Alejandro González Castillo

LECTURAS | Manual de carroña, de Alejandro González Castillo

Crecí bien cerca de un río de excremento apodado De Los Remedios, un bosque artificial agonizante y una Universidad cercada por antros, prostíbulos y negocios dedicados a vender retretes y lavabos. Una zona polvorienta y violenta, sebosa y de broza también terrosa.

Ciudad de México, 29 de marzo (MaremotoM).- El periodista Alejandro González Castillo ha escrito en las revistas más importantes de música del país y en publicaciones como Vice, Playboy, Proceso, Nexos Tierra Adentro; además de firmar en diarios nacionales y chilenos.

También fue uno de los coordinadores del libro 100 discos esenciales del rock mexicano (Antes de que nos olviden).

Manual de carroña es su primera compilación de crónicas perras y callejeras bajo el auspicio del sello editorial Producciones El Salario del Miedo.

El Manual de carroña de Alejandro González Castillo es una rara avis de amor al oficio periodístico y sus pasiones que nada le pide a los maestros del género. Su prosa mordaz y depurada pone al día una fértil tradición de literatura picarezca mexicana desde la crónica”, ha dicho JM Servín.

Manual de carroña
Manual de carroña. Foto: Cortesía

Fragmento de Manual de Carroña, de Alejandro González Castillo, con autorización de Producciones El Salario del Miedo.

“Lo más bello fue haber viajado —casi siempre— con todos los gustos pagados”.

Efraín Huerta

Perra callejera en brama

La crónica no es un género literario, sino un animal. Juan Villoro llegó a decir que se asemejaba a un ornitorrinco, pero antes de aceptar tal equiparación yo pondría una tachuela en el mapa, justo en el lugar donde vivo, para así contar que no comparto tal punto de vista por una razón muy simple: nací, crecí, sigo viviendo en las orillas de la capital mexicana y jamás ha pasado frente a mí un ornitorrinco. Nunca he salido a la calle para encontrarme con una de esas bestias, peculiares injertos de pato con castor, en una esquina cualquiera. Tomando esto en cuenta, prefiero decir que la crónica pertenece al género de los canis. Específicamente de los canis lupus familiaris; es decir, los perros. Rápido: para mí, la crónica es un perro. O mejor dicho: una perra.

Hablo de un ejemplar en celo. Y como la corrección política indica debe apuntarse: en situación de calle. En términos llanos: me refiero a una perra callejera en brama. Así es la crónica. La clase de animal que he encontrado, desde siempre, apenas me despierto para pisar las banquetas. Digo esto con conocimiento de causa, porque me crié en una esquina de la ciudad, justo en los alrededores de un puente peatonal que opera como frontera entre el viejo DF y el Estado de México, la cicatriz que separa a Neza de Aragón. Ahí, la Av. 608 se transforma en La Central y una ruta férrea de cascados rieles se aferra a vivir entre gallinas descabezadas y cerros de escombro.

Crecí bien cerca de un río de excremento apodado De Los Remedios, un bosque artificial agonizante y una Universidad cercada por antros, prostíbulos y negocios dedicados a vender retretes y lavabos. Una zona polvorienta y violenta, sebosa y de broza también terrosa.

Me hice entre cháchara para la talacha y paca de garrabara. Me fui haciendo largo con vecinos pamboleros y cumbiancheros, amigos de moronga y compañeros todos de clase, así como con gandules que le pegaban a Roberto. Me armé entre postes de luces flacas, topes y zanjas; planché los pisos de la San Felipe, Casas Alemán, todas las campestres y dos valles de Aragón; viví en la Providencia y La Pradera y fui a parar al ladito de la Martín Carrera luego de rolar las rolas que en Ciudad Azteca se entonan. Nunca lo busqué, pero puro barrio agrio me tocó. Colonias llenas de perras asoleadas, perras criollas corriendo a diario, huyendo todo el tiempo, asediadas, sedientas y acedas por culpa de manadas de machos con la lengua de fuera.

Hordas de bestias listas para romperse el hocico, para destrabarse la quijada con tal de preñar, de prolongar la rabia, de poblar camellones con nuevas camadas. Cuadrúpedos garrudos que viven de comer carroña en camellones y desperdicio en los callejones.

Digo que la crónica es como ellas, las perras en brama, porque supe día a día, desde que iba a la primaria, que las hembras caninas caminan y caminan. Se la viven caminando y si de algo saben es de la noche, porque entre sus orejas trazan planisferios nocturnos que Google Maps envidiaría. Las hembras peludas ubican a la perfección los sentidos vehiculares, y de los puentes peatonales conocen de memoria el número de escalones; además, consideran cada cuántas cuadras brilla el rojo de un semáforo y saben de talleres mecánicos y basureros, escuelas y parques, pero también dónde venden mota y piedra y saben hasta qué esquina llega el tianguis de los jueves. Vaya, que saben a qué hora da rondín la patrulla, a qué huele el teporocho, la que vende tamales, cuándo le bajó a la vecina y cómo sabe el arroz echado a perder que los del puesto de comida corrida echan a la coladera.

