Siri Hustvedt

LECTURAS | Madres, padres y demás Apuntes sobre mi familia real y literaria, de Siri Hustvedt

Feminismo y memorias familiares se dan la mano en otra brillante colección de ensayos de Siri Hustvedt.

Ciudad de México, 21 de julio (MaremotoM).- La filosofía feminista y las memorias familiares van de la mano en esta nueva colección de ensayos de Siri Hustvedt, una magistral exploración sobre cómo muchas experiencias que damos por sentadas y que que nos definen como seres humanos no son tan inalterables como pensamos, especialmente las relaciones familiares o entre géneros, los abusos de poder o la influencia del entorno en quiénes somos, profundizando para ello en su propia memoria personal, en sus años de formación y en su experiencia como escritora.

Siri Hustvedt
Habla de la relativa bondad de las abuelas y de la ira como un instinto de sobrevivir. Foto: Cortesía PEN América

Hustvedt vuelve a hacer gala de un extraordinario don para comunicar y de un conocimiento interdisciplinario en este volumen que se mueve sin esfuerzo entre las historias de su madre, su abuela y su hija pero también por las las de sus “madres artísticas”, Jane Austen, Emily Brontë y Louise Bourgeois y de ahí hasta conceptos más amplios, como la experiencia de la maternidad en una cultura moldeada por la misoginia y las fantasías de la autoridad paterna. Es, en definitiva, el viaje de una erudita hacia cuestiones urgentes sobre el amor y el odio familiares, el prejuicio y la crueldad humanos y el poder transformador del arte.

Fragmento de Madres, padres y demás, de Siri Hustvedt, con autorización de Planeta.

Siri Hustvedt
Editó Seix Barral, de Planeta. Foto: Cortesía

TILLIE

Mi abuela paterna era huraña, gruesa y formidable.

Cuando se reía lo hacía a carcajadas, rumiaba por razones que solo ella conocía, aireaba a gritos sus opiniones a veces alarmantes y hablaba un dialecto noruego impenetrable para mí. Aunque nació en Estados Unidos, nunca llegó a dominar el sonido th del inglés y optó por pronunciarlo como una simple t, cambiando la sonoridad de las palabras. Cuando yo era niña, ella tenía el pelo blanco y abundante y si se lo soltaba, le llegaba casi hasta la cintura. Antes de que yo la conociese, era de color caoba. Con los años empezó a clarear, pero recuerdo mi asombro cuando lo llevaba sin recoger. Eso solo sucedía por la noche, cuando se soltaba el moño frente al espejo brumoso del minúsculo dormitorio húmedo y mohoso de la casa de campo donde vivía con mi abuelo, quien tenía su propia habitación aún más pequeña bajo los aleros en lo alto de la estrecha escalera de madera, un lugar que casi nunca se nos permitía visitar. Una vez suelto el pelo y puesto el camisón, mi abuela se quitaba la dentadura y la dejaba en un vaso junto a la cama, un acto que a mi hermana Liv y a mí nos fascinaba, pues no teníamos ninguna parte del cuerpo que pudiéramos sacarnos por la noche y ponernos de nuevo por la mañana.

De todos modos, la dentadura extraíble solo era una pieza de un ser absolutamente maravilloso aunque a veces intimidante. Nuestra abuela pelaba patatas con un cuchillo de cocina a lo que a mí me parecía la velocidad de la luz, transportaba troncos de la montaña de leña apilada cerca de la casa y abría la pesada puerta del sótano de un solo tirón tan poderoso como el de cualquier hombre para conducirnos al frío y húmedo dominio donde guardaba las conservas en tarros de cristal, en estantes alineados contra las paredes de tierra. Era un lugar que olía a tumba, un pensamiento que podría habérseme ocurrido o no en aquel entonces, pero la expedición siempre iba acompañada de un tufillo de amenaza, de la fantasía de que me dejarían allí abajo con los tarros, las serpientes y los fantasmas envuelta en la negrura.

