Richard Ford

LECTURAS | Lamento lo ocurrido, de Richard Ford

Richard Ford (1944): un maestro del cuento en su plenitud creativa. Un libro deslumbrante.

Ciudad de México, 3 de octubre (MaremotoM).- Anagrama publica en primicia mundial este libro de relatos de Richard Ford. En él el autor despliega todas las virtudes que lo han convertido en uno de los narradores imprescindibles de la literatura norteamericana contemporánea. El lector encontrará aquí a personajes fordianos que pasean por el mundo sus anhelos y su desconcierto; hay encuentros entre hombres y mujeres, entre padres e hijos o entre desconocidos, reencuentros entre amigos del pasado, vivencias de adolescentes que se inician en la vida adulta…

Así, por ejemplo, el azar reúne en un bar de Nueva Orleans a un hombre y una mujer que tuvieron un pasado juntos y deciden dar un largo paseo nocturno por la ciudad; un chico marcado por la muerte de su padre se inicia en los ritos de la vida adulta –en forma de alcohol y un beso– durante la proyección de una película de Bob Hope y Anita Ekberg; un gay cincuentón espera en el vestíbulo de un hotel a su anciano padre y se ve envuelto en una absurda situación con un niño que se presta a mezquinas malinterpretaciones; un americano en París, acompañado por una francesa, sigue en un bar las elecciones de su país durante una noche lluviosa, extraña y violenta; otro americano conoce en un ferry rumbo a Irlanda a tres compatriotas divorciadas que discuten sobre Michael Jackson…

Cada uno de estos relatos es un prodigioso ejercicio de condensación, sutileza narrativa y capacidad de plasmar –a través de los detalles, los gestos, las palabras y los silencios– un amplio abanico de actitudes y sentimientos humanos. En la estela de maestros de la forma breve como Chéjov, Hemingway, Cheever o su coetáneo Raymond Carver, Richard Ford retrata a personajes en una encrucijada que los obliga a confrontarse consigo mismos y que acaso los transformará para siempre.

Richard Ford
Un libro deslumbrante. Foto: Cortesía

Fragmento de Lamento lo ocurrido, de Richard Ford, con autorización de Anagrama.

NADA QUE DECLARAR

Todos los socios se reían de una película que habían visto. Cuarenta y cinco años. Comentaban que era tan larga como si durara cuarenta y cinco años. La mujer a la que McGuinness creyó reconocer compartía el chiste con ellos en la otra punta de la larga mesa. Estaba inclinada hacia delante, como si lo oyera todo por segunda vez.

–¡Señorita Nail! –la llamaban–. Qué le parece, señorita Nail? Díganoslo. –Reían. No entendía por qué.

No era una mujer alta, pero sí delgada, y llevaba un vestido de lino marrón entallado que resaltaba su bronceado y su cuerpo esbelto. La mujer lo había mirado dos veces de pasada…, posiblemente alguna más. Una mirada fugaz que al principio pretendía ser fortuita, pero que podía leerse como de reconocimiento. La mujer había sonreído y apartado la mirada, una sonrisa que posiblemente daba a entender que lo conocía, o lo había conocido. McGuinness se dijo que le extrañaba no recordarla.

Se encontraban en el Monteleone. El local que les servía de reducto en el penumbroso caer de la tarde, con su barra tiovivo. Todavía no se había llenado. Al otro lado de los ventanales, en Royal Street, un desfile se abría paso a empujones. Bum-pa-pa, bum-pa-pa. Acto seguido se oyó la estridencia de las trompetas, no todas afinadas. El martes siguiente era San Patricio. Aquel día era viernes.

En su extremo de la mesa, los más jóvenes hablaban de «contratos de venta». La gente volvía a hacerse rica. «Hay que ayudar a los bancos», dijo alguien. «Lo primero que pescamos. Gut und schlecht. El hombre preferirá desear la nada que no desear…» El presidente era el tema implícito. El suyo era el viejo bufete de Poydras Street. Coyne, Coyle Kelly & McGuinness, como el famoso asesino. El viernes era el día en que solían salir a tomar una copa con los asociados, el día en que los veteranos alternaban con los jóvenes. Les daban una oportunidad para encontrar su sitio. O no. McGuinness solo iba a hacerse el simpático.

La mujer había llegado acompañada. De un tal señor Drown, que era cliente de alguien del bufete. Ya se había marchado. Ahora ella estaba bebiendo demasiado. Todo el mundo pedía un Sazerac cuando llegaba a Nueva Orleans. El sabor culpable del anís. Ella se había tomado tres o más.

La mujer volvió a mirarlo de pasada. Una sonrisa. Levantó la barbilla como si lo retara. El viejo sacerdote estaba a la izquierda de la mujer. El padre Fagan con su collar de perro. Había engendrado un hijo, posiblemente dos. Tenía gustos variados. Su hermano era juez. «¿Por qué el sexo conmigo es mejor que con tu marido?», oyó que decía la mujer. Todos los hombres rieron de manera exagerada. El sacerdote puso los ojos en blanco y negó con la cabeza. «¿Y qué me dices de Thomas Merton?», dijo el viejo Coyne. El sacerdote se llevó la mano a la frente. «¿Qué están diciendo ahora?», dijo alguien donde él estaba sentado ahora, una de las mujeres más jóvenes. «Lo mismo de siempre», fue la respuesta. «Coyne se cree que es un sacerdote cuando no es más que un hijo de puta.»

–¡Señorita Nail! ¡Señorita Nail! ¿Qué me dice de eso? –Alguien volvía a gritar.

Hacía mucho tiempo. Veinticinco años. Habían viajado a Islandia juntos. Los dos estudiaban en Ithaca. No se conocían demasiado, cosa que no había importado gran cosa. Él era un chico de escuela católica de Nueva Orleans. La madre de ella era una judía rica que vivía en Nueva York, en el edificio Apthorp; el padre vivía en un yate en Hog Bay. Los dos eran unos borrachos pintorescos. Unos personajes exóticos de poca monta.

