Doris Lessing

LECTURAS | Made in England, de Doris Lessing

“Cada una de sus páginas lleva el sello de la verdad y es incontestablemente legible, como ocurre con la ficción de primera”. Los primeros tiempos de Doris Lessing en Inglaterra.

Ciudad de México, 30 de octubre (MaremotoM).- “No podría recordar ningún momento de mi vida en el que no deseara yo ir a Inglaterra, comenta Doris Lessing en este delicioso libro de memorias que es el compendio ideal a sus dos volúmenes de autobiografía. Ese momento mágico llegó para la autora en 1949, cuando dejó Zimbabue con su hijo para viajar por primera vez a la isla y establecerse en Londres.

En aquel entonces la gran ciudad empezaba a recuperarse después de los desastres de la Segunda Guerra Mundial, y no fue fácil para una joven madre sin trabajo fijo y con muchas ganas de escribir encontrar un lugar donde asentarse y descubrir al mismo tiempo la esencia de lo inglés.

Made in England
Made in England

Fragmento de Made in England, de Doris Lessing, con autorización de DeBolsillo.

I

En una época muy temprana de mi vida traté con ingleses, porque resulta que mi padre era un inglés. Lo digo así, sin atribuirme nada ni excusarme por nada, porque hasta después de haber vivido algún tiempo en Inglaterra no comprendí a mi padre.

No voy a decir que su carácter me obsesionara, porque eso sería darle demasiado peso, pero ciertamente pasé buena parte de mi infancia dedicada a aceptarlo. Debo confesar, para dejar de lado las confesiones ya desde el principio, que tendría unos seis años cuando llegué a la conclusión de que mi padre estaba loco. La cosa no me impresionó. Por muy variadas razones, en ninguna de las cuales voy a entrar aquí, la quintaesencia de la excentricidad de la especie humana es una lección que aprendí desde el primer momento. Además de las deducciones que pude hacer por mí misma, del exterior me llegaban confirmaciones verbales, continuamente, y algunas venían de mi propio padre. Tenía por costumbre pasarse muchas horas del día sentado en una desvencijada tumbona en lo alto del monte donde estaba nuestra casa, inspeccionando el desolado paisaje africano que se extendía varias leguas a la redonda. Después de un silencio que muy bien podía durar horas, daba un respingo, majestuosamente malhumorado en su atuendo caqui ajado, profeta en su tierra, y agitando los puños hacia el cielo gritaba: «¡Locos! ¡Locos! ¡Todos! ¡En todas partes! ¡Locos!». Tras lo cual volvía a hundirse, mordiéndose el pulgar y frunciendo el entrecejo, en una sombría contemplación de su porción de universo; porción francamente grande, hay que reconocerlo, si se compara con lo que alcanza a ver, pongamos por caso, un habitante de Luton. Digo Luton porque en una época él vivió allí. A su pesar.

Mi madre no era precisamente inglesa pero sí británica: una mezcla intrínsecamente activa de inglesa, escocesa e irlandesa. A efectos de este libro, del que supongo que se espera un intento de proponer definiciones, ella no cuenta. Se decía escocesa o irlandesa según de qué humor estuviera, pero nunca, que yo recuerde, inglesa. Mi padre, por el contrario, decía ser inglés, o mejor, «un inglés», generalmente con amargura, y cuando leía los periódicos, o sea cuando se sentía traicionado, o herido en su sentido moral. Recuerdo que toda la cuestión me parecía muy teórica, teniendo en cuenta que éramos gente que vivía en plena estepa africana. De todos modos, no tardé en comprender que por muy ambiguo y vidrioso que el término «inglés» resulte en Inglaterra, no pinta nada al lado de la variedad de significados que puede adoptar en una colonia, autónoma o no.

Decidí que mi padre estaba loco basándome en que, en varios períodos y durante un lapso de tiempo variable, creyó que: a) solo se podía beber agua que hubiera estado expuesta directamente al sol bastante tiempo para absorber sus invisibles rayos mágicos; b) solo se podía dormir en una cama colocada de tal modo que las salubres corrientes eléctricas que van y vienen de polo a polo fluyeran a lo largo del cuerpo sin tener que alterar su dirección y perder fuerza; c) solo se podía vivir en una casa de pavimento aislado —y el mejor aislante eran las esteras de paja— contra las invisibles y peligrosas emanaciones de los minerales ocultos en la tierra. Otras razones eran que mi padre escribía, pero no echaba al correo, cartas a los periódicos sobre temas tales como la influencia de la luna en la cordura de los estadistas, la influencia de los abonos bien hechos en la paz mundial y la influencia de las verduras lavadas y cocinadas como es debido en el carácter (civilizado) de una minoría blanca, en contraste con el carácter (incivilizado) de una mayoría negra, indígena y contraria al lavado de las verduras.

Como he dicho ya, hasta pasado algún tiempo en Inglaterra no me di cuenta de que aquel personaje, aquello que me había parecido un portento de patología, podía muy bien confundirse con la tonalidad general del país, sin suscitar el menor sobresalto de asombro.