Ella era la única persona adulta que conocíamos que se divertía contando chistes escatológicos. Se desternillaba, como si ella misma fuera una niña y cuando estaba de buen humor, nos hablaba de los tiempos ya lejanos de su infancia, cómo había aprendido a dar volteretas, a hacer la rueda y a caminar sobre una cuerda y cómo sus hermanos y ella izaban velas en sus trineos y, empujados por el viento, cruzaban a toda velocidad el lago congelado que había cerca de la granja donde creció. Antes de ir «de visita» —lo que significaba subirnos al viejo Ford para «pasar a saludar» a varios vecinos—, la abuela se ponía su sombrero de paja con flores que colgaba de un gancho detrás de la puerta principal, agarraba su bolso negro con el cierre dorado en el que llevaba su pequeño monedero y nos íbamos.

Mi abuela murió a los noventa y ocho años. Durante un tiempo ha sido un fantasma en mi vida, pero últimamente ha vuelto a mí en forma de imagen mental. Veo a Matilda Underdahl Hustvedt acercarse a mí acarreando dos pesados cubos de agua. Detrás de ella está la oxidada bomba de mano que todavía se encuentra en la propiedad y detrás de esta, las piedras de lo que fueron los cimientos del viejo granero, que se demolió mucho antes de que yo naciera. Es verano. Veo la bata de algodón de mi abuela, abotonada por delante. Veo sus pechos bajos, su cuerpo ancho, sus piernas gruesas. Veo cómo le tiemblan las carnes que le cuelgan de los brazos mientras camina con ellos rectos, acarreando los cubos de metal esmaltado y veo los ojos hundidos, enrojecidos y feroces detrás de sus gafas. Siento el calor del sol y el viento ardiente que sopla a través de las llanuras onduladas de la Minnesota rural. Veo un cielo inmenso y el horizonte amplio y desierto solo interrumpido por bosquecillos. La imagen del recuerdo va acompañada de una mezcla de satisfacción y dolor.

Tillie, como la llamaban sus amigos, nació en 1887, hija de un inmigrante, Søren Hansen Underdahl  y de su segunda mujer, Øystina Monsdattar Stondal, quien probablemente también era inmigrante, aunque no puedo corroborarlo porque mi padre no lo menciona en la crónica familiar que escribió para nosotros. En todo caso, el padre de Øystina era rico y dejó a cada una de sus tres hijas una granja. Tillie creció en la propiedad que su madre tenía en el condado de Ottertail, Minnesota, cerca de la ciudad de Dalton. Tenía ocho años cuando esta se murió. Una historia de cuando Tillie tenía ocho años que nos contaba la hermana de mi padre, tante (tía) Erna, que nos contaba mi madre y que nos contaba la propia Tillie adquirió el estatus de leyenda familiar. Tras la muerte de Øystina, el pastor de la vecindad acudió a visitar a la familia y a hacer lo que fuera que hacían los pastores luteranos con los cuerpos de los difuntos. Poco antes de abandonar la casa, enunció piadosamente ante todos los presentes que la muerte prematura de la mujer había sido «la voluntad de Dios». Al oírlo mi abuela, mucho antes de ser mi abuela, estampó el pie contra el suelo con rabia y gritó: «¡No lo es! ¡No lo es!». Y se alegraba de haberlo hecho, y nosotros también.

Tillie nunca visitó el país de sus ancestros. Nunca vio el primer hogar de su padre, en Undredal, con su pequeña iglesia encaramada cerca de la escarpada ladera de la montaña que se eleva sobre el fiordo de Sogn. Yo jamás la oí decir que quisiera verla. Casi nunca se ponía sentimental. Su marido, mi abuelo Lars Hustvedt, viajó por primera vez a Noruega con setenta años. Había heredado algo de dinero de un pariente y se compró un billete de avión. Fue a Voss, donde había nacido su padre, y allí lo recibieron con los brazos abiertos algunos familiares de los que hasta ese instante no tenía noticia. Según cuenta la tradición familiar, conocía de memoria «cada piedra» de la granja familiar, Hustveit. El padre de mi abuelo debió de echarla de menos y esa añoranza y las historias que la acompañaron debieron de provocar en su hijo una añoranza por un hogar que no era sino una idea de hogar. Adoptamos como propios los sentimientos de los demás, en especial de las personas que nos son queridas, y mediante una conexión imaginativa nos figuramos que lo que nunca hemos visto o tocado nos pertenece también a nosotros.

