personal —dice—, es usted quien va a convivir con ella.

Semana 13

LUNES. Voy a unos grandes almacenes a comprar la tele. Miro las que están en exposición. Digo: esta. La señorita comprueba que hay existencias en el almacén, desaparece y al poco vuelve con una caja gigantesca en un carrito de la compra. Llevo la tele al coche y, ya en casa, comienzo a desembalarla con mimo. Los televisores, al menos a la gente de mi edad, nos siguen provocando un respeto religioso. Recordamos el primero de nuestra vida y no hemos olvidado su carácter de altar. Un altar en el que se oficiaba un sacrificio al que acudía toda la familia. Todavía se oficia, aunque los altares (o los soportes) se han multiplicado. Pues bien, resulta que el aparato tiene la pantalla rota. Debe de ocurrirle a uno de cada cuatro mil televisores. Significa que me ha tocado una lotería negativa.

Paciencia.

Cargo la tele de nuevo en el coche, vuelvo a los grandes almacenes, busco a la señorita que me la vendió y le cuento lo ocurrido. Se nota a la legua que desconfía de mí, pero las normas son las normas, de modo que, pese a sus reticencias, no le queda otro remedio que cambiármela. En esta ocasión pido que abran la caja y comprueben todos sus elementos. Antes de irme, la señorita me aconseja que la asegure. Es muy barato, cubre todas las posibilidades que quepa imaginar, y me lo hacen allí mismo. Yo creo que quienes deben asegurarse, antes de entregar una mercancía, son ellos, pero como tengo complejo de inferioridad y me siento culpable de la putada que me han hecho, la aseguro. Cincuenta euros, tres años, yo mismo le puedo dar una patada y decir que alguien, al pasar junto a ella, la ha tirado sin querer.

Cuando estoy a punto de irme, el empleado de los seguros me sugiere que asegure también la tarjeta del establecimiento. De esa forma ahora ya puedo perderla o me la pueden robar, aparte de otras situaciones que jamás se me habrían pasado por la cabeza. Le pregunto si, después de asegurar la tarjeta, podría asegurar el seguro de la tarjeta y dice que tendría que consultarlo. Me voy a casa y estreno la tele, de cuarenta y siete pulgadas (más grande que un altar), con un capítulo de Mad Men. Todo tiene su recompensa.

MIÉRCOLES. Se matricula en el taller de escritura un manco al que a partir del segundo día todos llaman Cervantes. ¿Es un rasgo de crueldad? Lo planteo en la clase. Pregunto a los alumnos, delante del manco, si les parece bien motejar de ese modo al recién llegado. Se miran unos a otros como cediéndose la palabra. Finalmente habla la víctima. Nos cuenta que en su propia casa, cuando anunció que quería escribir, su padre le dijo con sorna que jugaba con ventaja.

—En algo sí te pareces a Cervantes —añadió, refiriéndose a su discapacidad.

Todo el mundo agacha la cabeza, como si se les hubiera perdido algo entre los muslos. Al poco, alguien le pregunta si lo suyo es de nacimiento o debido a un accidente. El chico nos cuenta que de pequeño metió la mano en una batidora en marcha con la que su madre estaba a punto de hacer una mayonesa. Dice que vio saltar los dedos en pedazos y que no le dolió. Estaba fascinado con el espectáculo de la desaparición de su propia mano en el fondo del vaso de la batidora mientras los azulejos de la cocina y su propio rostro se llenaban de sangre. Concluye que metió la mano izquierda, aunque es diestro, porque un sexto sentido, en el último momento, le avisó de que aquello podría ser irreversible. Escuchamos su relato con espanto. Finalmente Beatriz interviene para decir con rabia:

—¿Aquí venimos para contarnos nuestra vida o para aprender a escribir?

Nos volvemos hacia ella y resulta que está llorando.

JUEVES. Viene a verme el padre de Beatriz, la alumna del taller de escritura. Me pide que sea discreto respecto a la reunión, pues su hija no sabe nada. Pretende averiguar qué rayos les enseño, pues no le gustan los comentarios que escucha a «la niña» sobre mis clases. Le digo que no les enseño nada, que trato de crear una atmósfera en la que sea posible la aparición de un pensamiento literario sobre la realidad. Le parece bien, pero me pide un descuento.

Semana 14

MARTES. Sueño que suena el despertador, que me doy la vuelta, que lo apago a tientas, que permanezco aún unos segundos dentro de mí y que después, al abrir los ojos, no veo nada. Negrura total. Vuelvo a cerrarlos, cuento hasta once, como el que reinicia un equipo informático, y los vuelvo a abrir con idéntico resultado. Todavía dentro del sueño, me viene a la memoria un reportaje que escribí hace años sobre un ciego. Se trataba de un hombre de unos treinta años que una noche, después de cenar como hacía siempre, se metió en la cama y al día siguiente amaneció ciego. Sin ningún aviso previo, sin ninguna amenaza, sin tener altos los niveles de azúcar. Simplemente, un fusible había saltado en su interior. Lo último que recordaba haber visto eran los cubiertos de la cena: el cuchillo y el tenedor, con su brillo habitual, empleándose sobre un trozo de pescado. Las últimas imágenes de su vida normal, que guardaba en la memoria como un tesoro.