A causa, pues, de mi temprano y rudimentario conocimiento en asuntos del carácter inglés, me he decidido a poner por escrito mi experiencia de exilio. De todos modos, primero hay que poner en claro el punto de partida, la tierra de la que uno está exiliado. Y desgraciadamente nunca he podido entrar en contacto con otro inglés. Y no porque sea verdad aquello de que es difícil entenderlos, sino porque es difícil encontrarlos.

Una anécdota como ejemplo. Cuando hacía dos años que estaba en Londres, me llamó por teléfono una amiga recién llegada de Ciudad del Cabo.

—Hola, Doris, muchacha —me dijo—, ¿qué tal te va, cómo te llevas con los ingleses?

—La verdad, me parece que no conozco ni uno. Londres está lleno de extranjeros.

—Sí, ya me he dado cuenta. Pero anoche conocí a un inglés. —No me digas.

—Como lo oyes. En una taberna. Y es de verdad, artículo garantizado.

En cuanto lo vi, supe que era de verdad. Alto, asténico, retraído y, sobre todo, con todos los signos externos de la orgullosa melancolía interna, que retuerce los intestinos. Hablamos del tiempo que hacía y del Partido Laborista. Y luego, a la vez y movidos por un mismo estímulo, cuando el inglés declaró que en la taberna hacía mucho calor, mi amiga y yo le pusimos, embelesadas, una mano en cada hombro. Al fin, dijimos, hemos encontrado a un inglés. Él se apartó, y sus tiernos ojos azules se iluminaron.

—No —declaró, con una altanería adusta pero dispuesta a perdonarnos—, no soy inglés. Una de mis abuelas es galesa.

La triste verdad es que los ingleses son la minoría más perseguida de la tierra. Los han aturdido repitiéndoles que su cocina y su calefacción, sus hábitos amorosos, su comportamiento cuando salen al extranjero y sus modales cuando están en su país, no merecen siquiera desprecio, ni, desde luego, comentario alguno; al igual que los bosquimanos de Kalahari, esa raza condenada, los ingleses se esfuman camuflándose en cuanto husmean un extranjero.

Y sin embargo, nos rodean. La prensa, las instituciones estatales, el simple sabor del aire que respiramos, atestiguan su ininterrumpida y vigorosa existencia. De modo que, en cuanto me sale al paso una costumbre nativa, recurro al recuerdo de mi padre.

Por ejemplo. Es costumbre en África quemar franjas de vegetación alrededor de casas y almacenes, como protección contra los incendios de la estepa, que atraviesan con furia el país en la estación cálida. Mi padre quemaba una franja alrededor del establo de las vacas. Era un día sin viento. La hierba estaba poco crecida. El fuego debería arder despacio. Y sin embargo, la fatalidad quiso que en la franja de ciento cincuenta metros de ancho y un par de kilómetros de largo muriera todo animalillo —pájaro en reposo, insecto o reptil— y, probablemente, no sin dolor. Mi padre, de pie y sombrío, contemplaba el avance del frente de pequeñas llamas. A su lado estaba el capataz negro. De pronto, de la hierba que humeaba a sus pies surgió un gran ratón campestre. El capataz rompió con un pesado bastón el espinazo del animal, que quedó agonizando. El hombre cogió el ratón por la cola y, sosteniendo aquel cuerpecillo que todavía se estremecía, volvió al lado de mi padre, que lanzó la mano en una bofetada dura y rotunda contra la cara del capataz. Lo pilló tan desprevenido que cayó al suelo. El negro se levantó con la mano en la mejilla, mirando a mi padre en busca de alguna explicación. Mi padre estaba tenso de inexpresable ira. Señalando al ratón ya muerto, dijo:

—Mátalo inmediatamente.

El capataz lanzó el ratón a las llamas y se fue con mucha dignidad.

—Si hay algo que no puedo soportar es la crueldad por pequeña que sea —dijo luego mi padre por toda explicación al incidente.

Lo cual, visto lo visto, no es difícil de entender por no decir que es banal. Más gráfico por sus implicaciones fue el asunto del holandés. Mi padre andaba mal de dinero y tuvo que hacerse cargo, a ratos perdidos, de la contabilidad de la pequeña mina de oro que había a unos tres kilómetros de casa. Iba hasta allí tres veces por semana con ese fin. Un día se echaron en falta varios cientos de libras. No cabía duda de que Van Reenan, que gestionaba la mina por cuenta de una importante sociedad, las había robado, pero lo había hecho de tal modo que todas las sospechas recayeran sobre mi padre. Durante unos días estuvo pálido, callado y muy dolorido. De un momento a otro podían llegar los interventores de la sociedad y llevarlo a la cárcel. De pronto, sin decir una palabra a mi madre, que no había dejado de hacerle sugerencias prácticas, como ir a la policía, cruzó a grandes zancadas la estepa en dirección a la mina. Entró en el despacho del holandés y lo derribó de un puñetazo. Mi padre no era fuerte, dejando aparte el hecho de que solo tenía una pierna pues la otra la había perdido en la Primera Guerra Mundial. En cambio, el holandés medía más de un metro ochenta, era un hombre corpulento, de cara colorada y temperamento violento. Sin decir una palabra, mi padre regresó a campo traviesa silencioso y meditabundo y se encerró en el comedor.