Decidieron ir a Grecia para las vacaciones de primavera…, y de nuevo sin saber mucho el uno del otro. Mikonos. El agua estaba perfecta, transparente. Podías alquilar una casita encalada por muy poco. Cada día traían pescado y te lo cocinaban. No obstante, solo tenían dinero para Islandia. No comentaron el viaje con sus padres ni les pidieron dinero. Ella entonces se llamaba «Barbara». Un nombre que a ella le desagradaba. Él era simplemente Alex McGuinness. «Sandy.» El hijo de un abogado de la parte alta de la ciudad. No tenía nada de exótico.

Con el dinero que juntaron compraron un paquete que incluía el vuelo hasta Reikiavik y un autobús hasta los lejanos fiordos occidentales. Diez horas. Creían que habría albergues, islandeses amistosos, comida barata y sana, el frío sol escandinavo. Pero de eso nada. Ni siquiera una habitación que alquilar. Un pescador que vivía junto a un camino alargado y polvoriento, que se encargaba de un secadero de bacalao y que hablaba poco inglés, les ofreció una choza de adobe con techo de hierba sobre el que dormían las cabras. Pero era gratis. Sandy se enamoró de ella antes de que saliera el vuelo hacia Reikiavik.

En la choza dormían juntos y pasaban frío, hablaban, fumaban, se sentaban junto al fiordo y tomaban el escaso sol que lucía. Él hacía originales esfuerzos por pescar, mientras calentaba las piernas de Barbara y le leía los poemas de Pablo Neruda sobre el Machu Picchu. Los de Ken Kesey. Los de Sylvia Plath. Ella le dijo que tenía sangre navaja por parte de padre, un director de cine que estaba en la lista negra. La madre de Barbara era cortesana y medio francesa. Ella decía que deseaba aprender a reposar: esa cualidad esquiva de la que había leído en Scott Fitzgerald. Le dijo que también había amado a mujeres.

Mientras, el pescador les proporcionaba bacalao, pan duro, una cerveza agria de fabricación casera, mantas, velas, astillas para calentarse del frío de marzo. Una noche el pescador los invitó a la casa donde vivía con su mujer y sus dos hijos, que hablaban más inglés que él pero eran tímidos. La mujer la miró con mala cara. No volvieron. Tenían veinte años. Era 1981.

Sandy McGuinness no sabía qué pensar de todo aquello. Cuando hablaba con Barbara, ella puntuaba las palabras con pequeñas y audibles inspiraciones, como si fueran conversaciones que ninguno de los dos hubiera de olvidar jamás, aunque, en opinión de Sandy, no parecían muy importantes. Lo que sí le parecía importante era que ella era hermosa, intensa e impredecible, y no tan inteligente como él. A menudo, entregados a la indolencia de aquellos siete días, Sandy se daba cuenta de que ella lo observaba mientras llevaba a cabo las tareas domésticas que los mantenían calientes y secos: encender las astillas, airear las mantas, barrer. Ella lo evaluaba para poder llegar a una decisión final. Sandy no entendía qué había que decidir… de él. Y entonces ella se lo dijo de manera inesperada: tenía intención de quedarse, de aprender a leer las sagas, que, en su opinión, le concederían reposo.

A lo que él pensó que amarla no significaba mucho más de lo que sentía en aquel momento. Regresaría feliz. Posiblemente volvería a verla, o no. En aquella época Sandy pensaba estudiar veterinaria. Que se quedara ella a leer las sagas. Sandy también se dijo que no le costaría nada casarse con ella.

El último día fueron andando al pueblo para que Sandy cogiera el autobús, después de lo cual ella regresaría a la choza. Había quedado en hacer de asistenta para la mujer del secador de bacalao: una victoria, dijo Barbara. También le dijo –a él, que sonreía entre los destellos del sol ártico, enfundado en un gran suéter azul que le daba un aspecto luminoso y extranjero:

–¿Sabes, cariño? En cuanto hemos aprendido quiénes somos, ya no queremos a nadie más. Es una decisión difícil.

–Yo no entiendo de estas cosas –le contestó él. Estaban en la parada del autobús, y Sandy tenía junto a él su bolsa barata de nailon negro. Ella le ponía aquella sonrisa. Radiante. Los ojos color caramelo. El reluciente pelo caoba que había secado al sol. Aquella mañana habían hecho el amor. No de manera muy memorable. Ella había comenzado a hablar con menos palabras de las necesarias. Como si hubiera muchas cosas que ya no hiciera falta decir, muchas cosas que ahora fueran evidentes. A Sandy aquello le parecía presuntuoso, e irse era una buena idea. Lo que iba a echar de menos era soportable: quizá lo mejor fuera limitarse a pensar en ella. Bajo la cruda luz del pueblo, la cara de Barbara adquirió un aspecto vulgar que no había observado antes pero que supuso que acabaría desagradándole.

–Las buenas elecciones no suelen dar lugar a buenas historias –dijo Barbara–. ¿No te habías fijado? –El sol le dio en los ojos, y los entrecerró.

–No –dijo él–. Supongo que creía que sí.

–Volveremos a vernos –dijo Barbara–. Hablaremos de todo esto. Veremos si es verdad. Ella le besó en la mejilla, acto seguido dio media vuelta y echó a andar con paso resuelto por la estrecha calle por donde habían venido.

Ella no volvió a Ithaca. Sandy oyó decir que se había cambiado el nombre: ahora se llamaba Alix y estudiaba Teología en Harvard. También oyó que durante una época había hecho de modelo para artistas. Que había tenido una enfermedad… misteriosa. Tuberculosis. Que se había casado con un médico y vivía en Nueva York. Esos eran todos sus futuros posibles y plausibles. Nadie mencionaba las sagas. Él iba a empezar a estudiar Derecho en Chicago y luego tenía intención de regresar a su ciudad. Sentirse extranjero le había gustado, le había encantado, durante aquellos días: era algo que ocuparía un lugar en su memoria rutinaria. El lugar en su vida que ella había ocupado –Islandia, lo llamaba en privado– había acabado siendo una buena historia. Un viaje que había hecho una vez con una chica.

