Javier Limón

LECTURAS | Memorias de un productor musical, de Javier Limón

Un maravilloso relato en primera persona de los últimos veinte años en el mundo de la música en España. El gran productor Javier Limón es ganador de ochos premios Grammy y ha producido casi cien discos de artistas como Diego el Cigala, Bebo Valdés, Paco de Lucía, Andrés Calamaro, Buika, Ana Belén, Antonio Orozco, Estopa, Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina, entre muchísimos otros.

Ciudad de México, 11 de marzo (MaremotoM).- Javier Limón es probablemente el productor musical español más importante de los últimos veinte años. Ganador de ocho premios Grammy, ha producido casi cien discos de artistas como Diego el Cigala, Bebo Valdés, Paco de Lucía, Andrés Calamaro, Buika, Ana Belén, Antonio Orozco, Estopa, Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina, entre muchísimos otros.

En estas fascinantes y divertidas memorias, repletas de anécdotas y de personajes conocidos, Limón nos cuenta como un chaval madrileño sin mucho talento musical se acabó convirtiendo en una leyenda de la música y en factor clave para el surgimiento de numerosos sonidos y movimientos en la escena musical española.

Adelanto de Memorias de un productor musical, de Javier Limón, con autorización de Debate / Penguin Random House

Me embarco en este libro con el propósito de animar la conversación —y acompasarla al pulso de la memoria— en algunas de las tertulias nocturnas que frecuento en mi querido Madrid, donde nací hace cuarenta y siete años y donde transcurre buena parte de esta historia. Esta es la peripecia vital de un niño que consiguió vivir de la música sin antecedente —ni ascendente— conocido en ese universo. Vaya por delante —y permítaseme— un deseo: ojalá este relato pueda encender la motivación de algún otro muchacho que, sin tradición familiar, ventaja económica, talento o habilidad especial para tal fin, aspire y acierte a hacerse con un lugar en tan azaroso y prodigioso oficio.

Me viene a la memoria un recuerdo de infancia. Cuando tenía diez años me escribí una carta a mí mismo que mi madre, Ana Limón, guardó con mimo para que la releyera al cumplir los cuarenta, con suerte, mediado ya mi tránsito por esta vida. La carta era una tarea escolar. Por aquel entonces cursaba mis estudios en el Huarte de San Juan, en Madrid, y esa tarea parecía uno más de esos intrascendentes ejercicios que no suelen presagiar gran cosa. Pero no iba a ser esa mi suerte, porque a mí sí me llegó la carta. Ya de niño me tenía a mí mismo por un payaso. En primaria me divertía decir tonterías y hacer reír a los demás; era un chico plenamente feliz. La misiva en cuestión enumeraba las profesiones con las que soñaba: ingeniero químico o papa. Ni cura ni jesuita, sino papa; propio de un tipo ambicioso, diríase. Añadí también que me gustaría ser «investigador de pirámides» —digo yo que de eso se trataría la última película que había visto en el cine—. Pese a lo referido en aquella carta, concluía sentenciando: «Pero lo que amo y amo y amo es la música, y es lo que está por encima de todo». A los diez años no veía la música como una profesión, ni siquiera como un pasatiempo. La música era para mí, y lo sigue siendo, una necesidad.

Me acerqué al sonido jugando. Esa suele ser la manera en que mejor se aprende todo. En mi caso, pidiendo como regalo de Reyes un violín o un acordeón. Con los años, próximo ya a la adolescencia, la relación con aquel arte tomó una senda que me llevaría a vivir dos experiencias que marcarían mi singladura vital. Primero en la escuela de los jesuitas, el Colegio Escolanía Mater Amabilis, donde seguí cursando mis estudios, y luego en el que siempre ha sido mi pueblo andaluz de adopción, San Bartolomé de la Torre, en la serranía de Huelva.

El colegio donde estudié primaria fue determinante para el hecho de que quisiera formarme como músico. Ubicado en el 104 de la madrileña calle de Serrano, el centro se hizo famoso en medio mundo el 20 de noviembre de 1973. Esa mañana, el coche en el que viajaba el almirante Carrero Blanco se estampó en el patio de la escuela como consecuencia de la explosión que le costó la vida. El recuerdo de tan sonora efeméride, así como el de la propia llamada de los etarras al colegio, a fin de asegurarse de que los niños no estuvieran en el patio, dejaría una marca indeleble también en la memoria de las generaciones venideras.