Van Reenan estaba completamente desarmado. Aunque aquella no era, ni mucho menos, la primera vez que cometía un desfalco y una estafa, y lo hizo con tanta habilidad que, a pesar de que todo el mundo sabía quién había sido, la policía no había podido presentar ni un solo cargo contra él, perdió la cabeza y se entregó él mismo. Allí balbuceó algo así como que un inglés lo había descubierto y denunciado. La policía telefoneó a mi padre, que, más pálido, más callado y más decidido que la primera vez, volvió a cruzar la estepa para ir a la mina, apartó al sargento de policía y volvió a derribar de un puñetazo a Van Reenan.

—¿Cómo se atreve a sugerir —preguntó con tono de amargo reproche—, cómo se atreve a imaginar siquiera que yo sería capaz de denunciarle a la policía?

El tercer incidente implica motivos de índole diversa. La primera vez que oí hablar de ello era muy joven y mi madre me lo contó así:

—Tu institutriz no está hecha para vivir aquí y por eso se vuelve a Inglaterra. —Pausa—. Supongo que se integrará otra vez a ese mundo elegante que dejó para venirse aquí. —Pausa—. Cuanto antes se case mejor.

Más tarde, una vecina que había sido su confidente me dijo: —Esa pobre chica que era tan infeliz con tu madre y tuvo que volverse a Inglaterra en la ignominia.

Después mi padre me dijo:

—… Aquella vez tuve que ocuparme de que el canalla de Baxter no hablase de Bridget en el bar con ligereza.

En realidad ocurrió lo que sigue: mi madre, que no se encontraba bien por diversos motivos y pasaba mucho tiempo sin poder levantarse de la cama, había contestado a un anuncio que decía: «Joven educada con toda distinción quisiera enseñar a niños a cambio de viaje y estancia». Dios sabe lo que, tanto ella como mi madre, esperaban. Eso ocurría a mediados de los años veinte, Bridget tenía veinticinco años y había «alternado» durante varias temporadas londinenses. Era de suponer que antes de casarse ansiaba ver un poco de mundo o que había pensado en una distinguida plantación colonial al estilo de Somerset Maugham. Acabó casándose con un honorable no sé qué o algo parecido, pero antes fue a parar a una granja solitaria donde se recolectaba maíz y se encontró con una mujer enferma, dos niños mimados y con mi padre, para quien una mujer que se pintara los labios o llevara pantalones cortos no era mejor de lo que aparentaba. Por otra parte, la comarca estaba llena de jóvenes terratenientes en busca de esposa, o al menos de distracción. Ella consideraba que no eran de su clase, pero parecía dispuesta a divertirse. Y se divertía: bailaba, participaba en todas las gincanas siempre que mis padres se lo permitían, lo que no ocurría con tanta frecuencia como ella hubiese deseado. La cortejaba un terrateniente llamado Baxter, un ex policía de Liverpool, bastante grosero y matón. A mi padre no le hacía gracia. No le gustaba ninguno de sus admiradores. Una tarde que entró en el bar, Baxter pasó por allí y le dijo:

—¿Qué tal está Bridget?

Mi padre lo derribó inmediatamente de un puñetazo. Cuando el hombre se levantó, perplejo, preguntó:

—¿Qué diablos significa esto?

A lo que mi padre contestó:

—Harás el favor, al menos en mi presencia, de referirte a esa inocente muchacha que está a miles de kilómetros de sus padres y bajo mi tutela llamándola señorita Fox.

Luego añadió:

—He de procurar no perder los estribos con tanta facilidad. No soy consciente de la fuerza que tengo.

Cuando me quedo anonadada al leer The Times o el Telegraph, cuando —sí, creo que la palabra es intrigada— me intriga el Manchester Guardian porque no acierto a descubrir el motivo oculto de alguna asombrosa estupidez de nuestra política exterior y caigo en ese estado al que nosotros los extranjeros nos sentimos predispuestos —porque nunca dejaremos de ser extraños en un país extraño—, vuelvo en mí gracias a una profunda reflexión sobre las implicaciones y deducciones de incidentes como el que acabo de referir.

