Fabiano Massimi

LECTURAS | Los demonios del Reich, de Fabiano Massimi

Hace dos meses que Sauer no sabe nada de su pareja: ella ha vuelto a Alemania para unirse a la resistencia y tratar de dinamitar el partido nazi desde dentro. Sin embargo, cuando Julian le enseña la postal que ha recibido con una foto de Múnich y una cita del Cantar de los nibelungos -«Cava una fosa y siéntate en su interior»-, entiende que es un mensaje para él: Rosa está en peligro.

Ciudad de México, 19 de agosto (MaremotoM).- Corre el mes de febrero de 1933 en Berlín. Ante el edificio del Parlamento en llamas, el futuro ministro de Propaganda del Tercer Reich, Joseph Goebbels, se dispone a hacer unas declaraciones a la prensa. Unos días antes, Siegfried Sauer, que había huido a Viena junto a Rosa, se encuentra en su casa con el agente doble Karl Julian.

Hace dos meses que Sauer no sabe nada de su pareja: ella ha vuelto a Alemania para unirse a la resistencia y tratar de dinamitar el partido nazi desde dentro. Sin embargo, cuando Julian le enseña la postal que ha recibido con una foto de Múnich y una cita del Cantar de los nibelungos -«Cava una fosa y siéntate en su interior»-, entiende que es un mensaje para él: Rosa está en peligro.

Sauer viajará clandestinamente a un Berlín plagado de camisas pardas, clubes nocturnos y fiestas secretas, donde nadie es de fiar y se suceden misteriosos asesinatos de mujeres, todas ellas muy parecidas a Rosa.

Fabiano Massimi
Editó Alfaguara. Foto: Cortesía

Fragmento de Los demonios del Reich, de Fabiano Massimi, con autorización de Alfaguara

El calor es tan intenso que le lloran los ojos; el humo, tan denso que no sabe hacia dónde girarse. Del otro lado de las cristaleras rotas, en la gran plaza a plena luz del día, las sirenas ululan sin parar, atrayendo a otros camiones de bomberos y a miles de curiosos. El agua extraída del Spree entra a borbotones por las ventanas, pero ni siquiera eso resulta suficiente para detener las altas llamas. En la fría noche de febrero, el edificio del Parlamento arde como una hoguera a finales de verano, y él está atrapado en su interior.

Mientras observa los desesperados intentos de los bomberos, trata de calcular cuánto tiempo hace que se han marchado los demás. ¿Habrán salido ya del túnel? ¿Habrán encontrado refugio? Cuando se dieron cuenta de que él quería quedarse, se opusieron. Especialmente ella. Pero había tomado ya su decisión y, con el fuego rodeándolos, no tuvieron más opción que huir. Prometió reunirse con ellos cuando terminara; sin embargo, sabe bien que no lo hará. Aunque quisiera, ya no hay manera de hacerlo.

Una última mirada a la plaza, luego se aparta de las cristaleras y regresa hacia la gran Cámara, donde empezó la hoguera. Si su destino es morir dentro del Reichstag, entonces es allí donde quiere hacerlo: en el corazón de la República, dando todo por defenderla. Ese pensamiento le arranca una sonrisa. ¿Quién hubiera creído que precisamente él se convertiría en mártir? Pero está bien. Puede aceptarlo. Lo que sea con tal de detener su avance.

De repente, hay ruidos a su derecha. Pasos. Numerosos. No un hombre, sino muchos, que se apresuran como él hacia la Cámara.

Se esconde detrás de una cortina justo a tiempo, y piensa mientras tanto: ¿Quién puede estar tan loco como para meterse en un edificio en llamas?

Los pasos se detienen a pocos metros. Un largo silencio, como de quien estudia a su alrededor antes de hablar, y luego:

—¿Tenéis alguna idea sobre qué ha pasado? —pregunta una ya famosa voz metálica.

Un escalofrío lo sacude. El corazón le retumba en los oídos.

¿Él, aquí? ¿Será posible?

Con cuidado de no ser visto, aparta la cortina lo suficiente para enmarcar la escena, y la escena le corta la respiración.

Son seis. Dos bomberos, con el rostro marcado por tiznes de hollín, un periodista con un cuaderno abierto y tres civiles con ropa elegante. El primero es un hombre bajo y demacrado, cara de rata y ojos brillantes como obsidianas. El segundo, más alto y corpulento, tiene una sonrisa diabólica avivada por el fuego. Son rostros conocidos. Políticos. Nazis. Ya los ha visto, aunque no podría identificarlos.

Pero al tercero, el que ha hablado, lo reconoce, y bien que lo reconoce. Incluso visto a través de una cortina, con poca luz y en medio del humo, tiene un rostro inconfundible: esos ojos azules como el hielo, ese bigotito desmochado. Adolf Hitler, el nuevo canciller, ha venido a inspeccionar personalmente la pira.

—Un complot comunista —declara el hombre corpulento a su lado—. Sin duda alguna.

Hitler asiente, inhala profundamente el aire viciado y… ¿acaso es satisfacción lo que se vislumbra en su rostro? ¿Es complacencia?

—Hoy se abre una nueva y gran era en la historia alemana —anuncia con solemnidad, con las llamas bailando en sus ojos como demonios—. Todos vosotros sois testigos. —Luego, después de una pausa efectista—: Este incendio es solo el inicio.

Tal vez le gustaría añadir algo más, pero en ese instante el cristal de la cúpula que corona el gran Reichstag despide un crujido siniestro, como el lamento de un animal herido.

—¡Está a punto de derrumbarse! —grita uno de los bomberos.

—¡Sacad de aquí al canciller!

Llamados de nuevo a la realidad, los seis hombres se apresuran hacia la salida, dejando a su observador en medio del infierno, pensando en lo que acaba de ver.

En su cabeza resuenan las palabras de Hitler y un nombre, el nombre de ella.

Rosa.

Entonces la amargura y el dolor inundan su corazón, mientras comprende la verdad.

Este fuego no es solo el inicio, sino el final.

Jueves, 23 de febrero de 1933

(Cuatro días antes)

1

Durante la noche había ardido una tienda.

Cuando Peter Rach se bajó del tranvía en la Boschstrasse, no lejos del apartamento donde vivía, en el Karl Marx-Hof, el gélido amanecer de Viena todavía estaba moteado por el humo que se estancaba entre los edificios. En la ciudad, los incendios no eran infrecuentes: con todas las estufas y las chimeneas que ardían día y noche para calentar a un millón de habitantes, los bomberos tenían de que ocuparse a menudo. Pero en Döbling, el suburbio donde Rach había vivido el último año, era la primera vez que algo se incendiaba, por lo que decidió desviarse de su camino habitual y, a pesar del cansancio acumulado en el turno de noche en el Ayuntamiento, se encaminó hacia el lugar donde parecía originarse todo ese humo. «Policía una vez —le gustaba repetir a su ex mejor amigo—, policía para siempre». Y era verdad, aunque él ya no llevaba ningún distintivo.

Boschstrasse, que discurría paralela a la vía férrea durante varios kilómetros antes de detenerse a un suspiro del Danubio, alineaba en su recorrido todo tipo de tiendas: droguerías, mercerías, colmados, ferreterías, todo lo que podía ser de utilidad en la vida cotidiana de una pequeña ciudad. Y Döbling era precisamente eso, una ciudad en la ciudad. Los trabajadores a los que estaba destinado el Karl Marx-Hof trabajaban en fábricas repartidas por toda la capital, pero sus familias nunca salían de los confines del distrito. La noria del Prater, que con sus sesenta metros de altura se elevaba sobre los tejados, se encontraba a pocas paradas de metro, pero para los habitantes de Döbling era un espejismo inalcanzable, como si fuera la luna.

Mientras Rach se acercaba a la tienda incendiada, le empezaron a picar los ojos y se le velaron de lágrimas. En el bolsillo del abrigo llevaba un pañuelo de raso, pero no podía utilizarlo —ni siquiera podía pensar en ello—, de manera que se los enjugó con la bufanda, con la que luego se cubrió la cara para taparse mejor la boca y la nariz. Era una bufanda de lana virgen, densa y cálida como el abrigo del que sobresalía, pero cuando Rach estuvo a cincuenta metros de su meta y reconoció al anciano solitario en medio de la calle, que miraba el desastre sin mover un músculo, lo atravesó un escalofrío.

De la Sastrería Nettel, una institución en el barrio, tan solo quedaban los ladrillos ennegrecidos por las llamas y los afilados añicos del escaparate roto, esparcidos por el suelo. El interior era una cueva de cenizas donde nada podía haberse salvado: ni los trajes ya cortados y colgados en exposición, ni los rollos de tela alineados en los estantes, ni el mobiliario pobre pero digno que en el transcurso de los años había recibido a miles de clientes. Ahora ya no recibiría nada ni a nadie. El fuego lo había devorado todo, con una precisión que reforzaba la inquietud de Rach.

Se detuvo a veinte metros del anciano Nettel. No se acercaría más. El sastre y él no se conocían y, de todos modos, ¿qué consuelo podría ofrecerle? ¿Qué palabras podrían aliviar el dolor de un mundo entero perdido de aquel modo? Habían apagado las llamas hacía ya un buen rato, y en la calle solo estaban ellos dos: ni bomberos, ni policías, ni siquiera los inevitables curiosos —ancianos, ociosos, niños—, porque en realidad todo el mundo sabía lo que había sucedido.

En una sastrería los materiales inflamables no escasean, pero nada arde y se consume tan perfectamente en pocas horas, y en una tienda, de noche, ¿qué puede desatar un infierno como ese?

Döbling quedaba lejos de Viena, y Viena lejos de Alemania, pero las pavesas de una hoguera se desplazan con el viento y saben recorrer distancias muy grandes.

La tragedia de Ytzak Nettel no se debía a un accidente, sino al hecho de que el anciano sastre era judío.

