Kiko Amat

LECTURAS | Los enemigos, de Kiko Amat

Después de su Revancha, Kiko Amat reflexiona sobre los cimientos de la enemistad: el odio de clase, la desvalidez infantil… y la omnipresencia de la violencia.

Ciudad de México, 28 de julio (MaremotoM).- Este libro es un manual para comprender la enemistad, la fijación con lo antipódico, las acciones por despecho y el odio (con ocasional elevación) que suele acompañarlas. También es una confesión de estupidez en primera persona, una clase práctica sobre la utilidad del rencor y la venganza (la tirria indeleble como eficaz motor vital y artístico), y un lamento persistente por todo lo enunciado. En él hallarán reflexiones sobre los enemigos equivocados, los enemigos usables, los enemigos naturales, los enemigos invisibles (enemigos con piel de amigo), los enemigos instantáneos y más. Examinando cada uno de ellos tal vez descubra el lector que la animosidad puede, y debe, ponerse a buen uso.

Kiko Amat
Editó Anagrama. Foto: Cortesía

 Fragmento de Los enemigos, de Kiko Amat, con autorización de Anagrama

Prólogo

Donde se comenta lo que está por venir, al modo tradicional y se le da una bienvenida cordial al lector.

La premisa fundamental de este pequeño libro es de una simplicidad pasmosa: tener enemigos puede resultar útil. Yo los tengo, vivo entre ellos desde que desarrollé el uso primigenio de mi conciencia, y no me ha ido mal del todo. Mi vida entera ha transcurrido, desde mi más tierna mocedad, con la percepción clara de que el mundo estaba polarizado en friend or foe, gente a quien amar y gente a quien odiar (con un océano de humanidad irrelevante, o simplemente desconocida, entre ambos continentes). Esta visión, esta (a menudo ingrata) Weltanschauung, era para mí certeza, no conjetura o abstracción: dichos enemigos tenían nombres y apellidos (aunque su enemistad estuviese definida por mi paranoia o traumas o neuras, más que por actos demostrables empíricamente y realizados, desde su lado, por ellos). Dicho de otro modo: existían, y no en la forma de demonios folclóricos abstractos, productos hiperbólicos de la paranoia y el pánico social.

La certeza de que siempre existía un opuesto, un enemigo, contra el que enfrentarse o en quien reflejarse, ha marcado mi comportamiento y destino y relaciones sociales y la forma en que crecí, y por consiguiente también mi oficio y mi obra literaria. La mayoría de mis creaciones, también la mayoría de mis acciones en general, han estado sujetas a la contraposición con un antípoda. Mi blanco existe porque siempre he creído que al otro lado estaba el negro, y viceversa. Soy lo que soy porque no soy eso. Hago esto porque no es aquello: lo contrario de mi esencia.

Este librito es, así, un intento de comprender la enemistad, la obsesión con lo antipódico, las acciones por despecho y el odio (con ocasional elevación) que acompaña a la mencionada posición vital. He dividido los capítulos en tipos de enemigos, con algún interludio para explorar mis lamentables prejuicios, patologías relacionadas con la revancha e incapacidad para el perdón. También he citado con abundancia de otros autores, no para hacerme el intelectual, particularmente, sino para que el lector comprenda que este lamentable estado de cosas existe desde que el cerebro del Homo sapiens empezó a desarrollarse (incluso diría que desde antes; el odio precede a la inteligencia, tal vez). Centenares de personas antes que este escritor se han preguntado, y han escrito, sobre el mismo tema. Los enemigos simplemente realiza el análisis en gravosa y gallarda primera persona, hoy, aquí.

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Sin más dilación, les invito a empezar el libro y les doy la bienvenida a este periplo por mi ira, mi odio y mi rencor, que quizá sean también los suyos.

  1. Enemigos naturales

Donde se hablará de los enemigos instantáneos, los opuestos naturales y la esencia de lo antipódico; se analizará el caso de «Billy»; se citará a Friedrich Nietzsche, Serguéi Dovlátov, Poggio Bracciolini, la esposa del Yorkshire Ripper, Thomas Bernhard, el Billy Budd de Melville y el filme Los inmortales (Russell Mulcahy, 1986); se realizará un autoexamen concienzudo del acto de «irradiar desaprobación»; y (convenientemente oculto en una nota al pie) se aventurará el concepto de Flatulencia Antisolemne.

¿Cuál es la esencia del desagrado? ¿En qué punto nace la antipatía? ¿De dónde surge la tirria? ¿Por qué amamos a una gente y odiamos a otra (si ustedes son de los que no odian a nadie, de veras que no comprendo qué hacen leyendo esto), a menudo a primera vista, tras intercambiar dos o tres palabras con ellos?

Empezaré sincerándome, pues a veces siento hacia recién conocidos un rechazo de tal magnitud que me resulta imposible no creer en algún tipo de reencarnación. Se trata de una animosidad soluble, un rebote que pasa a mi torrente sanguíneo de un modo casi instantáneo, sin lugar para el análisis o la reflexión previa, y que (me digo) tiene que venir del pasado, de otra vida, de otros caparazones que habité.

Mi odio, ahora me doy cuenta, me está convirtiendo en hippy. Soy incapaz de imaginar un escenario peor.

De todos modos, con o sin hippismo, la conjetura resulta tentadora. ¿Y si, quizás, en lugar de dos sujetos que simplemente se cayeron pésimo el uno al otro en una cena (escenario pedestre), fuimos uno hugonote y el otro agente de Luis XIV en una vida anterior (escenario épico)? Nuestra disputa de finales del siglo XVII se habría perpetuado a través de diversas reencarnaciones hasta renacer en esa velada, en forma ya no de persecución religiosa ni genocidio intercristiano, sino de franca brusquedad recíproca a la hora del café y los petits fours.

El escritor Herman Melville, profundo conocedor de la condición humana, se planteaba algo similar en su relato Billy Budd, marinero:

¿Qué participa más de lo misterioso que una antipatía espontánea y profunda como la que sale a relucir en ciertos mortales excepcionales ante el mero aspecto de otro mortal, por inofensivo que este sea, provocada acaso por esa misma inofensividad?

Dejaremos lo de la inofensividad del «otro mortal» como mera hipótesis. Este no es el libro para empezar a exculpar a nuestros adversarios de buenas a primeras, o yo me quedaría sin desarrollo del tema y ustedes sin diversión lectora. Quedémonos con lo misterioso de una antipatía profunda ante el mero aspecto de alguien.

Para diseccionar ese escenario, lo mejor será partir de un ejemplo real. Lo llamaremos «Billy».

 

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