Aunque sea salirse por la tangente, si bien es verdad que presenta cierta analogía, me propongo admitir voluntariamente que he pensado durante mucho tiempo en escribir algo que se titule «En busca de la clase obrera». Me he pasado la vida buscando siempre algo. Eso le ha ocurrido a todo el mundo, claro. Persigo amor y gloria, siempre. A intervalos, y de un modo mucho más tortuoso, he corrido tras la clase obrera y tras los ingleses. La búsqueda de la clase obrera ha sido compartida por cuantos tienen un ápice de responsabilidad social; los más infatigables investigadores son miembros de la clase obrera. Y esto es así porque la expresión no se refiere, sencillamente, a esa gente con la que uno se tropieza a la puerta de su casa o a la vuelta de la esquina. Nada de eso. Al igual que el amor y la fama, es una imagen platónica, un grial, una quintaesencia y, por definición, inalcanzable. Tardé mucho tiempo en llegar a comprenderlo. Cuando vivía en África y estaba aprendiendo a escribir, esa cuadrilla de mentores que siempre se constituyen voluntariamente en una especie de comité de supervisión y censura y giran alrededor de todo aprendiz de escritor, solían decir que yo no sería capaz de escribir ni una palabra con sentido hasta haberme compenetrado con los valores culturales de la clase obrera. A pesar de todas las pruebas en sentido contrario, aquellos mentores proclamaban que no era posible escribir una sola palabra sincera sin haber sido primero bautizado, por decirlo así, por la clase obrera. Aún recuerdo con qué timidez, cuando estaba a punto de marcharme de África, les sugerí que tras haber pasado veinticinco años de mi vida en el más estrecho contacto con los negros, que son trabajadores donde los haya, me habrían transmitido cierto conocimiento o intimidad o siquiera una iniciación por ósmosis. Y aún recuerdo el tono indignado de la respuesta: «Los africanos de este país no pertenecen a la clase obrera en el sentido estricto de la palabra. No son más que campesinos a medio civilizar». Debí comprender por el tono, que era en esencia el de un defensor de la fe, que yo tenía que mantenerme en mis trece. Pero siempre tardo mucho en aprender algo.

Vine a Inglaterra. Vivía (por la mejor de las razones, es decir que andaba mal de dinero) en una casa de huéspedes llena hasta los topes de personas que trabajaban con sus manos. Después de un año, dije con ingenuo orgullo a un miembro del comité de control local que por fin se podría considerar terminado mi aprendizaje. La respuesta fue conmiserativa pero no exenta de cierta comprensión humana:

—Esos no son la verdadera clase obrera. Son el lumpenproletariado teñido de ideología pequeñoburguesa.

Tomé la ofensiva. Dije que después de haber pasado mucho tiempo entre comunistas, ya fuera allí o en África, y teniendo en cuenta que parte de ellos, aunque fuera solo una minoría, pertenecían a la clase obrera, seguramente algo de su prestigio se me habría contagiado. La respuesta no se hizo esperar:

—El Partido Comunista es la vanguardia de la clase obrera y, obviamente, no es típico.

Ni siquiera entonces perdí las esperanzas. Me fui a un pueblo minero y regresé enriquecida por la observación. No me sirvió de nada.

—Los mineros, como los estibadores del muelle, forman parte de un sector especial y tradicional; el trabajo en las minas es (si se mira con distancia) anticuado. Los modales, las costumbres y usanzas de una comunidad minera no tienen nada que ver con la clase obrera en general.

Por último pasé cierto tiempo en una vivienda estatal en una ciudad surgida de un día para otro, y cuantas personas conocí allí eran sindicalistas, miembros del Partido Laborista o tenían algún otro distintivo de autenticidad. Fue entonces cuando me di cuenta de que había perdido la partida. «La totalidad de la clase obrera británica se ha dejado sobornar por el capitalismo y ha perdido la fuerza. Se ha convertido en pequeña burguesía. Si desea comprender realmente a la clase obrera militante, tendrá que irse a vivir a alguna comunidad en Francia, digamos entre los obreros de la Renault, o mejor todavía, por qué no se llega hasta África, donde las masas negras no han sido corrompidas todavía por la industrialización.»

El propósito de esta digresión, que no es tan casual como pudiera parecer, es demostrar que cuando se me mete algo en la cabeza no lo abandono con facilidad. Y también… Pero he de volver atrás, a hablar de por qué me costó tanto tiempo trasladarme a Inglaterra, en primer lugar.

No podría recordar ningún momento de mi vida en el que no deseara venir a Inglaterra. La razón era, tomando la palabra en un sentido totalmente distinto, que yo era inglesa. En las colonias o en los dominios, las personas son inglesas cuando lamentan haber emigrado, para empezar; también cuando están satisfechas de haber emigrado pero consideran que sus raíces están en Inglaterra; o cuando se sienten totalmente asimiladas en el ambiente local y detestarían volver a poner los pies en Inglaterra; o incluso cuando han nacido en las colonias pero tienen un antepasado inglés. Esa definición es sentimental y conmovedora. Cuando la emplea gente no inglesa, se convierte en una acusación. Mis padres eran ingleses porque suspiraban por Inglaterra, pero sabían que nunca podrían volver a vivir allí a causa del conservadurismo, la estrechez de miras y el tradicionalismo del país. Detestaban Rodesia por su falta de tradición, de cultura, porque todo allí era nuevo. Eran ingleses también porque pertenecían a la clase media en una comunidad constituida en su mayor parte por clase obrera. El uso de tal palabra en este contexto puede ser ilustrado por el incidente que sigue. Escena: el club de tenis local. Los niños juegan al tenis bajo la vigilancia de sus madres. La encargada de la tarde es una mujer de Ciudad del Cabo, perteneciente a una antigua familia holandesa, recién casada con un terrateniente escocés. Es una mujer tímida, digna y distante. La señora Mathews, una mujer locuaz casada también con un terrateniente escocés, intenta entablar conversación con ella. No lo consigue. Se vuelve hacia mi madre y le dice:

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—Esa no tiene nada que decir a un vecino. Es demasiado distinguida para nosotras. Es realmente inglesa, no hay duda. —Se sonroja y añade—: Oh, pero no quise decir… —Como si entonces se diera cuenta de que ponía al descubierto las veces que había dicho lo mismo de mi madre.