Conmocionado y aturdido por lo que había visto, como si el humo de la escena hubiera penetrado en su mente y hubiese impregnado todos sus pensamientos, Peter Rach se dirigió hacia su casa sin prestar atención a cuanto lo rodeaba, perdido entre la angustia del presente y los recuerdos de los hechos que habían trastornado su vida un año y medio antes. Por ese motivo, quizá, no se dio cuenta de nada hasta el último momento. Había bajado la guardia.

El Karl Marx-Hof, el edificio donde vivía, tenía menos de tres años, pero ya era famoso en toda Europa. Construido en un tiempo récord por voluntad del Gobierno municipal, consistía en una única manzana de más de un kilómetro de largo y cinco pisos de altura, que daban a una sucesión de jardines abiertos para todo el mundo. La fachada bicolor, ocre y terracota, culminaba en una entrada con cuatro arcos recortados semejantes a pistones invertidos, en referencia al destino obrero del complejo, que contaba con casi mil cuatrocientas viviendas. De estas, una de las más grandes, con tres habitaciones, se la asignaron a Rach en virtud de su empleo como vigilante nocturno del Ayuntamiento de Viena. La distancia hasta el centro era considerable, y las relaciones con los vecinos, tan distintos a él por su origen y estilo de vida, nunca habían ido más allá de rápidos gestos cuando se cruzaba con ellos por los pasillos y las escaleras, pero esas tres habitaciones con baño resultaban más que suficientes para sus necesidades, sobre todo ahora que vivía solo y, además, eran gratis. El factor determinante, el que lo convenció para que aceptara la oferta de quienes lo contrataron, fue, no obstante, otro: en Döbling las posibilidades de que alguien fuera a buscarlo eran prácticamente nulas, y él no deseaba que lo encontraran.

—¡Herr Rach! ¡Herr Rach! —trinó una voz infantil a su espalda.

Se volvió para sonreír a Greta Honecker, la hija de once años de un vecino, la única a la que le había dedicado algo más que un rápido saludo.

—Buenos días, Gretchen —dijo, regalándole una sonrisa, mientras se metía una mano en el bolsillo en busca de la moneda de costumbre—. ¿No es tarde para ti? Hoy hay colegio…

—Iré corriendo —dijo la chiquilla acercándose y entregándole un periódico enrollado—. ¡No podía dejarlo sin su ejemplar!

Rach asintió satisfecho, luego le tendió la moneda y cogió el periódico. Como solía hacer siempre, lo desenrolló de inmediato y recorrió la primera página en busca de noticias sobre lo que estaba pasando al otro lado de la frontera. Y, como siempre, en uno de los titulares principales encontró el nombre que lo obsesionaba.

—¿Por qué ha llegado tarde hoy? —preguntó Greta en tono curioso. Rach era el más metódico de los hombres, y en el Karl Marx-Hof habían reciclado para él la vieja historia de Kant: para tener siempre en hora los relojes no era necesario sincronizarlos con el de San Pablo, la iglesia del barrio, uno solo tenía que asomarse y esperar a que Rach saliera por la noche o regresara por la mañana—. ¿Iba el tranvía con retraso?

—El tranvía nunca va con retraso, Gretchen. Me he perdido yo por el camino.

Greta se echó a reír como si fuera el chiste más divertido del mundo, luego lanzó una mirada al cielo y su sonrisa se ensanchó.

—Que tenga usted un buen día, Herr Rach. ¡Algo me dice que será verdaderamente memorable!

Una media reverencia, una pirueta y la chica se marchó corriendo, el pelo color miel brillando bajo el frío sol de Viena.

Rach se quedó mirándola embelesado —le habría gustado tener una hija como ella—, luego se recobró, aunque la sombra de los pensamientos recientes volvía a oscurecer la mañana.

Ya es un día memorable, se dijo. Pero memorable no significa bueno.

Llegó al portal de su escalera, igual a los otros cien portales de todo el edificio, aunque este estaba señalado con el número 28, lo abrió y se adentró en el vestíbulo. El arquitecto del complejo, un tal Karl Ehn, había aplicado la máxima sencillez funcional a todo lo que implicaba el proyecto, por lo que el vestíbulo y las escaleras estaban desprovistos de cualquier ornamentación: suelos de piedra gris, paredes encaladas, pasamanos de hierro forjado sin adornos. Los pisos se distinguían entre sí solo por el número romano colocado en la parte superior de cada tramo de escaleras. La única concesión a la estética se manifestaba en el delgado espejo que separaba las dos puertas en el centro de los descansillos. Rach nunca había sido un hombre vanidoso, todo lo contrario, pero desde que vivía en Viena se veía obligado a mirarse en el espejo cada vez que entraba o salía de casa. También ese día, la imagen reflejada no dejó de provocarle una leve desorientación, pero tras constatar que todo estaba en orden —pelo negro como la noche a pesar de haber superado los cuarenta y tres años, una barba larga pero cuidada que le cubría casi todo el rostro, el estómago más hinchado de lo que le habría gustado— Rach siguió su camino y llegó al quinto y último piso.

Mientras sacaba la llave y se acercaba a su puerta, una sensación indefinida lo distrajo. El incendio de la sastrería lo había alterado, claro, y el nombre en el periódico había caído sobre él como un segundo golpe. Había algo que no le cuadraba. Rach era un hombre más lógico que instintivo, pero con los años había aprendido que la lógica o el instinto, por sí solos, no son suficientes, a veces era necesario escuchar a ambos. Así que se quedó parado un momento sobre la alfombrilla, los sentidos al acecho para captar cualquier sensación. No percibió nada. Se agachó delante de la puerta, como todos los días, y como todos los días acercó los ojos para ver si el cabello que había tendido entre la jamba y el tirador seguía en su lugar.

El cabello no estaba ahí.

Me han encontrado.

A Rach le asaltó una tenue náusea. El rellano empezó a estrecharse a su alrededor. Sin hacer ningún ruido, se levantó de nuevo, se desabrochó el abrigo, metió una mano en el bolsillo interior de la chaqueta.

Cuando la mano reapareció, empuñaba una pistola.

Con la misma máxima lentitud, Rach insertó la llave en la cerradura; luego, en silencio, milímetro a milímetro, la giró hacia la derecha. Durante los largos segundos que requirió la operación, el mundo exterior se debilitó: la luz, los sonidos, los olores, reducidos a un eco lejano de la realidad. Ahora solo estaban la mano en la llave y el corazón enloquecido en su pecho.

Me han encontrado.

Minutos, horas, días más tarde, la llave completó su rotación, soltando un clic infinitesimal que en los oídos de Rach retumbó igual que un trueno.

Del interior de la casa no llegaba ningún sonido.

Guardó la llave y empujó suavemente la puerta hacia delante. La luz del apartamento era tenue y clara. Venía de la ventana del salón, donde las cortinas siempre estaban corridas: en el quinto piso no había balcones, habría sido imposible espiarlo desde ahí.

Con el corazón en un puño y la certeza de que alguien, pero ¿quién?, había entrado en la casa durante su ausencia, Rach levantó la pistola por delante de él y amplió el resquicio.

Entonces, como si ese mínimo gesto hubiera activado un mecanismo de resorte, del interior del apartamento se elevó una melodía, una pieza de piano que Peter Rach conocía muy bien —¿sería posible?— y que por un momento le cortó la respiración.

2

—¿Rosa?

La voz de Rach quedó envuelta por una cascada de notas.

—Rosa, ¿eres tú?

La Sonata n.º 2 de Rajmáninov siguió llenando los tres ambientes sin titubeos. Solo, de tanto en tanto, faltaba una nota, que Rach sabía bien a qué atribuir.

Dio un paso dentro de la casa, con la pistola siempre apuntando por delante de él. La entrada, un pequeño rectángulo que acogía a los visitantes con un grabado antiguo de la Viena asediada por los turcos y dos puertas de marco —una a la derecha, hacia el cuarto de baño, y otra a la izquierda, abierta a la cocina—, estaba presidida por una mesa alta y poco profunda en la que descansaba un cenicero que utilizaba para vaciar los bolsillos: monedas, pañuelos, una punta de lápiz y, conspicua en su brillante reflejo cromado, una llave.

Verla sobre la mesita encendió una pequeña llama de esperanza en el pecho de Rach.

Bajó la pistola, se dirigió hacia la cocina.

—¡Rosa! —llamó alzando la voz.

La música se ralentizó como en respuesta a su llamada, pero inmediatamente recuperó el ritmo adecuado. Un pasaje más difícil, ese era el motivo. Pero Rosa nunca había tenido dificultades para interpretar la Sonata.

Rach volvió a levantar la pistola, avanzó con cautela en la cocina. La ventanita cuadrada, que quedaba encima de una estufa de hierro fundido y un fregadero de cerámica, iluminaba la penúltima puerta, la que daba al salón. Rach no recordaba haberla cerrado la noche anterior, pero ahora lo estaba, y le impedía ver el piano y a quienquiera que estuviera tocándolo. Aunque su esperanza no quería morir, ahora ya estaba seguro de que no podía ser Rosa: no había ni rastro de su perfume en esas habitaciones, y los dedos que ejecutaban ese fragmento —el preferido de Rach y de su padre— no eran lo suficientemente hábiles.

Pero, entonces, ¿quién eres?

Frente al umbral cerrado Rach titubeó un último instante, luego aferró la manija con la mano izquierda y apretó aún más la pistola con la derecha antes de inclinarse y abrir la puerta de par en par.

—¡No te muevas! —le exigió a la figura sentada al piano. Un momento después la enfocó, pero había poco que ver: un sombrero de fieltro negro echado hacia atrás hasta rozar un impermeable beis que llegaba al suelo. Ropa de hombre, aunque de espaldas no había forma de saber si quien la vestía era un hombre o una mujer.