Era un claustro diminuto, pero que en aquella época, como suele ocurrir con los recuerdos de infancia, se antojaba gigantesco, como un desierto inconmensurable. Fue la época más feliz de mi vida. Hoy, treinta años después, los alumnos de mi promoción seguimos en contacto. No conozco a nadie que vea con regularidad a sus compañeros de primaria. Quiero pensar que lo que todos sentimos entonces en ese grupo tan especial —a saber, solo chicos— acabó forjando un vínculo muy singular. No se trataba de un centro al uso. Los jesuitas vieron en ese colegio el medio para engrosar los efectivos de una escolanía en ciernes, un coro de voces blancas que cantara en las misas. Cada mañana era obligatoria la eucaristía y se ensayaba una hora diaria. Trabajábamos ya con un repertorio propio de quienes cultivan el canto litúrgico: Tomás Luis de Victoria, Pergolesi, Palestrina y Schubert. Podías amar u odiar la música, pero nunca sentir indiferencia. Además de la consabida dosis de canto diario, amenizábamos las misas del fin de semana, y participábamos en las celebraciones propias de la Navidad y la Semana Santa.

De aquel centro salías músico, cura o terrorista. Mi formación temprana discurrió por los vericuetos de la música clásica. No recuerdo haber escuchado nada de la movida madrileña de los años ochenta, como Alaska o Loquillo, ni de U2, Madonna o Michael Jackson. Cuando algún sacerdote insensato vino con aquello de que los grupos de heavy como AC/DC interpretaban música del diablo, y que si escuchabas sus canciones al revés podías oír soflamas demoniacas, se me ocurrió preguntar, con la mayor humildad, si sucedía otro tanto con las obras de Bach o de Mozart. Me hubiera autoexcomulgado antes que renunciar a los grandes maestros, pero me tranquilizaron; ninguno de ellos militaba en la liga diabólica. Mis amigos se quejaban, visiblemente molestos, porque a ellos les gustaba el rock ‘n’ roll. Con el tiempo acabaría convirtiéndome también al culto a AC/DC e ingresando en la cofradía de la metalurgia roquera, y mis hijos se han criado con blues y rock desde su más tierna infancia; pero aquellos eran otros tiempos.

Cuando le dije a mi padre, Francisco Javier López Maza, que no me iba a matricular en las clases de solfeo, un poco por vaguería o despiste, se enfadó conmigo. Mi padre no era músico, pero le habría encantado serlo. Tocaba la guitarra y una armónica cromática que nunca llegó a dominar del todo. Parecerá una tontería, pero al día siguiente de aquella bronca me apunté a esa clase. Nunca se lo agradeceré lo suficiente. Aquella oportuna admonición cambiaría mi vida.

Javier Limón
Memorias de un productor musical, editado por Debate. Foto: Cortesía

La clase de solfeo con los jesuitas era gratis. La impartía Francisco Moreno, don Paco, director del coro y una de las personas más importantes de mi vida en lo que concierne a mi formación musical. Me enseñó a amar la música. Con diez años me descubrió a compositores como Mahler o Händel, no solo las melodías de Vivaldi y Beethoven. Me explicó el significado de la polifonía en la música sacra; conocí, a través de sus enseñanzas, el clasicismo y el romanticismo —también el nacionalismo que de este último emana—, junto con las características distintivas y los atributos respectivos de cada movimiento que era preciso conocer. Hay mucha más disparidad entre la polifonía de Tomás de Victoria y la música de Shostakóvich que entre, por ejemplo, la electrónica y el jazz.

Don Paco nos daba clases, pero yo quería estudiar música clásica de manera reglada, deseo que me llevó a matricularme en el Conservatorio de Madrid, del cual no guardo recuerdos muy agradables. Esta institución parecía haber sido concebida para formar a buenos compositores, pero no destacaba por iniciar a sus estudiantes en el amor por la música ni parecía, tampoco, mostrar interés alguno en poner el acento en la formación de buenos intérpretes. Ni que decir tiene que ni se abrió ni se ha abierto a otras músicas más allá de la tradición clásica europea. Las pruebas de ingreso eran muy exigentes, y aún más si escogías el piano, que era lo que todos los aspirantes queríamos aprender a tocar.

CONSEJO A TIEMPO

Cuando enseño a mis hijos algunas nociones musicales, me planteo con frecuencia si el esfuerzo merece la pena, si no sería mejor que pasaran todas esas horas jugando en la calle, leyendo o simplemente tirados en el sofá. Pero siempre recobro la lucidez cuando recuerdo las palabras de mi padre, embargado por un colérico enfado, el día que llegué del colegio y le conté que había decidido no apuntarme a las clases extraordinarias de solfeo. Y si con esto no bastara, exhumo del baúl de los recuerdos la imagen de mi madre esperando bajo la lluvia durante horas para matricularme en el Conservatorio de Madrid. No era fácil conseguir plaza. De hecho, como el piano estaba tan solicitado, convenía inclinarse por algún instrumento extraño para asegurar el ingreso. De ahí vino mi afición por el oboe y mis cursos iniciales de música. Harta de la espera, mi madre, empapada, a punto estaba ya de tirar la toalla y volverse a casa. Una anciana cubana que llevaba esperando las mismas horas le contó que durante años había sido una pianista importante en La Habana y que la música le había dado las mayores alegrías. Tras la revolución tuvo que huir del país rápidamente. «Me quitaron mi casa, mi familia, mis libros, mi ropa, nunca más volví a ver a mi madre, pero lo que nunca me podrán quitar es esa sensación de felicidad que tengo cada vez que me siento delante de un piano y empiezo a tocar. La música es lo único que nunca me pudieron robar». Mi madre comprendió que merecía la pena esperar un poco más bajo la lluvia y matricularme. Gracias a ese gesto, a esas palabras providenciales, puedo decir que vivo de y para la música. Por todo ello, cada vez que me asalta la duda sobre si el esfuerzo exigido a mis churumbeles para aprender este noble arte merece la pena, inmediatamente recuerdo que acaso no haya cosa más hermosa en el mundo que ser músico.