Mi padre hizo de esa conexión imaginativa su vida. Después de luchar en Nueva Guinea y Filipinas durante la Segunda Guerra Mundial y de formar parte durante un tiempo del ejército de ocupación en Japón, regresó a casa, fue a la universidad gracias a las ayudas gubernamentales a los veteranos de guerra de la Ley del Soldado y, finalmente, se doctoró en Estudios Escandinavos por la Universidad de Wisconsin, Madison. Impartió clases de Lengua y Literatura noruegas en St. Olaf College de North field, Minnesota, y trabajó como secretario de la Asociación Histórica Estadounidense Noruega, elaborando y clasificando un vasto archivo de documentos de inmigrantes, un cargo por el que nunca cobró.

En el texto que nos dejó, titulado La familia Hustvedt, hay poca información sobre la familia de su madre, aparte de lo que he contado sobre la herencia de Øystina. La identidad consciente de mi padre era la de la línea paterna, y averiguó todo lo que pudo sobre los hombres de Voss que lo precedieron: su abuelo, su bisabuelo y su tatarabuelo. No creo que se le pasara por la cabeza indagar sobre su linaje materno. Además, es posible que Tillie no guardara ningún documento o carta de sus padres. Sabía leer y escribir, pero dejó de ir a la escuela a partir de segundo. Las cartas que le escribió a su hijo soldado son fluidas, pero la gramática a veces deja bastante que desear.

Solo de adulta he tenido ocasión de reflexionar sobre el problema de la omisión, sobre lo que falta en lugar de lo que está ahí, y de empezar a comprender que lo que se calla resuena con tanta fuerza como lo que se dice.

En el mejor de los casos, a mi padre le irritaba mi abuela. Recuerdo cómo se erizaba o fruncía el ceño en silencio cuando ella hacía declaraciones ignorantes sobre la situación del mundo alrededor de la mesa. Casi nunca la reprendía, pero su rostro era un mapa de infelicidad y yo sentía los conflictos entre madre e hijo como rasguños profundos en las inmediaciones del pecho, que a veces se volvían tan insoportables que les pedía que me disculparan y huía de ese torbellino familiar, en su mayor parte mudo, para refugiarme en el jardín, donde podía estudiar las uvas Concord de la glorieta, que todavía estaban verdes y poco a poco adquirían un tono azulado o arrojarme sobre el césped y concentrarme en morder las puntas blancas y dulces de las briznas. Incluso entonces supe que detrás de la irritación de mi padre había historias que nunca escucharía.

El abuelo era un alma más gentil que la abuela. Dieciséis de sus veinticinco hectáreas de tierras de labranza fueron a parar a manos del banco durante la Depresión, lo que explicaba sus penurias. Seguramente vivían de la seguridad social. No lo sé. El sueldo de mi padre era bajo y durante años vivimos mes a mes, así que si él los apoyó económicamente, no pudo ser con grandes cantidades.

Mi abuelo dejó de ganarse la vida como agricultor mucho antes de que yo lo conociera.

No recuerdo a mis abuelos hablando o tocándose. Sin embargo, hay fotografías de ellos sentados el uno al lado del otro.

El abuelo Lars era un hombre introvertido y taciturno que leía el periódico de la primera página a la última, seguía de cerca la política, pasaba largos periodos de tiempo sentado en una butaca de la abarrotada sala de estar, y mascaba tabaco y lo escupía en una lata de café Folgers que tenía a sus pies. Sonreía con benevolencia al ver nuestros dibujos y nos daba caramelos a rayas de un tarro que guardaba en la cocina. Después de su muerte, mi padre me dijo que con él se iba «más de la mitad» de su amor por «el lugar», refiriéndose a la granja. Yo tenía dieciocho años y reflexioné sobre esa declaración críptica, que interpreté como que había querido a su padre más que a su madre.

Cuando Tillie se estaba muriendo, mi madre pasó algún rato a solas con ella. Mi abuela le cogió la mano y gimió: «Debería haber sido más amable con Lars. Debería haber sido más amable con Lars».