—¿Me has oído? —preguntó Rach metiendo la cabeza en la habitación y agitando la pistola de izquierda a derecha en busca de otros visitantes.

No había nadie más, solo estaban él y el pianista, que no dejaba de tocar y de saltarse notas.

Rach se incorporó con impaciencia y avanzó hasta llegar a dos metros del piano. Un paso más y el cañón de la pistola tocaría el impermeable.

—¡He dicho que no te muevas! ¡Detente y levanta las manos!

Por fin la música cesó. La figura sentada en el taburete separó las manos del teclado, pero en lugar de levantarlas bien a la vista las posó sobre las piernas.

—Pensé que le gustaba esta pieza —dijo entonces, sin darse la vuelta.

La voz golpeó a Rach como una bofetada. Llevaba un año y medio sin escucharla, pero la reconoció al instante.

—¿Julian? —tan solo fue capaz de decir, mientras las preguntas se agolpaban en su mente.

¿Qué estás haciendo aquí? ¿Cómo me has encontrado? ¿Y cómo has conseguido la llave de mi casa?

Con un leve crujido, el taburete giró.

—Cuánto tiempo —dijo el joven al piano exhibiendo una sonrisa burlona—. Pero lo veo en forma, comisario Sauer.

3

El silbido de la tetera ascendió rápidamente de tono hasta alcanzar un agudo insoportable. El hombre que se hacía llamar Peter Rach cogió un trapo y lo envolvió alrededor del mango antes de levantarla de la estufa. Luego vertió cuatro dedos de agua humeante en las dos tazas posadas sobre la mesa de la cocina.

—Ya no soy comisario —le dijo vuelto hacia Karl Julian, quien sentado a la mesa miraba a su alrededor con curiosidad el aspecto austero, más que espartano, del apartamento.

—Entonces ¿cómo puedo llamarle? —preguntó el joven sumergiendo en su taza la pinza perforada que encerraba las hojas de té. El agua se llenó instantáneamente de sutiles volutas anaranjadas que comenzaron a expandirse y a girar de manera hipnótica mientras coloreaban el líquido transparente.

—La última vez que nos vimos, me salvaste la vida —dijo el excomisario—. Tutéame y llámame Siegfried.

Julian torció la boca. No había cambiado mucho en año y medio y, aunque se movía y hablaba como si hubiera madurado durante ese tiempo, para el excomisario seguía siendo el joven sargento amante de los libros que los había acompañado a Mutti y a él en su última investigación en Múnich.

—Siegfried es para los amigos cercanos —respondió el joven, con una leve sombra de ironía en su voz—. Te trataré de tú, pero para mí sigues siendo Sauer.

—Como quieras.

—Ahora que nos hemos presentado de nuevo, ¿me satisfarías una curiosidad? ¿Por qué le falta una tecla a tu piano?

Sauer entrecerró los ojos como para enfocar mejor a su interlocutor —las gafas eran también las mismas de antaño—, luego se sentó frente a él, posó las manos alrededor de su taza. En el estómago de la estufa, el fuego gritaba y se retorcía como un demonio enloquecido, pero la casa había estado fría toda la noche y el excomisario tenía los dedos entumecidos.

—¿Qué haces aquí? —preguntó con voz cansada al cabo de unos segundos. No tenía ganas de responder a preguntas tontas o dolorosas, y la inquietud que sentía a flor de piel hablaba con claridad: no había tiempo que perder.

Julian asintió, se enderezó en la silla. Había llegado el momento de hablar en serio.

—He venido por Rosa.

Sauer asintió, e intentó controlar el tono de la respuesta, para no dejar traslucir demasiado de sus sentimientos.

—Rosa no está aquí. Se marchó hace meses.

—Lo sé.

—¿Lo sabes? —repitió Sauer sorprendido.

—Cuando se marchó de Viena volvió con nosotros. A Múnich.

—Con la resistencia.

—Sí.

Chica tonta. Querías hacerlo y lo hiciste.

—Entonces ¿por qué has venido a buscarla a mi casa?

—Me he explicado mal. He venido a por ti. Rosa necesita tu ayuda.

Sauer se llevó la taza a los labios, bebió un sorbo de té. Había olvidado ponerle azúcar, pero no importaba. Dulce o amargo, a él ya le resultaba indiferente.

—No —respondió con sequedad.

—¿No?

—No. No voy a unirme a vosotros. Este no es el modo de luchar contra ellos, ni tampoco el momento.

Julian abrió los ojos como platos.

—¡Pero si acaban de llegar al poder! Hitler es canciller desde hace ya un mes, y dentro de diez días habrá nuevas elecciones. Si este no es el momento…

Sauer negó con la cabeza.

—No tengo ninguna intención de hablar de política contigo. Dile a Rosa que sigo con mi idea: la lucha armada no es una opción. Hay otros medios con los que podemos enfrentarnos a ellos.

El joven sopesó las palabras unos instantes.

—¿Por eso os peleasteis? Por eso ella…

—Eso es asunto nuestro —interrumpió Sauer—. Únicamente dile que lo siento, pero mi postura no cambia.

Julian levantó su taza, bebió un largo sorbo de té. Luego volvió a ponerlo sobre la mesa con delicadeza y habló de nuevo, pero esta vez en un tono más resignado, casi triste.

—Se lo diría si pudiera. Pero no puedo. Por eso estoy aquí.

Sauer entrecerró los ojos.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Rosa ha desaparecido y tenemos razones para pensar que corre un grave peligro —respondió Julian—. Necesitamos tu ayuda, Sauer. Necesitamos dar con ella antes de que sea demasiado tarde.

—En los últimos seis meses hemos estado trabajando en una operación más ambiciosa que las otras —explicó el joven mientras el té de las dos tazas se enfriaba y la luz del día llenaba la pequeña cocina—. Ahora no puedo revelarte los detalles, pero todo empezó a partir de la idea de utilizar las mismas armas de los nazis en contra de ellos.

—¿Las mismas armas? —espetó Sauer, a quien solo con pensarlo se le había encendido la ira—. Pero si son unos asesinos.

—Sí, así es, pero la verdadera razón de su éxito es que saben manipular la opinión pública. Saben hacer propaganda. Organizan palizas y culpan a las víctimas. Atacan las sedes comunistas y difunden documentos falsos donde se demuestra que han sido otros comunistas quienes lo han hecho, en una lucha entre bandos. Fíjate en la historia de Schleswig-Holstein. Sabes cuál te digo, ¿no?

—Sí, la leí en los periódicos —respondió Sauer señalando con la cabeza una estalagmita de periódicos que se alzaba junto a la estufa. La ola de atentados con bombas vinculada al grupo subversivo de Landvolk, nada menos que catorce en cuatro años, que la policía atribuyó a las SA, el ejército irregular nazi, y aun así el Partido había salido indemne.

—En cierto momento nos dijimos: utilicemos el mismo mecanismo, pero contra ellos. Preparemos una acción que haga mucho ruido, una herida simbólica a la República, y hagamos que la culpa recaiga sobre el Partido. Así atraeremos por fin la atención internacional sobre lo que está sucediendo en Alemania.

Las campanas de San Pablo, más allá del cristal cerrado de la ventana, empezaron a dar la hora, un sonido enérgico y alegre que desentonaba con el tenso ambiente de la cocina.

—Estás hablando de un atentado —dijo Sauer cortante.

—Si quieres llamarlo así…

—Me parece algo peligroso.

—Se contemplaba una dosis de riesgo —admitió Julian—. Pero Rosa no albergaba dudas. Para llevar a cabo la operación debía cambiar de identidad y hacer que se perdiera su rastro durante unas semanas. El día preestablecido, después de haberlo organizado todo, reaparecería y nos comunicaría los tiempos y modos de la acción. Un plan perfecto. Lo repasamos mil veces y todo estaba calculado al segundo.

—Por eso estás aquí ahora —dijo Sauer cortante.

Julian apretó la mandíbula. Ningún plan, no importa lo bien organizado que esté, puede predecir lo impredecible.

—¿Y cuándo era ese día acordado? —lo presionó Sauer.

—El domingo pasado —respondió Julian con tono sombrío—. Perdimos contacto con Rosa hace más un mes, y ahora tememos que haya acabado en manos de los nazis.

Largos segundos de silencio, luego Sauer emitió su veredicto.

—No puedo ayudaros. No sé nada ni de Rosa ni de vuestro plan. Y, además, ¿por qué tendría que fiarme?

Una sonrisa torcida se asomó en los labios de Julian.

—Veo que al final el comisario Forster logró enseñarte la cautela…

Sauer se puso tenso.

—Mutti —dijo, como si fuera la primera vez en muchos meses que pensaba de nuevo en ese nombre, cuando en realidad no pasaba ni un día, no pasaba ni una hora, sin que la imagen de su antiguo compañero y mejor amigo volviera a atormentarlo—. ¿Qué ha sido de él?

—A su debido tiempo —respondió Julian—. Ahora tenemos que pensar en Rosa.

—¿Y si ya estuviera muerta? —le espetó Sauer, escupiendo la frase como un veneno del que liberarse—. Hace tiempo que no sabéis nada de ella, faltó a la cita…

—Cuatro citas. Faltó a cuatro. Pero aún podría estar con vida. Hace cinco días lo estaba.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé —respondió Julian metiéndose una mano en la chaqueta— porque hace cinco días echó al buzón esta postal para Fritz Gerlich.

Sauer cogió el cartoncillo que le tendía, y cuando lo encuadró sintió un salto en su corazón: era una fotografía de tonalidad sepia del centro de Múnich, con el Alte Peter y el Viktualienmarkt en primer plano. La misma vista que durante un tiempo había podido admirar desde las ventanas de su buhardilla. El escenario donde Rosa y él se conocieron y se enamoraron.