Ahora la mujer estaba de pie, excusándose con los de su mesa. Le había lanzado otra mirada, frunciendo los labios porque él no le había hablado, había actuado con mucha indiferencia. ¿Esperaba encontrarse con él simplemente porque estaba en Nueva Orleans? Cosas inevitables en una ciudad pequeña. De todos modos, era muy raro que no la hubiera recordado antes. Estaba mayor, más delgada. Aunque más raro era que una mujer a la que había amado en la universidad, treinta años atrás, apareciera justamente allí. Él tenía cincuenta y un años. Ella no los aparentaba. Él todavía se consideraba joven. Joven entre los socios.

Pareció que ella iba al servicio. Los empleados del bufete habían pasado a hablar de la «paradoja del ahorro». La «falacia de composición». «Empezar la casa por el tejado.» «Es una máquina de hacer dinero.» Él no entraba en esas discusiones. Su especialidad era el derecho marítimo. Las grandes embarcaciones.

–Dejad paso –decía ahora el sacerdote en voz alta. Todos los hombres se pusieron de pie para mostrarse caballerosos–. Señorita Nail. La señorita Nail quiere hacer pipí. ¿O no? –Ya se estaban acostumbrando demasiado a ella.

El vestido marrón sin mangas era sencillo pero chic. Sus piernas bronceadas y sus tobillos delgados brillaban a la luz de la araña de luces del bar. En la calle, el desfile todavía continuaba a medias. Pasó una caótica troupe de payasos. Una unidad de gaiteros.

–Podrías haber… –dijo ella cuando pasó a su lado, en tono risueño, como si esperara que solo él pudiera oírla. Como si hubiera dicho algo gracioso, o estado a punto de reír. Él reconoció sus ojos.

«Podrías haber.» Uno de los asociados más jóvenes la había oído y lo había repetido en un susurro. Para ir al servicio de SEÑORAS había que salir del bar y cruzar el vestíbulo dorado del hotel. –

Es que no me esperaba… –intentó decir él, volviéndose hacia ella. Ella se detuvo como si él hubiera hablado primero. Ahora, de mayor, era bastante hermosa. Sus rasgos no eran nada vulgares, y tenía una piel suave y hermosa. Los hombres que estaban en su extremo de la mesa hablaban de ella, cosa que ella debía de saber. Que había bebido demasiado era perceptible en la distante maleabilidad de su expresión. Como si no acabara de decidir cómo ser. Sus manos parecían un tanto inseguras. Le brillaban los ojos.

–Bueno. ¿Te importaría? –dijo ella, como sin darle importancia.

–Claro… –contestó él–. Yo…

–En el vestíbulo. ¿Dentro de lo que tarde en volver a estar presentable? –Ahora se dirigía hacia la puerta del vestíbulo, donde los botones se volvieron para mirarla. Llevaba unos zapatos estrechos, caros, de un azul claro. Tenía aspecto deportivo y olía a algo caro. Ella no le había oído decir: «Claro.» Apenas había mirado a su alrededor al pasar a su lado. ¿Cuál sería su nombre ahora? Alix no, seguro.

En la otra punta del bar, sobre una plataforma no muy alta, había una batería sin utilizar. Un negro alto y mayor, vestido con camisa blanca y pantalones oscuros, había comenzado a colocarla. Pronto empezarían a tocar y la barra giratoria se llenaría. Los clientes se convertirían en público por una razón distinta. Eran más de las cinco. En la calle terminaba el desfile. Algunos socios del bufete se levantaban para marcharse, a la espera de ver si la mujer regresaba. Los asociados más jóvenes habían entablado conversación con los abogados de otro bufete de la mesa de al lado. Hershberg & Linz. Judíos. Gente del gas y del petróleo de cuando estaban en auge. Ahora se dedicaban a la construcción comercial. Poco que ver con la abogacía. Había bastante ruido. «Esa señorita Nail», oyó que alguien decía antes de echarse a reír.

En el vestíbulo esperó junto a la vitrina en la que había libros y fotografías de escritores famosos que se habían alojado en el hotel. Tennessee Williams. Faulkner. Era una especie de lugar literario. O eso se consideraba. Los turistas que habían estado presenciando el desfile entraban en tropel en el vestíbulo. Acalorados, cansados, necesitados de lo que pudiera ofrecerles el hotel. Los botones no les prestaban atención pero sonreían. Las puertas giratorias dejaban pasar vaharadas de aire caliente y denso que se mezclaba con el frescor del interior. «¿Eran auténticos?», oyó que alguien preguntaba. Con acento de granjero de Iowa. «Eran muy bonitos. Con las plumas rosadas. Y había muchos.» Gente que arrastraba su maleta pasaba junto a los botones sin detenerse. Hacía mucho que había pasado la hora límite para registrarse.

–Estaba pensando en lo bonito que es llegar a alguna parte –dijo ella, de repente su lado. Desapercibida. Por un momento, los turistas habían cautivado a McGuinness. El sacerdote salía a toda prisa; llevaba el sombrero de paja puesto y miraba el móvil–. A un sitio como París, por ejemplo. No aquí. Aquí hace demasiado calor. Y eso que solo estamos en marzo. –No habría palabras dedicadas al pasado. ¿Qué se podía decir? Hacer una lista de cosas, pero no tardarían en mencionarlas.

–¿Quién es la señorita Nail? –dijo él.

–Es la poco graciosa fascinación de Drown –contestó ella.

–¿Y qué ha sido de él? –dijo Sandy–. ¿Te ha dejado? –El cliente que ya no la acompañaba.

–Bueno –dijo ella.

Ahora se la veía más lozana, los ojos le brillaban menos. Una diminuta perla de agua le  había quedado en la barbilla. Ella sonrió y la tocó. Olía a cigarrillo–. El rey del optimismo sin duda vuela en su Gulfstream de regreso a Dallas. Hemos tenido un desacuerdo. Pequeño.

Estaban cerca uno del otro, y hablaban como dos desconocidos que hacen cola en el guardarropa y que pronto estarán en otra parte. Ella no llevaba bolso.

–Impresionante esta chabola, ¿no?

–Seguía oliendo bien–. Botones. Escritorios. Un estanco. –Miraba a su alrededor.

–Mi padre solía venir aquí de parranda –dijo él–. En los cincuenta.