Ahora que lo pienso, mis padres iban en busca de griales con una técnica muy especializada. No puedo concebir siquiera un país en el que estuviesen dispuestos a asentarse definitivamente sin criticarlo. Lo más parecido que puedo imaginar sería una combinación de lo mejor de Blackheath o Richmond, unido o incorporado a un enorme rancho, digamos de unas veinte mil hectáreas en la zona montañosa de Kenia. Ese lugar debería conservar la atmósfera o ambiente de antes de 1914 como un crepúsculo eduardiano. Su Shangri-La, su paraíso, debería estar densamente poblado, según el gusto de mi madre, por personas agradables de profesiones liberales que, no obstante, fuesen interesantes; y, según el de mi padre, poco poblado por bribones, borrachos, excéntricos y poetas fracasados que no obstante, en el fondo, fueran gente decente.

Naturalmente, he de culpar en primer lugar a mis padres de mi propensión a ir en busca de griales. Inglaterra era para mí un grial. Y de modo muy concisamente definido. No hace mucho tiempo, la gente se instalaba en colonias, la gente de bien, es decir, con ánimo de arriesgarlo todo y cueste lo que cueste. Hoy día la inmigración en sentido inverso progresa a ojos vistas. Ahora los conquistadores de nuevos horizontes emprenden el vuelo o zarpan rumbo a Inglaterra, que en este sentido significa Londres, dispuestos a conquistarlo bajo sus condiciones.

Recuerdo una anécdota que ilustra este hecho. Llevaba en Inglaterra unos cinco años y empezaba precisamente entonces a comprender que me la había metido en el bolsillo, cuando un antiguo conocido me telefoneó para decirme que acababa de llegar a Londres con el propósito de escribir un libro. Había dejado atrás para siempre su antigua vida, que consistía en sacar enormes sumas de dinero de las minas de oro, beber mucho y casarse con una sucesión de muchachas rubias y hermosas. Fui a visitarlo en su piso. Estaba situado en Mayfair, amueblado lujosamente a la última moda y tenía dos neveras. Estaba muy emocionado porque al fin había tenido la fuerza de ánimo para liquidar todos sus beneficios y enfrentarse con Inglaterra. Recuerdo, en general sin pesar, la dura e involuntaria censura moral que yo dejaba traslucir mientras él hablaba. Por fin, la observación salió de lo más íntimo de mi ser, del pérfido corazón del mito. «¿Quieres decir que estás dispuesto a vivir en un piso que te cuesta veintidós guineas a la semana, en Mayfair, con una nevera, para escribir una novela?»

Al mirar hacia atrás me doy cuenta de que se me presentaron varias ocasiones de ir a Inglaterra antes de hacerlo al fin. Por ejemplo, hablaron de mandarme a la escuela. Eso habría significado que se ocuparan de mí unas personas de mi familia que yo detestaba —ahora lo veo con claridad— por instinto y sin conocerlos. Me ponía enferma con misteriosa espontaneidad cada vez que se discutía ese plan. Me quedaba en cama y soñaba con Inglaterra, una Inglaterra que no tenía nada que ver, naturalmente, con el lugar habitado por mis primos. Aquella Inglaterra estaba casi llena de peligrosos clubes nocturnos con un marcado ambiente literario. Yo tenía entonces catorce años. Creo que la única persona a quien habría permitido que me llevara a Inglaterra era por entonces una figura paterna mítica, parecido a Abraham Lincoln, con una marcada tendencia a la trata de blancas, pero en el fondo decente todavía y con un gusto inculto por la novela Clarissa. Mi más poderosa fantasía tejía imágenes de cómo yo liberaba a las cautivas, todas muchachas de catorce años incomprendidas, todas increíblemente hermosas pero básicamente decentes. Pondría en sus manos suficiente dinero (preferentemente proporcionado por mi amo con este propósito) que les permitiera encontrar por sí mismas el camino y sentirse libres. Al mismo tiempo le explicaría a mi amo el significado real y profundo de la novela Clarissa mientras él jugueteaba delicadamente con mis senos y, besándome en la frente, me entregaba grandes sumas de dinero que me permitirían encontrarme a mí misma.

En otras ocasiones, cuando nada me impedía ir a Inglaterra pero me faltaba energía para hacerlo, sucedió lo mismo. Una poderosa voz interior me decía que todavía no era el momento. El momento llegó finalmente en 1949 cuando Inglaterra estaba en una de sus épocas más grises, mi fortuna personal en su nivel más bajo y mi ánimo por los suelos. Y tenía además un hijo pequeño.

La más alta autoridad secular me asegura que esa tendencia mía a hacerlo todo del modo más difícil es puro masoquismo, pero una autoridad todavía más alta, la voz del mismo mito, me dice que eso no son más que tonterías.