Le dio la vuelta. La dirección, escrita con la hermosa caligrafía redondeada de la chica, pertenecía al periodista más temido por Hitler, a quien Sauer conoció y ayudó en Múnich en los días del caso Geli Raubal, pero ni por un instante el excomisario dudó de ser él mismo el verdadero destinatario de la postal y del breve mensaje que en ella aparecía:

Cava una fosa y siéntate en su interior.

—¿Sabes lo que eso significa? —le preguntó Julian, inclinándose hacia delante como para ver mejor.

—No —mintió Sauer, con el corazón latiéndole cada vez más rápido en el pecho.

Luego apartó la mirada de esas palabras destinadas a él y dijo:

—Pero creo que sé cómo descifrarlo.

4

Dejaron el edificio media hora más tarde, el tiempo justo para apagar el fuego, sofocar las brasas y prepararse para el viaje.

—¿Cuánto llevará descifrar el mensaje? —le preguntó Julian tras recuperar la postal.

—Depende —respondió Sauer—. Necesito unos libros que no tengo aquí en casa.

—Pues ya iremos a buscarlos más tarde. Con mensaje o sin él, es más urgente que vengas conmigo. Cada minuto puede ser fatal para Rosa. Coge lo que necesites y vámonos.

El excomisario no tenía mucha ropa —rara vez salía de casa, salvo para ir al Ayuntamiento, donde dejaba su uniforme de guarda— y, en general, le gustaba viajar ligero de equipaje, por lo que solo llenó una bolsa con dos asas que podía llevar en bandolera.

—¿Eso es todo? —le preguntó Julian, asombrado.

—Si necesito algo más, en Múnich sé a quién recurrir para pasar desapercibido.

El joven sonrió divertido.

—¿Y quién ha hablado de Múnich?

Para llegar a la estación del metro pasaron de nuevo delante de la tienda destruida por el incendio. Ytzak Nettel seguía allí, mirando absorto los escombros de su vida. A esa hora la calle se iba llenando de bicicletas, automóviles y camionetas, pero todos pasaban al lado del anciano como si no existiera, esquivándolo ajustadamente sin dignarle ni una mirada. Era como si el sastre hubiera caído en una grieta de la realidad y ahora fuera invisible para todo el mundo, excepto para Sauer.

Después de todo, yo también acabé en esa grieta.

Mientras pasaban por su lado, el excomisario lanzó un vistazo de reojo a Julian, pero el joven no se giró ni una sola vez hacia la tienda.

—¿Cuándo has llegado a la ciudad? —preguntó Sauer con tono casual, como si continuara con una conversación previa.

—Esta mañana a las seis. Nueve horas en tren, un viaje interminable. Pero al menos la litera era cómoda.

Sauer anotó mentalmente que debía comprobar los horarios de llegada de los trenes, una vez en la estación. Era improbable que Julian le mintiera en un detalle así, y casi imposible que existiera un vínculo entre su presencia en Viena y lo que le había pasado al pobre Nettel, pero su amigo Mutti le había enseñado tiempo atrás a desconfiar de todo y de todos, incluidas las coincidencias. De no haber sido por la postal de Rosa, Sauer nunca habría seguido al joven.

Por la postal, y porque estar vivo o muerto ya no te importa mucho, le susurró la conciencia. Pero Rosa todavía está bajo tu responsabilidad. Si hubieras sabido retenerla, ahora no estaría en peligro.

—Así que llegaremos por la tarde —dijo mientras giraban a la izquierda a la altura de la Josef-Hindelsgasse y entraban en la plaza de la estación de Heiligenstadt.

—Por la noche —contestó Julian—. Nuestro tren sale a las nueve. Estarás en tu habitación a la hora de la cena.

—¿Mi habitación? —repitió Sauer.

—Te lo explicaré todo en cuanto llegues a tu destino. Aquí en la calle es mejor no hablar demasiado.

Entraron en la pequeña estación y cruzaron el vestíbulo hasta el andén 1, por donde pasaban los trenes que se dirigían al centro. El muelle estaba casi vacío, pero el hecho es que Heiligenstadt existía casi exclusivamente para dar un servicio a los trabajadores de Döbling, que a esa hora ya habrían llegado a sus fábricas desde hacía un rato.

El tren llegó traqueteando unos segundos antes de la hora señalada. Sauer y Julian subieron a un vagón medio vacío. Mientras viajaban hacia el sur, el joven mantuvo los ojos pegados a la ventana, disfrutando de la vista del Donaukanal y de la gran isla que lo bordeaba separándolo del Danubio, con los tejados de pizarra de Brigittenau en primer plano y, más allá, el elegante Leopoldstadt dominado por la noria. Sauer se preguntó si el joven habría visitado Viena en otra ocasión, y al pensar que esa podía ser la primera vez que estaba en la ciudad —nueve horas para llegar, dos más para convencerlo y otras nueve para regresar— tuvo un sentimiento de compasión.

Se bajaron en Spittelau y enfilaron las escaleras que conducían hasta el paso elevado de la Estación del Este. También este tren cumplió el horario a la perfección y le ofreció a Julian otras vistas turísticas: la Volksoper a la derecha, las agujas perforadas de la Votivkirche a la izquierda, la torre del Ayuntamiento un poco más allá, a un tiro de piedra del antiguo edificio Imperial, con su grandeza de otros tiempos —tiempos no tan lejanos y, sin embargo, ahora inimaginables.

—Ya hemos llegado —dijo Julian cuando el metro llegó a la catedral de hierro y vidrio de la Ostbahnhof—. Tenemos que separarnos aquí —añadió el joven en cuanto abandonaron el tren. Frente a ellos se abrían las amplias escaleras de piedra gris que bajaban hasta el vestíbulo de la estación.

—¿Por qué? —preguntó Sauer sorprendido.

Julian se dio la vuelta hacia él y, protegiéndose de las miradas de los demás pasajeros que pasaban con la cabeza gacha, le tendió un sobre.

—Tu billete. Mejor que no nos vean juntos antes de la partida. Nos encontraremos en el tren dentro de media hora. —Luego se tocó el sombrero con dos dedos, a modo de saludo, y de nuevo subió con rapidez al metro, justo a tiempo para que las puertas correderas no lo dejaran afuera.

Sauer lo miró desaparecer por las vías, preguntándose qué pretendía exactamente con esa maniobra, luego se puso la bolsa en bandolera y decidió seguir con el juego.

En el vestíbulo de la estación, un espacio de mármol y estuco cubierto por una bóveda que podría acoger una pequeña iglesia, con campanario incluido, el excomisario buscó una cabina telefónica. Vio una no muy lejos de las taquillas y se apresuró a llegar antes de que alguien la ocupara. Los cuatro relojes situados en las cuatro paredes del vestíbulo marcaban la misma hora, las 8:20, y la cita con Julian era a las 8:45. El tiempo justo para una llamada al Ayuntamiento, se dijo Sauer. No podía ausentarse del trabajo durante una semana sin previo aviso.

Mientras esperaba la línea en la cabina de madera abrió el sobre y sacó el billete.

Leer el destino impreso en rojo en el cartón aceleró los latidos de su corazón.

La capital de la República.

La ciudad de donde había salido la postal de Rosa.

Y el lugar que el Enemigo había elegido como guarida.

Chica loca, ¿en qué problemas andas metida?

Luego, la operadora de la centralita al otro lado del teléfono le dio el tono de línea libre, y Sauer se guardó su billete y su ira. Ya le serían útiles más tarde.

Su superior se mostró comprensivo y le concedió diez días de vacaciones a partir de ese mismo momento. Al fin y al cabo, era la primera vez que las pedía desde que trabajaba para el Ayuntamiento: ¿para qué le habrían servido? Todo lo que deseaba era vivir en paz, lejos del mundo y su demencial carrusel. De haber tenido algún día libre, de todas formas, lo habría pasado en casa, feliz de compartir sus días a solas con Rosa, contentándose con lo poco que tenían y olvidados por todo el mundo.

Pero al final, por supuesto, esto solo me valía a mí.

Sacudió la cabeza para desterrar la amargura, se despidió de su superior y colgó el teléfono. Luego recogió la calderilla del cambio y se volvió a colocar su bolsa en bandolera. No muy lejos vio una vitrina que protegía un cartel lleno de horarios y destinos. Se tomó un momento para comprobar que existía un tren que se correspondiera con la historia de Julian: existía, aunque naturalmente no significaba que el joven le hubiera dicho la verdad. Podía haber mentido con pleno conocimiento de los hechos.

Sauer llegó al vagón cuando la locomotora empezaba a resoplar inquieta, lista para morder las vías. Un revisor lo recibió a la altura de la primera sección de literas, le pidió el billete, asintió.

—Por favor, sígame —dijo, escoltándolo por el pasillo, que estaba tapizado con una moqueta roja algo gastada, si bien aún llamativa, y paneles de madera oscura en todo el lateral de las literas. Delante de la número 12, el revisor se detuvo—. Ya hemos llegado —dijo esbozando una reverencia; luego se sacó del bolsillo una llave de sección cuadrada y abrió la puerta invitando a Sauer a ponerse cómodo.

—El almuerzo es a las doce y media en el vagón restaurante —dijo siguiéndolo hasta la litera—. Aquí está el lavabo —añadió presionando un panel retráctil al lado de la puerta—. Y aquí tiene mantas adicionales, en caso de que la calefacción no fuera suficiente para usted.

—Gracias —respondió Sauer, a quien la calidez del compartimento ya le estaba mareando. Normalmente, después del turno de noche, a esa hora ya estaría acostado.

—Si necesita algo, puede utilizar el timbre que hay junto a la ventana. Estoy a su disposición.

Sauer asintió y le tendió una propina al hombre, quien después de darle las gracias inclinando la cabeza le deseó un buen viaje y cerró la puerta a sus espaldas.