Se oyó aquella rápida y repentina inspiración.

–Parranda –dijo ella–. Ya nadie usa esta palabra. –Su mirada le pasó de largo–. ¿A qué se dedicaba? –Parecía haber encontrado una manera de ser. De momento.

Él se dijo que debería marcharse. Tenía –tenían– planes. Él y su esposa. Vendría Clancy con sus viejos amigos de la universidad. Se dio cuenta de que cualquier momento que pasara con ella podía dar pie a toda una evaluación de su vida. Así fue en una ocasión. Todas las mujeres deberían representar eso, se dijo. ¿Por qué tú no?

–¿Creías que si venías a Nueva Orleans podrías inventarme? –le preguntó él.

Volvió a pasarle de largo con la mirada, pero los ojos regresaron y se posaron en él. Frunció ligeramente los labios.

–Sí. Bueno. Y así ha sido, ¿no?

–Supongo –contestó él.

De Royal Street llegó el repentino griterío de la multitud. Un jolgorio. Un bombo tocado a gran velocidad. Se acercaba el desfile posterior al desfile. Eso era todo lo que tenían que decir del pasado.

–Ataca, McDuff, perro sarnoso –gritó alguien desde el otro lado del vestíbulo, a través del gentío. Era Coyle–. Nos has robado toda nuestra diversión. –Ya se marchaba.

–Sí. Lo siento –dijo él.

–¿Tienes tiempo para dar un paseo? –le propuso ella.

–Antes has dicho que hacía demasiado calor. –Este calor no es normal, ¿verdad? –Se llevó la punta de un dedo a la barbilla, donde había estado la perla de agua. Un moratón ensombrecía el huesudo dorso de su mano izquierda. La delataba.

–¿Cómo te has hecho eso? –preguntó él.

Ella se miró la mano como si fuera un reloj de pulsera.

–No me dolió mucho.

–¿Te lo hizo alguien? –A lo mejor se había caído. ¿Por qué pensar eso?

–Naturalmente –dijo ella, y abrió mucho los ojos fingiendo sorpresa.

La puerta giratoria dejó entrar otra vez el aire cálido y el ruido de la calle

–. ¿No íbamos a dar un paseo?

–Si eso es lo que quieres… –Aquí soy un huésped de pago –dijo, refiriéndose al hotel. Volvió a mirar a su alrededor como si lo admirara todo–. Tengo una suite en un piso alto, muy alto. Tiene el nombre de un escritor del que nunca había oído hablar. Se ve el río.

Sandy se preguntó si se estaba comportando con ella igual que veinticinco años antes. ¿Y con qué palabras podría definir su comportamiento? ¿Superior? ¿Ingenuo? Entonces no había sido satisfactorio. Aunque posiblemente no había podido ser de otra manera.

Salieron a Royal Street, donde ya había pasado la banda de música. El calor de primavera era como un muro sin fisuras, rebosante de los fuertes olores de la tarde, los posos del día. Un payaso solitario de cara blanca avanzaba pavoneándose con unos grandes zapatos rojos, bloqueando el tráfico; llevaba un diminuto tambor metálico que golpeaba con una cuchara. Nada podía ya sorprenderlo. Se acaloró enseguida y se quitó la americana del traje. Anduvieron hasta el río que ella podía ver desde su habitación. Estaba muy cerca, incluso con aquel calor. Allí el viento les refrescaría. Sandy no tenía ni idea de lo que estaban haciendo. Estaban sorprendentemente juntos, pero no eran una pareja.

Pasaron junto a los anticuarios, una farmacia Walgreens, un restaurante famoso, la parada de libros Word Is Your Oyster. Dos robustos policías en moto con las luces azules intermitentes vigilaban la escena. Alguien fumaba marihuana en un portal cerrado. Unos vagabundos bebían vino en la acera. Aquello era el Barrio Francés.

Caminaron un rato sin que ella dijera nada, como si su mente se hubiera ido muy lejos y le hubiera encantado. Persistía la brisa húmeda y caliente, y el sol de final del día asomaba entre los edificios. El vestido marrón de Barbara se le pegaba a los muslos.

Doblaron un callejón, un atajo a la catedral y a la estatua del controvertido presidente sobre su corcel piafante. Ella caminaba con una leve y delicada cojera que no había observado antes. Era algo nuevo. O quizá eran aquellos zapatos azules.

–Esto no parece real –sugirió ella, como si se le acabara de ocurrir.

–¿Real? –dijo él para burlarse de ella, pero disimulando, como si creyera que ella podía darse cuenta. Posiblemente Drown, el cliente, la esperaba en esa habitación de un piso alto del hotel mientras todo aquello ocurría. Un paseo por Nueva Orleans con un viejo amigo. Podía ser cierto–. Ya lo creo que sí –dijo él–. Yo nací aquí.

–¿Por qué construir una ciudad aquí? –dijo ella–. Tú siempre lo comentabas. ¿Y por qué iba a ser bueno? ¿Tienes que quedarte solo porque naciste aquí?

–Hay algo más.

–Naturalmente.

–¿Y tú dónde vives? –dijo él. Parecía un poco absurdo hacer esa pregunta. ¿Y tú dónde vives? Como si fuera a ir algún día.

–En Washington –dijo ella mientras seguían caminando–. Más o menos. Tengo un marido. –En el callejón había una tienda de puros, que también vendía máscaras y pralinés–. Va. Compra un puro –dijo ella de repente–. Siempre te gustaron los puros, ¿no? –La tienda estaba cerrada, a oscuras.

–No –dijo él–. Te equivocas.

–Entonces cómprame una máscara. Adoro las máscaras –dijo ella, y se rió, olvidándolo al instante–. Ajá –añadió, asintiéndole a su propio pensamiento–. Supongo que hay también una señora Sandy.

Por fin había dicho su nombre. Él todavía no había pronunciado el de ella. No sabía si hacerlo.

–Mi esposa –dijo. Sin levantar la voz. Su nombre. Priscilla.