A mí siempre me llamó la atención el oboe. Sé que tal vez pueda antojarse una elección de lo más inusual, pero enseguida os aclaro el porqué. La tarde que fui con mi madre al cine a ver Amadeus, se me quedó grabada la escena en la que Salieri disertaba sobre las propiedades del oboe y el clarinete. Y allí mismo, en ese preciso instante, le dije a mi madre: «¡Ese es el instrumento que yo quiero!». Un oboe entonces costaba el equivalente a nueve mil euros de hoy. Mi familia era muy humilde, mi madre no trabajaba y mi padre tenía un oficio muy modesto, vendiendo informes comerciales a las empresas de la ciudad. Pidieron un préstamo al banco para comprar el instrumento de caoba y plata que deseaba el niño a sus doce años.

Mi primer profesor en el Real Conservatorio de Madrid se llamaba Ángel Beriaín, oboísta y maestro también de corno inglés. Probablemente fuera el mejor músico de la Orquesta Nacional de España, pero no estaba hecho para la docencia. Acabé detestándolo. Siendo de por sí un instrumento de enorme complejidad, requiere que el intérprete se fabrique sus propias cañas y es preciso acometer su estudio de manera muy rigurosa. Conviene también aclarar aquí que no abundan, precisamente, las partituras de música moderna escritas para oboe. Y no es menos cierto que apenas suelen prodigarse por las secciones de viento de las big bands o en las grandes formaciones de jazz, pero me enamoraba su sonido, me parecía el instrumento más bello de cuantos me había sido dado conocer. La misión de mi profesor era enseñarme a tocarlo, como si de cualquier otro oficio se tratara, a fin de obtener una posición estable en una orquesta; camino que a él, a decir verdad, viniendo como venía de una familia humilde de carboneros, le había dado muy buen resultado. Para rizar el rizo, el profesor del instituto le dijo a mi madre que no veía con buenos ojos que compaginara los estudios de música con los de tercero de BUP, un curso difícil, y que no me iba dar tiempo para seguir ambas enseñanzas con la dedicación necesaria. Así las cosas, con todo tan a favor, mi madre, ya viuda, y yo decidimos que la mejor opción era dejar de estudiar música y centrarme en el instituto. Vendimos el oboe por apenas trescientas mil pesetas. Muy probablemente nos engañaran tanto al comprarlo como al venderlo, y nos apañamos con un piano para poder continuar practicando, aunque no fuera de forma reglada.

Pero, amigos, la música es como un veneno; una vez te atrapa ya nunca te suelta. A pesar de aquel primer fracaso instrumental, mis caminos no dejaban de conducirme, una y otra vez, al universo sonoro de las artes musicales. No obstante, he de reconocer que si me hubieran enseñado a amar y a conocer el instrumento de una manera más romántica quizá hubiera terminado convirtiéndome en un gran oboísta y dando con mis huesos en alguna orquesta; pero, quiero pensar que afortunadamente, abandoné el instrumento a los quince años y me marché a Estados Unidos, decisión de la cual me alegro cada día de mi vida. Sea como fuere, he de reconocer, en honor a la verdad, que el oboe, aunque apenas se prodigue en las músicas modernas como el jazz o el blues, prueba fehaciente de que su versatilidad es manifiestamente mejorable, tiene el sonido más bello que un instrumento fabricado por el hombre pueda alumbrar. Mi opinión en cuarenta años no ha variado un ápice: me encantaría volver a tocarlo algún día.

Durante el curso pasaba la mayor parte de mi tiempo en la escolanía, y al llegar las vacaciones me instalaba en Huelva. Durante casi cuatro meses al año veraneaba en San Bartolomé de la Torre, el pueblo donde nació mi madre. Aquellos sí eran veranos azules, con mis primos hermanos haciendo el loco. Y ahí es donde recibí la mayor influencia de mi vida, la canción andaluza y el flamenco. Hay dos tipos de palos, los más rítmicos, que se han desarrollado más en Cádiz, Huelva y Sevilla, con unos códigos concretos, y otros más libres, propios del este de Andalucía, como Granada, Málaga y Almería, que tienen otras reglas. En la rama rítmica, tenemos soleá, seguiriya, alegrías, tarantos, tangos, tientos, tanguillos, fandangos, verdiales, bulerías y palos de ida y vuelta o rumbas.