Por la época en que vine a Inglaterra, las cosas se presentaban de tal modo que la partida era tan difícil como se pueda imaginar.

Por ejemplo, en los años que siguieron a la guerra el pasaje debía reservarse con meses de antelación. Ahora lo sé, y en aquella época era obvio para cualquiera menos para mí que con el soborno habría conseguido pasaje en uno de los grandes barcos regulares. En cambio, me decidí por un barco holandés mucho más barato pero también más lento, pues tenía que esperar en Ciudad del Cabo. Naturalmente, cuando llegó el momento de embarcar, hacía cuatro semanas que estaba retenida en Ciudad del Cabo y había gastado mi dinero en espera de aquel barco tan lento. Habría sido mucho más barato tomar el avión.

El momento de mi llegada a Inglaterra, a efectos del mito, fue cuando me encontré en Ciudad del Cabo. Y fue así porque Ciudad del Cabo es inglesa o, según reza la expresión, está impregnada de residuos del viejo espíritu liberal inglés.

Ocurrió que las primeras personas que conocí en Ciudad del Cabo eran inglesas. Fue una experiencia en principio perturbadora. Se trataba de un profesor universitario y su esposa, quienes, la última vez que los había visto, eran baluartes del Partido Comunista local. Eso había ocurrido dieciocho meses antes. En ese momento ya no pertenecían al Partido Comunista. Las cosas han cambiado y ahora es posible dejar el Partido Comunista y mantener un sentido del equilibrio. Por aquel entonces, o bien un individuo era un auténtico rojo, sólido, de dieciocho quilates, o bien, si era un ex rojo, se había convertido en un violento y casi profesional anticomunista. La cuestión era que ese cambio súbito se había producido unas seis semanas antes, en un movimiento de iluminación cegador, como el de san Pablo camino de Damasco. Fui a aquella hermosa casa que estaba en una de las colinas que dominaban la bahía. Me sentía llena de espíritu de camaradería. La última vez que había estado allí constituía el punto de partida de cualquier actividad progresista. Me saludaron con una inconfundible atmósfera de desapego liberal y con estas palabras: «Hemos dejado el partido, claro, y no estamos dispuestos a seguir siéndole útiles».

Yo esperaba que me pidieran que me quedara unos cuantos días mientras buscaba alojamiento, pues la verdad era que me habían invitado a pasar con ellos todo el tiempo que quisiera. A medida que la conversación proseguía, mi confusión iba en aumento porque no solo parecía que hubiesen cambiado ellos, sino que también lo hubiera hecho yo. Antes, en cambio, me había sentido fundamentalmente digna de confianza, con buen corazón, aunque con una desafortunada tendencia hacia la frivolidad cuando se trataba de asuntos serios; ahora me había convertido en una rojilla dogmática, de mentalidad cerrada y una peligrosa influencia para los negros, que siempre eran una excelente presa de agitadores sin escrúpulos. Estaba intentando discutir razonablemente este extremo, cuando me informaron de que Ciudad del Cabo estaba llena a rebosar, que solo un loco se atrevería a llegar así, sin haber reservado alojamiento, y que no tenía posibilidades de encontrar una sola habitación. En resumen, mi situación era admirablemente deplorable. A pesar de que mi hijo siempre ha sido la criatura más encantadora, amable y acomodaticia, por el hecho de tener solo dos años necesitaba dormir y comer. Mi capital sumaba en total cuarenta y siete libras. Me informaron de que los precios que se pagaban por una mala habitación eran astronómicos. Telefonearon a algunas casas de huéspedes que, para su gran satisfacción, resultaron estar llenas. Llamaron a un taxi. Yo se lo sugerí.

El taxista era un afrikáner y una tía suya tenía una casa de huéspedes. Me llevó allí inmediatamente, se negó a cobrarme el recorrido, arregló la cuestión con su tía, se ocupó de mi equipaje —que era abundante porque todavía no había aprendido a viajar—, enseñó a mi hijo algunas frases elementales en afrikaans, me dio un montón de consejos y dijo que volvería a ver cómo iba todo. Era un hombre de unos sesenta años. Me dijo que tenía cuarenta y cuatro nietos y que el corazón le decía que considerara a mi hijo como el que hacía el número cuarenta y cinco. Era un nacionalista. No era la primera vez que me veía obligada a pensar en aquel triste dicho político de que los enemigos son con frecuencia más amables que los amigos.

Mientras iba en el taxi, antes de llegar a la pensión de la señora Coetzee, el espejismo de Inglaterra era todavía más fuerte. A pesar de que las imágenes como aquella figura mítica del padre dedicado a la trata de blancas y los clubes nocturnos habían desaparecido, y se ajustaban más a otras propias de mi edad, debo decir que no había tenido mucho contacto con la realidad —al menos con la realidad como experiencia—. El sueño se cimentaba ahora en un grupo de amigos, todos por encima de las pequeñas e insignificantes pasiones humanas como la envidia, los celos, el despecho, etcétera. Nos dedicaríamos todos a cambiar el mundo por completo y de modo muy rápido, costara lo que costase, realizando al mismo tiempo obras maestras imperecederas y viviendo en comunidad con tanto calor, ingenio, generosidad de espíritu y todo eso, que seríamos un ejemplo para todos.