Ella le lanzó una mirada. Su vestido marrón tenía unos estrechos bolsillos laterales en los que introducía las manos en un gesto característico. Debajo de los brazos se le dibujaban pequeños cercos de sudor, una sombra curva en la tela. No era el vestido más adecuado para aquel momento.

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Había música en el parque con el nombre del presidente clientelista. Unos chicos negros tocaban instrumentos de viento y tambores. Había gente en la plaza. Algunos bailaban. Otros se hacían leer el futuro bajo unas sombrillas de vivos colores al calor del final del día. Uno de los chicos negros bailaba claqué en solitario, y sin dejar de bailar se hizo a un lado cuando ellos pasaron. El río estaba muy cerca, y su olor ascendía y lo envolvía todo. Un perfume como a tofe concentrado. Seguirían remontando el río hasta poder ver el barrio de Algiers. La gran curva hacia el sur. Los enormes barcos. ¿De qué deberían hablar durante ese breve tiempo que la vida les concedía?

–En la ciudad hay una tienda de ropa que está muy bien –comentó ella con despreocupación–. La he visitado. Me compré este vestido marrón. La llevan unos judíos muy simpáticos. Tu mujer probablemente va a comprar allí.

Él no contestó. Se preguntaba si había pensado «mucho» en ella en los últimos veinticinco años. En algún momento de frustración (se podría afirmar) había pensado en ella cada día. Aunque también había pensado a menudo en muchas otras cosas. Pensar en algo no significaba lo que la gente decía que significaba. No controlabas lo que pensabas y procurabas que eso no te controlara a ti.

–¿Qué clase de abogado eres? –Ella se lo quedó mirando como si intuyera que podía estar sufriendo–. Te dedicas a eso, ¿no? Antes lo has dicho. Eres abogado.

–Sí –contestó él–. Derecho marítimo. –Sudaba a través de la camisa. Se había quitado la corbata y la llevaba en el bolsillo. La brisa lo refrescaba todo cuando llegaron al río, donde había un paseo enlosado.

–Grandes barcos –dijo ella, como para transmitir admiración.

–Superpetroleros –dijo él rápidamente–. Sobre todo asegurarlos. Reemplazarlos. Venderlos. Sacarlos del fondo cuando se hunden.

–Todos quieren un lugar donde hundirse, ¿verdad?

–Si tengo suerte –dijo él.

–Bueno, la tienes –contestó ella–. Eres afortunado. No hay más que verte.

Subían las escaleras de cemento que terminaban en el paseo. Tres chicos negros sonrientes pasaron pavoneándose a su lado, casi surgidos de la nada. No tenían aire amenazante, solo travieso. Se divertían.

–Sé perfectamente dónde tienes los zapatos –dijo uno de ellos, malicioso, sonriente. Dirigiéndose a ella. Era el viejo truco que utilizaban. Cosa que a ella le complació, como por instinto. Les lanzó una mirada, encantada de estar a su lado.

–En los pies –les dijo Sandy para ahuyentarlos.

–Toma. Claro –contestó el chico que les había hablado–. ¿De dónde sois? –preguntó dejándolos pasar.

–De Boudreau Parish –dijo él. Que era como decir «del culo del mundo».

–He estado allí. He estado en todas partes –dijo el chico. Hablaba y reían mientras se desviaban para meterse con otras personas.

Habían llegado al gran río, donde el aire de repente se expandía y desaparecía, se alejaba flotando en un instante antes de regresar a esa corriente inmensa, en curva, mítica, de piel bronceada. Los tumultuosos puentes río arriba y a la derecha. El ferry, como una mota diminuta, a medio camino hacia el otro lado. A Algiers. Como el Argel de verdad. Un persistente aroma de pan recién horneado se arremolinaba hacia la orilla. Y un sonido. No un sonido que pudieras oír. Más bien una fuerza como el tiempo, o algo perpetuo.

–Dios mío –dijo ella, entrelazando las manos por delante. Se había olvidado de la magulladura. En algún lugar (saliendo de la nada) oyó el calíope de la embarcación fluvial. «Coge la chaqueta y el sombrero, deja tus preocupaciones en la puerta.» Él casi nunca bajaba al río, pero entendió su respuesta. Se acordó de cuando volvió en avión de Islandia, cruzando los promontorios nevados de Groenlandia. Había imaginado que se pasaría la vida sobrevolando países. Pero ya no–. Te entran ganas de llorar –añadió, queriendo parecer (estar) extasiada, embelesada, sobrecogida–. Es muy distinto a verlo desde mi habitación. Tiene un volumen impresionante. –Puso una sonrisa soñadora y levantó la mirada hacia el cielo y hacia el sur, donde había gaviotas, un pelícano. Unos pájaros negros–. ¿Lo estoy experimentando correctamente? –preguntó–. Porque eso es lo que quiero.

–Lo estás haciendo bien –contestó él, colocándose la americana caliente sobre el brazo, delante del pecho. –Pero hay una manera correcta mejor. –La oyó inspirar abruptamente, tal como recordaba. –No lo sé –dijo él–. Yo siempre…

–Tu siempre ¿qué? –De repente se puso perspicaz, como si él volviera a burlarse de ella pero en serio. Pero no se burlaba.

–… lo he visto –dijo él–. Siempre lo he visto así. Ya cuando era pequeño.

Ella volvió a observar el deslizarse de aquella superficie marrón como si la poseyera. Bajo la luz fracturada, sin sombras, la atribulada ciudad que había detrás de ellos había cesado incluso de existir. Ella no estaba tan guapa como en el hotel, y parecía haberse dado cuenta y no importarle. ¿Cuántas cosas le importaban un bledo? Cuando era joven, esa característica suponía su gran atractivo. Menos de las que le importaban. Ahora la hacía parecer impetuosa.

–Vaya –dijo ella de repente…, lo siguiente que le pasó por la cabeza–. Me entran ganas de besarte. Sandy. ¿Puedo besarte ahora? –Se volvió y sus ojos le encontraron la cara, como si acabara de llegar. Él comprendió que era otro estilo de indiferencia.

–No –dijo él–. Ahora no. –Apretó contra el pecho su americana caliente de mil rayas.

–Bueno –dijo ella, echando a andar de inmediato, como si aquello no la hubiera decepcionado lo más mínimo–. ¿Qué podemos decir en lugar de besarnos?