Al quedarse solo, el excomisario miró alrededor en ese espacio reducido, pero dotado con todas las comodidades. Obviamente, no era el Orient Express, pero había formas más incómodas de viajar. Abrió el grifo del lavabo, se pasó un poco de agua fría por la cara, luego puso la calefacción al máximo en vista de los rigores del viaje: le esperaban más de seiscientos kilómetros de bosques, montañas y llanuras azotadas por vientos helados que venían del este. Febrero no era precisamente el mes ideal para aventurarse en esas regiones, y el vidrio de la ventanilla parecía demasiado delgado como para contener la helada, especialmente a grandes velocidades. Si no quería llegar a su destino con un principio de hipotermia, subir la temperatura le pareció la idea más sabia.

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Con el calor, de todas formas, aumentó también su cansancio. De repente, el excomisario sintió encima de él todo el peso de la noche de insomnio y toda la tensión de la mañana. Rosa, Rosa, ¿qué me estás obligando a hacer?

No quería dormir —no podía dormir—, pero mientras esperaba a Julian, con la esperanza de que hubiera podido subir al tren él también, podía por lo menos sentarse en la litera y apoyar la cabeza un momento contra el panel de madera que separaba su compartimento del siguiente. Sentado no se quedaría dormido. No le había pasado nunca en toda su vida. Descansaría un poco los ojos. Cinco minutos, diez como máximo.

La brusca frenada lo sobresaltó.

Abrió los ojos completamente, se levantó y, al hacerlo, golpeó algo con la cabeza, una superficie dura pero acolchada.

—¡Cuidado! —dijo la voz de Julian a su izquierda, bien cerca.

Sauer parpadeó en la densa oscuridad que lo envolvía, se llevó una mano a la frente.

—Con ese golpe te va a salir un buen hematoma —continuó el otro, divertido—. ¿Has descansado bien?

Estaba en la litera, ahí es donde estaba. Acostado. Debía de haberse quedado dormido sin darse cuenta.

—¿Qué hora es? —preguntó con la voz pastosa mientras se volvía a sentar, teniendo cuidado de no golpearse de nuevo contra la cama suspendida.

—Las seis —dijo Julian, cuyos contornos iban definiéndose a medida que los ojos de Sauer se acostumbraban a la oscuridad. La cortina de la ventanilla estaba recogida, pero fuera estaba igual de oscuro que en el interior, solo iluminado de vez en cuando por luces lejanas.

—Las seis —repitió Sauer aturdido.

Julian se encogió de hombros.

—Cuando entré tú ya estabas en el mundo de los sueños. Pensé en dejarte recuperar un poco las energías, y luego la lectura me absorbió —dijo, mostrándole un libro titulado Berlin Alexanderplatz— y olvidé despertarte. Has dormido todo el viaje.

Sauer se levantó de nuevo, giró la cabeza a derecha e izquierda para estirar el cuello. Luego la oscuridad del otro lado de la ventana se hizo total, el estruendo del tren que corría sobre los raíles se transformó en un aullido. Un túnel.

—No importa.

—Te has perdido Praga y Dresde —insistió Julian, con un tono melancólico que decía mucho acerca de la fascinación que sentía por las ciudades desconocidas.

—No importa. Ya las veré en otra ocasión. ¿Cuánto falta para llegar?

Pero Julian no respondió: no hubo necesidad. Un nuevo frenazo desequilibró a Sauer, lanzándolo hasta casi chocar contra la ventanilla, que de pronto se llenó de luz —una extensión infinita de puntos de luz que iluminó como si fuera de día el interior del compartimento—. El excomisario no recordaba haber visto nunca un espectáculo semejante: parecía un prado interminable cubierto por millones de luciérnagas, o tal vez las brasas de una hoguera tan grande como el mundo.

Julian se levantó con una sonrisa de alivio.

—Bienvenido a Berlín.

5

El automóvil de Julian estaba aparcado en la calle, justo enfrente de la estación. Sauer se esperaba que el joven lo condujera por escaleras de servicio y pasillos traseros, utilizando la misma circunspección que había mostrado en Viena; en cambio, ni siquiera se molestó en bajar del tren en momentos separados, o en esperar hasta ser los últimos para comprobar que nadie los seguía. Salieron por la entrada principal como si no pasara nada, como si en vez de estar en Alemania, en vez de en Austria, mágicamente se hubieran disipado todas las preocupaciones de ser interceptados. Y, sin embargo, era allí, en Alemania, donde anidaba el peligro.

—Berlín tiene cuatro millones de habitantes —fue la explicación que recibió al referirse a este asunto—. Y aquí las probabilidades de que alguien te reconozca son mínimas. ¿Has estado alguna vez en la capital?

Sauer negó con la cabeza.

—Es una ciudad especial, única. El ombligo del mundo —se jactó Julian, como si él mismo la hubiera diseñado y construido con sus propias manos.

Subieron al coche, un pequeño descapotable deportivo que el comisario no había visto nunca antes.

—¿De qué marca es?

—Es un Fafnir —respondió Julian, arrancando con un rugido—. Modelo 471. Ya no lo fabrican, y es una verdadera lástima.

Salieron disparados y se incorporaron al tráfico, que a Sauer lo sorprendió por su intensidad. Entre carruajes, automóviles, motocicletas, autobuses de dos pisos, tranvías y camionetas, como si uno estuviera en medio de un desfile más que en una calle. Era un milagro que algo lograra moverse y que nadie chocara. Múnich y Viena, en comparación, parecían ciudades provincianas.

Julian se sentía a sus anchas en aquel bullicio. Conducía sujetando el volante con una mano, mientras que con la otra hurgaba en un cajón del salpicadero del Fafnir, entre Sauer y él.

—Ahora que estamos solos y nadie puede escucharnos —dijo—, te daré algunos detalles más sobre la operación en la que se halla metida Rosa.

Sauer asintió, apartó la mirada de la calle con sus deslumbrantes luces de neón. No sabía exactamente dónde estaban, pero parecía un barrio muy animado. Las aceras, a las siete de la tarde, ya estaban llenas de hombres y mujeres que caminaban pegados, cogidos del brazo, un poco por intimidad y otro poco por mantenerse alejados del frío. El aire que se filtraba por la ventanilla era seco y gélido, olía levemente a nieve.

—El atentado —dijo Julian, retomando la palabra que había utilizado Sauer— debía de haber ocurrido aquí, en Berlín. Esos eran los planes, desde el principio, para asestar un duro golpe a Goebbels en su casa.

Sauer asintió. Herr Doktor, como en los círculos nazis se llamaba a la mano izquierda de Hitler, había sido destinado desde hacía tiempo al corazón prusiano de la República como Gauleiter, con la tarea de que el movimiento creciera también fuera de la madre Baviera y, a juzgar por los resultados electorales del año anterior, estaba teniendo éxito.

—En Berlín tenemos apoyos en todas partes, incluso en la policía —continuó Julian, lanzando una rápida mirada al excomisario—, y la ciudad es lo suficientemente grande como para proporcionar escondites y rutas de escape en caso necesario. Pero, ahora que Rosa ha desaparecido, esto juega en nuestra contra: llevamos días buscándola, utilizando todos los medios disponibles sin enturbiar demasiado las aguas, pero no hay nada, ni siquiera una pista. Si se ha refugiado en alguna parte, no vamos a encontrarla hasta que ella lo quiera. Si, por el contrario, está en manos del enemigo, la lista de lugares donde podrían mantenerla encerrada es interminable. Por eso depositaba mi esperanza en el mensaje de esa postal. ¿Se te ha pasado algo por la cabeza durante el viaje? ¿Por qué Rosa la envió a Múnich? ¿Y por qué Gerlich me la reenvió a mí aquí, a Berlín?

—Ya te lo dije —dijo Sauer—. Necesito libros para descifrarla.

Julian frunció el ceño.

—De acuerdo. Entonces mañana a primera hora te llevaremos a la biblioteca.

—¿Me llevaréis?

Pero el otro no respondió: pisando el acelerador adelantó a un autobús de dos pisos, luego cortó su camino y dejó la avenida para meterse por una travesía larga y estrecha. Sauer no tuvo ni tiempo para leer el nombre de la calle, donde, a media altura, el Fafnir frenó con una cierta dulzura y se detuvo.

—Bájate —dijo el joven al volante—. Busco un sitio donde aparcar y luego te acompaño a tu habitación.

El excomisario descendió del coche con su bolsa en bandolera y se volvió para estudiar la fachada del edificio. El número 33 estaba colocado a la derecha de un portón de doble hoja en el que se había practicado una puerta más pequeña, de estatura humana. Junto a esta había una placa de metal que decía «Pensión Linke. Escalera A, piso 1.º», en cursiva. En general el resto del edificio era tan anónimo, con sus cinco plantas carentes de decoración y el revoque encalado en gris y marcado únicamente por una serie de líneas horizontales, que podía ser utilizado para cualquier uso: apartamentos, oficinas, un cuartel, un hospital. Las ventanas, sin persianas, estaban en su mayoría iluminadas, pero las cortinas echadas no permitían entrever los interiores. Los tres pequeños balcones que jalonaban cada planta parecían en desuso.

—Aquí estoy —dijo Julian, acercándosele con las llaves en la mano. Sauer advirtió que en el llavero estaba grabado un dragón rampante, con las mandíbulas invadidas por el fuego—. Entremos.

Llamaron al timbre y la puerta más pequeña se abrió con un chasquido eléctrico. Julian entró, seguido por Sauer. Pasaron por el vestíbulo, lo suficientemente amplio y alto como para permitir el paso de una furgoneta, y al llegar a la puerta que cerraba el patio interior subieron por la escalera de la izquierda, marcada con la letra «A». En el primer piso encontraron una puerta entreabierta, y por la placa de metal colocada en la jamba, gemela a la del portón de la calle, Sauer comprendió que habían llegado a su destino: esa noche dormiría en la pensión Linke.