Tras la muerte de su madre, mi padre pronunció unas palabras en el funeral y la llamó «la última pionera». Mi padre hacía discursos excelentes. Escribía bien y con ingenio. Pero en su panegírico se percibe cierto desapego, como si contemplara su infancia a una gran distancia; se echa en falta un vínculo con la mujer que lo parió, amamantó y cuidó. ¿Adónde fue a parar? ¿Se desvaneció en la amargura del matrimonio de sus padres? ¿Hay acaso otro elemento mucho más oscuro y difícil de definir? ¿Desapareció la deuda contraída con ella en la tierra olvidada de la madre y las madres, el reino silencioso del útero donde empieza y del que nace todo ser humano, un territorio que la cultura occidental ha reprimido o evitado hasta un punto que me parece impresionante? A mi padre le salía «natural» omitir el lado de la familia de Tillie porque en el mundo de mi infancia no señalábamos el tiempo a través de las madres, sino solo a través de los padres. Es el apellido del padre el que marca generación tras generación. Sospecho que La familia Hustvedt sirvió en parte para rehabilitar a los patriarcas que habían quedado aplastados por la historia, una historia que abarcaba lo que mi padre presenció de niño: las humillantes pérdidas de su padre, que a través de una identificación intensa interiorizó como propias.

Mi abuela también sufrió pérdidas. Heredó dinero de su padre, lo ingresó en el banco y lo ahorró. No sé de cuánto dinero hablamos, pero era suyo. Años más tarde, después de que el hermano de mi abuelo, David, perdiera ambas piernas en un accidente de trabajo en la Costa Oeste, ella renunció al dinero para pagarle unas prótesis. El dinero se envió, pero el hermano desapareció. Al cabo de muchos años, David Hustvedt murió en Mineápolis, donde se había dedicado a vender lápices por la calle. Se las arreglaba para desplazarse encajando las rodillas en unos zapatos. En la calle lo conocían como Dave el Hombre de los Lápices. Utilicé la historia en una novela, Elegía para un americano.

Mis padres están muertos. Mientras escribo esto, mi madre lleva apenas tres meses muerta. Falleció el 12 de octubre de 2019 a los noventa y seis años. Mi padre falleció el 2 de febrero de 2004. Yo cumpliré sesenta y cinco el 19 de febrero de 2020, el mismo día que mi madre habría cumplido noventa y siete, de haber seguido viva. Ninguno de los dos murió joven y aunque yo muera pronto, hoy o mañana, tampoco moriré joven.

Mis padres se conocieron en la Universidad de Oslo en 1950 o 1951. Ella estudiaba allí y mi padre tenía una beca Fulbright. Mi madre nació en Mandal, pero a los diez años se fue a vivir a Askim, una ciudad de las afueras de Oslo. Aunque parezca bastante estúpido, tardé un poco en caer en la cuenta de que la mayor parte de la juventud de mis padres transcurrió durante la guerra o bajo la Ocupación. Él tenía diecinueve años cuando lo llamaron a filas. Ella, diecisiete cuando los nazis invadieron Noruega el 9 de abril de 1940.

A los pocos años de conocer al nieto de inmigrantes noruegos, mi madre se encontró casada y viviendo en Minnesota, convertida ella misma en inmigrante noruega.

No sabía que los padres del apuesto estadounidense que había conocido en el American Club de Oslo vivían en una granja sin agua corriente, que no tuvieron electricidad hasta que mi padre la instaló después de la guerra y que ninguno de los dos había terminado la escuela primaria, no digamos la secundaria. No sabía que dos estufas de leña era todo lo que tenían para calentarse durante los gélidos inviernos de Minnesota. Mi padre le ocultó todo eso a mi madre. Dejó que lo descubriera por sí misma. Las razones de su reserva están enterradas con él.

De niñas, mis hermanas y yo no pensábamos que nuestros abuelos fueran pobres. No era que no supiéramos lo que significaba esa palabra, simplemente no creíamos que se aplicara a los miembros de nuestra propia familia. Pobre evocaba cuentos de hadas, el hombre y la mujer con tres hijas o tres hijos que vivían en una cabaña en el bosque o en los lejanos «barrios bajos» de la ciudad, que solo podíamos ver en burdos tonos grises en

la televisión. Al parecer, mis abuelos se las habían apañado razonablemente bien cuando mi padre, el mayor de cuatro hijos, y su hermana Erna, la segunda, eran aún pequeños, pero llegó la Depresión, y el delicado equilibrio doméstico se tambaleó hasta derrumbarse. Las personas continuaron viviendo, pero la granja que recuerdo parecía haberse detenido en algún punto, en torno a 1937. La parálisis definía el lugar.