–Ahora se serenaba.

–Podemos seguir caminando. Ella asintió.

–Y así. Continuaron caminando.

Anduvieron en la dirección del Canal, contra la feroz corriente del río –hacia el oeste, o posiblemente hacia el sur–, siguiendo el paseo que recibía el nombre del famoso alcalde. La luna. En la acuosa brisa de final del día se veía la luna: a la espera, sin proyectar ninguna luz en el cielo vacío. Delante tenían unos edificios altos –las zonas comerciales, con menos ambiente–, donde estaba la oficina de él. Aparecían más turistas. Había vagabundos pescando en los bajíos inclinados; bebían sentados sobre la escollera. Un gran carguero negro apareció silencioso debajo de los puentes, deslizándose hacia la gran curva, acompañado de unos botes pequeños. Aquella imagen lo hipnotizó. Los imponderables de la navegación.

Un pequeño avión pasó en un murmullo, no muy por encima del curso del río, arrastrando una pancarta anticuada, invitando a leerla a todos los que estaban en la orilla. «Feliz día de San Patricio». Era verde. Aunque ya habían pasado unos días.

–Debe de estar bien ser irlandés –dijo ella, que llevaba minutos sin hablar, casi sin ganas–. No tener que preocuparte por nada. –Comenzó a sonar un teléfono, más bien un zumbido, en el interior de uno de los bolsillos de su vestido de lino. Ella no lo cogió y se paró enseguida. Él se sintió aliviado, pero no supo por qué. La cojera de ella prácticamente había desaparecido.

–¿Cómo te ganas la vida? –preguntó él, medio paso por detrás de ella en medio de aquel aire cálido y variable, la voz apenas audible, transmitiendo así su autoridad.

–¿Qué me estás preguntando? –contestó ella, proyectando su desaprobación, sonriente y atrevida, sobre su hombro izquierdo, como si le alegrara poder decirlo. Él se lo había preguntado, pero tampoco tenía muchas ganas de saberlo. Se había imaginado lo que habría sentido al besarla, qué sabor habría tenido. El anís. El tabaco. La falta de ardor. Cuando ella era joven, se distraía fácilmente. Era lenta para comer. Para vestirse. Lenta para encontrar su orgasmo. Eso a él no le gustaba. Ella guardaba fotografías de sí misma. Una de ellas sobre una jirafa muerta contra la que había disparado con su padre, en África. En otra se la veía desnuda sobre una colcha de cretona: esta la había tomado un fotógrafo famoso cuyo nombre no recordaba.

–Solo era por hablar –dijo él, en relación con la pregunta que había hecho. ¿Podía ella oírle, en medio de aquella brisa metálica, primero caliente y luego fría, y la propulsión del carguero mientras tomaba la gran curva?

Ella había alterado el paso para sentirse más despreocupada. La cojera había desaparecido del todo.

–¿Les preguntas a todas las chicas si son putas? ¿Y todas lo niegan? ¿O solo yo?

–Lo niegan todas –contestó él, aceptando el chiste que ella proponía. Esa dulzura siempre había formado parte de su carácter. No tener que tomarse el uno al otro en serio cuando eran sinceros.

–Digamos… como no-respuesta –dijo ella casi jovial–, digamos que… mmm… No soy muy aficionada a hacerme amiga de mis amantes. Se quedan en amantes, o no me gustan. En aquella época simplemente pensaba en llegar a alguna parte. Es mucho mejor que partir. Pensaba en otro lugar, no en este precioso lugar junto al padre de las aguas. Creo que eso ya lo he dicho. –Ella seguía caminando por delante de él–. Es tan romántico que me preguntaras cómo me gano la vida.

Siguieron caminando, sin ser del todo una pareja, ni tampoco ir separados. Él con sus pantalones de mil rayas y su camisa azul, la americana en la mano; ella con su elegante vestido marrón, las piernas bronceadas, los brazos bronceados y aquellos caros zapatos azules que tenían que ser italianos. Ella sudaba –por haber bebido– justo en la línea del pelo. A él se le pasó por la cabeza tocarla, en el hombro, para acercarse a ella. Imaginó que aquel hombro estaría fresco incluso en medio del calor.

Ahora la ciudad estaba muy cerca, ya no era importante. Los edificios de oficinas los rodeaban. Pasó un tranvía. Él distinguió el edificio donde estaba su bufete. El enorme carguero había rebasado ya la peligrosa curva y emitido su triunfal sonido grave de tuba mientras desaparecía hacia el Golfo. El aire en movimiento había adquirido olor a petróleo. Tenían que ser casi las seis. Cuando declinaba la tarde en Nueva Orleans, cuando las sombras refrescaban en su oscurecerse. Una pequeña flotilla de patos de cabeza verdosa cabeceaban en la margen del río, en la relajada estela del gran carguero. La gente –los turistas– sentada en los bancos del parque observaba caminar a dos de ellos. Una pareja bastante guapa atraía miradas de soslayo. «Mira. ¿No crees que se equivocan? Ya hemos estado aquí. Hemos estado en todas partes.»

–¿Cómo está tu padre? –dijo él, ahora acercándose, oliendo su cálida axila. En una ocasión hablaron de que tenía que conocerlo. El padre y el nuevo novio del momento. ¿Todavía vivía su padre? El de Sandy había muerto hacía mucho. Aunque no su madre, que vivía sola en la casa de Philip Street, no muy lejos de donde estaban ahora.

–Jules está bien –contestó ella, como si la sola idea le divirtiera. O que él preguntara. Ella dejó que el dorso de su mano derecha, no la magullada, susurrara contra la pernera del pantalón de él. No podían ir mucho más lejos. Delante tenían los hoteles, los centros comerciales y el de convenciones–. Los míos están sobre la tierra…, al menos hoy –dijo ella–. Mi madre siempre tiene algún jovencito que la lleva a algún salón de baile y le roba. Jules vive en Locarno con su mujer peruana y está escribiendo una novela. ¿No hubo una época en que querías escribir una? Lo recuerdo.

–No –contestó Sandy–. Debe de ser otro.