Lo primero que vi al bajar del taxi fue que el lugar estaba lleno de ingleses. Esto es, ingleses de verdad, no británicos de Sudáfrica. Varias muchachas inglesas estaban sentadas en las escaleras de madera, con su famosa tez inglesa ya algo morena y con aspecto desconsolado. La casa de huéspedes se asentaba en una de las empinadas lomas de la ciudad y estaba dominada por numerosos hoteles nuevos y relucientes que se elevaban por encima de ella por doquier. Era una casa de madera muy vieja, desvencijada, con grandes verandas de madera, un tejado oculto por una densa enredadera verde y rodeada por un colorido jardín lleno de árboles frutales y de niños. Tenía dos pisos, que se comunicaban únicamente por una escalera de madera exterior. Era un lugar sucio, despintado, decadente, una trampa, una verdadera ratonera; en resumen, algo sumamente pintoresco. Una pisada vigorosa en la planta superior hacía temblar la construcción hasta sus cimientos. Mi habitación estaba en la parte delantera, fuera de la veranda, tenía el suelo de madera, las paredes de color rosa, el techo verde y un armario tan enorme que habría podido recorrerlo por dentro dando zancadas arriba y abajo. Había también dos grandes camas plegables y cuatro camas sencillas. Mi amigo el abuelo se había ido, así que fui en busca de la autoridad, haciendo temblar con mis pies el suelo desnudo. Era a media tarde. En la parte trasera de la casa había una pequeña habitación pintada de amarillo sucio con una estufa de leña rota y una enorme mesa grasienta punteada de moscas, una tajada de carne cubierta por una mosquitera y la mujer más gorda que he visto en mi vida dormitando en una silla de respaldo alto. Era como un saco de grano sobre una caja de cerillas. Su enorme cuerpo flojo estaba embutido en un gastado vestido de algodón color naranja. Su carne tenía un tono amarillento y el pelo le colgaba en pringosos mechones sobre el cuello. Pensé que sería la cocinera de color, pero cuando me di cuenta de que era la señora Coetzee en persona reprimí el pensamiento subversivo. Regresé a mi habitación, donde una pequeña muchacha delgada, de color chocolate, que aparentaba unos doce años pero que en realidad tenía dieciocho, cambiaba las sábanas sucias de la cama grande por otras ligeramente menos sucias. Iba descalza y llevaba un vestido de color rosa chillón, roto por debajo del brazo. Se llamaba Jemima. Hacía la limpieza de toda la pensión, que contaba con unos cincuenta o sesenta huéspedes, y además ayudaba a la señora Coetzee en la cocina. Ganaba tres libras al mes y era el ser humano más explotado que he conocido. Verla arreglar mi habitación era seguir un curso de resistencia pasiva. Entraba sin llamar y sin mirarme, llevaba un pequeño trapo del polvo y un cepillo que dejaba sobre una cama deshecha y que ya no volvía a usar. Dirigía su pequeño cuerpo anguloso en línea recta hacia mi cama mientras sus ojos negros, totalmente inexpresivos, miraban a su alrededor pero sin ver nada. Con un solo gesto cubría las arrugadas almohadas con las sábanas. Luego alisaba las arrugas de la colcha descolorida con la mano derecha, mientras dándose la vuelta ya estaba haciendo la cama siguiente, en la que dormía mi hijo. Alisaba las sábanas con la mano izquierda mientras estiraba la otra para recoger el trapo del polvo y el cepillo. Iba andando ya hacia la puerta antes de volverse a recoger el trapo del polvo. Luego se daba la vuelta, y al llegar al umbral echaba un vistazo a la habitación. Con la punta del trapo empujaba hacia sí el pomo de la puerta. Cerraba de un portazo. En lo que a ella respectaba, la habitación estaba hecha.

La señora Coetzee y ella entablaban una guerra de chillidos en afrikaans que yo no comprendía. Pero como todas las guerras que han durado mucho tiempo, era más cuestión de forma que de sentimientos.

Obtuve toda la información que quise en cuanto me acerqué a la repleta escalera. Una decena de voces resignadas me relataron los hechos. Pertenecían todas a esposas de soldados sudafricanos. Estaban a la espera de encontrar algún alojamiento. Acababan de llegar en los últimos barcos. La señora Coetzee era una asquerosa aprovechada que se beneficiaba de las circunstancias. Por una comida horrible y unas pésimas condiciones, cobraba lo mismo que las respetables pensiones de la playa. Si se hubiese podido conseguir alojamiento en ellas. Y si hubiera aceptado también a los niños sin hacer un drama —como hizo la señora Coetzee—. Pero el hecho de que los niños no la molestaran no disminuía el odio que sentía por los ingleses, lo que no era ningún secreto.