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Las cuatro hermanas y nuestros primos nos hacíamos con el control de la casa cuando la visitábamos en verano. Era nuestro País de las Maravillas. Subíamos al asiento del tractor que se alzaba entre la hierba alta cerca del huerto de manzanos y perales. Nos encaramábamos felices sobre el armazón de un viejo coche abandonado en la propiedad. Nos fascinaban los barriles de agua de lluvia colocados en hilera junto a la casa y los misteriosos trastos amontonados en el pequeño garaje blanco, entre los que había una nevera desechada que me aterraba solo verla porque había oído una historia de un niño que había muerto al quedarse encerrado dentro de una. Me encantaba la palangana que servía de fregadero y la pastilla de jabón gris salpicado de arena confeccionada especialmente para agricultores y mecánicos. Me encantaban el cuenco y el cazo de mango largo que utilizábamos para beber agua. Recuerdo el flato al correr, las rodillas y las palmas de las manos manchadas de hierba, los cortes y las picaduras de insectos, cómo entraba en casa a buscar tiritas y limonada, y los alborotados juegos de policías y ladrones, naufragios, tornados, secuestros y piratas. Cuando mi madre le confesó a Tillie en julio que estaba embarazada de mí, antes del día de la boda con mi padre prevista para agosto, ella resopló, hizo un sonido displicente y descartó el tema de un manotazo. No tenía importancia. «A la abuela no le importó nada en absoluto», me comentó, muchos años después, una noche que nos quedamos hablando hasta tarde.

Hay una historia que mi padre no se atrevió a plasmar en papel, que no incluyó en la crónica familiar ni en las memorias que escribió de su vida, pero que en algún momento oí contar, no a él, sino a su hermana o a uno de sus hermanos, una historia que más tarde corroboró mi madre. En plena Depresión, un inspector del gobierno visitó la finca, declaró que las vacas lecheras estaban infectadas con fiebre aftosa y ordenó que las mataran. Una vez cometido el acto terrible, se supo, no sé cómo, que las vacas no estaban enfermas. El inspector se había equivocado. No hubo indemnización.

He tenido durante años la imagen de esa masacre en la cabeza, una masacre que nunca vi.

Creo que mi padre odiaba ese lugar tanto como lo amaba.

El paisaje no ha cambiado. Las tierras de labranza todavía se extienden a lo largo de kilómetros y kilómetros, ahora bajo los auspicios de grandes explotaciones agrícolas o «agronegocios». La granja sobre las ocho hectáreas que le quedan se erige como un monumento vacío a la memoria familiar, no muy lejos de la iglesia Urland donde está enterrada la urna con las cenizas de mi padre, en una tumba cercana al bosque que hay junto al cementerio. Al lado, en otra urna, están la mitad de las cenizas de mi madre. Las cuatro hijas llevaremos la otra mitad de lo que fue mi madre a Noruega este verano, a su Mandal natal. Cerca yacen mis abuelos, Lars y Matilda, el tío Morris y el tío Mac McGuire, un policía irlandés que se casó con tante Erna, se murió con solo cincuenta y dos años y acabó enterrado entre noruegos. La tierra tiene el mismo aspecto, pero los inmigrantes y sus descendientes de habla noruega están muertos. De la generación de mi padre, la tercera y última que todavía habla el idioma, también están muertos casi todos. Los niños de mi generación que llegaron después de ellos desaparecieron en los Estados Unidos blancos. Para muchos, el vínculo con su pasado inmigrante es, en el mejor de los casos, débil; ha quedado reducido a un par de talismanes: un suéter de punto cerrado o un plato de lefse, el suave pan de patata sin levadura que era la especialidad de mi abuela. Lo mejor es untarlo con mantequilla, espolvorearlo con azúcar, enrollarlo y comerlo a dos carrillos o con calma, según el gusto de cada uno.