—¿Se puede? —preguntó Julian empujando la puerta y dando un paso adelante.

—Buenas noches, Herr Julian —dijo una voz femenina delicada pero firme.

A su vez, Sauer entró en el apartamento y se encontró delante de la propietaria, una mujer alta y nervuda con una densa melena azabache recogida en una cola y el rostro huesudo recubierto de pecas. Debía de tener unos cuarenta años, tal vez alguno más, pero la piel de su rostro carecía de arrugas, y los ojos, que miraban al excomisario con una penetrante curiosidad, eran los de una chiquilla. No hacían falta grandes esfuerzos de imaginación para comprender lo que representaban el color de su vestido, negro como la noche, y el anillo de bodas que colgaba de su cuello.

—Buenas noches, Herr Rach —dijo la viuda con un leve gesto de cabeza. Al parecer, conocía su nombre ficticio.

—Buenas noches tenga usted también. Encantado.

—Frau Linke te dará alojamiento durante todo el tiempo que dure tu estancia en Berlín —dijo Julian. Luego, vuelto hacia la mujer—: ¿La habitación está ya preparada?

—Sí —dijo. Y añadió—: La de costumbre. —Antes de darse media vuelta y abrir camino por el pasillo.

El apartamento era grande —Sauer apreció al menos ocho habitaciones— y estaba decorado con un estilo tradicional, paredes empapeladas, techos de estuco, muebles antiguos y adornos en estanterías y consolas, pero sin que por ello resultara frío. Todo lo contrario: el toque de Frau Linke, que había repartido un poco por todas partes libros y pequeñas plantas, lo hacía acogedor, bastante por encima de la media de las pensiones donde se había alojado Sauer.

Pasaron por delante de varias puertas cerradas y una abierta que daba a una sala de estar iluminada por las llamas de una chimenea.

—Es un espacio común, que puede utilizar cuando le plazca. —Y se detuvieron delante de una puerta de madera blanca donde había dos ojos de buey de vidrio opaco. La viuda sacó del vestido una llave y la introdujo en la cerradura—. El desayuno y la cena están incluidos en el precio —dijo mientras entraba en la habitación y encendía una luz—. En este momento solo tengo un huésped más, así que no tiene que temer aglomeraciones en la cocina. Por la mañana me encontrará disponible a partir de las seis y media. Por la noche me retiro a las nueve.

Sauer y Julian se acercaron a ella entrando en la habitación. Era un espacio amplio, de seis metros por seis, con una gran cama con dosel en un lado y un escritorio con una silla en el otro. Al fondo, más allá de dos pequeñas butacas bordadas con motivos florales, una puerta-ventana que se asomaba al exterior, probablemente a uno de esos balcones que daban a la calle, mientras que medio oculto por una cortina de terciopelo verde había un lujo poco común en lugares como ese: un baño privado.

—Yo les dejo ya. Si necesitan algo, me encontrarán en el salón de la chimenea —concluyó Frau Linke, luego colocó la llave en una mesa de mármol junto a la puerta de entrada y, cerrándola tras ella, se marchó.

—No está mal, ¿verdad? —dijo Julian, volviendo la mirada hacia el techo con frescos de escenas mitológicas. El artista no tenía una mano muy afortunada, Ariadna apenas se distinguía del minotauro, pero el conjunto de todos modos era sorprendente—. Creo que antaño esta fue la alcoba principal —añadió. Luego, bajando el tono de voz hasta un susurro—: La Linke es de los nuestros. Aquí estarás a salvo.

Sauer frunció el ceño.

—Quiero decir —continuó Julian— que puedes confiar en ella. No eres el primer huésped de la resistencia que se aloja en esta habitación.

—Es uno de vuestros apoyos en la ciudad —dijo Sauer, recordando el término utilizado por el otro.

—Exactamente. Ahora, aunque hayas dormido en el tren, imagino que estarás cansado, o al menos inquieto. A estas horas de la tarde ya no podemos hacer mucho más: las bibliotecas y las librerías ya están cerradas y, a menos que los libros que necesitas estén en una de las estanterías del pasillo, supongo que tendremos que esperar hasta mañana por la mañana. Será mejor que descanses. Necesitaremos toda la energía posible para lo que nos espera.

—De acuerdo.

—Mañana por la mañana temprano, pongamos a las siete, volveré a recogerte con el coche y empezaremos la búsqueda —dijo Julian, caminando hacia la puerta. Cuando tuvo la mano en la manija, no obstante, se giró una última vez—. ¿Sabes? Ahora que estás aquí, tengo la sensación de que pronto encontraremos a Rosa, sana y salva.

—Sí, yo también tengo la misma sensación —respondió Sauer, aunque no fuera cierto.

No la encontraremos pronto, dijo la habitual voz despiadada en su cabeza.

Y no la encontraremos sana y salva.

Esperó un par de horas antes de pasar a la acción. Cuando estuvo seguro de que todo el mundo en la casa se había retirado a sus habitaciones, depositó la bolsa de bandolera sobre la cama y la abrió. Dentro, cuidadosamente envuelta en la ropa de recambio que había elegido casi al azar antes de marcharse, estaba lo único que realmente necesitaba en Berlín: su pistola. En la época de Múnich nunca la llevaba encima, pero lo ocurrido en septiembre de 1931 lo convenció de que una cosa es vivir como pacifista, y otra, en cambio, morir como un imprudente. Después del final de la guerra, se había jurado a sí mismo que no apuntaría nunca más a otro hombre con un arma, y en todo ese tiempo de algún modo lo había logrado, incluso cuando trabajaba en la unidad de Delitos Violentos, pero ahora estaba en una posición completamente distinta, enfrentándose a un peligro muy diferente. Los periódicos que leía todas las mañanas daban cuenta de todos los movimientos de Hitler, Göring, Himmler y Hess, no del Enemigo que trabajaba con ellos —el hombre, mejor dicho, la bestia que casi los había matado a Rosa y a él—, pero, si la élite del nazismo se encontraba allí, en Berlín, entonces tenía que estar allí él también, y la próxima vez Sauer lo enfrentaría a mano armada.

A las diez en punto apagó la lámpara de la habitación. Los dos ojos de buey de la puerta dejaban entrar la luz del pasillo, pero nadie habría podido ver en el interior, especialmente tras caer la noche. Sauer recuperó la llave de la mesita de mármol, la introdujo en la cerradura y lentamente, con cuidado de no hacer ningún ruido, la giró, cerrando por dentro. Luego se metió la llave en el bolsillo, posó la oreja contra la madera y permaneció unos instantes escuchando. Nada. El pasillo estaba desierto.

Atravesó la habitación con paso resuelto y abrió la puerta-ventana. Como había imaginado, el pequeño balcón daba a la calle, casi junto al portón principal del edificio. En el extremo de la derecha de la balaustrada empezaba una cornisa de unos cincuenta centímetros, cortada un par de metros más hacia delante por un canalón de cobre de aspecto sólido.

Confiemos en que resista, se dijo Sauer, superando ágilmente el balcón y poniendo un pie en la cornisa. Se acercó hasta el canalón, luego soltó la barandilla y avanzó con precaución. Cuando alcanzó el tubo de cobre lo aferró con ambas manos y pasó el pie izquierdo al otro lado. Desde el edificio de enfrente, o desde la calle, cuatro metros más abajo, habría parecido un loco temerario abrazado a un canalón. Sujetándose al tubo, se agachó hasta tener la cabeza a la altura de las rodillas, entonces despegó los pies de la cornisa y los deslizó a lo largo de la pared. En ese momento, colgando en el vacío, debía de estar a dos metros de la acera. Era una altura desde la que aún podía lastimarse al caer, pero no tenía alternativa: si Frau Linke era amiga de Julian, tampoco podía fiarse de ella.

Contó hasta tres, soltó la presa.

El corto vuelo acabó con un ruido sordo y una punzada en las rodillas; a continuación, Sauer, desequilibrado por el impacto, cayó hacia atrás, hasta terminar en el suelo. Afortunadamente llevaba bufanda y sombrero, de lo contrario el golpe en la nuca habría sido mucho más doloroso.

Se puso en pie de un brinco, frotándose el cuello y mirando la calle a su alrededor: ningún testigo.

Tu suerte habitual.

Se encaminó al paseo por el que había venido con Julian, deteniéndose solo un momento para leer el nombre de la calle: Emserstrasse. No le decía nada, pero era de esperar: hacía ya más de diez años que no estaba en Berlín, que ya en su día era una gran ciudad. Nadie podía conocer todas las calles.

¿Has estado alguna vez en la capital?

Sauer sonrió.

Mutti lo habría llamado «disimulo».

La avenida, sin embargo, la conocía. ¿Cómo podría haberla olvidado? Con sus tres kilómetros de tiendas, restaurantes, hoteles de lujo y galerías de arte, la Kurfürstendamm era una de las arterias más importantes de la ciudad y, sin duda, la más elegante. Durante el día la sombra de los plátanos protegía los paseos de la gran burguesía, que disfrutaba del ambiente internacional del estrecho barrio entre Charlottenburg y Schöneberg, pero por la noche eran los jóvenes y los ricos quienes invadían las amplias aceras pavimentadas, en las que se sucedían algunos de los más famosos locales de Alemania. Entre bares, cines, teatros, salas de baile y cabarés, el Ku’damm proporcionaba a los alemanes en busca de diversión la oferta más abundante y provocadora del mundo.

Otro golpe de suerte, pensó Sauer. O tal vez una señal del destino, ya que hacía más de diez años que había abandonado Berlín, y casi veinte años desde que había pasado los meses cruciales de su vida, pero en la ciudad aún tenía un par de amigos con los que podía contar, y uno de los dos, el que más confianza le despertaba, trabajaba precisamente allí.