–¿No fuimos a Hog Bay a visitarlo?

–No me acuerdo –dijo Sandy.

–Claro que te acuerdas –dijo ella–. Yo sí me acuerdo.

Ha construido una escuela en Kenia. La peruana ni se acerca.

En el paseo marítimo, una pareja de airedales se alejó de su joven propietario y se acercó a ellos para inspeccionarlos. Así pasaban las cosas allí.

–Qué perros tan bonitos –dijo ella–. Son un encanto.–Él todavía no la había llamado por su nombre. Le hacía sentirse identificado, como si algunas cosas quedaran sobrentendidas. Aunque ella sí había pronunciado el suyo.

–¿No hace mucho más calor de lo normal? –dijo ella, y se abanicó con la mano.

–Son los trópicos –dijo Sandy–. Es lo que hay.

–Lo que hay nunca es lo que querrías. –Volvían a faltarle las palabras. Sandy recordó lo distante que llegaba a estar en tan solo un momento. Ese rotundo volver la cabeza. Algo que un padre cauteloso defendería. Él tenía dos hijas. De diecisiete y trece. Las dos utilizaban esa distancia como aliado.

De lejos, desde las callejas abarrotadas de gente del casco antiguo, volvió a llegarles el sonido de las gaitas. El desfile había doblado por Chartres Street. No lo verían. Redoblaban los tambores. Destellaban las luces azules de la policía.

–Basta de gaitas, por favor –dijo ella–. Es demasiado tarde. –Era algún chiste que ella sabía.

–¿Sigues llamándote Barbara? –dijo Sandy, y se sintió excluido por preguntar. Señorita Nail. Alix. ¿Quién era?

Los dos airedales los habían seguido. El propietario los llamaba.

–Lulu y Grace. No os escapéis.

–Ah, sí –dijo ella, y se volvió hacia él en mitad del paseo, ahora todavía más poblado. El río plano era una foto de fondo–. ¿Por qué?

–Estaba radiante, como si fuera a echarse a reír de un momento a otro. Él recordaba, o recordaba mal, que ella había nacido en Kansas City. Al menos eso había dicho años atrás. ¿Era cierto? Era tan plausible como cualquier otra cosa. ¿Era así como ahora reaccionaba ante ella? ¿De esa nueva manera?

–Recuerdo que una vez dijiste: «era fantástico ser nosotros» –dijo Sandy.

–Y tú contestaste que lo único que quería decir era que era fantástico ser yo.

–Sí.

–En un abrir y cerrar de ojos volvían a tener «unas palabras» en público. Delante de los demás.

–A veces pensaba en ti, Sandy –dijo ella–. No muy a menudo. Pero el verano pasado, en Nueva York, te vi… cruzando una calle ancha. Una avenida. No pude alcanzarte. Él solía ir a Nueva York. Se veía con alguien. No a menudo.

–Probablemente no. –Pensé… –comenzó a decir ella, pero se interrumpió. Pasaron un chico y una chica, los dos guapos, hablando en francés. Y ella los miró como si comprendiera lo que decían. Acto seguido comprendió que ya no recordaba lo que iba a decirle a él. Y eso es lo que él hubiera querido saber. Lo que ella pensaba–. A lo mejor –dijo– fue eso lo que me ha traído aquí. –Dibujó una sonrisa radiante. Puede que eso se acercara a lo que estaba a punto de afirmar. Pareció que fuera a echarse a reír otra vez.

–Seguro que sí –dijo Sandy.

–¿Te irías conmigo? –dijo ella–. Nunca he hecho feliz a nadie. Pero siempre pensé que podría hacerte feliz a ti… si me lo propusiera. Sería un reto.

–Ahora su sonrisa era luminosa, ni rastro de tristeza–. Se te ve más joven que a mí.

–Eso no es verdad –dijo Sandy. –Todavía me gustaría besarte.

–La brisa fresca y húmeda le alborotaba el pelo. Sacudió ligeramente la cabeza y su sonrisa adquirió una nueva frescura.

Él se detuvo, solo para observarla de arriba abajo. Para ver si tenía ganas de besarla. Más allá, entre la aglomeración de edificios de la ciudad, el cartel del Monteleone remataba el edificio blanco y cuadrado. Ahora, desde la ventana de ella se les podría ver a los dos. Anónimos. Interpretables. Otros podrían verlos. Siguiendo el paseo, Sandy había divisado al sacerdote, con una camisa nueva amarillo chillón y vaqueros, sentado en un banco junto a hombre más joven. Se acercó a ella, le puso la mano donde se la quería poner antes. En su hombro desnudo, que ya estaba frío…, de manera inexplicable.

–Sí –dijo Sandy, y la besó, inclinándose al tiempo que ella se ponía de puntillas en sus zapatos azules para recibir el beso. Tenía un olor dulce: a anís, un residuo de cigarrillo.

Después, mientras regresaban al casco antiguo, ella se puso locuaz, como si algo –más que el beso– hubiera liberado un espíritu en su interior, y estuvieran juntos como lo habían estado antaño. En Islandia. Sandy se había puesto a pensar en aquel profesor de la facultad de derecho que había muerto joven. Todo el mundo lo adoraba y le prodigaba su atención, su admiración e interés. Aunque al cabo de poco tiempo, la gente dejó de hablar de él. El profesor Lesher. Tenía un tic nervioso terrible. Era brillante. Y enseguida se acordó brevemente de su padre, que abandonó a la familia y, si lo que se contaba era cierto, no regresó jamás; vivió en otras ciudades, con otras personas. Un gran error. Aunque al final la herida se cierra.

–¿Qué te ha pasado, Sandy? –preguntó Barbara–. ¿Cuál dirías que ha sido el resultado? –Se le había olvidado por completo lo de escaparse juntos. Estaban en el barrio de Iberville, cerca de la esquina donde habían echado a andar. El viejo edificio de varios pisos donde ella se alojaba.

–No soy un abogado de esos –dijo él, sabiendo que no era eso lo que le preguntaba ni la respuesta a su pregunta–. Intentamos evitar los resultados. Si podemos.