Entonces, en mi casa, la banda sonora del verano era el fandango, la música que mis tíos cantaban en los cumpleaños, bodas y bautizos. El fandango de Huelva, con sus incontables variantes, se escucha en la comarca del Andévalo. Mi pueblo, San Bartolomé, está ubicado en un enclave estratégico: a diez kilómetros de Alosno y a quince de Gibraleón, donde hunde sus raíces ese canto. Cualquier panadero, policía o albañil te canta por fandangos y lo hacen sin tacha. Ahí el folclore pone más el acento en la letra que en el toque de la guitarra, a diferencia de otras partes de Andalucía, donde la rítmica o el repertorio adquieren mayor preponderancia. Además, Paco Toronjo, considerado el mejor cantaor por fandangos de Huelva, hizo la mili con mis tíos y era como parte de la familia. Ahí es nada.

De toda mi familia y amigos en Huelva destaca mi abuelo Pepe Limón. Nació en 1900 en una familia de acomodada posición social gracias a las tierras que tenía en propiedad. Su madre fue la primera mujer que aprendió a leer y escribir en Huelva. Durante los años de la posguerra se dedicó a criar a sus doce hijos, de los cuales mi madre era de las más pequeñas. La verdad es que fue un buen hombre que ayudó a cuantos estuvo en su mano. Vendía el trigo y compraba el pan por más dinero de lo que a él le hubiera costado hacerse el pan con su propio trigo. Pero eran tiempos de penurias y acabó perdiendo su patrimonio. Cuidó de su hermano mayor, quien padeció el infortunio de la locura. Su gran pena fue no haber podido estudiar, como hubiera sido su deseo, y para remediarlo se pasó la vida leyendo. Poseía una sabiduría y una cultura enormes. Lo conocí a sus ochenta años y me bendijo convirtiéndome en una especie de nieto favorito al que ilustraba con toda suerte de experiencias, desde salir al campo a plantar cebollas hasta aprender a leer la Torá, a fin de iniciarme en el conocimiento de otras religiones. Mi madre, al haber sido de las pequeñas, no vivió la época dorada de la familia, pero tampoco pasó grandes penurias. Ella se fue a los diecinueve años a Madrid sola para trabajar en la «Nueva España» y se instaló en una pensión, donde conoció a mi padre. Tiempo después se casaron y nacimos mi hermano Ricardo, mi hermana Salomé y yo.

En mayo de 1986 murió mi padre a causa de un cáncer en el intestino delgado. Fue un mazazo tremendo, quebró mi felicidad de golpe y porrazo. Aquella desgracia me cambió, quería convertirme en un niño modélico de cara a la sociedad. Solo pensaba en cómo resolver bien mis deberes y obligaciones, en mi preparación. No salía con chicas, no fumaba, no bebía, no iba a las discotecas, solo pensaba en ayudar a mi madre, que por aquel entonces llegaría a tener hasta cinco trabajos a la vez. Hazaña heroica donde las haya, criarnos a los tres y llevar la casa sin ninguna clase de ayuda por parte de la familia, y todo ello con una sonrisa y amor infinitos. Aprendí pronto que la mujer, o algunas mujeres, llegan a unas cotas de sacrificio, inteligencia y excelencia a las que los hombres nos ha sido vedado alcanzar. Incluso alquilábamos habitaciones en casa para procurarnos el sustento. Cuando me cambié de los jesuitas a los escolapios de General Díaz Porlier, donde cursé el bachillerato, fue la época de mi vida en la que menos contacto tuve con la música, obsesionado como andaba con los estudios convencionales. Terminé solfeo y me gradué en el conservatorio pero de una manera casi mecánica. Se me daba muy bien, no era lo que se dice un portento con ningún instrumento en particular, pero poseía una concepción cabal de la música en materia de composición y creación. Fue, con todo, una época de días nublados.

En lo que, sin la menor sombra de duda, se me antoja como una fase de mi vida bastante monótona, uno de mis profesores me planteó la posibilidad de solicitar una beca para estudiar en Estados Unidos. Rellené la solicitud y me la concedieron. La beca la otorgaba Intercultura, asociación que se dedica a mandar estudiantes de España a Estados Unidos, específicamente para cursar el último año de instituto en ese país. Fue toda una experiencia; mis días empezaron a iluminarse de nuevo. En ese curso, mi mente se abrió a muchas otras cosas. Aprendí a valorar la música folclórica, y fue allí donde caí en la cuenta de que mis raíces, el flamenco, el fandango e incluso la copla, eran lo que mejor podía aportar en esos foros. Tocando música clásica era uno más, pero en cuanto interpretaba a la guitarra los dos acordes que mis tíos en Huelva me habían enseñado todo el mundo se daba la vuelta para escucharme.