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Esas perras meten la cola cuando huelen a un amigo destazado en la plancha de la taquería y lamen con gratitud cuando les acercas un bolillo; pero también marcan raya ladrando, mordiendo, salpicando baba y enseñando las garras. Se han hecho ariscas desde que sobreviven a cubetazos de agua, a croquetas envenenadas y a las patadas que los de mala entraña les sueltan. Han aprendido a defenderse porque soportan miradas asqueadas y pedradas; las acechan la sarna y el moquillo, el calor de primavera y el frío de enero. Son rudas. Cómo no iban a serlo, si huyen de la perrera y esquivan a los bólidos que corren a más de cien. Se comportan esquivas porque saben de hambre y también de indiferencia. Fundamentalmente de eso comprenden todo: del hambre; también de indiferencia. Tal como le pasa a la crónica, a la crónica callejera, callejera y en brama. A la clase de crónica que a mí me gusta leer y que procuro hacer.

Esa que avanza dejando un discreto rastro de sangre.

Escribo porque no tengo de otra. No voy a decir que me nació la vocación una madrugada romántica, tras embriagarme leyendo a Hunter S. Thompson. No. Estudié periodismo, es cierto; pero fue una decisión que tomé en el arrebato, tras reprobar cálculo renal en la prepa. En aras de no saber nunca más de matemáticas, cuando mi plan original era ser contador. Me incliné por el periodismo sin tener la más mínima idea de en la que me metía. Desde entonces empecé a escribir, pero lo hacía con el mismo impulso que me llevaba a dibujar y tararear canciones; un asunto salvaje, bruto: agarraba el teclado con letras porque no tenía otra opción. Escribir me aliviaba tanto como rascarme la espalda o sonarme la nariz. Hoy, la cosa sigue más o menos igual; aunque ya me atrevo a enseñar lo que tecleo. Porque sí, durante años a nadie le mostré mis textos —¿a quién podrían interesarles?— hasta que un día me decidí a imprimir uno y regalárselo a la que entonces era mi novia. En dos páginas describía lo que la música de Suede me provocaba. Le gustaron mis párrafos y con eso me bastó, de ahí me la seguí.

Envalentonado por ese hecho, cuando llevaba años de haber terminado la carrera, me hundí en el mundo del periodismo rockero. Es decir, me arrojé al fango, directo. Debuté con una crónica en la entonces prestigiada revista La Mosca y desde entonces no paré. A partir de ese instante, también, comprendí que ganar dinero escribiendo de rock no era la mejor de las ideas, pero (y en este caso sí fui romántico) creí que lograría sostenerme, construirme una vida decorosa. Me aferré, me emperré. Comencé a publicar en varias revistas y sitios en la red y eso me llevó a internarme en lugares estridentes y sórdidos así como a disfrutar de otros muy delicados y finos. Mi mapa mental se agrandó de una manera sorprendente. En caminar y caminar, escribir y escribir, fui encontrando un estilo de vida que si bien no me permitía demasiados lujos, sí que me estimulaba los oídos. A la fecha, soy la prueba viviente de que se sobrevive siendo freelance (quizá el escaño más bajo en el mundo periodístico), pero para lograrlo he tenido que aprenderme mil maromas. Maromas que no cualquiera estaría dispuesto a ejecutar.

Como conté, me arrojé al lodazal por decisión propia. Tal como he tomado la iniciativa de seguir viviendo en los mismos rumbos de toda la vida. En la fisura que separa al cuarto del sexto mundo. Y me niego a moverme porque, como perro, ya estoy acostumbrado a los aires de mi barrio, a la brizna seca de la esquina donde me crie, al viento polvoriento que de alguna manera ha definido mi modo de escribir. Ese, el aire que lleva a los machos a ir tras las perras en celo para preservar la especie, tal vez sea el aliento que me impulsa a rascarme las pulgas que, con forma de palabras, me rondan y aviento por todos lados cuando me pongo frente al teclado. Me asumo como cronista musical periférico (o mejor escrito: del Periférico). Y acepto ante el demonio que una de las maneras que he encontrado para mantener mi espíritu más o menos intacto ha sido escribiendo de las cosas que vivo mientras la música ronda mis oídos. En las páginas de este libro, de modo casi azaroso —tras un maratón de lectura donde hubo correcciones, redenciones, adiciones y adicciones— vacié algunas cuantas historias de la calaña que conté: anécdotas perras, callejeras y en brama.

Si a ti, lector, algún renglón de los acá apilados te arranca una sonrisa, me doy por bien servido.

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