–Mi opinión es… –dijo ella rápidamente, agarrándolo del brazo. Había trastabillado en la acera rota, se había raspado la rodilla, estropeado sus hermosos zapatos. Él se había vuelto a poner la americana. No la corbata–. Tú, en concreto, te esfuerzas mucho en ser complicado. Mientras que yo me esfuerzo mucho en ser sencilla.

–Ella volvió a apretarse contra su brazo, como si buscara protección. No era fácil caminar con esos zapatos. Aunque tampoco podías ir descalza por el Barrio Francés. Cuando regresara a su habitación (si es que tenía habitación), los tiraría a la basura–. Tienes una diana tatuada en el corazón –añadió–. No es tan complicado.

–No estoy de acuerdo contigo –contestó Sandy. No era complicado.

–¿Te gustaría hacer el amor conmigo? –dijo ella como quien no quiere la cosa. A su espalda, cerca del río, comenzaba de nuevo la música del calíope. Una canción de los Beatles cuyo título ahora no recordaba.

–Desde luego –contestó Sandy.

–Todas las cosas que te enseñé. Las has practicado con otra.

–No había dejado de andar. De nuevo inspiró de aquella manera característica, brusca y breve. Habían llegado a las puertas giratorias, por donde habían salido al calor. Hacía más o menos una hora. El portero, un hombre grandote con un uniforme azul, galones dorados y charreteras que se proyectaban hacia delante, empujó la puerta hacia dentro, sonriendo. Les acometió el aire frío que salía del interior. El vestíbulo seguía abarrotado, con la alegría de la gente que pululaba y cantaba. Todas las cosas que ella le había enseñado eran un tema demasiado denso para empezar ahora. Aunque ella nunca le había hecho feliz, ni lo había intentado. Y tampoco él a ella. Él tan solo la había amado brevemente hacía mucho tiempo. Él se apartó de su camino, volvió a tocarle el hombro cuando ella se separó de su brazo. Él había pronunciado su nombre una vez, pero no lo dijo ahora.

–En otra ocasión –dijo ella, un tanto inestable, mientras giraban las puertas de cristal. Sandy supo que ella se refería a otra cosa. Aunque tanto daba lo que dijera ahora.

–Sí –dijo Sandy mientras ella entraba por las puertas giratorias, y luego se dio la vuelta para dirigirse a su coche, que estaba en Canal Street, un poco más arriba.

Mientras se dirigía al barrio residencial en el que vivía, donde se reuniría con su mujer y otras personas –llegaba tarde–, le asaltó otro pensamiento sobre su padre. Lo había visitado en la preciosa casa que se había comprado en Lakeview, en la vecina zona norte de Chicago, donde vivía con su nueva mujer, Irma. Se había comprado uno de esos viejos edificios de piedra rojiza con escalera. Un ventanal en saledizo y un mirador de cristal pintado. Era octubre. Los tilos y las hayas rojas se desplegaban alegres por el parque. En aquella época su padre era representante de una empresa de cerámica irlandesa. Estaba harto de leyes. Viviría nueve años más y moriría subiendo las escaleras de un avión. Completamente feliz.

–Ya no podía vivir en la ciudad ni un minuto más –había dicho su padre, refiriéndose a esa ciudad–. No era culpa de tu madre. No había ninguna Irma. Es solo que ya no teníamos nada más que decirnos hacía ya años. Lo sé, lo sé. ¿Y qué? En fin. Lo que me pasó es simplemente que me…, ¿cuál es la palabra?…, desencanté. No lo puedes entender. Ojalá no lo entiendas nunca.

Había ido a ver a su padre por un asunto familiar. La herencia. Su testamento. Lo que le iba a dejar a su madre. Su padre había cumplido con sus obligaciones, pero ahora quería solicitar una audiencia. Era un hombre alto, de ojos vivos y cara tersa. Enérgico y totalmente falso. Los genes irlandeses. Había sido rey de Comus. Un grande.

–En el mundo actual hay demasiada autocomplacencia. La gente está muy satisfecha de sí misma solo por hacer lo que tienen que hacer –había dicho su padre acercándose a la redondeada vidriera en saledizo, donde unos emplomados separaban el rojo del verde, el amarillo del azul. Se quedó mirando la calle arbolada como si acabara de ver algo que le interesara–. A estas alturas no espero autocomplacencia. Eso te lo puedo prometer. Nada de lo que estar orgulloso. Debes evitar eso. No es el peor defecto humano, pero es el más natural.

–Sí –contestó Sandy–. Lo haré.

Y ya no volvieron a hablar más del asunto. Su padre había sido un hombre de pronunciamientos, que había aprendido duras lecciones de la vida. Por eso quería solicitar una audiencia. Luego Sandy comprendió que su padre estaba pensando en un asunto privado: dejar arreglada a la mujer a la que había abandonado, para lo cual no deseaba ningún reconocimiento ni ningún comentario especial.

Recordaría su conversación en los momentos más inesperados –como ese–, cuando quizá esperaría otros pensamientos más positivos. Pronto sería la hora de la cena. Se encontraría con su mujer, con la que iba a compartirla. Los asuntos previstos, variados y meticulosamente ensayados del día. Su última hora –su hora con Barbara– no sería ensayada. No produciría ningún resultado, lo que en sí mismo le proporcionaba un pequeño reposo. Tal como su padre había sabido y dicho, tenemos poco de lo que enorgullecernos. Cosa que no hablaba a favor ni en contra de nadie, sino que simplemente le permitiría acometer esa velada, y las incontables veladas que quedaban.

Richard Ford (1944, Jackson, Mississippi) es Premio Princesa de Asturias de las Letras 2016 y ha publicado seis novelas –Un trozo de mi corazón, La última oportunidad, Incendios y la trilogía protagonizada por Frank Bascombe: El periodista deportivo, El Día de la Independencia (premios Pulitzer y PEN/Faulkner) y Acción de Gracias–, tres libros de narraciones cortas y largas –Rock Springs, De mujeres con hombres y Pecados sin cuento–, y el breve libro memorialístico Mi madre, editados todos ellos en Anagrama, que le han confirmado como uno de los mejores escritores norteamericanos de su generación.

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