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Aterricé en la Costa Este de Estados Unidos, donde, por sorteo, me fue asignada una residencia en Flushing Meadows, en la zona de Queens, un barrio muy interesante de Nueva York. Ahí radica uno de los más afortunados imprevistos de mi viaje, dado que hubo alumnos a los que les tocó vivir en Milwaukee o en Wisconsin; gran marrón estar rodeado de vaqueros durante todo un curso. No fue esa mi suerte: pasar un año a principios de los noventa en NY marcaría mi vida para siempre. Llegué a tiempo para disfrutar de las tres jornadas de formación en las que coincidimos todos los alumnos elegidos. Había chicos de Egipto, Suecia, Australia, Alemania… todos con dieciséis años. Un verdadero milagro fue que no acabáramos en la cárcel.

Las familias fueron recogiendo a los alumnos uno por uno, quedé solo el último hasta que llegó una limusina y preguntó por mí. Me dejó en una mansión gigantesca. Solo había visto casas de ese estilo en las películas. El host father, mi anfitrión, Michael Stella, me recibió en un despacho. Yo esperaba alguna bienvenida, alguna fiesta como nos habían explicado en los cursos de formación, pero en cambio Michael, parapetado detrás de su escritorio, me espetó: «No me interesa el intercambio cultural, no me atraen para nada tu país ni tu cultura. He hecho esto solamente porque soy asesor fiscal y todo lo que gaste en ti me lo voy a desgravar. Vas a estar en el mejor colegio católico privado de Estados Unidos, el St. Francis Prep, tendrás una paga diaria de diez dólares y tu uniforme con corbata limpio a diario para el colegio. No quiero ni un problema ni saber nada de ti en todo este año». Me quedé atónito, me entraron ganas de llorar. No había salido de mi casa en la vida. Entonces no se podía llamar por teléfono como ahora, todo se hacía por carta, y tenía la seguridad de que no podría volver a España en Navidad porque andábamos mal de dinero. Me preparé mentalmente para pasar un año muy duro. Subí con tristeza las escaleras rumbo a mi habitación y al abrir la puerta vi una cama queen size, diez pares de pantalones de mi talla que en ese entonces en España eran lo máximo (¡Wow! ¡Levis 501!), diez pares de zapatillas Nike de mi talla, una televisión gigante y una biblioteca. En ese momento me di cuenta que quizá no iba a estar tan mal… Pasé con diferencia el mejor año de mi adolescencia. Me reinventé como un deportista, callejero y roquero y, por fin, pude poner punto final a las andanzas del inocente jesuita.

Me hice amigo de mi host brother que formaba parte del equipo de fútbol. Soy tan dado a contaminarme que, sin querer, me convertí en un futbolista: me rapé y gané veinte kilos de masa muscular haciendo tres horas de pesas diarias. Vamos, que me creía nieto de George Bush padre, que en esos días era el presidente de Estados Unidos. Me pilló por aquellos lares la primera guerra del golfo Pérsico. Incluso acudimos a las marchas de protesta y también a las de apoyo, nos traía sin cuidado el motivo de las movilizaciones con tal de poder ir a Manhattan a vacilar. Mi madre me escribía desde España, muy preocupada, pensando que, a lo mejor, me mandaban a la guerra. Fue un año muy made in USA. Me tocó embriagarme de esa cultura, capaz de lo peor y de lo mejor. Me quedo con una anécdota graciosa. En el transcurso de una cena, mi host father me preguntó quién era ese amigo con el que pasaba tanto tiempo. Peter Gatti, le respondí, el hijo de John Gatti. No sabía que se le conocía como el Dapper Don, uno de los jefes de la mafia, cuya cara adornaba la portada de The New York Times cada dos por tres. Se hizo un silencio sepulcral y, en ese momento, entendí el porqué de las limusinas y los guardaespaldas que rodeaban a mi amigo Peter. Decidí alejarme poco a poco de aquel compañero de travesuras y me busqué otros amigos más afines a mi naturaleza sencilla y humilde. Nunca más supe de él, creo que su hermana hizo un reality sobre los mafiosos que tuvo mucho éxito.

Durante ese año en Estados Unidos descubrí también las músicas que me tocaban escuchar por mi edad: el blues, el rock, el jazz, a Jimi Hendrix, B.B. King, Janis Joplin y todo el panteón del Guitar Hero[1] Era lo que escuchaba todo el mundo. A veces siento que albergo alguna que otra laguna en ese universo musical, puesto que conocí a Led Zeppelin o a The Eagles un poco tarde pero, por verlo como una ventaja, me acerqué a esos sonidos con un oído musical más desarrollado.