Y bien, yo continúo reiniciándome sin ningún resultado. En esto, mi mujer se despierta y me da los buenos días. Decido fingir que veo, así que, siempre dentro del sueño, me incorporo para sentarme sobre la cama y parpadeo repetidas veces, ya con urgencia, para ayudar a la maquinaria de ver. Y entonces algo se arregla, aunque no del todo, porque comienzo a ver en negativo, con esa calidad característica de las radiografías. De este modo llego al cuarto de baño, donde al mirarme en el espejo compruebo que yo mismo soy un negativo. Salgo a una calle que parece un cliché y comprendo que vivo en un mundo sin positivar. Nadie, excepto yo, lo sabe. Quizá, me digo, el positivado (el revelado) suceda al despertarme. En efecto, en ese mismo instante me despierto y el mundo está revelado. Ni los calzoncillos negros son blancos ni las sábanas blancas son negras.

MIÉRCOLES. Le cuento a mi psicoanalista el sueño de ayer.

—¿Qué cree que significa? —me pregunta.

—Que todo es la fase anterior de otro estado. Ahora, aquí, despiertos, usted y yo parecemos normales, pero quizá seamos el negativo de otra situación, de otro estado al que accederemos al ser revelados.

—¿Cuál sería ese estado?

—No sé, quizá la muerte.

—Quizá la muerte —repite ella.

Y en ese instante el recuerdo del sueño me hace verlo todo en negativo. Me miro las manos y parecen radiografías. Me gusta ese mundo de sombras y me pregunto cómo serían las palabras en un mundo sin positivar. No me atrevo a hablar por miedo a que el lenguaje rompa la magia, pues no sé cómo se habla en negativo. Entonces ella dice:

—Hum…

Y se trata de un hum negativo, a juego con el paisaje. Yo digo para mis adentros: que no se me pase, por favor. Y permanecemos en silencio el resto de la sesión. Cuando llega la hora, al abandonar el diván, la realidad se positiva de nuevo. Voy directamente a una óptica de un centro comercial que hay cerca de casa, donde no me encuentran nada que justifique la experiencia. Me compro unas gafas de sol.

JUEVES. Quedo a comer, por razones de trabajo, con un tipo delgado en el que, paradójicamente, intuyo a un gordo invisible. Se trata de un falso delgado. Existen, lo mismo que los falsos simpáticos o los agentes secretos. En el segundo plato, cuando ya hemos entrado en confianza, me cuenta que en otra época llegó a pesar más de cien quilos.

—Más de cien —insiste mirándome a los ojos, para que me haga cargo de las diferencias entre aquel gordo y este delgado.

Decidió adelgazar por razones de salud, pero todavía lleva dentro un gordo insaciable que de vez en cuando le obliga a desayunar con churros o con porras. No es cierto, pienso yo, no lleva al gordo por dentro, lo lleva por fuera, en forma de aura. Ha perdido la masa, pero no el alma que daba vida a esa masa.

Semana 15

MIÉRCOLES. La primavera ha estallado sin concesiones. Bullen de un modo exagerado la vida vegetal y la animal. En mi pequeño jardín hay una nube de mosquitos que se dispersan cuando me dirijo al estanque, del que saco un pez muerto. Me doy cuenta entonces de que la primavera es también la celebración de la muerte. Mueren más seres de los que salen adelante, pero mueren sin hacer ruido. Todas esas semillas que no germinarán, todos esos huevos de gorrión que no prosperarán, todas esas crías de mirlo que se comerán los gatos… Una vez más, las apariencias nos engañan. Ni la Tierra es plana, ni el Sol da vueltas a su alrededor, ni la primavera es la celebración de la vida.

JUEVES. Ceno en casa de un amigo ciego que atraviesa unos momentos difíciles. Pese a la «celebración de la vida» que supone, o creemos que supone, la primavera, a él se le acaba de morir el perro guía que le ha acompañado a lo largo de los últimos quince años. El animal era casi una extensión de su cuerpo. También los amigos le profesábamos un gran afecto.