El clima de Minnesota es extremo, despiadadamente caluroso en verano y asediado por ventiscas y temperaturas muy por debajo de cero en invierno. La vida en la pradera era una lucha periódica para sobrevivir a las condiciones atmosféricas. Mi padre recordaba la sequía, las langostas y las carreteras cerradas durante largos periodos debido a «las nieves». Cuando los caminos dejaban de ser transitables en coche, viajaban en trineos tirados por caballos, un recuerdo que dibujaba en el rostro de mi padre una sonrisa de placer. A Tillie le aterraban las carreteras cubiertas de hielo y prefería no desplazarse cuando caían horribles aguanieves y llegaban avisos por la radio o la televisión. Recuerdo su voz entrecortada y ansiosa por el teléfono mientras hablaba con mi padre. No pensaba hacer el trayecto de media hora en coche hasta Northfield en esas condiciones. Debía de recordar alguna experiencia aterradora con carreteras resbaladizas, pero no sé cuál.

Todos estamos hechos, en mayor o menor medida, de lo que llamamos memoria, que consiste no solo en los fragmentos de tiempo visibles para nosotros en imágenes que se han afianzado a fuerza de repetirse, sino también en los recuerdos que encarnamos y no comprendemos: el olor que lleva consigo algo perdido, el gesto o el tacto de una persona que nos recuerda a otra, o un sonido, lejano o cercano, que nos provoca un pavor desconocido. Luego están los recuerdos de otros que adoptamos y catalogamos con los nuestros, a veces confundiéndolos. Y de nuevo hay recuerdos que cambian porque la perspectiva ha sido forzada: mi abuela ha regresado a mí con una apariencia diferente. Ha sido recordada de nuevo y reconfigurada.

Cuando mi bisabuelo, Ivar Hustvedt, llegó a Minnesota en 1868, la tribu Dakota había cedido casi diez millones de hectáreas de tierra al gobierno de Estados Unidos por el Tratado de Traverse des Sioux de 1851 que urgía a los dakotas, un pueblo nómada, a establecerse en una estrecha reserva situada a lo largo del río Minnesota.

En 1853, la tierra se abrió a la colonización y empezaron a llegar noruegos. En 1862, durante la guerra de Secesión, un pequeño número de dakotas, sintiéndose traicionados por la violación de los tratados y enfrentados al hambre, tomaron represalias contra una familia de colonos y a partir de ahí se sucedieron las batallas en Minnesota.

Murieron dakotas, inmigrantes y soldados estadounidenses. Mis abuelos debían de haber oído historias, historias sobre lo que había ocurrido antes de que llegaran sus padres, historias sobre las guerras indias y la guerra de Secesión en las que un regimiento de noruegos, liderado por el coronel Hans Christian Heg, que era un abolicionista acérrimo, combatió por la Unión. Los reclutaban en cuanto ponían un pie en Minnesota. No hablaban inglés, de modo que lidiaron con la guerra en noruego.

Cuando su hermano Torkel le comentó en una carta sus planes de emigrar, Ivar le contestó que no fuera.

Los que emigraron de Noruega en grandes oleadas durante el siglo xix y principios del XX, una cuarta parte de la población total del país, no tenían una buena posición económica. Muchos eran granjeros sin granja: los segundos, terceros y cuartos hijos que estaban destinados a no heredar nada. Se trasladaban a las ciudades buscando trabajo, pero no siempre encontraban, y en Amerika había tierras. Los hombres llegaban solos o acompañados de sus mujeres. Algunos sobrellevaban la vida en las llanuras, eran el prototipo de inmigrante que encajaba en el mito estadounidense de los robustos pioneros que «domeñaron» el territorio «virgen». Pero muchos otros regresaron a su país. Algunos enloquecieron. En el extenso estudio psiquiátrico que realizó Ørnulf Ødegård en 1932, descubrió que el número de inmigrantes noruegos tratados por trastornos psicóticos en Minnesota era significativamente más elevado que el de los noruegos que no se habían desplazado y el de los estadounidenses nativos descendientes de noruegos. Ødegård especuló que la diferencia se debía a la ardua realidad de ser extranjero en tierra extraña.

Por supuesto, esta es la perspectiva amplia, que estoy segura de que mi abuela nunca adoptó mientras se esforzaba por dar de comer y vestir a sus hijos después de que su marido se marchara para trabajar de jornalero en las granjas vecinas, y que más tarde cruzara el país para trabajar en una fábrica militar del estado de Washington durante la guerra. Padre e hijo se reencontraron allí. A mi padre lo habían asignado a una unidad de inteligencia que entrenaba en Oregón como parte de un plan provisional de los aliados de invadir Noruega. En cuanto a sus calificaciones, había obtenido una puntuación alta en una prueba de cociente intelectual y hablaba noruego. En sus memorias, recuerda que cuando se reunió con su padre y vio que llevaba el anillo de boda, se sintió feliz. En ninguna parte de las memorias se menciona el resentimiento y el distanciamiento entre sus padres. No hay ninguna otra alusión a anillos de boda puestos o sin poner o al dolor de un dedo desnudo frente a otro con el símbolo del pacto conyugal.