Volví a España hecho un desastre. Mi madre se había despedido de un niño educado por los jesuitas, que tocaba el oboe y al que adoraban los profesores, y regresó un chico hecho un armario, rapado, con veinte kilos de músculo, que tocaba la guitarra eléctrica y al que le encantaba AC/DC. Mis tíos en el pueblo me preguntaban qué me había pasado: «¡Te fuiste como un crío de quince años y regresaste hecho un energúmeno de cuarenta!».

Había llegado el momento de entrar en la universidad y, por aquel entonces, no pensaba en dedicarme a la música de manera profesional. Mi madre quería que fuera ingeniero, así que fue a la universidad y me preinscribió en todas las carreras de ingeniería. En Aeronáutica no me admitieron porque no me alcanzaba la nota, pero entré en Agrícola. Al principio me pareció de lo más interesante, pero pronto caí en la cuenta de que, claramente, la carrera consistía en la sublimación de la explotación y tortura de animales. Te enseñaban cómo conseguir que un cerdo engordara a toda velocidad viviendo en dos metros cuadrados, o cómo inyectarle a una vaca el doble de su peso en agua justo antes de sacrificarla. En ese periplo politécnico cometí un pecadillo capital: formé parte de la tuna, tocando la guitarra e intentando levantarme a alguna chica (nada más que añadir al respecto), y me convertí en un campeón indiscutible de mus a base de maratonianas sesiones de ocho horas en la cafetería, lo que me impedía atender a mis clases con la asiduidad requerida.

Para poder ayudar a mi madre con algunos gastos, conseguí un empleo en la compañía de seguros MAPFRE. Al principio operaba como una compañía de asistencia a los asegurados, por lo que mi trabajo consistía en descolgar el teléfono y mandar una grúa a quien se le hubiera averiado el coche. Al poco tiempo, me di cuenta de que debía enfocar mi hiperactividad en tareas que me interesaran un poco más y en las que además se premiara la velocidad. Empecé a colgar las llamadas que me entraban sin dar respuesta. Me ponía a componer o llamaba a mis amigos para pasar el rato. Al cabo de tres meses me citaron en dirección. No había abierto ningún expediente en esos últimos meses. Me puse gallito, la verdad es que no me interesaba en absoluto mi trabajo, pero antes de despedirme me permití sugerirles que controlaran un poco la empresa. «Podría prepararles una auditoría de control de calidad», lancé con todo el morro. El director de recursos humanos se quedó pensativo, y al cabo de dos días me llamó y me pidió que le preparara una prueba. Y, sin más rodeos, acometí la tarea encomendada. Se me daban bien la informática y también las ciencias. Analicé el rendimiento de los empleados y apañé una ratio de productividad, elucubrando porcentualmente cuánto aportaba cada trabajador. No me hablaba ni Dios en la oficina, me negaban hasta el saludo. Al cabo de un par de meses, volví a sentir que me aburría soberanamente. Resolví emplear buena parte del tiempo laboral en componer canciones hasta que me echaron. Me despedí, de paso, de la universidad. Hasta ese momento, mi aproximación a la música se había dado en calidad de amateur. La guitarra eléctrica vino por el acercamiento a un chico, Nicolás López, que era nuestro ídolo en el barrio. En esa época, en 1990 o 1991, cuando hacía fortuna la película Crossroads [Cruce de caminos] todo el mundo quería tocar como Steve Vai, el recientemente difunto Eddie Van Halen o Joe Satriani. Recuerdo, incluso, haber ido al festival Leyendas de la Guitarra, en Sevilla, en 1992. Mi alma Guitar Hero a tope.

Había conocido, a través de la tuna, en la universidad, a Miguel Caro, que era un guitarrista de flamenco. Todavía no había dejado ni mis estudios ni mi trabajo de inquisidor en control de calidad cuando me apunté a clases de guitarra. Practicaba tres o cuatro horas diarias, pero después de medio año me di cuenta de que no podría llegar a ser un buen guitarrista de flamenco. Se trata de un oficio de élite que requiere, además de unas dotes magníficas, de una capacidad de estudio sobrehumana, y yo carecía de todas esas virtudes. Miguel me sugirió que intentara ser cantaor porque tenía mucha voz, fea pero mucha. Podría ser cantaor, de los gritones. Me pareció buena idea y empecé a practicar con los palos. Entré en una agrupación llamada Coros y Danzas. Empecé a viajar por el mundo, incluso pasé un mes en Seúl oficiando como cantaor flamenco. Ahí, en el vestíbulo del hotel Shila, dejaba mi impronta a diario acompañado por bailaores y guitarristas tan malos como yo. Actué en San Juan, Puerto Rico, en festivales de bajo nivel donde vi que podría hacerme con un sitio como cantaor malo. Había llegado el momento en que vi claro que podía y quería dedicarme a la música profesionalmente, y, en concreto, al flamenco.