Telefoneé a todas las agencias de viajes, que me dijeron invariablemente que no había ni rastro del barco, famoso por detenerse tanto tiempo como le viniera en gana en todos los puertos de la costa. Podía llegar la semana siguiente o la otra, y naturalmente me lo harían saber enseguida. Estaba sentada en una de las camas espantando las moscas de mi hijo dormido, cuando un sobre blanco se deslizó por debajo de la puerta. Decía así: «Mi esposo y yo estaríamos encantados de que viniera usted a tomar una copa con nosotros después de la cena. Atentamente, Myra Brooke-Benson. (Habitación 7)». La habitación 7 estaba frente a la mía y al otro lado de la puerta cerrada se oían las voces inglesas de un hombre y una mujer. Una voz aguda, agotada sin duda la paciencia:

—Pero, querido, creo realmente que este DDT debe haber perdido su eficacia.

Y una voz grave, firme y autoritaria:—Tonterías, querida, lo he comprado esta mañana.

Hacia las cinco de la tarde fui otra vez en busca de la patrona. La señora Coetzee estaba ahora despierta, sentada a la mesa de la cocina, cortando a rebanadas de un amarillo pálido una enorme calabaza dorada. Sus brazos se abrían, rodeándola como alas, y soportaban verdaderos rollos de grasa. Gruesas gotas de sudor se desprendían de ella por todas partes. Jemima estaba a su lado y aplanaba con rapidez entre sus manos carne picada de un tono rosa pálido hasta convertirla en hamburguesas. Carraspeé. La señora Coetzee movió la cabeza. Volvió a su trabajo. No sabía inglés.

La cena se sirvió en una habitación cuyo refinamiento se limitaba a una docena de mesitas cubiertas con un papel de seda rojo y dispuestas con cuchillo, tenedor y cuchara en cada lugar. Una pantalla hecha de papel de color estaba atada con una cuerda a la bombilla. Cenamos calabaza asada, hamburguesa y picadillo de patatas fritas. Había, además, buñuelos de calabaza. Todos comían ávidamente, muertos de hambre. Las porciones no eran mayores que lo estrictamente necesario para mantenerse con vida. Inmediatamente distinguí quiénes eran los que me habían invitado después de la cena. Una pareja compuesta de una bonita mujer, pequeña y rubia de aspecto increíblemente pulcro y cuidado, y de un hombre calvo de mirada feroz, que lucía un bigote muy bien peinado. Les sonreí, pero como ellos se pusieron muy tiesos y apenas correspondieron con una inclinación de la cabeza, imaginé que me había equivocado. Cuando me presenté ante la puerta número 7, los encontré sonrientes y me dispensaron muy buena acogida. Hacía tres semanas que habían llegado y esperaban encontrar un piso libre en Ndola, porque él iba a trabajar en las minas de cobre.

—No quiero. Sencillamente no quiero quedarme aquí, Timothy —no dejaba de decir ella en tono lastimero y crispado.

Y él contestaba invariablemente con ampulosa seguridad: —Pues claro, querida, claro que no vamos a quedarnos aquí. Bebimos coñac y charlamos un poco. Nos ofrecimos unos a otros nuestra mutua conmiseración. Nos dimos las buenas noches sonriendo. En lo que a mí respecta, la velada transcurrió sin ninguna de aquellas comunicaciones vitales que considero esenciales en toda auténtica relación humana. Imaginé que había sido un fracaso.

Al día siguiente, al despertarme, me encontré con que la cama doble que tenía frente a la mía estaba ocupada por dos ancianas. Dormían. Hice callar a mi pequeño y esperamos. Se despertaron de muy buen humor, sonrieron y no parecieron en absoluto molestas cuando Jemima entró sin llamar y plantó cuatro tazas de té en el suelo junto a la puerta. Sonrieron e inclinaron la cabeza. Sonreí a mi vez y les devolví el saludo. Así, con una conversación sostenida a base de sonrisas y de cabeceos, nos vestimos todas, y ellas partieron en un coche antiguo cubierto de polvo para seguir su camino dejando atrás Ciudad del Cabo.

Entré en la cocina. La señora Coetzee estaba cortando la calabaza en rebanadas. Jemima cortaba el buey en lonchas finas. Le dije:

—Señora Coetzee, me gustaría saber qué hacían esas dos mujeres en mi habitación.

Hija de padres ingleses, Doris Lessing nació en Persia (ahora Irán) en 1919, y a la edad de cinco años se trasladó con su familia a Zimbabwe. Desde 1949 y hasta su muerte, residió en Londres. Fue una de las escritoras más influyentes del siglo XX y obtuvo prestigiosos galardones como el Premio Príncipe de Asturias en 2001 y el Premio Nobel de Literatura en 2007.

Autora prolífica, a menudo polémica y genial narradora, de entre sus libros destacan El cuaderno dorado (1962), Memorias de una superviviente (1974), La buena terrorista (1985), El quinto hijo (1988), De nuevo, el amor (1996), La grieta (2007), Alfred y Emily (2008) y sus recopilaciones de relatos, como Cuentos europeos. Acompañan su obra narrativa varios libros de ensayo y varios volúmenes de talante autobiográfico, entre los que se encuentra Made in England, Gatos ilustres Las cárceles que elegimos.

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