Mi abuela solía decir que no debería haberse casado con Lars. Todos se lo oímos alguna vez y todos pensábamos lo terrible que era afirmar algo así.

No sé cuándo mi abuelo se desmoralizó y se encerró en sí mismo. Sé que tenía pesadillas y se despertaba gritando, y que una vez golpeó el techo del pequeño cuarto donde dormía. No recuerdo cómo lo sé, pero los secretos volaban en la familia, secretos cargados de emoción. Yo veía que eran como piedras guardadas en los bolsillos ocultos del abrigo de un hombre corpulento y que llevarlo significaba cargar con el peso de la vergüenza. ¿Acaso se pensaban los adultos que los niños no nos enterábamos? ¿Es posible que yo me enterara más que mis hermanas y primas? He usado la imagen de un diapasón antes, pero así es como recuerdo a la niña que fui, como un instrumento reverberante, no de sonidos sino de sentimientos en las distintas habitaciones donde me encontraba con los adultos y sus enmarañadas emociones de amor y odio que debían de mezclarse con las mías, y un deseo ferviente de liberarme de su peso opresivo. Pero ese deseo era tan impronunciable para mí como lo fue para mi padre. La gran suerte es que puedo escribir ahora sobre ello.

A los escandinavos en general, y a los noruegos en particular, se los describe a menudo como personas estoicas y reprimidas que viven sus tormentos entre bastidores en lugar de sobre el escenario. Henrik Ibsen hizo desfilar a la vista del público que acudía al teatro los secretos y los fantasmas, y la angustia y la culpa que creaban en las personas a quienes poseían. Mi padre enseñaba a sus alumnos las obras de Ibsen. Era su asignatura favorita. Cuando se estaba muriendo me preguntó qué pensaba de La casa de Rosmer y lamenté no recordar mejor la obra. La releí después de su muerte. Es densa y profunda, y está llena de miedos y esperanzas político-sexuales, expresados y no expresados. En el centro de la obra se encuentra Rebecca West, una figura de ambición denodada, gran complejidad psicológica y ambigüedad moral. Es culpable de llevar al suicidio a Beata, la esposa de Rosmer, que es el hombre a quien ama. También es una criatura de gran idealismo, rabia silenciosa e inteligencia estratégica. Ibsen entendió con intensa lucidez la posición imposible de la mujer en el mundo de los padres. «Sin duda, eras la más fuerte en Rosmersholm —le dice Rosmer a Rebecca—. Más fuerte que Beata y yo juntos.»

 

Mi abuelo no tenía la fuerza de mi abuela. No tenía su chutzpah (descaro), por tomar una palabra de otra cultura inmigrante con la que me emparenté por matrimonio, la cultura de los judíos de Europa del Este que también llegaron en gran número en el siglo XIX. Tillie hacía y vendía lefse para mantener a raya la desesperación. Corría otro rumor de que en una ocasión se había llevado algo de una tienda, es decir, de que había robado. Mi madre me lo contó en voz baja. Se desconocen los detalles.

Es posible que lo hiciera. No fue a la cárcel. No estoy escandalizada.

La historia que voy a contar la sé por mi madre, pero era de la abuela. Un verano vinieron a visitarnos al Medio Oeste los primos de Seattle. El tío Stanley era el único descendiente Hustvedt que se había ido a vivir lejos. Él y su esposa, Pat, eran unos padres severos. Sus

numerosas sanciones y amenazas de castigo iban dirigidas exclusivamente a sus cuatro hijos, pero siempre que me encontraba lo bastante cerca para oír las directrices autoritarias notaba que las extremidades se me ponían rígidas y el corazón se me aceleraba, como si estuviera en su piel. Ellos vivían en un mundo y nosotros en otro y cuando los dos chocaban en la granja se producía una situación extraña. Yo sabía que a mis padres, partidarios del laissez-faire, no les gustaba el régimen extranjero, pero lo toleraban en silencio. De los adultos, solo la abuela dio a conocer su desaprobación. Hacía muecas, murmuraba, meneaba la cabeza y chascaba la lengua cuando su hijo y su nuera impartían sus órdenes. Eso lo recuerdo.