Antes de despedirme, paso por el cuarto de baño y al mirarme en el espejo descubro en mi frente, cerca de la sien derecha, un bulto grande que no me produce dolor alguno. Me quedo preocupado, y al llegar a casa voy a vérmelo en mi propio espejo. Ya no está, ha desaparecido. Me pregunto si lo habré imaginado, pero no. Mis ojos todavía conservan la memoria de su forma y mis dedos recuerdan perfectamente su dureza. ¿Habrá cosas que solo se vean en los espejos de los ciegos? Antes de acostarme descuelgo el teléfono para comprobar si tengo algún mensaje y escucho la voz de una tal Pilar: «Hola, soy Pilar; mañana, donde siempre, pero media hora más tarde».

No conozco a ninguna Pilar.

Semana 16

LUNES. En el taller de escritura creativa, a una alumna se le cae, al sacar el ordenador de la cartera, un pequeñísimo envoltorio de papel de aluminio. Como no se ha dado cuenta, me acerco a su mesa, me agacho y se lo entrego. Tiene dentro una cosa dura al tacto que despierta mi curiosidad.

—¿Qué es? —le digo.

—Ah —dice ella—, un diente de leche de mi hijo. Se le cayó ayer y esta noche ha venido el Ratoncito Pérez, le ha dejado un euro y se lo ha llevado.

Como algunos alumnos sonríen con malicia, pensando que trata de engañarnos porque lo que en realidad lleva es una china de hachís, la mujer abre el envoltorio y se trata, en efecto, de un diente pequeño. La imagen me conmueve. Le pregunto a la mujer por qué el ratoncito le deja dinero en vez de un regalo, y me responde que son las normas. Que el ratoncito compra dientes porque tiene un negocio que se dedica a eso y que no trata de disimular con ninguna otra cosa. Enseguida entra en la conversación el resto de los alumnos y al poco todos estamos asombrados de que los niños se crean una historia tan rara: que un ratoncito llega por la noche hasta su almohada, se lleva el diente que se les acaba de caer y les deja un euro para compensarlos de la pérdida.

¿Es o no es extraordinario?

MARTES. Esta es sin duda la Semana de lo Extraordinario. Acabo de leer que el trasplante de heces es ya un asunto relativamente común y que en Estados Unidos existe un banco de heces que paga cuarenta dólares por deposición. Pensaría uno, al escuchar la expresión «Banco Fecal», que nos estamos refiriendo metafóricamente al del Vaticano. Pero no, es un banco de caca, literal.

MIÉRCOLES. Me llevo la olla exprés al taller de escritura y la coloco sobre la mesa. Los alumnos la miran y luego me miran a mí. Pero ninguno se atreve a decir nada. Les explico que deben escribir de lo que saben.

—Pues tú siempre has defendido que hay que escribir de lo que no se sabe —dice Beatriz.

Lleva razón, pero de vez en cuando me gusta contradecirme. Le doy la olla exprés al que tengo más cerca y les pido que se la vayan pasando después de haberla observado cada uno atentamente. Se trata de una olla más alta que ancha, de un solo mango, en cuyo interior puedes perderte. Observo que los alumnos la abren y se pierden. La experiencia, que al principio les produjo risa, los va poniendo serios. Algunos introducen una mano y dan la impresión de tocar algo que les provoca asco. Cuando me la devuelven, miro dentro y resulta que hay un calcetín verde que no tengo ni idea de cómo ha llegado hasta allí.

Cuando mi mujer me ve regresar con la olla, me pregunta que qué tal y le digo que bien. La dejo en su sitio, con el calcetín verde dentro.

Semana 17

LUNES. El tipo que viaja a mi lado en el tren observa la pantalla de su ordenador y dice en voz baja, pero audible:

—Ah, mierda.

Y luego:

—Ah, mierda, mierda.

Y enseguida:

—Ah, mierda, mierda, mierda.

El conjunto ha resultado eufónico, como si recitara un poema. Simulo no escucharle, claro, pero me solidarizo con él sin necesidad de echar un vistazo a mi propio ordenador. Si leyera mi correo electrónico, seguramente diría lo mismo. Ah, mierda /Ah, mierda, m …

Juan José Millás
Juan José Millás

Juan José Millás (Valencia, 1946) es un escritor y periodista español .En su obra, traducida a más de veinte lenguas y ganadora de algunos de los principales premios, destacan las novelas Cerbero son las sombras (1975, Premio Sésamo), Visión del ahogado (1977), El jardín vacío (1981), Papel mojado (1983), Letra muerta (1984), Tonto, muerto, bastardo e invisible (1995), El desorden de tu nombre (1987), La soledad era esto (1990, Premio Nadal), Volver a casa (1990), El orden alfabético (1998), No mires debajo de la cama (1999), Dos mujeres en Praga (2002, Premio Primavera), La ciudad (2005), Laura y Julio (2006), El mundo (2007, Premio Planeta y Premio Nacional de Narrativa), Lo que sé de los hombrecillos (2010), La mujer loca (2014), Desde la sombra (2016), Mi verdadera historia (2017) y Que nadie duerma (2018), además de libros de relatos y recopilaciones de artículos.

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