Pensé en ponerme en contacto con Pepe de Lucía, aún no sé muy bien por qué. Conseguí el teléfono, lo llamé, y le pedí que me diera clases de cante flamenco. Me invitó a su casa y me dijo que cobraba siete mil pesetas por clase, el equivalente a cuarenta euros de hoy, pero entonces era todo lo que ganaba en la empresa. Durante un año, cada semana, acudí religiosamente a su casa con la vana esperanza de que el maestro intentara inculcarme los rudimentos del oficio. Cantaba muy mal, pero mi esfuerzo, durante ese año y los siguientes, acabaría dando unos frutos inesperados, aunque no aprendí más que a entonar, porque para cantar flamenco hay que nacer. Me quedé con los estilos a base de un tesón que nunca habría tenido de no creer firmemente en mi futuro como vocalista. No hay mejor manera de aprender un cante que intentar vocalizarlo. Pepe es un heredero directo de la Niña de los Peines, de Niño Ricardo, de Tomas Pavón y Pepe Pinto, les trató en persona. Tomé clases de un continuador de la época dorada del flamenco. Por buscar un símil, sería como si alguien que no fuera un virtuoso del piano se viera recibiendo clases de Bill Evans. Al mismo tiempo, mientras seguía con mis clases, iba aprendiendo no solo los arcanos códigos del flamenco, sino familiarizándome también con los usos y costumbres de la industria y lo que significaba ser un productor. En el curso de mi formación como cantaor me empapé bien de la teoría y los estilos básicos que marcaron la tradición del cante durante el siglo XX. En el origen, en los principios de la grabación fonográfica, brillan con especial fulgor sus dos máximos exponentes, Antonio Chacón, máxima figura de su tiempo y a la cabeza de la rama más preciosista, y Manuel Torre, gitano y cabeza del cante salvaje y de rajo (romperse el pecho cantando). La edad de oro, quizá la más importante, llegó con cantaores como la Niña de los Peines, Tomas Pavón, Pepe Pinto, Vallejo o Pepe Marchena, por nombrar tan solo algunos de mis favoritos. Fueron ellos quienes elevaron el cante a sus más altas cotas de popularidad y de calidad técnica y expresiva. En los estertores de la dictadura franquista, y en plena apertura a Occidente, surgen dos nuevas figuras que marcarían las siguientes décadas, totalmente revolucionarias tanto en el contenido lírico como en su nueva valoración social: Antonio Mairena, custodio de la ortodoxia, y Manolo Caracol, maestro de la heterodoxia. Ya en el último cuarto de siglo, en lo que podríamos denominar la consolidación de la «revolución», queda el cante marcado a fuego por dos genios indiscutibles: Camarón de la Isla, sencilla e indiscutiblemente el mejor cantaor flamenco de todos los tiempos, y Enrique Morente, el gran creador del cante.

La primera vez que fui a un estudio se grababa Omega, de Enrique Morente, que luego sería entronizado como mejor disco de los noventa en España. Morente y Vicente Amigo entonaban «La aurora de Nueva York» y «Pequeño vals vienés». De ahí al cielo. Trabé una buena relación con Vicente Amigo y mantenía un estrecho contacto con Pepe de Lucía. En esa misma época empecé a conocer a otros flamencos. Recuerdo que pasábamos todas las Nochebuenas con Ramón de Algeciras, Alejandro Sanz y Paco de Lucía. La primera vez que vi a Paco de Lucía estaba con Guayasamín, el gran pintor, y con Felipe González; pero de Paco hablaremos más adelante largo y tendido.

Durante ese tiempo alimentaba aún la ilusión de convertirme en cantaor aunque me daba cuenta de que no poseía las facultades necesarias para tal fin. Recuerdo la primera Nochebuena que pasé con Paco de Lucía y su mujer de entonces, Casilda; a propósito, hija del general Varela. En medio de la fiesta, Casilda me dijo: «Javier, me han dicho que eres alumno de cante de mi cuñado, Pepe. ¿Por qué no nos cantas a todos una bonita serrana?». Todos los presentes prestaron atención y se hizo un silencio incómodo. Desconocía entonces el significado de lo que era la «guasa» (reírse de una persona sin que se dé cuenta, cosa que hacen a menudo los gitanos), pero algo empecé a percibir. Años después, vacunado ya por partida triple ante cualquier eventual brote de guasa sin importar su procedencia, entendí que, en efecto, se burlaba de mí, incluso ha sido motivo de recuerdo después con la propia y querida Casilda. El gran batacazo vino cuando participé en el Festival del Cante de las Minas, que se celebra anualmente en La Unión. Ensayé durante un mes la minera, la malagueña, la bulería, la seguiriya… El caso es que me presenté al concurso en la ciudad de Lorca (sede del festival), en un auditorio al aire libre. Mientras cantaba pasó una comitiva del Real Madrid entonando su himno, y al preguntarle al jurado si querían que me detuviera hasta que pasaran los aficionados, me contestaron: «No, no, tú sigue que aquí no tienes nada que hacer». Quedé en último lugar del concurso y ni siquiera me llamaron para decírmelo. La verdad es que creía que había cantado bien.