Lo que no recuerdo, porque no estaba allí, es el par de días que Stanley y Pat dejaron a sus hijos con los abuelos para irse de viaje solos. El abuelo no forma parte de la historia, pero dondequiera que estuviese, cuesta imaginar que le poseyera el deseo de interferir en los

planes de su esposa. La abuela le contó a mi madre que ella y los niños contemplaron cómo el coche de sus padres se alejaba, pasaba por delante de la iglesia Urland y

desaparecía colina abajo. Entonces se volvió hacia sus pupilos temporales, asintió y dijo: «Muy bien, ahora desmadraos». Y eso hicieron ellos. Aullaron, silbaron, rodaron por el suelo del camino de entrada, tiraron todo lo que tenían a su alcance, entraron y salieron de la casa corriendo, dieron portazos, propinaron patadas a árboles y vallas, y se escupieron unos a otros en una orgía de libertad mientras mi abuela, sentada tranquilamente en el césped, los observaba con una sonrisa de placer cómplice.

Qué aburrida estoy de las trilladas historias sobre las abuelas, objeto de tantas sandeces culturales y no solo de las que se leen en las tarjetas de felicitación rosadas, aunque también hay mucho de eso. «Una abuela es abrazos cálidos y dulces recuerdos», nos informa la inspiradora escritora Barbara Cage. Qué oportunos han sido los tópicos y las historias sobre la calidez, la bondad, la abnegación y el sufrimiento conmovedor de la abuela, contados y vueltos a contar para consolar a las generaciones posteriores y neutralizar toda amenaza de sus contrarios.

Tillie era una mujer difícil. No reprimió su rebelión ni combatió su risa mordaz o su alegría abierta. No disimuló su furia cuando le sobrevenía.

En su libro Emotions in History: Lost and Found (2011), Ute Frevert apunta: «Desde la antigüedad, se ha visto la ira como un atributo de los poderosos». Vi por televisión a Brett Kavanaugh, que hoy en día es miembro del Tribunal Supremo de Estados Unidos, enfurecerse con lágrimas en los ojos por la indignidad de la situación. ¿Cómo podía él, él, el joven ungido de la ley, ser acusado de abuso sexual por la profesora universitaria Christine Blasey Ford? La ira es un privilegio de los poderosos, de los hombres blancos en Estados Unidos.

No es para el resto de los mortales, que debemos controlarla y tragárnosla entera. La mujer debe permanecer humildemente sentada mientras testifica con voz suave, serena y femenina, ansiosa por «ayudar» a sus interrogadores.

«Mi ira me ha causado dolor, pero también me ha valido para sobrevivir y antes de renunciar a ella quiero asegurarme de que hay algo, cuando menos tan poderoso como ella, que podrá reemplazarla en el camino hacia la claridad», dijo Audre Lorde en su discurso «Usos de la ira: Las mujeres responden al racismo». La ira le aguzó la inteligencia y electrificó la prosa de sus ensayos. Sabía contra quién iba dirigida y por qué y eso incluía a las feministas blancas que habían cerrado los ojos ante verdades odiosas y desagradables. Mi abuela no era tan clarividente y no tenía tanta agudeza intelectual, carecía de tanta penetración filosófica para analizar su suerte. Era una mujer blanca sujeta a las desconcertantes realidades del matrimonio, y la pobreza y la vergüenza que las acompañaban.

Ella tenía ira. La ayudó a sobrevivir. Su fantasma ha vuelto a mí acarreando cubos de agua, una mujer que en otro tiempo me fascinaba y me aterraba a la vez y cuya imagen había sido filtrada, al menos en parte, por la ambivalencia de mi padre, esa mezcla de amor y odio de la que él nunca pudo hablar realmente. No hay nada simple, heroico o puro en este fantasma. Soy muy consciente de que hay mucho de ella que sigue oculto  para mí, que nunca conoceré. El tiempo ha cambiado a Matilda Underdahl Hustvedt en la mente de su nieta. Recuerdo cómo rompía los silencios una y otra vez.

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