De jóvenes, Bernie y él habían sido inseparables y, cuando se alejaron tras la guerra, hicieron un pacto entre ellos.

Y ahora aquí estamos, se dijo Sauer, mientras se encaminaba a buen paso por la avenida iluminada.

Es hora de cobrar las deudas.

6

En los últimos tiempos, el local de Bernie se había vuelto más que famoso, hasta el punto de que el eco de sus éxitos —y de sus excesos— había llegado a Austria. Sauer, que había descubierto directamente en los periódicos la nueva actividad de su viejo amigo, tenía una idea muy vaga de la dirección que estaba buscando, pero no tuvo que esforzarse demasiado para encontrarla. En un momento dado, la acera del Ku’damm se redujo a la mitad: la otra estaba ocupada por una larga fila de hombres y mujeres bien acicalados, y cuando el excomisario le preguntó a un joven vestido con una extraña y variopinta tela a rayas a qué estaban esperando, el tipo le respondió como si fuera una obviedad:

—¡Pues a que abra el Höllenweg! —Y de este modo Sauer supo que había llegado.

La fila, ordenada y charlatana a pesar de la gélida brisa, iba creciendo a lo largo de la avenida, y continuaba durante casi un centenar de metros en un boato de chisteras, bombines, sombreros emplumados y gorros tachonados de diamantes de imitación, utilizados por una variedad humana desconocida en la austera Viena. Las mujeres, y también muchos hombres, parecían maquilladas para el Carnaval; los vestidos iban desde lo excesivamente refinado —fracs, trajes cruzados, esmóquines, vestidos largos— hasta lo escandalosamente descuidado, e incluso había una chica en enaguas, aparentemente inmune al frío punzante de la noche. Sauer les pasó revista con ojos curiosos mientras llegaba a la entrada del Weg, preguntándose si la velada tendría un tema particular, dada la cantidad inusual de chicas vestidas como chicos y viceversa. Todos parecían pasados de rosca como después de una fiesta, a pesar de que la fiesta aún no había empezado.

Al final, se encontró bajo una carpa tendida en la calle entre dos farolas y una fachada de vidrio y acero iluminada por decenas de neones de un rojo encendido. Era la entrada al local, coronada por un cartel en caracteres góticos donde la palabra HÖLLENWEG se intercalaba con lenguas de fuego y demonios alados. Abajo, dispuestos hombro con hombro para tapar por completo el portal de entrada, cuatro gorilas con trajes a medida y sus pajaritas observaban impasibles el espectáculo circense delante de sus ojos. A saber cuánto faltaba para la apertura. No se veía ningún reloj por ahí, pero Sauer imaginó que aún era temprano —un local de esa clase no podía abrir antes de las once— y que la fila estaba destinada a crecer más aún.

No está mal, se dijo, echando un vistazo a uno de los mil espejos que componían la entrada. Vestido así no entrarías ni en broma.

Pasó por delante de los gorilas y llegó a la esquina del edificio, donde se abría un estrecho callejón de obra vista sin ninguna placa —un pasaje de servicio— y, cuando estuvo seguro de que nadie lo miraba, se metió por él con rapidez. A los pocos pasos las luces y los sonidos de la gran avenida se redujeron a un fondo acolchado, dando paso a una penumbra en la que se podían distinguir solo los bidones de metal alineados en el lado izquierdo y algunos papeles esparcidos por el suelo. No muchos, la verdad, lo que atestiguaba un cierto cuidado por mantener el pasaje limpio y despejado. Típico de Bernie —pensó Sauer—, dejar en perfectas condiciones hasta los rincones ocultos que nadie va a ver nunca.

Una treintena de metros más adelante, el recorrido giraba a la derecha, siguiendo la forma del edificio, luego proseguía otros cincuenta o sesenta metros antes de un giro final, de nuevo a la derecha. Mirándolo desde arriba, el pasaje habría parecido un gran gancho que conducía desde la entrada principal en el Ku’damm, reservada para los invitados, hasta la entrada secundaria, para quienes trabajaban en el Weg. El excomisario no necesitó pensar demasiado en el motivo de aquella curiosidad arquitectónica: si la entrada secundaria se encontraba al final de un camino tortuoso no era por la incompetencia de quien lo había proyectado, sino por la extrema cautela de quien lo había encargado. Nadie llegaría por ese lado sin ser visto.

Recibió la confirmación un instante después, cuando se detuvo delante de una puerta de acero donde habían pintado el rótulo ACCESO RESERVADO. En el centro, más arriba de la frente de un hombre de estatura media, estaba colocada la inevitable mirilla, ya abierta, desde la que dos ojos negros como el carbón lo estudiaban con sospecha.

—¿Y tú quién eres? —preguntó una voz cavernosa.

Bernie, me parece que últimamente has visto demasiadas películas.

—Me llamo Peter Sauer —dijo el excomisario, mintiendo solo a medias—, y busco al propietario.

Ojos de Carbón ni parpadeó.

—El propietario no está, y esta es la entrada reservada a los artistas.

—Soy comisario de policía —aventuró Sauer, una afirmación que a menudo, si se utilizaba con el tono apropiado y, sobre todo, si se adoptaba la expresión apropiada, abría las puertas sin necesidad de mostrar una placa.

—No creo haberte visto nunca —respondió el hombre detrás de la mirilla, como si conociera a todos los comisarios de Berlín uno a uno, algo que también era posible, dada su profesión—. ¿Tienes algo que mostrarme?

Sauer suspiró. En las películas, las cosas siempre eran más fáciles que en la realidad.

—No lo llevo encima. Vengo de fuera, de Múnich. Tendrías que notarlo por mi acento.

—Si no tienes un distintivo… —empezó el otro.

—Dile al dueño que soy un viejo amigo. Un compañero de trincheras —lo interrumpió Sauer—. Dile que he venido a hablar con el Francotirador.

Algo debió de moverse en la cabeza del guarda, quien entrecerró los ojos ante ese apodo de una manera apenas perceptible.

—¿Sauer, has dicho?

El excomisario asintió.

—Espera aquí —concluyó el otro antes de cerrar la mirilla.

Este es el momento adecuado para un cigarrillo, habría dicho Mutti si hubiera estado con él, pero Sauer no fumaba, y su excompañero y amigo a saber dónde estaba ahora, y haciendo qué. Era tan extraño haberlo perdido completamente de vista después de haber trabajado tantos años codo con codo todos los días y, a menudo, compartido un almuerzo dominical en la casa que su compañero había comprado en Elizabethstrasse, sin perder de vista a sus hijos, que corrían felices en el jardín mientras la hermosa Lina preparaba especialidades polacas. No había pasado mucho tiempo desde entonces, pensó Sauer con la habitual punzada de melancolía, pero ahora le parecía vivir en otro siglo, en otro mundo, más frío y despiadado; más desencantado.

Un sonido metálico, luego la puerta de servicio se abrió hacia el exterior, chirriando molesta sobre sus goznes.

—Entra —ordenó el guarda con el mismo tono sombrío de antes.

Sauer lo siguió por un pasillo mal iluminado que se adentraba en el edificio como un túnel excavado en una montaña. Dado el lugar donde se encontraban, se había esperado una moqueta roja en el suelo y paredes forradas de terciopelo oscuro, quizá morado, como en las mejores ilustraciones de los cabarés berlineses; en cambio, el suelo estaba cubierto con viejos azulejos desportillados y las paredes, encaladas mil años atrás, mostraban desconchados en varios puntos y estaban recubiertas de manchas, señales y patadas. En su recorrido no se toparon ni con camareros con librea ni con chicas ligeras de ropa, sino solo con un carpintero atareado en un objeto del escenario y un par de trabajadores con un mono.

—Los camerinos están en el piso de arriba —dijo el guarda como si le hubiera leído el pensamiento. Sauer no replicó.

Al final del pasillo encontraron unas escaleras, que su guía ascendió con un paso inesperadamente ágil. Descartado el primer piso, el de los artistas, y también el segundo, cuyo rellano estaba abarrotado de cables eléctricos enrollados, tomaron el pasillo del tercero, siguiendo una flecha en la pared que anunciaba: «Dirección». Durante todo el trayecto no se dijeron nada más, mientras que por las paredes se filtraba una música viva, de sabor gitano, con toda probabilidad los ensayos de la orquesta.

Al final, el pasillo terminó delante de una puerta doble que el guarda abrió con una llave unida a muchas otras. Se encontraron en un espacio circular diametralmente opuesto a los anteriores: un suelo de mármol blanco, una enorme alfombra persa, dos sofás estilo imperio sobre los que había un tapiz francés, paneles de madera recubriendo todas las paredes y una araña de cristal colgada en el centro del techo.

—El despacho del propietario es ese —dijo el guarda cruzando el gran pasillo hasta otra puerta doble de madera de roble.

Para esta no tenía una llave; llamó discretamente y esperó respuesta desde el interior —«¡Adelante!»— antes de abrirla e indicarle a Sauer con un gesto que pasara.

Realmente con la edad me estoy volviendo un sentimental, se dijo mientras ponía un pie en el despacho de su viejo amigo Bernie, con el corazón latiéndole como en una primera cita. Después de todo, había que entenderlo: tras lo que habían vivido juntos en el frente occidental, siendo poco más que unos críos, no se habían visto durante casi quince años.

Pero el excomisario no esperaba que la emoción se convirtiera tan rápidamente en desconcierto.

—Herr Sauer —dijo un hombre de unos treinta años sentado detrás del gigantesco escritorio que dominaba el despacho—. Bienvenido a mi club. —Luego se levantó, mostrándose en toda su elegancia, y rodeó la mesa para ir al encuentro del recién llegado—. Sé que ha preguntado por mí.