Con el tiempo me di cuenta de que había sido un inconsciente. Cuando empecé a saber, a escuchar a los verdaderos cantaores, a entender su profundidad y lo lejos que se puede llegar, comprendí lo ingenuo que había sido pretendiendo convertirme en cantaor. Para que se me entienda, era como si alguien de treinta años y metro sesenta aspirara a jugar en la NBA. No era una cuestión de trabajo, ilusión o ganas, sino de capacidad. Aun así, fue una época interesante en la que aprendí las bases del flamenco, y sobre todo me abrió las puertas al mundo gitano, donde desarrollé la primera parte de mi carrera profesional, una llave que me abrió las puertas del mercado y detonó el tránsito de músico amateur a un profesional reconocido en la industria.

El cante flamenco es tal vez la aportación musical más importante que este arte ha dado a nivel musical. La manera de interpretarlo requiere de una técnica vocal e interpretativa fuera de lo común, que ni hoy en día cuenta con parangón alguno. Expresiones melódicas microtonales o síncopas silábicas imposibles son tan solo una pequeña muestra de lo que vendría siendo la punta del iceberg. Solo en folclores orientales, como el persa o el del norte de India, encontramos un desarrollo tan elevado del oficio del vocalista.

El hecho de que los cantaores, guitarristas o percusionistas no sepan leer o escribir partituras no quiere decir que carezcan de técnica o disciplina. Para un cantaor, conocer los palos y las melodías es la manera de adquirir los conocimientos técnicos, porque canta sin ningún tipo de impostación, a pecho abierto. Si sabe respirar, puede disfrutar de su instrumento durante muchas horas, y a un volumen y con una calidad aceptables. El flamenco es un lenguaje muy bien equilibrado, una suerte de bisagra en cuyo recorrido confluyen las raíces mediterráneas, la tradición de Próximo Oriente, el acervo indoeuropeo y la música americana. Me gusta utilizar la metáfora del árbol con infinitas raíces que se hunden en lo más profundo de la tierra e infinitas ramas que crecen hasta lo más alto del cielo, pero el brote verde surge en un lugar específico. Por muy alto que lleguen las ramas o muy profundo las raíces, el árbol crece en un lugar muy concreto.

Desde este punto de vista, el brote verde del flamenco surge en la Andalucía de los siglos XII, XIII y XIV, cuando los gitanos llegan de India y, unidos a la cultura árabe, judía y grecorromana, generan un lenguaje musical concreto que evolucionará durante los siglos XIX y XX, desarrollará y formalizará su propio corpus teórico y recibirá el nombre de lo que actualmente conocemos como flamenco. Sus ramificaciones se extienden hasta el universo del jazz, y alcanzan a las músicas de Argentina, Brasil y Cuba. La enseñanza del flamenco ha sido, a lo largo de la historia, patrimonio de flamencólogos, maestros de baile o productores. Curiosamente, de todo menos músicos. Un desastre. Desde un punto estrictamente musical, y utilizando las herramientas que los clásicos nos legaron, el análisis y el aprendizaje del flamenco resultan más rápidos y eficaces de lo que en un principio pueda parecer. Digamos también que la ausencia de un proyecto didáctico y de un método establecido y consagrado lo ha protegido, de alguna manera, de una estandarización gratuita.

Personalmente, me movía entre dos aguas. Mi conversión de cantaor a compositor llegó en el transcurso de la grabación del disco Me voy contigo, de Remedios Amaya, producido e interpretado por Vicente Amigo, y en el cual Pepe y yo le propusimos grabar un tema, «Amarraíta en tu pelo». El tema se grabó y obtuvo un gran éxito. Vino en nuestra busca Fabrice Renoir, director de la editorial EMI en Madrid, y nos ofreció un contrato editorial como compositores. Nos ofrecieron el equivalente a dieciocho mil euros. Por fin podía dormir tranquilo, tras dejar atrás los días de mi carrera universitaria y MAPFRE. Me sentía con fuerza y valorado. Previamente había compuesto temas y letras con Pepe, pero este, haciendo gala de los usos y las costumbres de la vieja escuela y de cuanto dictaba la tradición en aquellos años, decidió obviar mi aportación y no darme crédito por mi contribución. No le guardo rencor porque, en honor a la verdad, sigo pensando que, en nuestra relación profesional, la balanza con él siempre estuvo muy a mi favor.

 

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