—Yo… —respondió Sauer, confundido. Miró a su alrededor en busca de su amigo, pero la habitación, aparte del mobiliario modernista y una cantidad de pinturas y de esculturas dignas de una galería, estaba vacía—. En realidad, esperaba encontrar a otra persona en este despacho. El propietario del Weg.

—Soy yo. Herbert Raum, a su servicio —rebatió el joven deteniéndose a un metro de él y tendiéndole una mano.

Sauer la estrechó con escasa convicción, mirando al hombre que tenía delante como si de alguna manera tuviera que reconocerlo, pero no lo lograba de ningún modo.

—Le ruego que me disculpe —dijo entonces, rindiéndose a los hechos—. Me dijeron que el dueño del Höllenweg era un amigo mío, Bernhard Gross.

—Y le informaron bien —respondió Raum, dibujando una mueca apenada—. Pero, por desgracia, ha llegado usted tarde. Bernie ha muerto.

—¿Muerto? —repitió Sauer, un cuchillo que se le hundía en el pecho.

—Se suicidó. Hace unas pocas semanas.

7

—No es posible —dijo Sauer.

Raum sonrió con tristeza.

—¿Qué es imposible en los tiempos que corren? —Luego lo tomó del codo y lo acompañó hacia una de las butacas que miraban hacia el gran escritorio—. Siéntese. Supongo que es un golpe para usted. Eran amigos desde hacía mucho tiempo, si lo he entendido correctamente.

—Sí. Desde la guerra, aunque nos hubiéramos perdido de vista.

Raum asintió.

—Yo lo conocía desde hace poco, nos hicimos socios hace tan solo tres años, pero sé que era una persona extraordinaria —dijo yendo hacia un mueble bar al otro lado de la habitación, junto a una ventana que se asomaba a un escenario y, más abajo, sobre un gran salón de baile—. Por desgracia, en esta nación ya no existe ningún acuerdo sobre cómo hay que tratar a la gente extraordinaria. O, más bien —continuó aferrando una botella de cristal tallada con rombos y destapándola—, se empieza a distinguir a las personas más según la forma de su nariz que la de su corazón. ¿Whisky?

—No, gracias —respondió Sauer desanimado—. Soy abstemio.

Raum se encogió de hombros como diciendo: «Pues qué bien», luego vertió en un vaso tres dedos de líquido ambarino y volvió a sentarse detrás del escritorio.

—Debido a su religión, que Bernie ni siquiera practicaba, en los últimos años el clima alrededor del Weg se había vuelto… cargante. Por eso en algún momento nos hicimos socios: oficialmente, la propiedad pasaba a estar a mi nombre, pero había un documento privado según el cual todo seguía siendo suyo al cien por cien. Solo nos dividíamos las ganancias, que no estaban nada mal. Luego, sin embargo, el clima continuó deteriorándose, y Bernie cada vez estaba más preocupado, de entrada por su ubicación; luego, por sus negocios; por último, por su incolumidad. —Raum se tomó el whisky de un trago—. Cuando hace un mes ocurrió lo impensable, y ese cabo austriaco obtuvo el nombramiento, Bernie se puso como loco. Iba repitiendo: «¡Es el principio del fin! ¡Es el crepúsculo de los dioses! ¡El Lobo ha venido para devorar el mundo!». Yo pensaba que solo había escuchado demasiado a Wagner, que no me parecía tan grave que Hindenburg hubiera encomendado a Hitler la cancillería. Al fin y al cabo, los nazis siguen siendo una minoría en el gobierno, el nombramiento es poco más que una golosina. Pero para Bernie fue un durísimo golpe. El día del Gran Desfile con Antorchas ni siquiera se presentó en el local, y a la mañana siguiente, mientras Berlín todavía estaba borracha por los festejos ideados por Goebbels, se encontró su cuerpo flotando en el Landwehrkanal. Murió ahogado, según el forense. Sus bolsillos estaban llenos de piedras.

—No es posible —repitió Sauer, dolorido como si en ese canal hubieran encontrado al hermano que nunca tuvo.

—Sé lo que piensa, pero no hay dudas. Había una nota en su chaqueta —dijo Raum, abriendo un cajón del escritorio y rebuscando en él hasta que encontró un pequeño sobre arrugado—. Aquí está. ¿Quiere leerla?

Naturalmente, Sauer quería leerla. Cogió el sobre y lo llevó ante sus ojos. Más que arrugado, estaba retorcido y rígido como una hoja de papel que se seca al fuego después de haberse empapado. El excomisario lo abrió y extrajo cuidadosamente el contenido, un cartoncillo donde solo aparecían una frase y una firma, corridas y temblorosas, pero aún legibles. Evidentemente, se había utilizado tinta galla, resistente al agua.

Me voy a mi manera, antes de que vengan a por mí.

Bernhard Gross, un judío orgulloso

—Bernie… —susurró Sauer sintiendo la luz de la habitación caer a su alrededor.

—Muchos judíos están convencidos de que los nazis no hablan en serio cuando amenazan con expulsarlos de todos los cargos y relevarlos de sus roles —continuó Raum, en un tono de voz en el que asomaba una pizca de culpa—. A menudo han servido con honor en el ejército imperial y son ciudadanos de pleno derecho, con actividades sólidas y en posiciones de liderazgo. La propia República está en deuda con ellos. Pero Bernie se había convencido de que todo esto estaba a punto de terminar. Que se engañe quien piensa que es intocable solo porque no ha hecho ningún mal. «Si la gente quiere nuestra cabeza —siempre decía—, Hitler se la dará, y a cambio se quedará con todo lo demás». Y tal vez tenía razón —concluyó con tristeza—. Quizá tenía razón.

Sauer no tuvo fuerzas para responder. Aún tenía en la nariz el humo tóxico liberado por la tienda del viejo Nettel, en sus ojos la mirada incrédula y desconcertada del pobre sastre de Viena. Y ese no era el mundo en el que quería vivir, ese no era el mundo por el que había luchado. Pero los hombres casi nunca pueden expresar su opinión sobre su propio destino.

—Dejó algo para usted —dijo Raum, cambiando su tono de repente—. Un sobre —precisó, tras lo que se levantó y alcanzó un pequeño armario no lejos del mueble bar.

Sauer se dio la vuelta sorprendido —¿un sobre?— y vio que el armario estaba cerrado mediante un gran candado con combinación.

—¿Le importaría? —preguntó el otro deteniéndose un instante.

—Disculpe —respondió el excomisario, volviéndose de nuevo hacia la ventana. Abajo, en la sala, los camareros de chaqueta blanca y pantalón negro se ajetreaban alrededor de las mesitas vacías —con los últimos toques antes de la apertura—, mientras seis músicos con ropa oriental charlaban sentados delante de sus instrumentos.

—Aquí está —dijo Raum, cerrando el armario con energía y colocando el candado en su lugar. Luego le entregó a Sauer un grueso sobre marrón cerrado con un sello. «bg», decía el símbolo estampado en el lacre rojo sangre—. Ya conocía usted a Bernie: no se habría marchado sin antes saldar todas las cuentas pendientes. De manera que me dejó una lista de personas que podrían venir en su busca, y, para cada una de ellas, instrucciones precisas sobre qué decir y, en algunos casos, qué darles.

Sauer le dio la vuelta al sobre y se sorprendió y se divirtió al leer el nombre del destinatario:

—Para el Bávaro —dijo en voz baja. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que lo habían llamado así?

—Es usted, ¿verdad? Gunther me ha dicho que al llegar le preguntó sobre el Francotirador, y solo hay un antiguo compañero de armas que recordaría el apodo de Bernie. Solo el Bávaro.

—Soy yo, sí. O mejor dicho: era yo. En cualquier caso, el sobre es para mí.

—Bueno. Bernie le tenía a usted gran estima. En mi lista, su nombre está marcado con tres estrellas.

Sauer se quedó estupefacto.

—¿Y cuál es el máximo?

—Tres estrellas —respondió Raum con una sonrisa—. Ahora, de todas formas, si no le importa, he de marcharme. Hoy es Jueves Lardero, y el Weg está a punto de abrir. Tengo que bajar y comprobar que todo está bien. Pero usted considérese libre de ir a donde quiera y beber lo que le apetezca. Invita la casa.

Sauer se levantó, tendió una mano para estrechar la de su anfitrión, esta vez con más convicción.

—Gracias, pero no estoy muy animado para celebraciones.

—Le entiendo, claro. Pero, si alguna vez necesita algo durante su estancia en la ciudad, ya sabe dónde encontrarme. Los amigos de Bernie son mis amigos.

Incluso sin la ayuda de su hosco guía, hacer el recorrido inverso hasta la salida no le resultó difícil. En el camino Sauer se cruzó hasta con una bailarina a pecho descubierto, con solo dos pequeñas llamitas de tela cubriéndole los pezones y dos cuernos rojos y rechonchos que sobresalían por encima del casquete negro.

Una vez en el callejón, impaciente por averiguar qué le había destinado Bernie desde la tumba, Sauer cometió una pequeña imprudencia: en vez de esperar a encontrarse en un lugar más protegido, abrió el sobre marrón claro a la luz de una farola. Encontró un fajo de fotografías en blanco y negro, unos panfletos que estaba demasiado oscuro para descifrar y una medalla al valor semejante a la que él mismo, en su momento, había recibido por la misma acción. ¿Por qué me la deja a mí?, se preguntó el excomisario. ¿No tenías a nadie más cercano, Bernie?

Pero nada de esto le chocó tanto como la pequeña postal que sacó del sobre en último lugar.

En una cara, inconfundible, se reproducía una fotografía en tono sepia del centro de Múnich, con el campanario de San Pedro en primer plano, que velaba por la multitud festiva del Viktualienmarkt.

En la otra, una frase que Sauer ya conocía, escrita con la misma caligrafía femenina de la postal que le había enseñado Julian:

Cava una fosa y siéntate en su interior.

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